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| En la imagen: Carlos Gallego / Historiador - Analista político |
Por: CARLOS MEDINA GALLEGO
El futuro no se construye alimentando resentimientos ni buscando culpables. Se construye preservando la dignidad, fortaleciendo la unidad y manteniendo la coherencia ética incluso en los momentos más difíciles
Las derrotas electorales suelen
revelar tanto el carácter de los adversarios como el de los propios. Mientras
unos celebran con euforia, otros caen en la tentación de buscar culpables
internos, señalar responsables individuales y convertir la frustración en una
disputa fratricida.
Esa reacción, comprensible desde
la emoción, resulta profundamente equivocada cuando sustituye el análisis
político por la descalificación personal. Hoy, más que nunca, el progresismo
colombiano necesita inteligencia estratégica antes que impulsos vengativos.
En los días posteriores a la
segunda vuelta presidencial han aparecido voces empeñadas en responsabilizar al
candidato Iván Cepeda Castro por el resultado electoral. Como ocurre casi
siempre después de una contienda difícil, algunos consideran más sencillo
construir un chivo expiatorio que realizar una evaluación seria de las
condiciones objetivas y subjetivas en las que se desarrolló la campaña. Se
trata de una respuesta que, lejos de fortalecer al movimiento, amenaza con
fragmentarlo precisamente cuando más necesita cohesión.
Quienes hoy buscan responsables
parecen olvidar la magnitud del desafío que enfrentó la candidatura
progresista. No se trató de una competencia desarrollada en condiciones de
equilibrio político, económico y mediático. Fue una campaña atravesada por enormes
asimetrías de recursos, por una intensa polarización ideológica, por poderosos
intereses económicos comprometidos con el resultado y por un ambiente de
confrontación que redujo los espacios para un debate sereno sobre los programas
de gobierno.
En ese contexto, reducir el
resultado electoral a las supuestas limitaciones de un candidato constituye una
simplificación que desconoce la complejidad propia de toda competencia
democrática. Ninguna elección presidencial depende exclusivamente de una persona.
Intervienen factores estructurales, dinámicas territoriales, comportamientos
históricos del electorado, campañas de comunicación, recursos financieros,
alianzas políticas, agendas mediáticas y múltiples circunstancias imposibles de
condensar en una sola explicación.
Los números, además, ofrecen una
lectura muy distinta de la que proponen quienes hablan de un supuesto fracaso.
Entre la primera y la segunda vuelta, el proyecto progresista logró incorporar
cerca de tres millones de nuevos votos. Se trata de un crecimiento
extraordinario en apenas unas semanas, alcanzado sin renunciar a los principios
fundamentales que han caracterizado a este proyecto político: la defensa de la
vida, la justicia social, la paz, la inclusión, la protección de los derechos
fundamentales y la consolidación de un Estado comprometido con el interés
general.
¿Puede calificarse como un
fracaso un movimiento político capaz de convocar a millones de ciudadanos
adicionales en tan corto tiempo? Difícilmente. Las derrotas existen, por
supuesto, pero una derrota electoral no equivale necesariamente a un fracaso
político. Hay campañas que pierden elecciones mientras consolidan proyectos
históricos, amplían su base social y construyen las condiciones para futuras
victorias. También existen triunfos electorales que terminan siendo derrotas
políticas cuando quienes llegan al poder carecen de un horizonte ético o de una
propuesta capaz de transformar la sociedad.
La historia política demuestra
que las grandes transformaciones raramente avanzan en línea recta. Son procesos
acumulativos, llenos de avances, retrocesos, aprendizajes y reorganizaciones.
Quienes pretenden convertir cada elección en un juicio definitivo desconocen la
naturaleza misma de la construcción democrática.
Resulta igualmente preocupante el
tono de algunas críticas internas. En lugar de preguntarse qué enseñanzas deja
el proceso electoral, ciertos sectores parecen más interesados en identificar
responsables, ajustar cuentas personales o disputar espacios de liderazgo. Esa
lógica del canibalismo político ha debilitado históricamente a numerosas
fuerzas progresistas en América Latina. Muchas veces el adversario externo no
consigue destruir aquello que finalmente termina erosionándose desde dentro.
La política democrática exige
debate, autocrítica y evaluación permanente. Pero existe una diferencia
sustancial entre la autocrítica y la búsqueda obsesiva de culpables. La primera
fortalece porque identifica errores para corregirlos. La segunda destruye
porque transforma las diferencias en enemistades y reemplaza la reflexión por
la condena.
Responsabilizar exclusivamente a
Iván Cepeda Castro desconoce, además, la forma como asumió la campaña. Su
discurso nunca apeló al odio, la estigmatización ni la eliminación simbólica
del adversario. Defendió una visión del país basada en la convivencia democrática,
la ampliación de derechos, la reconciliación nacional y el respeto por la
diversidad política. En una época marcada por la radicalización del lenguaje
público, esa actitud constituye un activo democrático y no una debilidad.
Es posible discutir decisiones
tácticas, mensajes específicos o estrategias de campaña. Toda campaña es
perfectible. Pero convertir esas discusiones legítimas en un juicio político
contra quien encabezó el proyecto solo beneficia a quienes desean un progresismo
dividido, enfrentado y debilitado.
El verdadero desafío consiste en
comprender qué expresó la ciudadanía mediante su voto. Colombia continúa siendo
un país profundamente polarizado, atravesado por visiones distintas sobre el
papel del Estado, la economía, la seguridad, la justicia social y los derechos
ciudadanos. Ningún sector puede pretender representar por sí solo la totalidad
del país. Precisamente por eso resulta indispensable construir mayorías
sociales más amplias, capaces de dialogar con sectores que todavía observan con
desconfianza al progresismo.
Esa tarea exige generosidad
política. Exige abandonar los círculos cerrados, escuchar con atención a
quienes piensan distinto y ampliar las capacidades de interlocución con nuevos
actores sociales, empresariales, académicos, culturales y territoriales. No se
construyen mayorías mediante la exclusión de quienes ya hacen parte del
proyecto, ni mucho menos mediante la descalificación pública de sus dirigentes.
La unidad nunca ha significado
uniformidad. Todo proyecto democrático saludable convive con diferencias
internas. Sin embargo, esas diferencias deben tramitarse mediante mecanismos de
deliberación respetuosa, no mediante campañas de desprestigio o acusaciones
simplistas que terminan debilitando la confianza colectiva.
Más que preguntarse quién perdió
la elección, el progresismo debería preguntarse qué país logró construir
durante estos años y cuáles son las bases sociales que hoy sostienen su
proyecto histórico. Millones de colombianos continúan identificándose con una
agenda que prioriza la defensa de la vida, la protección del medio ambiente, la
inclusión social, la igualdad de oportunidades, la educación pública, la salud
como derecho y la construcción de paz. Ese capital político no desaparece por
un resultado electoral. Al contrario, constituye el punto de partida para una
nueva etapa de acumulación democrática.
Las sociedades cambian
lentamente. Las culturas políticas se transforman mediante procesos prolongados
de organización, pedagogía y participación ciudadana. La impaciencia nunca ha
sido una buena consejera en política.
Por eso resulta indispensable rechazar los falsos triunfalismos, pero también
las narrativas derrotistas que presentan el resultado electoral como una
catástrofe irreversible.
Ni unos ni otros ayudan a
comprender el momento histórico. Lo que corresponde ahora es fortalecer la
organización, ampliar las alianzas, renovar los liderazgos sin destruir los
existentes y consolidar una propuesta nacional todavía más incluyente.
El progresismo colombiano no
necesita tribunales internos para condenar a quienes dieron la batalla
democrática. Necesita inteligencia colectiva para interpretar las lecciones de
esta elección y convertirlas en oportunidades de crecimiento.
El futuro no se construye
alimentando resentimientos ni buscando culpables. Se construye preservando la
dignidad, fortaleciendo la unidad y manteniendo la coherencia ética incluso en
los momentos más difíciles. Porque, al final, las victorias más profundas no
siempre coinciden con los resultados inmediatos de las urnas. Algunas comienzan
precisamente cuando una fuerza política es capaz de aprender sin destruirse, de
corregir sin dividirse y de seguir caminando con la convicción de que la
defensa de la vida, la esperanza, la inclusión y la reconciliación continúa
siendo una causa que vale la pena sostener.
*
Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de
La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa
de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as)
colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o
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