LA VITRINA DE LA CONVERSA

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miércoles, agosto 26, 2026

LA USO PERDIÓ EL NORTE: DE SINDICATO DE CLASE A ADMINISTRADOR DE LA POLÍTICA ENERGÉTICA DEL CAPITAL *

En la imagen: Carlos Medina G. / Historiador - Analista político

Por: Carlos Medina Gallego.

Una organización sindical pierde su norte cuando comienza a confundir interlocución con subordinación, negociación con adaptación e institucionalidad con burocratización.

Durante más de un siglo, la Unión Sindical Obrera —USO— representó mucho más que una organización encargada de negociar salarios, prestaciones y condiciones laborales de los trabajadores petroleros. Fue una escuela de formación política, un escenario de resistencia obrera, un referente del sindicalismo colombiano y, sobre todo, una organización que comprendió tempranamente que la disputa alrededor del petróleo era también una disputa alrededor de la soberanía nacional.

Por eso resulta particularmente grave la crisis política e ideológica que hoy atraviesa. No estamos solamente ante desacuerdos circunstanciales entre dirigentes sindicales ni frente a diferencias tácticas acerca de cómo relacionarse con un gobierno determinado. Lo que parece estar ocurriendo es mucho más profundo: la USO corre el riesgo de dejar de concebirse como una organización de trabajadores que interviene críticamente en la política energética para convertirse en una organización burocratizada que termina administrando y legitimando decisiones concebidas desde las necesidades del mercado, las empresas y la acumulación de capital.

El comunicado de ANDEPETROL denominado La más alta traición en la historia de la USO expresa, en términos particularmente severos, esa ruptura. Según el documento, decisiones recientes de sectores mayoritarios de la Junta Directiva Nacional significarían abandonar compromisos históricos relacionados con la oposición a la privatización de Ecopetrol y con las posiciones críticas frente al fracking. El comunicado interpreta estas actuaciones como una ruptura con la tradición anti patronal y antiimperialista que caracterizó históricamente a la organización.

Más allá del lenguaje vehemente utilizado por ANDEPETROL y de las controversias que puedan suscitar algunas de sus afirmaciones, existe una pregunta que la USO debería responder ante sus afiliados y ante el conjunto del movimiento sindical colombiano: ¿para qué existe hoy la Unión Sindical Obrera?

CUANDO EL SINDICATO DEJA DE INTERPELAR AL PODER

Una organización sindical pierde su norte cuando comienza a confundir interlocución con subordinación, negociación con adaptación e institucionalidad con burocratización.

Los sindicatos necesariamente tienen que negociar. Deben conversar con gobiernos, empresas, instituciones públicas y privadas. Su función no consiste en permanecer en una oposición testimonial incapaz de producir resultados concretos para los trabajadores. Pero existe una frontera que no puede desaparecer: el sindicato representa los intereses de los trabajadores frente al poder empresarial y estatal; no representa los intereses empresariales y estatales frente a los trabajadores.

Cuando esa frontera comienza a desdibujarse aparece la burocratización sindical.

La burocratización no consiste simplemente en tener oficinas, funcionarios, asesores o dirigentes profesionales. Es un fenómeno político mucho más profundo. Ocurre cuando la conservación de la estructura organizativa termina siendo más importante que las razones históricas que justificaron su existencia; cuando los dirigentes se acostumbran a los escenarios institucionales hasta terminar compartiendo el lenguaje, las prioridades y las preocupaciones de quienes deberían interpelar; cuando la estabilidad de la organización sustituye la movilización de sus bases; y cuando los trabajadores dejan de ser sujetos de las decisiones para convertirse en espectadores de acuerdos realizados en su nombre.

Ese es precisamente el peligro que hoy enfrenta la USO.

DEL PETRÓLEO COMO SOBERANÍA AL PETRÓLEO COMO NEGOCIO

La historia de la USO está inseparablemente ligada a una idea fundamental: los hidrocarburos no son simplemente mercancías.

El petróleo constituye un recurso estratégico alrededor del cual se organizan relaciones económicas, laborales, territoriales, ambientales y geopolíticas. Por eso la lucha histórica de los trabajadores petroleros nunca pudo reducirse a una discusión salarial.

Defender Ecopetrol significó durante décadas defender la existencia de una empresa pública estratégica. Defender los recursos naturales significó discutir quién los explota, quién se apropia de la renta, quién asume los costos ambientales y sociales y para qué proyecto de nación se utilizan los excedentes producidos.

La USO fue grande precisamente porque comprendió esa dimensión. El problema aparece cuando el sindicalismo comienza a asumir como propias categorías procedentes de la racionalidad empresarial: competitividad, rentabilidad, productividad, seguridad inversionista, expansión de reservas o sostenibilidad financiera, sin preguntarse simultáneamente rentabilidad para quién, productividad para qué, energía para qué sociedad y explotación de los recursos bajo qué condiciones ambientales, laborales y territoriales.

Entonces ocurre una inversión peligrosa: en lugar de discutir la política energética desde los intereses de los trabajadores y de la nación, se comienza a discutir la situación de los trabajadores desde las necesidades de la política energética dominante. Y allí el sindicalismo pierde autonomía.

EL FALSO DILEMA: “PRIMERO ECOPETROL, DESPUÉS LA POLÍTICA”

Particularmente problemática resulta la idea, cuestionada por el comunicado de ANDEPETROL, según la cual primero estaría Ecopetrol y después las consideraciones políticas. El documento sostiene que esa separación termina justificando políticas que considera neoliberales y favorables a grandes intereses económicos.

Pero Ecopetrol nunca ha estado por fuera de la política.

Decidir qué hidrocarburos explorar, dónde hacerlo, mediante qué tecnologías, bajo qué régimen contractual, con qué socios internacionales, con qué participación estatal, con qué relación con las comunidades y con qué destino para las utilidades constituye una decisión profundamente política.

También lo es decidir si Colombia debe profundizar su dependencia de los combustibles fósiles o desarrollar una transición energética; y, en este último caso, determinar quién controlará esa transición.

Porque existe una transición energética del capital y puede existir una transición energética democrática y popular.

La primera simplemente sustituye unas fuentes de acumulación por otras. Cambia petróleo por litio, carbón por cobre, hidrocarburos por grandes parques solares o eólicos, pero conserva intactas las estructuras de propiedad, concentración económica y apropiación privada de los beneficios.

La segunda debería preguntarse por la propiedad pública, las comunidades, los trabajadores, la soberanía energética, la protección ambiental y la distribución social de los excedentes.

Una USO fiel a su historia tendría que estar encabezando esa discusión.

EL FRACKING NO ES SIMPLEMENTE UNA TÉCNICA

Lo mismo ocurre con el fracking.

Reducir el debate a determinar si técnicamente pueden extraerse determinados hidrocarburos significa desconocer la dimensión política del problema.

Las preguntas fundamentales son otras: ¿Qué modelo energético necesita Colombia?, ¿qué consecuencias ambientales puede generar la explotación?, ¿qué participación tendrán las comunidades?, ¿Quién asumirá los riesgos?, ¿Quién recibirá los beneficios?, ¿qué relación existe entre nuevas explotaciones fósiles y transición energética?

Una organización sindical puede adoptar una posición favorable, contraria o condicionada frente a determinadas tecnologías extractivas. Lo que no debería hacer es convertir automáticamente la continuidad empresarial en criterio superior a cualquier consideración social, ambiental o territorial.

El comunicado de ANDEPETROL acusa precisamente a sectores de la dirección sindical de haber dado vía libre al fracking y de comprometerse a no obstaculizar determinadas políticas que considera privatizadoras.

Si tales decisiones corresponden efectivamente a posiciones institucionales de la organización, deberían ser discutidas ampliamente por las bases. Una definición estratégica de semejante magnitud no debería resolverse exclusivamente entre dirigentes, gobiernos y administradores empresariales.

LA BUROCRATIZACIÓN COMO DERROTA CULTURAL

Existe, además, una dimensión todavía más preocupante.

Las grandes organizaciones sindicales no desaparecen necesariamente cuando son derrotadas. Algunas continúan existiendo durante décadas, conservan edificios, afiliados, recursos, convenciones colectivas y estructuras administrativas. Pero pueden haber perdido políticamente su razón de ser.

La derrota más profunda de un sindicato ocurre cuando adopta como propio el horizonte intelectual de aquello contra lo cual nació. Cuando comienza a pensar como empresa. Cuando mide sus posibilidades exclusivamente desde la rentabilidad. Cuando considera inevitable aquello que anteriormente cuestionaba. Cuando sustituye la movilización por la gestión. Cuando reemplaza la formación política por administración sindical. Cuando sus dirigentes permanecen durante largos periodos circulando entre cargos sindicales, institucionales y empresariales hasta constituir una burocracia especializada en representación.

Entonces puede permanecer intacta la sigla mientras cambia profundamente el contenido.

RECUPERAR LA DEMOCRACIA DE LOS TRABAJADORES

Por eso la discusión actual no debería resolverse mediante simples disputas entre fracciones sindicales ni mediante descalificaciones personales. Debe regresar a los trabajadores.

El propio comunicado recuerda que la plataforma histórica de la organización reivindica la independencia frente a patronos y sectores políticos dominantes, así como la solidaridad con los pueblos que enfrentan formas de intervención imperialista.

También sostiene que la traición a la plataforma de lucha está contemplada estatutariamente como una falta gravísima. Esto plantea un problema esencialmente democrático.

Las bases deberían conocer exactamente qué se discutió, qué compromisos fueron adquiridos, quiénes los aprobaron y mediante qué mandato estatutario. Y después deberían decidir.

Una organización obrera pertenece a sus trabajadores, no a sus dirigentes. La USO necesita recuperar asambleas, deliberación desde las regiones, formación política, control de las bases sobre sus representantes y una discusión nacional acerca de su proyecto energético.

No basta con cambiar dirigentes si permanece intacta la cultura burocrática que produjo el problema.

VOLVER A SER USO

La historia de la USO fue construida por generaciones de trabajadores que padecieron persecuciones, despidos, encarcelamientos, estigmatizaciones y violencias. El comunicado de ANDEPETROL recuerda esa tradición cuando afirma que la organización fue concebida como un “faro” de la lucha antipatronal y antiimperialista. Ese patrimonio no pertenece a ninguna junta directiva. Pertenece a generaciones de trabajadores petroleros y forma parte de la historia del movimiento obrero colombiano.

Por eso la crisis actual puede convertirse también en una oportunidad. La USO debe decidir si quiere ser una organización que acompaña la administración del modelo energético existente o una organización capaz de imaginar otro modelo energético. Debe decidir si quiere administrar las consecuencias laborales de las transformaciones empresariales o intervenir políticamente en la definición de esas transformaciones. Debe decidir si entiende Ecopetrol solamente como una empresa que debe producir utilidades o como instrumento estratégico de soberanía, industrialización, conocimiento científico, transición energética y desarrollo nacional.

Y, sobre todo, debe decidir si continuará construyendo sus decisiones desde arriba o volverá a colocar a los trabajadores en el centro de su vida sindical. La USO no necesita vivir de la nostalgia. Necesita recuperar su norte. Y ese norte no puede ser simplemente garantizar la supervivencia de Ecopetrol dentro de las reglas del capitalismo energético contemporáneo. Tiene que ser defender simultáneamente el trabajo digno, la propiedad pública, la soberanía energética, los territorios, las comunidades, la naturaleza y la capacidad de Colombia para decidir autónomamente sobre sus recursos estratégicos.

Si abandona esas banderas, podrá conservar su nombre, sus oficinas, sus cargos y sus estructuras. Pero habrá dejado de ser aquella USO que durante más de un siglo hizo temblar a gobiernos, multinacionales y patronos porque detrás de sus siglas existía algo mucho más poderoso que una burocracia sindical: existía una clase trabajadora organizada, consciente de que defender el petróleo colombiano era también defender la soberanía de la nación.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

lunes, diciembre 02, 2024

¡Petro, venga a limpiar la caca del perro!

Por: Hernán Riaño

El gobierno de Duque llevó a Colombia al borde de una crisis económica, evidenciada por su endeudamiento desmedido durante la pandemia. El expresidente otorgó miles de millones a grupos económicos amigos, EPS y fondos de pensiones, beneficiando a sus allegados y aprovechándose de la confianza de los ciudadanos.

Para nadie decente es un secreto la situación en que la ultraderecha de la mano del uribismo y del gobierno de su pupilo más reciente, Iván Duque, dejaron al país. Poco a poco hemos ido conociendo los robos, desfalcos, desvíos de dineros, incumplimientos, demoras y bloqueos en el manejo de los dineros de los colombianos, de las obras del país y de la solución a los problemas de la ciudadanía, que con el ascenso al poder de esta élite ultraderechista se agravó y nos dimos cuenta de que no tienen límites ni escrúpulos. Todos unos expertos en desaparecer y embolsillarse la plata que no es de ellos. Casos como Chambacú, Foncolpuertos, Ferrocarriles Nacionales, Reficar, Odebretch, el desangre continuado de los dineros destinados a la salud por las EPS, fondos de pensiones, endeudamientos nacionales y extranjeros, SAE, y obras públicas de todo nivel, solo para nombrar muy pocas, pero que muestran la radiografía de cómo han saqueado a Colombia.

Petro asciende al gobierno, opino yo, sin saber plenamente las situaciones que debía afrontar fruto de años de abuso del país por estos sectores de las derechas colombianas y en muchos casos multinacionales. Además, porque, en el empalme, el gobierno Duque se cuidó en ocultar muchos de estos hechos. Con el coraje que lo ha caracterizado empezó a enfrentar y solucionar los problemas que le dejaron, pero con el agravante que cada que incursionaban en un sector encontraban corrupción y desfalco. Todos los días, Colombia empezó a conocer la realidad de la situación que el gobierno democrático de Gustavo Petro debía solucionar por cuenta de las manos largas de los partidos y empresarios de la ultraderecha. 

Pero no solamente habían desfalcado al país, sino que ahora como “oposición inteligente”, como se autodenominaron, y como estrategia para que no se averiguara toda la verdad, ayudados por sus medios de comunicación, calumnian, mienten, inventan y hacen toda clase de malabares para tapar los hechos de robo y corrupción. Y esto último ayudados por el cada vez más pequeño ejército de estúpidos que los sigue ciegamente. 

Pero, además de esa sucia estrategia, y ante los resultados positivos de nuestro gobierno en solucionar todos los entuertos, se dedicaron primero, a abrogarse las soluciones de Petro como propias, como lo mostré en la columna anterior, y luego se dedicaron a presionar al mandatario para que solucionara “de una vez” los desafueros que por más de 200 años han dejado los corruptos que nos han gobernado. 

Se inventaron la matriz informativa, de que, con ellos, nuestro país era el de las mil maravillas, que éramos una nación sin problemas, que antes que Petro vivíamos en Europa o Japón que todo era abundancia y felicidad, que aquí no había pobres ni miserables, que ese era un invento de los mamertos. Y lo más grave es que los estúpidos uribistas pobres están convencidos de eso, que ellos son ricos a pesar de que les quitaron todo: la salud, la comida, la vivienda, todo; muchos de ellos viven con un salario mínimo y la gran mayoría sobrellevan su existencia del rebusque, situación a la que los llevaron esos padres de la patria. El relato mediático incluye que todos los problemas del país fueron causados por los que hasta ahora llegaban al gobierno y que ellos, las derechas, son la solución a esos problemas que ellos mismos crearon. 

La situación de Colombia es muy grave. Las andanzas del gobierno Duque nos dejó al borde de una catástrofe económica. Lo ha demostrado el señor presidente con los datos sobre el endeudamiento sin medida y a escondidas realizado por el más aventajado de los alumnos de Uribe por cuenta de la pandemia. Billones de pesos que entregó a grupos económicos y empresarios, a las EPS, a los fondos de pensiones a sus amigotes y allegados aprovechándose de la buena fe de los colombianos.

No les importa haber dejado a Colombia en una de las situaciones más delicadas de nuestra historia. Su cinismo es tal que presionan para que esos desafueros sean solucionados, como decíamos antes, en el término de la distancia.  Incumplido le dicen, porque él prometió tal o cual cosa y lleva ¡dos años! Y no ha solucionado. Si arregla un problema de un sector, sale un “vocero” de otro sector a gritar: ¿A ellos porque sí y a nosotros por qué no? O ¿A nosotros para cuándo? 

Es cierto, hay muchas regiones de Colombia con graves dificultades, que por años el Estado ha olvidado, que, si alguna vez llegaba, era con el ejército para reprimir a sus habitantes por cuenta de la “seguridad democrática” inventada por el “ex”, pero que esos problemas fueron causados por los politiqueros corruptos adscritos a los partidos de las derechas colombianas y sus empresarios cómplices. Estos mismos personajes utilizan a su antojo a sus seguidores y estos como borregos, a ojo cerrado y sin cuestionar nada van repitiendo lo que su líder les ordena, convirtiéndose en cajas de resonancia de un inventado inconformismo en contra del gobierno. Gritan que todo debe solucionarlo Petro personalmente, que ¿por qué no viene?, que, ¿por qué no hace?, que, ¿por qué no dice? Como si fuera un ser celestial o extraterrestre con todos los poderes del universo. Además, con un irrespeto y una grosería que dan grima.

¿Por qué nunca les exigieron las soluciones a los gobiernos causantes de la debacle del país? ¿Por qué guardaron silencio ante el politiquero de turno que les compró su voto? ¿Por qué no le piden cuentas a su alcalde, concejal, diputado, gobernador, elegidos con promesas que incumplió? Estas y muchos otros interrogantes deberán ser esclarecidos si queremos que Colombia del salto a la democracia.

Esas voces de exigencia de soluciones tienen que ver con el llamado caudillismo que ha imperado en nuestra patria. Desde el siglo XIX, los ciudadanos de la reciente república empezaron a crear o creer en líderes que parecían ser más mesías bíblicos que políticos. La gente esperaba que estos líderes llamados “caudillos” tuvieran la solución a todos sus problemas y solo esperaban que actuara como si tuviera una barita mágica. Pero no se involucraban, en la mayoría de los casos, ni en una organización popular que coadyuvara en imponer un poder del pueblo ni en buscar solución a sus inconvenientes. A lo largo del siglo pasado conocimos muchos de estos como el Tribuno del pueblo, Jorge Eliecer Gaitán o como el general Gustavo Rojas Pinilla, a quien le robaron las elecciones en 1.970 Misael Pastrana con Carlos Lleras Restrepo quien fuera el presidente en ese año. Los caudillos nunca pudieron llegar al gobierno y menos al poder. 

A la gran mayoría los mataron, esa es la razón para que Petro insista en una organización popular, en una constituyente del pueblo a todo nivel y en todos los sectores, porque es la única forma de que los colombianos nos involucremos en la problemática de la patria y nos capacitemos en Democracia para poder avanzar al desarrollo que por tanto años nos ha negado la ultraderecha colombiana. 

Las opiniones de los columnistas son de su exclusiva responsabilidad.  Les invitamos a leer, comentar, compartir y a debatir con respeto.

Esta columna fue publicada originalmente en SoNoticias y compartida con la comunidad de La Conversa de Fin de Semana, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño.

lunes, febrero 08, 2021

DE ESPALDAS AL PACÍFICO

DE ESPALDAS AL PACÍFICO

La respuesta de este gobierno, al igual que la de sus predecesores de derecha y de extremo centro, ha sido la misma, más consejos de seguridad, más anuncios de recompensas, de inversiones y más pie de 
fuerza.

Fuente: eltiempo.com

Por: Omar Orlando Tovar Troches – ottroz69@gmail.com

Con tristeza, no de opinador, sino de colombiano, tengo que decir, que me apena, reitero, no por mi ego, sino por las comunidades afectadas, tener que reiterarme en un mismo tema: La horrible crisis que afrontan las buenas personas que habitan el litoral pacífico colombiano.

Después de algo más de tres años, es deplorable tener que retomar una columna sobre la misma tragedia: el olvido, el racismo, la exclusión, la manipulación, el saqueo y la corrupción que se han tomado a sangre y fuego la vida de chocoanos, vallunos, caucanos y nariñenses.

En mis líneas de 2017 (ESE TAL PAZIFICO NO EXISTE – Proclama del Cauca), me atrevía a tomar palabras de algún pensador Pacífico, quien dijo alguna vez sobre el Departamento del Chocó, que éste era un territorio de cara al Océano Pacífico y con la espalda de Colombia a sus espaldas, o algo así, como diría el Chapulín Colorado.

Cuatro años más tarde, me toca, con desconsuelo, pero  con la misma indignación, apropiarme de las palabras de un líder social de Buenaventura, para señalar el desconocimiento, el olvido, la exclusión, o el desprecio, con el que algunos personajes de la otra Colombia, miran a las personas del pacífico, cuando al contestarle a una periodista de un medio afín al poder, Leonard Rentería dijo: “A ustedes les debería dar vergüenza decir eso que están diciendo, les debería dar vergüenza que cómo vamos a perjudicar a 50 millones de colombianos, cuando los 50 millones de colombianos no piensan en nosotros, que somos los que hacemos posible que a ustedes les llegue la mercancía y les llegue todo lo que les llega a su casa. Debería darles vergüenza y deberían sentir empatía por un pueblo que le ha dado tanto a este país y este país no ha hecho más que desconocerlo, que comportarse de forma racista y tratarnos como nos tratan”

Casi que decir o escribir algo más sobra. Lástima que no es así.

A pesar de la inmensa solidaridad que despertó en las redes sociales la digna respuesta de Leonard Rentería, uno de los tantos Bonaverenses cansados de su tragedia, la verdad es que todavía persiste en buena parte de la opinión pública de Colombia, esa cierta indiferencia, esa cierta incomodidad por la protesta de las personas del pacífico colombiano, debida quizás, a la constante estigmatización racista y política, con la que un gran sector de la élite centralista de Colombia, se refiere a esta zona del País, que es esa misma seudo aristocracia criolla, representada por periodistas como Paola Ochoa, Ricardo Ospina y demás congéneres de su casa periodística, que hacen eco de una minoría que cree que el ombligo del mundo está en Bogotá, cuando no, a los pies del poder.

Foto de Contagio Radio

En ese triste orden de ideas, se hace necesario recordarle a esa otra Colombia, la que está de espaldas al pacífico, que la posibilidad de otro paro en Buenaventura o incluso la reactivación de la Minga Social del suroccidente colombiana, está más que justificada. Cuatro años después de los paros del Chocó, de la Minga y de Buenaventura misma; la tragedia social que los originó sigue siendo la misma, sólo que ahora con los ilegales patrullando, amenazando y asesinando a la vista de todos, incluso la de los agentes del estado, encargados de defender la vida, honra y bienes de sus paisanos.

La respuesta de este gobierno, al igual que la de sus predecesores de derecha y de extremo centro, ha sido la misma, más consejos de seguridad, más anuncios de recompensas, de inversiones y más pie de fuerza. Hace cuatro años, hace veinte años, hace cien años, las exigencias del pacífico a ese centro blanco de Colombia, enriquecido a costillas del pacifico indio y negro eran y son las mismas: techo, pan, salud, educación, trabajo, paz y vida, nada más, pero nada menos, así lo constatan los historiadores al hacer mención en sus trabajos acerca del pacifico: “Las regiones del litoral pacífico experimentaron efectivamente un desarrollo al margen del país, … Los asentamientos, casi exclusivamente negros, están distribuidos en caseríos y pueblos pequeños o veredas alineados a lo largo de los ríos y constituidos por parentelas, y dieron lugar a una organización cultural, social y política original alejada de los esquemas elaborados por las sociedades coloniales – y después independientes- del centro del país.” (Hoffman, 2007, pág.21) *

Pareciera ser que, salvo en periodos de elecciones, a los que resultan ser elegidos, no en representación de los indios, negros y mestizos campesinos del pacífico, sino de los poderosos gremios de la producción, lo único que les interesa de estas gentes, es su apoyo, sus votos y su aquiescencia para acabar de saquear las riquezas de los erarios municipales y departamentales, pero sobre todo; para autorizarles a sus jefes de Bogotá, Miami, Washington y Europa, la explotación de las riquezas naturales de este incómodo, pero abundante pacífico y claro, ¿cómo no?; la autorización para entrar por el moderno puerto de Buenaventura, dirigida al centro blanco, aristocrático o de clase media que se cree igual; las mercaderías que les permiten vivir bien y criticar la haraganería de los revoltosos del pacífico.

Cuatro años y lo único que le interesa a algunos líderes y lideresas de opinión, es que puedan entrar al país el calzado, la ropa, los electrodomésticos, la comida y demás chécheres que les permita reafirmarse como gente bien, así sus tarjetas de crédito permanezcan en aterrador saldo rojo, del mismo color de los trapos de la pobrecía, a la que esas exportaciones ha dejado sin trabajo, los mismos trapos rojos de hambre de los campesinos que salen a regalar sus productos a la carretera, el mismo rojo de la sangre de los jóvenes del pacífico, que no han encontrado otro camino que el de matar o ser víctimas de esos nuevos-viejos patrones y matronas del mal, que encuentran en su enriquecimiento, la justificación suficiente para mantener a 50 millones de colombianos y colombianas de espaldas al pacífico.

 

* Hoffman, Odile, Comunidades negras en el pacífico colombiano, Innovaciones y dinámicas étnicas, 2007, CONACYT (Méjico), Ediciones Abya – Yala, Quito-Ecuador, ISBN 978-9978-22-694-0 Recuperado de: https://digitalrepository.unm.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1038&context=abya_yala