LA VITRINA DE LA CONVERSA

martes, mayo 26, 2026

“Hay que volver a ser liberales”, dice Samper *

En la imagen: Germán Navas Talero / Jurisconsulto - Excongresista

Por: Germán Navas Talero

Editor: Francisco Cristancho R.

Cepeda tiene buenas intenciones, es un hombre sensato, es un hombre que no lo hemos visto nunca fallarle a la opinión pública.

Gran manifestación se vio el pasado viernes en Bogotá con motivo del cierre de campaña de Iván Cepeda. Impresionante cómo la Plaza de Bolívar estaba llena de tope a tope. Era casi imposible acceder a la tribuna. Allí había gente de todos los estratos y se podía percibir gran fervor por nuestro candidato, a quien felicito y le reitero mi respaldo.

Entre esa inmensa cantidad de personas me encontré al expresidente Ernesto Samper Pizano, quien aprovechó para mofarse de este columnista. Como siempre, él, una persona muy lúcida, hizo una intervención no muy larga, pero sí muy precisa. En ella, lanzó una crítica de lo que están haciendo los directivos de la colectividad con el partido Liberal. Una radiografía de lo que allí está ocurriendo.

Sostuvo allí el expresidente Samper que “hay que volver a ser liberales, pero liberales de verdad”. Eso fue, ni más ni menos, un vainazo para los gaviristas, porque ahí él dio a entender que hay personas que han desvirtuado la razón de ser del partido Liberal. Por lo menos así lo entendí yo; y aun cuando no soy liberal, sí tengo que decir que lo que César Gaviria ha hecho es tirarse ese partido. En eso coincido plenamente con el doctor Samper. Y si Samper no lo dijo así, así lo entendí yo.

En ese cierre había toda clase de gente, y obviamente no faltaron los lagartos de siempre: esos que van a pelechar, esos que solo van a ver qué encuentran y qué lagartean; porque esos no son políticos practicantes, son solo oportunistas.

Ahí también vi a una delegación del partido Verde, -aun cuando sabemos que los menos izquierdistas de este país son ellos-, puesto que vimos lo que hicieron en este gobierno y en todos los demás. Donde usted vea a un verde es porque está buscando chamba. Eso es lo que nos vienen demostrando gobierno tras gobierno. De hecho, ahí hablaron como tres verdes de esos.

Me pregunté entonces… ¿Será que estos se van a quedar verdes toda la vida, o algún día van a madurar políticamente? Porque, si ustedes se fijan, los verdes brincan. Ellos parecen unas ranitas –verdes, además- que se la pasan brincando de un partido a otro. Ejemplo de ello una reconocida señora de esas, que, por brincar tanto, miren hoy dónde está. Y así son la mayoría.

Ahí en la plaza estaban los amayas, los dos verdes: uno, que es gobernador, y el otro senador, o algo así. Ojalá esos verdes no se le metan al gobierno de Iván Cepeda, porque Cepeda tiene buenas intenciones, es un hombre sensato, es un hombre que no lo hemos visto nunca fallarle a la opinión pública. Los que hemos trabajado con Iván sabemos qué valores tiene este futuro presidente de la República.

Pero cuando uno ve tanto verde metido ahí, se sorprende. Los verdes son buenos cuando están escondidos entre el pasto, como las ranas verdes, las que el pasto no las deja ver. Espero que nuestro partido, que es el de nuestro candidato Iván Cepeda, no se nos vaya a verdear, sino que sigamos en la izquierda, donde hemos estado siempre, y donde vamos a seguir. Porque, en el caso de quien esto escribe, ha sido siempre de izquierda, y no se va a cambiar ni por un puesto ni por lo que sea.

De cualquier forma, fue muy buena la concentración del viernes. Mis reconocimientos y mi apoyo sin condiciones ni ambición alguna.

-Cambiando de tema, como dicen los chismosos- Los gringos siguen tratando de meterse en todas partes. Por ahí escuché recientemente a un pizco de esos diciendo que si gana la izquierda en Colombia ellos no van a reconocer ese triunfo. ¿Cuándo estos gringos dejarán de hacer daño? Esos gringos no hacen sino armar problema en todas partes. Ya estarán viendo a quién le mandan una nueva bomba atómica, porque eso es lo que ellos saben hacer: ocasionar tragedias como la que ocasionaron en Hiroshima y Nagasaki, y toda clase de genocidios en el mundo.

En estos días tuve la oportunidad de salir de Colombia, y fui a un proyecto de país -negado quizás en primer debate-. Estuve en su capital, Paramaribo, y tuve oportunidad de ver lo que es la China, lo que es el Japón, y lo que es aquel pronorteamericano y, definitivamente, me sorprendieron los chinos. Ellos son realmente admirables. Póngalos a hacer lo que ustedes quieran y lo hacen. El japonés, póngalo a organizar cosas, y lo organiza. Por el contrario, hay otras culturas, como la gringa, que lo único que parecen pensar es cómo quebrar bancos y hacer el mal a alguien. La peor desgracia de Colombia es estar cerca de los Estados Unidos. Entre más lejos estamos de ellos, mejor vamos a estar en un futuro. Por lo menos así pensamos los que queremos que Colombia sea un país libre. Que no sea un títere más del imperialismo norteamericano.

Muy triste, por ejemplo, lo que ha pasado con Venezuela. Ese país se volvió un botín de los gringos. Ya uno no sabe quién gobierna allá, si gobierna el señor Trampas o si gobierna la tal Delcy Rodríguez, porque a ese país lo desbarataron. Los gringos acabaron con ese país; acabaron con su economía. Pobre Venezuela, se le están robando su petróleo, sus riquezas y todo. ¿Qué otros males querrán hacer los gringos ahora? ¿A qué país pensarán invadir? ¿A quién pensarán bombardear? ¿A qué región mandarán ahora sus bombitas, esas que tienen por ahí guardadas?

Es curioso escuchar las declaraciones de Trampas y las del presidente de Irán. ¡Son tan distintas! Trump dice una cosa hoy, mañana otra y pasado mañana termina haciendo otra muy distinta. Amenaza todos los días y, en realidad, no hace un carajo. Ya ni siquiera se puede mantener de pie. Son tantas las estupideces que dice y que no le caben en la cabeza que quizás su cuerpo ya no la soporta. En cambio, mira uno al gobernante de Irán, y qué precisión cuando habla. Qué concreción cuando va a hacer cargos, y la manera como tiene a su país. Es que lo ha sacado adelante. Lo ha repuesto de todas las vagabunderías que los gringos han querido hacerle, porque a ese país los gringos sí que le han hecho toda clase de males: Le han impuesto sanciones absurdas y todo lo que ustedes quieran imaginar. Todo se lo han hecho a ese país, y ahí está. Es un país firme. Y después de que el Trampas dijo que los había acabado, resulta que en tres meses se repusieron de todos los daños que dijo Donald Trump que les había hecho. Repusieron sus misiles, repusieron todo, y hoy están a la vanguardia en esa parte del mundo.

Esos son países que hay que admirar. A los gringos sí que nos los envuelvan, los empaquen, y se queden todos por allá arriba. Y por favor, señores, cuando se refieran a los gringos no digan que son americanos, porque ustedes aquí en Colombia también son americanos; ellos serán norteamericanos, más no son los dueños de América. Porque da risa cuando escucha que le dicen a uno de esos “un americano”. Resulta que yo soy americano y seguramente quien me está leyendo en estos momentos también es americano. Ellos son norteamericanos, precisémoslo siempre, porque no vamos a permitir regalarles nuestra cuota de América a esos gringos.

Olvidaba decirles que, de mi encuentro con el expresidente Samper Pizano quedó una fotografía, la cual quise incluir. Fotografía que nos tomamos con él y con Deisdre Constanza, nuestra coletillera. El expresidente Ernesto Samper ha tenido la gentileza de ser colaborador ocasional de esta columna y asiduo lector. Este viernes nos acogió con la simpatía de siempre, pues nos tomó el pelo un rato, y de ese encuentro quedó esta fotografía, la cual da cuenta de las buenas relaciones que hay entre el doctor Samper y este servidor.


Coletilla por Deisdre Constanza. Acompañamos el cierre de campaña de Iván Cepeda junto al expresidente Ernesto Samper, un encuentro cargado de reflexión, memoria política y compromiso con el futuro de Colombia. Fue un espacio para hablar de justicia social, democracia, paz y de la necesidad de seguir construyendo un país más digno para todos. Además, fue muy valioso ver reunidas diferentes corrientes políticas y ciudadanos con distintas visiones, unidos por el deseo de sacar adelante al país y defender la esperanza colectiva. Escuchar distintas voces reafirma que Colombia necesita líderes con trayectoria, sensibilidad social y valentía para defender a la gente. Hoy más que nunca creemos que Iván Cepeda representa esperanza del cambio y transformación. Invitamos a todos los ciudadanos a salir a votar, participar y respaldar con fuerza al mejor candidato para Colombia. “Iván Cepeda Presidente”. Porque este proyecto no excluye a nadie, aquí cabemos todos los que soñamos con una Colombia más humana, justa, unida, solidaria y llena de oportunidades. Y como dice Edson Velandia en su canción El Amanecer.  “A quienes han sentido el dolor de la guerra y la desigualdad, y a quienes luchan porque Colombia tenga un nuevo amanecer.”

¡Hasta la próxima!

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

sábado, mayo 23, 2026

El caudillo de la estridencia y el algoritmo*

 

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

¿hasta qué punto una democracia cansada puede sobrevivir cuando empieza a confundir a los payasos autoritarios con salvadores nacionales?

América Latina tiene una vieja y costosa costumbre: enamorarse de personajes estridentes que gritan fuerte y piensan poco. Javier Milei llegó a la presidencia argentina empuñando una motosierra como programa de gobierno y hoy conduce a uno de los países históricamente más ricos del continente hacia una precariedad que ya ni siquiera necesita estadísticas para sentirse. Jair Bolsonaro gobernó Brasil desde la nostalgia tropical de la dictadura militar y dejó una nación más violenta, más fracturada y políticamente más embrutecida de lo que la encontró. El fenómeno no es nuevo ni exclusivamente latinoamericano, pero en esta región encuentra un terreno especialmente fértil: sociedades agotadas por la corrupción, economías incapaces de reducir desigualdades obscenas y democracias tan fatigadas que terminan confundiendo el rugido con el liderazgo.

Colombia, siempre tan aplicada para importar experimentos políticos ajenos cuando ya vienen fracasados de fábrica, tiene ahora su propia franquicia del espectáculo grotesco y autoritario: Abelardo de la Espriella, abogado célebre por moverse con sorprendente comodidad en los pantanos del subsuelo judicial y hoy reciclado como candidato presidencial. En apenas unos meses ha conseguido lo que viejos demagogos tardan años en fabricar: una marca política construida a punta de escándalo, testosterona teatralizada, patriotismo de micrófono y un desprecio burdo por cualquier forma de inteligencia deliberativa.

Al comienzo, su candidatura parecía un mal chiste. Y lo era. De la Espriella proyectaba una combinación difícil de tomar en serio: el abogado ampuloso convertido en sabueso para contratar defensas de delincuentes de cuello blanco y fortunas turbias, y, al mismo tiempo, el millonario exhibicionista que aparecía en redes sociales desafinando ópera como si la vulgaridad pudiera transformarse en prestigio por exceso de volumen, mientras exhibía relojes pomposos y bebía whisky con la solemnidad ridícula de quien necesita convertir cada sorbo en una demostración pública de estatus. Su figura parecía un extraño cruce entre influencer aspiracional, litigante del inframundo criminal y macho alfa de gimnasio financiero convencido de que la testosterona puede reemplazar la inteligencia: un experimento sociológico entre TikTok, un club de escoltas y una convención de nuevos ricos desesperados por parecer aristocracia.

Lo inquietante fue descubrir que funcionaba.

Porque De la Espriella entendió antes que muchos políticos tradicionales una verdad brutal de esta época: en sociedades emocionalmente agotadas, la vulgaridad puede venderse como autenticidad y la agresividad como liderazgo. Su discurso de mano dura, destripar al adversario, reducir el Estado y odio simplificado encuentra eco en sectores resentidos, desinformados o simplemente exhaustos. Desplazó a figuras de la ultraderecha tradicional no por profundidad ideológica —de la que carece de manera evidente—, sino por capacidad escénica. Mientras otros discuten programas, él ofrece espectáculo; mientras otros argumentan, él ruge. Y Colombia, país que durante décadas ha confundido al patrón armado con una figura de autoridad, escucha ese rugido con inquietante familiaridad.

Para entender el fenómeno hay que entender primero al personaje. De la Espriella no proviene exactamente de la aristocracia tradicional, pero tampoco de la exclusión absoluta. Pertenece a esa zona intermedia donde ciertos sectores de clase media descubrieron que, en Colombia, el camino más corto hacia el poder no siempre pasa por la excelencia institucional, sino por aprender a navegar las cloacas precisas. Su padre, abogado ligado durante años a la política tradicional y posteriormente reciclado en la ultraderecha, encontró espacio en la repartición notarial del uribismo: ese viejo sistema feudal donde las notarías funcionan menos como instituciones republicanas que como recompensas burocráticas para la fidelidad política.

Ese origen importa porque explica parte de su psicología pública. La sociología de las sociedades fracturadas ha estudiado durante décadas un fenómeno recurrente: el nuevo poderoso que no busca legitimidad institucional, sino exhibición permanente de superioridad. La ostentación deja entonces de ser lujo para convertirse en lenguaje político. El reloj ostentoso, el avión privado, el helicóptero estridente, los escoltas, la arrogancia verbal y la teatralización constante de la riqueza cumplen una función emocional precisa: demostrar que quien antes ocupaba un lugar secundario ahora puede humillar simbólicamente al mismo mundo que antes lo ignoraba.

El poder deja de ejercerse: se dramatiza.

Por eso su personalidad pública parece construida alrededor de una inseguridad feroz disfrazada de soberbia. Todo en él transmite una necesidad obsesiva de reconocimiento. La fascinación por la autoridad vertical convive con un desprecio casi visceral hacia cualquier forma de pensamiento crítico o deliberativo. Cada entrevista incómoda la interpreta como un ataque personal. Cada periodista que pregunta se convierte automáticamente en enemigo. Cada cuestionamiento ético es vivido como una humillación intolerable.

Cuando María Lucía Fernández le preguntó por la relación entre derecho y ética en un eventual gobierno suyo, no respondió con ideas, sino llamándola “ignorante” y “venenosa”. Cuando en un programa radial insinuó que había ganado votos femeninos por el tamaño de su pene y pidió hacer zoom sobre una fotografía insinuante, no sufrió un desliz: simplemente dejó al descubierto la estructura real de su personaje político. Confunde acoso vulgar con autenticidad, matoneo con carisma y misoginia con fuerza viril.

Su relación con la prensa sigue exactamente el mismo patrón. La Fundación para la Libertad de Prensa ha advertido sobre sus campañas judiciales y digitales contra periodistas críticos. De la Espriella no debate: intimida. No responde: amenaza. No desmonta argumentos: intenta destruir al mensajero. Concibe la política como una pendencia permanente y el desacuerdo como una provocación personal que merece castigo.

Sus contradicciones son tantas que terminan pareciendo parte de una estrategia deliberada de saturación mediática. Fue ateo militante hasta descubrir que Dios ofrece mejor rentabilidad electoral que Nietzsche. Defendió el proceso de paz cuando resultaba políticamente conveniente y luego convirtió la palabra “paz” en sinónimo de claudicación nacional. Se presenta como outsider antisistema mientras su campaña recibe el respaldo de clanes y mafias politiqueras regionales que llevan décadas administrando departamentos enteros como haciendas privadas y saqueando sus finanzas con la naturalidad burocrática de quien confunde el Estado con propiedad familiar.

Todo en él parece intercambiable, excepto la ambición.

Su oratoria, además, es notablemente pobre en contenido conceptual. Funciona sobre emociones primarias: miedo, rabia, resentimiento y fantasías de autoridad. La frase que mejor resume su visión política es también una radiografía involuntaria de sus limitaciones intelectuales: “Las fórmulas ya se saben. Lo que ha faltado es alguien con cojones para aplicarlas”. Es decir: complejidades históricas reducidas a virilidad de macho, ignorancia presentada como pragmatismo y autoritarismo vendido como eficacia.

En cuanto a su trayectoria profesional, basta seguir el rastro sin necesidad de exageraciones: Santa Fe de Ralito y las negociaciones con las AUC; la fundación FIPAZ recibiendo recursos de las autodefensas; David Murcia y el colapso de DMG; Álex Saab defendido judicialmente mientras hoy posa de cruzado antichavista; y la cercanía con el “abogánster” Diego Cadena. Una carrera construida orbitando entre paramilitares, narcos, extraditables y operadores oscuros, en un ecosistema donde el escándalo nunca fue accidente, sino hábitat natural.

La república del subsuelo tiene sus propios abogados de cabecera. Y De la Espriella aprendió a moverse allí con notable habilidad.

Pero el verdadero problema no es biográfico. Es político y cultural.

Figuras como él no aparecen por generación espontánea. Son el producto de sociedades agotadas que empiezan a preferir vengadores mediáticos antes que dirigentes democráticos. Colombia lleva décadas incubando una cultura donde el hombre fuerte despierta más admiración que el hombre decente, donde la brutalidad suele confundirse con carácter y donde demasiados ciudadanos interpretan la agresividad como señal de autenticidad.

Por eso su ascenso resulta menos sorprendente de lo que debería.

El peligro no reside únicamente en lo que dice, sino en lo que normaliza. Su candidatura convierte el matoneo en método político, la humillación pública en entretenimiento electoral y la vulgaridad autoritaria en identidad ideológica. Representa la mutación definitiva del espectáculo digital en proyecto presidencial.

Y, sin embargo, detrás del rugido hay algo profundamente frágil. De la Espriella se parece demasiado a esas botargas inflables que parecen gigantes desde lejos y se desinflan apenas alguien las toca con una aguja de realidad. Su fortaleza depende del ruido constante, del escándalo permanente, del algoritmo enfurecido y de un país emocionalmente exhausto que necesita hombres furiosos para evitar pensar demasiado.

Es, en el fondo, un tigre de papel.

Ruge frente a las cámaras. Muestra los dientes. Promete selva. Pero América Latina ya vio esta película demasiadas veces, y casi siempre termina igual: en Argentina, el león prometió libertad y terminó administrando hambre; en Brasil, el capitán prometió orden y dejó un país más fracturado y embrutecido; y en Bolivia, sometida hoy a un laboratorio neoliberal agresivo, las calles vuelven a llenarse de protestas, gases y ciudadanos golpeados por un Estado que habla de libertad económica mientras reprime el descontento social con disciplina militar.

El tigre colombiano promete carácter, mano dura y patriotismo testosterónico. Lo más probable es que entregue exactamente lo mismo que ha ofrecido siempre en su vida pública: espectáculo para las cámaras, intimidación para los críticos y la factura —como siempre— para los demás.

La pregunta que Colombia deberá responder el 31 de mayo no es si Abelardo de la Espriella es auténtico o impostado, creyente o ateo, valiente o fanfarrón. La verdadera pregunta es mucho más simple y mucho más peligrosa: ¿hasta qué punto una democracia cansada puede sobrevivir cuando empieza a confundir a los payasos autoritarios con salvadores nacionales?


*La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


viernes, mayo 22, 2026

Nos han declarado la guerra, están atacando con todo… ¿ganarán? *

Imagen de Hernán Riaño / Periodista - Dir. SoNoticias

Por: Hernán Riaño 

¿Los dejaremos ganar o por el contrario seguiremos en la senda de recuperar los derechos arrebatados a sangre y fuego por Uribe y su corte? El 31 de mayo sabremos la respuesta.

En Colombia ha habido muchas guerras no declaradas en las que la oligarquía ha puesto a pelear al pueblo contra el pueblo para que nadie le pudiera disputar el poder y seguir con el desfalco del erario. Durante todo el siglo XX, la estrategia fue acabar con todo tipo de protesta social: recordemos la huelga de las bananeras en 1.928 y especialmente el intento de aniquilamiento de los liberales liderados por el partido conservador, primero con el ejército colombiano y luego con paramilitares llamados chulavitas y pájaros que impusieron el poder de Laureano Gómez a sangre y fuego y con un “novedoso” sistema de asesinato con humillación incluida: el corte de franela, que consistió en que después de asesinado, le abrían la garganta y le sacaban la lengua poniéndosela de corbata. Suena muy escabroso, pero eso pasó, demostrando hasta dónde estaban dispuestos de llegar y la capacidad de manipulación de la ultraderecha para que los estúpidos que los siguen lleguen a las bajas y sórdidas formas de tratar a sus semejantes. Desde esa época, su táctica ha sido imponerse a los ciudadanos a sangre y fuego y además con humillación y alevosía

Después se crearon las guerrillas, que dizque querían cambiar el Estado y reivindicar al pueblo; pero no lograron ni lo uno ni lo otro y sí se convirtieron en un arma para que los colombianos pobres se siguieran matando entre sí, los campesinos contra los soldados, ambos pertenecientes al pueblo y solo salieron beneficiadas las ultraderechas, ya que con esa excusa crearon sus ejércitos privados: los paramilitares, conocidos como las AUC y otras distinciones, para seguir en esa eterna guerra en la que los únicos muertos fueron los pobres. Además, con la excusa de las insurgencias, Uribe logró el poder, acabando de paso con nuestro Estado de derecho, robándose la riqueza de Colombia y junto con sus socios nos convirtieron en un narco país, empobreciendo hasta el límite a los colombianos y de paso imponiendo la guerra como si fuera una política de estado.  

Es tan cierto el fervor que le tienen a la guerra que convencieron a los colombianos de votar en contra de un referendo por la paz, volvieron trizas el acuerdo con las FARC, llevan casi cuatro años atacando por todos los flancos al señor presidente Gustavo Petro por su política de “paz total”, y esa bandera de seguir en una confrontación eterna que solo los beneficia a ellos se ha convertido en parte esencial de la presente campaña electoral. En compañía de sus socios, unos grupos armados que no son insurgentes, a pesar de que ellos lo pregonen, sino narco-paramilitares que obedecen a sus amos ultraderechistas empezaron una violencia inusitada contra civiles de algunas regiones para demostrar que la paz no es lo que debe imperar en el país. ¡Insólito!, pero hay colombianos que les creen, les acolitan y hacen parte efectiva de ese absurdo postulado.

Hoy hay una declaración de guerra abierta en contra de los colombianos reflejada en Gustavo Petro e Iván Cepeda. Contra el primero porque quieren quitarle la favorabilidad y popularidad que se ha ganado entre los ciudadanos más pobres y contra el segundo para evitar que el proyecto progresista tenga un segundo periodo presidencial.

Para ello han desplegado toda su creatividad con el fin de lograr sus objetivos, desde los ataques por parte de líderes y candidatos de la extrema derecha, pasando por las mentiras, injurias, calumnias y falsedades que se inventan a diario los medios de comunicación corporativos con unos periodistas que debieran ser más bien voceros de los partidos de esas ideologías; complots con intentos de atentados tanto contra Petro como a Cepeda; atentados y asesinatos de falsa bandera, o sea, los cometen ellos para culpar al progresismo; fraudes electorales (muy “normales” en nuestra democracia); compra de votos, clientelismo político y otras formas muy autóctonas de imponerse por la fuerza o con mañas para seguir oprimiendo a la sociedad colombiana.

Lo que se ha conocido en las últimas semanas de inducir al pueblo a salir a votar “emberracados”, con miedo, odio o desconfianza es una técnica usada en el pasado con el referendo por la paz, con lo que se manipuló a unos colombianos para que votaran “no” al referendo. Hoy, ese método llega renovado de la mano de Jaime Bermúdez, uribista pura sangre. Programaron y han realizado unas capacitaciones, que han llegado a 7 millones quinientos mil colombianos, según Bermúdez, para influenciarlos para que salgan a votar en contra del progresismo, por supuestamente representar unos riesgos para el país y con el lema de no votar ni por Abelardo ni por Cepeda en una clara intención de manipulación electoral en favor de la candidata de Uribe (1).  La Silla vacía ha negado su participación, a pesar de las denuncias de señal investigativa de haber sido parte activa como contratista (2). Además forzando a trabajadores de empresas pertenecientes a empresarios de las derechas y afiliados a los gremios opositores, para que sean jurados de votación en una clara intención de influir electoralmente.

También se conoció la injerencia de Daniel Noboa, presidente de Ecuador, en tratar de influir en las elecciones con varias acciones: subiendo aranceles a Colombia (3) después de una visita de la extrema derecha colombiana a ese país (4), calumniando a Gustavo Petro y después rebajar aranceles por “pedido” de la candidata ultraderechista Paloma valencia (5).

Con el avance de la tecnología aparecieron nuevas formas de ataques de la derecha al gobierno y candidato del cambio. Se conocieron unos audios revelados por Canal Red+ del español Pablo Iglesias en el que se revela un plan de Trump, aliado con su indultado, el narcotraficante condenado expresidente Juan Orlando Hernández, para “armar” noticias y expedientes falsos en contra de Colombia y México desde una oficina en Estados Unidos (6). Honduras fue víctima de un fraude electoral patrocinado por la ultraderecha y el narcotráfico de ese país en diciembre con la participación de una empresa de manejo de elecciones colombiana del grupo Thomas Greg & Sons, la misma que tiene a su cargo la misma misión en las próximas elecciones de Colombia el 31 de mayo (7). 

El ataque directo al candidato Iván Cepeda, por parte de los medios de comunicación corporativos, está a la orden del día. Cada mañana salen con mentiras, calumnias, exageraciones de todo tipo, lo más reciente, muy grave, es la difusión de un audio de un comandante guerrillero en el que obligaba a votar por Cepeda. De este bulo hicieron eco todos los medios corporativos, candidatos y líderes de la extrema derecha. Pues resultó falso, el mismo día lo desmintieron las autoridades militares, revelando que quien hizo esas llamadas fue un interno de la cárcel Picaleña en el Tolima, que extorsionaba a incautos usando esas mentiras (8). También lo han acusado de que como ha tenido una enfermedad grave, entonces puede fallecer en el ejercicio de sus funciones y por ello no debería ser candidato (9). Los medios corporativos no han rectificado y mucho menos presentado disculpas al candidato.

Todo esto y mucho más, que no reseño por falta de espacio, han tenido que soportar tanto Petro como Cepeda. Esta campaña nace de la popularidad que tiene el candidato del progresismo y su favoritismo para ganar en la primera vuelta. Atacan con toda suerte de falsedades al gobierno del cambio tratando de demeritar sus realizaciones, y más grave aún, apoderándose de esos logros para endilgárselas a las derechas. No atacan las propuestas de Cepeda porque son muy consistentes y son la profundización de lo realizado hasta ahora, solo se remiten a inventar infundios y a hacer entrampamientos contra la vida y honra del candidato.

Lo único claro es que ya Colombia entendió quién está a favor de los intereses del pueblo y quién con los de la oligarquía narco-paramilitar que solo pretende volver al gobierno para apoderarse del erario y regresar al pasado en el que la miseria, la ignorancia y el hambre eran la cotidianidad de sus gentes. En eventual regreso de esas fuerzas oscuras, predicen un baño de sangre y hambre en nuestra patria, como se conoció en el pasado reciente, pero con el ingrediente de una venganza anunciada por los candidatos y voceros de esas campañas. No en vano hemos visto en los últimos días ataques a ciudadanos que hacen campaña por Cepeda, apedrean vehículos, amenazan con matar, matar y matar.

¿Los dejaremos ganar o por el contrario seguiremos en la senda de recuperar los derechos arrebatados a sangre y fuego por Uribe y su corte? El 31 de mayo sabremos la respuesta.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

  1. https://www.rtvcnoticias.com/justicia/investigacion/revelan-plan-jupiter-estrategia-para-influir-en-elecciones-presidenciales-en https://www.youtube.com/watch?v=UhXP7TJtyak https://revistaraya.com/elmer-montana/1595-el-proyecto-jupiter-un-concierto-para-delinquir.html https://www.youtube.com/watch?v=UhXP7TJtyak&t=62s https://www.lasillavacia.com/silla-nacional/es-falso-que-la-silla-vacia-haga-parte-del-proyecto-jupiter/
  2. https://www.youtube.com/watch?v=uXrrqSj81A8&t=63s
  3. https://elpais.com/america-colombia/2026-04-09/ecuador-sube-al-100-los-aranceles-a-colombia-y-profundiza-la-guerra-comercial.htmlhttps://www.instagram.com/reel/DX-PbxvOoWK/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=NTc4MTIwNjQ2YQ==
  4. https://x.com/Mamertos0/status/2044773699291615376?s=20 https://www.infobae.com/colombia/2026/04/14/gustavo-bolivar-senala-coincidencias-entre-visitas-de-uribe-a-ecuador-y-decisiones-sobre-aranceles-a-colombia/
  5. https://www.facebook.com/reel/933116023047531
  6. https://www.diario-red.com/articulo/editorial/hondurasgate-publica-banco-completo-audios-filtrados-analisis-forense/20260504060000068823.html
  7. https://revistaraya.com/las-cuatro-empresas-privadas-que-controlaran-las-elecciones-presidenciales-del-31-de-mayo.html
  8. https://x.com/RTVCnoticias/status/2055804581162995874?s=20
  9. https://x.com/i/status/2056385537146064985

sábado, mayo 16, 2026

El 31 de mayo y el reflejo de una nación*

 

En la imagen: Jhon Jaiver Flórez / Economista - Analista político
Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Cepeda es la continuidad del primer intento serio de transformación democrática en Colombia: memoria, negociación y un país posible sin odio como doctrina.

El 31 de mayo, Colombia no elegirá simplemente un presidente. Elegirá un espejo. Cada uno de los tres candidatos con mayores posibilidades de llegar a la Casa de Nariño refleja una versión distinta del país: lo que fue, lo que pudo ser y lo que todavía podría convertirse. Más que programas de gobierno, encarnan relatos históricos. Más que ideologías, condensan fracturas sociales acumuladas durante dos siglos. Y en esa escena —mitad tragedia republicana, mitad carnaval tropical de egos, privilegios y resentimientos— emergen tres figuras que resumen los conflictos más profundos de la nación. Mirarlos en conjunto resulta más revelador que analizarlos por separado, porque es en el contraste donde Colombia se contempla con mayor claridad y también con mayor vértigo.

Comencemos por el origen, que nunca es un simple dato biográfico, sino una declaración política involuntaria. Paloma Valencia nació en el linaje de los criollos que tomaron el poder tras la independencia de 1819 y jamás lo soltaron. Su apellido contiene un mapa de dos siglos de monopolio político: las guerras civiles del siglo XIX disputadas entre facciones de una misma élite; la Violencia de mediados del siglo XX, que dejó más de trescientas mil víctimas; el Frente Nacional, que clausuró el sistema político durante dieciséis años; y el paramilitarismo, que masacró comunidades enteras mientras esa clase administraba el Estado.

Valencia no inventó ese sistema. Lo heredó como se hereda una hacienda: con la serenidad de quien considera que el orden natural de las cosas no necesita explicación. No necesita levantar la voz porque pertenece a una tradición acostumbrada a hablar desde arriba. Su discurso se sostiene en la defensa de la institucionalidad, aunque esa institucionalidad haya sido diseñada históricamente para preservar los privilegios de su propia clase. Hay en ella una sofisticación intelectual preconcebida: justifica, grita, calcula. Pero ese engreimiento retórico encubre un vacío histórico persistente, porque la desigualdad colombiana no apareció por accidente: fue administrada durante generaciones por una élite que convirtió la concentración de la tierra y la exclusión social en principios de organización nacional. Valencia representa la continuidad refinada de quienes nunca tuvieron que conquistar el poder porque nacieron dentro de él.

Abelardo de la Espriella proviene de un lugar distinto: no del linaje aristocrático, sino del subsuelo oscuro y funcional que ese linaje necesita para operar. Ese territorio donde el derecho no limita al poder, sino que lo maquilla; donde la justicia administra el tiempo necesario para que todo prescriba, se negocie o se olvide. Su origen no está en la hacienda, sino en los rincones opacos de los pasillos judiciales, los clientes lóbregos, los contratos sospechosos…

Ochocientos mil dólares para un abogado joven e inexperto en la licitación del aeropuerto El Dorado: nadie pudo —ni puede hoy— justificar ese pago desde la lógica jurídica. Pero en la república del subsuelo los servicios se pagan no por lo que resuelven, sino por lo que conectan, desbloquean o silencian. De la Espriella simula el personaje del caudillo testosterónico: el fanfarrón mediático que comprende que, en una sociedad agotada por la inseguridad y el desencanto, la amenaza puede venderse como liderazgo.

No argumenta: vocifera. No persuade: amenaza. Su narrativa se apoya en la estética del fantoche —aviones privados, relojes lujosos, arrogancia convertida en espectáculo— elevada a doctrina de autoridad. Sus clientes lo describen con precisión devastadora. David Murcia aseguró haberle pagado cinco mil millones de pesos en honorarios que desaparecieron sin defenderlo, además de setecientos sesenta millones adicionales destinados, presuntamente, a corromper congresistas. Un investigador judicial rastreó esos movimientos hasta su oficina bajo juramento.

Mónica Mazzilli relató una historia similar: honorarios desproporcionados, promesas de defensa, garantías inexistentes y, finalmente, una captura inmediata apenas regresó al país. Cuando el abogado apareció en audiencia, lo hizo representando a la contraparte. Y mientras hoy grita contra la dictadura venezolana, los registros muestran que defendió a Álex Saab cuando ya era señalado públicamente como testaferro de Nicolás Maduro. Que Saab haya sido invitado de honor a su cumpleaños no constituye una anécdota social: funciona casi como una confesión involuntaria.

Iván Cepeda viene de un lugar radicalmente distinto. Su padre, Manuel Cepeda, senador de la Unión Patriótica, vivía en un apartamento de clase trabajadora, recibía un salario asignado por el partido. Lo asesinaron el 9 de agosto de 1994 cuando se dirigía al Congreso a debatir la adhesión de Colombia al Protocolo de Ginebra; es decir, cuando iba a hablar en nombre de quienes padecen la guerra.

El contraste con los otros dos candidatos resulta inevitable. Mientras Valencia hereda el poder y De la Espriella acumula fortuna sirviéndolo sin escrúpulos, Cepeda hereda una causa y una herida. Al día siguiente del magnicidio creó la Fundación Manuel Cepeda. Más tarde sufrió amenazas y debió exiliarse entre 1998 y 2004. No huyó para esconderse, sino para estudiar los instrumentos del derecho internacional que luego utilizaría contra el Estado colombiano ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. En 2010 obtuvo la sentencia que declaró responsable al Estado por el asesinato de su padre en complicidad con estructuras paramilitares.

Llegó al Congreso sin maquinarias clientelistas y se convirtió en facilitador de los diálogos de paz con las FARC, el ELN y el Clan del Golfo. Toda su trayectoria está atravesada por una idea que en Colombia suele despertar sospechas: la paz entendida no como rendición del adversario, sino como transformación estructural de las condiciones que producen la guerra.

Sociológicamente, los tres representan proyectos irreconciliables de país. Valencia encarna la continuidad elegante de un orden excluyente y violento: dos siglos de un sistema que produjo uno de los índices de desigualdad más altos del continente, ocho millones de desplazados y niveles de impunidad incompatibles con cualquier democracia sólida. Su candidatura no ofrece una transformación, sino la versión soterrada de la continuidad: el establecimiento colombiano, con buena dicción y modales republicanos, presentándose como solución a los problemas que ellos produjeron.

De la Espriella representa la mutación del subsuelo en burdo caudillismo mediático prefabricado: el operador funcional al poder reciclado en promesa de orden violento, convirtiendo la intimidación en espectáculo y la impunidad propia en certificado de eficacia. Que semejante figura pueda consolidarse como alternativa política viable dice más sobre el deterioro democrático colombiano que muchos tratados de ciencia política.

Cepeda, en cambio, representa la continuidad del primer intento serio de transformación democrática que Colombia ha vivido en su historia: una apuesta construida sobre la memoria de las víctimas, la negociación política del conflicto y la convicción de que un país distinto es posible sin necesidad de convertir el odio en doctrina. Su principal dificultad quizás sea también su mayor virtud: en una época dominada por el espectáculo y el grito, la serenidad argumentativa suele perder audiencia frente a la promesa zafia de autoritarismo y venganza.

Las elecciones del 31 de mayo plantean, en el fondo, una pregunta que Colombia lleva doscientos años evitando responder con honestidad: ¿a quién pertenece realmente este país? ¿A los linajes que lo administraron como hacienda privada? ¿A los operadores del subsuelo tenebroso que transformaron la impunidad en negocio? ¿O a los millones de colombianos que pagaron con desplazamiento, pobreza y sangre el costo de un orden que siempre prometió estabilidad y terminó produciendo desigualdad?

Votar por Valencia significa elegir la certeza del pasado: un orden conocido, injusto y perfectamente funcional para quienes ocupan la cima. Votar por De la Espriella implica apostar por el caos del subsuelo mafioso disfrazado de autoridad: la fantasía de la mano dura ejercida por quien jamás ha rendido cuentas sobre sus propias ejecutorias. Votar por Cepeda supone aceptar la incomodidad del cambio real: más lento, más difícil y permanentemente amenazado por los poderes establecidos, pero también el único proyecto que no carga con el peso completo de dos siglos de deuda histórica.

Los tres candidatos son, en el fondo, hijos legítimos de Colombia. Valencia expresa la persistencia de una aristocracia que sabe reciclarse sin desaparecer. De la Espriella encarna la fascinación nacional por el patrón, por el capataz fuerte, violento, ventajoso y sin escrúpulos. Cepeda representa la obstinación ética de quienes sobreviven a la violencia sin renunciar a la posibilidad de justicia. Ninguno existe fuera del sistema: todos son producto de sus fracturas.

Colombia no necesita más espejos que le devuelvan la misma imagen de siempre. Necesita, por fin, uno capaz de decir la verdad. Y el próximo 31 de mayo, cada colombiano —con un lapicero en la mano, la mirada fija en el tarjetón y el peso de su conciencia latiendo en silencio— decidirá si continúa refugiándose en el espejo cómodo del miedo y la costumbre, o si se atreve a mirar ese otro reflejo donde aparece el país que todavía podría llegar a ser cuando deje, de una vez por todas, de temerle a sí mismo.

17 de mayo de 2026

* La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


sábado, mayo 09, 2026

Hondurasgate: el Imperio y la fábrica de la mentira*

 

En la imagen: Jhon J Flórez/ Economista - Analista político

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Grotesco que Trump indultara a un narcotraficante confeso para usarlo como ariete político; surrealista que Milei, el azote de la corrupción, financiara oculto una fábrica de mentiras; y kafkiano que Netanyahu, mientras arrasa Gaza, aparezca comprando un expresidente narco. El circo de los poderosos se viste de cinismo.

Hay una frase que los imperios nunca pronuncian en voz alta, pero practican con devoción casi religiosa: “Lo que es nuestro, lo es para siempre. Lo que es de ustedes, lo negociamos”. Estados Unidos lleva más de un siglo perfeccionando esa doctrina en América Latina, y Colombia ha sido, con dolorosa frecuencia, el laboratorio predilecto de ese experimento. Para entender el Hondurasgate —ese escándalo de audios filtrados que revela una conspiración entre Donald Trump, Javier Milei, el condenado narcotraficante Juan Orlando Hernández y Benjamin Netanyahu para fabricar desinformación y desestabilizar a los gobiernos de Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum— no hace falta ser politólogo. Basta con tener memoria. Y en Colombia, la memoria duele.

Corría el año 1903 cuando el Senado colombiano tuvo la osadía de rechazar el Tratado Herrán-Hay, ese documento que cedía a perpetuidad una franja de territorio nacional para que los estadounidenses construyeran su canal interoceánico. La respuesta de Washington fue fulminante: en pocas semanas, con buques de guerra norteamericanos bloqueando el paso a las tropas colombianas, Panamá se declaró “independiente”. Theodore Roosevelt comentó, sin rubor alguno, que había “tomado” el canal. Colombia perdió un departamento entero; el Imperio ganó una ruta que valdría billones. No hubo tribunal que condenara aquello, ni listas de sanciones, ni descertificación alguna de la democracia estadounidense.

Veinticinco años después, en diciembre de 1928, los trabajadores de la United Fruit Company se atrevieron a exigir condiciones laborales dignas. La respuesta fue la Masacre de las Bananeras: el ejército colombiano abrió fuego contra trabajadores y familias reunidos en la estación del tren de Ciénaga, actuando como brazo armado de una corporación extranjera. Gabriel García Márquez inmortalizó aquella tragedia en Cien años de soledad. La historia real fue todavía más brutal que la ficción. Ese es el manual. Tiene más de un siglo y apenas ha cambiado de tipografía.

Lo que revela el Hondurasgate no es una novedad geopolítica, sino una actualización tecnológica de prácticas antiguas. Ya no se necesitan marines desembarcando en Cartagena ni cañoneras bloqueando puertos. Ahora basta un apartamento en Miami, una cuenta de WhatsApp y trescientos cincuenta mil dólares aportados desde Buenos Aires. Según la investigación de Diario Red y del portal Hondurasgate, Juan Orlando Hernández —sentenciado a 45 años de prisión en Estados Unidos por narcotráfico y que debería estar confinado en una celda federal— negoció con el presidente Nasry Asfura la creación de una “unidad de periodismo digital”, financiada con dinero público hondureño y aportes del gobierno de Milei, con el objetivo explícito de fabricar noticias falsas contra los gobiernos de Colombia y México.

“Se vienen unos expedientes contra México, unos expedientes contra Colombia”, se le escucha decir en los audios, con la satisfacción burocrática de quien encarga una pizza. La ironía resulta asfixiante: un hombre condenado por narcotráfico, indultado por Trump, coordina una operación de desinformación para acusar de narcotráfico al presidente Petro. La acusación funciona aquí como disfraz del crimen ajeno. Washington descertificó a Colombia en su lucha antidrogas e incluyó a Petro en la infame Lista Clinton sin presentar una sola prueba concluyente. Incluso organismos estadounidenses han sostenido que el llamado Cartel de los Soles carece de existencia verificable. Pero eso, en la lógica imperial, es secundario. La acusación cumple la función de la condena; el proceso se convierte en castigo.

Habría que ser ingenuo —o cómplice— para creer que se trata de hechos aislados. La periodista Daniela Pastrana lo explica con la claridad de quien ya agotó la paciencia para los eufemismos: nada de esto es nuevo; responde, simplemente, al mismo patrón histórico. Antes había que esperar cuarenta años para que la CIA desclasificara sus archivos. Hoy observamos el mecanismo casi en tiempo real.

Ahí están Augusto Pinochet en Chile, Hugo Banzer en Bolivia, Rafael Videla en Argentina, la Operación Cóndor coordinando el terror con manuales redactados en Langley; el golpe contra Manuel Zelaya en Honduras, aplaudido en silencio por Washington; el lawfare contra Luiz Inácio Lula da Silva y contra Cristina Fernández de Kirchner; y ahora la embestida judicial contra Petro en Colombia, donde fiscales y cortes actúan —como llevan décadas haciéndolo— como arietes de las élites y cipayos locales articuladas con el poder norteamericano.

El patrón no miente: cuando un gobierno latinoamericano prioriza a su pueblo sobre las empresas transnacionales y se niega a ser simple base logística del Imperio, se activa el protocolo. Primero llega la campaña mediática; después, la presión económica; luego, el respaldo a la oposición ultraderechista más reaccionaria. Y, si todo eso falla, las opciones sobre la mesa incluyen siempre aquellas que nunca se pronuncian en público.

Hay algo grotescamente cómico —si la situación no fuera tan grave— en ver a Trump indultando a un narcotraficante confeso para utilizarlo como operador político contra un presidente acusado, sin pruebas, de narcotráfico. Hay algo profundamente surrealista en que Milei, ese campeón autoproclamado de la libertad que prometió destruir la casta y la corrupción, aparezca en audios aportando cientos de miles de dólares para financiar una fábrica de mentiras al servicio del poder más grande del planeta. Y hay algo kafkiano en que Netanyahu, mientras bombardea Gaza y asesina a miles de niños bajo la impunidad diplomática de Occidente, aparezca vinculado al financiamiento de la liberación de un expresidente hondureño condenado, a cambio de garantías de control estratégico sobre Centroamérica.

Todo esto ocurre, además, a pocos días de las elecciones presidenciales en Colombia, como si el calendario democrático fuese apenas un obstáculo administrativo dentro de la agenda imperial.

Colombia lleva doscientos años siendo el alumno más disciplinado de una escuela donde los maestros cambian, pero la lección permanece intacta: su soberanía tiene límites, y esos límites se dictan desde Washington. Las élites colombianas no solo aprendieron esa doctrina; la administraron con fervor, gobernando el país como una hacienda privada durante generaciones. Por eso, cuando en 2022 llegó por primera vez un gobierno dispuesto a cuestionar ese orden —impulsando reformas estructurales, entre ellas la de la salud, defendiendo una salida negociada al conflicto armado y denunciando el modelo extractivista—, la reacción de los poderes tradicionales fue tan inmediata como feroz.

El fiscal Francisco Barbosa convirtió su despacho en herramienta de desgaste político. Las altas Cortes bloquean decisiones presidenciales. Los grandes medios, propiedad de los grupos beneficiarios del viejo orden, construyen relatos de un gobierno caótico, omitiendo deliberadamente el contexto histórico que explica por qué transformar Colombia resulta tan difícil. Y desde afuera, el Imperio afina sus instrumentos: la Lista Clinton, la descertificación antidrogas, los audios de Honduras coordinando la guerra sucia y los republicanos de Washington colaborando con el proyecto de “extirpar el cáncer de la izquierda” en América Latina.

El cáncer —conviene aclararlo— no sería otro que la democracia cuando produce resultados que el Imperio no aprueba.

La diferencia entre la Operación Cóndor y el Hondurasgate no es de naturaleza, sino de visibilidad. Antes, el crimen se ejecutaba en las sombras y se conocía décadas después. Hoy existen audios, fechas que coinciden con los hechos y nombres que se repiten, apenas actualizados para el siglo XXI.

La pregunta que Colombia y América Latina deben hacerse no es si el Imperio interviene. Esa pregunta quedó respondida en 1903, en 1928 y en cada golpe de Estado u operación encubierta que la historia ha documentado con precisión quirúrgica. La verdadera pregunta es otra: si esta vez, con los mecanismos expuestos, las sociedades latinoamericanas serán capaces de nombrar lo que ven con el nombre que merece: una agresión sistemática contra la autodeterminación de los pueblos.

Los bananeros de Ciénaga murieron sin saber que su masacre terminaría convertida en literatura universal. Los colombianos de hoy tienen, al menos, la ventaja de saber —mientras ocurre— quiénes pagan para que la historia se repita. La pregunta es si eso bastará para impedir que vuelva a repetirse.

“Condenados a cien años de soledad no tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra”. — Gabriel García Márquez, hijo de la tierra bananera.

La tragedia de Colombia ya no ocurre en silencio. Por primera vez, los pueblos pueden ver en tiempo real quiénes diseñan las campañas, financian la desinformación y administran el miedo. Pero la historia no cambia únicamente porque la verdad salga a la luz: cambia cuando los pueblos deciden que la memoria deje de ser una condena y se convierta, al fin, en una forma de defensa.

9 de mayo de 2026

*La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


martes, mayo 05, 2026

De candidatos… y otros chiflamicas *


En la imagen: Germán Navas T. / excongresista - jurisconsulto
Por: Germán Navas Talero

Editor: Francisco Cristancho R.

El nombre de Iván Cepeda Castro entra en la conversación, no por el escándalo fácil y populista, sino por la consistencia y la discusión de ideas. 

Que este país está al revés: ¡Pues sí! Como el cuento de la vieja Inés, con las enaguas al revés. El país está al revés porque el mundo está al revés. Parece que alguien quiso lavar al mundo y, como para lavarlo hay que desocuparlo, le sacó todo; pero terminó lavando lo de afuera y lo de adentro le quedó sucio. Así está el mundo y así está este país.

Aquí estamos esperando las elecciones, pero se muere uno de la risa cuando escucha las declaraciones de payasos como el tal ‘tigre’, o el pelagatos ese, el tal De La Espriella, a quien oírlo causa vergüenza. Uno lo escucha de forma casual, y porque le toca, pero yo no perdería un minuto de mi vida escuchando alguna intervención de ese señor. Es que es lo más ordinario, inepto e incapaz que he visto; y ahora está convencido de que él puede ser presidente de Colombia, claro que, si Duque logró serlo, también podría serlo este pisco. Después de Iván Duque, lo peor que puede pasarle al país es tener a un De La Espriella como presidente.

Y hablando de candidatos… ¡qué tal doña Claudia López de candidata! Podrá ser candidata, pero es candidote el que vote por esa inepta; y, sin embargo, ahí se ve por las calles, hablando de la lucha contra la corrupción; el mismo cuento con el que ella y su amiga, o su esposa, tramaron cuando estaban proponiendo un frente anticorrupción, y recogieron firmas y lograron llegar a la alcaldía… y ya estando allá no hicieron un carajo; fuera de hacer el oso, consintiéndose en público y diciéndose la una a la otra mi muñeca, no hicieron más. Ese fue todo el gobierno de doña Claudia López y su pareja.

Esas dos son un par de payasas que, en el circo, lo hubiesen hecho mucho mejor, porque en Bogotá no hicieron ni un pepino, sino acabársela de tirar; porque el que me diga que esa señora alcaldesa hizo algo positivo para el país o para Bogotá, que lo demuestre. No le he visto absolutamente nada. Lo único fue continuar con el mandato de Enrique Peñalosa, porque él la montó ahí porque ella iba a hacer lo que él quería, como construir ese metro elevado, no sabemos por qué elevado. ¡Elevados los pendejos que votaron tanto por él y como por ella!

Los bogotanos, definitivamente, son de malas. Yo no, porque yo no voté por ninguno de esos. Me refiero a los que votan por el que no es. Los que votaron por Antanas Mockus, por ejemplo. Semejante pelele que no hizo un carajo por Bogotá. Pintó cuatro rayitas en una esquina y ya eso fue culturizar a Bogotá. Quien esto escribe jamás votaría por Mockus, ni en un estado de desesperación en el desierto del Sahara, donde no hubiese sido un candidato, votaría por él. Si allá hubiese un camello y un candidato como Antanas Mockus, yo voto por el camello. Creo que el camello lo haría mejor que Antanas. Es que él no hizo nada, y no hay que olvidar que ese señor es aliado, socio, o compañero de Claudia López y de Enrique Peñalosa.

¡Qué vergüenza! Esta ciudad sí que ha sido de malas. Esperamos que, en la próxima elección, cuando ya no tengamos a esos payasos compitiendo, se elija en Bogotá a un alcalde que valga la pena. Un alcalde que de verdad quiera a esta ciudad; que quiera hacer de Bogotá algo grande, no el pueblo al que aspira convertirla Peñalosa, Claudia y su esposa, Angélica Lozano, quienes creen que esto todavía es parte de Fusagasugá.

Yo quiero una ciudad grande, importante. Una ciudad moderna. Una ciudad que, si llegara a ser lo que es París, por lo menos se le parezca en algo. ¿Pero en qué se parece Bogotá a las grandes ciudades?: En nada. Bogotá lleva 20 años o más de atraso. Desde que llegó Peñalosa a la alcaldía, por ahí en el 99, no ha habido nadie que haga absolutamente nada por Bogotá. Todos pasan, se llevaron el título de ex, y creen que por haber sido alcaldes de Bogotá ya tienen méritos para ser presidentes de la República.

Pregúntele al chiflamicas del Peñalosa. Él aspiraba a ser presidente de la República porque fue alcalde de Bogotá; Claudia López hace lo mismo. Se hacen elegir alcaldes de Bogotá porque creen que al tener el título de exalcaldes ya eso los habilita a ser presidentes de la República. ¡No sean tan tontos! Ustedes lo hicieron mal como alcaldes y lo harían peor como presidentes de la República.

Colombianos, tienen que mirar qué hicieron estos personajillos por la capital para ver si vuelven a cometer el error de votar por ellos. Ustedes, que están leyendo esta columna, y que por ende tienen sentido común, al saber leer, y porque algo entienden de política… ¿alguno de ustedes votaría por el pelagatos ese? Ese señor es un mercachifle, pero aspira a ser presidente. Y hay que escuchar las barbaridades que dice… ¡Da vergüenza ese señor!

En fin… para algunos es un pelagatos, para otros, un chilamicas, y para otros es un simple tunante que aspira a llegar a la presidencia a ver qué otro daño le puede causar a este país.

Coletilla por Deisdre Constanza. Los noticieros principales que se emiten en este horario estelar de siete a ocho se convirtieron más en una telenovela o show dramático. Noticias presentadas con énfasis en el escándalo, el conflicto o la emoción, más que en el análisis profundo. Esa crítica en que no se construye el relato informativo, sugiriendo que se privilegia el entretenimiento sobre el contexto y la objetividad. En pocas palabras, no se habla de un programa específico, sino de un estilo de informar. Convertir la política y la realidad en algo parecido a un “capitulo diario” cargado de drama, que engancha a la audiencia, pero no la informa mejor. Mientras muchos repiten el libreto del escándalo diario, otros están ocupados proponiendo, debatiendo y trabajando sin tanta vitrina. Pero claro, eso rara vez abre titulares y en medio de tanta bulla, hay quienes siguen apostándole a una política con argumentos, con trayectoria y con debates de fondo. Ahí es donde el nombre de Iván Cepeda Castro entra en la conversación, no por el escándalo fácil y populista, sino por la consistencia y la discusión de ideas. Por eso, si de verdad interesa el país y no el show, vale la pena escuchar más, revisar datos y formar un criterio propio. No todo cabe en un titular ni todo lo importante hace ruido.

Adenda del editor. “Es imposible ser buen periodista sin ser buena persona”, le repetían a uno en la Facultad, de acuerdo con lo expresado en algún momento por Kapuscinski. Hoy, luego de ver otra de las ‘salidas’ de Victoria Eugenia, me convenzo de que en esos momentos la Vicky debió estar capando clases. Resulta que la Dávila no sirvió ni como política ni como periodista. Ayer, en su cuenta de X, Vicky le escribió un mensaje a Claudia López, donde parece suplicar que no la llame “fracasada”, según ella, porque tiene hijos, esposo, madre y hermanos que la aman y están orgullosos de ella. Ojalá que Victoria Eugenia se quedara con esos ‘aplausos’, y se enclaustrara con su familia, dado que, parecen ser ellos los únicos que la soportan y la consideran alguien de bien.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).