LA VITRINA DE LA CONVERSA

sábado, abril 11, 2026

El país que diseñaron… y dicen no reconocer *

 

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

La ultraderecha colombiana ya no solo recurre a maniobras turbias para desacreditar al progresismo, sino que se disputa a sí misma, se enfrenta a su propio reflejo, en una pugna por heredar el control del mismo libreto.

En Colombia hay un espectáculo político que merecería curaduría, boletería y temporada fija: la extraordinaria habilidad de ciertos sectores para incendiar la casa… y luego aparecer en los medios, con gesto solemne, preguntando quién fue el irresponsable. No es metáfora. Es método. Es tradición.

La arquitectura del país ha sido diseñada y resguardada por las élites políticas y económicas: impuesta con violencia y sostenida en el despojo. La concentración de la tierra no es un accidente, sino una práctica deliberada: despojo campesino, apropiación de baldíos y legalización de lo ilegítimo. La desigualdad no es una falla, sino el cimiento; la exclusión, la norma. Todo se ha cubierto con la retórica del orden, la estabilidad y un progreso selectivo —capturado desde el inicio por los mismos de siempre—. Para las mayorías no hubo desarrollo, sino desposesión; no estabilidad, sino subordinación; no progreso, sino una promesa incumplida.

El periodo asociado a Álvaro Uribe no solo consolidó ese modelo: lo blindó. No bastaba gobernar; había que naturalizarlo. Se moldeó el sentido común, se redefinieron la seguridad y el desarrollo y, sobre todo, se fijaron los límites de quién podía cuestionarlo sin ser señalado. Con Uribe, Colombia regresó a tiempos en los que disentir no era una opinión, sino una falta.

Hoy, sus herederos políticos actúan como recién llegados al país que moldearon. Se escandalizan —con indignación tan ensayada como útil— por las consecuencias de un sistema que no solo defendieron, sino que perfeccionaron. Descubren la desigualdad con sorpresa selectiva, justo cuando el progresismo intenta desmontarla.

Del otro lado aparece Gustavo Petro, una anomalía en la historia republicana: el primer intento serio de alterar, desde la institucionalidad, las reglas de siempre. No perfecto ni infalible, pero sí disruptivo. Y eso, en Colombia, basta para encender alarmas… en quienes han tenido el control del interruptor.

Porque cuando se tocan estructuras, estas crujen. Y ese crujido —inevitable en cualquier transformación— se convierte, con disciplina narrativa, en prueba de catástrofe.

Un libreto viejo, pero eficaz: se construye un sistema desigual, se normaliza durante décadas y, cuando alguien intenta modificarlo, se grita “¡crisis!”. La fricción del cambio se presenta entonces como evidencia de que todo estaba mejor antes.

Es el “yo no fui”, pero con traje, micrófono y pauta nacional.

En ese guion aparece Paloma Valencia, representante de una continuidad que ni se disfraza de novedad. Su defensa de un modelo de Estado violento, incluso en sus expresiones más sombrías, no es un desliz: es una postura. Porque en ese universo político, el problema no fue la injusticia ni el abuso del poder, sino la osadía de intentar democratizarlo. Y democratizar —conviene recordarlo— sigue siendo más ofensivo que concentrar.

A su lado, Abelardo de la Espriella encarna con disciplina al “rebelde” con libreto: un híbrido del sistema que recorre sus pasillos con soltura mientras simula patear sus puertas. Se proclama outsider, pero su paso por las entrañas del poder —visible e invisible— desmiente cada gesto de inconformidad. Su discurso es estridente, sí, pero calculado: sabe hasta dónde llegar sin incomodar el entorno que lo sostiene. Vocifera con vehemencia, pero muerde con precisión: nunca donde realmente despelleje, porque —en el fondo— no es más que una caricatura de lo que dice denunciar.

Porque, al final, la disputa no es por cambiar el modelo, sino por administrarlo.

Y ahí reside la ironía más afinada: la ultraderecha colombiana ya no solo recurre a maniobras turbias para desacreditar al progresismo, sino que se disputa a sí misma, se enfrenta a su propio reflejo, en una pugna por heredar el control del mismo libreto.

Una disputa de familia: todos comparten el álbum, pero se pelean por la portada.

Mientras tanto, Álvaro Uribe sigue siendo el eje gravitacional. El 8 de marzo no logró subir al escenario, pero su guion permanece. Su mesianismo delimita el campo, fija los márgenes y deja claro que, en su proceder político, la independencia no existe.

Pero si algo se ha perfeccionado es la herramienta predilecta del poder en tiempos de incertidumbre: la campaña de desprestigio.

Acusaciones espectaculares. Ruido mediático calculado. Titulares diseñados para impactar primero y sostenerse después —si acaso—. Denuncias que duran lo suficiente para instalarse… y lo justo para no resistir verificación.

Porque, en esa política, la mentira no necesita sostenerse. Solo necesita circular rápido.

En ese escenario, Iván Cepeda no es una víctima accidental, sino un objetivo lógico. Su trayectoria en derechos humanos y su insistencia en investigar lo incómodo lo convierten en un problema para quienes han hecho del silencio su método de estabilidad.

La respuesta no ha sido el debate argumentado, sino un libreto repetido: acusaciones, insinuaciones, reciclaje de señalamientos que reaparecen con cada temporada electoral, como promociones de fin de año.

Nada de esto se sustenta en tribunales con la misma fuerza con la que circula en los medios. Porque no se trata de probar, sino de insinuar. Dejar la duda flotando.

Cepeda llamado esto por su nombre: una “guerra sucia”. Una maquinaria que no busca verdad, sino percepción; que no construye pruebas, sino sospechas; y que encuentra en medios aliados eficacia para amplificar el ruido hasta que la verdad llegue tarde… o no llegue.   

Porque el daño no necesita sentencia. Le basta un titular.

Así, lo que no se sostiene en derecho se instala en la opinión. Se acusa, se viraliza, se repite. Y cuando todo se desvanece, no hay rectificación proporcional que repare daños. Solo queda el eco. Y el eco, en una sociedad fragmentada, termina siendo más fuerte que los hechos.

Mientras tanto, el libreto —ya explícito— sigue: el Congreso dejó de ser foro de deliberación para volverse un club de componendas, donde las “jugaditas” no legislan —inmovilizan— y empujan al Ejecutivo a gobernar por decreto, recurso luego esgrimido como prueba de su “extravío”. Pero la obra no termina en el hemiciclo; el siguiente acto se despliega en la rama judicial, donde irrumpe una celeridad casi milagrosa: fallos que más que resolver, clausuran. Y así, con precisión impecable, llega el veredicto: que el gobierno, para colmo, no gobierna.

Sabotaje convertido en evidencia. Las reformas se presentan como amenaza: reconocer derechos es peligroso y redistribuir, un salto al vacío. Cuando no hay propuesta, siempre queda el recurso más antiguo: el miedo.

Desde una lectura profunda —una que haría asentir a Antonio Gramsci— lo que está en disputa no es solo el poder, sino el sentido común: la capacidad de definir qué es normal, qué es peligroso y qué debe temerse.

Ahí radica el verdadero éxito de las élites tradicionales: haber logrado que amplios sectores defiendan un modelo que los excluye… pero sienten propio.

Cambiar eso no es solo gobernar distinto. Es pensar distinto.

Por eso la reacción es tan virulenta. Porque no se trata solo de Gustavo Petro o Iván Cepeda, sino de lo que representan: la posibilidad —todavía frágil, todavía incompleta— de romper la circulación cerrada del poder en Colombia.

Y eso, en este país, sigue siendo casi subversivo.

La ironía final es impecable: quienes gobernaron durante décadas hoy se presentan como víctimas del caos, defensores de la institucionalidad y críticos de un sistema que ellos diseñaron.

Pirómanos… con credencial de bomberos.

Lo inquietante no es el cinismo, sino su eficacia.

Porque ese relato sigue encontrando eco en quienes más han padecido el modelo: sectores populares que desconfían del cambio, temen la redistribución y terminan defendiendo las estructuras que los han mantenido al margen.

Ahí la sátira deja de ser graciosa.

El conflicto más complejo no es entre opuestos, sino entre iguales que no logran reconocerse. En Colombia, esa tragedia se repite: el de abajo contra el de abajo, mientras el de arriba observa… y administra.

El mayor logro de esa hegemonía: no solo ha sido administrar el poder, sino domesticar la imaginación. Convencer a medio país de que aspirar a mejorar es un exceso y que cambiar de rumbo es una amenaza. Gobernar ha sido secundario; lo verdaderamente eficaz ha sido sembrar desconfianza hacia cualquier alternativa, como si el miedo hiciera parte del contrato social.

* La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


miércoles, abril 08, 2026

Irán tiene razones para no creer ni una palabra

Imagen elaborada a partir de la caricatura del dibujante palestino Mohammad Sabaaneh
 Por: La Conversa Fin de Semana

La pregunta no es por qué Irán desconfía, sino cómo alguien podría esperar que confíe.

Apenas unas horas después de que el presidente de Estados Unidos anunciara la suspensión de las agresiones contra Irán, y de que el régimen iraní pusiera como condición para acoger la propuesta el cese del ataque al Líbano, la respuesta no se hizo esperar: Israel y Estados Unidos bombardearon Beirut, destruyendo edificios y arrasando con población civil que ni siquiera era de confesión musulmana. El mensaje es tan claro como macabro: no hay tregua que valga, no hay condición que respetar.

Ante este nuevo baño de sangre, el inicio de las conversaciones en Pakistán queda en entredicho. Y no es para menos. Irán reitera su profunda desconfianza, y esa desconfianza no es paranoia, es historia. La historia del Mossad israelí, especializado en el asesinato selectivo de negociadores y figuras clave de gobiernos adversarios. La historia de Donald Trump, que incumple su palabra con la misma facilidad con la que la emite, y que ha demostrado una y otra vez su incapacidad —o su falta de voluntad— para controlar a un gobierno ultra sionista como el de Netanyahu. Cuando te bombardean mientras negocian, cuando tus condiciones son ignoradas antes de ser terminadas de enunciar, la pregunta no es por qué Irán desconfía, sino cómo alguien podría esperar que confíe.


martes, abril 07, 2026

Trump suspende bombardeos contra Irán, pero Israel complica las conversaciones

 

Por: La Conversa de Fin de Semana

Trump suspende bombardeos contra Irán, pero Israel complica las conversaciones al negar cese al fuego en el Líbano; China media de forma discreta

En un giro inesperado, el presidente Donald Trump anunció a través de su cuenta en Truth Social la suspensión de los bombardeos que tenía previstos sobre Irán, luego de una intensa gestión diplomática de Pakistán, Egipto, Turquía y Marruecos. La pausa en los ataques está condicionada a que Irán reabra de inmediato el estrecho de Ormuz, vital para el comercio energético mundial.

Sin embargo, aún no hay respuesta oficial de Teherán. Mientras tanto, en Estados Unidos crece la presión contra Trump: el congresista Mike Quigley (5º Distrito de Illinois) impulsa un proceso de impeachment y ha invocado la 25ª Enmienda para evaluar la suspensión del mandatario por incapacidad.

Israel insiste en excluir el cese al fuego en el Líbano

A última hora, fuentes cercanas a las negociaciones revelaron que Israel insiste en no incluir un cese al fuego en el Líbano dentro de cualquier acuerdo regional, lo que amenaza con empantanar las conversaciones. Esta posición israelí, sumada a los recientes ataques de Netanyahu contra infraestructuras civiles en Irán, profundiza la desconfianza hacia los gobiernos de Washington y Tel Aviv, especialmente tras las acciones violentas previas contra negociadores palestinos e iraníes.

Mediación discreta de China

En medio de las tensiones, China habría realizado una gestión discreta de última hora, sugiriendo a Irán que considere la oferta presentada por los países mediadores. Pekín busca evitar una escalada mayor en la región, aunque su papel se ha mantenido en segundo plano.

Analistas consideran que la reapertura del estrecho de Ormuz es una condición difícil de aceptar para Teherán sin contraprestaciones concretas, en particular bajo el peso de las sanciones económicas. La comunidad internacional sigue atenta a los próximos movimientos diplomáticos y militares en una de las zonas más volátiles del planeta.

 

En la imagen: Germán Navas Talero / Jurisconsulto - excongresista colombiano

Por: Germán Navas Talero

Editor: Francisco Cristancho R.

Donald Trump es un enfermo mental, un maniático, y fuera de eso, un mentiroso.

No mintamos. Digamos siempre la verdad. Cuando usted pinta un cuadro está pintando la verdad de lo que está viendo, así es el cuadro sea producto de la imaginación. Pinte lo que usted ve en su mente y estará pintando la verdad. No imagine lo que no es cierto y hace daño, eso es mentir. No haga daño. No mienta.

Nos enseñan desde niños que la mentira es lo contrario de la verdad. Pero no siempre la mentira es dañosa, porque hay mentiras bonitas: las mentiras de la fantasía; cuando usted, de niño, le decían que el hada madrina hacía milagros y le hacía aparecer juguetes. Mentiras, como el cuento del niño Dios, trayendo regalos. Esas son mentiras bonitas. Las otras mentiras son miserables, son las que se emplean en las guerras.

¿Han visto ustedes algo más mentiroso que el presidente de los Estados Unidos, el señor Donald Trampas? Ese tipo es un falsario, es un mitómano miserable. Él quiere engañar al mundo y está convencido de que el mundo le comió cuento. El mundo no le cree a ese tipo nada. Ese tipo es un enfermo mental. Uno no entiende cómo un país como los Estados Unidos puede permitirse que un sujeto de estos le dé órdenes.

Es chistoso ver cómo cada tres días Trump dice: “le doy un ultimátum a Irán y lo voy a convertir en un infierno.” Pasan los ocho días y para él el ultimátum no es ultimátum, es primerátum, porque dice… “No. Les voy a dar dos meses, pero en dos meses los acabo”, y en eso lleva años. Y uno mirando las informaciones de prensa sabe que esa guerra, mal que bien, la van ganando los iraníes; pero eso lo sabemos nosotros que vemos diversas fuentes de información; pero para ese enfermo mental, que no ve sino lo que él quiere ver, la van ganando. Dice “no me han tumbado ningún avión”, y en otro canal están mostrando dos, tres y hasta cuatro F-15 en el suelo. “Es que la vamos ganando, no hemos tenido ninguna baja”, y por medios iraníes se ven diez, veinte, y hasta treinta ataúdes. Les han volado hasta un cuartel, pero Trump insiste en que no han perdido nada. Si eso no es mentir, ¿qué es mentir?

A uno le da tristeza ver que un demente como ese esté dirigiendo la suerte de un país que otrora fue adalid de la democracia, y hoy día es un pésimo ejemplo para cualquier mundo. Cualquier cosa es preferible a vivir en los Estados Unidos. Donald Trump es un enfermo mental, un maniático, y fuera de eso, un mentiroso. Con el cuento del piloto que se les cayó y no lo encontraban. Son tan miserables que la orden era, que si no lo rescataban, había que matarlo, porque entregárselo vivo a Irán no valía la pena; palabras más, palabras menos, eso fue lo que se entrevió en los reportajes que presentaron. Preferían matar a ese ser humano antes de reconocer que están perdiendo la guerra. Porque la están perdiendo, así digan lo contrario. Dicen que no han tenido bajas, ¿entonces los cadáveres qué? ¿se los inventan?

Y ahora, en esa campaña de mentiras lo acompañan los de siempre: los israelitas. El pueblo más mentiroso del mundo, después de los gringos, son los israelitas. Son tan mentirosos que dicen que dios les prometió una tierra, pero no vimos nosotros en ninguna parte la promesa de compraventa, ni sabemos qué tierra fue la que les prometió; porque al parecer, el dios de ellos estaba prometiendo en venta, o en regalo o en donación, una tierra que no era de él; porque esa tierra que los israelitas reclaman hoy en día nunca ha sido de ellos. Esa es la tierra de los palestinos. Ellos se la quieren robar, y siempre, bajo cualquier pretexto, tratan de ampliar sus fronteras.

Pregúntele a cualquier israelita mentiroso dónde están las fronteras de Israel: nunca se las va a decir; porque la esperanza de ellos todos los días es correr un poquito más para allá esas fronteras, para colonizar más y más tierras. Eso es lo que en un país decente se llamaría despojo, pero para los israelitas eso es colonización. Yo le robo la tierra a usted, le destruyó su casa, lo mato, lo saco a patadas, pero es que lo estoy colonizando. Esa es la teoría de los israelitas sobre la supuesta colonización.

Hay una competencia ¿cuál cree usted, amigo lector, cuál es el más mentiroso, el israelita, o el estadounidense? Para mí, empatan. Empatan porque ambos cabalgan en la misma bestia de la mentira. Uno dice una mentira y el otro se la apoya.

Tratemos de enseñarles a nuestros hijos a que digan la verdad. La verdad puede ser dura, pero es la verdad. La mentira es mentira, y por eso mentirosos son los israelitas y los gringos.

Coletilla por Deisdre Constanza. El idioma debe ser canal de reivindicación, no de deformación. A veces uno escucha el llamado lenguaje inclusivo y no es rechazo es desconcierto. Porque el castellano tiene reglas claras, una estructura que no es improvisada, sino construida durante siglos para que nos podamos entender. Hoy no solo se insiste en palabras como “presidenta” o “concejala” cuando según la regla gramatical el género se construye desde el artículo, la presidente, la concejal. Además, aparecen expresiones como “todes”, “compañeres”, o “niñ@s”, que directamente rompen las reglas básicas de la gramática y la ortografía. Y ahí es donde el problema deja de ser una discusión y se convierte en confusión. El idioma no funciona por ocurrencias ni por modas. Tiene normas que permiten que todos, sin importar su nivel educativo, puedan comprenderlo. Cuando esas normas se alteran, se crean barreras no inclusión. El respeto no está en cambiar las letras, está en garantizar los derechos, en mejorar oportunidades, en tratar con dignidad. Porque un lenguaje claro une, pero uno forzado terminada confundiendo. Cuidar el castellano no es retroceder, es defender una herramienta que nos permite comunicarnos sin distorsiones. Y una sociedad que no se entiende, difícilmente avanza.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


lunes, abril 06, 2026

Prensa tradicional colombiana y el oficio de salvar a la derecha

 

Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com- 

La derecha, en su desesperación por frenar su derrota, recurre a la manipulación mediática, instalando el relato de las "chuzadas" para silenciar denuncias de fraude y torcer una elección que se está escapando.

Nuevamente se comprueba que la función de los grandes medios de comunicación tradicional en Colombia no es la de informar, sino la de despistar al ciudadano desprevenido. La constatación de su malintencionada actuación se presenta con claridad meridiana en estas semanas previas a las elecciones presidenciales del 31 de mayo. 

Mientras el presidente Gustavo Petro denuncia, con la presentación de documentos, actuaciones judiciales y evidencia empírica histórica, la posibilidad de un intento de fraude electoral que involucra a la empresa Thomas Greg & Sons y al candidato de derecha Abelardo de la Espriella, la prensa tradicional, fiel a su oficio de siempre, ha decidido mirar hacia otro lado. O, mejor dicho, ha decidido voltear las cámaras y micrófonos para enfocarse en una historia distinta.

El presidente colombiano ha sido insistente en señalar que la firma de los hermanos Bautista, encargada del software de preconteo y escrutinio, podría estar en el centro de una maniobra para manipular los resultados electorales. Según Petro, ese fraude no se limitaría a la manipulación de jurados de votación, tal y como ocurrió y se denunció en las elecciones parlamentarias del pasado 8 de marzo, sino que tendría una dimensión algorítmica asociada al software electoral. Es necesario indicar que no es un señalamiento improvisado, puesto que el presidente ha denunciado, en reiteradas ocasiones, que la Registraduría ha desobedecido desde 2018 una orden judicial que ordenaba cambiar ese software privado, demostrado como vulnerable. También ha advertido sobre la negativa de Thomas Greg & Sons a entregar el PKI (la clave de información pública) que hace parte de una base de datos que él calificó como "la base de datos de la colombianidad".

Pero la denuncia central, la que desató la tormenta política de los últimos días, fue el mensaje del presidente en redes sociales del pasado 4 de abril, en el que aseguró tener informes sobre conversaciones entre los hermanos Bautista y el candidato De la Espriella, en las que estarían "intercambiando la devolución del contrato de pasaportes a sus manos, y la promesa, a cambio, de ciertos algoritmos que le aseguren la presidencia".

Ante una denuncia de esta gravedad, que involucra a un candidato presidencial y a una empresa contratista del Estado en una supuesta maniobra para adulterar la voluntad popular, lo que cabría esperar de una prensa seria es una investigación a fondo. Que se pregunten: ¿qué hay de cierto en esos informes? ¿Por qué la empresa que hace el preconteo es la misma que ha sido señalada de irregularidades en el pasado? ¿Qué intereses están en juego? Pues no. La respuesta de los medios tradicionales ha sido, como siempre, el desvío. Y el desvío, en este caso, tiene nombre y apellido: "chuzadas".

La prensa tradicional, con una celeridad que sería encomiable si no fuera tan evidentemente orquestada, ha logrado imponer en la agenda mediática un relato paralelo: que el presidente Petro estaría reeditando el escándalo de interceptaciones ilegales del gobierno de Álvaro Uribe, las llamadas "chuzadas" que se hicieron desde el DAS contra opositores, periodistas y magistrados. Los medios, en un acto de reflejo condicionado, han instalado una narrativa sin mayores cuestionamientos. Medios tradicionales como el Tiempo, Caracol radio, RCN o Blu Radio abrieron sus análisis afirmando que, de confirmarse lo dicho por el jefe de Estado, se estaría repitiendo el escándalo de las chuzadas del que fue víctima el propio Gustavo Petro siendo líder de la oposición durante el gobierno de Álvaro Uribe.

Este tipo de insinuaciones conforman una analogía tramposa, ya que en el caso de las chuzadas del DAS, hubo interceptaciones ilegales documentadas, condenas judiciales en firme, como las de la exdirectora del DAS María del Pilar Hurtado y de Bernardo Moreno Villegas, así como la comprobación sustentada de la existencia de un entramado de espionaje político desde el Estado contra la oposición. Por el contrario, para el caso de la empresa de los hermanos Bautista, la Registraduría y de La Espriella, Petro ha sustentado sus denuncias con actuaciones judiciales documentadas. 

Un periodista de El Tiempo, medio propiedad del banquero Luis Carlos Sarmiento Angulo (poderoso empresario de derecha), resumió a la perfección esta estrategia de neutralización cuando escribió en ese medio que "el presidente Gustavo Petro siguió en su línea de irse en contra de Thomas Greg & Sons por su participación en la organización de las elecciones del 2026, como apoyo logístico de la Registraduría. En esta ocasión llegó a sugerir, sin mayores soportes, un supuesto intento por beneficiar al candidato Abelardo de la Espriella por parte de los máximos accionistas de la empresa". Obsérvese la sutileza del uso de la frase del periodista empleado del grupo AVAL: "sin mayores soportes", puesta en la nota para hacer creer que  las denuncias públicas, los documentos judiciales y los señalamientos reiterados del presidente no merecieran siquiera la molestia de ser verificados.

Pero el colmo de la manipulación llega cuando los mismos medios que hoy se rasgan las vestiduras por unas supuestas "chuzadas" reproducen, sin ningún tipo de filtro ético, las declaraciones procaces del candidato De la Espriella. Su respuesta al presidente fue, en sus propias palabras: "Oye, Petro, revisa tu sistema de inteligencia, el que le entregaste a tus camaradas de la narcoguerrilla; si con esa información estás tomando decisiones, seguramente es la razón por la cual pareces fuera de tus cabales". Esa afirmación, que insiste de manera irresponsable en vincular al mandatario colombiano con grupos ilegales, junto con su acostumbrada grosería, han sido reproducidas incesantemente por decenas de medios sin el menor cuestionamiento. Se ha convertido en titular, en frase de cierre de noticiero, en meme de redes. Y mientras tanto, la pregunta de fondo: ¿hay o no hay un intento de fraude electoral orquestado desde una empresa privada en contubernio con un candidato presidencial? sigue sin respuesta, sepultada bajo una montaña de indignación fabricada.

Lo más paradójico de todo es que, según las encuestas que los mismos medios publican y financian, el candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda, acompañado de su fórmula vicepresidencial Aída Quilcué, lidera con una amplia ventaja, tal como lo señala una reciente encuesta de Guarumo y Ecoanalítica, financiada por El Tiempo, le da a Cepeda un 37,5% de intención de voto, seguido por De la Espriella con un 20,2% y Paloma Valencia con un 19,9%. Resulta claro que  la derecha sabe que va perdiendo y que, por lo tanto, sus estrategias de manipulación mediática, dentro de las que se incluye el intento de instalar el relato de las "chuzadas" y de silenciar las denuncias de fraude, parecen ser el último recurso para cambiar el rumbo de una elección que se les escapa.

La ciudadanía debe estar alerta. La mal llamada prensa colombiana, propiedad de los mismos conglomerados que se benefician del statu quo, no va a investigar a sus propios dueños ni a los candidatos que representan sus intereses. Por eso es más urgente que nunca que la veeduría internacional, las misiones de observación electoral y la ciudadanía organizada pongan la lupa donde los medios no quieren mirar: en el software electoral, en los contratos de Thomas Greg & Sons y en las conversaciones que el presidente Petro ha denunciado. Porque si permitimos que el relato del desvío triunfe una vez más, la verdad seguirá siendo la primera víctima de esta guerra sucia. Y la democracia, la siguiente.


sábado, abril 04, 2026

La economía como campo de disputa: cuando las tasas de interés también votan *

En la imagen: John Jaiver Flórez G. / Economista
Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Colombia opera bajo una especie de “bancocracia”, donde las decisiones económicas terminan favoreciendo de manera sistemática al capital financiero

Si usted siente que todo está más caro, que el crédito es casi imposible y que el dinero ya no alcanza como antes, no es una percepción aislada ni un problema individual. Es política económica. Y más aún: es una decisión consciente sobre quién gana y quién pierde en la Colombia de 2026.

Porque la economía —aunque nos la vendan como un asunto científico lleno de fórmulas incomprensibles y tecnicismos — es, en realidad, una forma de poder. Y hoy ese poder está en disputa.

En la Colombia actual, la subida de la tasa de interés al 11,25 % por parte del Banco de la República, en un contexto donde la inflación ronda el 5,3 %, no es simplemente un “ajuste técnico”. Es una decisión profundamente política. Y, para decirlo sin rodeos, para muchos sectores críticos, se trata de una medida que funciona como freno deliberado a la dinámica económica impulsada por el gobierno del presidente Gustavo Petro.

La pregunta surge por sí sola —y surge con sospecha—: si la inflación está controlada y lejos de niveles críticos, ¿qué justifica la aplicación de “correctivos” tan desproporcionados que terminan golpeando más a la economía que al problema que dicen combatir?

Desde una lectura keynesiana —más cercana al sentido común de la gente que al dogma financiero— la respuesta no encaja con la lógica oficial. John Keynes lo planteó con claridad hace casi un siglo: no toda inflación se combate enfriando la economía, y mucho menos cuando el problema no es un exceso de demanda sino limitaciones en la producción o choques externos.

En el caso colombiano, buena parte de la inflación no se explica porque la gente esté comprando en exceso, sino por factores externos como el aumento en los costos de los insumos agrícolas, la dependencia de importaciones y la volatilidad de los precios internacionales de la energía, especialmente el petróleo. Subir la tasa de interés no corrige ninguno de esos problemas. Lo que sí hace es encarecer el crédito, frenar la inversión y debilitar el consumo.

Y ahí aparece el punto clave.

Porque la tasa de interés no es neutra: funciona como un mecanismo de redistribución. Cuando sube, no afecta a todos por igual. Para las familias, significa mayores dificultades para acceder a vivienda, educación o incluso cubrir el consumo básico mediante crédito. Muchos trabajadores que recibieron con optimismo un aumento salarial del 23 % para 2026, y que esperaban usar ese ingreso adicional para mejorar su calidad de vida o acceder a un préstamo, terminan viendo cómo ese beneficio se diluye, absorbido por los altos costos financieros. Al mismo tiempo, las pequeñas y medianas empresas enfrentan mayores obstáculos para producir, crecer o incluso mantenerse a flote. En contraste, quienes dependen de la renta financiera —los grandes capitales— encuentran en las altas tasas una oportunidad para aumentar sus ganancias sin necesidad de invertir ni producir más.

Es aquí donde surge una crítica fuerte —y cada vez más extendida—: la idea de que Colombia está operando bajo una especie de “bancocracia”, donde las decisiones económicas terminan favoreciendo de manera sistemática al capital financiero por encima de la economía real.

No es una acusación menor. Es una lectura política del momento.

Cuando se revisan los datos, la inquietud no solo aparece, sino que se profundiza: en 2022, al inicio del actual gobierno, la inflación alcanzaba el 13,12 %, mientras la tasa de interés se ubicaba alrededor del 9 %. Hoy, con una inflación considerablemente menor, la tasa es significativamente más alta. La lógica parece invertida: se aplica un remedio más severo justo cuando la enfermedad es menos grave —o incluso cuando ya no representa una amenaza de la misma magnitud.

¿Tiene sentido?

Desde la ortodoxia neoliberal, la respuesta es afirmativa: se insiste en la necesidad de “anclar expectativas” y prevenir posibles repuntes inflacionarios. Sin embargo, desde una mirada crítica, esa explicación resulta insuficiente. Más aún cuando el efecto concreto de la medida es enfriar una economía que apenas comienza a recuperarse… y que, pese a las dificultades, ha mostrado señales de reactivación.

El resultado es visible: crédito más caro, consumo restringido, inversión frenada. En términos simples: menos movimiento económico. Y mientras tanto, el sistema financiero se fortalece.

Los rendimientos de instrumentos como los CDT superan ampliamente la inflación. Es decir, quien tiene capital para ahorrar gana. Quien necesita crédito, pierde. La economía deja de premiar al que produce y empieza a premiar al que espera.

No es casualidad. Es una lógica.

Una lógica que muchos interpretan como un sesgo estructural del Banco de la República, cuya junta directiva —según estas críticas— ha actuado más en sintonía con los intereses del sector financiero que con las necesidades del conjunto de la sociedad.

Aquí el debate deja de ser técnico y se vuelve abiertamente político.

Porque el Banco no es un actor cualquiera. Es una institución del Estado. Y, como tal, su mandato no es abstracto: debe velar por la estabilidad económica, sí, pero también en coordinación con la política general del país. No está por encima de la democracia, ni puede convertirse en un poder aislado de las decisiones colectivas.

Sin embargo, lo que hoy se evidencia es una ruptura clara entre el gobierno y el Banco. Una tensión que deja al descubierto algo más profundo: ocupar la presidencia no significa necesariamente detentar el poder real dentro del Estado.

El gobierno de Gustavo Petro llegó con un mandato de cambio, respaldado por una votación histórica. Pero ese mandato se enfrenta a estructuras institucionales que no cambiaron con las elecciones. Entre ellas, la política monetaria.

En ese choque, algunos sectores ven algo más que un desacuerdo: ven un bloqueo. Una resistencia estructural a las transformaciones económicas que afectan intereses consolidados.

Por eso, la subida de tasas no se interpreta solo como una decisión contra la inflación, sino como una forma de limitar el alcance de un proyecto político.

¿Es una interpretación radical? Tal vez. Pero también es una lectura que surge de observar quién gana y quién pierde con cada decisión.

Mientras tanto, la ciudadanía —muchas veces apática, muchas veces cansada— observa desde la distancia. Y ahí aparece otra pieza clave del problema.

La apatía política.

Porque cuando la gente se desconecta de estos debates, las decisiones quedan en manos de pocos. Y esos pocos no siempre representan a la mayoría. La economía sigue funcionando, las decisiones se siguen tomando, pero sin control social.

Y eso tiene consecuencias.

La paradoja es dura: la desconfianza en la política lleva a la gente a alejarse, pero ese alejamiento facilita que el poder se concentre aún más. Es un círculo que se alimenta solo.

Romperlo implica entender algo fundamental: la economía no es un lenguaje exclusivo de expertos. Es la forma en que se organiza la vida diaria. Es el precio de los alimentos, el acceso al crédito, la posibilidad de tener empleo.

Colombia no está discutiendo solo una tasa de interés. Está discutiendo qué tipo de economía quiere ser.

Una donde el crecimiento se construya desde la producción, el trabajo y el consumo. O una donde la estabilidad se mida desde la rentabilidad financiera, incluso si eso implica frenar al resto. El gobierno ha intentado empujar hacia el primer camino. El Banco está empujando hacia el segundo.

Y en medio de esa tensión, el país entero queda atrapado. Porque cuando la economía se convierte en un campo de batalla, las decisiones ya no son neutras. Son elecciones. Y aunque no aparezcan en el tarjetón, también definen el futuro.

*La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).