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| En la imagen: Jhon Jaiver Flórez / Economista-Analista político |
Por:
Jhon Jaiver Flórez G.
Cuando un candidato como Iván Cepeda se acerca a superar el 44,3 % de intención de voto, se activa el reflejo condicionado de autopreservación de quienes han administrado el Estado colombiano como si fuera una herencia familiar.
En la mitología romana, Júpiter gobernaba el cielo a punta de rayos; en la política colombiana contemporánea, ese rayo ha sido discretamente reemplazado por herramientas menos épicas y mucho más eficaces: bases de datos, algoritmos, hojas de cálculo y presentaciones donde la democracia entra como principio y sale convertida en comportamiento inducido. La escena ya no es el ágora, sino la interfaz; no hay trueno, pero sí segmentación; no hay Olimpo, pero sí talleres empresariales. Y el ciudadano, lejos de deliberar, es observado, clasificado y —en el mejor de los casos— suavemente conducido, mientras ciertos sectores del poder tradicional descubren, con una mezcla de sorpresa y pánico, que el cielo ya no responde a sus viejos rituales.
En
ese contexto, las encuestas recientes —consumidas entre el cinismo resignado y
la incredulidad funcional— no solo mueven la intención de voto: irritan las
terminaciones nerviosas del poder. Cuando un candidato como Iván Cepeda roza el
44,3 %, lo que se activa no es simplemente la competencia electoral, sino el
reflejo condicionado de autopreservación de quienes han administrado el Estado
como si fuera una herencia familiar. Ese porcentaje, todavía insuficiente para
asegurar una victoria en primera vuelta, pero demasiado alto para ser tolerado
con calma, abre una grieta incómoda —ese territorio entre el “casi” y el
“todavía no”— donde la política deja de ser cálculo y empieza a parecer
sobresalto.
En
ese clima, la disputa por el relato avanza con más disciplina que la discusión
por los hechos. acciones terroristas en regiones como el Cauca son
reinterpretadas con una elasticidad admirable: la evidencia se ajusta, se
sugiere o se omite según convenga. La incertidumbre deja de ser un dato y se
convierte en herramienta. No importa tanto lo que ocurre, sino lo que logra
insinuarse.
El
llamado “Proyecto Júpiter” —esa entidad vaporosa que existe con la misma
intensidad con la que se niega— no es una anomalía, sino la culminación lógica
del sistema. No inaugura nada: optimiza todo. Si la modernidad política
prometía ciudadanos racionales deliberando en público, su versión actual
prefiere ciudadanos predecibles reaccionando en privado. El tránsito es
elegante: del discurso al dato, de la persuasión al diseño, de la ideología a
la ingeniería emocional.
No
es casual. Desde que Thomas Hobbes entendió que el miedo cohesiona más que la
razón, el poder no ha dejado de perfeccionar su administración. Hoy ya no
necesita amenazas grandilocuentes: le basta con segmentación precisa, análisis
conductual y una lectura quirúrgica de las ansiedades colectivas. El miedo,
como cualquier otro recurso, se optimiza. Y en ese proceso, la política
abandona la argumentación para abrazar algo más rentable: la reacción
condicionada.
La
vieja propaganda —ruidosa, visible, a veces torpemente épica— ha mutado en una
arquitectura conductual silenciosa. Shoshana Zuboff la describió como la
conversión de la experiencia humana en insumo predictivo; Pierre Bourdieu
advirtió que el poder más eficaz es el que delimita lo pensable. Júpiter no es
un plan: es la aplicación disciplinada de ambas ideas, con vocación de
permanencia.
Colombia,
siempre creativa en lo discutible, ha sabido adaptar este modelo con
entusiasmo. El laboratorio ya no es solo digital: también es laboral, mediático
y político. Talleres de “formación democrática” enseñan, con notable sutileza,
a sentir correctamente antes de pensar libremente. No hay coerción explícita
—sería de mal gusto—, pero sí una coreografía emocional cuidadosamente
dirigida. Porque, en la práctica, moldear percepciones resulta mucho más
eficiente que debatir argumentos.
El
antecedente de Cambridge Analytica alguna vez escandalizó al mundo al
evidenciar el poder electoral de los datos. La versión local, en cambio, añade
un detalle casi pintoresco: la normalización. Lo que afuera generó crisis, aquí
se incorpora con naturalidad, como si la ética fuera una variable negociable y
no un límite.
En
ese mismo marco debe leerse la ofensiva política y mediática contra el gobierno
Petro. Desde el inicio del mandato, las acusaciones han sido constantes,
amplificadas por un ecosistema informativo que parece haber descubierto el
valor narrativo de la reiteración. Un informe preliminar de observación
electoral de la Unión Europea advirtió un tratamiento marcadamente más negativo
hacia el gobierno y sus aliados, frente a una oposición curiosamente
beneficiada por la moderación crítica.
Pero
esta lógica de desgaste no empezó con el ejercicio del poder: viene de antes,
afinada durante la campaña presidencial contra Iván Cepeda. La fórmula es
conocida, casi artesanal en su cinismo. Ante la escasez de pruebas, abundan las
insinuaciones. El episodio de los supuestos archivos de “Raúl Reyes” es
ilustrativo: presentado como evidencia incriminatoria, terminó desechado por la
Corte Suprema debido a irregularidades graves en su obtención y custodia.
Detalles menores, al parecer, frente al valor estratégico de la sospecha.
Más
que un error, el caso devela un método: construir relatos que erosionen al
adversario hasta que la duda haga el trabajo que la evidencia no puede. No se
trata de demostrar, sino de instalar. No de probar, sino de repetir hasta que
la ficción adquiera apariencia de verdad operativa.
Y
como si el escenario interno no fuera suficiente, la estrategia ha decidido
internacionalizarse. La oposición practica una diplomacia peculiar: la de la
alarma. Entre visitas a Washington y escalas en Quito, desfilan emisarios lisonjeros
que venden un país al borde del colapso, con democracia en cuidados intensivos
y crisis lista para exportación. No llevan pruebas —sería un exceso
innecesario—; llevan relatos. Y la lógica es impecable en su cinismo: si la
realidad no respalda la narrativa, se exporta la sospecha. Si la sospecha
prende, cualquier presión externa sirve.
En
ese punto, la política abandona definitivamente su pretensión deliberativa y se
convierte en una campaña permanente de marketing emocional. La evidencia
estorba; la sospecha cotiza. La repetición sustituye la verificación, y la
insistencia termina ocupando el lugar de la verdad. Cada semana estrena su
propia catástrofe, en una cartelera donde la exageración compite consigo misma.
La
ironía, por supuesto, es impecable: en nombre de la democracia se fabrican
relatos que la distorsionan; en nombre de la libertad se diseñan mecanismos
para administrarla. El voto persiste, sí, pero la voluntad que lo produce
empieza a parecer intervenida. El ciudadano deja de ser sujeto político y pasa
a ser usuario calibrado.
El
momento más revelador llega cuando todo esto se niega. “No existe”, se afirma.
Y probablemente sea cierto en términos burocráticos. Pero en política, lo que
no se documenta suele ser precisamente lo que mejor funciona. La invisibilidad
no es una falla: es el método.
En
la superficie, la escenografía sigue intacta: discursos, alianzas, reacomodos.
Pero debajo opera otra lógica, menos visible y más eficaz: una en la que los
votos no solo se buscan, sino que se diseñan y se instrumentalizan.
Sería
tentador pensar en una maquinaria infalible y en un ciudadano inerme. Pero esa
explicación, además de cómoda, es incompleta. La manipulación necesita terreno
fértil: apatía, inmediatez, pereza crítica. No crea la fragilidad; la
aprovecha.
Y
ahí la sátira deja de ser suficiente. Porque si la democracia corre el riesgo
de convertirse en una simulación eficiente, su defensa no vendrá de
regulaciones milagrosas ni de algoritmos éticos, sino de algo mucho menos
espectacular: ciudadanos que piensen con criterio.
Al
final, la pregunta no es técnica, sino incómodamente simple: ¿qué tipo de
democracia puede sobrevivir cuando la voluntad se vuelve programable?
Tal
vez la respuesta no esté en desmontar a Júpiter —esa deidad de Excel y
segmentación—, sino en algo más rudimentario y subversivo: negarse a obedecer
el guion.
Porque
si el poder ya aprendió a anticiparnos, la única irreverencia posible es
volverse impredecible. Y en un país donde todo parece cuidadosamente diseñado,
pensar por cuenta propia podría terminar siendo, paradójicamente, el acto más
radical.
*
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