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| Protestas en Davos - Suiza. Imagen tomada de Yahoo-Finanzas |
Por: Jhon Flórez
El problema no es Davos. El problema es un mundo que aprendió a mirar hacia otro lado mientras le escriben el futuro… y que, en un gesto final de obediencia agradece no haber sido invitado a decidirlo.
Cada enero, mientras la mayor parte de la humanidad sobrevive
atrapada en deudas que se reproducen con más eficacia que cualquier política
pública, bajo salarios licuados, trabajos fragmentados y angustias
cuidadosamente privatizadas, las pantallas cumplen su función histórica:
seducen, distraen y anestesian. Fútbol, farándula, guerras convertidas en
espectáculo y crisis reducidas a titulares fugaces componen la vieja estrategia
del pan y circo, ahora relanzada en 4K, interactiva y con patrocinio financiero.
En ese paisaje de distracción administrada, un pequeño pueblo alpino se
consagra como el auténtico kilómetro cero del poder global. Davos no es una
postal suiza ni un foro más: es el retiro invernal donde las élites, envueltas
en lana cara, cafés orgánicos y jerga tecnocrática, ensayan el rediseño del
mundo con la serenidad de quien jamás pagará el precio de sus decisiones.
Lo que allí se acuerda no desciende como política, sino como
destino. No llega como debate, sino como “realidad”. Se filtra luego
sobre sociedades que apenas perciben el evento como ruido blanco, sin tiempo ni
margen para preguntarse qué se decide, quién decide y —detalle sistemáticamente
omitido— quién cargará, una vez más, con las consecuencias. Davos no convoca
pueblos: administra daños. No gobierna Estados: calibra el perímetro de lo
posible. Su éxito no reside en la visibilidad, sino en la opacidad funcional
con la que convierte decisiones políticas en fatalidades técnicas.
El Foro Económico Mundial nació en 1971 como un discreto
encuentro de ejecutivos europeos interesados en aprender las “buenas
prácticas” del management estadounidense. Con el tiempo, mutó en una
liturgia anual del poder global: jefes de Estado, altos ejecutivos, banqueros,
burócratas transnacionales, gurús tecnológicos y fabricantes de opinión
reunidos bajo un mismo techo, hablando de diálogo, cooperación, sostenibilidad
e innovación, mientras el mundo real se fragmenta, se empobrece, se endeuda y
se militariza sin invitación. Davos no representa a la humanidad: la gestiona
simbólicamente. No expresa intereses universales: los sustituye por narrativas
de consenso.
Su verdadero poder no radica tanto en decidir (que también se
hace), sino en hacerlo sin votar, sin actas, sin control democrático y sin
responsabilidad política directa. Allí no se gobierna, pero se orienta; no se
legisla, pero se condiciona; no se despliegan ejércitos, pero se diseña el
terreno donde estos se vuelven necesarios. El poder contemporáneo ya no
necesita imponerse por la fuerza: le basta con hacer pasar lo decidido como
inevitable. La ideología triunfa cuando se disfraza de sentido común.
En 2026, Davos llega atravesado por una tensión internacional
extrema. La llamada “era de la competencia” dejó de ser una categoría académica
para convertirse en experiencia cotidiana: guerras abiertas, disputas
territoriales, chantajes energéticos, colapso climático y un orden
internacional que se deshilacha a plena vista. El retorno de Donald Trump ya no
aparece como anomalía histórica, sino como síntoma estructural: la amenaza
sobre Groenlandia, el reciclaje explícito de la doctrina Monroe —ahora con branding
renovado— y la confirmación tácita de que el derecho internacional es un adorno
prescindible cuando incomoda a Washington. La legalidad global se tolera solo
mientras no interfiera con la acumulación.
Gaza, Groenlandia, Ucrania, Taiwán, Venezuela y el Ártico no
son episodios aislados, sino piezas de un mismo tablero. En Davos, incluso el
despojo se formula con lenguaje técnico: la rapiña se presenta como
“negociación racional”; la guerra se vuelve “ajuste geopolítico”; el saqueo,
“optimización de recursos”. Tucídides sigue vigente: los fuertes hacen lo que
pueden; los débiles sufren lo que deben. La diferencia es que ahora el cinismo
se pronuncia en inglés corporativo y se aplaude en paneles patrocinados.
Klaus Schwab comprendió algo esencial: el capitalismo no
sobrevive solo con ganancias; necesita relato. De ahí emergen fórmulas como “capitalismo
participativo”, “economía social de mercado”, “desarrollo sostenible”
o “Gran Reinicio”: oximorones cuidadosamente pulidos para maquillar una
concentración de poder cada vez más obscena. La Cuarta Revolución Industrial
avanza expulsando trabajadores, normalizando la vigilancia, privatizando datos
y delegando decisiones humanas a algoritmos que nadie eligió y nadie controla.
La promesa de eficiencia encubre una transferencia silenciosa —pero brutal— de
poder.
El paso de Elon Musk por Davos fue una caricatura perfecta
del momento histórico: bromas cínicas, confusión entre paz y pedazo, promesas
de robots cuidadores y la fantasía de un mundo donde los vínculos humanos son
un estorbo. La sátira se vuelve tragedia cuando se constata que el sistema ya
ha producido sujetos suficientemente domesticados como para aceptar ese
horizonte sin resistencia. El futuro ya no se discute: se consume como demo
tecnológica.
Si Davos funciona como el laboratorio del nuevo orden global,
América Latina comparece allí no como sujeto histórico, sino como objeto de
administración. No delibera: es deliberada. No propone: es procesada. Su lugar
no es el de la decisión, sino el de la ejecución. Y lo más grave es que esta
condición no obedece únicamente a presiones externas, sino a una elección
consciente de amplios sectores de las élites políticas y económicas regionales,
que han convertido la subordinación en estrategia, la obediencia en virtud y la
renuncia a la soberanía en proyecto político. La dependencia ya no se impone
solo por la fuerza: se internaliza como racionalidad de gobierno.
En ese esquema, la regla es simple y brutal: los gobiernos
dóciles son premiados; cualquier atisbo —incluso tímido— de autonomía es
castigado. Argentina, Ecuador, El Salvador y el giro reciente de Chile encarnan
la obediencia convertida en política de Estado. México, Cuba, Colombia y Brasil
son periódicamente disciplinados cuando ensayan márgenes propios de decisión.
La presión mediática, financiera, diplomática y jurídica opera como una
pedagogía del sometimiento finamente calibrada. No persuade: adiestra.
Venezuela, sin embargo, no encaja del todo en ese libreto. No
ha sido convertida en epicentro de disputa por la naturaleza de su régimen
político, ni por la retórica selectiva de los derechos humanos, ni siquiera por
el sufrimiento real de su población bajo un bloqueo económico prolongado. Su
singularidad es más elemental y peligrosa: posee las mayores reservas probadas
de petróleo del planeta. En el orden global contemporáneo, esa riqueza no es un
derecho soberano, sino una provocación geopolítica. Venezuela no es castigada
por lo que hace, sino por lo que es. Su tragedia no es solo política ni moral:
es material. Y revela una verdad incómoda del sistema internacional: la
soberanía es tolerable hasta que se ejerce sobre recursos vitales; a partir de
ahí, se convierte en amenaza.
Colombia, enclave histórico de Washington, enfrenta hoy con
particular crudeza su dilema más persistente: profundizar su proyecto
progresista que conciba la autonomía —política, económica y geopolítica— como
condición material del desarrollo, o replegarse, una vez más, sobre la senda
conocida de la dependencia administrada, presentada cínicamente como
estabilidad. Cualquier intento de avanzar hacia la paz, la justicia social, la
integración regional o una política exterior mínimamente no subordinada activa de
inmediato los dispositivos del cerco político, mediático y financiero,
verdaderos aparatos de corrección ideológica del orden hemisférico. No se trata
de una anomalía coyuntural, sino de la reiteración mecánica de un libreto
disciplinario largamente ensayado. En Colombia, como en buena parte del sur
global, la autonomía nunca ha sido un problema técnico: es una falta moral
imperdonable.
Si Davos es el laboratorio del orden global, sus réplicas
regionales funcionan como salas de ensayo. No deciden el guion, pero aprenden a
recitarlo. Bajo esa lógica debe leerse el Foro Económico Internacional América
Latina y el Caribe, organizado por la CAF en Ciudad de Panamá: una versión tropicalizada
del ritual, con más calor humano, menos nieve y el mismo léxico cuidadosamente
higienizado. Se habla de inclusión sin tocar acumulación; de crisis climática
sin incomodar al capital fósil; de soberanía sin rozar el control real de los
recursos. El foro no engaña: administra expectativas.
En ese escenario, la intervención de Gustavo Petro introduce
una fisura incómoda. No rompe el dispositivo, pero lo tensiona. Petro no habla
el idioma de la resignación tecnocrática: nombra la desigualdad como producto
histórico, la crisis climática como consecuencia directa del capitalismo fósil
y la deuda como mecanismo estructural de dominación. No ofrece recetas de
manual ni promesas de “estabilidad macroeconómica” vaciadas de contenido
social. Recuerda —con una obviedad casi subversiva— que la riqueza no nace del
mercado, sino de la tierra y del trabajo vivo; que no hay transición energética
sin justicia social; que no existe democracia viable bajo desigualdad extrema.
Por eso incomoda. Porque introduce política donde se esperaba
gestión, conflicto donde se buscaba consenso, historia donde se exigía olvido.
La reacción del foro es elocuente: escucha atenta, aplauso medido, archivo
inmediato. La crítica es absorbida, neutralizada, convertida en “voz
interesante”. Así opera el poder contemporáneo: no censura, encuadra; no
reprime, diluye; no silencia, administra. Davos no es un lugar. Es un método.
Un dispositivo que produce realidad mientras simula discutirla. Y su mayor
triunfo no es concentrar poder, sino lograr que la mayoría no entienda cómo
opera, ni dónde, ni para quién.
América Latina sigue entrando allí como proveedor,
experimento o súbdita. El verdadero riesgo no es quedar fuera de Davos ni de
sus sucursales tropicales. El verdadero riesgo es seguir entrando de rodillas,
aceptar el guion como destino y llamar a esa renuncia “pragmatismo”.
Porque cuando la dominación ya no necesita esconderse, cuando
el poder se presenta como consenso y la desigualdad como orden natural, el
problema no es Davos. El problema es un mundo que aprendió a mirar hacia otro
lado mientras le escriben el futuro… y que, en un gesto final de obediencia
perfecta, incluso agradece no haber sido invitado a decidirlo.
* La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).








