Por:
Jhon Jaiver Flórez G.
Este 21 de junio, cuando el ruido se apague, aparecerá Colombia. No la del carnaval, de los transformistas Therian; sino la real: la del agua, la tierra, los jóvenes sin oportunidad y las víctimas sin justicia. Esa Colombia silenciosa y decente será la que decida
Las
dos vueltas de la elección presidencial en Colombia se disputan en universos
distintos. Son, en esencia, dos países que votan movidos por emociones
diferentes, motivaciones opuestas y concepciones morales que apenas llegan a
encontrarse. Comprender esta diferencia no es un detalle técnico ni una
curiosidad electoral: es la clave para entender lo que verdaderamente está en
juego el 21 de junio. Porque hay momentos en la vida democrática de una nación
en los que la segunda vuelta deja de ser una simple etapa del calendario electoral
y se convierte en el escenario donde se define el rumbo histórico del país.
La primera vuelta es un carnaval a la
colombiana: exuberante, caótico y profundamente revelador. Desfilan candidatos
de todos los colores, carrozas cargadas de promesas y comparsas repletas de
consignas. En medio del ruido suelen emerger propuestas serias, ideas capaces
de dialogar con los problemas reales del país. En esta ocasión, las más
elaboradas provinieron de la izquierda y del centro: programas con diagnóstico,
con vocación de futuro. Del otro lado —donde la extrema derecha insiste en
conversar con los fantasmas del pasado— el desgaste pareció haber agotado
incluso la capacidad de imaginar algo nuevo. No llegaron con ideas; llegaron
con reflejos. Y con los reflejos, como advertía Erich Fromm, rara vez se
construye algo distinto al miedo.
Paloma Valencia gritaba con fervor casi
religioso: «¡Uribe es mi papá!», como si la filiación política hubiera
ascendido a la categoría de sacramento y el uribismo fuera una iglesia secular
cuyo dogma consiste en añorar un pasado donde el orden justifica abastardar la
democracia. En otro extremo surgió el candidato del «balín», que condensó en
una sola palabra toda su concepción del Estado. Incluso él experimentó un
destello de lucidez cuando afirmó que «Abelardo es una persona demasiado oculta
y oscura». Pocas veces una crítica resulta tan demoledora precisamente porque
proviene de quienes mejor conocen los corredores y los silencios de la misma
casa.
Lejos de los límites del decoro —allá donde la
prudencia fue despedida y la vergüenza abandonó su puesto sin dejar reemplazo—
se levantaba el gran pabellón ambulante, el circo de Abelardo De la Espriella.
Ni siquiera pareció una candidatura: fue una atracción de feria. Un maniquí de
político ensamblado con piezas incompatibles: un extremista que promete
destripar la oposición, un predicador apocalíptico, un gladiador de utilería y
un vendedor de soluciones instantáneas. Como si la política hubiera sido absorbida
por un programa de entretenimiento producido por los algoritmos de la
indignación.
Cada aparición pública pareció diseñada por un
comité integrado por la ira y las métricas de interacción en redes. Nada se
orientó a convencer; todo apuntó a impactar. No ofreció argumentos: disparó
proyectiles verbales. No construyó propuestas: fabricó enemigos. Simplificó la
realidad hasta convertirla en una historieta donde todos los problemas
nacionales se resuelven mediante castigos ejemplares y demostraciones de fuerza
reaccionaria. Sus discursos fueron subastas de estridencias donde siempre ganó la
exageración. La política dejó de ser deliberación para convertirse en una
disciplina de alto riesgo emocional.
Pero el verdadero problema nunca ha sido el
personaje. La historia está llena de fanfarrones, caudillos de opereta y
profetas del resentimiento. Lo verdaderamente inquietante es la multitud que
los sigue. Ningún charlatán de feria se fabrica solo: necesita una sociedad
seducida por respuestas simples, dispuesta a confundir la grosería con
autenticidad y el grito con la verdad. Por eso la pregunta decisiva no es quién
es Abelardo De la Espriella. Es qué devela sobre nosotros el hecho de que un vulgar
mata gatos haya llegado tan lejos.
Pero detrás del espectáculo, el carnaval
ocultaba algo más grave. Algo que Colombia ya ha visto antes, y que pagó con
sangre y con décadas de violencia.
A pocos días de la segunda vuelta, Iván Cepeda
anunció que presentó ante la Fiscalía General de la Nación y la Corte Penal
Internacional una denuncia penal contra De la Espriella por tres delitos
asociados con crímenes de lesa humanidad: concierto para delinquir,
financiación del terrorismo y enriquecimiento ilícito, en el marco de presuntos
vínculos con las Autodefensas Unidas de Colombia. La denuncia señala que la
Fundación Iniciativas para la Paz —FIPAS—, dirigida por De la Espriella, habría
sido simultáneamente financiada por las AUC y financiadora de las mismas.
Salvatore Mancuso declaró ante la Jurisdicción Especial para la Paz sobre esa
relación. El propio De la Espriella, lejos de desmentir el vínculo, ha
expresado públicamente su admiración por Mancuso, afirmando que el jefe
paramilitar emprendió "una lucha que muchos cordobeses tenían que haber hecho."
La denuncia vincula además a De la Espriella con los alias Ernesto Báez,
Juancho Dique, Comandante Barbie y El Tuso Sierra.
El patrón no es nuevo. En los años ochenta,
los narcotraficantes autodenominados Los Extraditables creyeron que la política
podía ser un escudo. Pablo Escobar llegó al Congreso; Carlos Lehder fundó un
movimiento político. Calcularon que la legitimidad institucional los blindaría
de la justicia. Se equivocaron: al buscar tribunas, se expusieron al escrutinio
que sus crímenes no resistían, polarizaron a la sociedad y aceleraron su propia
destrucción. La lección es precisa: el crimen organizado que aspira al poder
político no fortalece su posición, la fragiliza. Porque el poder democrático
requiere transparencia, rendición de cuentas y soportar el escrutinio de la
prensa y la ciudadanía. La política, cuando funciona, es el peor refugio para
quienes tienen un inframundo que ocultar. La campaña de Abelardo no ha podido
refutar los señalamientos con evidencia, solo con la fórmula habitual: el
grito, la descalificación y la invocación de persecución política. El mismo
argumento que utilizaron Los Extraditables cuando la justicia comenzó a
cercarlos.
El 31 de mayo, Cepeda y De la Espriella
pasaron a segunda vuelta. Colombia se encontró, una vez más, ante una
encrucijada que no admite indiferencia. El triunfo de Abelardo demostró que su
estrategia fue eficaz: el outsider furioso, el hombre que promete romperlo
todo. Pero aquella misma noche el éxito comenzó a convertirse en su propio
verdugo. La embriaguez del triunfo emergió sin filtros en la diatriba
pronunciada sobre el río Magdalena: una sucesión de insultos y amenazas que no
fue un discurso sino una radiografía de su carácter violento. Incluso muchos de
sus simpatizantes sintieron vergüenza ajena. Porque De la Espriella encarna un
fenómeno bien conocido en la sociología electoral: el candidato del voto
vergonzante, aquel que se apoya en privado, pero pocos exhiben con orgullo en
público.
Aquí aparece la lección más importante de toda
elección de dos vueltas. En la primera, los ciudadanos votan por: por una
esperanza, una propuesta, una visión de futuro. En la segunda, votan contra.
Contra aquello que consideran una amenaza. Contra aquello que juzgan
incompatible con el país que desean construir. Es una transformación política,
filosófica y emocional: el elector deja de preguntarse quién lo representa
mejor y comienza a preguntarse qué escenario considera más peligroso para la
sociedad. Por eso las segundas vueltas suelen ser menos románticas y más
racionales. Hannah Arendt advirtió que las amenazas para las democracias no
siempre llegan con apariencia monstruosa; a veces se presentan como fenómenos
perfectamente ordinarios. Su peligro radica precisamente en la normalización.
En estos días previos al 21 de junio
continuarán las investigaciones, las denuncias, los prontuarios y los debates.
El carnaval intentará prolongarse. Pero llegará el momento en que el ruido se
apague. Y entonces aparecerá Colombia.
La Colombia real: la de los páramos que
abastecen de agua a millones, la de las selvas que regulan el clima, la de los
campesinos que producen alimentos, la de los jóvenes que buscan oportunidades,
la de las víctimas que aún esperan justicia, la de las generaciones futuras que
heredarán las consecuencias de lo que se decida ahora.
El problema de fondo nunca ha sido una
candidatura: es una cultura política. Vivimos una época en que demasiadas
sociedades confunden el espectáculo con el liderazgo, la provocación con el
carácter y la capacidad de viralizar emociones con la capacidad de gobernar.
Colombia no es ajena a esa enfermedad global. Por eso el 21 de junio trasciende
a dos candidatos: ese día cada ciudadano responderá una pregunta más profunda
que cualquier consigna de campaña. Las naciones no se definen solo por quienes
las gobiernan, sino también por aquello que sus ciudadanos están dispuestos a
admitir, tolerar o rechazar.
El carnaval termina. Las carrozas desaparecen.
Las comparsas se silencian. Los vendedores de milagros desmontan sus tarimas.
Los prestidigitadores del miedo recogen sus artefactos. Y entonces queda lo
único que importa: Colombia. Frente a ella no estará Abelardo, ni Cepeda, ni
los partidos, ni los estrategas. Estará cada ciudadano frente a su conciencia.
Porque las democracias no mueren cuando
aparecen los demagogos —los demagogos han existido siempre—. Las democracias
comienzan a morir cuando una sociedad deja de identificarlos. Y esta es mucho
más que una elección presidencial: es la verdadera prueba que Colombia deberá
superar.
* La Conversa de Fin de semana
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