LA VITRINA DE LA CONVERSA

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sábado, mayo 02, 2026

Júpiter ya no lanza rayos: ahora programa votos*

 

En la imagen: Jhon Jaiver Flórez / Economista-Analista político

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Cuando un candidato como Iván Cepeda se acerca a superar el 44,3 % de intención de voto, se activa el reflejo condicionado de autopreservación de quienes han administrado el Estado colombiano como si fuera una herencia familiar.

En la mitología romana, Júpiter gobernaba el cielo a punta de rayos; en la política colombiana contemporánea, ese rayo ha sido discretamente reemplazado por herramientas menos épicas y mucho más eficaces: bases de datos, algoritmos, hojas de cálculo y presentaciones donde la democracia entra como principio y sale convertida en comportamiento inducido. La escena ya no es el ágora, sino la interfaz; no hay trueno, pero sí segmentación; no hay Olimpo, pero sí talleres empresariales. Y el ciudadano, lejos de deliberar, es observado, clasificado y —en el mejor de los casos— suavemente conducido, mientras ciertos sectores del poder tradicional descubren, con una mezcla de sorpresa y pánico, que el cielo ya no responde a sus viejos rituales.

En ese contexto, las encuestas recientes —consumidas entre el cinismo resignado y la incredulidad funcional— no solo mueven la intención de voto: irritan las terminaciones nerviosas del poder. Cuando un candidato como Iván Cepeda roza el 44,3 %, lo que se activa no es simplemente la competencia electoral, sino el reflejo condicionado de autopreservación de quienes han administrado el Estado como si fuera una herencia familiar. Ese porcentaje, todavía insuficiente para asegurar una victoria en primera vuelta, pero demasiado alto para ser tolerado con calma, abre una grieta incómoda —ese territorio entre el “casi” y el “todavía no”— donde la política deja de ser cálculo y empieza a parecer sobresalto.

En ese clima, la disputa por el relato avanza con más disciplina que la discusión por los hechos. acciones terroristas en regiones como el Cauca son reinterpretadas con una elasticidad admirable: la evidencia se ajusta, se sugiere o se omite según convenga. La incertidumbre deja de ser un dato y se convierte en herramienta. No importa tanto lo que ocurre, sino lo que logra insinuarse.

El llamado “Proyecto Júpiter” —esa entidad vaporosa que existe con la misma intensidad con la que se niega— no es una anomalía, sino la culminación lógica del sistema. No inaugura nada: optimiza todo. Si la modernidad política prometía ciudadanos racionales deliberando en público, su versión actual prefiere ciudadanos predecibles reaccionando en privado. El tránsito es elegante: del discurso al dato, de la persuasión al diseño, de la ideología a la ingeniería emocional.

No es casual. Desde que Thomas Hobbes entendió que el miedo cohesiona más que la razón, el poder no ha dejado de perfeccionar su administración. Hoy ya no necesita amenazas grandilocuentes: le basta con segmentación precisa, análisis conductual y una lectura quirúrgica de las ansiedades colectivas. El miedo, como cualquier otro recurso, se optimiza. Y en ese proceso, la política abandona la argumentación para abrazar algo más rentable: la reacción condicionada.

La vieja propaganda —ruidosa, visible, a veces torpemente épica— ha mutado en una arquitectura conductual silenciosa. Shoshana Zuboff la describió como la conversión de la experiencia humana en insumo predictivo; Pierre Bourdieu advirtió que el poder más eficaz es el que delimita lo pensable. Júpiter no es un plan: es la aplicación disciplinada de ambas ideas, con vocación de permanencia.

Colombia, siempre creativa en lo discutible, ha sabido adaptar este modelo con entusiasmo. El laboratorio ya no es solo digital: también es laboral, mediático y político. Talleres de “formación democrática” enseñan, con notable sutileza, a sentir correctamente antes de pensar libremente. No hay coerción explícita —sería de mal gusto—, pero sí una coreografía emocional cuidadosamente dirigida. Porque, en la práctica, moldear percepciones resulta mucho más eficiente que debatir argumentos.

El antecedente de Cambridge Analytica alguna vez escandalizó al mundo al evidenciar el poder electoral de los datos. La versión local, en cambio, añade un detalle casi pintoresco: la normalización. Lo que afuera generó crisis, aquí se incorpora con naturalidad, como si la ética fuera una variable negociable y no un límite.

En ese mismo marco debe leerse la ofensiva política y mediática contra el gobierno Petro. Desde el inicio del mandato, las acusaciones han sido constantes, amplificadas por un ecosistema informativo que parece haber descubierto el valor narrativo de la reiteración. Un informe preliminar de observación electoral de la Unión Europea advirtió un tratamiento marcadamente más negativo hacia el gobierno y sus aliados, frente a una oposición curiosamente beneficiada por la moderación crítica.

Pero esta lógica de desgaste no empezó con el ejercicio del poder: viene de antes, afinada durante la campaña presidencial contra Iván Cepeda. La fórmula es conocida, casi artesanal en su cinismo. Ante la escasez de pruebas, abundan las insinuaciones. El episodio de los supuestos archivos de “Raúl Reyes” es ilustrativo: presentado como evidencia incriminatoria, terminó desechado por la Corte Suprema debido a irregularidades graves en su obtención y custodia. Detalles menores, al parecer, frente al valor estratégico de la sospecha.

Más que un error, el caso devela un método: construir relatos que erosionen al adversario hasta que la duda haga el trabajo que la evidencia no puede. No se trata de demostrar, sino de instalar. No de probar, sino de repetir hasta que la ficción adquiera apariencia de verdad operativa.

Y como si el escenario interno no fuera suficiente, la estrategia ha decidido internacionalizarse. La oposición practica una diplomacia peculiar: la de la alarma. Entre visitas a Washington y escalas en Quito, desfilan emisarios lisonjeros que venden un país al borde del colapso, con democracia en cuidados intensivos y crisis lista para exportación. No llevan pruebas —sería un exceso innecesario—; llevan relatos. Y la lógica es impecable en su cinismo: si la realidad no respalda la narrativa, se exporta la sospecha. Si la sospecha prende, cualquier presión externa sirve.

En ese punto, la política abandona definitivamente su pretensión deliberativa y se convierte en una campaña permanente de marketing emocional. La evidencia estorba; la sospecha cotiza. La repetición sustituye la verificación, y la insistencia termina ocupando el lugar de la verdad. Cada semana estrena su propia catástrofe, en una cartelera donde la exageración compite consigo misma.

La ironía, por supuesto, es impecable: en nombre de la democracia se fabrican relatos que la distorsionan; en nombre de la libertad se diseñan mecanismos para administrarla. El voto persiste, sí, pero la voluntad que lo produce empieza a parecer intervenida. El ciudadano deja de ser sujeto político y pasa a ser usuario calibrado.

El momento más revelador llega cuando todo esto se niega. “No existe”, se afirma. Y probablemente sea cierto en términos burocráticos. Pero en política, lo que no se documenta suele ser precisamente lo que mejor funciona. La invisibilidad no es una falla: es el método.

En la superficie, la escenografía sigue intacta: discursos, alianzas, reacomodos. Pero debajo opera otra lógica, menos visible y más eficaz: una en la que los votos no solo se buscan, sino que se diseñan y se instrumentalizan.

Sería tentador pensar en una maquinaria infalible y en un ciudadano inerme. Pero esa explicación, además de cómoda, es incompleta. La manipulación necesita terreno fértil: apatía, inmediatez, pereza crítica. No crea la fragilidad; la aprovecha.

Y ahí la sátira deja de ser suficiente. Porque si la democracia corre el riesgo de convertirse en una simulación eficiente, su defensa no vendrá de regulaciones milagrosas ni de algoritmos éticos, sino de algo mucho menos espectacular: ciudadanos que piensen con criterio.

Al final, la pregunta no es técnica, sino incómodamente simple: ¿qué tipo de democracia puede sobrevivir cuando la voluntad se vuelve programable?

Tal vez la respuesta no esté en desmontar a Júpiter —esa deidad de Excel y segmentación—, sino en algo más rudimentario y subversivo: negarse a obedecer el guion.

Porque si el poder ya aprendió a anticiparnos, la única irreverencia posible es volverse impredecible. Y en un país donde todo parece cuidadosamente diseñado, pensar por cuenta propia podría terminar siendo, paradójicamente, el acto más radical.

* La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

martes, abril 14, 2026

¡No nos crean tan pendejos! *

 

En la imagen: Hernán Riaño / Periodista - Dir. SoNoticias

Por: Hernán Riaño

Los politiqueros, los curas y los medios armaron a los conservadores contra los liberales para que los oligarcas se quedaran con las tierras de los muertos. Mientras tanto, el abuelo de la hoy candidata forzó a los campesinos del Tolima a levantarse en armas porque, según él, no merecían ni un hospital ni una escuela.

Desde la colonia hasta el presente, tanto los conquistadores esclavistas españoles, así como sus herederos de sangre y de poder que dizque fundaron una nación republicana, esas élites no han dejado de tratar a los colombianos como unos pendejos; sí, como eso, y en parte no les falta razón, pues muchos compatriotas se portan como tal. La dominación que impusieron con el sistema económico feudal en la que ellos son los dueños absolutos de la tierra, destinados para gobernar y usufructuar las riquezas de Colombia, pasando por encima de la vida y bienes de los demás nacionales a quienes ven como ciudadanos de quinta que no tienen derecho a lo más mínimo como la vida, alimentación, salud y educación, es lo que nos ha traído a ser uno de los países con más pobreza y miseria del mundo. “¿Eso para qué?”, dicen, y aún muchos de sus herederos tienen la misma convicción, lo vemos a diario que no vale la pena invertir en los pobres y miserables del país.

Esa era una de las inquietudes de WestCol en la entrevista que sostuvo con el jefe del Estado, Gustavo Petro, cuando le dijo que para qué se interesaba tanto en la educación, si él, que era un colombiano casi sin estudios, no los había necesitado para ser millonario, siendo la respuesta de nuestro presidente de las más ilustrativas y pedagógicas para sustentar esa preocupación para que el pueblo se instruya. Y así con todos los derechos humanos y constitucionales, la ultraderecha ve como perdida la plata que se invierta en garantizárselos al pueblo colombiano y porque es dinero que ya no pueden robarse.

Con la campaña electoral y el deseo de volver al gobierno de esas fuerzas oscuras, ya no tienen empacho en demostrar sus verdaderas intenciones y los métodos que están utilizando para lograrlo. Son abiertos en demostrar sus deseos de que el erario vuelva a sus bolsillos, porque, según sus principios, es plata que les pertenece por designio divino. 

Sin sonrojarse, todos los días nos tratan de pendejos, como si no nos estuviéramos dando cuenta de sus intenciones. No se han percatado de que con el gobierno del cambio muchos colombianos ya se dieron cuenta de la verdadera calaña de quienes nos han gobernado por más de 200 años y que harán lo que sea para volver.

Pero la pendejada del pueblo colombiano viene de tiempos ancestrales. Primero con la llegada de los españoles, a los que les creyeron que eran una especie de semidioses que luego los aniquilaron, los esclavizaron y aun así les permitimos una dominación de más de 300 años en los que sacaron una gran cantidad de metales preciosos, alimentos, (recordemos que la papa americana salvó del hambre a Europa), maderas y todo lo que para ellos constituyó un método de enriquecimiento. Acabaron nuestra dignidad, nos obligaron a verlos como seres superiores; no en vano, el Vaticano dictaminó que nuestros indígenas no tenían alma, con la consecuente discriminación social, política y económica.

Esa misma línea fue seguida por muchos de los que nos “liberaron” del yugo español. Esos «próceres» de la independencia eran esclavistas y feudales, una mezcla muy productiva para ellos, salvo algunas excepciones como la de Nariño quien trajo e impulsó los recién declarados derechos del hombre.

Ya en la vida republicana, los descendientes de esos criollos y que siguieron con el poder manejando los destinos del país, continuaron tratando al pueblo de la misma forma, estando seguros de que la pendejada nunca se nos iba a quitar. Armaron violencias impulsados por los politiqueros, los curas y los medios de comunicación obligando a los conservadores a matar a los liberales, para que esos oligarcas se quedaran con las tierras de los asesinados o desplazados. El abuelo de la hoy candidata forzó a los campesinos del Tolima a que se levantaran en armas porque según él, no merecían un hospital y una escuela. 

A lo largo del siglo XX y en lo recorrido del presente, su estrategia no ha variado, los ejemplos de esa convicción que tiene la derecha de que somos estúpidos, son de todos los días. Se inventan mentiras, calumnias, entrampamientos y todo tipo de iniquidades contra los pobres y miserables y hay un grupo (siempre lo hay) de colombianos que se creen lo que las derechas les dicen. La cantidad de ciudadanos que han caído en la trampa les ha permitido gobernar sin oposición hasta la llegada de Gustavo Petro y el progresismo a la escena nacional. 

Así se han mantenido en el poder con la pendejada de muchos y la alcahuetería de otros que aspiran a ser como ellos: ladrones, corruptos, asesinos y llegar un día a desplazarlos y tomar sus puestos de poder, aunque eso sea casi imposible por el hermetismo de la ultraderecha, que no permite el arribo de ningún advenedizo que no sea de su clase y con sus abolengos. A quienes han aspirado a gobernar en Colombia que provengan de los estratos populares generalmente los han asesinado. Como será su exceso de confianza que aún hoy son capaces de engañar con unos cuentos de los más inverosímiles, traídos de los cabellos y siguen logrando convencer a quienes les siguen creyendo. 

No es más sino mirar todas las calumnias y mentiras con las que han tratado de deslegitimar, primero el gobierno de Petro y ahora la candidatura de Iván Cepeda. Es que alguien con dos dedos de frente capta de inmediato la falsedad de las afirmaciones con las que han pretendido enlodar a uno y otro. A Petro lo han acusado, sin ninguna prueba y solo por intentar quitarle credibilidad, de borracho, drogadicto, guerrillero, castrochavista y asesino. Demeritan todos sus proyectos, reformas y cambios. Afirman, sin consistencia científica, que no sirven, que Colombia no está para eso y que ¡perjudican al pueblo!, tamaño despropósito. Lo mismo son los ataques en contra de Iván Cepeda, se enfilan en ese mismo libreto de que es el candidato de las guerrillas, que su papá, asesinado por la ultraderecha era miembro de las extintas FARC, que comunista, etc.  Pero ese despropósito de decir a grito herido que las reformas del gobierno Petro son en contra de los colombianos rayan en la ridiculez. Sin embargo, hay colombianos que, gracias a esa enfermedad endémica de los colombianos, la pendejada, les creen como si fuera verdad revelada.

No nos crean tan pendejos de tratar de convencernos de que, como lo dijeron Uribe y sus secuaces, el pago de recargos nocturnos, las primas, el salario vital y la reducción de la jornada laboral perjudicaban a los trabajadores. Y lo dicen así, sin sonrojase. Afirmarle a un pobre o miserable que si le aumentan su ingreso para él y su familia lo perjudica no tiene sentido de las proporciones. Pero hay gente que repite ese discurso con el convencimiento de esa “verdad”. Afirmar que el tener un carnet de una EPS es prestarle los servicios sanitarios que requiera, y sobre todo donde no había médicos ni enfermeras ni instalaciones ni nada, es la mayor falacia del mundo ya que cobertura no quiere decir atención, pero muchos uribistas de estrato cero salen a defender a esas empresas privadas y atacar la reforma a la salud. Que los magistrados de las altas cortes deroguen decretos y decisiones que son para ayudar a los colombianos de regiones donde hay riesgos ambientales o de violencia, quitándoles los recursos humanos, económicos y físicos y existan voces en su apoyo, es una demostración más de cómo nos creen. 

Pero la tapa de todo eso es lo realizado por el Banco de la República. El argumento para aumentar la tasa de interés en 200 puntos básicos en menos de dos meses fue que hay que crear desempleados porque ellos no consumen, pues al no tener dinero para comprar, no hay demanda y los precios bajan, es lo más maquiavélico, grosero, violento que yo he oído en mucho tiempo. 

Es ruin que los codirectores del Banco de la República exijan un desempleo del 10%, para controlar la inflación, es lo más cruel en un país que ha sido clasificado como de los más desiguales del planeta y con mayor índice de pobreza. Ese es el dilema que el emisor le plantea a Colombia, quebrar la producción y al país con las altas tasas de interés o que el 10% de los colombianos se mueran de hambre al no tener empleo y `por lo tanto ingresos para sobrevivir. 

Todos los argumentos usados por la ultraderecha para impedir los cambios solo tienen fuerza en esos colombianos que “les comen cuento” y los respaldan por encima de su propio bienestar y el de sus familias. Muchos siguen defendiéndolos, unos por ignorancia o estupidez y otros por complicidad, ya que en el fondo se creen potencialmente ricos así no tengan ni para comer, pero en ellos prima la codicia y el odio a sus compatriotas.

Parte de los colombianos ya han empezado a salir del letargo de la pendejada. Gustavo Petro con su sapiencia, capacidad de diálogo, y pedagogía ha logrado que aquellos que tienen cierta capacidad de análisis y no son radicalmente uribistas, hayan comenzado a estudiar y comprender los alcances del gobierno del cambio en beneficio de quienes nunca han tenido nada.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

martes, febrero 24, 2026

La mentira, patrimonio nacional de los periodistas *

En la imagen; Germán Navas Talero - Jurisconsulto y excongresista colombiano

Por: Germán Navas Talero

Editor: Francisco Cristancho R.

El periodista promedio en Colombia se sujeta a la línea editorial del medio en que trabaja, lo que le impide publicar libremente la información, debiendo adaptar o silenciar su contenido según las órdenes de sus patronos

Queda uno aterrado de todo lo que es capaz de inventar un periodista sin escrúpulos, especialmente en los grandes medios de comunicación colombianos. Estuve mirando los resultados de la investigación contra Nicolás Maduro, a quien los periodistas colombianos aún denominan dictador -cuando dictador sería el señor Donald Trump-, y resulta que encuentro que no hay una sola prueba en los Estados Unidos de que Maduro haya sido dictador o narco.

Todo eso fue un invento de la prensa gringa, acolitada por la de acá. Y cuando los colombianos se refieren al señor Maduro le dicen dizque dictador, ¿pero, cuál dictador? Me puse a mirar el récord y no tiene ningún proceso en contra. Estados Unidos no tiene nada contra él, y su abogado hace poco tuvo que salir a decir que realmente no existe nada, y que todo fue montado por los medios de comunicación al servicio del trumpismo.

Aquí en Colombia, cualquier currinche -como llamaban anteriormente a los periodistas malos o principiantes- dice cualquier cosa e inmediatamente la gente lo cree. Aquí los colombianos se tragaron el cuento -y se lo tragaron completito- de que Maduro es un dictador. Si hacen un análisis completo tendrían que reconocer que más dictadura fue la que tuvimos acá con el gran colombiano. Eso sí fue una dictadura que produjo más de 6.400 falsos positivos. Aquí mataron a un jurgo de gente durante ese gobierno, allá no.

A Nicolás Maduro se lo tiraron porque los gringos se lo querían tirar; porque Maduro no se les arrodilló, y como no se les arrodilló, se lo tiraron. Ya, en este momento, salieron a decir que no hay ninguna prueba de que Maduro haya sido un narcotraficante. No hay ninguna prueba de que haya cometido genocidio; no hay ninguna prueba de nada. Todo eso se lo inventaron los de allá, y los de aquí simplemente copiaron, porque el periodista colombiano es feliz copiando lo que el gringo diga. Si el gringo se inventa una palabreja, ahí tiene que haber algún colombiano listo a copiarla.

Yo recuerdo que antes se hablaba de versión: La versión que dio fulano de tal fue esta y esta, y así se empleaba; ahora, como los gringos improvisaron el término narrativa entonces ya no hablan de versión sino de narrativa. ¿Han visto cómo la usan hoy para todo? Porque el periodista colombiano tiene que copiar lo que el gringo haga, si no, no está bien dicho.

Algo similar les pasa con las personas de Rusia. ¿Se han fijado? Para los periodistas colombianos todos los rusos son malos. Y uno se pone a mirar a través de la historia y mucho más malos han sido los gringos. Y cuidado uno va a Rusia, porque si usted va a Rusia, peca; porque según estos bárbaros todos los rusos son ateos, y resulta que ellos son bien rezanderos. La mayoría son cristianos ortodoxos, respetan sus creencias, pero no son ateos, como dice acá nuestra ‘gran prensa’. Es cierto que el comunismo raizal es ateo, pero esa no es una imposición del Estado. Con razón prefieren a los gringos, esos sí que son rezanderos, ellos todo lo consultan con el párroco, con el cura, con su pastor, absolutamente todo, y es en la iglesia donde se maquinan toda clase de cosas. Los golpes de Estado se maquinan justo allí: en las iglesias de los Estados Unidos.

Antes de escribir, señores periodistas, documéntense, lean, no copien. La copialina se permitía en los colegios y en las universidades, pero la mayoría de ustedes ya está muy grandecito para que siga copiando todo. Y díganle a su editor en jefe que ustedes escriben lo que vieron, no lo que él quiere que ustedes vean. Porque eso es muchas veces lo que pasa: currinche o cuasi-periodista colombiano ve una información, pero no puede publicar lo que ha visto. Esa es la realidad. Si el jefe quiere que diga tal cosa, el periodista lo dice, o le da un ángulo distinto para que lo que se debía decir finalmente no se diga.

Así está el periodismo en este país. Quisieron desacreditar como fuese a Nicolás Maduro, y así lo hicieron. No lo bajaban de dictador, y ahora, cuando comienza a verse qué había en esa mazorca, resulta que no tenía granos, que era solo una tusa.

Yo les doy un consejo: no crean absolutamente nada de lo que publica nuestra ‘gran prensa’. Por principio, no crea nada de lo que dicen nuestros medios grandes. Todo es mentira. Todo es un cumplimiento de órdenes, o de los Estados Unidos o de la derecha. La realidad colombiana nunca se la mostrarán los medios porque son medios financiados por los dueños del capital.

Y para finalizar…

Todo indica que ahora la política la quieren hacer las bestias, porque antes uno entraba a la plenaria del congreso -ya fuese de Cámara o de Senado- y se preguntaba: “¿esto es un zoológico o una corporación de seres humanos?”; pero ahora sí que es peor, porque uno escucha en las calles: ¡Yo soy el tigre!, dice uno; ¡Yo sí soy el león!, dice el otro. ¡Y yo soy el perro!, dice uno más. Y el tal tigre creo que es uno que aspira a la presidencia…

Colombia debería entonces cambiarse el nombre por Animalandia, porque sus políticos son exactamente eso… ¡unos animales! 

Coletilla por Deisdre Constanza. Resulta preocupante que muchos periodistas y comunicadores, que por ignorancia sigan llamando “americanos” únicamente a los ciudadanos de Estado Unidos. No es un simple error de diccionario, es la evidencia de una formación deficiente y de una repetición de versiones impuestas. América no es un país, es un continente diverso y plural que va desde el sur de la Patagonia hasta el norte de Canadá. Sin embargo, se insiste en reducir su nombre a una sola nación, como si el resto fuéramos invisibles. El lenguaje no es inocente, este construye imaginarios, consolida poderes y normaliza jerarquías. Cuando un comunicador desconoce algo tan básico como la geografía política del continente, no solo desinforma, legitima una apropiación simbólica que invisibiliza a millones de latinoamericanos, centroamericanos y caribeños que también somos americanos. Llamar americanos exclusivamente a los ciudadanos de Estado Unidos no es precisión periodística, es concesión repetida que se convirtió en costumbre, a su vez en subordinación y sometimiento. Nombrar correctamente no es un capricho ideológico, es un acto mínimo de rigor y de dignidad continental. Y no podemos seguir sometidos a una potencia ni siquiera desde las palabras. La soberanía también empieza como nos identificamos y nombramos geopolíticamente.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


lunes, julio 01, 2024

La FLIP y el abuso del derecho (1). Primera parte

 

Por: Omar Orlando Tovar Troches –ottroz69@gmail.com- 

Si el legislador nos concede unas prerrogativas, ha sido con un fin determinado y, en caso alguno, para sobrepasar manifiestamente los límites normales o racionales del ejercicio de un derecho, mucho menos si con ello, además, ha de causarse daño a otro”. Fernando Fueyo2 

En primer lugar, estimado (o) lector (a), me permito solicitar su comprensión y su paciencia, puesto que el tema o los temas centrales de las reflexiones que deseo compartir con Usted, deben tratarse con exactitud y con sumo cuidado, para no caer en la trampa de inescrupulosos manipuladores de la información, cuyo único objetivo es que los ciudadanos de a pie, como Usted o como yo, no podamos compartir información verídica sobre lo que pasa en nuestro país. De antemano, Gracias totales. 

Hecha la claridad. A lo que vinimos. 

Los mismos socios del club de defensa del abuso del derecho a comunicar y a expresar la opinión, también se han constituido en los primeros censores, cuando no, inquisidores, de todos los comunicadores independientes o de los pequeños medios regionales que no obedezcan las órdenes de los grandes conglomerados empresariales y financieros

Continuando con la campaña de desinformación o de manipulación de la verdad, algunos jornaleros de las comunicaciones, agremiados en la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) pretenden incendiar la opinión pública mediante aseveraciones tendenciosas sobre un pretendido intento de censura hacia los medios de comunicación por parte del presidente de Colombia, Gustavo Petro. 

A este respecto, en estas líneas (y contando con su paciencia y comprensión) pretendo señalar algunas imprecisiones (cuando no, mentiras), lanzadas desde la FLIP, amplificadas y replicadas por la mal llamada Gran Prensa colombiana. 

En primer lugar (Contestando la afirmación de la opinadora Ana Bejarano, en su columna del medio Cambio Colombia3) la fundación de marras no es de todos. Ni siquiera es de la mayoría de los periodistas de Colombia.  

Haciendo uso de la demagogia y el populismo que acostumbra la clase política tradicional, la opinadora Bejarano del medio Cambio, pretende inducir una solidaridad popular artificial, al intentar socializar una entidad que, como ella misma señala en su columna, fue fundada, entre unos pocos periodistas, entre los cuales figuraban los primos Francisco y Enrique Santos, dándole la razón a lo señalado por el presidente Petro, en cuanto a que la FLIP si fue un invento de Francisco Santos. 

Si bien es cierto que dentro de la dirección de esta fundación se encuentran (en calidad de subdirectores eméritos) dos referentes indiscutidos del ejercicio periodístico como Javier Darío Restrepo y el mismo Gabriel García Márquez; también lo es, el hecho de que  a lo largo de su tiempo de funcionamiento, pero especialmente, durante los últimos años de hegemonía política del uribismo, esta entidad no ha tenido una posición consistente frente a los abusos del poder de Álvaro Uribe y sus copartidarios en la presidencia de Colombia (Santos (no es coincidencia) y Duque), como lo pueden corroborar cientos de comunicadores y periodistas de las regiones y de medios pequeños; perseguidos, amenazados, exiliados y los familiares de quienes fueron asesinados durante este periodo, en el que la famosa FLIP no tuvo los arrestos para presentar una posición tan enérgica como la que presenta frente al actual gobierno de Petro. 

Afirman los “socios” y convenientes plañideras de la FLIP que las reacciones del actual presidente de Colombia, frente a las “críticas” que le lanzan desde la Gran Prensa colombiana, tipifican un intento de censura y hasta una amenaza personal a los comunicadores que las han hecho. En este sentido, vale la pena señalar que, no obstante estar bajo la sombra de la Fundación Gabo, la FLIP no ha emitido ni una sola línea para reprochar los excesos y la falta de profesionalismo de esos mismos periodistas que hoy acusan al presidente de perseguirlos, luego de haber emitido informaciones tendenciosas, cuando no falsas, respecto a los integrantes del actual gobierno y sus actuaciones, tal y como consta en las constantes rectificaciones que el mismo gobierno nacional ha tenido que hacer públicamente, ante la negativa de auto control de los socios de la FLIP. 

Tampoco se tiene memoria alguna sobre los llamados de atención de la Fundación para la Libertad de Prensa sobre los desvíos deontológicos de los legatarios de Darío Restrepo y García Márquez, o las denuncias en cuanto a la falta de ética periodística de la Gran prensa colombiana, referidas a su incumplimiento de “los conceptos de verdad, objetividad y exactitud como cualidades esenciales de la noticia informativa... los falsos rumores y ... el derecho a rectificar los eventuales errores” (Fundación Gabo4).  

Finalizando esta primera entrega, es indispensable resaltar la incoherencia que tienen los integrantes del club de los grandes periodistas de Colombia, al evadir la discusión sobre ética, deontología y derecho relativo al ejercicio de la comunicación social o periodismo que llaman. Los mismos socios del club de defensa del abuso del derecho a comunicar y a expresar la opinión, también se han constituido en los primeros censores, cuando no, inquisidores, de todos los comunicadores independientes o de los pequeños medios regionales que no obedezcan las órdenes de los grandes conglomerados empresariales y financieros, actuales dueños de la Gran Prensa colombiana, por medio de su nueva organización de verificación, eufemísticamente nombrada con un nombre anglo: “Colombiacheck”5 y que, casualmente trabaja de la mano con el portal La Silla Vacía, un medio, supuestamente independiente.  

Continuará ... 


1. “El ejercicio extremadamente libre que hace el individuo de los derechos subjetivos que le confiere el ordenamiento jurídico, atendiendo más a su interés propio y egoísta que al de los demás”. BENJAMÍN GARCÍA, Revista ACTUALIDAD JURÍDICA N° 35 - enero 2016. 

2. En: Instituciones de Derecho Civil Moderno, Editorial Jurídica de Chile, Santiago, 1990, pág. 270. 

3. https://cambiocolombia.com/los-danieles/la-flip-es-de-todos  

4 ¿Qué es la ética periodística? 21 de septiembre de 2016, en ¿Qué es la ética periodística? (fundaciongabo.org) 

5.  El equipo de esta entidad lo conforman comunicadores que han trabajado en medios como El País de Cali (Conservador y actualmente propiedad del grupo Gilinski), El Tiempo (del Grupo Aval del banquero Luis Carlos Sarmiento Angulo), Semana (Gilinski) y El Universal (de la familia Araujo). Esta entidad es financiada por Facebook, Google, Microsoft, entre otras organizaciones. Ver: Sobre nosotros | Colombia Check 

jueves, junio 03, 2021

Colombia entre el romanticismo comunitario y el fascismo individualista

Imágenes: ciudadanos del sur del Cali armados junto a la Policía Colombia y marcha del silencio convocada por empresarios en Cali, mayo 2021- Perfil Facebook - El Tiempo
Colombia entre el romanticismo comunitario y el fascismo individualista

Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-

Por estos días de conflictividad social, en los que la indignación, pero sobre todo el desespero que expresan las mayorías en calles, carreteras y redes sociales, ha puesto en evidencia la verdadera realidad de Colombia, de cantidades inmensas de ciudadanos empujados sin remordimiento alguno hacia la pobreza y la miseria, con tal de mantener la confianza inversionista y las groseras ganancias del empresariado amigo del uribismo, se ven a sus voceros, los de los gremios, en noticieros, informativos  y hasta programas de variedades de radio, televisión e internet, llamando, ahora sí, a la búsqueda de consensos y de solidaridad, con ellos, los gremios; por parte de la comunidad hambrienta y desesperada que protesta.

Imagen Paro nacional Colombia 2021 de CLARO

La cosa, descrita así, no debería pasar de una irritante anécdota protagonizada por los voceros de la institucionalidad gremial. El problema con estos llamados a la solidaridad y a los acuerdos, es que éstos se hacen junto con la manipulación oportunista de las llamadas encuestas de opinión, a partir de la alteración de la verdad, por medio de piezas de propaganda oficial, hecha y difundida por los medios amigos del uribismo, en las que la justificada indignación y la constitucional protesta de la ciudadanía, termina siendo señalada como la culpable de todos los males de la nación.

La estrategia de tergiversación de la realidad social que padecen la mayoría de los colombianos, siempre ha tenido como finalidad, la construcción de un relato social, artificialmente consensuado, en el que lo realmente importante, es mantener una normalidad, así sea la mal llamada nueva normalidad de la peste, en la que a toda costa se debe resguardar, ya no la integridad física de la sociedad en su conjunto, sino la integridad del mercado, especialmente el sector comercio de la economía, para lo cual, el sacrificio mayor, incluso el de la vida misma, debe ser puesto por el ciudadano común, confiado depositario de las libertades de movilizarse, pero sobre todo de comprar, así no tenga con qué.

Dentro de esta lógica del mercado, situaciones de dislocación de la nueva normalidad de consumo, tales como la protesta social y las interrupciones de la movilidad, ponen en serios aprietos a poderosos sectores de la economía, que ven como su grosero incremento de ganancias, se ve interrumpido por la acción aleve, según ellos y algunas ellas, de vándalos desadaptados, que se rehúsan a mal vivir en el mundo de ensoñación consumista al debe, que gobierno y medios les venden y les imponen a través de las redes masivas de información.

Ya en este punto, en el que las mayorías de viejos y nuevos pobres, se han dado cuenta de la verdadera realidad económica, en la que la prosperidad es patrimonio exclusivo de unos pocos y la miseria es socializada entre las grandes mayorías, es en el que, de manera desesperada, la elite corporativista que gobierna Colombia, acude a la reconstrucción de su relato de búsqueda de consensos y de solidaridad, no necesariamente en búsqueda de más y mejores oportunidades y garantías de bienestar para todos, sino de más y mejores garantías de mantener el esquema en el que unos pocos siguen siendo beneficiarios de todas las gabelas del estado, a costa de la salud, la educación, el empleo y el buen vivir del resto de la sociedad.

Ante la imposibilidad de seguir con el meta relato del enemigo nacional del castro chavismo, o de un todo poderoso Gustavo Petro, como maestro titiritero del mal, tanto gremios como su gobierno, se han dado a la tarea de la construcción de otra narrativa en la que, el nuevo enemigo termine siendo la protesta social, que socaba las libertades del individuo y atenta contra el bienestar general, un enemigo de múltiples cabezas, pero que se pueden personalizar en los vándalos de primera y segunda línea, ahora declarados objetivos de alto valor para las FF.MM. y las auto defensas ciudadanas.

Imagen: Indígenas son atacados por ciudadanos armados del sur de Cali durante protestas 2021. Perfil Facebook.

Si bien es cierto que a la hora de escribir estas notas, ya se vienen dando, así sea a marchas forzadas, los primeros pasos para el esperado encuentro entre el gobierno nacional y las distintas expresiones de la protesta social, la desconfianza que siente la mayoría de los colombianos hacia la institucionalidad gremial y estatal, así como la intransigencia de sectores de la ultra derecha en el poder, no han permitido que se avance en la ruta de una negociación, en la que las justas reclamaciones de millones, acompasen el desaforado deseo de ganancias de unos pocos.

Este desencuentro no es cosa diferente que la expresión pública de una vieja contradicción social, no solo presente en Colombia, sino en muchas otras latitudes, en la que se enfrenta el romanticismo social alrededor de lo realmente comunitario y el individualismo extremo, devenido en la justificación del fascismo como mecanismo para mantener los privilegios de una minoría. Tal cual.

 

sábado, mayo 01, 2021

VANDALISMO COMO NUEVO CLICHE DEL PODER

 

VANDALISMO COMO NUEVO CLICHE DEL PODER

Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-


Imagen tomada de: El Español Digital
Declarar que el lenguaje, también es un instrumento de guerra, es lo mismo que descubrir que el agua moja o que el fuego quema. De hecho, lingüistas, filósofos, sociólogos y profesionales de la comunicación social, han desarrollado un amplio compendio de esta, no tan noble característica del lenguaje, a través del estudio de la pragmática.

Ya desde mediados del siglo XX, estudiosos del lenguaje como Austin, Wittgenstein, Kraus, entre otros más, ya venían analizando el uso del lenguaje como mecanismo social de manipulación del inconsciente colectivo, para alcanzar fines políticos de exaltación de supuestos valores patrióticos como la supremacía de una raza o clase, la defensa de la nación o la patria, e incluso de una idea o ideas de conveniencia para sostener el Statu Quo de quienes detentan, momentáneamente el poder, en una determinada sociedad.

A propósito de las recientes jornadas de protestas en Colombia, con motivo del rechazo generalizado al proyecto de ley de reforma tributaria, presentado a destiempo y mantenido a fuego y sangre por Duque en el Congreso colombiano, vale la pena hacer notar cómo, efectivamente, desde hace unos veinte años para acá, el uso del lenguaje como herramienta de guerra, ha sido uno de los elementos principales de la estrategia para mantenerse en el poder, utilizados por la derecha colombiana.

Foto Facebook
Rafael Núñez Florencio[1], en su reseña del ensayo Lenguaje y Guerra de Kovacsics, plantea que: “…el medio de propaganda más eficaz del hitlerismo no eran los discursos ni los símbolos, ni nada que se registrase a nivel consciente, sino las palabras aisladas y expresiones que se repetían y se terminaban por adoptar de forma mecánica e inconsciente.”, en ese mismo sentido, tal como lo plantea Núñez, el uso de algunos términos, o mejor, adjetivos, para señalar, etiquetar, descalificar, denostar o insultar a los adversarios políticos, también ha sido una práctica acostumbrada por los poderosos en Colombia.

Al empleo denostativo de palabras como: “indio”, “negro”, “marica”, “puta”, para referirse de manera ofensiva a una persona o para indicar que su comportamiento no concuerda con el que se supone deben tener las llamadas “Gentes de bien”, también se sumo la adjudicación de palabras, ya no tan “vulgares” y más correctas, políticamente hablando, para señalar el supuesto mal comportamiento de aquellas personas, salidas del esquema oficial de conducta, impuesto por quienes han detentado y ejercido el poder durante años recientes, tales como “Chusmero”, “pájaro”, “Guerrillo”, “comunista”, “cachiporro”, “terrorista”, “traqueto”, “narco” o “narco-terrorista”.

En este mismo orden de ideas, el uso repetitivo de unos nuevos términos, con una fuerte intención política de descalificación social; ha permitido que esta acción ilocutiva de la derecha, haya posicionado en el inconsciente colectivo de la sociedad colombiana, expresiones como, “castro-chavista”, “mamerto” y “vándalo”, como sinónimos o equivalentes de “terrorista”, “guerrillero”, “comunista”, “satánico”, cuando son utilizadas para describir a esos “indios”, “negros” o “guaches”, o cualquier otra persona, que se empecine en demostrar su inconformidad de manera pública, bien sea, a través de las redes sociales, prensa tradicional o, lo que es peor, protestando en la calle.

Vándalo se ha convertido en el más reciente calificativo, utilizado por la derecha, en su estrategia comunicacional, para señalar a todas aquellas personas que públicamente se rehúsen a ceñirse a los mandatos de un nuevo marco de convivencia, convenientemente diseñado, no para la defensa de bienes, honra y vida de TODOS los colombianos, sino para la defensa de los bienes, la honra y la vida de unos POCOS colombianos, cercanos al poder. Se usa Vándalo y vandalismo, para no usar Terrorista y terrorismo, debido a las fuertes implicaciones jurídicas que usar tales calificativos, podría acarrear a quien lo haga, sobre todo, en las cortes internacionales.

Imagen tomada de: El Periódico
El hecho es que, así como el aparato propagandístico de la derecha colombiana, puso de moda, eso si con intención de manipulación, términos como “mermelada”, “pos verdad” y “polarización”, para señalar en la oposición “mamerta” y “castro chavista”, todos los malos comportamientos, nacidos y practicados en el seno de la cofradía del epítome de la ultra derecha colombiana; el Centro Democrático y sus apéndices, los partidos de la coalición duqista; así mismo, ha venido tratando de imponer, a punta de descarada repetición, en los medios de comunicación propios y aliados, al término Vándalo, para tratar, por un lado, de estigmatizar y hasta judicializar a la oposición y a quienes ejercen el derecho a la protesta, y por el otro, justificar, la decisión de imponer una especie de dictadura, para reprimir, los actos vandálicos de la “mamertería” nacional.

En todo caso, y para concluir, es preciso retomar a Núñez, cuando, citando a Kafka, afirma del uso del lenguaje como instrumento de guerra: “Cuando la palabra se convierte en vasalla de la voluntad política, supeditada a unas decisiones establecidas de antemano, su rol deviene “absolutamente accesorio y servil””. Amén.

 



[1] RAFAEL NUÑEZ FLORENCIO, Guerra y lenguaje- Adan Kovacsics, 28 febrero, 2008, tomado de: Guerra y lenguaje | El Cualltur