Por:
Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-
Al usar su versión de la Realpolitik como excusa para aliarse con quienes han comerciado con la democracia —todo con tal de asegurar el triunfo electoral—, el dirigente del Pacto no hace más que revelarse como un mentiroso oportunista, idéntico a la derecha que decía combatir.
En ciertos territorios de Colombia hay un peligro latente para
el futuro inmediato del Pacto histórico. Es una amenaza que está íntimamente ligada a
las formas de hacer política de algunos dirigentes que, en su afán de ganar, le
han empezado a ofrecer su alma al diablo. A pesar de que estos nuevos proceres
del progresismo local tratan de vender su particular estrategia electoral como un ajuste táctico o una necesaria concesión
estratégica para ampliar bases, lo preocupante es que se trata de algo más
profundo: La muy peligrosa reinterpretación de la Realpolitik de
Von Rochau, que están haciendo algunos
dirigentes del Pacto Histórico (sobre todo a nivel regional), en la que están aplicando,
con entusiasmo sospechoso, exactamente las mismas reglas del juego que durante
décadas se han denunciado de la derecha tradicional.
Es preciso aclarar que el concepto original de Realpolitik no
es, en sí mismo, detestable; lo que resulta realmente fastidioso es el
resultado de la adaptación criolla que los nuevos prohombres del progresismo regional
han hecho de los postulados de Von Rochau, pensador alemán del siglo XIX, según
el cual, la opinión pública, con sus pasiones, sus miedos y sus prejuicios es
más determinante que la propia idea de nación o de pueblo (Medina, 2019)[1],
implantando como dogma político la creencia de que la única forma de ganar
electores es replicar los mismos ejercicios proselitistas de la derecha, porque
“a la gente le gusta”.
El problema ocurre cuando estos nuevos (viejos) líderes del
llamado progresismo toman esa descripción del mundo (la de Von Rochau), que es
un diagnóstico, como justificación para abandonar cualquier brújula ética. A
partir de esta cuestionable perspectiva, empezamos a observar en varias
regiones del país un fenómeno, que, aunque ya visto, no deja de ser alarmante: la
conformación de alianzas locales con operadores políticos tradicionales de
derecha, exactamente esos que durante años perfeccionaron el arte de la
manipulación del electorado a través de sus “líderes comunitarios” de
bolsillo y que han construido microempresas electorales basadas en un eficiente
esquema de clientelismo y corrupción. Esos mismos operadores que ayer
entregaban votos al uribismo, hoy se sientan en mesas con lideres progresistas (electos
y por elegir) para repartirse cuotas burocráticas, avales y prebendas. El
ciudadano desprevenido se pregunta: ¿Acaso la izquierda necesita aprender de
ellos cómo se hace política? ¿O es que ya no hay diferencia?
Lo más grave no es la alianza en sí misma (de por sí, ya
bastante peligrosa), sino la coartada con la que se justifica: una lectura
utilitarista y forzada de Maquiavelo. Como señala Londoño (2015)[2],
el realismo de Maquiavelo propugna “un amoralismo práctico” que pone al desnudo
las formas habituales del poder, eliminando la dependencia del derecho respecto
de la moral. Aquí es necesario caminar despacio: Maquiavelo describía cómo
actuaban los príncipes de su tiempo; no estaba escribiendo un manual de ética
para esta pobrísima versión regional de la izquierda del siglo XXI[3].
Cuando un dirigente del Pacto Histórico se apropia de esta
“sinceridad feroz e irónica” de Nicolás Maquiavelo para justificar alianzas con
quienes ayer comerciaban votos y hoy ofrecen sus estructuras proselitistas a
cambio de migajas de poder, lo que está haciendo es confesar, sin quererlo, que
es un mentiroso oportunista que no difiere en nada del operador político de
derecha al que decía enfrentar y con quien hoy comparte viandas, bebidas, votos
y promesas de puestos y contratos.
Y este maquiavelismo de pacotilla tiene consecuencias muy
concretas. La primera es la erosión de la confianza. Cuando los votantes
indecisos, justo aquellos sectores que el progresismo necesita convencer para
crecer de verdad ven que los mismos que prometían “otra forma de hacer
política” terminan aliándose con los mismos caciques locales de siempre, lo
que perciben no es una astuta jugada realista, sino una traición a
la palabra empeñada. Esa desconfianza no se recupera con discursos bonitos en X,
Instagram, Facebook, Tik Tok o YouTube; se pierde en las urnas, justo donde más
duele: en las alcaldías, gobernaciones, concejos y asambleas que la propuesta
de izquierda necesita ganar para consolidar un proyecto de poder territorial.
Pero hay una segunda consecuencia, quizá más profunda. Al
asumir el “todo vale” para conseguir votos, incluyendo replicar el
clientelismo, el intercambio de favores y la manipulación de líderes
comunitarios, estos dirigentes del Pacto Histórico están poniendo en riesgo no
solo su reputación personal, sino la credibilidad ética de toda una plataforma
política alternativa a la derecha tradicional. Porque si la izquierda termina
siendo funcionalmente indistinguible de la derecha en los territorios, ¿con qué
argumento reclama el voto de quienes buscan un cambio real?
Este es un llamado de atención que no puede ser ignorado por
el conjunto del Pacto Histórico. Las próximas elecciones serán un termómetro
implacable. Si el llamado progresismo sigue empeñado en aplicar una Realpolitik mal
entendida (que no es otra cosa que maquiavelismo barato para justificar su
incoherencia), terminará reencauchando a la derecha justo allí donde más
necesita avanzar. Y entonces, cuando los indecisos se alejen decepcionados y
los votantes tradicionales retornen a sus candidatos de siempre, no habrá
comunicado de prensa ni declaración altisonante que explique por qué el
“cambio” resultó ser, al final, el mismo perro con diferente collar.






