LA VITRINA DE LA CONVERSA

Mostrando entradas con la etiqueta Uribismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Uribismo. Mostrar todas las entradas

lunes, julio 13, 2026

La total estupidez e incoherencia de muchos colombianos *

En la imagen: Hernán Riaño / Periodista - Director de SoNoticias

 
Por: Hernán Riaño

«Hay que dejar constancia: estos necios incoherentes son y serán cómplices y ejecutores de los asesinatos, desapariciones y torturas que ya se ven y se verán en todo el país en la era de Abelardo De La Espriella.»

Nuestro país se ha caracterizado por una ignorancia política, casi que total, impulsada por la oligarquía durante años, agravada por una mezcla de fanatismo religioso de todos los pelambres con un seguidismo político casi que esclavista hacía unos líderes llamados gamonales, que mutaron a los paramilitares que hoy conocemos, apoyados por la misma clase de siempre.

Esta simbiosis de politiqueros, religiosos, gamonales y armas son las que no dejaron mediante intimidaciones, amenazas, engaños, delitos electorales y complicidad de 6 millones de colombianos uribistas, según mis cálculos, no permitieron el segundo periodo progresista, después del magnífico gobierno de Gustavo Petro. Pero en esta oportunidad no quiero referirme a las elecciones, solo a las consecuencias de haber elegido un advenedizo, gringo por voluntad de él, quien renunció a la Constitución colombiana y, por ende, es mi parecer, ya no es ciudadano colombiano.

Después de ver, oír, leer (si a eso se le puede llamar frases o textos coherentes) todo lo que han escrito esos conocidos muy acertadamente, como uribestias, queda uno, no se sabe que calificativo darle, si sorprendido, asustado, triste por la capacidad tan “profesional” de decir tantas incoherencias que rayan en la estupidez, imbecilidad, idiotez, cualquier adjetivo se queda corto ante tanta frase que emitieron en la campaña y ahora con el triunfo del presidente ilegítimo de Trump. Dan pena ajena “la elocuencia, sabiduría y profundidad” de sus afirmaciones.

Durante el gobierno del cambio se impuso, con mayor virulencia y agresividad en la campaña, el lenguaje conocido eufemísticamente como “de odio”, pero que en castellano son amenazas, mentiras, calumnias, entrampamientos e injurias contra el mejor presidente del pueblo en la historia del país, ampliado a Iván Cepeda, por ser el candidato. La ultraderecha en complicidad con los periodistas que trabajan en sus medios de comunicación, impuso una “verdad creada” para no dejar gobernar, desacreditar e impedir los cambios que Colombia requería. Pero para que este plan tuviera éxito usaron las redes sociales, muy sofisticadas en estos tiempos complementadas por la IA y con el concurso gratuito de centenares de uribestias estúpidos que siguen a ciegas y les hacen casos sin chistar.

Se escuchaban y leían frases como. “la culpa es de Petro”, todos los progresistas o zurdos “son guerrilleros”, “terroristas”, “corruptos, “todo lo quieren regalado”, muy pocas por cierto y sin ninguna prueba, pero que hicieron carrera durante 4 años hasta llegar a la campaña electoral. No salieron nunca de esa palabrería, que, sin ningún sustento creó un imaginario en un sector de la población cómplice y que repitió como loros creando el ambiente de hostilidad más grave de las últimas décadas en contra del pueblo colombiano, porque es contra todos los ciudadanos el odio generado por la ultraderecha y no solo contra el señor presidente y sus leales colaboradores. 

Con la llegada del nuevo gobierno, repito, ilegítimo, se han generado otro tipo de frases, que reflejan una estupidez de campeonato mundial. Una persona con tres dedos de frente no puede entender la alegría casi celestial de muchos abelardo_uribistas, al quererse burlar de los ciudadanos demócratas por la pérdida del gobierno. Los llaman “llorones”, “zurdos hp perdedores”, o les desean la muerte “ojalá los maten”, o el exilio “váyase pa’ Cuba”. Se alegran porque van a subir los impuestos, porque van a acabar la educación pública gratis, o porque van a reencauchar las EPS, porque van a despedir 700.000 funcionarios, que ellos odian porque son burócratas, porque van a importar alimentos agrícolas “más baratos” quebrando a los campesinos, porque van a hacer fraking, porque van a fortalecer la minería acabando el agua; en síntesis, porque van a eliminar la vida y llevar a los colombianos, nuevamente, a la miseria y al hambre. No hay calificativo en el diccionario de la RAE que describa esas mentes “prodigiosas” que se alegran por lo que nos va a pasar, como si a ellos no les fuera a tocar. ¿O es que el nuevo gobierno impondrá esas medidas para solo los 13 millones de “mamertos” y sus familias? Pues obviamente que no, ya lo advirtieron la reforma tributaria será para aumentarle los impuestos a los pobres, claramente lo dijeron: hay que rebajárselos a los ricos. Lo que implica que habrá IVA a toda la canasta familiar y más gente estratos 1, 2 y 3 tendrán que pagar renta, pero esos estúpidos creen que a ellos no los van a tocar.   

Muchos pobres, además, andan denigrando de Petro, como si este les hubiera hecho algo o les hubiera quitado algo. El presidente de la república nunca ha tomado alguna disposición que lo beneficie a él o a su entorno, todas las medidas que ha tomado han sido en favor del pueblo. Son tan estúpidos que a la persona que los ha ayudado, con salarios dignos, baja de precios de los productos básicos, rebajas en energía o en peajes, educación gratuita, es a la que odian, y otros mucho más imbéciles andan haciéndole coro a Abelardo De la Espriella y a Carlos Alonso Lucio, pidiendo su extradición. No saben nada, no entienden nada y son como el perro que muerde la mano del amo que lo alimenta, aunque estos animalitos son mucho más dignos y agradecidos que todos esos cipayos.

También estos personajes nefastos, de su propio pecunio y para congraciarse con el nuevo gobierno, lanzan amenazas contra todos a los que a ellos les parezca zurdo, comunista, progresista o demócrata y a todo el que se atreva a criticar al “enviado del cielo”, entiéndase Abelardo De la Espriella. Le añaden un saludo que no es militar ni es nada, dicen el famoso “firmes”, y “disparan” desde las redes una sarta de groserías, incongruencias, terminando con frases como “ojalá te desaparezcan”, “estas buscando que te destripen”, “te vamos a eliminar” o cualquier combinación de todas estas y otras de mayor calibre. Por este tipo de personas es que nació ese adagio que reza: “No hay nada más peligroso que un bruto con iniciativa”

Con todo esto, lo que quieren en el fondo es generar un ambiente en el que las muertes que ocasione este nuevo gobierno tengan una “justificación” que acepte la sociedad, como en el caso de los mal llamados falsos positivos y la frase lapidaria de Álvaro Uribe: «Esos muchachos no estarían recogiendo café», que según las últimas informaciones ya llegaron a los 8.737 asesinatos. Eso es lo que se vislumbra en el horizonte próximo de Colombia, ya se está viendo cómo será la represión y pérdida de derechos de todos, ratifico, todos los colombianos. Tal es la incoherencia, además, de la estupidez de estos “estimados compatriotas”.

Si no existiera este ejército de descerebrados, ni Uribe, ni Duque, ni los paramilitares, ni ahora, De la Espriella y sus socios tendrían el poder de hacer lo que pretenden, es gracias a ellos que el nuevo presidente ilegítimo se atreve a decir que odia a los progresistas, que los va a destripar y que los hubiera declarados enemigos irreconciliables, como si estos hubieran causado un daño al país irrecuperable como sí lo hicieron Turbay, Barco, Gaviria, Pastrana (padre e hijo), Uribe y Duque, Santos por lo menos firmó el acuerdo de paz con la guerrilla, lo que le generó el odio de Uribe para toda la vida. 

Como conclusión hay que hacer una pregunta que también es un reto: ¿Qué daño le ha causado al pueblo colombiano Gustavo Petro y el gobierno del cambio? Desde aquí desafío a cualquiera de estos abelardo_uribistas a que me diga una sola, solo una, medida que haya tomado en contra de los colombianos de a pie. 

Hay que dejar una constancia histórica o histérica, como dice un abogado amigo, que estos estúpidos incoherentes son y serán los cómplices, y en muchos casos los ejecutores, de todos los asesinatos, desapariciones, desplazamientos, masacres, pérdida de ojos y otros órganos, torturas y demás barbaridades, que desde ahora y sin que se haya posesionado el nuevo (o continuidad de todos los anteriores a Petro) gobierno, se están viendo en casi todo el país.  Todos saben y son conscientes de que nos van a destripar.   

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

martes, junio 23, 2026

La mente militarizada y el Síndrome de Estocolmo

 

Por: DRA **

Para medio país el joven sin futuro o el campesino ya no es un hermano, es el enemigo. Y en la mente militarizada, al enemigo no se le comprende ni se le ayuda: se le da de baja o se lo borra en una mega cárcel.

Felicitaciones a la ultraderecha. Lo lograron. Hoy celebramos el triunfo inobjetable del miedo, de la indolencia y de la amnesia histórica.

Es verdaderamente fascinante observar cómo el Síndrome de Estocolmo se ha convertido en un mandato popular.  Una nación entera aplaudiendo a quienes históricamente han perpetuado su tragedia, entregándoles las llaves del futuro con la ilusión perversa de que el verdugo, esta vez, será compasivo.

Y antes de que los coristas del fanatismo vengan con su predecible y mediocre cantaleta de "llórelo", sépanlo de una vez: me importa un culo.

Me importa un culo que me manden a llorar. Porque, escúchenme muy bien: yo no derramo una sola lágrima por la posible derrota de mi candidato. Los políticos van y vienen; mi llanto no es por el poder perdido. Lloro por esta tierra. Lloro por mis compatriotas.

Lloro porque, en un acto de ceguera colectiva que me hiela el alma, a esta sociedad le pareció muy poca la sangre que ya ha absorbido nuestra tierra y decidieron que quieren más.

Quieren que la fotosíntesis de nuestros campos ya no se haga con clorofila, sino con sangre. Con la sangre de sus propios hermanos. Les parecieron pocos los muertos, los desplazados, las madres buscando a sus hijos en fosas. Votaron por la garantía de que este país siga bebiendo sangre, disfrazada ahora de orden y seguridad.

Y fíjense en la miseria moral en la que hemos caído, fíjense en esta fractura grotesca.

Quedamos divididos exactamente por la mitad. Por un lado, un 50% al que sí le duele su gente. Colombianos a los que nos va bien económicamente, que jamás nos enriquecimos ni usufructuamos un solo peso del gobierno de Petro, pero que tenemos la decencia y la humanidad de alegrarnos al ver que, por fin, por primera vez, el Estado miraba a los más pobres para tirarles un salvavidas. Eso nos hace hermanos, eso es entender que somos hijos de la misma tierra.

Pero por el otro lado, de manera francamente repugnante, tenemos a ese otro 50% al que el dolor del compatriota le importa una reverenda mierda. Esa mitad que se regodea en el esnobismo del egoísmo, que mira con asco al que no tuvo suerte, que aplaude que al pobre lo devuelvan al socavón del olvido simplemente porque les estorba en su paisaje. Qué nivel de indolencia tan bárbaro.

Y si me preguntan, como psicóloga**, cómo es humanamente posible este nivel de desprecio, la respuesta no es un simple berrinche emocional. La respuesta nos la dio hace décadas el gran Ignacio Martín-Baró desde la psicología social de la liberación, antes de que el fascismo lo asesinara precisamente por decir la verdad y desnudar estas miserias.

Lo que estamos viendo en esa mitad del país no es una simple diferencia de opiniones; es el triunfo macabro de lo que Martín-Baró llamó la "militarización de la mente". Décadas de guerra y de discursos de odio han logrado que esta sociedad internalice la lógica del combate en su cotidianidad.

Para esa mitad de colombianos, el pobre, el joven que no tiene futuro, el campesino desplazado o el que sale a protestar ya no es un compatriota, ya no es un hermano: es el enemigo. Y en la mente militarizada, al enemigo no se le comprende, no se le ayuda, ni se le tiene empatía; al enemigo se le aniquila, se le da "de baja" y se le borra del mapa para que no incomode.

Ese 50% vive inmerso en una mentira institucionalizada. Martín-Baró explicaba perfectamente cómo el sistema logra que la opresión y la miseria extrema se vean como algo natural, como un castigo merecido para el que "no se esforzó".

Para que no te duela la tragedia ajena, primero tienes que haber deshumanizado por completo al otro. Tienes que haberte convencido de que su vida vale menos que la tuya. Ese 50% no es que esté ciego; es que su psique está estructurada sobre el egoísmo, sobre un clasismo tan arraigado que el sufrimiento del excluido les parece parte del paisaje. Nos enseñaron a odiar al oprimido y a idolatrar al opresor, y lo hicieron tan bien, que hoy la mitad de Colombia lo celebra en las urnas.

Y para rematar, sumándole a esta desgracia lo que escupió ese señor, ese asqueroso falso mesías, diciendo que al que salga a oponerse o haga un bloqueo "le va a dar de baja". ¿Dar de baja por protestar? Entonces coman mierda. Sí, hoy se los digo de frente: ¡coman mierda! Qué nivel de cinismo y de violencia tan asquerosa.

Y que quede claro que hoy hablo desde la emoción. Que yo sea psicóloga no significa que esté forrada en papel contact y carezca de sentimientos. Soy una colombiana a la que le duele su pueblo.

Hoy, subiendo a la finca de mi mamá, veía a todos esos soldados en la vía. Muchachos de 19, 20 o 21 años... Yo tengo 43, y para mí, ellos son niños. Niños a los que sus madres van a tener que entregar a la guerra porque no tuvieron la capacidad económica ni las oportunidades para estudiar una carrera, y no les quedó más remedio que meterse al ejército. Ver que a esos niños son a los que van a mandar a matar y a morir, me destroza.

Siéntanse muy orgullosos de eso, ultraderechistas. Y ya me empezaron a escribir en las redes, con su tonito de burla, a decirme que "Abelardo es mi presidente". No se equivoquen. Será el presidente de ustedes, el domador de su circo, pero mío no es.

Pero que quede algo absolutamente claro, sin medias tintas: háganse cargo. A ustedes, los paladines de la ultraderecha, a los defensores de la mano dura que hoy celebran: asuman la paternidad de su asquerosa criatura.

Cuando la violencia se recrudezca, cuando el discurso de odio se convierta en política de Estado, cuando la desigualdad los asfixie y el plomo sea la única respuesta a la crisis, les exijo la madurez de no mirar para otro lado.

Ustedes eligieron este abismo. Ustedes firmaron el cheque en blanco. Tengan la decencia de asumir las consecuencias sin hacerse las víctimas.

Me duele Colombia. Me duele en las entrañas ver cómo nos negamos a sanar, prefiriendo siempre reabrir la herida. Qué tragedia tan infinita ser el país que, teniendo todo para florecer, elige siempre abonar sus campos con su propia desgracia.

 

** Este texto fue tomado del perfil FB de Jairo Osorio, su autoría se le asigna (sin confirmación) a Lina M. Ramírez; sin embargo, La Conversa de Fin de Semana suscribe cada una de las afirmaciones aquí suscritas.

 

miércoles, mayo 27, 2026

La conciencia llega a las urnas *

 

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

La conciencia, cuando despierta, no pide permiso. Solo necesita una oportunidad. Y las oportunidades históricas, como los pueblos que se atreven a cambiar, no aparecen dos veces con facilidad.

Colombia llega a la elección presidencial como llegan los pueblos cuando sospechan que la historia puede cambiar: cansada, polarizada, confundida, pero peligrosamente despierta.

Durante generaciones le enseñaron al país que la pobreza era una falla moral, que la desigualdad era consecuencia natural del talento y que los privilegios heredados eran poco menos que una prueba visible de bendición divina. Enseñaron que protestar era vergonzoso o peligroso, que pensar demasiado podía resultar subversivo y que cualquier intento serio de redistribuir dignidad debía ser tratado como una amenaza comunista capaz de destruir la civilización occidental, la familia tradicional y, probablemente, hasta las arepas del desayuno.

Y lo impresionante es que funcionó.

Pocas máquinas ideológicas han sido tan eficaces como la colombiana. Durante décadas convirtió la resignación en virtud, la obediencia en prudencia y el miedo en identidad nacional. El país aprendió a desconfiar del vecino pobre que protesta, pero jamás del político que lleva décadas robándose el presupuesto. Aprendió a temerle más al estudiante que marcha que al empresario que financia el crimen.

Y en medio de ese proceso surgió una de las construcciones más sofisticadas del capitalismo moderno: el pobre de derecha.

Parece una contradicción absurda, casi una ironía sociológica. Pero en realidad es una de las victorias ideológicas más profundas y duraderas del capitalismo contemporáneo. El sociólogo brasileño Jessé Souza explica por qué amplios sectores populares terminan defendiendo precisamente el sistema que los mantiene atrapados en la precariedad. Y la respuesta resulta inquietante por su sencillez: la explicación no está solamente en la economía. Está, sobre todo, en la conciencia.

Al pobre de derecha no solo le arrebataron recursos materiales. Le despojaron algo mucho más importante: la conciencia de clase. Le enseñaron a no verse como trabajador, aunque a diario venda su fuerza de trabajo. A no asumirse como asalariado, aunque dependa de un sueldo para sobrevivir. A no reconocerse como explotado, aunque viva endeudado, precarizado y permanentemente al borde del colapso económico. Él se auto percibe como un millonario temporalmente atrapado en la pobreza. Como buen siervo con ambiciones, le prometieron que algún día llegará a la cima, siempre y cuando jamás cuestione la existencia de esa cima.

Ahí reside el núcleo del problema. Los dueños del sistema no necesitan que el oprimido defienda activamente su opresión: basta con convencerlo de que su enemigo no es quien concentra el poder y la riqueza, sino otro pobre igual que él. El que protesta. El que reclama derechos. El sindicalista. El estudiante. El campesino organizado. El que piensa distinto.

Entonces repite frases prefabricadas como si fueran verdades reveladas: "el pobre es pobre porque quiere", "todo es cuestión de esfuerzo", "reclamar dignidad es resentimiento social". Guiones diseñados con esmero por quienes sí poseen capital, poder mediático y capacidad de heredar privilegios.

Pierre Bourdieu sostenía que el poder más eficaz no es el que se impone por la fuerza, sino aquel que consigue que los dominados perciban su propia dominación como algo natural. Colombia perfeccionó esa pedagogía del sometimiento con una disciplina histórica. Aquí, el campesino desplazado aprendió a agradecer las migajas del mismo sistema que le arrebató la tierra; el trabajador precarizado, a repetir discursos sobre meritocracia mientras sobrevive con salarios incapaces de garantizar dignidad.

Entretanto, ciertos conglomerados empresariales descubrieron una forma singularmente patriótica de amar al país: evadir impuestos mientras pronuncian conferencias sobre responsabilidad social en auditorios climatizados.

El modelo económico del miedo.

Y mientras tanto, Colombia sangraba. Sangraba en las montañas, en las comunas y en las periferias donde la guerra dejó de ser noticia porque se convirtió en paisaje cotidiano. Guerrillas, paramilitares, narcotraficantes y sectores corruptos del Estado construyeron una economía del miedo extraordinariamente rentable. La guerra desplazó campesinos para expandir latifundios. Justificó presupuestos infinitos. Enriqueció contratistas, políticos regionales y empresarios que aprendieron a convertir el caos en oportunidad financiera.

Naomi Klein llamó a eso "capitalismo del desastre": sociedades traumatizadas que terminan aceptando estructuras profundamente injustas porque sobreviven demasiado cansadas para rebelarse. Colombia se cansó de los muertos. Se cansó de las masacres convertidas en estadísticas. Se cansó de escuchar que el futuro siempre llegaría después, en otro gobierno, en otra generación.

Entonces empezó a ocurrir algo inesperado: millones de ciudadanos comenzaron a sospechar que el problema no era únicamente quién administraba el país, sino el país mismo que había sido administrado durante doscientos años bajo los mismos parámetros, con los mismos beneficiarios y las mismas víctimas.

Y ahí apareció la fractura histórica que hoy divide a Colombia. Dos países distintos respirando dentro del mismo territorio.

El primero ya lo conocemos demasiado bien. Es el país donde el apellido pesa más que el talento. Donde la tierra sigue concentrada como en tiempos coloniales. Donde las élites hablan de libertad mientras financian ejércitos privados para proteger privilegios heredados. Ese país todavía existe: se sienta en ciertos directorios empresariales y en clubes sociales donde la palabra "pueblo" se pronuncia con el mismo tono con que se menciona una plaga agrícola. Sobrevive en políticos que llaman "resentimiento social" al simple hecho de que millones de personas quieran vivir con dignidad. Es un país viejo. No por la edad de sus instituciones, sino por el agotamiento moral de sus ideas.

Pero existe otro país. Uno todavía incompleto, contradictorio y frágil. El país de los jóvenes que entienden que el progreso no consiste en producir más millonarios sino en producir más ciudadanos con derechos. El de las mujeres que ya no están dispuestas a pedir permiso para existir políticamente. El de los campesinos que reclaman la tierra sin pagar con su sangre el derecho a cultivarla. El de las comunidades indígenas y afrodescendientes que, desde hace siglos, sostienen con su cultura, su memoria y su trabajo buena parte de la nación, mientras luchan todavía contra el racismo estructural y el olvido impuesto desde el poder.

Ese otro país que inició en 2022 no representó solamente una alternancia electoral. Fue, sobre todo, una fractura simbólica. Por primera vez en la historia contemporánea de Colombia, un proyecto político progresista llegó al gobierno nacional cuestionando abiertamente las bases del modelo neoliberal que había administrado el país durante décadas.

Pese al déficit fiscal, al cerco institucional, a la oposición mediática permanente y a los bloqueos legislativos, ese gobierno empezó a tocar intereses estructurales: distribuir tierra entre campesinos históricamente despojados, disputar el modelo mercantil de la salud, garantizar ingresos mínimos para adultos mayores excluidos del sistema y reabrir conversaciones de paz en una sociedad que aprendió a convivir con la guerra hasta volverla rutina.

Karl Marx escribió una frase que sigue incomodando a quienes prefieren creer que la desigualdad es fenómeno natural: "No es la conciencia del hombre lo que determina su ser social. Es su ser social lo que determina su conciencia." No basta pedirle a la gente que piense distinto mientras continúe viviendo bajo las mismas condiciones materiales de exclusión y precariedad. No es cambiar primero la mentalidad para transformar el mundo. Es transformar el mundo para que cambie la mentalidad.

Cuando el campesino recibe tierra, su relación con el Estado cambia. Cuando el joven accede a la universidad pública, su percepción sobre lo posible cambia. Cuando el adulto mayor recibe una ayuda económica que antes no existía, su confianza en que el país también es suyo cambia. Ocurre algo más poderoso que una reforma administrativa. Ocurre una transformación cultural. La conciencia social empieza a moverse.

Y eso, exactamente eso, produce terror en las viejas estructuras de poder.

Porque cada vez que Colombia se aproxima a la posibilidad de transformarse, los guardianes del orden tradicional desempolvan su repertorio favorito: el miedo al caos, el fantasma del comunismo, el colapso económico inminente y esa curiosa teoría según la cual los pobres deben seguir siendo pobres para garantizar la estabilidad democrática. Y reclutan, con eficacia probada, al pobre de derecha para que defienda en las calles y en las urnas el sistema que lo mantiene donde está.

Resulta conmovedor observar a ciertos multimillonarios defender la libertad con lágrimas en los ojos justo cuando alguien propone cobrarles impuestos. La sátira en Colombia tiene una dificultad enorme: competir con la realidad.

El 31 de mayo no será solamente una elección. Dado el escenario político actual y las mediciones que apuntan a una definición en primera vuelta, será algo más urgente y más profundo: una radiografía moral del país. Será la medida de hasta dónde ha llegado ese proceso lento, imperfecto e irreversible de recuperación de la conciencia de clase. Será la respuesta a una pregunta que lleva décadas flotando sobre Colombia: ¿Cuántos colombianos han logrado distinguir entre sus enemigos reales y los enemigos que les fabricaron para que no miraran hacia arriba?

Colombia tendrá que decidir entre dos maneras radicalmente distintas de entender la vida colectiva: entre el país que convirtió la desigualdad en costumbre y el país que empieza a creer que la dignidad no debería ser un privilegio. Entre la paz y la guerra. Entre el argumento y el insulto. Entre el miedo administrado y la esperanza razonada.

*La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


jueves, abril 02, 2026

El absurdo incremento de las tasas de interés *

 

Por: Yezid García Abello

La autonomía del Banco de la República no equivale a infalibilidad de sus decisiones, la autonomía no es dogma”. El artículo 371 de la Constitución Nacional señala explícitamente que “el Banco ejercerá sus funciones en coordinación con la política económica general”

Por más que los economistas neoliberales y la oposición de ultra derecha al gobierno defiendan airadamente el supuesto criterio técnico del criminal aumento de las tasas de interés en 100 puntos básicos que decretó la Junta Directiva del Banco de la República, no podrán ocultar el fondo político de una disposición encaminada a frenar el desarrollo económico y la inversión, llenar las alforjas del capital financiero, encarecer la adquisición de bienes y servicios a crédito, hacer más onerosa la deuda pública, fomentar la desocupación y llevarse buena parte de los incrementos salariales.

La pretendida autonomía de la Junta no es absoluta, estamos en un Estado Social de Derecho que exige la colaboración armónica de los poderes públicos de la Nación tal como lo establece la Constitución Nacional, y donde no se puede ordenar, en contravía del interés colectivo, que se estanque el desarrollo económico para tratar de favorecer la opción política de la oposición. Como afirma el economista Jorge Coronel: “la autonomía del Banco no equivale a infalibilidad de sus decisiones, la autonomía no es dogma”. Claro es el artículo 371 de la Constitución Nacional cuando señala explícitamente que “el Banco ejercerá sus funciones en coordinación con la política económica general”.

En el cuatrienio anterior con una inflación de 13% las tasas de interés nunca superaron 9%, es decir, menor la tasa de interés que la inflación. ¿Cómo puede explicar hoy la Junta Directiva del Banco Central que en este período presidencial todo es al revés de la lógica económica? Se decreta una tasa de 11,25% frente a una inflación controlada de 5,2%, una diferencia de 6,05%, la más alta del siglo. Y esto ocurre cuando todos los indicadores económicos presentan cifras satisfactorias: crecimiento del PIB, reducción de la pobreza, caída de la desocupación laboral y la informalidad, estabilidad en la tasa de cambio, sostenibilidad del comercio exterior, crecimiento de las remesas, grandes ganancias de la mayoría de las empresas y avances significativos en la redistribución de tierras al campesinado.

La carta que firman dos centenares de exministros y exfuncionarios públicos de gobiernos anteriores, y algunos retirados por sus errores en el gobierno actual, califica casi como un sacrilegio la actitud de tres miembros de la Junta que votaron en contra, las voces ciudadanas que no comparten el incremento de las tasas de interés, los argumentos del presidente Petro y la digna actitud del ministro de Hacienda de retirarse de la sesión donde se aprobó el esperpento. Para los firmantes de la carta, neoliberales confesos unos y camuflados otros, lo que se hace con una sentencia judicial que se debe cumplir, pero no hay obligación de compartir, no se puede hacer frente a las resoluciones del Banco: o se comparten o se comparten, palabra de fe. No se debe, silenciosamente, aceptar la pretensión de la ultraderecha: si el Ejecutivo expresa su desacuerdo con una medida entonces conspira contra la autonomía del Banco, pero si el Banco se opone al Gobierno simplemente se trata de preservar su independencia.

Como propuso el presidente Petro, urge esclarecer el fondo político opositor de la medida y, por tanto, qué se abra el debate entre los estudiantes de economía, en la academia, entre la intelectualidad. Añadiría a esa convocatoria que se escuche también la opinión de la ciudadanía, de los pequeños y medianos empresarios de la ciudad y el campo, de los sectores productivos, de los trabajadores y campesinos, de los desempleados y los vulnerables.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

martes, marzo 17, 2026

La CEO de Sarmiento Angulo: un calvario para el Cauca

Imagen tomada de: periodicovirtual.com

 Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-

El acceso a la energía no puede seguir siendo visto como un negocio más, sujeto a las leyes del mercado y al afán de lucro de unos pocos. Se trata de un derecho fundamental, y como tal, debe ser garantizado por el Estado

En el departamento del Cauca, la paciencia de las comunidades parece estar llegando a su límite y la Compañía Energética de Occidente (CEO) se ha encargado de llevarla a ese peligroso escenario. Esta empresa, que hace parte del gigantesco conglomerado económico de Luis Carlos Sarmiento Angulo (el banquero más poderoso de Colombia y uno de los hombres más ricos de Latinoamérica) opera en la región bajo una lógica empresarial que privilegia exclusivamente la ganancia económica, sin importarle vulnerar derechos fundamentales y la dignidad de los usuarios.

La histórica actuación de la CEO en el Cauca es la constatación de lo nocivo que puede ser un modelo de negocio que encaja perfectamente en la crítica más elemental al capitalismo salvaje: maximizar utilidades a cualquier costo, incluso a costa de la calidad del servicio, el trato digno al cliente y el mandato constitucional que define los servicios públicos como inherentes a la finalidad social del Estado. Desde que el gobierno de Álvaro Uribe Vélez le entregó a Sarmiento Angulo la concesión para la distribución de energía en amplias zonas del Cauca, los habitantes de este territorio han soportado el viacrucis de tarifas abusivas, cortes injustificados, facturación arbitraria y una atención al usuario que oscila entre la indolencia y la humillación.

El poder de mercado que ostenta la CEO, al operar en condiciones de monopolio de facto, le ha permitido imponer no solo su pésima calidad en la prestación del servicio, sino también cláusulas contractuales leoninas y cobros que lesionan gravemente el bolsillo de familias que, en muchos casos, apenas logran sobrevivir con economías de subsistencia. Lo más grave de todo es que esta actuación cuenta con la complicidad silenciosa de entidades que deberían velar por los derechos de los ciudadanos. La Superintendencia de Servicios Públicos, lejos de ejercer su rol de garante, ha sido un actor recurrente en esta cadena de injusticias, parcializando sistemáticamente sus decisiones en favor de los intereses corporativos de la CEO y desestimando, una y otra vez, los reclamos de comunidades enteras que han visto vulnerados sus derechos.

Pero lo que resulta más indignante, y quizá más peligroso para la estabilidad social de la región, es la casi patética inacción de quienes tienen la responsabilidad política y administrativa de liderar la defensa de los caucanos. Gobernadores, alcaldes, concejales, diputados y representantes a la Cámara han sido, durante años, espectadores de lujo de este saqueo silencioso. Las comunidades no entienden cómo es posible que aquellos que en época electoral recorren las plazas y veredas pidiendo el voto, no hayan sido capaces de articular una estrategia seria, unificada y contundente para enfrentar a esta empresa. Mientras la CEO sigue llenando las arcas del conglomerado de Sarmiento Angulo con el dinero producto de las altas tarifas que pagan familias caucanas, la dirigencia política local se ha dedicado, en el mejor de los casos, a emitir tímidos comunicados de prensa, o en el peor, a guardar un silencio cómplice que ya resulta insostenible.

Esta acumulación de descontento popular, alimentada por años de abusos y por la indiferencia de los poderes públicos, ya han mostrado algunas señales de alarma, materializadas en tímidas acciones de hecho en distintos puntos del departamento, con comunidades que han salido a decir "basta ya". Estas primeras movilizaciones no son otra cosa que la manifestación desesperada de un pueblo que ya ha agotado todas las instancias administrativas y judiciales, que ha visto cómo la Superintendencia les da la espalda, cómo sus alcaldes se lavan las manos y cómo el Congreso de la República (en gran parte dominado por las mismas fuerzas políticas que beneficiaron a Sarmiento Angulo) se hace el de la vista gorda.

Lo que está ocurriendo en el Cauca con la CEO demuestra, una vez más, el rotundo fracaso del modelo de privatización de los servicios públicos esenciales, impulsado con entusiasmo por los gobiernos del uribismo y defendido a capa y espada por los sectores más conservadores de este país. Le entregaron a un banquero, uno de los hombres más ricos de Latinoamérica, la concesión de un servicio público en una de las regiones más empobrecidas y golpeadas por la violencia y el resultado no podía ser otro: extracción de utilidades, desmejoramiento del servicio y abandono estatal.

Si algo nos enseña esta triste historia es que el acceso a la energía no puede seguir siendo visto como un negocio más, sujeto a las leyes del mercado y al afán de lucro de unos pocos. Se trata de un derecho fundamental, y como tal, debe ser garantizado por el Estado con calidad, equidad y dignidad. Mientras tanto, en el Cauca, la paciencia se agota y la indignación crece. Los líderes políticos harían bien en escuchar este clamor antes de que sea demasiado tarde, porque el descontento acumulado, cuando no encuentra cauces institucionales para expresarse, termina por estallar. Y cuando eso ocurra, no habrá comunicado de prensa ni foto electoral que alcance para contener la furia de un pueblo que solo pide lo que la Constitución promete: un trato digno y un servicio público a la altura de sus necesidades.


sábado, enero 17, 2026

La normalización del engaño: artimañas jurídicas, crimen y política del ruido *

 

Imagen tomada de: Tertulias Defensor | Podcast on Spotify

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Abelardo De la Espriella no es una anomalía, sino un producto lógico del sistema de poder colombiano. Su ascenso refleja la normalización social del engaño y la desfachatez política. Su candidatura es la confesión de un régimen que, sin pudor, exige ser aplaudido y votado.

En Colombia, la política no corrige: recicla. No depura los residuos del poder, los reintroduce con nuevo empaque. Los procesos judiciales no expulsan a los protagonistas: los preparan. Los prontuarios no cierran carreras: las inauguran. Aquí el pasado no pesa como culpa, sino como experiencia; no funciona como límite moral, sino como capital simbólico. En ese ecosistema —donde la memoria estorba y la indignación se agota rápido— prospera Abelardo De la Espriella, figura que no irrumpe en la escena política como accidente ni como anomalía, sino como consecuencia lógica de un sistema que aprendió hace tiempo a gobernar desde el subsuelo.

De la Espriella no es simplemente un abogado cuestionado que decidió “dar el salto” a la política. Es un producto acabado de la gobernabilidad informal colombiana, ese régimen paralelo donde el derecho no regula el poder, sino que lo blinda; donde la ley no opera como límite ético, sino como lenguaje técnico de la impunidad; donde el expediente no busca verdad, sino desgaste; y donde el proceso judicial se convierte en una sofisticada administración del tiempo: tiempo para prescribir, negociar, fugarse o reciclarse. Su figura no nace en la plaza pública ni en el debate democrático, sino en el subsuelo: en los pasillos judiciales, las intermediaciones oscuras, los acuerdos invisibles y las defensas que no persiguen justicia, sino control del daño.

Por eso su entrada en la política electoral no constituye una ruptura, sino una continuidad natural. Cambia el estrado por la tarima, el alegato por la vociferación mediática, pero conserva intacto el método. Intimidar, saturar, confundir. Desplazar el conflicto desde el terreno de los hechos hacia la emocionalidad primaria. Convertir el grito en argumento y el enemigo en programa. Presentarse como encarnación del orden frente a un caos cuidadosamente exagerado. No es un outsider: es el insider perfecto de un sistema que siempre ha gobernado desde abajo, desde las cloacas que la institucionalidad se empeña en negar mientras se alimenta de ellas.

El caso de Diego Cadena no es, en este relato, un capítulo cerrado, sino una linterna. Su condena no clausura una historia: ilumina un ecosistema. Cadena fue el operador visible, el mensajero fanfarrón que visitaba cárceles y negociaba testimonios con la torpeza de quien actúa a plena luz. De la Espriella pertenece a otro nivel: el de los traductores, los legitimadores, los alquimistas que convierten el mundo criminal en lenguaje respetable, que hacen del delito un asunto técnico y del poder una cuestión de estilo. Cadena exhibe el método; De la Espriella encarna el modelo. No se trata de complicidades episódicas, sino de una identidad de campo, de trayectorias paralelas y clientelas compartidas, de una misma concepción del derecho como herramienta de administración de la impunidad.

Durante la desmovilización de las AUC, De la Espriella no fue un espectador ingenuo ni un asesor técnico marginal. Fue parte del engranaje simbólico que permitió al paramilitarismo reconvertirse discursivamente: lavar su historia con retórica jurídica, traducir crímenes masivos en causas defendibles y ensayar una respetabilidad de posguerra. La fundación FINPAZ no fue una anécdota juvenil ni un error de cálculo, sino una señal temprana de una constante: la moral como escenografía, intercambiable según la audiencia y la coyuntura. En ese teatro, la ética no es principio, sino utilería.

En Colombia, la biografía incómoda no estorba: habilita. No se asciende pese al pasado, sino gracias a él, cuando es lo bastante turbio para garantizar obediencia futura. El Espectador lo recordó el 6 de julio de 2009 al revelar que, durante el juicio contra David Murcia Guzmán, la Fiscalía presentó pruebas que vinculaban a Abelardo De La Espriella con la recepción de 760 millones de pesos para presunto lobby en el Congreso a favor de DMG. Las interceptaciones fueron directas: dinero urgente para “pisar a la gente”, con destino a la “oficina de Abelardo”, acompañadas de seguimiento oficial y registro fotográfico. El abogado admitió el ingreso, aunque lo rebautizó como honorarios. En el subsuelo del poder, cambian los nombres; las funciones, no.

Ese acceso no se exhibe: se ejerce. Colombia está llena de abogados ricos; pocos necesitan un jet privado para recordar quién manda. El Falcon 50 matriculado en Delaware —ese paraíso fiscal con modales jurídicos— no es un medio de transporte: es una declaración de jerarquía. El reloj Rolex, el maletín exclusivo, la pose calculada frente a la turbina no son extravagancias personales, sino una pedagogía brutal del privilegio. Cuando De la Espriella afirma que “no tiene que dar explicaciones”, no evade una pregunta: afirma una doctrina. Es la impunidad hablándose a sí misma, convertida en identidad política y ofrecida como modelo de éxito.

La licitación de El Dorado funciona como escena inaugural del mito. Una firma desconocida, honorarios obscenos, 800 mil dólares para un abogado joven con vestimenta y sin recorrido. Nadie pudo entonces —ni puede ahora— justificar ese pago desde la técnica jurídica. Pero en la república del subsuelo existen servicios que no figuran en los contratos: se pagan por lo que abren, por lo que conectan o por lo que silencian. Hay experticias que no se enseñan en las facultades, pero que se aprenden rápido allí donde la legalidad y la ilegalidad se separan por un hilo casi imperceptible. Es en ese territorio donde se aprende, con precisión cínica, cómo funciona realmente el poder.

La relación con Álex Saab termina de cerrar el círculo. Mientras hoy declama contra la dictadura venezolana con fervor impostado, los hechos muestran que asumió su defensa cuando ya era públicamente señalado como testaferro central del régimen de Maduro. No llegó tarde ni engañado: llegó sabiendo. Saab no fue un cliente incómodo descubierto a destiempo; fue un cliente estratégico. Defenderlo no fue un error, sino una toma de posición. Y cuando la estafa de los CLAP ya estaba documentada, De la Espriella eligió atacar periodistas antes que responder preguntas.

Su estrategia contemporánea es elemental y eficaz: saturar el espacio público. No refutar, sino ahogar. No explicar, sino intimidar. Convertir el ruido en cortina, el algoritmo en coartada y la indignación performativa en blindaje. Allí donde no hay argumentos, hay enemigos; donde no hay programa, hay venganza; donde no hay ideas, hay espectáculo.

Su candidatura no es solo un episodio electoral: es un síntoma histórico. La mutación final del abogado del subsuelo en caudillo lenguaraz de micrófono, alguien que convierte su pasado oscuro en promesa de ferocidad política y su falta de escrúpulos en oferta de orden. En un país atravesado por genocidios políticos, falsos positivos y violencias normalizadas, esa ligereza discursiva no es retórica: es advertencia.

Desde una mirada sociológica, Abelardo De la Espriella no es un desviado, sino un nodo funcional del campo de poder colombiano. Desde una mirada humanística, el verdadero drama no reside únicamente en su ascenso inflado, sino en la normalización del engaño social que lo hace posible y hasta deseable. Y desde una lectura política, su candidatura es la confesión involuntaria de un sistema que ya no disimula ni pide perdón: ahora exige aplausos y solicita el voto sin rubor.

El talante de De la Espriella no se presume ni se caricaturiza: se prueba. Basta escucharlo cuando, sin pudor ni rodeos, decide teorizar su propia ética en una entrevista radial, confiesa, con una franqueza que roza el cinismo: “Yo soy ateo, pero en Colombia hay muchos votantes creyentes, y si uno quiere esos votos, tiene que mentir. Nada más”. No fue un lapsus ni una torpeza verbal: fue la tesis de su política. La mentira erigida en herramienta electoral, la fe convertida en mercancía y el engaño asumido como método legítimo de poder. No un error moral, sino una estrategia explícita.

Su cercanía con el inframundo tampoco admite el refugio de la “invención periodística”. En un cara a cara radial con el narcotraficante conocido como el Mono Abello, ante la pregunta directa de Julio Sánchez Cristo sobre si alguno de sus bienes estaba en manos de políticos, la respuesta fue tan reveladora como impune: “Los bienes míos los maneja… detrás de bambalinas el señor Efraín Cepeda, el abogado Aniano Iglesias y el abogado orquesta Abelardo De la Espriella”. En la república del subsuelo los nombres no se esconden: se pronuncian. Lo escandaloso no es la red, sino la naturalidad con que se la administra.

Daniel Coronell terminó de afinar el bisturí. Contó cómo De la Espriella intentó perseguirlo judicialmente en Estados Unidos por una columna titulada El avión. El ímpetu judicial duró lo que tarda la justicia en hacer una pregunta incómoda: qué explicara el origen de su fortuna y nombrara a sus clientes. Ahí, el paladín del litigio descubrió los límites de su coraje procesal y se retiró en silencio. La justicia, cuando deja de servir para intimidar y empieza a exigir respuestas, suele volverse intolerable para quienes más la invocan.

Y entonces emerge su versión más reciente, tan simple como perturbadora: un gatico domesticado, enfundado en bandanas patrióticas, criado entre alfombras mullidas, aplausos comprados y sombras obedientes, se mira en un espejo deformado y se cree tigre. Eriza el lomo, ruge para las cámaras y promete selva donde apenas hay patio. No caza, no protege, no gobierna: imita.

El verdadero peligro no reside en quien ensaya rugidos sin haber salido del patio, sino en una sociedad que normaliza la impostura, tolera candidaturas sostenidas en artificios mediáticos y legitimaciones precarias, y que, entre encuestas funcionalmente arregladas y firmas infladas y dudosas, termina entregando el poder real, confundiendo la representación con liderazgo y la farsa con destino.

* Desde La Conversa de Fin de Semana, agradecemos las contribuciones de nuestros colaboradores. Cada opinión, que respetamos profundamente, es responsabilidad de su autor.


viernes, enero 16, 2026

Gobernaciones y alcaldías uribistas arrecian sabotaje político

 

Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-

Estas federaciones son el núcleo de un "gobierno paralelo" que busca mantener privilegios de un modelo agotado y defensa de intereses de la derecha colombiana. 

La llegada de la izquierda a la presidencia de Colombia no solo marcó un hito histórico, sino que también desató los mecanismos de contención más arraigados del establecimiento político de derecha. Más allá de la oposición en el Congreso y el ataque frontal desde los medios de comunicación de los grandes gremios de producción, se ha reactivado con ferocidad una herramienta gremial menos visible para el ciudadano común, pero profundamente poderosa, compuesta por: Fededepartamentos, Fedemunicipios y Asocapitales, entidades que lejos de su fachada técnica se han erigido, nuevamente, como el cuartel general operativo del uribismo para estrangular, desde las regiones, el proyecto de cambio.

Estas federaciones, que durante los gobiernos de Uribe, Santos y Duque funcionaron como una extensión burocrática del poder central y una eficiente red de pensamiento, propaganda y, según múltiples informes periodísticos y judiciales, financiación clientelista, hoy muestran su verdadero rostro: el de una oposición institucionalizada que raya en la sedición. Ante la imposibilidad de retener la Casa de Nariño, figuras clave de la centroderecha y la derecha se atrincheraron en gobernaciones y alcaldías de capitales estratégicas, respaldadas por un ejército de funcionarios de carrera o de confianza política enquistados en ministerios y entidades descentralizadas, para desarrollar una campaña sistemática de desprestigio, bloqueo y sabotaje que busca presentar al gobierno nacional como incompetente e ilegítimo.

La incoherencia es el sello distintivo de estos mandatarios, toda vez que, actuando como jefes políticos regionales del bloque opositor, ordenaron a sus tropas en el Congreso torpedear proyectos fundamentales para la sostenibilidad fiscal del Estado. Destacados afiliados de Fededepartamentos y Asocapitales lideraron una oposición sin argumentos sólidos y de manera casi automática, a iniciativas destinadas a crear recursos para programas sociales, seguridad y desarrollo para las regiones. La Ley de Presupuesto General de la Nación es el ejemplo más claro: su trámite fue obstruido por los mismos partidos que hoy, desde las gobernaciones y alcaldías, reclaman a voz en cuello más recursos para sus territorios. Gobernadores como el de Antioquia o las del Valle y Tolima, lo mismo que alcaldes como los de Bogotá, Medellín o Cali, prefirieron ahogar financieramente al Estado para dañar políticamente a Petro, antes que llegar a acuerdos consensuados en beneficio del país.

Ahora, la incoherencia de la derecha da un salto peligroso hacia la rebeldía institucional. Ante medidas legítimas del gobierno central, como la solicitud de aportes extraordinarios en un estado de emergencia económica, recursos que, se insiste, pudieron obtenerse por la vía ordinaria si la oposición no la hubiera bloqueado; estos mandatarios y sus federaciones han declarado abiertamente que no acatarán las normas. Es decir, se rebelan contra la obligación jurídica de cumplir las funciones que juraron ejercer. Victimizándose y apelando a la complejidad técnica de las finanzas públicas, manipulan la comprensión ciudadana para esconder su verdadero objetivo: desestabilizar.

En temporada electoral, la máquina se aceita con fines proselitistas. En este orden de ideas, Fededepartamentos y Asocapitales se convierten en plataformas de campaña. Sus declaraciones que aparentan ser técnicas; en realidad son consignas políticas que corean, al unísono con gremios económicos y grandes medios, insistiendo en un relato de caos y fracaso. Figuras polémicas como Dilian Francisca Toro, Andrés Julián Rendon, junto con candidatos con pobres índices de aceptación, utilizan estas agremiaciones para proyectarse nacionalmente, repitiendo falacias a pesar de que los indicadores macroeconómicos y sociales muestran resiliencia y avances en medio de una tormenta global y un sabotaje interno feroz.

El verdadero peligro no es la oposición política, vital en una democracia. El peligro es la utilización de estructuras estatales y seudogremiales, financiadas con los recursos de la ciudadanía, para hacer oposición desleal y sabotear al gobierno elegido popularmente. Estas federaciones son el núcleo de un "gobierno paralelo" que busca mantener los privilegios de un modelo agotado y la defensa de los intereses de la derecha colombiana por encima de la gobernabilidad, la institucionalidad y el bienestar general.

El país debe abrir los ojos: el conflicto político no se libra solo en el Capitolio o en los noticieros, sino en estas oficinas aparentemente grises donde se teje, con hilos institucionales, la estrategia del bloqueo que pretende hundir cualquier esperanza de cambio.

martes, diciembre 23, 2025

Los uribistas tratan a los uribestias como lo que son: estúpidos e ignorantes*

 

Imagen tomada de La Silla Vacía.

Por: Hernán Riaño

Los uribestias, no contentos con no tener nada, tratan a sus compatriotas como enemigos, si pudieran, les darían bala, así lo han manifestado en muchos escenarios, hasta candidatos políticos y humoristas abogan por la desaparición física de quienes quieren que todos tengan una mejor calidad de vida.

Este juego de definiciones ha surgido en las redes sociales a propósito del papel de cada uno de ellos en nuestra sociedad. Veamos, Uribista es el narco ultraderechista, dueño de empresas, lavador de dinero, traficante de drogas, personas, armas, oro, o cualquier elemento que produzca dinero de forma ilegal, terrateniente, saqueador del Estado o miembro de partidos políticos que representen estas actividades. Tienen mucho dinero, y quieren muchísimo más, sobre todo, el dinero de todos los colombianos, el cual debería ser destinado a la salud, pensiones, educación, medicamentos, vivienda y en general cualquier cosa que beneficie a los pobres. 

En cambio, el uribestia, es aquel pobre estúpido, estrato 0, 1, 2 y 3 que no tiene empleo, salud, educación, vivienda ni, en general, lo que dignifica la vida del ser humano, porque el uribista se lo robó. Pero este miserable lo defiende a ojo cerrado, hasta con su vida, porque se siente rico como el primero.

En épocas de la esclavitud, los llamaron cipayos, hoy no se le conoce adjetivo destinado a esos seres que prefieren a sus verdugos que a sus pares. No dudan en atacar a quien levanta la voz para defender los derechos de todos, hasta los de esos mismos uribestias. Atacan hasta físicamente a quien protesta por el despojo de los derechos que ha hecho la oligarquía, antes conservadora-liberal y hoy unificada en torno a Álvaro Uribe Vélez como el gran mentor de los negocios ilícitos, del saqueo de los recursos públicos y de la violencia que, en los últimos 40 años, desde que él apadrinó las Convivir, madre de las autodefensas, hasta la fecha con todas sus secuelas. 

Estos personajes característicos, pero no exclusivos de la fauna colombiana son esclavos, sicarios y asesinos que cumplen los deseos sin chistar de quienes consideran sus líderes naturales, todos ellos reconocidos de la ultraderecha, el paramilitarismo y la corrupción.

Pero lo más llamativo es que los encopetados copartidarios del expresidente y él mismo no los respetan, solo los utilizan, tanto para que los elijan, como para les hagan el trabajo sucio de traficar, ser los mandaderos de la droga, asesinar, desaparecer, torturar, desplazar, violar, y hacer todo lo que las derechas no hacen directamente; para eso los tienen a ellos. Además, los tratan como lo peor, en sus caras les dicen que no tienen derecho a la salud, a pensionarse, o por lo menos a recibir una ayuda por parte del gobierno, a la educación, al acceso a los derechos que garantiza la Constitución Nacional ni a cualquier beneficio o subsidio que les otorgara el Estado. 

Lo hemos visto, primero, con el hundimiento de las reformas que pretendían solucionar muchas de estas falencias, luego con las demandas ante las altas cortes que esos mismos uribistas han interpuesto para que ningún, léase bien, ningún derecho llegue al pueblo colombiano, todo incluyéndolos a ellos, a los uribestias, los que le sirven de soporte al expresidente y sus socios. 

Y desde el “ex” Uribe hasta los funcionarios de más bajo nivel que profesan esa nefasta corriente, se lo dicen en su propia cara, que no tienen derecho a tener derechos, que son ciudadanos de quinta, que los únicos que pueden son ellos, los oligarcas. De todas las formas se lo hacen saber, esa es una de las banderas del Uribe, como campaña electoral, que les va a quitar todos los derechos recuperados por Petro y su gobierno, las horas extras, el pago completo de dominicales y festivos, la jornada nocturna vuelva a empezar a las 10 de la noche, que la salud siga en manos de las EPS, que los fondos de pensiones les sirvan para que ellos puedan hacer sus negociados, que se les devuelva la tierra a los despojadores o ladrones de baldíos de la nación, como es el caso de la misma familia de Uribe y demás yerbas, que se acabe el programa de salud a su casa, que no haya agua para los colombianos, que vuelvan los apagones y cobros abusivos a las comunidades que hoy tienen energías limpias, que vuelvan los empresarios que han explotado a los colombianos con muchos servicios que debiera prestar el Estado pero por el neoliberalismo de la ultraderecha se volvieron negocios muy lucrativos a costa de los colombianos. Ahora Uribe se destapó, no quiere aumentos en el salario mínimo con diferentes excusas, de que se van a quebrar los empresarios hasta que habrá desempleo masivo, falacias ya demostradas desde que asumió el gobierno Gustavo Petro.

Además, estos uribestias fanáticos son los que los han subido al poder para que nos exploten. Lo hemos visto en las elecciones regionales, por ejemplo, en la última atípica en Bucaramanga, en donde han padecido todo el cáncer producido por este sector político, ya no tienen ni transporte público, volvieron a elegir a un espécimen representante de este sector corrupto.  

Esos, los uribestias, no contentos con no tener nada, tratan a sus compatriotas como enemigos, si pudieran, les darían bala, así lo han manifestado en muchos escenarios, hasta candidatos políticos y humoristas abogan por la desaparición física de quienes quieren que todos tengan una mejor calidad de vida y unos derechos humanos y constitucionales para todos, ellos incluidos. 

Aquí es obligatorio preguntar nuevamente: ¿Cuál de las reformas que ha impulsado el gobierno del cambio no beneficia a los pobres, miserables y en general a todos los colombianos? Reto a algún uribestia a que me conteste, con argumentos, cual perjudica a la sociedad colombiana y el por qué. Obviamente, casi estoy seguro de ello, habrá un silencio muy incómodo para esos que quieren que vuelvan al gobierno Uribe y sus buenos muchachos.

Es muy embarazoso hacer este análisis de quiénes han perjudicado al país, pero es necesario ponerle cara a esos que tanto han perjudicado al país, los primeros, son multimillonarios y lo hacen para su beneficio, eso está muy claro y los otros, los que no tienen ni en qué caerse muertos, son los actores fundamentales, sin ellos, los mafiosos neoliberales nunca hubieran podido llegar al poder para poner en práctica sus políticas de saqueo y expoliación, han sido su soporte fundamental, pero pasan de agache y, peor, siguen alimentando a esa bestia de 7 cabezas que representa el uribismo con su violencia, despojo y saqueo del país.

Para terminar, destaco lo paradójico, entre peor los tratan sus patrones, entre más les quitan derechos, entre más les dicen que son unos brutos, ignorantes y estúpidos, más los ayudan, más están al servicio de ellos, más amenazan a quienes luchan por tener una sociedad más equitativa, más atentan contra sus conciudadanos y no quieren dejar de ser uribestias. Pero es necesario exigirles a los uribestias que asuman su responsabilidad histórica y su papel en la imposición del neoliberalismo en nuestro país, con el consecuente deterioro de la calidad de vida de los colombianos, la violencia, los asesinatos, desplazamientos, masacres y desapariciones que han representado cerca de 400 mil muertos, todo un genocidio a cuentagotas. No solo Uribe y sus cómplices directos son responsables, también los que lo apoyan y defienden a toda costa. No se trata de venganzas ni generar más violencia, solo que con el simple acto de que ellos asuman sus culpas avanzaremos en edificar una sociedad más justa y próspera. Claro que algunos me dirán que es una utopía y puede ser, pero soñar no cuesta nada.

*Las opiniones de los columnistas son de su exclusiva responsabilidad.  Les invitamos a leer, comentar, compartir y a debatir con respeto.

Esta columna fué publicada originalmente en SoNoticias y es compartida con la comunidad de La Conversa de Fin de Semana, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño.




lunes, marzo 31, 2025

RTVC y la libertad de prensa

 

¿Quién empoderó a esa FLIP para determinar qué es o qué no es libertad de prensa y además censurar al único medio, el estatal, por decir la verdad y presentar un punto de vista diferente al de la prensa tradicional? 

Desde su aparición en el mundo, la prensa fue catalogada como el cuarto poder, es decir, que debería ser el contrapeso a los poderes conocidos en la democracia: el ejecutivo, el legislativo y el judicial, con el fin de que esos otros tres no se desbordaran y se convirtieran en un factor dictatorial en las democracias del mundo.

En cuanto a la noción de libertad de prensa, según Wikipedia, se tiene que, aunque muchos no le tienen confianza; la libertad para subir contenidos es: “La libertad de prensa o la libertad de los medios de comunicación es el principio de que la comunicación y la expresión a través de diversos medios, incluidos los medios impresos y electrónicos, especialmente los materiales publicados, deben considerarse un derecho que se ejerce libremente. Tal libertad implica la ausencia de interferencia del Estado. Esto implica la prohibición de la censura previa” (1). 

Siguiendo con el portal Concepto: “La libertad de prensa es el derecho de los periodistas y los medios de comunicación a informar, publicar y difundir noticias sin interferencias del gobierno u otros actores sociales. Es un derecho esencial para el ejercicio de la libertad de expresión, que busca garantizar que la ciudadanía pueda acceder a información veraz y diversa. La libertad de prensa no es un derecho absoluto y puede estar sujeta a limitaciones, especialmente en aquellos casos que implican proteger la seguridad nacional, el orden público o la privacidad de las personas. 

Hoy en día, la libertad de prensa enfrenta desafíos en todo el mundo. Aunque esté protegida por la ley, se ve afectada por presiones políticas y por la influencia de las grandes corporaciones económicas que buscan manipular la opinión pública y el consumo. En regímenes autoritarios, los periodistas enfrentan censura, amenazas y arrestos. Además, en cuanto al contexto mundial: “La libertad de prensa está protegida por normas internacionales, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y el Pacto Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos (1966), que reconocen este derecho como un principio fundamental en todas las democracias.” (2).

En Colombia, la libertad de información está consagrada en el artículo 20 de la Constitución política de Colombia que afirma: “Artículo 20. Se garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento y opiniones, la de informar y recibir información veraz e imparcial, y la de fundar medios masivos de comunicación. Estos son libres y tienen responsabilidad social. Se garantiza el derecho a la rectificación en condiciones de equidad. No habrá censura” (3).

En nuestro país y como en la mayoría de muchos aspectos de la vida política y social de la nación, este derecho está determinado por los dueños de los medios, que son los grandes conglomerados económicos ultraderechistas, que se fueron apoderando de todos los medios de comunicación nacionales y regionales para defender sus intereses, tapar sus excesos, posibles delitos, negociados y corrupción. Resumiendo, cada grupo económico tiene un conglomerado de periódicos, revistas, emisoras de radio, canales de televisión, páginas web y redes sociales, aunque no en ese orden, en los que presentan “su” verdad, para que solo los favorezca a ellos y en detrimento de los intereses de los ciudadanos. En esto coinciden mucho con lo planteado por el portal web “Concepto”, cuando manifiesta que: “Aunque esté protegida por la ley, se ve afectada por presiones políticas y por la influencia de las grandes corporaciones económicas que buscan manipular la opinión pública y el consumo”. Pero el gran problema de nuestra república es que muchos de esos intereses que afectan a la veraz información, tienen que ver con actividades delictivas y con el narco-poder que se apoderó de nuestro país hace 30 años.  

En Colombia la única “libertad de prensa” que se conocía era la que ejercían los medios tradicionales como El Tiempo, El Siglo, La República, Caracol, RCN, etc. y los medios regionales, todos voceros de la derecha liberal–conservadora, nunca había habido otra visión de la realidad ni, mejor dicho, alguien que informara la verdad, salvo El Espectador que por mucho tiempo y de la mano de Don Guillermo Cano dio algunos visos de independencia y periodismo real; en estos tiempos y por pertenecer al Grupo Valorem (Santo domingo) cambió su rumbo yéndose para la derecha más recalcitrante de la mano de Fidel Cano hijo del asesinado director. Pero con el gobierno de Gustavo Petro, las redes sociales y la aparición de muchos medios autodenominados alternativos, se abrió la posibilidad de contar la verdad de la realidad colombiana.

En este contexto, en las últimas semanas hemos visto un feroz ataque de todos los medios, los empresarios y políticos de la ultraderecha contra RTVC, el sistema de medios públicos por su objetividad para informar todo lo que ocurre y que lo hace con las pruebas en la mano. Pero este ataque no solo se ha remitido al sistema sino también a su gerente Hollman Moris y los periodistas que lo acompañan en esta difícil misión de nadar contra la corriente informativa. A Morris lo siguen atacando por los hechos ocurridos en el pasado, a los cuales se expuso ante la sociedad y a la rama judicial, saliendo totalmente inocente y sin ningún cargo por los que lo acusó el complot del uribismo. A los demás, por su vestimenta, por su afinidad o gusto por determinada música, literatura o por la defensa de los genocidios o injusticias cometidos en todo el mundo, los han llamado “focas que aplauden” por presentar las realizaciones del gobierno del cambio tal y como son.

En el caso de Morris, no solo está la derecha sumida en este ataque, sino que se les ha unido, además desde el principio, un grupo de personas que se autodenominan feministas, las parlamentarias que con votos progresistas llegaron al Congreso para, una vez allí, traicionar a sus electores y al pueblo colombiano y otra muy “digna”, que sin fórmula de juicio y desconociendo las sentencias judiciales siguen empeñadas en esta agresión convirtiéndose en parlantes de la ultraderecha. Hay que ratificarlo, de una vez por todas ¡Hollman Morris salió inocente de todos los cargos!, después de un proceso muy meticuloso.   

Pero además del ataque de los comunicadores de los grandes emporios de medios, en la última semana llegó el de la Fundación para la libertad de prensa FLIP, una entidad privada que no es autoridad de nada, que entre sus fundadores tiene a Francisco Santos, exvicepresidente uribista y enemigo declarado de Petro. Es eso, una entidad privada, una fundación, que por arte de magia se convirtió de la noche a la mañana en un censor más. ¿Quién empoderó a esa FLIP para determinar qué es o qué no es libertad de prensa y además censurar al único medio, el estatal, por decir la verdad y presentar un punto de vista diferente al de la prensa tradicional? Además, lo hace como si fuera un juez pero que ataca a funcionarios y periodistas que no sean de su visión de la realidad. Como esta fundación podrían crearse muchas de diferentes corrientes políticas, porque esta pareciera ser de la ultraderecha. Ellos no son dueños absolutos de la verdad ni mucho menos y en estos episodios han violado el principio fundamental del periodismo que es el de contrastar la información. 

En carta a la junta directiva de la FLIP, Morris plantea lo siguiente:  “A propósito de un pronunciamiento de la Flip, reproducido por algunos medios de comunicación, me entero de que ustedes “han documentado” treinta casos de “censura y presión editorial” dentro del Sistema de Medios Públicos y que han conocido “decenas de publicaciones” que han investigado y documentado “reiteradas irregularidades en la administración de la entidad”, cubriendo, la primera afirmación, con el manto de la generalidad, el anonimato y el rumor, animados por ustedes; y constituyendo, la segunda, una aseveración temeraria, en la medida que ninguna autoridad competente ha constatado esas denuncias falaces.” (la negrilla es de origen) (4). Es de anotar que, en varias oportunidades, esta fundación privada ha querido callar al señor presidente por aclarar las mentiras y calumnias con las que lo atacan. En Colombia se garantiza el debido proceso, ¿ellos tienen patente de corzo para violarlo? A estos neo censores de la FLIP, se han unido otros como “La silla vacía” y “Colombia check” que con la excusa de luchas contra las fake news o noticias falsas, que hoy pululan por todas partes, quieren silenciar a muchos periodistas que se atreven a mostrar otras visiones de la realidad.

RTVC, en algo más de medio año y de la mano de Morris, ha logrado la independencia y veracidad de la información y con ellas el aumento de la aceptación de los sectores progresistas del país o de los que están cansados de la comunicación corporativa mentirosa. Se perdieron más o menos dos años por las presiones de estos grupos, que por un odio irracional al gerente no permitían que los ciudadanos tuviéramos un periodismo independiente y objetivo. Las preguntas obligadas que deben hacerse los malquerientes “progresistas” de Hollman y demás grupos ¿en tan corto tiempo quién hubiera logrado lo que Morris ha hecho? ¿O prefieren que el país no tenga una información independiente y veraz como debe ser, por hundirlo, por sacarlo de la escena periodística? Esa es la calidad humana de muchas de estas personas, que además ¡se dicen progresistas! Debemos defender la información de RTVC, a los periodistas que allí laboran, a su gerente, personal técnico, ya que, si permitimos que todos estos ataques fructifiquen sacando a Hollman Morris y su equipo de la escena noticiosa, será el primer paso para que la derecha vuelva al poder con las cruentas consecuencias que ellos traerían para todos los verdaderos demócratas colombianos. 

PD: AMENAZAS DE MUERTE CONTRA HOLLMAN MORRIS: En las últimas horas el gerente de los medios públicos Hollman Morris ha sido amenazado de muerte, un día después de que apareciera un editorial de El Espectador en contra de RTVC, sin contrastar la información y con acusaciones falsas, según Morris, por hechos ocurridos el jueves en una emisión de “El calentao” (5).


https://es.wikipedia.org/wiki/Libertad_de_prensa

https://concepto.de/libertad-de-prensa/

https://www.constitucioncolombia.com/titulo-2/capitulo-1/articulo-20

https://www.rtvc.gov.co/noticia/comunicado-rtvc-flip-gerente-hollman-morris

https://www.facebook.com/share/p/12KxQ7FjJmc/ https://www.facebook.com/share/v/18rapN8XGj/

Las opiniones de los columnistas son de su exclusiva responsabilidad.  Les invitamos a leer, comentar, compartir y a debatir con respeto.

lunes, enero 20, 2025

¿Las derechas unidas, jamás serán vencidas?

Por Hernán Riaño

La esperanza está en los jóvenes comprometidos que defienden causas justas, apoyan al gobierno y denuncian la corrupción. A pesar de carecer de recursos, se esfuerzan por difundir la verdad y están motivados por el amor a su país. Gracias a su labor, se ha revelado información que los medios corporativos intentan ocultar. 

El mundo ha conocido una consigna que gritan los manifestantes en contra de la derecha para reivindicar sus derechos: ¡El pueblo unido jamás será vencido! En nuestro país, la verdadera unión se ha visto en la ultraderecha mafiosa que quiere perpetuar sus privilegios en contra de los colombianos. Ellos que, dependiendo de la época, sus necesidades y sus intereses, se “pelean” unos con otros, luego se amistan, los que ayer fueron enemigos, hoy son inseparables. Recordemos episodios como la denuncia que le hizo Andrés Pastrana al periodista de Univisión, Jorge Ramos, cuando este le preguntó si Uribe era narcotraficante; Pastrana le contesta: “es que yo lo he denunciado…” (1), o cuando, en medio de un ataque de histeria, César Gaviria gritaba en televisión, refiriéndose a Uribe: “¡Uribe mentiroso, Uribe mentiroso, Uribe mentiroso!” (2), en el lanzamiento de la campaña de reelección presidencial de Santos; hoy los vemos cogidos de la mano atacando a Gustavo Petro desde todos los flancos y usando todas las armas innobles que siempre han utilizado. 

En el congreso era igual (¿Aún lo es?), los representantes y senadores “cazaban” peleas insulsas, se gritaban, y hasta se decían groserías en las sesiones o plenarias para embobar al pueblo y, luego, después del espectáculo, los veía uno en las páginas sociales de los periódicos, compartiendo unos “amarillos”, como los mejores amigos, como si nada hubiera pasado, en cualquier evento social de la alta aristocracia criolla. Se burlaban del pueblo en su cara. A todos ellos, los unen los intereses en los dineros del Estado para usarlos en su beneficio, dejando, de paso, en la miseria a los ciudadanos; así ha sido desde que Colombia se convirtió en una “democracia”.

Hoy vemos un fenómeno no antes visto en nuestro país, es la unión total de las derechas, porque todos son eso, para “recuperar” a nuestro país, según ellos dicen. Todos los sectores, gremios, grandes empresarios, con algunas contadas excepciones, partidos políticos de los llamados tradicionales y sus divisiones y hasta partidos o movimientos llamados de centro, de centro izquierda (¿?), ambientales, grupos delincuenciales de todo tipo, “guerrilleros” y otros muy dignos, se han unido en contra del primer gobierno democrático para no dejarlo actuar y con la consigna de que todo vuelva a ser como antes, o sea dominado por ellos, a partir del año 2.026. Que mescolanza de ideologías, diría uno, pero lo que se ve, decantando todas las arandelas, es que todos son lo mismo, unos siendo los del poder y otros sirviéndoles de “idiotas útiles” o de cómplices conscientes, para que la ultraderecha vuelva al gobierno, todos enemigos reales del pueblo y al servicio del uribismo.

Tienen unos grandes difusores de sus consignas, mentiras, calumnias y amenazas, que son sus medios de comunicación, los llamados tradicionales, que hoy más que nunca y vísperas de un año electoral, han agudizado los ataques con todo tipo de armas para desestabilizar y desacreditar a Gustavo Petro, quien en este momento es el blanco de casi todos los embates con los que a diario se ensaña esta, mal llamada; “prensa” colombiana. Lo que estamos viviendo nunca lo había visto el país, por lo menos tan descaradamente; ya no disimulan, no se ocultan bajo premisas engañosas, ya alzan la voz y muestran su derechismo y posibles delitos, abiertamente, sin pena, están demostrando que la verdad les importa “un comino” y que su indudable razón de existir es la defensa de los empresarios que los tienen en esos puestos comunicativos. Lo grave es que muchos de ellos salieron con peores instintos destructores que sus patrones, no les importa atacar a mujeres, niños, minorías y últimamente a las madres de las víctimas de los mal llamados falsos positivos, de desapariciones, de operaciones de “seguridad democrática, o de masacres, revictimizándolas sin ninguna consideración y por encima de cualquier sentido de humanidad. 

Unos y otros, se dedicaron a tapar, minimizar o desviar la atención de todos los actos de corrupción, desfalcos, robos y quién sabe qué otros delitos cometidos por gobiernos anteriores y que dejaron al país con unas deudas inmensas que le ha tocado afrontar al gobierno actual. Son tan cínicos que ahora resulta que la situación que encontró Petro es culpa de Petro. Tamaño despropósito que aún creen los estúpidos que aún los siguen a ojo cerrado. Presentan cualquier incoherencia seguros de que su audiencia de idiotas les cree y que como “loros” salen a repetir, orgullosos de su uribismo e ignorancia.

Están unidos férreamente, como un solo hombre para atacar al progresismo, para evitar que siga en el poder, para impedir que se siga conociendo todo lo que ellos han hecho para enriquecerse con el erario o con los negocios ilícitos a los que han estado acostumbrados por tantos años. Sí, descaradamente unidos, ya no disimulan, son una sola cosa, un solo interés, con un desprecio total por el ciudadano, que hace recordar las cortes de nobles europeas antes de la revolución francesa, cuando el pueblo era mantenido en la miseria absoluta, mientras los señores feudales eran dueños de todas las tierras y se quedaban con todas las riquezas. Lo más grave es que lo hacen sin argumentos, ni inteligencia, ni conocimiento, ellos actúan con violencia, solo por amor al poder y al dinero. Hoy no les importa la opinión de la ciudadanía, solo lo que ellos digan y quieran hacerle al país. Lo hacen porque están seguros que el pueblo no reaccionará, saben que los tienen amaestrados, domesticados, esclavizados, avasallados para que les diga que sí a todo lo que quieran. 

Es preocupante que, ante la gran cantidad de denuncias de corrupción y desfalco, los colombianos no actúen, no protesten, es como si todo lo que han hacho hubiera pasado en otro país, en otra dimensión o en otra galaxia, es como si no fuera con ellos, como si el dinero que se embolsillan no saliera de los impuestos que ellos pagan, no les importa quedarse sin salud, educación vivienda o cualquier otro derecho. No, no les afecta, quieren seguir viviendo así. Es muy alarmante lo que vemos a diario. Tampoco actúan, ni les exigen cuentas a congresistas, diputados, concejales y ediles por los que depositaron su voto y ya estando en los cuerpos legislativos, los traicionaron, les mintieron o los engañaron. Muchos de estos “padres de la patria o aspirantes a serlo, hacen todo lo contrario a lo que prometieron abiertamente, sin tapujos y ningún elector les dice “ni mu”. 

Mientras todo esto está sucediendo, muchos sectores de la izquierda o el progresismo no han resuelto aún el dilema si primero fue el huevo o la gallina. No actúan, se la pasan sentados en una cafetería, en las redes sociales, o en charlas eternas, viendo a ver en qué se equivocó Petro, qué incumplió, según ellos, para “darle duro”, porque se creen con la verdad revelada. Están seguros de ser los únicos que sí saben cómo se resuelven los problemas nacionales, pero solo hablan, no hacen nada y su activismo se reduce solo criticar, mientras que la ultraderecha está unida y actuando en contra de la democracia. 

La esperanza, repito lo escrito en otras columnas, está en los jóvenes que sí saben lo que quieren y conocen como hacerlo o por lo menos lo intentan, esos que apoyan al gobierno, que defienden a las madres de las víctimas, que denuncian la corrupción, los robos y los desfalcos, que, a pesar de no tener medios, se los inventan sin esperar nada a cambio, sin ponerle condiciones al gobierno, están comprometidos en difundir la verdad y solo por amor al país. A ellos les debemos mucho de lo que se ha sabido, la difusión de las noticias que tratan de tapar los medios corporativos y que cuando hay que salir a apoyar lo hacen conscientes de lo que le espera al país si regresa la barbarie, los asesinatos, los mal llamados falsos positivos, las desapariciones y todo lo que el país ha conocido, pero se resiste a aceptar.

https://www.facebook.com/share/v/15pRZxcjUQ/

https://youtu.be/9j6g0rdwhtQ?si=SB2p_eS3vmj1Nrzq

Las opiniones de los columnistas son de su exclusiva responsabilidad.  Les invitamos a leer, comentar, compartir y a debatir con respeto.

Esta nota fue publicada originalmente en SoNoticias y es compartida con la comunidad de La Conversa de Fin de Semana, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño