LA VITRINA DE LA CONVERSA

sábado, marzo 28, 2026

El arte de insinuar: ultraderecha, medios y la ingeniería del miedo *

 

Imagen tomada de: Pedimos al PE matices en la Moción de libertad de los medios

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

En las redes, la insinuación se vuelve avalancha: la información se fragmenta, se exagera y se distorsiona hasta volverse irreconocible. La velocidad sepulta la verificación y lo que emerge es desinformación y emocionalidad organizada.

Lo que ocurre hoy en Colombia no es desorden: es método, diseño y disciplina. Una arquitectura afinada donde la información dejó de ser un derecho para convertirse en herramienta de intervención política. Aquí no se debate: se administra la percepción. Y quien aún crea que asiste a un ejercicio democrático espontáneo probablemente también crea que los titulares nacen como flores silvestres. Pero no: hay jardineros, hay poda y, por supuesto, fertilizantes ideológicos.

La ultraderecha colombiana —fiel a su nostalgia de guerra fría y a su necesidad permanente de enemigos internos— ha perfeccionado un arte antiguo: no necesita demostrar, le basta con insinuar; no necesita mentir, le alcanza con editar. En articulación con sectores afines en Estados Unidos, ha consolidado una maquinaria narrativa donde la noticia no informa, sino que encuadra; donde el lenguaje no describe, sino que reorganiza la realidad para hacerla funcional. Todo bajo la elegante ficción de una prensa libre que, como advirtió Noam Chomsky, no censura: filtra.

Porque en las democracias contemporáneas el control rara vez se ejerce por la fuerza; se ejerce por la persuasión. La “manufactura del consentimiento” no es una anomalía: es rutina. No se prohíbe pensar; se delimita qué puede pensarse, cómo y hasta dónde. Se selecciona, se jerarquiza, se repite. Y en ese proceso, la verdad no desaparece: se vuelve prescindible.

Hay noticias que no informan: inauguran climas. No es una metáfora; es un manual de operaciones. Una investigación preliminar en Estados Unidos que apenas roza al presidente Gustavo Petro —sin cargos, sin pruebas concluyentes, sin centralidad— se transforma, al cruzar la frontera mediática, en una revelación casi apocalíptica. Lo que en Manhattan es duda, aquí se convierte en certeza; lo que allá es un proceso incipiente, aquí es veredicto. No hacen falta jueces: bastan micrófonos.

La sospecha, amplificada con disciplina, se convierte en identidad. Petro deja de ser presidente para transformarse en sospechoso en tiempo récord. No por lo probado, sino por lo repetido. El mecanismo es eficaz porque es sobrio: los medios alineados no necesitan mentir de forma burda; hacen algo más rentable, administran la visibilidad. Recortan, subrayan, repiten. Transforman la complejidad en eslogan. “Investigado por narcotráfico”: ningún contexto y máxima rentabilidad simbólica. Todo lo demás —la ausencia de cargos, el carácter preliminar, los matices incómodos— se evapora en la edición.

Pero la maquinaria no se sostiene solo con técnica mediática. Necesita una base moral que legitime el ruido. Y ahí entra un mecanismo más antiguo que cualquier algoritmo: la proyección. Como señaló Sigmund Freud —y mucho antes intuía Sócrates—, el ser humano tiende a expulsar hacia el otro aquello que no tolera en sí mismo. En política, esa inclinación se convierte en estrategia.

Se acusa al adversario no de cualquier cosa, sino precisamente de aquello que resulta insoportable reconocer en uno mismo. No es simple hipocresía: es ingeniería simbólica. La acusación no busca esclarecer, sino absolver. Se traslada la propia suciedad al cuerpo del otro para que la tribuna vea allí —y solo allí— lo que conviene ocultar. El grupo se redime señalando. Se limpia acusando. Y así, con una eficacia casi litúrgica, la política deja de ser deliberación y se convierte en ritual. Ya no se discuten hechos: se intercambian culpas.

En ese terreno, el asesinato de Miguel Uribe encaja con precisión inquietante. Un hecho grave, complejo, con avances judiciales reales, debería exigir rigor. Pero el rigor no produce titulares. Así que, en paralelo —siempre en paralelo—, emerge otra narrativa: la del ruido. Preguntas que no buscan respuestas, insinuaciones que no requieren pruebas, saltos lógicos que desafían incluso la cortesía intelectual.

Y entonces ocurre lo previsible: sin evidencia, sin proceso, sin incomodidad, aparecen Gustavo Petro e Iván Cepeda como responsables insinuados. No porque los hechos conduzcan allí, sino porque la narrativa los necesita. No es torpeza: es método.

El mismo método que convierte una indagación preliminar en escándalo internacional transforma un crimen en insumo electoral. No se trata de demostrar, sino de instalar. De repetir hasta que la sospecha se naturalice. En esa lógica, Iván Cepeda resulta funcional no por lo que hizo, sino por dónde está: en la política del contagio, la cercanía sustituye a la evidencia. Su apelación al debido proceso suena casi arqueológica, como citar a Sócrates en medio de una tormenta de tendencias.

Mientras tanto, el lenguaje hace su trabajo silencioso. No describe la realidad: la reorganiza. Lo incierto se vuelve afirmación, lo parcial se presenta como totalidad. Controlar las palabras no garantiza el dominio absoluto, pero sí asegura algo más práctico: inclinar la percepción.

El contexto geopolítico completa el cuadro. Las tensiones entre Bogotá y Washington —política antidrogas, autonomía regional, intereses estratégicos— no siempre aparecen en el titular, pero operan detrás de él. En ese escenario, cualquier insinuación adquiere valor. No solo circula: presiona.

Y entonces aparece el elemento decisivo: el clima.

Las redes sociales convierten la insinuación en avalancha. La información se fragmenta, se exagera, se distorsiona hasta volverse irreconocible. La verificación pierde frente a la velocidad. La sociología del rumor desplaza a la comprobación del dato. Y lo que emerge no es solo desinformación, sino emoción organizada.

El producto final es el miedo. Miedo al caos. Miedo al crimen. Miedo al cambio. Miedo al otro.

En ese ambiente, las encuestas cumplen su función con elegancia estadística. No reflejan una realidad previa: consolidan una percepción ya fabricada. Le dan apariencia de objetividad a lo que es, en esencia, una construcción cuidadosamente inducida.

Y cuando el circuito parece completo, irrumpe la tragedia.

La caída del avión Hércules en Puerto Leguízamo —decenas de militares muertos— debería imponer silencio. Pero aquí el silencio no es rentable. La aeronave, con más de cuatro décadas de servicio, incorporada durante el gobierno de Iván Duque bajo el programa de “equipos excedentes” de Estados Unidos —ese eufemismo diplomático para lo que ya cumplió su vida útil—, arrastraba una historia previsible: desgaste acumulado, uso intensivo y eficiencia discutible.

El presidente Gustavo Petro lo nombra sin rodeos: “chatarra”. Señala responsabilidades y abre un debate necesario sobre el valor que el Estado asigna a la vida de quienes lo defienden. Pero el sistema responde como siempre: desplazando la discusión. Del problema estructural al ruido inmediato. De las decisiones de fondo al espectáculo del señalamiento.

Incluso la muerte se adapta al libreto.

Se recicla. Se distribuye. Se convierte en argumento. Nada se desperdicia.

Así, todo encaja: una investigación ambigua, un asesinato, un accidente aéreo. Hechos distintos, una misma lógica. Todo puede traducirse al lenguaje del escándalo. Todo puede ser instrumentalizado.

Lo que emerge no es confusión: es orden.

Un orden donde la verdad no desaparece, pero pierde valor frente a su versión más útil. Donde la política deja de ser confrontación de ideas para convertirse en disputa por el relato dominante. Donde acusar es más rentable que demostrar y repetir más eficaz que comprender.

Y entonces queda la única pregunta que resiste el ruido: si la realidad puede moldearse con tal facilidad, si la sospecha puede sustituir a la evidencia,

si la indignación puede fabricarse en serie… ¿qué lugar le queda a una verdad que no sirve para ganar?

Quizás uno marginal, frágil y tardío.

Porque en este sistema —tan sofisticado como cínico— la verdad no desaparece. Simplemente llega tarde. Y cuando finalmente aparece, el veredicto ya ha sido pronunciado en otra parte.

*La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores.


jueves, marzo 26, 2026

PROMESA JAPONESA *

 

En la imagen: Germán Navas Talero / Jurisconsulto - Excongresista colombiano

Por: Germán Navas Talero

Editor: Francisco Cristancho R.

La sentencia del Consejo de Estado [ en contra de Cielo Rusinque] da pena, eso no es sentencia. Porque ese fallo es absolutamente político, pues con él se trató de dar un golpe al presidente de la República

Antes entrar en materia es bueno recordar a los lamesuelas latinoamericanos que se están asociando alrededor de un supuesto escudo: el Escudo de las Américas. Esto no es más que una asociación de lambericas para echarle cepillo a los Estados Unidos y a Donald Trump. Una reunión de gobernantes lambones, entre los que se encuentran Javier Miley, Daniel Noboa y Nayib Bukele; esos, que a toda hora viven sobándole chaqueta a Trump, se van a asociar para conformar ese tal Escudo de las Américas que busca, únicamente, proteger a los Estados Unidos sobre el derecho a la libertad que tiene Latinoamérica.

Los japoneses son puntuales en todo y cumplen lo que prometen. La primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, ha prometido que no volverá nunca a los Estados Unidos. La acompañamos en esa promesa, porque mientras los gringossigan siendo unos patanes, siguiendo el ejemplo de su patán presidente, ninguna persona decente volverá por allá.

La ministra Takaichi fue muy maltratada en los Estados Unidos, donde recientemente llevó a cabo una visita oficial. Allí no se brindó el protocolo que correspondía, la trataron como de segunda clase, y hasta tuvo que soportar un chiste de pésimo gusto a cargo del patán de Donald Trump, quien le recordó el caso de Pearl Harbor. Este patán está manejando un pueblo de patanes. Creo que un país decente no se soportaría a un sujeto como este.

Hay quienes sostienen que la cuna de la democracia son los Estados Unidos, pero que no hablen guadua, los Estados Unidos son una dictadura completa en este momento. Allí hay hoy cantidades de restricciones: los noticieros son intervenidos, las noticias censuradas y, si usted habla mal del presidente, bien pueden mandarlo a que descanse unos días en un calabozo, porque el presidente es intocable. Él es sagrado para ellos. Será sagrado para ellos, pero para el mundo libre no lo es.

Donald Trump metió al mundo en un conflicto como el que tenemos ahora en Irán, simplemente porque quería probar que era capaz de todo. Se metió con Irán y no ha lo ha podido derrotar, y los golpes que Irán le ha dado al socio a su socio, a los sionistas, son impresionantes. Creo que nunca le habían cascado tan duro a Israel, que, entre otras cosas, bien merecido lo tiene; porque Israel venía abusando de una supuesta inviolabilidad en su espacio aéreo, y decía que tenía el mejor ejército del mundo. Tenían intimidado al mundo diciendo que, lo más seguro, era la protección israelita, hasta que Irán se les disgustó, y le ha dado tremendas palizas. El tal domo de hierro resultó ser de algodón, pues cualquier cauchera lo rompe; y fuera de eso les han bombardeado todos los sitios que tenían como imposibles de tocar. Les han dado hasta donde han querido, lo cual se buscaron y hasta se lo merecían, porque los sionistas, fuera de que han maltratado y asesinado palestinos, estaban convencidos que el mundo tenía que arrodillárseles, y los iraníes no se les arrodillaron.

Es que se le olvida al mundo que Irán es una cultura persa de más de 4.000 años; que en esa región del mundo apareció la escritura, las matemáticas; todo es origen de esa parte del mundo, no de Israel. Israel ha sido un dolor de cabeza para el mundo entero, desde comenzaron a reclamar una tierra prometida. Como abogado me pregunto, ¿dónde está la promesa de compraventa de esa tierra que les hizo el dios de ellos para que se quedaran con ella? Ellos siempre hablan de la tierra prometida, pues que nos muestren la promesa de compraventa, donde se diga quién es el que promete vender y si ese que promete vender tiene algún título de propiedad sobre ese terreno que está entregando. Pero con el cuento de que es la tierra prometida han cometido toda clase de bellaquerías a través de la historia, hasta que se metieron con el que no era. Se pusieron a torear a los iraníes y ellos resultaron dándoles tamaña paliza.

Si no fuera por la alcahuetería de sinvergüenzas, como Donald Trump, que les sigue dando dinero y los sigue aupando para que peleen, quizás ese pueblo ya tendría algo de conciencia. Pero sabemos la clase de criminales que son Trump y Netanyahu, los dos, reconocidos criminales de guerra. Pero como estamos hablando de Estados Unidos e Israel nada les puede pasar. Pero aquí se encontraron con el que era. Fueron y tomaron a Irán a mansalva; lo cogieron desprevenido, lo bombardearon, mataron a su líder espiritual e hicieron lo que les dio la gana; pero los iraníes despertaron, le recordaron al mundo quiénes eran y cómo son de valientes, y han hecho temblar a esos dos abusadores.

Crímenes de guerra pueden cometer todos los países y tendrán su sanción, pero como en este caso son los Estados Unidos e Israel los que vienen cometiendo esa clase de crímenes, pues no pasa nada. Porque nada se ha hecho ni nada se ha dicho en contra de esos ataques cobardes, en los que cogen a la población durmiendo. Valientes si se enfrentaran a su enemigo en igualdad de condiciones. Eso de llegar a matar a las gentes de noche es asesinato, pero el señor Trump se jacta de eso. Él prometió que acabaría con las guerras y lo que hizo fue incendiar el mundo. Él y Netanyahu han incendiado el mundo y por eso el mundo está como está.

Todos los días sale Trump a decir que la guerra contra Irán está ganada, y al día siguiente Irán lanza más y más cohetes y demuestra que sigue vivo y sigue digno. Trump y Netanyahu se metieron con el que no debían. Se metieron con la cultura de la humanidad, porque de allá vienen muchas de nuestras raíces. La cultura no viene de Nueva York o de su bolsa, no. De allá lo único que podemos aprender es a matar gente a traición, porque ese es el ejemplo que los gringos le han dado al mundo, o recuerden lo que hicieron en Vietnam o en Irak. A ellos lo que los hace ‘grandes’ es llegar de noche y matar a la gente en su casa, descansando; esa es la valentía del green-go.

Creo que es hora de que el mundo recapacite y piense en que hay culturas, como la persa, que merece respeto; que merece que nosotros hagamos un reconocimiento de ella, no sólo porque nos ha brindado cultura, sino por el ejemplo de valor que viene demostrando en estos días. Por su capacidad de defenderse frente a una mansalva conformada por Estados Unidos e Israel, y de vez en cuando por sus primos: los ingleses, quienes encuentran cualquier disculpa para meter el hocico, como los piratas que siempre han sido. Pero creo que los iraníes están dando ejemplo al mundo de lo que es el valor, la capacidad, y la inteligencia para combatir, para aguantar y para crear.

Y en el campo colombiano…

Aquí consideramos que las cosas van bien. Iván Cepeda triunfa en las encuestas. ¡Iván Cepeda es el hombre!, dice la gente, y estamos de acuerdo. Iván es una persona que ha mostrado sensatez. Quienes trabajamos con él, como es el caso de quien esto escribe, vimos siempre su prudencia, su tino para decir las cosas, su capacidad de entender las contraargumentaciones. Nunca lo vi casar peleas en el Congreso, se las querían casar a él, porque como es de izquierda y la izquierda no le gusta a los de derechas. Este país es un país de derechas, cuando parezca mentira, pero este es un país godo. Hay que tener cuidado con esos godos en cuanto a Cepeda. Yo estoy seguro de que Iván Cepeda va a ganar, va a ser presidente, y va a hacer un buen gobierno. Un gobierno justo y equitativo en el que se va a tener en cuenta a los menos favorecidos.

Adenda: Es absolutamente aterradora la sentencia del Consejo de Estado para maltratar a la doctora Cielo Rusinque, la Superintendente de Industria y Comercio. A quienes por razones profesionales la hemos conocido y sabemos de sus capacidades, de su cultura, de su capacidad de respuesta, nos pareció el colmo. Ella se atrevió a tocar a unos de los pesados de este país y terminó pasando lo de siempre: los poderosos lograron alcanzarla. La sentencia del Consejo de Estado da pena, eso no es sentencia, eso es una manera de quitarse de encima a un enemigo político. Porque ese fallo es absolutamente político, pues con él se trató de dar un golpe al presidente de la República, pero eso dista de ser un fallo jurídico.

Coletilla por Deisdre Constanza. En esta ciudad el problema no es la movilidad, es la absoluta pérdida de vergüenza colectiva. Las vías se convirtieron en una jungla donde bicicletas y motocicletas hacen lo que se les da la gana. Se pasan semáforos en rojo, invaden andenes, circulan en contravía y atropellan cualquier norma con total descaro. Aquí no hay cultura ciudadana. Hay una peligrosa combinación de egoísmo, irrespeto y sensación de impunidad. El ciclista se victimiza mientras incumple, el motociclista se cree intocable mientras pone en riesgo a todos los ciudadanos. La movilidad se volvió una guerra absurda ¡sálvese quien pueda! Lo indignante es que ya nadie se sorprende. El caos se volvió paisaje y la ilegalidad costumbre. Pero esto no es solo culpa de quienes infringen, también lo es de unas autoridades ausentes, permisivas y cómodas en su ineficacia. La falta de control no es casualidad, es negligencia. Y esa negligencia cuesta vidas. Aquí no hace falta más discurso, hace falta carácter y conciencia ciudadana, porque una ciudad donde nadie respeta no es moderna ni avanzada. Es simplemente una ciudad fallida, dominada por la ley del más vivo.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


miércoles, marzo 25, 2026

Periodistas colombianas: atrapadas entre el poder, el miedo y el silencio *

 

Imagen tomada de perfil Instagram de Revista Activa

Por: Paula B. Romero

En medio de la actual crisis del periodismo, ser mujer periodista añade un nivel de violencia que rara vez se nombra con la misma contundencia con que se analiza la estructura de poder de los medios.

El ejercicio del periodismo en Colombia es, hoy más que nunca, sobre todo para las mujeres, un acto de resistencia que se parece peligrosamente a caminar sobre un campo minado. No me refiero únicamente a los riesgos físicos en regiones donde la violencia sigue dictando quién puede hablar y quién debe callar. Hablo de esa otra violencia, más sutil pero igual de asfixiante: la que viene desde las propias redacciones, desde los dueños que las poseen, desde los intereses que las atraviesan. Hablo de la manera en que los medios de comunicación han convertido en piezas de un tablero ajeno a los periodistas (hombres y mujeres), donde su voz ya no les pertenece y donde, para colmo, si se es mujer, se carga con la mochila extra del acoso, la discriminación y la exigencia de “vender” también su imagen.

Quienes creen que la crisis del periodismo comenzó con las redes sociales se equivocan. Esa crisis, que es mucho más antigua y estructural, es la crisis de una profesión que fue secuestrada hace décadas por los mismos conglomerados económicos a los que debería estar vigilando. En Colombia, como en tantos otros lugares, los medios de comunicación dejaron de ser veedores ciudadanos para convertirse en extensiones del poder empresarial. Y como lo documentaron de manera impecable Omar Rincón y Estefanía Avella[1] en su análisis sobre el poder mediático, aquí los medios invocan la libertad de expresión para defender la libertad de empresa, no para informar libremente. Son usados tácticamente por los conglomerados económicos nacionales y transnacionales para incidir en las decisiones del poder: en los gobiernos, en los legisladores, en los jueces.

No se trata de una teoría conspirativa. Es una realidad que viven los comunicadores cada vez que un editor les sugiere (sin decirlo explícitamente, porque ya se ha interiorizado la autocensura) cuáles temas se deben evitar. Un periodista del conglomerado de El Tiempo confesó en aquel mismo artículo lo que muchos periodistas callan: se autocensura en relación con el dueño, Luis Carlos Sarmiento Angulo, el hombre más rico de Colombia, porque “no se le da patadas a la lonchera”. Esa frase, brutal en su honestidad, resume el estado de ánimo de una generación de periodistas que han aprendido a “interiorizar inhibiciones”, como lo describen Rincón y Avella, y a manifestarlas en la forma en que se aborda, o mejor, no se abordan las noticias. No hace falta que el dueño llame. Se sabe lo qué le incomoda, como también se sabe qué línea garantiza mantener el empleo. Y ahí está la trampa: las y los periodistas se convirtieron en guardianes de los intereses de quienes les contratan, traicionando sin quererlo, o queriéndolo a la fuerza, el mandato ético que un día creyeron que sería el norte de sus vidas.

Pero esta situación no es nueva, el periodismo ya lo ha venido padeciendo desde hace tiempo y con elementos, que complican el ejercicio honesto de la profesión, como la manipulación de la información para crear narrativas y/o vender noticias.  El periodismo amarillo de Hearst y Pulitzer no solo inventó un estilo narrativo que privilegiaba la emoción sobre el rigor; también demostró, como lo consigna la Oficina del Historiador de Estados Unidos[2], que la prensa tenía el poder de captar la atención del público y de influir en la reacción ante los acontecimientos internacionales. La famosa frase apócrifa de Hearst: “tú proporcionas las fotos, yo proporcionaré la guerra” sigue siendo el emblema de cómo los intereses económicos y geopolíticos se sirven de las redacciones para fabricar climas de opinión que justifiquen guerras, intervenciones y todo tipo de desmanes.

La prensa de Hearst y Pulitzer no creó el sentimiento antiespañol de la nada, pero sí lo exacerbó, lo moldeó y lo usó para impulsar la expansión imperial de Estados Unidos y de paso, vender más periódicos.  ¿Acaso no hacemos lo mismo hoy? ¿Acaso nuestros grandes medios no fabrican climas de opinión para justificar reformas laborales que benefician a los dueños, para deslegitimar procesos de paz que incomodan a los poderes económicos, para impulsar candidatos que seguirán protegiendo el statu quo?

Hoy, esa lógica se ha visto amplificada por la llegada de nuevos actores digitales que se presentan como la alternativa a los medios tradicionales. En teoría, debería ser una oportunidad para democratizar la palabra. En la práctica, hemos visto emerger un ecosistema fragmentado donde las bodegas humanas y los bots manipulan las tendencias, donde los youtubers y los influencers construyen relatos a la medida de quienes los financian, donde la desinformación circula con la misma velocidad que la verdad, y donde la línea entre el periodismo y la propaganda se ha vuelto casi imperceptible. La pelea por el predominio en el mercado de las noticias ya no es solo entre dos magnates de la prensa escrita; es una guerra de alcance global donde el big data permite vigilar, controlar y dominar a las audiencias como nunca antes.

En medio de este paisaje desolador, ser mujer periodista añade un nivel de violencia que rara vez se nombra con la misma contundencia con que se analiza la estructura de poder de los medios. El acoso sexual, como lo documentan las investigadoras Larrea, Guarderas y sus colegas[3], es un fenómeno complejo que hunde sus raíces en las desigualdades de género. Desde que un grupo de feministas en la Universidad de Cornell acuñó el término en 1974, hemos entendido que el acoso sexual es un ejercicio de poder que, aunque tenga apariencia sexual, lo que busca es mantener a las mujeres en un lugar de subordinación. En las redacciones colombianas y en las facultades de comunicación, en donde forman a las periodistas, esa violencia es moneda corriente. Desde los comentarios sobre el aspecto físico que condiciona las oportunidades laborales, hasta los tocamientos no consentidos en las salas de redacción, pasando por la exigencia implícita de “ser amables” con las fuentes poderosas, el mensaje es claro: no importa cuánto sepas, no importa qué tan buena periodista seas, tu cuerpo sigue siendo parte del negocio.

Esta triple opresión (la autocensura por los intereses de los dueños, la precarización laboral que nos hace vulnerables, y la violencia de género que nos atraviesa) está matando la profesión y sigue atacando a las mujeres. Y, sin embargo, el periodismo sigue siendo, a pesar de todo, una herramienta indispensable para la democracia. Porque sabemos que, sin medios independientes, sin periodistas que se atrevan a incomodar a los poderosos, no hay posibilidad de justicia ni de transformación social.

Pero es urgente que todas las mujeres nos miremos a nosotras mismas y reconozcamos que la crisis del periodismo no es solo una crisis económica o tecnológica, sino que es una crisis ética, política y profundamente estructural. Mientras los medios sigan siendo botines de guerra de los conglomerados económicos; mientras las periodistas tengan que elegir entre la dignidad y el salario; mientras las mujeres sigamos siendo objeto de acoso y discriminación en las redacciones; mientras la búsqueda de clics y de likes nos haga cómplices del amarillismo que denunciamos en otros; no se puede ejercer el oficio que alguna vez fue razón de ser.

Necesitamos una refundación del periodismo en este país. Una que ponga en el centro no los intereses de los anunciantes ni los réditos políticos de los dueños, sino el derecho de las ciudadanas y los ciudadanos a estar informados con verdad y dignidad. Necesitamos que las redacciones dejen de ser espacios de reproducción de las violencias patriarcales y se conviertan en territorios seguros donde las mujeres podamos ejercer sin miedo. Necesitamos, en fin, recuperar la palabra. Porque si no lo hacemos nosotras, ¿quién lo hará?

* La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

lunes, marzo 23, 2026

Encerrona de la derecha para retomar el gobierno *

 

En la imagen: Hernán Riaño / Periodista - Director de SoNoticias

Por: Hernán Riaño

El verdadero peligro para Colombia es esa unión de hecho —aunque no formalizada— entre la oligarquía y unos líderes políticos y sociales que, por réditos de poder, siempre se acomodan “al sol que más calienta"

Con los resultados electorales de unas consultas prefabricadas, solo para favorecer a la derecha, en las que, como lo había advertido un candidato, iban a inflar a Paloma Valencia, quedó demostrado, aparentemente, uno de los fraudes más descarados de los últimos años en tiempo real, pues la cantidad de votos que aparecieron, unos depositados por la extrema derecha uribista y la mayoría por arte de magia, no expresan la realidad electoral del país. 

La candidata, en las semanas anteriores había programado manifestaciones, todas acompañadas por su gran jefe Uribe, para garantizar plazas repletas de gente, lo que nunca ocurrió, pero si se destapó una realidad de a puño: que no llenan ni la sala de un apartamento de 36 metros cuadrados, de los que venden ahora. Sin embargo, en la consulta del 8 de marzo ¡“consiguieron” más de tres millones de votos! y nos quieren convencer de que ella tiene más favorabilidad que Cepeda. Esto destapa el engaño que tienen programado para un triunfo, pregonando una falsa preferencia electoral y así sustentar el próximo fraude.

Algo similar ocurrió con el otro candidato derechista, Oviedo, que quiso presentarse como un “hijo natural” del progresismo, para conseguir la votación con la que finalizó la consulta. En este caso tampoco sabemos de donde salieron los más de 600 mil votos que “consiguió”; muchos dicen que militantes o simpatizantes progresistas le votaron porque se presentó con un aire petrista, de ser cierto, demostraría una ignorancia política crasa de esos colombianos, muy peligrosa para la primera vuelta, ya que dejaría ver lo fácil que es engañar a esos ciudadanos, muy grave.

Todo esto hace parte de una encerrona tipo Chile a la que quieren someternos. En ese país, la derecha se preparó durante los 4 años de Boric, con ayuda de los gringos, para diseñar el plan perfecto para no permitir que el proyecto progresista tuviera un nuevo presidente. Claro que hay que decir que ese mandatario, más que progresista, era uno de los que aquí llamamos tibio y sus realizaciones nunca satisficieron al pueblo chileno. Lo que hizo, más bien, fue darle un impulso al pinochetismo ultraderechista, que no es nuestro caso, porque aquí lo realizado por Petro demuestra que él está jugado con el pueblo y sus reivindicaciones. Siguiendo con lo que pasó en el país austral, la candidata, esa sí de izquierda, sin el apoyo efectivo de los progresistas y sus copartidarios, ganó la primera vuelta, pero el resto de los candidatos de la derecha, sumados todos ellos, tenían lo suficiente para ganar en la segunda, lo que efectivamente sucedió. Leyendo las autocríticas y los análisis de quienes pretendían que la izquierda se impusiera, la conclusión casi que unánime, fue que se confiaron y no trabajaron para lograr el triunfo en segunda vuelta, contrario a las derechas que concentraron todo su esfuerzo y conquistaron el voto de los chilenos. Algo parecido sucedió en Bolivia, en países centroamericanos, del caribe y previamente en Argentina.

En Colombia, y analizando lo que ha sucedido en estos primeros meses del presente año, estamos ad-portas de que el progresismo repita los errores de nuestros vecinos. Salvo algunas excepciones entre las que se destacan favorablemente Carolina Corcho, senadora recién electa y algunos otros, los demás están como en un sopor, pareciera que no saben qué hacer, o, ¿no quieren?, ¿están confiados como en Chile?, ¿siguen embriagados con el triunfo? o ¿todas las anteriores?

Con lo que está pasando, se ratifica la realidad de que el pueblo es superior a sus dirigentes. El colombiano raso ha comprendido de qué se trata el proyecto, qué quiere hacer Petro en nuestra nación, ya es consciente que es un ser humano, tiene derechos, que no debe dejarse humillar ni explotar más por la ultraderecha y, en síntesis, que es un ser que tiene dignidad y que los demás lo deben respetar. Imagínense el trabajo tan eficiente y efectivo del señor presidente que en tres años pudo lograr que entendiéramos esos conceptos, los adoptáramos y los defendiéramos después de 200 años de esclavitud, vasallaje, humillación, irrespeto y explotación por aquellos que se creen elegidos por una divinidad para que eternamente nos gobiernen. Ese pueblo es el llamado a defender el gobierno en las urnas. Ese trabajo de hacer entender la dignidad es único del presidente porque muchos de sus colaboradores y amigos todavía creen y practican conceptos feudales de la colonia, que perviven en nuestros tiempos y los practican con lujo de detalles.

Ese es el real peligro, esa unión de hecho, y puede que no formalizada, de la oligarquía y los líderes que no saben su verdadero papel en ente momento de la historia colombiana, sino que, como siempre ha ocurrido, se acomodan “al sol que más calienta” para sacar unos réditos de poder, económicos o políticos. Claro que hay que decir que no son todos, afortunadamente, son algunos enquistados en los círculos más altos de la dirigencia progresista que se han atraviesan como “burros muertos” o “palos en la rueda” del verdadero desarrollo de la nación. Desde que incursioné en la política y en el periodismo he sabido de la existencia de estos personajes que son más dañinos que la misma derecha, ya que actúan amparándose en la oscuridad del engaño, de las apariencias, de la palabrería, del desvío de propósitos, terminan traicionando al pueblo y llevándolo al redil de las políticas de la ultraderecha tradicional. Estos casos son innumerables a través de nuestra historia, desde Santander que traicionó a Bolívar, para volver a instaurar el feudalismo en Colombia, hasta los denunciados por nuestro presidente, de personas que a voz en cuello pregonan su progresismo, gritan “Petro te amo”, pero que en realidad trabajan para los poderes de siempre, todos ellos denunciados por Petro en los consejos de ministros y las alocuciones presidenciales que todavía le permiten hacer. 

La conjunción de todas estas fuerzas oscuras y los planes que están llevando a cabo para impedir que Iván Cepeda llegue al gobierno están a la orden del día. Unos con planes de todo tipo para el fraude que, probablemente, quieren hacer en las presidenciales, usando todas las armas posibles, legales o no, pero además están haciendo todo lo imposible para enlodar a Petro con denuncias de países extranjeros afines a Trump, vinculándolo al narcotráfico o a las supuestas denuncias sobre el financiamiento de su campaña del 2.022 o a Iván Cepeda tachándolo de ser de las extintas FARC, incluyendo a su papá asesinado por la ultraderecha, el abogado Manuel Cepeda Vargas, con la mentira que era militante de esa guerrilla, entre otras calumnias y mentiras. Esto está sucediendo ante nuestros ojos, sin esconderse, lo que demuestra la intención real de querer lograr sus planes. El señor presidente ha denunciado posibles planes de asesinato contra Iván Cepeda o contra él, muy posible que lleguen hasta esas instancias con tal de evitar el triunfo progresista.  

Muchos líderes progresistas, están en otro mundo, en la nube del poder que obnubila, que no los deja ver más allá de sus narices, que no hacen caso a las bases y que se han granjeado la animadversión y la desconfianza de muchos militantes que en varios escenarios exigen cambios radicales en el accionar del Pacto Histórico. Lo grave no es que haya discrepancias, sino que ellos, los que se abrogaron esos puestos de dirigencia, no oigan a la militancia, no los reciben, no les contestan llamadas ni mensajes y mucho menos les hacen caso a sus inquietudes y peticiones, se están convirtiendo, sin proponérselo, en colaboradores silenciosos de los planes de la oligarquía para impedir que el proyecto tenga un segundo periodo.

Estamos en un momento muy peligroso, muy parecido al de Chile, unas derechas que vienen con todo para recuperar el gobierno y una inercia cómplice de muchos líderes del progresismo que no atinan tomar las decisiones que la historia y Colombia hoy les exigen. 

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


sábado, marzo 21, 2026

Herederos del poder, administradores del voto

 

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Y un país que no confía ni en cómo se cuentan sus votos ni en lo que representan sus símbolos se aproxima a una forma más sutil de crisis: una democracia en la que todos participan, pero nadie cree.
 

En Colombia, votar ha sido más un acto de fe que de convicción democrática: una fe criolla, resignada, cercana al “que sea lo que Dios quiera”. Desde el nacimiento de la república, las elecciones no solo han sido un mecanismo de participación, sino también un laboratorio de ingenio político… y de creatividad para la trampa.

La historia, por supuesto, no olvida.

La noche de las Elecciones presidenciales de 1970 es, quizá, la escena fundacional de esta costumbre nacional. Las emisoras daban como ganador a Gustavo Rojas Pinilla. La diferencia era clara, el país expectante. Pero entonces ocurrió el milagro electoral colombiano: el silencio. Se suspendieron los boletines, se invocó el orden… y al amanecer, como por obra de una aritmética disciplinada, el ganador resultó ser Misael Pastrana.

En Colombia, los votos no siempre desaparecen: se transforman.

Desde entonces, el país perfeccionó una tradición no escrita: la democracia funciona, pero con ajustes. Ajustes técnicos, humanos, logísticos… o convenientemente “operativos”. Porque si algo han entendido las élites es que el poder no se disputa únicamente en las urnas, sino en las maniobras después de cerrarlas. Ahí empieza el verdadero conteo.

Hoy, décadas después, el lenguaje se ha sofisticado. Ya no se habla de fraude —demasiado tosco— sino de “inconsistencias”, “errores humanos”, “fallas de trazabilidad”. Una semántica elegante que administra una sospecha persistente.

En las elecciones recientes, el país volvió a mirarse al espejo. El Pacto Histórico denunció anomalías que no constituyen necesariamente un fraude monumental, pero sí algo más inquietante: una suma de irregularidades que, como grietas pequeñas en una represa, terminan por comprometer toda la estructura. Mesas con silencios estadísticos, formularios E-14 diligenciados con más interpretación que rigor, diferencias improbables entre registros.

Y, por supuesto, ese clásico inmortal: el muerto que vota. Porque en Colombia la vida puede ser incierta, pero la participación electoral parece trascender la muerte.

 Según Alirio Uribe, no estamos ante el fraude estruendoso del pasado, sino ante su versión evolucionada: una irregularidad que opera en voz baja. El fraude —si existe— ya no irrumpe; se desliza. Se instala en los márgenes, en los detalles, en esos pequeños desajustes que no escandalizan de manera aislada, pero que, acumulados, pueden inclinar decisiones políticas.

Susurra en el jurado que “se equivoca”; en el dato que no aparece; en el formulario que no coincide… pero se valida. Susurra también en el software: ese nuevo oráculo digital al que se le exige fe, sin permitirle herejías de auditoría.

El presidente Gustavo Petro lo ha advertido: un sistema electoral sin auditoría plena no es garantía democrática, sino confianza impuesta. Y en Colombia, imponer confianza ha sido, históricamente, un método de gobierno.

Porque la pregunta no es si el sistema falla, sino a quién le conviene que falle. Y es en ese punto donde la historia deja de ser relato para convertirse en estructura.

Durante décadas, la política colombiana ha funcionado bajo una lógica más eficaz que cualquier fraude: el clientelismo. Comprar votos, administrar necesidades, intermediar la precariedad. Aquí el problema no es solo cómo se cuentan los votos, sino cómo se producen.

El fraude empieza mucho antes del escrutinio. Inicia cuando el voto deja de ser un derecho y se convierte en transacción. Cuando la representación se sustituye por favores. Cuando la democracia opera como una economía informal del poder.

Y, justo cuando el país intenta descifrar si sus votos cuentan, la política abre su segundo acto: el teatro de las fórmulas vicepresidenciales. En Colombia no basta contar votos: hay que interpretar lo que significan.

La designación de Aída Quilcué como fórmula de Iván Cepeda irrumpe como una fractura en la narrativa tradicional del poder. No es una candidatura más: es la irrupción de una memoria históricamente excluida. Durante siglos, los pueblos indígenas fueron administrados, desplazados y subordinados; la nación se construyó sobre ellos, pero sin ellos. Quilcué no encarna solo una opción política: encarna una historia que se niega a desaparecer.

Es una memoria que incomoda, porque no cabe en los salones del poder sin desbordarlos ni puede reducirse a símbolo sin perder su densidad. Su vida —marcada por la violencia, el asesinato de su esposo, la persecución y la resistencia— no es excepcional: es representativa. En ella se condensa la trayectoria de un país que ha intentado integrar sin transformarse. Y allí emerge la pregunta incómoda: ¿se trata de una transformación real o de una inclusión administrada?

Porque Colombia ha demostrado una habilidad notable: convertir la resistencia en relato y el relato en ornamento institucional. El riesgo no es Quilcué, sino el sistema que aprende a exhibirla sin transformarse: un museo viviente de su propia deuda histórica.

Esa deuda —que el sistema administra más de lo que resuelve— se remonta a los orígenes mismos de la república. Mientras se proclamaba la libertad, las estructuras de poder apenas cambiaban de forma. Familias como las que dieron origen a Paloma Valencia en el Cauca no desaparecieron con la independencia: se adaptaron.

La tierra no se redistribuyó: se heredó. Y con ella, el poder.

La élite terrateniente criolla no emergió: se recicló. Comprendió que la independencia no era una ruptura, sino una oportunidad para administrar directamente lo que antes dependía de la Corona. La república no desmontó la colonia: la reorganizó.

En el siglo XIX, mientras la esclavitud se abolía en el papel, en la práctica se reinventaba: el peón endeudado, el jornalero sin tierra, el indígena confinado. Cambiaron las formas; persistieron las relaciones.

En regiones como el Cauca, el poder dejó de imponerse mediante violencia explícita y empezó a operar bajo la cobertura de una legalidad conveniente. El despojo se volvió procedimiento; la ley, instrumento; el Estado, extensión de la propiedad. Quien tenía tierra tenía país; quien no, apenas lo habitaba.

En ese contexto, la figura de Paloma Valencia trasciende lo individual. Representa la continuidad de una tradición política que ha sabido transformarse sin perder su esencia: una élite que habla en nombre de la nación mientras preserva sus fronteras históricas.

El contraste es inevitable.

De un lado, Quilcué: la irrupción de la historia negada, la memoria que resiste, el territorio que reclama. Del otro, Valencia: la continuidad de una estructura que convirtió la herencia en legitimidad política. No es un contraste de personas: es un choque entre una historia que irrumpe y otra que nunca se ha ido.

Y, en medio de esa antítesis, irrumpe Juan Daniel Oviedo, fórmula de Valencia, y con él una paradoja: un hombre abiertamente gay en un proyecto político que no solo niega la ampliación de derechos para la población OSIGD, sino que también los ha vulnerado. Aquí la política alcanza su sofisticación máxima: deja de excluir para empezar a integrar estratégicamente.

Oviedo no es una excepción, sino un síntoma. Representa una lógica donde la identidad no garantiza agenda, donde la inclusión no implica transformación. Donde la diversidad puede ser incorporada sin alterar las estructuras que históricamente la limitaron.

Una inclusión sin incomodidad; una diversidad funcional. Y así, mientras los votos se cuentan —o se reescriben— y los símbolos se despliegan, Colombia perfecciona su arte político más eficaz: reemplazar las soluciones por relatos.

Un país donde el fraude se vuelve técnico, la representación, estética y la democracia, costumbre. Al final, todo converge en una paradoja persistente: las irregularidades no siempre cambian los resultados, pero sí erosionan la confianza; los símbolos no transforman el poder, pero lo legitiman.

En ese equilibrio precario, la democracia colombiana sobrevive, no por su fortaleza, sino por su inercia; por eso votar sigue siendo un acto de fe, pero incluso la fe, cuando se traiciona demasiado, se rompe.

Y un país que no confía ni en cómo se cuentan sus votos ni en lo que representan sus símbolos se aproxima a una forma más sutil de crisis: una democracia en la que todos participan, pero nadie cree.

Porque en Colombia no basta con elegir.

Algún día habrá que demostrar que lo elegido —de verdad— cuenta.

* La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

martes, marzo 17, 2026

La CEO de Sarmiento Angulo: un calvario para el Cauca

Imagen tomada de: periodicovirtual.com

 Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-

El acceso a la energía no puede seguir siendo visto como un negocio más, sujeto a las leyes del mercado y al afán de lucro de unos pocos. Se trata de un derecho fundamental, y como tal, debe ser garantizado por el Estado

En el departamento del Cauca, la paciencia de las comunidades parece estar llegando a su límite y la Compañía Energética de Occidente (CEO) se ha encargado de llevarla a ese peligroso escenario. Esta empresa, que hace parte del gigantesco conglomerado económico de Luis Carlos Sarmiento Angulo (el banquero más poderoso de Colombia y uno de los hombres más ricos de Latinoamérica) opera en la región bajo una lógica empresarial que privilegia exclusivamente la ganancia económica, sin importarle vulnerar derechos fundamentales y la dignidad de los usuarios.

La histórica actuación de la CEO en el Cauca es la constatación de lo nocivo que puede ser un modelo de negocio que encaja perfectamente en la crítica más elemental al capitalismo salvaje: maximizar utilidades a cualquier costo, incluso a costa de la calidad del servicio, el trato digno al cliente y el mandato constitucional que define los servicios públicos como inherentes a la finalidad social del Estado. Desde que el gobierno de Álvaro Uribe Vélez le entregó a Sarmiento Angulo la concesión para la distribución de energía en amplias zonas del Cauca, los habitantes de este territorio han soportado el viacrucis de tarifas abusivas, cortes injustificados, facturación arbitraria y una atención al usuario que oscila entre la indolencia y la humillación.

El poder de mercado que ostenta la CEO, al operar en condiciones de monopolio de facto, le ha permitido imponer no solo su pésima calidad en la prestación del servicio, sino también cláusulas contractuales leoninas y cobros que lesionan gravemente el bolsillo de familias que, en muchos casos, apenas logran sobrevivir con economías de subsistencia. Lo más grave de todo es que esta actuación cuenta con la complicidad silenciosa de entidades que deberían velar por los derechos de los ciudadanos. La Superintendencia de Servicios Públicos, lejos de ejercer su rol de garante, ha sido un actor recurrente en esta cadena de injusticias, parcializando sistemáticamente sus decisiones en favor de los intereses corporativos de la CEO y desestimando, una y otra vez, los reclamos de comunidades enteras que han visto vulnerados sus derechos.

Pero lo que resulta más indignante, y quizá más peligroso para la estabilidad social de la región, es la casi patética inacción de quienes tienen la responsabilidad política y administrativa de liderar la defensa de los caucanos. Gobernadores, alcaldes, concejales, diputados y representantes a la Cámara han sido, durante años, espectadores de lujo de este saqueo silencioso. Las comunidades no entienden cómo es posible que aquellos que en época electoral recorren las plazas y veredas pidiendo el voto, no hayan sido capaces de articular una estrategia seria, unificada y contundente para enfrentar a esta empresa. Mientras la CEO sigue llenando las arcas del conglomerado de Sarmiento Angulo con el dinero producto de las altas tarifas que pagan familias caucanas, la dirigencia política local se ha dedicado, en el mejor de los casos, a emitir tímidos comunicados de prensa, o en el peor, a guardar un silencio cómplice que ya resulta insostenible.

Esta acumulación de descontento popular, alimentada por años de abusos y por la indiferencia de los poderes públicos, ya han mostrado algunas señales de alarma, materializadas en tímidas acciones de hecho en distintos puntos del departamento, con comunidades que han salido a decir "basta ya". Estas primeras movilizaciones no son otra cosa que la manifestación desesperada de un pueblo que ya ha agotado todas las instancias administrativas y judiciales, que ha visto cómo la Superintendencia les da la espalda, cómo sus alcaldes se lavan las manos y cómo el Congreso de la República (en gran parte dominado por las mismas fuerzas políticas que beneficiaron a Sarmiento Angulo) se hace el de la vista gorda.

Lo que está ocurriendo en el Cauca con la CEO demuestra, una vez más, el rotundo fracaso del modelo de privatización de los servicios públicos esenciales, impulsado con entusiasmo por los gobiernos del uribismo y defendido a capa y espada por los sectores más conservadores de este país. Le entregaron a un banquero, uno de los hombres más ricos de Latinoamérica, la concesión de un servicio público en una de las regiones más empobrecidas y golpeadas por la violencia y el resultado no podía ser otro: extracción de utilidades, desmejoramiento del servicio y abandono estatal.

Si algo nos enseña esta triste historia es que el acceso a la energía no puede seguir siendo visto como un negocio más, sujeto a las leyes del mercado y al afán de lucro de unos pocos. Se trata de un derecho fundamental, y como tal, debe ser garantizado por el Estado con calidad, equidad y dignidad. Mientras tanto, en el Cauca, la paciencia se agota y la indignación crece. Los líderes políticos harían bien en escuchar este clamor antes de que sea demasiado tarde, porque el descontento acumulado, cuando no encuentra cauces institucionales para expresarse, termina por estallar. Y cuando eso ocurra, no habrá comunicado de prensa ni foto electoral que alcance para contener la furia de un pueblo que solo pide lo que la Constitución promete: un trato digno y un servicio público a la altura de sus necesidades.