Por: Omar orlando Tovar Troches -ottroz69-@gmail.com-
Cuando el poder se
enquista en los mismos dirigentes y operadores, el futuro deja de ser una
posibilidad y se convierte en una condena.
Hay un lugar en el norte del Cauca donde la historia
reciente se ha empeñado en repetirse como un disco rayado. Santander de
Quilichao, el segundo municipio más importante del departamento lleva dos
décadas atrapado en una telaraña político-electoral tejida por los mismos actores
- operadores, los mismos acuerdos y las mismas promesas incumplidas. Mientras
la comunidad reclama y espera soluciones, la dirigencia política local y
regional se ha consolidado como una alianza de puertas giratorias, donde el
poder político administrativo se alterna y/o se rota entre los mismos y las
mismas.
El epicentro de esta maquinaria del estancamiento lo
encabezan dos figuras que han aprendido a convertir una rivalidad bien simulada
en una muy conveniente y provechosa alianza estratégica encabezada por Carlos
Julio Bonilla Soto, quien fue alcalde de Quilichao entre 2004 y 2008 y luego
representante a la Cámara durante tres periodos consecutivos (2010-2022), junto
con Luis Eduardo Grijalba Muñoz, alcalde entre 2012 y 2015, con repetición en el
cargo para el periodo 2024-2027.
Durante años se presentaron ante la sociedad quiichagüeña como
antagonistas, pero en septiembre de 2021 sellaron una "alianza por el
futuro", dejando atrás su simulación pública de rivalidad ideológica para sacar
del clóset clientelar su contubernio, con la excusa lema de campaña: "sacar
adelante la región". Lo que esa alianza significó en los hechos fue la
consolidación de un bipartidismo de bolsillo: la alternancia en el poder sin
que nada cambiara, porque todo seguía y, sigue, en las mismas manos.
A nivel departamental, el engranaje de ineficiencia e
incompetencia local se completa alrededor del grupo político de Temístocles
Ortega, dos veces gobernador del Cauca en cuerpo propio (1992-1995 y 2012-2016)
y en cuerpo ajeno hasta hoy, mientras funge como senador de la República por
Cambio Radical. Ortega ha sido cuestionado por sus vínculos con la clase
política tradicional y por prácticas que rayan en la opacidad. Su alianza con
los operadores locales de Quilichao ha permitido que el clientelismo y el
amiguismo se instalen como método de gobierno, y que las necesidades reales de
la población queden siempre en un segundo plano.
El resultado de esta hegemonía de veinte años es un
municipio al borde del colapso. La inseguridad se ha desbordado, a punto tal, que,
en medio del actual recrudecimiento del conflicto armado, los ataques con
drones por parte de grupos armados ilegales obligaron al propio alcalde
Grijalba a reconocer que "en Santander de Quilichao suena un dron y no
sabemos dónde va a caer" y que la comunidad vive aterrorizada. Pero
mientras él pide ayuda al gobierno nacional (de cuya campaña electoral se
benefició al subirse al bus de la victoria), los quilichagüeños se preguntan
por qué, después de dos décadas de gestiones de la misma élite, el municipio
sigue tan desprotegido. No es solo un problema de recursos o de pegarse al coro
de Fedemunicipios echándole la culpa a Petro: es un problema de voluntad
política, de incapacidad crónica y de desconexión absoluta con la realidad del
territorio.
Los servicios públicos no se quedan atrás. La Compañía
Energética de Occidente (CEO), propiedad del banquero Luis Carlos Sarmiento
Angulo, impone tarifas abusivas, atención delincuencial y un servicio pésimo
que ha dejado a oscuras a la segunda ciudad del Cauca. Las protestas en contra
de la empresa han sido justas y generalizadas, pero la dirigencia política
local (esa misma que ha gobernado por veinte años) ha sido incapaz de articular
una defensa seria de los usuarios. Peor aún: como lo ha denunciado la prensa
regional, esos mismos líderes han utilizado las movilizaciones populares para
fines proselitistas, azuzando a la comunidad mientras negocian por debajo de la
mesa con los poderes económicos.
La salud es el capítulo más triste y preocupante de la misma
tragedia. El hospital regional del norte del Cauca, prometido como una solución
a la precaria atención médica en la zona, se ha convertido en un elefante
blanco más. Mientras la infraestructura se deteriora y los recursos se evaporan
en contratos cuestionables, los quilichagüeños siguen sin acceso a servicios de
salud dignos. A la orilla, en su ejercicio de comités de aplausos, los concejos
municipales de Quilichao y el norte del Cauca, lo mismo que la asamblea
departamental, brillan por su falta de acción en el control político.
Lo más grave de todo es que esta clase política ha
perfeccionado el arte de la impunidad con discurso. Cuando la crisis se sale de
control, no asumen responsabilidades: se victimizan, echan culpas a
administraciones pasadas (así esas administraciones hayan sido sus aliadas o
patrocinadoras) y apelan a un regionalismo artificial para justificar su
incompetencia. Es un cinismo que la ciudadanía ha naturalizado por necesidad,
pero que no debería seguir tolerando.
Hoy, Santander de Quilichao vive bajo la amenaza del vacío.
La dirigencia de Bonilla, Grijalba y Ortega no ha construido futuro: ha
administrado el presente con la lógica del botín, el clientelismo y la alianza
con los poderes económicos que explotan a la comunidad. Mientras tanto, los
quilichagüeños se debaten entre la indiferencia de unos gobernantes que solo
aparecen en época electoral y la desesperanza de saber que, pase lo que pase,
los mismos de siempre seguirán mandando.
La pregunta que queda flotando en el aire del norte del
Cauca es incómoda pero inevitable: si en veinte años no lograron garantizar
seguridad, energía asequible, salud digna ni desarrollo real, ¿qué nos hace
pensar que el próximo periodo será diferente? La respuesta, por desgracia, es
que nada. Porque cuando el poder se enquista en los mismos dirigentes y
operadores, el futuro deja de ser una posibilidad y se convierte en una
condena.
Bonus Track: Se invita al lector o lectora a
complementar el tema haciendo clic en el siguiente enlace: https://youtube.com/live/lLmFByz6y4g



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