LA VITRINA DE LA CONVERSA

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miércoles, agosto 19, 2026

Cali: el terremoto que disputa el relato del orden y revela la autonomía popular (1 parte)

 

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Agosto/ 2026, Puerto Resistencia, Cali.

El cuerpo enterrado no pregunta qué tarjeta de crédito tiene su dueño. La mano que rescata no distingue entre vecino y desconocido. Lo que emerge es una igualdad práctica, no declarada, que se experimenta en el gesto concreto de sostener a otro


Cuando la tierra revela lo que ya existía.

Los terremotos no solo derrumban edificios; también ponen a prueba los relatos, las instituciones y las certezas sobre las que se sostiene una sociedad. Cuando la tierra se mueve, se revela quién organiza, quién cuida, quién llega primero y quién llega tarde. La catástrofe rompe la normalidad y deja al descubierto la verdadera infraestructura de un pueblo.

Esa infraestructura no está hecha de cemento ni de protocolos institucionales. Está hecha de relaciones. De confianzas acumuladas. De saberes que no aparecen en los manuales de emergencia pero que se activan con una velocidad que ninguna burocracia puede igualar. La pregunta que un terremoto deja no es cuántos edificios resistieron, sino qué tipo de tejido social estaba allí antes del derrumbe. Lo que ocurre después de la catástrofe no es improvisación: es la aparición visible de una trama que ya existía.

El 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió el occidente de Colombia. En cuestión de segundos, Cali se convirtió en el epicentro del dolor: muertos, heridos, desaparecidos, edificios colapsados. Pero también en algo que ningún sismógrafo puede medir: la velocidad con la que un pueblo que ya sabía organizarse se puso en pie. Mientras las instituciones activaban protocolos, decretos y dispositivos de control, miles de personas ya estaban cocinando, rescatando, clasificando donaciones y organizando redes de ayuda. La ciudad reaccionó con una velocidad que no puede explicarse solo por la solidaridad espontánea.

Cali respondió así porque ya había aprendido a organizarse. El estallido social de 2021 no dejó únicamente memoria política; dejó una memoria organizativa. Dejó capacidades colectivas, redes de confianza, infraestructuras populares y formas de coordinación territorial que permanecieron latentes y que el terremoto volvió a activar. Lo que vimos no fue el nacimiento de la solidaridad, sino la aparición visible de una autonomía que ya existía.

I. La memoria organizativa: el estallido que quedó bajo los escombros

La primera imagen que deja el terremoto no es la del derrumbe, sino la de la organización. En cuestión de horas comenzaron a funcionar ollas comunitarias, comedores barriales, brigadas de rescate, puntos de acopio, puestos de salud improvisados, cadenas de distribución de alimentos, herramientas, combustible, plantas eléctricas y medicamentos.

Toda sociedad posee dos infraestructuras: la visible, hecha de cemento, presupuesto y jerarquías; y la invisible, hecha de confianza, memoria y cooperación. Los terremotos destruyen la primera y revelan la segunda.

Lo extraordinario no fue solo la ayuda, sino la coordinación. Los antiguos puntos de resistencia se transformaron en puntos críticos de atención. Las cocinas colectivas que alimentaron la protesta alimentaron ahora a los damnificados y voluntarios. Los barrios que durante el estallido aprendieron a abastecerse, comunicarse y protegerse mutuamente reprodujeron esas mismas lógicas en medio de la emergencia.

Aquí aparece una idea decisiva: las comunidades no improvisan desde cero. Recuerdan corporalmente cómo organizar una olla, cómo clasificar una donación, cómo distribuir recursos escasos, cómo confiar en el vecino, cómo actuar sin esperar autorización. Esa memoria práctica constituye una infraestructura invisible que solo se hace evidente cuando todo lo demás colapsa.

Esa infraestructura no se parece a las infraestructuras del Estado. No tiene planos, no tiene presupuesto, no tiene jerarquías definidas. Pero tiene algo que el Estado no tiene: capilaridad. Está pegada al territorio, anclada en los barrios, encarnada en personas que se conocen entre sí. Cuando la emergencia llega, esa capilaridad se convierte en velocidad. Mientras las instituciones deliberan, las redes ya están operando. Mientras los protocolos se activan, las ollas ya están hirviendo. Lo que desde fuera parece caos, desde dentro es la lógica de una organización que no necesita permiso para funcionar.

El estallido social produjo instituciones populares informales. Produjo competencias colectivas. Produjo una tecnología del cuidado. El terremoto simplemente retiró el velo y mostró que esa infraestructura seguía allí, disponible, lista para activarse.

Más aún: esa forma de organización comenzó a irradiarse hacia otras ciudades y otros sectores sociales. Lo que nació como experiencia localizada de resistencia empezó a convertirse en un lenguaje nacional de solidaridad. No se contagió únicamente una emoción; se contagió una manera de organizar la vida.

La solidaridad no se explica por la conmoción emocional. Se explica porque existe un saber previo. Un saber que no es teórico sino práctico: saber distribuir recursos escasos, saber coordinar sin jefe, saber decidir colectivamente en medio de la urgencia. Ese saber no nació del terremoto. El terremoto solo lo hizo visible. Y al hacerlo visible, lo convirtió en un modelo que otros territorios pueden replicar. No porque lo imiten emocionalmente, sino porque reconocen que allí hay una tecnología social que funciona.

La racionalidad del orden no es ilegítima en sí misma; toda sociedad necesita coordinación, normas y capacidad institucional. Lo que el terremoto pone en cuestión es su pretensión de suficiencia. El orden descubre que no puede sostener la vida por sí solo. Necesita aquello que no produce: la confianza, la vecindad, la reciprocidad y el cuidado.

II. La disputa por el sentido: el relato de las élites y el relato del pueblo

Toda catástrofe es también una batalla narrativa. Mientras unos describen un desastre natural, otros reconocen un acontecimiento político. Mientras unos hablan de orden público, otros hablan de cuidado colectivo.

Las élites suelen presentar la solidaridad como un impulso moral, una virtud privada, un gesto humanitario. En ese relato, las ollas comunitarias son caridad, los centros de acopio son filantropía y el voluntariado es simple buena voluntad.

Pero la experiencia popular dice otra cosa. Allí donde una comunidad organiza alimentación, salud, logística, distribución y protección, aparece una forma de poder social. No se trata únicamente de ayudar; se trata de demostrar que existen capacidades colectivas capaces de sostener la vida sin esperar permanentemente la autorización del Estado.

Por eso la disputa no es solo administrativa; es simbólica. De un lado aparece el uniforme, el decreto, el toque de queda, el control territorial, la jerarquía. Del otro aparecen el delantal de cocina, la pala, el abrazo, la brigada barrial, la cooperación y la confianza.

El conflicto no enfrenta simplemente a un alcalde con unos ciudadanos. Enfrenta dos racionalidades distintas: la racionalidad del orden y la racionalidad del cuidado.

La racionalidad del orden cree que el control es la condición de la seguridad. La racionalidad del cuidado cree que la relación es la condición de la vida. La primera funciona mediante la jerarquía y la coerción. La segunda funciona mediante la confianza y la reciprocidad. El terremoto no inventó esta oposición; la hizo explícita. Por eso la respuesta del Estado fue el toque de queda y el despliegue militar. Por eso la respuesta del pueblo fue la olla comunitaria y el abrazo. No son estrategias diferentes para el mismo fin. Son concepciones diferentes de lo que significa proteger la vida.

El alcalde Alejandro Eder no falla por sus decisiones particulares. Falla porque encarna una racionalidad que la ciudad ya ha dejado atrás. Su gobierno opera con la brújula del administrador: concibe el territorio como un problema a optimizar, la ciudadanía como un conjunto de conductas a regular y la autoridad como una distancia técnica. Pero la ciudad ya se mueve con otra sensibilidad: la del cuidado, forjada en el dolor compartido del estallido social y en la memoria de una autonomía que aprendió a organizarse sin pedir permiso.

Eder ha intentado mostrarse cercano, ensayar gestos de sensibilidad y ocupar el lugar del cuidador. Sin embargo, la apuesta está tan mediatizada, tan calculada, que se siente actuada. Y esa es su verdadera derrota: no un error de gestión, sino una pérdida de sintonía histórica. Su gramática política ya no coincide con el clima cultural de la ciudad que gobierna. Cali ya no espera gerentes que administren el orden; espera gobernantes capaces de acompañar la vida. Cali, después de 2021 y después del terremoto, ya no responde a esa frecuencia. Aprendió otra cosa: que la legitimidad nace del vínculo, no del protocolo; de la presencia, no del dispositivo; de la capacidad de cuidar, no solo de la capacidad de controlar.

El terremoto también transformó la sensibilidad colectiva. En medio de los escombros emergió una convicción profunda: toda vida importa. El anciano, el niño, el migrante, el vecino desconocido, el rescatista voluntario, la mujer que cocina, el joven que carga agua. También la mascota que quedó atrapada entre los escombros y cuya búsqueda, para muchas familias, fue tan urgente como la de un familiar. El terremoto no distinguió entre especies; la solidaridad tampoco.

La solidaridad amplía el círculo de quienes merecen cuidado. Esa ampliación es un cambio cultural de enorme profundidad, porque rompe la vieja costumbre de aceptar que algunas vidas son sacrificables y otras no.

La catástrofe tiene esa virtud: desordena las jerarquías de valor. En la normalidad, las vidas se ordenan según criterios que damos por naturales: clase, origen, edad, estatus. En la emergencia, esa jerarquía se disuelve. El cuerpo enterrado no pregunta qué tarjeta de crédito tiene su dueño. La mano que rescata no distingue entre vecino y desconocido. Lo que emerge es una igualdad práctica, no declarada, que se experimenta en el gesto concreto de sostener a otro. Esa igualdad no dura más que la emergencia. Pero deja una huella. Y esa huella es política: una memoria del mundo que podría existir.

Espere la parte 2 ... 

La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

lunes, agosto 17, 2026

La «gran» donación de la ANDI *

 

En la imagen: Yezid García / excongresista de Colombia

Por: Yezid García Abello

Empresarios donaron solo 0,37% de sus utilidades totales del año anterior y, en particular Bavaria, donó solo el 3,03% de sus ganancias. ¡Menos bulla y más sobriedad, Bruce!

Del 12 al 14 de agosto se realizó en Cartagena la edición 11 del Congreso Empresarial Colombiano (CEC), convocado por la ANDI y su locuaz presidente Bruce Mac Master. Allí se hizo una «Colecta» de fondos para solidarizarse con las víctimas del terremoto y ayudar a la reconstrucción material de las ciudades y pueblos afectados. 

Con la boca llena y henchido el pecho de orgullo, el dirigente gremial de los empresarios y jefe de la oposición al gobierno nacional en el anterior cuatrienio le anunció al país que habían recolectado 201.000 millones de pesos, destacándose en la donación el aporte de 100.000 millones de Bavaria. A renglón seguido, todos los grandes medios de comunicación le informaron al país la buena nueva: «Colombia cuenta con los grandes empresarios más generosos y solidarios del mundo». 

Claro que es mejor contar que no contar con esa donación, lo que podría decirse de cualquiera otra por modesta que sea. Pero magnificarla en nada contribuye a aliviar el dolor de las víctimas y sus familias. 

Según el informe de la Superintendencia de Sociedades divulgado a mediados de 2026 sobre el ejercicio fiscal de 2025, las 100 empresas más grandes de Colombia acumularon ingresos operacionales por $614,4 billones y obtuvieron unas utilidades netas conjuntas de $54,3 billones (representando más de 40% de las ganancias totales de las 10.000 empresas más grandes del país). 

Es decir, en Cartagena donaron solo 0,37% de sus utilidades totales del año anterior y, en particular Bavaria, que ganó 3,3 billones de pesos, donó solo el 3,03% de sus ganancias. ¡Menos bulla y más sobriedad, Bruce!

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

lunes, agosto 03, 2026

De la banalización a la negación, la estrategia exitosa de la extrema derecha *

 

En la imagen: Hernán Riaño / Periodista - Director SoNoticias

Por: Hernán Riaño

La responsabilidad inicial es crear una red de información popular para contrarrestar el aparato comunicativo de los medios corporativos de derecha

La ultraderecha colombiana, desde siempre, ha fabricado una realidad a su acomodo, y de paso la hace creer e imponerla a todos los colombianos; una “verdad”, en la que sus valores son los únicos que han importado, asegurándole a la sociedad colombiana que también deben ser los suyos, a pesar de la pobreza y miseria que puedan tener los hogares colombianos. Para imponer esos falsos dogmas ha utilizado la violencia, el asesinato, las desapariciones, la muerte, los mal llamados falsos positivos, los desplazamientos y todos los crímenes posibles apelando a una crueldad tal que haría sonrojar a cualquier líder nazi o fascista de la segunda guerra mundial.

Se ha caracterizado por usar todos los medios a su alcance, desde el uso de las agencias de seguridad para espiar y “fabricar” situaciones en contra de quienes reclaman derechos o mejores condiciones de vida hasta la creación y uso de medios de comunicación para imponer “realidades” a su acomodo. Cuando no existían los medios que hoy conocemos, y sobre todo en los municipios, el medio de comunicación por excelencia fueron los púlpitos de la iglesia católica, desde los que se “informaba”, se daban órdenes de los gobiernos nacional, departamental y local, de la jerarquía eclesiástica y se impartían tareas a cumplir, como el “sapeo de personas peligrosas” para el gobierno, la muerte de liberales o cualquiera que no pensara como los conservadores,  la contribución con dinero tanto para la iglesia como para los partidos o para el régimen imperante y en general los curas eran quienes daban forma a las verdades que querían impulsar desde Bogotá y su cumplimiento a rajatablas. 

Luego apareció la prensa escrita, los dos partidos políticos dominantes, ni cortos ni perezosos, fueron montando sendos periódicos, los liberales El Tiempo y El Espectador y los conservadores El Siglo y la República, obedeciendo a los intereses particulares de los llamados “lideres naturales” y sus colectividades. 

A medida que la tecnología de la información se fue desarrollando, fueron apareciendo la radio, la televisión hasta llegar a lo que hoy conocemos con las redes sociales, las plataformas, las páginas web, los portales y un sinnúmero de oportunidades que encontramos en la llamada virtualidad, para poder comunicarnos entre los seres humanos. Pero igualmente su dominio también ha sido abordado por la ultraderecha mundial y nacional.  

Así hayan sido los curas o las redes sociales, el resultado es el mismo, la desinformación, las calumnias, las mentiras, los entrampamientos y las falsedades con la que han oprimido a los ciudadanos, los han explotado y esclavizado para quitarles su vida y sus ingresos de todas las formas posibles. La estrategia siempre es la misma; primero el ocultamiento de los hechos, cuando ya no pueden hacerlo porque las evidencias son notables, pasan a los siguientes pasos: la banalización de lo sucedido, o sea quitarle la importancia que tiene hasta considerarlo algo sin transcendencia. Luego la normalización, como si lo ocurrido debiera considerarse común y corriente, hasta llegar a lo más grave, la negación, decir: “eso nunca sucedió”. El orden de esta estrategia puede variar de acuerdo a los protagonistas, las regiones, los intereses y las víctimas.

Para dar un ejemplo: La masacre de las bananeras a principios del siglo XX, cuando por protestar por unos abusos de la United Fruit Company, norteamericana, en contra de los trabajadores en la zona norte del país, en el departamento del Magdalena, el gobierno, defendiendo los intereses de la multinacional, arremetió y asesinó a los miembros del sindicato que habían declarado una huelga. El gobierno de turno ocultó los hechos hasta que Jorge Eliecer Gaitán lo denunció ante el Congreso de la República tiempo después (1). Luego, la prensa y los políticos volvieron a taparla hasta mediados de los 60, cuando Gabriel García Márquez lo plasmó en su galardonada novela “Cien años de soledad” y los movimientos de izquierda completaron la denuncia pública, masivamente. Hoy, los políticos de la extrema derecha minimizan la matanza diciendo que nunca ocurrió o que no fueron sino unos cuantos muertos y no se que más cuentos; una senadora uribista se atrevió a decir que era un mito de García Márquez y de la izquierda (2). A propósito de esta “metida de patas”, todos los medios se unieron para lavarle la cara a la senadora y tratar de minimizar lo expresado dando “explicaciones” y planteando teorías (3), aunque muchos historiadores la refutaron (4). Así opera la ultraderecha.

Lo mismo sucedió con las masacres de los paramilitares, los desplazamientos de campesinos colombianos, los hornos crematorios, el robo de tierras, los mal llamados falsos positivos, el exterminio de la UP, el asesinato de líderes sociales y candidatos presidenciales, siempre ocultando, minimizando, ignorando, negando y en últimas echándole la culpa a otros.

Con Gustavo Petro y su gobierno, el proceder de la ultraderecha y sus medios ha quedado en evidencia hasta la saciedad, y si no es por la franqueza y el actuar siempre frentero y sin dudas del señor presidente, muchas de esas intenciones de ocultar o cambiar los hechos habrían tenido éxito. A él lo han tratado de mentiroso, a pesar de que las afirmaciones que dice, tarde o temprano, se comprueban. Le han tergiversado declaraciones, lo han tratado de interpretar para desautorizarlo, han acudido a “técnicos”, “tecnócratas” y hasta funcionarios del mismo gobierno para cambiar la realidad.  

Pero lo más grave es lo sucedido con el fraude electoral. Este se empezó a conocer desde hacía varios meses, por lo sucedido en Chile, en Perú y en Bolivia con un modus operandi impuesto desde los Estados Unidos, queriendo reconfigurar sus relaciones con su patio trasero, como ellos mismos nos han llamado (muy despectivo y humillante término, por cierto) a los países situados al sur del Rio Bravo. Trump no ha ocultado sus intenciones encomendadas a Marco Rubio para concretarlas y de paso aliándose con un narcotraficante confeso como es Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras, indultado por Trump, previo pago de Netanyahu, para crear una empresa de tecnología con el fin de influir en los gobiernos de México y Colombia, específicamente, incidiendo en sus procesos electorales o con otras acciones ruines en contra de estos y los demás gobiernos progresistas de América latina (5).

Con Colombia ya se vio el éxito obtenido por la ultraderecha con el fraude, comprobado con las evidencias aportadas por el señor presidente, con el proyecto Júpiter destapado hace unos meses, en los que se propusieron, y lo lograron, que la gente saliera a votar con odio y desconfianza en contra de Iván Cepeda, con la masiva compra de votos por parte de la campaña “ganadora”, con el aporte muy significativo de los hermanos Bautista y sus empresas de manejo electoral y con el concurso del gobierno sionista israelí y sus compañías dedicadas a variar los resultados electorales en vatios países. 

Todo inicia con la presentación de más de tres millones de firmas falsas ante el CNE para inscribir la candidatura de Abelardo De la Espriella, ese mismo órgano, la registraduría, los políticos de derecha, los órganos de control no le “pararon bolas”, lo minimizaron, dijeron que era un error, a pesar de que el precandidato, en su momento, había dicho que él personalmente había verificado el total de esas firmas, aún así, lo dejaron como un simple hecho anecdótico.    

La táctica de la ultraderecha fue negarlo, ocultarlo, ridiculizarlo, normalizarlo, dependiendo de lo que se iba descubriendo, hasta tal punto que muchos líderes progresistas lo aceptaron, aprobando el preconteo inicial, y, aún ahora, muchos dicen que nunca ocurrió el fraude. Tratan a Petro de loco, enajenado, mentiroso y muchos otros calificativos, minimizan las pruebas, ocultan a los perpetradores y legalizan un timo tan grande como una catedral. Repito lo expresado en otra columna, lo quieren callar, que no diga nada más sobre el engaño electoral, que no aporte más pruebas y los abelardo-uribistas le dicen que no sea “llorón”, que acepte los resultados porque ya no hay nada que hacer.

La realidad es que las evidencias demuestran la injerencia de  los Estados Unidos, confesada por el mismo Trump, en por lo menos tres intervenciones, lo anunciado por Marco Rubio para América Latina, con las actuaciones de varios cónsules, con las acciones del registrador nacional, de los comisionados del Consejo Nacional Electoral, de los jurados de mesa en muchas regiones del país conocidas y a la vista del público.

Pero la ultraderecha y sus medios lo siguen ocultando, minimizando o ridiculizando. Esto se conocía desde el año pasado, el vicepresidente “electo” confesó que ellos estaban haciendo un empalme hacía 8 meses con 1.300 “técnicos” (6), ¿Por qué ocho meses antes de las votaciones? Pues porque ya tenían el plan para retomar el gobierno. Lo que sorprende es lo expresado por muchos líderes progresistas y colombianos del común: “ellos, la oligarquía, no son capaces de hacer eso”.  He oído tantas veces esa y otras frases similares que no puedo entender como hay pobres de barrio que aún creen en la “honestidad y buenas intenciones” de las derechas, pero lo más tiste es que muchos que se dicen progresistas, también les creen y con esa actitud terminan poniéndose del lado de ellos y en contra del pueblo colombiano.  

Lo que se viene es muy duro para los colombianos y solo el dejar de creerles a las derechas y organizarse como constituyentes primarios, participantes, deliberantes y capaces de decidir podrá parar la aplanadora ultraderechista en cabeza del ilegítimo. La responsabilidad inicial es crear una red de información popular para contrarrestar todo el aparato comunicativo de los medios corporativos y no sigan incidiendo en el pueblo, para que este siga apoyando a sus verdugos.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

  1. https://centrodememoriahistorica.gov.co/cuatro-dias-de-verdad-el-debate-historico-de-gaitan-sobre-la-masacre-de-las-bananeras-1929/ https://archivo-obrero.com/jorge-eliecer-gaitan-el-debate-sobre-las-bananeras/ https://elcolectivocomunicacion.com/2019/09/24/jorge-eliecer-gaitan-y-el-debate-de-bananeras-1929/
  2. https://www.semana.com/nacion/articulo/maria-fernanda-cabal-niega-masacre-de-las-bananeras/549271/
  3. https://www.pulzo.com/nacion/version-maria-fernanda-cabal-sobre-masacre-bananeras-PP397210https://www.elespectador.com/actualidad/maria-f-cabal-explica-su-tesis-la-masacre-de-las-bananeras-fue-un-mito-historico-article-725665/ https://www.elcolombiano.com/colombia/la-senadora-maria-fernanda-cabal-explica-por-que-dijo-lo-de-las-bananeras-KL7782815
  4. https://www.semana.com/nacion/articulo/masacre-de-las-bananeras-historiadora-le-contesta-a-maria-fernanda-cabal/548923/ https://www.eltiempo.com/politica/congreso/historiadores-responden-a-maria-fernanda-cabal-tras-decir-que-masacre-de-las-bananeras-es-un-mito-156666
  5. https://hondurasgate.ch/audios
  6. https://x.com/Horadelaverdad/status/2071986070929956965

martes, mayo 05, 2026

De candidatos… y otros chiflamicas *


En la imagen: Germán Navas T. / excongresista - jurisconsulto
Por: Germán Navas Talero

Editor: Francisco Cristancho R.

El nombre de Iván Cepeda Castro entra en la conversación, no por el escándalo fácil y populista, sino por la consistencia y la discusión de ideas. 

Que este país está al revés: ¡Pues sí! Como el cuento de la vieja Inés, con las enaguas al revés. El país está al revés porque el mundo está al revés. Parece que alguien quiso lavar al mundo y, como para lavarlo hay que desocuparlo, le sacó todo; pero terminó lavando lo de afuera y lo de adentro le quedó sucio. Así está el mundo y así está este país.

Aquí estamos esperando las elecciones, pero se muere uno de la risa cuando escucha las declaraciones de payasos como el tal ‘tigre’, o el pelagatos ese, el tal De La Espriella, a quien oírlo causa vergüenza. Uno lo escucha de forma casual, y porque le toca, pero yo no perdería un minuto de mi vida escuchando alguna intervención de ese señor. Es que es lo más ordinario, inepto e incapaz que he visto; y ahora está convencido de que él puede ser presidente de Colombia, claro que, si Duque logró serlo, también podría serlo este pisco. Después de Iván Duque, lo peor que puede pasarle al país es tener a un De La Espriella como presidente.

Y hablando de candidatos… ¡qué tal doña Claudia López de candidata! Podrá ser candidata, pero es candidote el que vote por esa inepta; y, sin embargo, ahí se ve por las calles, hablando de la lucha contra la corrupción; el mismo cuento con el que ella y su amiga, o su esposa, tramaron cuando estaban proponiendo un frente anticorrupción, y recogieron firmas y lograron llegar a la alcaldía… y ya estando allá no hicieron un carajo; fuera de hacer el oso, consintiéndose en público y diciéndose la una a la otra mi muñeca, no hicieron más. Ese fue todo el gobierno de doña Claudia López y su pareja.

Esas dos son un par de payasas que, en el circo, lo hubiesen hecho mucho mejor, porque en Bogotá no hicieron ni un pepino, sino acabársela de tirar; porque el que me diga que esa señora alcaldesa hizo algo positivo para el país o para Bogotá, que lo demuestre. No le he visto absolutamente nada. Lo único fue continuar con el mandato de Enrique Peñalosa, porque él la montó ahí porque ella iba a hacer lo que él quería, como construir ese metro elevado, no sabemos por qué elevado. ¡Elevados los pendejos que votaron tanto por él y como por ella!

Los bogotanos, definitivamente, son de malas. Yo no, porque yo no voté por ninguno de esos. Me refiero a los que votan por el que no es. Los que votaron por Antanas Mockus, por ejemplo. Semejante pelele que no hizo un carajo por Bogotá. Pintó cuatro rayitas en una esquina y ya eso fue culturizar a Bogotá. Quien esto escribe jamás votaría por Mockus, ni en un estado de desesperación en el desierto del Sahara, donde no hubiese sido un candidato, votaría por él. Si allá hubiese un camello y un candidato como Antanas Mockus, yo voto por el camello. Creo que el camello lo haría mejor que Antanas. Es que él no hizo nada, y no hay que olvidar que ese señor es aliado, socio, o compañero de Claudia López y de Enrique Peñalosa.

¡Qué vergüenza! Esta ciudad sí que ha sido de malas. Esperamos que, en la próxima elección, cuando ya no tengamos a esos payasos compitiendo, se elija en Bogotá a un alcalde que valga la pena. Un alcalde que de verdad quiera a esta ciudad; que quiera hacer de Bogotá algo grande, no el pueblo al que aspira convertirla Peñalosa, Claudia y su esposa, Angélica Lozano, quienes creen que esto todavía es parte de Fusagasugá.

Yo quiero una ciudad grande, importante. Una ciudad moderna. Una ciudad que, si llegara a ser lo que es París, por lo menos se le parezca en algo. ¿Pero en qué se parece Bogotá a las grandes ciudades?: En nada. Bogotá lleva 20 años o más de atraso. Desde que llegó Peñalosa a la alcaldía, por ahí en el 99, no ha habido nadie que haga absolutamente nada por Bogotá. Todos pasan, se llevaron el título de ex, y creen que por haber sido alcaldes de Bogotá ya tienen méritos para ser presidentes de la República.

Pregúntele al chiflamicas del Peñalosa. Él aspiraba a ser presidente de la República porque fue alcalde de Bogotá; Claudia López hace lo mismo. Se hacen elegir alcaldes de Bogotá porque creen que al tener el título de exalcaldes ya eso los habilita a ser presidentes de la República. ¡No sean tan tontos! Ustedes lo hicieron mal como alcaldes y lo harían peor como presidentes de la República.

Colombianos, tienen que mirar qué hicieron estos personajillos por la capital para ver si vuelven a cometer el error de votar por ellos. Ustedes, que están leyendo esta columna, y que por ende tienen sentido común, al saber leer, y porque algo entienden de política… ¿alguno de ustedes votaría por el pelagatos ese? Ese señor es un mercachifle, pero aspira a ser presidente. Y hay que escuchar las barbaridades que dice… ¡Da vergüenza ese señor!

En fin… para algunos es un pelagatos, para otros, un chilamicas, y para otros es un simple tunante que aspira a llegar a la presidencia a ver qué otro daño le puede causar a este país.

Coletilla por Deisdre Constanza. Los noticieros principales que se emiten en este horario estelar de siete a ocho se convirtieron más en una telenovela o show dramático. Noticias presentadas con énfasis en el escándalo, el conflicto o la emoción, más que en el análisis profundo. Esa crítica en que no se construye el relato informativo, sugiriendo que se privilegia el entretenimiento sobre el contexto y la objetividad. En pocas palabras, no se habla de un programa específico, sino de un estilo de informar. Convertir la política y la realidad en algo parecido a un “capitulo diario” cargado de drama, que engancha a la audiencia, pero no la informa mejor. Mientras muchos repiten el libreto del escándalo diario, otros están ocupados proponiendo, debatiendo y trabajando sin tanta vitrina. Pero claro, eso rara vez abre titulares y en medio de tanta bulla, hay quienes siguen apostándole a una política con argumentos, con trayectoria y con debates de fondo. Ahí es donde el nombre de Iván Cepeda Castro entra en la conversación, no por el escándalo fácil y populista, sino por la consistencia y la discusión de ideas. Por eso, si de verdad interesa el país y no el show, vale la pena escuchar más, revisar datos y formar un criterio propio. No todo cabe en un titular ni todo lo importante hace ruido.

Adenda del editor. “Es imposible ser buen periodista sin ser buena persona”, le repetían a uno en la Facultad, de acuerdo con lo expresado en algún momento por Kapuscinski. Hoy, luego de ver otra de las ‘salidas’ de Victoria Eugenia, me convenzo de que en esos momentos la Vicky debió estar capando clases. Resulta que la Dávila no sirvió ni como política ni como periodista. Ayer, en su cuenta de X, Vicky le escribió un mensaje a Claudia López, donde parece suplicar que no la llame “fracasada”, según ella, porque tiene hijos, esposo, madre y hermanos que la aman y están orgullosos de ella. Ojalá que Victoria Eugenia se quedara con esos ‘aplausos’, y se enclaustrara con su familia, dado que, parecen ser ellos los únicos que la soportan y la consideran alguien de bien.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

martes, abril 14, 2026

¡No nos crean tan pendejos! *

 

En la imagen: Hernán Riaño / Periodista - Dir. SoNoticias

Por: Hernán Riaño

Los politiqueros, los curas y los medios armaron a los conservadores contra los liberales para que los oligarcas se quedaran con las tierras de los muertos. Mientras tanto, el abuelo de la hoy candidata forzó a los campesinos del Tolima a levantarse en armas porque, según él, no merecían ni un hospital ni una escuela.

Desde la colonia hasta el presente, tanto los conquistadores esclavistas españoles, así como sus herederos de sangre y de poder que dizque fundaron una nación republicana, esas élites no han dejado de tratar a los colombianos como unos pendejos; sí, como eso, y en parte no les falta razón, pues muchos compatriotas se portan como tal. La dominación que impusieron con el sistema económico feudal en la que ellos son los dueños absolutos de la tierra, destinados para gobernar y usufructuar las riquezas de Colombia, pasando por encima de la vida y bienes de los demás nacionales a quienes ven como ciudadanos de quinta que no tienen derecho a lo más mínimo como la vida, alimentación, salud y educación, es lo que nos ha traído a ser uno de los países con más pobreza y miseria del mundo. “¿Eso para qué?”, dicen, y aún muchos de sus herederos tienen la misma convicción, lo vemos a diario que no vale la pena invertir en los pobres y miserables del país.

Esa era una de las inquietudes de WestCol en la entrevista que sostuvo con el jefe del Estado, Gustavo Petro, cuando le dijo que para qué se interesaba tanto en la educación, si él, que era un colombiano casi sin estudios, no los había necesitado para ser millonario, siendo la respuesta de nuestro presidente de las más ilustrativas y pedagógicas para sustentar esa preocupación para que el pueblo se instruya. Y así con todos los derechos humanos y constitucionales, la ultraderecha ve como perdida la plata que se invierta en garantizárselos al pueblo colombiano y porque es dinero que ya no pueden robarse.

Con la campaña electoral y el deseo de volver al gobierno de esas fuerzas oscuras, ya no tienen empacho en demostrar sus verdaderas intenciones y los métodos que están utilizando para lograrlo. Son abiertos en demostrar sus deseos de que el erario vuelva a sus bolsillos, porque, según sus principios, es plata que les pertenece por designio divino. 

Sin sonrojarse, todos los días nos tratan de pendejos, como si no nos estuviéramos dando cuenta de sus intenciones. No se han percatado de que con el gobierno del cambio muchos colombianos ya se dieron cuenta de la verdadera calaña de quienes nos han gobernado por más de 200 años y que harán lo que sea para volver.

Pero la pendejada del pueblo colombiano viene de tiempos ancestrales. Primero con la llegada de los españoles, a los que les creyeron que eran una especie de semidioses que luego los aniquilaron, los esclavizaron y aun así les permitimos una dominación de más de 300 años en los que sacaron una gran cantidad de metales preciosos, alimentos, (recordemos que la papa americana salvó del hambre a Europa), maderas y todo lo que para ellos constituyó un método de enriquecimiento. Acabaron nuestra dignidad, nos obligaron a verlos como seres superiores; no en vano, el Vaticano dictaminó que nuestros indígenas no tenían alma, con la consecuente discriminación social, política y económica.

Esa misma línea fue seguida por muchos de los que nos “liberaron” del yugo español. Esos «próceres» de la independencia eran esclavistas y feudales, una mezcla muy productiva para ellos, salvo algunas excepciones como la de Nariño quien trajo e impulsó los recién declarados derechos del hombre.

Ya en la vida republicana, los descendientes de esos criollos y que siguieron con el poder manejando los destinos del país, continuaron tratando al pueblo de la misma forma, estando seguros de que la pendejada nunca se nos iba a quitar. Armaron violencias impulsados por los politiqueros, los curas y los medios de comunicación obligando a los conservadores a matar a los liberales, para que esos oligarcas se quedaran con las tierras de los asesinados o desplazados. El abuelo de la hoy candidata forzó a los campesinos del Tolima a que se levantaran en armas porque según él, no merecían un hospital y una escuela. 

A lo largo del siglo XX y en lo recorrido del presente, su estrategia no ha variado, los ejemplos de esa convicción que tiene la derecha de que somos estúpidos, son de todos los días. Se inventan mentiras, calumnias, entrampamientos y todo tipo de iniquidades contra los pobres y miserables y hay un grupo (siempre lo hay) de colombianos que se creen lo que las derechas les dicen. La cantidad de ciudadanos que han caído en la trampa les ha permitido gobernar sin oposición hasta la llegada de Gustavo Petro y el progresismo a la escena nacional. 

Así se han mantenido en el poder con la pendejada de muchos y la alcahuetería de otros que aspiran a ser como ellos: ladrones, corruptos, asesinos y llegar un día a desplazarlos y tomar sus puestos de poder, aunque eso sea casi imposible por el hermetismo de la ultraderecha, que no permite el arribo de ningún advenedizo que no sea de su clase y con sus abolengos. A quienes han aspirado a gobernar en Colombia que provengan de los estratos populares generalmente los han asesinado. Como será su exceso de confianza que aún hoy son capaces de engañar con unos cuentos de los más inverosímiles, traídos de los cabellos y siguen logrando convencer a quienes les siguen creyendo. 

No es más sino mirar todas las calumnias y mentiras con las que han tratado de deslegitimar, primero el gobierno de Petro y ahora la candidatura de Iván Cepeda. Es que alguien con dos dedos de frente capta de inmediato la falsedad de las afirmaciones con las que han pretendido enlodar a uno y otro. A Petro lo han acusado, sin ninguna prueba y solo por intentar quitarle credibilidad, de borracho, drogadicto, guerrillero, castrochavista y asesino. Demeritan todos sus proyectos, reformas y cambios. Afirman, sin consistencia científica, que no sirven, que Colombia no está para eso y que ¡perjudican al pueblo!, tamaño despropósito. Lo mismo son los ataques en contra de Iván Cepeda, se enfilan en ese mismo libreto de que es el candidato de las guerrillas, que su papá, asesinado por la ultraderecha era miembro de las extintas FARC, que comunista, etc.  Pero ese despropósito de decir a grito herido que las reformas del gobierno Petro son en contra de los colombianos rayan en la ridiculez. Sin embargo, hay colombianos que, gracias a esa enfermedad endémica de los colombianos, la pendejada, les creen como si fuera verdad revelada.

No nos crean tan pendejos de tratar de convencernos de que, como lo dijeron Uribe y sus secuaces, el pago de recargos nocturnos, las primas, el salario vital y la reducción de la jornada laboral perjudicaban a los trabajadores. Y lo dicen así, sin sonrojase. Afirmarle a un pobre o miserable que si le aumentan su ingreso para él y su familia lo perjudica no tiene sentido de las proporciones. Pero hay gente que repite ese discurso con el convencimiento de esa “verdad”. Afirmar que el tener un carnet de una EPS es prestarle los servicios sanitarios que requiera, y sobre todo donde no había médicos ni enfermeras ni instalaciones ni nada, es la mayor falacia del mundo ya que cobertura no quiere decir atención, pero muchos uribistas de estrato cero salen a defender a esas empresas privadas y atacar la reforma a la salud. Que los magistrados de las altas cortes deroguen decretos y decisiones que son para ayudar a los colombianos de regiones donde hay riesgos ambientales o de violencia, quitándoles los recursos humanos, económicos y físicos y existan voces en su apoyo, es una demostración más de cómo nos creen. 

Pero la tapa de todo eso es lo realizado por el Banco de la República. El argumento para aumentar la tasa de interés en 200 puntos básicos en menos de dos meses fue que hay que crear desempleados porque ellos no consumen, pues al no tener dinero para comprar, no hay demanda y los precios bajan, es lo más maquiavélico, grosero, violento que yo he oído en mucho tiempo. 

Es ruin que los codirectores del Banco de la República exijan un desempleo del 10%, para controlar la inflación, es lo más cruel en un país que ha sido clasificado como de los más desiguales del planeta y con mayor índice de pobreza. Ese es el dilema que el emisor le plantea a Colombia, quebrar la producción y al país con las altas tasas de interés o que el 10% de los colombianos se mueran de hambre al no tener empleo y `por lo tanto ingresos para sobrevivir. 

Todos los argumentos usados por la ultraderecha para impedir los cambios solo tienen fuerza en esos colombianos que “les comen cuento” y los respaldan por encima de su propio bienestar y el de sus familias. Muchos siguen defendiéndolos, unos por ignorancia o estupidez y otros por complicidad, ya que en el fondo se creen potencialmente ricos así no tengan ni para comer, pero en ellos prima la codicia y el odio a sus compatriotas.

Parte de los colombianos ya han empezado a salir del letargo de la pendejada. Gustavo Petro con su sapiencia, capacidad de diálogo, y pedagogía ha logrado que aquellos que tienen cierta capacidad de análisis y no son radicalmente uribistas, hayan comenzado a estudiar y comprender los alcances del gobierno del cambio en beneficio de quienes nunca han tenido nada.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

lunes, abril 06, 2026

Prensa tradicional colombiana y el oficio de salvar a la derecha

 

Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com- 

La derecha, en su desesperación por frenar su derrota, recurre a la manipulación mediática, instalando el relato de las "chuzadas" para silenciar denuncias de fraude y torcer una elección que se está escapando.

Nuevamente se comprueba que la función de los grandes medios de comunicación tradicional en Colombia no es la de informar, sino la de despistar al ciudadano desprevenido. La constatación de su malintencionada actuación se presenta con claridad meridiana en estas semanas previas a las elecciones presidenciales del 31 de mayo. 

Mientras el presidente Gustavo Petro denuncia, con la presentación de documentos, actuaciones judiciales y evidencia empírica histórica, la posibilidad de un intento de fraude electoral que involucra a la empresa Thomas Greg & Sons y al candidato de derecha Abelardo de la Espriella, la prensa tradicional, fiel a su oficio de siempre, ha decidido mirar hacia otro lado. O, mejor dicho, ha decidido voltear las cámaras y micrófonos para enfocarse en una historia distinta.

El presidente colombiano ha sido insistente en señalar que la firma de los hermanos Bautista, encargada del software de preconteo y escrutinio, podría estar en el centro de una maniobra para manipular los resultados electorales. Según Petro, ese fraude no se limitaría a la manipulación de jurados de votación, tal y como ocurrió y se denunció en las elecciones parlamentarias del pasado 8 de marzo, sino que tendría una dimensión algorítmica asociada al software electoral. Es necesario indicar que no es un señalamiento improvisado, puesto que el presidente ha denunciado, en reiteradas ocasiones, que la Registraduría ha desobedecido desde 2018 una orden judicial que ordenaba cambiar ese software privado, demostrado como vulnerable. También ha advertido sobre la negativa de Thomas Greg & Sons a entregar el PKI (la clave de información pública) que hace parte de una base de datos que él calificó como "la base de datos de la colombianidad".

Pero la denuncia central, la que desató la tormenta política de los últimos días, fue el mensaje del presidente en redes sociales del pasado 4 de abril, en el que aseguró tener informes sobre conversaciones entre los hermanos Bautista y el candidato De la Espriella, en las que estarían "intercambiando la devolución del contrato de pasaportes a sus manos, y la promesa, a cambio, de ciertos algoritmos que le aseguren la presidencia".

Ante una denuncia de esta gravedad, que involucra a un candidato presidencial y a una empresa contratista del Estado en una supuesta maniobra para adulterar la voluntad popular, lo que cabría esperar de una prensa seria es una investigación a fondo. Que se pregunten: ¿qué hay de cierto en esos informes? ¿Por qué la empresa que hace el preconteo es la misma que ha sido señalada de irregularidades en el pasado? ¿Qué intereses están en juego? Pues no. La respuesta de los medios tradicionales ha sido, como siempre, el desvío. Y el desvío, en este caso, tiene nombre y apellido: "chuzadas".

La prensa tradicional, con una celeridad que sería encomiable si no fuera tan evidentemente orquestada, ha logrado imponer en la agenda mediática un relato paralelo: que el presidente Petro estaría reeditando el escándalo de interceptaciones ilegales del gobierno de Álvaro Uribe, las llamadas "chuzadas" que se hicieron desde el DAS contra opositores, periodistas y magistrados. Los medios, en un acto de reflejo condicionado, han instalado una narrativa sin mayores cuestionamientos. Medios tradicionales como el Tiempo, Caracol radio, RCN o Blu Radio abrieron sus análisis afirmando que, de confirmarse lo dicho por el jefe de Estado, se estaría repitiendo el escándalo de las chuzadas del que fue víctima el propio Gustavo Petro siendo líder de la oposición durante el gobierno de Álvaro Uribe.

Este tipo de insinuaciones conforman una analogía tramposa, ya que en el caso de las chuzadas del DAS, hubo interceptaciones ilegales documentadas, condenas judiciales en firme, como las de la exdirectora del DAS María del Pilar Hurtado y de Bernardo Moreno Villegas, así como la comprobación sustentada de la existencia de un entramado de espionaje político desde el Estado contra la oposición. Por el contrario, para el caso de la empresa de los hermanos Bautista, la Registraduría y de La Espriella, Petro ha sustentado sus denuncias con actuaciones judiciales documentadas. 

Un periodista de El Tiempo, medio propiedad del banquero Luis Carlos Sarmiento Angulo (poderoso empresario de derecha), resumió a la perfección esta estrategia de neutralización cuando escribió en ese medio que "el presidente Gustavo Petro siguió en su línea de irse en contra de Thomas Greg & Sons por su participación en la organización de las elecciones del 2026, como apoyo logístico de la Registraduría. En esta ocasión llegó a sugerir, sin mayores soportes, un supuesto intento por beneficiar al candidato Abelardo de la Espriella por parte de los máximos accionistas de la empresa". Obsérvese la sutileza del uso de la frase del periodista empleado del grupo AVAL: "sin mayores soportes", puesta en la nota para hacer creer que  las denuncias públicas, los documentos judiciales y los señalamientos reiterados del presidente no merecieran siquiera la molestia de ser verificados.

Pero el colmo de la manipulación llega cuando los mismos medios que hoy se rasgan las vestiduras por unas supuestas "chuzadas" reproducen, sin ningún tipo de filtro ético, las declaraciones procaces del candidato De la Espriella. Su respuesta al presidente fue, en sus propias palabras: "Oye, Petro, revisa tu sistema de inteligencia, el que le entregaste a tus camaradas de la narcoguerrilla; si con esa información estás tomando decisiones, seguramente es la razón por la cual pareces fuera de tus cabales". Esa afirmación, que insiste de manera irresponsable en vincular al mandatario colombiano con grupos ilegales, junto con su acostumbrada grosería, han sido reproducidas incesantemente por decenas de medios sin el menor cuestionamiento. Se ha convertido en titular, en frase de cierre de noticiero, en meme de redes. Y mientras tanto, la pregunta de fondo: ¿hay o no hay un intento de fraude electoral orquestado desde una empresa privada en contubernio con un candidato presidencial? sigue sin respuesta, sepultada bajo una montaña de indignación fabricada.

Lo más paradójico de todo es que, según las encuestas que los mismos medios publican y financian, el candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda, acompañado de su fórmula vicepresidencial Aída Quilcué, lidera con una amplia ventaja, tal como lo señala una reciente encuesta de Guarumo y Ecoanalítica, financiada por El Tiempo, le da a Cepeda un 37,5% de intención de voto, seguido por De la Espriella con un 20,2% y Paloma Valencia con un 19,9%. Resulta claro que  la derecha sabe que va perdiendo y que, por lo tanto, sus estrategias de manipulación mediática, dentro de las que se incluye el intento de instalar el relato de las "chuzadas" y de silenciar las denuncias de fraude, parecen ser el último recurso para cambiar el rumbo de una elección que se les escapa.

La ciudadanía debe estar alerta. La mal llamada prensa colombiana, propiedad de los mismos conglomerados que se benefician del statu quo, no va a investigar a sus propios dueños ni a los candidatos que representan sus intereses. Por eso es más urgente que nunca que la veeduría internacional, las misiones de observación electoral y la ciudadanía organizada pongan la lupa donde los medios no quieren mirar: en el software electoral, en los contratos de Thomas Greg & Sons y en las conversaciones que el presidente Petro ha denunciado. Porque si permitimos que el relato del desvío triunfe una vez más, la verdad seguirá siendo la primera víctima de esta guerra sucia. Y la democracia, la siguiente.


sábado, marzo 28, 2026

El arte de insinuar: ultraderecha, medios y la ingeniería del miedo *

 

Imagen tomada de: Pedimos al PE matices en la Moción de libertad de los medios

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

En las redes, la insinuación se vuelve avalancha: la información se fragmenta, se exagera y se distorsiona hasta volverse irreconocible. La velocidad sepulta la verificación y lo que emerge es desinformación y emocionalidad organizada.

Lo que ocurre hoy en Colombia no es desorden: es método, diseño y disciplina. Una arquitectura afinada donde la información dejó de ser un derecho para convertirse en herramienta de intervención política. Aquí no se debate: se administra la percepción. Y quien aún crea que asiste a un ejercicio democrático espontáneo probablemente también crea que los titulares nacen como flores silvestres. Pero no: hay jardineros, hay poda y, por supuesto, fertilizantes ideológicos.

La ultraderecha colombiana —fiel a su nostalgia de guerra fría y a su necesidad permanente de enemigos internos— ha perfeccionado un arte antiguo: no necesita demostrar, le basta con insinuar; no necesita mentir, le alcanza con editar. En articulación con sectores afines en Estados Unidos, ha consolidado una maquinaria narrativa donde la noticia no informa, sino que encuadra; donde el lenguaje no describe, sino que reorganiza la realidad para hacerla funcional. Todo bajo la elegante ficción de una prensa libre que, como advirtió Noam Chomsky, no censura: filtra.

Porque en las democracias contemporáneas el control rara vez se ejerce por la fuerza; se ejerce por la persuasión. La “manufactura del consentimiento” no es una anomalía: es rutina. No se prohíbe pensar; se delimita qué puede pensarse, cómo y hasta dónde. Se selecciona, se jerarquiza, se repite. Y en ese proceso, la verdad no desaparece: se vuelve prescindible.

Hay noticias que no informan: inauguran climas. No es una metáfora; es un manual de operaciones. Una investigación preliminar en Estados Unidos que apenas roza al presidente Gustavo Petro —sin cargos, sin pruebas concluyentes, sin centralidad— se transforma, al cruzar la frontera mediática, en una revelación casi apocalíptica. Lo que en Manhattan es duda, aquí se convierte en certeza; lo que allá es un proceso incipiente, aquí es veredicto. No hacen falta jueces: bastan micrófonos.

La sospecha, amplificada con disciplina, se convierte en identidad. Petro deja de ser presidente para transformarse en sospechoso en tiempo récord. No por lo probado, sino por lo repetido. El mecanismo es eficaz porque es sobrio: los medios alineados no necesitan mentir de forma burda; hacen algo más rentable, administran la visibilidad. Recortan, subrayan, repiten. Transforman la complejidad en eslogan. “Investigado por narcotráfico”: ningún contexto y máxima rentabilidad simbólica. Todo lo demás —la ausencia de cargos, el carácter preliminar, los matices incómodos— se evapora en la edición.

Pero la maquinaria no se sostiene solo con técnica mediática. Necesita una base moral que legitime el ruido. Y ahí entra un mecanismo más antiguo que cualquier algoritmo: la proyección. Como señaló Sigmund Freud —y mucho antes intuía Sócrates—, el ser humano tiende a expulsar hacia el otro aquello que no tolera en sí mismo. En política, esa inclinación se convierte en estrategia.

Se acusa al adversario no de cualquier cosa, sino precisamente de aquello que resulta insoportable reconocer en uno mismo. No es simple hipocresía: es ingeniería simbólica. La acusación no busca esclarecer, sino absolver. Se traslada la propia suciedad al cuerpo del otro para que la tribuna vea allí —y solo allí— lo que conviene ocultar. El grupo se redime señalando. Se limpia acusando. Y así, con una eficacia casi litúrgica, la política deja de ser deliberación y se convierte en ritual. Ya no se discuten hechos: se intercambian culpas.

En ese terreno, el asesinato de Miguel Uribe encaja con precisión inquietante. Un hecho grave, complejo, con avances judiciales reales, debería exigir rigor. Pero el rigor no produce titulares. Así que, en paralelo —siempre en paralelo—, emerge otra narrativa: la del ruido. Preguntas que no buscan respuestas, insinuaciones que no requieren pruebas, saltos lógicos que desafían incluso la cortesía intelectual.

Y entonces ocurre lo previsible: sin evidencia, sin proceso, sin incomodidad, aparecen Gustavo Petro e Iván Cepeda como responsables insinuados. No porque los hechos conduzcan allí, sino porque la narrativa los necesita. No es torpeza: es método.

El mismo método que convierte una indagación preliminar en escándalo internacional transforma un crimen en insumo electoral. No se trata de demostrar, sino de instalar. De repetir hasta que la sospecha se naturalice. En esa lógica, Iván Cepeda resulta funcional no por lo que hizo, sino por dónde está: en la política del contagio, la cercanía sustituye a la evidencia. Su apelación al debido proceso suena casi arqueológica, como citar a Sócrates en medio de una tormenta de tendencias.

Mientras tanto, el lenguaje hace su trabajo silencioso. No describe la realidad: la reorganiza. Lo incierto se vuelve afirmación, lo parcial se presenta como totalidad. Controlar las palabras no garantiza el dominio absoluto, pero sí asegura algo más práctico: inclinar la percepción.

El contexto geopolítico completa el cuadro. Las tensiones entre Bogotá y Washington —política antidrogas, autonomía regional, intereses estratégicos— no siempre aparecen en el titular, pero operan detrás de él. En ese escenario, cualquier insinuación adquiere valor. No solo circula: presiona.

Y entonces aparece el elemento decisivo: el clima.

Las redes sociales convierten la insinuación en avalancha. La información se fragmenta, se exagera, se distorsiona hasta volverse irreconocible. La verificación pierde frente a la velocidad. La sociología del rumor desplaza a la comprobación del dato. Y lo que emerge no es solo desinformación, sino emoción organizada.

El producto final es el miedo. Miedo al caos. Miedo al crimen. Miedo al cambio. Miedo al otro.

En ese ambiente, las encuestas cumplen su función con elegancia estadística. No reflejan una realidad previa: consolidan una percepción ya fabricada. Le dan apariencia de objetividad a lo que es, en esencia, una construcción cuidadosamente inducida.

Y cuando el circuito parece completo, irrumpe la tragedia.

La caída del avión Hércules en Puerto Leguízamo —decenas de militares muertos— debería imponer silencio. Pero aquí el silencio no es rentable. La aeronave, con más de cuatro décadas de servicio, incorporada durante el gobierno de Iván Duque bajo el programa de “equipos excedentes” de Estados Unidos —ese eufemismo diplomático para lo que ya cumplió su vida útil—, arrastraba una historia previsible: desgaste acumulado, uso intensivo y eficiencia discutible.

El presidente Gustavo Petro lo nombra sin rodeos: “chatarra”. Señala responsabilidades y abre un debate necesario sobre el valor que el Estado asigna a la vida de quienes lo defienden. Pero el sistema responde como siempre: desplazando la discusión. Del problema estructural al ruido inmediato. De las decisiones de fondo al espectáculo del señalamiento.

Incluso la muerte se adapta al libreto.

Se recicla. Se distribuye. Se convierte en argumento. Nada se desperdicia.

Así, todo encaja: una investigación ambigua, un asesinato, un accidente aéreo. Hechos distintos, una misma lógica. Todo puede traducirse al lenguaje del escándalo. Todo puede ser instrumentalizado.

Lo que emerge no es confusión: es orden.

Un orden donde la verdad no desaparece, pero pierde valor frente a su versión más útil. Donde la política deja de ser confrontación de ideas para convertirse en disputa por el relato dominante. Donde acusar es más rentable que demostrar y repetir más eficaz que comprender.

Y entonces queda la única pregunta que resiste el ruido: si la realidad puede moldearse con tal facilidad, si la sospecha puede sustituir a la evidencia,

si la indignación puede fabricarse en serie… ¿qué lugar le queda a una verdad que no sirve para ganar?

Quizás uno marginal, frágil y tardío.

Porque en este sistema —tan sofisticado como cínico— la verdad no desaparece. Simplemente llega tarde. Y cuando finalmente aparece, el veredicto ya ha sido pronunciado en otra parte.

*La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores.


miércoles, marzo 25, 2026

Periodistas colombianas: atrapadas entre el poder, el miedo y el silencio *

 

Imagen tomada de perfil Instagram de Revista Activa

Por: Paula B. Romero

En medio de la actual crisis del periodismo, ser mujer periodista añade un nivel de violencia que rara vez se nombra con la misma contundencia con que se analiza la estructura de poder de los medios.

El ejercicio del periodismo en Colombia es, hoy más que nunca, sobre todo para las mujeres, un acto de resistencia que se parece peligrosamente a caminar sobre un campo minado. No me refiero únicamente a los riesgos físicos en regiones donde la violencia sigue dictando quién puede hablar y quién debe callar. Hablo de esa otra violencia, más sutil pero igual de asfixiante: la que viene desde las propias redacciones, desde los dueños que las poseen, desde los intereses que las atraviesan. Hablo de la manera en que los medios de comunicación han convertido en piezas de un tablero ajeno a los periodistas (hombres y mujeres), donde su voz ya no les pertenece y donde, para colmo, si se es mujer, se carga con la mochila extra del acoso, la discriminación y la exigencia de “vender” también su imagen.

Quienes creen que la crisis del periodismo comenzó con las redes sociales se equivocan. Esa crisis, que es mucho más antigua y estructural, es la crisis de una profesión que fue secuestrada hace décadas por los mismos conglomerados económicos a los que debería estar vigilando. En Colombia, como en tantos otros lugares, los medios de comunicación dejaron de ser veedores ciudadanos para convertirse en extensiones del poder empresarial. Y como lo documentaron de manera impecable Omar Rincón y Estefanía Avella[1] en su análisis sobre el poder mediático, aquí los medios invocan la libertad de expresión para defender la libertad de empresa, no para informar libremente. Son usados tácticamente por los conglomerados económicos nacionales y transnacionales para incidir en las decisiones del poder: en los gobiernos, en los legisladores, en los jueces.

No se trata de una teoría conspirativa. Es una realidad que viven los comunicadores cada vez que un editor les sugiere (sin decirlo explícitamente, porque ya se ha interiorizado la autocensura) cuáles temas se deben evitar. Un periodista del conglomerado de El Tiempo confesó en aquel mismo artículo lo que muchos periodistas callan: se autocensura en relación con el dueño, Luis Carlos Sarmiento Angulo, el hombre más rico de Colombia, porque “no se le da patadas a la lonchera”. Esa frase, brutal en su honestidad, resume el estado de ánimo de una generación de periodistas que han aprendido a “interiorizar inhibiciones”, como lo describen Rincón y Avella, y a manifestarlas en la forma en que se aborda, o mejor, no se abordan las noticias. No hace falta que el dueño llame. Se sabe lo qué le incomoda, como también se sabe qué línea garantiza mantener el empleo. Y ahí está la trampa: las y los periodistas se convirtieron en guardianes de los intereses de quienes les contratan, traicionando sin quererlo, o queriéndolo a la fuerza, el mandato ético que un día creyeron que sería el norte de sus vidas.

Pero esta situación no es nueva, el periodismo ya lo ha venido padeciendo desde hace tiempo y con elementos, que complican el ejercicio honesto de la profesión, como la manipulación de la información para crear narrativas y/o vender noticias.  El periodismo amarillo de Hearst y Pulitzer no solo inventó un estilo narrativo que privilegiaba la emoción sobre el rigor; también demostró, como lo consigna la Oficina del Historiador de Estados Unidos[2], que la prensa tenía el poder de captar la atención del público y de influir en la reacción ante los acontecimientos internacionales. La famosa frase apócrifa de Hearst: “tú proporcionas las fotos, yo proporcionaré la guerra” sigue siendo el emblema de cómo los intereses económicos y geopolíticos se sirven de las redacciones para fabricar climas de opinión que justifiquen guerras, intervenciones y todo tipo de desmanes.

La prensa de Hearst y Pulitzer no creó el sentimiento antiespañol de la nada, pero sí lo exacerbó, lo moldeó y lo usó para impulsar la expansión imperial de Estados Unidos y de paso, vender más periódicos.  ¿Acaso no hacemos lo mismo hoy? ¿Acaso nuestros grandes medios no fabrican climas de opinión para justificar reformas laborales que benefician a los dueños, para deslegitimar procesos de paz que incomodan a los poderes económicos, para impulsar candidatos que seguirán protegiendo el statu quo?

Hoy, esa lógica se ha visto amplificada por la llegada de nuevos actores digitales que se presentan como la alternativa a los medios tradicionales. En teoría, debería ser una oportunidad para democratizar la palabra. En la práctica, hemos visto emerger un ecosistema fragmentado donde las bodegas humanas y los bots manipulan las tendencias, donde los youtubers y los influencers construyen relatos a la medida de quienes los financian, donde la desinformación circula con la misma velocidad que la verdad, y donde la línea entre el periodismo y la propaganda se ha vuelto casi imperceptible. La pelea por el predominio en el mercado de las noticias ya no es solo entre dos magnates de la prensa escrita; es una guerra de alcance global donde el big data permite vigilar, controlar y dominar a las audiencias como nunca antes.

En medio de este paisaje desolador, ser mujer periodista añade un nivel de violencia que rara vez se nombra con la misma contundencia con que se analiza la estructura de poder de los medios. El acoso sexual, como lo documentan las investigadoras Larrea, Guarderas y sus colegas[3], es un fenómeno complejo que hunde sus raíces en las desigualdades de género. Desde que un grupo de feministas en la Universidad de Cornell acuñó el término en 1974, hemos entendido que el acoso sexual es un ejercicio de poder que, aunque tenga apariencia sexual, lo que busca es mantener a las mujeres en un lugar de subordinación. En las redacciones colombianas y en las facultades de comunicación, en donde forman a las periodistas, esa violencia es moneda corriente. Desde los comentarios sobre el aspecto físico que condiciona las oportunidades laborales, hasta los tocamientos no consentidos en las salas de redacción, pasando por la exigencia implícita de “ser amables” con las fuentes poderosas, el mensaje es claro: no importa cuánto sepas, no importa qué tan buena periodista seas, tu cuerpo sigue siendo parte del negocio.

Esta triple opresión (la autocensura por los intereses de los dueños, la precarización laboral que nos hace vulnerables, y la violencia de género que nos atraviesa) está matando la profesión y sigue atacando a las mujeres. Y, sin embargo, el periodismo sigue siendo, a pesar de todo, una herramienta indispensable para la democracia. Porque sabemos que, sin medios independientes, sin periodistas que se atrevan a incomodar a los poderosos, no hay posibilidad de justicia ni de transformación social.

Pero es urgente que todas las mujeres nos miremos a nosotras mismas y reconozcamos que la crisis del periodismo no es solo una crisis económica o tecnológica, sino que es una crisis ética, política y profundamente estructural. Mientras los medios sigan siendo botines de guerra de los conglomerados económicos; mientras las periodistas tengan que elegir entre la dignidad y el salario; mientras las mujeres sigamos siendo objeto de acoso y discriminación en las redacciones; mientras la búsqueda de clics y de likes nos haga cómplices del amarillismo que denunciamos en otros; no se puede ejercer el oficio que alguna vez fue razón de ser.

Necesitamos una refundación del periodismo en este país. Una que ponga en el centro no los intereses de los anunciantes ni los réditos políticos de los dueños, sino el derecho de las ciudadanas y los ciudadanos a estar informados con verdad y dignidad. Necesitamos que las redacciones dejen de ser espacios de reproducción de las violencias patriarcales y se conviertan en territorios seguros donde las mujeres podamos ejercer sin miedo. Necesitamos, en fin, recuperar la palabra. Porque si no lo hacemos nosotras, ¿quién lo hará?

* La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).