Por:
Jhon Jaiver Flórez G.
La
elección presidencial en Colombia enfrenta dos concepciones del ser humano y
dos maneras distintas de comprender el futuro y la responsabilidad final no
recaerá sobre los candidatos, sino sobre quienes tengan en sus manos la
decisión de elegir entre ellos.
Hay
preguntas que trascienden las instituciones desde las cuales son formuladas.
Una de ellas es, quizás, la más decisiva para cualquier época: ¿Qué mundo
estamos construyendo y para quién? La han planteado filósofos, poetas, teólogos
y revolucionarios. También los papas. Francisco la formuló desde la crisis
ecológica, la desigualdad social y la necesidad de una fraternidad universal
capaz de superar la lógica de la exclusión. León XIV la ha reformulado en clave
tecnológica: ¿Qué ocurre con la dignidad humana cuando el poder se concentra en
algoritmos sin conciencia y en corporaciones capaces de influir sobre millones
de vidas sin control democrático efectivo?
Son
dos pontificados distintos, pero una misma preocupación atraviesa ambos: la
defensa de la persona humana frente a estructuras de poder que tienden a
subordinar la vida, la dignidad y el bien común a intereses económicos,
políticos o tecnológicos. Desde esa perspectiva surge una pregunta inevitable
para Colombia en vísperas de una elección presidencial decisiva: ¿Cuál de los
dos proyectos políticos que disputan el poder, el de Iván Cepeda o el de
Abelardo De la Espriella, guarda una mayor correspondencia con los principios
expuestos por Francisco y León XIV?
La
respuesta no exige complejas interpretaciones teológicas. Basta examinar los
programas de gobierno y, sobre todo, las trayectorias de quienes los encarnan.
En política, los programas expresan propósitos; las conductas revelan
convicciones.
Durante
su pontificado, Francisco construyó un cuerpo doctrinal de notable coherencia
ética y social. Laudato si' (2015) introdujo el concepto de ecología integral,
una visión según la cual la crisis ambiental y la crisis social son
inseparables. La degradación de la naturaleza afecta primero a los más pobres,
y por ello la defensa del medio ambiente constituye también una defensa de la
justicia. La encíclica cuestiona abiertamente los modelos de desarrollo
sustentados en la explotación ilimitada de los recursos naturales y en la
subordinación de la vida a la rentabilidad económica.
Cinco
años más tarde, Fratelli tutti amplió esa reflexión hacia el ámbito político.
Francisco defendió la fraternidad universal y la amistad social como
fundamentos de una convivencia verdaderamente humana. Criticó el nacionalismo
excluyente, el individualismo extremo y la construcción sistemática de enemigos
como estrategia política. Su referencia central, la parábola del buen
samaritano, recuerda que la dignidad humana no depende de fronteras, ideologías
o identidades colectivas, sino de la condición compartida de ser personas.
León
XIV ha retomado esa tradición desde los desafíos del siglo XXI. En Magnifica
Humanitas, publicada en 2026, advierte que la humanidad enfrenta una
transformación comparable a la que provocó la Revolución Industrial. Sin
rechazar la tecnología, sostiene que esta debe permanecer subordinada a
criterios éticos claros. La inteligencia artificial, afirma, puede convertirse
en una herramienta extraordinaria para el progreso humano o en un mecanismo de
dominación capaz de concentrar poder, debilitar derechos y reducir a las
personas a simples datos procesables.
La
pregunta fundamental del nuevo pontífice es sencilla y profunda: ¿sirve el
desarrollo tecnológico al florecimiento humano o contribuye a su degradación?
En realidad, se trata de la misma pregunta que Francisco formuló respecto del
medio ambiente, la economía y la política. En ambos casos, el criterio es
idéntico: la persona debe estar por encima del poder.
Visto
desde esta perspectiva, el programa de Iván Cepeda presenta múltiples puntos de
convergencia con las preocupaciones centrales de ambos pontificados. Su
propuesta política se estructura alrededor de la lucha contra la desigualdad,
la ampliación de derechos sociales, la transición energética, la construcción
de paz y el fortalecimiento de la participación ciudadana.
En
materia ambiental, plantea la protección de los ecosistemas estratégicos, el
fortalecimiento de la gestión pública del agua y una transición progresiva
hacia fuentes energéticas sostenibles. Además, rechaza el fracking como
mecanismo de explotación energética. Estas propuestas guardan una relación
directa con los postulados de Laudato si', particularmente con la idea de que
la naturaleza constituye una casa común cuya preservación es inseparable de la
justicia social.
Su
propuesta de paz también encuentra coincidencias evidentes con el pensamiento
de Francisco. Cepeda defiende una concepción de seguridad humana orientada a
intervenir las causas estructurales de la violencia: pobreza, exclusión,
concentración de la tierra y ausencia de oportunidades. Se trata de una visión
que privilegia la reconciliación y la transformación de los conflictos antes
que su tratamiento exclusivamente militar. Fratelli tutti sostiene precisamente
que la paz duradera no puede construirse mediante la acumulación de fuerza,
sino mediante la creación de condiciones de justicia que hagan innecesaria la
violencia.
A
ello se suma una trayectoria pública vinculada a la defensa de los derechos
humanos, la memoria histórica y el reconocimiento de las víctimas del conflicto
armado. Más allá de las diferencias que puedan existir respecto de algunos
aspectos de su propuesta, resulta difícil negar que existe una correspondencia
significativa entre esos principios y la preocupación de ambos papas por la
dignidad humana, la inclusión social y la protección de los sectores más
vulnerables.
El
contraste con el programa de Abelardo De la Espriella resulta igualmente
revelador. Su propuesta política se construye alrededor de la seguridad, el
fortalecimiento de la autoridad estatal, la reducción del Estado y la
liberalización económica. Sin embargo, varias de sus principales iniciativas
entran en tensión con los principios desarrollados por Francisco y León XIV.
La
más evidente es la defensa del fracking como eje de la política energética.
Mientras Laudato si' llama a replantear los modelos extractivos que comprometen
el equilibrio ecológico, la propuesta de expandir este tipo de explotación
supone profundizar una lógica basada en la extracción intensiva de recursos
naturales. La diferencia no es menor: expresa dos formas radicalmente distintas
de comprender la relación entre economía, territorio y vida.
En
materia de seguridad, la propuesta denominada Pax Romana privilegia el control
coercitivo, la expansión del aparato penitenciario y la eliminación de
cualquier posibilidad de negociación con actores armados. Aunque toda sociedad
tiene derecho a exigir seguridad y protección frente al crimen, el enfoque
contrasta con la visión desarrollada por Francisco y reafirmada por León XIV,
según la cual la paz auténtica requiere intervenir las causas profundas de la
violencia y no únicamente sus manifestaciones.
La
distancia también se observa en el ámbito económico. El programa propone una
reducción sustancial del Estado, la eliminación de varios ministerios, entidades
públicas y una amplia flexibilización regulatoria. El problema no reside
únicamente en la discusión técnica sobre la eficiencia estatal, sino en una
cuestión ética más profunda: ¿Qué ocurre con quienes dependen de la educación
pública, de los sistemas de salud, de los programas de protección social y de
las políticas redistributivas? Tanto Francisco como León XIV han insistido en
que el mercado, por sí solo, no garantiza la protección de la dignidad humana
ni la inclusión de quienes quedan al margen de los procesos económicos.
La
diferencia fundamental entre ambos proyectos no radica únicamente en sus
medidas concretas. Reside en la idea de ser humano que subyace a cada uno de
ellos. Mientras uno enfatiza la solidaridad, la protección de los bienes
comunes, la inclusión social y la construcción colectiva de soluciones, el otro
privilegia el autoritarismo, la competencia económica y la confianza en
mecanismos de mercado para resolver problemas complejos.
La
elección, por tanto, trasciende las simpatías partidistas. Lo que está en juego
es una determinada concepción del desarrollo, de la democracia y de la dignidad
humana. Francisco y León XIV no escribieron sus encíclicas para intervenir en
elecciones nacionales ni para respaldar candidatos específicos. Su preocupación
es más profunda: advertir sobre los riesgos de una civilización que termina
subordinando las personas al dinero, al poder o a la tecnología.
Al
concluir Magnifica Humanitas, León XIV recurrió a una imagen que sintetiza el
dilema de nuestro tiempo: la humanidad puede elegir entre construir una nueva
Torre de Babel, fundada en la concentración del poder y la autosuficiencia
tecnológica, o edificar una sociedad donde el progreso esté al servicio de las
personas.
La
pregunta es esencialmente la misma que Francisco formuló en Fratelli tutti:
¿Qué mundo queremos dejar a quienes vienen después?
El
21 de junio se responderá esa pregunta no mediante tratados filosóficos ni
debates teológicos, sino con millones de votos. Cada ciudadano decidirá qué
valores considera prioritarios, qué modelo de sociedad desea fortalecer y qué
entiende por desarrollo, justicia y dignidad.
En
ese sentido, la elección no enfrenta únicamente a dos candidatos. Enfrenta dos
concepciones del ser humano y dos maneras distintas de comprender el futuro. Y,
como suele ocurrir en los momentos decisivos de la historia, la responsabilidad
final no recaerá sobre los candidatos, sino sobre quienes tengan en sus manos
la decisión de elegir entre ellos.
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