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| En la imagen: Jhon Flórez / Economista - Analista político |
Por: Jhon Jaiver Flórez G.
Una sociedad que deja de pensar se vuelve vulnerable a quienes ofrecen respuestas simples para problemas complejos
Toda
sociedad termina pareciéndose a aquello que decide admirar. No es una sentencia
abstracta: es una advertencia histórica que los pueblos con memoria reconocen y
los pueblos sin ella descubren demasiado tarde, cuando el daño ya está
consumado.
La
pregunta que Colombia debe hacerse antes del 21 de junio no es si Abelardo de
la Espriella tiene condiciones para gobernar. Esa discusión tiene una respuesta
que cualquier observador que no haya renunciado a la razón puede formular sin
titubeos. La pregunta verdadera, la que quema cuando se sostiene demasiado
tiempo, es otra: ¿qué dice de una sociedad que más de diez millones de sus
ciudadanos vean en un personaje de esa estirpe la mejor opción para diseñar su
futuro? Esa es la crónica que Colombia necesita leer. No la del personaje. La
del espejo.
Comprender
lo que representa De la Espriella es condición previa para entender la magnitud
de lo que su ascenso revela. No es ningún outsider irrumpido desde la sociedad
civil con las manos limpias. Es el destilado más puro de la alquimia criolla
del poder: esa que transmuta expedientes en credenciales y prontuarios en
plataformas electorales. En su universo, el derecho maquilla al poder; la ley
administra la impunidad; y la justicia gestiona el tiempo necesario para que
todo prescriba o se olvide.
Defendió
a David Murcia, cerebro de DMG que arruinó a miles de ahorradores humildes.
Defendió a Álex Saab, operador de una megaestructura que convirtió el hambre
venezolana en negocio para una cleptocracia. Asesoró a cabecillas paramilitares
en Santa Fe de Ralito, ese territorio mítico donde narcotraficantes,
comandantes armados y dirigentes políticos confluían para "refundar la
patria." Qué patria, nunca quedó claro. Sí quedó claro sobre qué cadáveres
pretendían edificarla. Mancuso afirmó que De la Espriella era "muy
amigo" suyo y que participó en Ralito a través de la Fundación FIPAZ,
financiada con recursos de las AUC. Su otra fundación, FINPAZ, recaudaba dinero
de los propios paramilitares prometiéndoles gestionar su no extradición.
Cobrarle a un criminal por protegerlo sin entregar el servicio es, sin
eufemismos, una estafa. Que las víctimas fueran criminales no atenúa el dato:
lo amplifica.
Daniel
Coronell lo investigó y él intentó perseguirlo judicialmente en Estados Unidos,
el proceso terminó exactamente al solicitársele explicar el origen de su
fortuna. Se retiró en silencio. La justicia, cuando deja de ser intimidación,
resulta incómoda.
Su
lenguaje es el segundo prontuario. Ha calificado de "delincuentes" al
presidente y a su rival sin sentencia judicial que lo respalde. Ha prometido
disparar contra manifestantes, extraditar a Gustavo Petro el primer día,
desmantelar la JEP y eliminar los procesos de paz. Ha posado con la Biblia tras
declarar en 2020: "Soy ateo. No creo en nada que la razón no pueda
explicar." La coherencia nunca fue parte del método. El método es
saturar, provocar, confundir, y mientras el país discute el insulto del día,
avanzar en silencio con su realidad peligrosa.
De
la Espriella no inventó este método: lo reconoció y lo perfeccionó. El odio y
la estupidez dejaron de ser vicios marginales para convertirse en tecnologías
deliberadamente diseñadas. Trump fabricó enemigos con nombre y apellido.
Bolsonaro articuló su base en torno al comunismo imaginario y la
"ideología de género". Netanyahu usa el miedo securitario como
cohesión permanente. Milei convierte el odio en doctrina económica: el enemigo
es "la casta", el Estado, cualquier forma de acción colectiva.
Cambian los países y los nombres. El mecanismo permanece intacto: el odio
divide y simplifica; la estupidez anestesia y neutraliza.
La
estupidez aquí no designa ausencia de inteligencia: designa una estrategia.
Saturar el espacio público con provocaciones y contradicciones hasta que pensar
duela, hasta que el ciudadano agotado delegue su criterio. Hannah Arendt lo
advirtió con precisión que el tiempo no ha desmentido: el mayor peligro para
las democracias no era la aparición de líderes autoritarios, sino la renuncia
progresiva de los ciudadanos al pensamiento crítico. Esa renuncia no es una
limitación intelectual: es una renuncia moral. Y cuando una sociedad deja de
pensar, se vuelve extraordinariamente vulnerable a quienes ofrecen respuestas
simples para problemas que no las tienen.
Robert
Paxton lo completa: estos liderazgos no llegan al poder a pesar de ser
groseros. Llegan porque la grosería es el mensaje. Romper las normas del debate
liberal funciona como prueba de que van a romper las normas del sistema. Para
un sector harto o muy cómodo con la política tradicional, esa ruptura se lee
como autenticidad.
De
la Espriella no emergió del vacío. Es el producto de décadas de fracturas
históricas que Colombia ha preferido administrar antes que sanar. El país
acumula más de medio siglo de guerra, una desigualdad que la CEPAL ubica entre
las más altas del continente e instituciones que han fallado sistemáticamente a
las mayorías. En ese suelo, el resentimiento no es irracional: tiene una
genealogía y una justicia elemental que ningún análisis honesto puede ignorar.
Erich
Fromm lo explicó en El miedo a la libertad: cuando las condiciones
históricas generan angustia colectiva, amplios sectores buscan refugio en
líderes que prometan certeza y orden, aunque ese orden sea autoritario y
criminal. La libertad puede volverse insoportable para quien nunca ha tenido
las condiciones para ejercerla con dignidad. Gramsci lo llamó hegemonía
cultural: el proceso por el cual los dominados interiorizan los valores de
quienes los dominan hasta defenderlos como propios. Así se explica el fenómeno
que más debería perturbarnos: trabajadores del salario mínimo que apoyan a un
candidato que promete suspender sus aumentos desde el primer día; jóvenes que
lo siguen mientras él propone desmantelar la universidad pública que es su
único ascensor social; creyentes que lo ven empuñar la Biblia sin saber qué
hace cinco años declaraba ser ateo. No es ignorancia simple: es una
colonización profunda del imaginario colectivo, esa en que el oprimido vota
contra sus propios intereses con la convicción absoluta de estar
defendiéndolos.
Bourdieu
añade el concepto que cierra el cuadro: la violencia simbólica, mecanismo por
el cual el orden social se reproduce porque los dominados lo aceptan como
natural. Cuando una sociedad lleva décadas siendo bombardeada con la idea de
que el Estado es ineficiente, que los pobres son pobres por vagos y que el
hombre duro y violento es el único capaz de imponer orden, no elige a De la
Espriella por error: lo elige porque ha sido preparada durante décadas para
elegirlo.
El
diagnóstico sociológico, sin embargo, no puede convertirse en coartada.
Comprender las condiciones que hacen posible un fenómeno no equivale a
absolverlo ni a exonerar a quienes lo protagonizan. Las sociedades no son
víctimas pasivas de sus dirigentes: son corresponsables de ellos. Cada voto es
una decisión política, pero también una decisión moral.
Aristóteles
advirtió que la democracia degenera cuando los ciudadanos renuncian a la
deliberación y se entregan a los demagogos que halagan sus pasiones. Kant
formuló el imperativo categórico: actúa de tal manera que puedas querer que tu
acción se convierta en ley universal. La pregunta que cada colombiano debe
responderse el 21 de junio es concreta: ¿querría que el criterio con el que
está votando sea el criterio universal con que todos decidan el futuro del
país? ¿Quiere que Colombia sea gobernada por el insulto, la amenaza y la
violencia como doctrina? ¿Quiere que sus hijos hereden un país donde el
subsuelo criminal gobierna a plena luz del día?
Los
países que eligieron el camino del tirano demagógico —Italia con Mussolini,
Alemania con Hitler, Brasil con Bolsonaro— tardan décadas en sanar las heridas
que ellos mismos se infligieron. En ninguno de esos casos el demagogo llegó al
poder a pesar de la voluntad popular: llegó gracias a ella. Y en ninguno los
ciudadanos creyeron estar eligiendo el desastre: creyeron estar eligiendo la
salvación. Esa es la trampa más antigua de la política: que el camino hacia el
autoritarismo siempre está pavimentado con las mejores intenciones de quienes
abren la puerta.
El
21 de junio, Colombia tiene una cita que trasciende dos candidatos y una raya
sobre un tarjetón. El verdadero espejo no es Abelardo de la Espriella: el
verdadero espejo es Colombia. Y lo que ese espejo refleje dirá más sobre el
país que cualquier crónica o debate mediático.
Los
liderazgos autoritarios y violentos no se instalan solos. Los instalan las
sociedades que, en un momento de dolor, prefieren la certeza falsa del tirano a
la incertidumbre exigente de la democracia. Cuando el daño está hecho, la
historia no pregunta quién fue el líder. Pregunta qué hicieron los ciudadanos
cuando todavía podían elegir.
Colombia
puede responder esa pregunta el 21 de junio. O puede delegar la respuesta en el
olvido, y dejar que la historia se la formule después, cuando ya no haya vuelta
atrás.
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