LA VITRINA DE LA CONVERSA

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martes, marzo 31, 2026

LA REVOLUCIÓN SOCIOECONÓMICA: una economía al servicio de la VIDA *

 

En la imagen: Carlos Medina G. / Historiador-analista político
Por: CARLOS MEDINA GALLEGO

La economía no es un fin en sí misma, sino un medio para garantizar condiciones de vida dignas para toda la población.

En Colombia, el debate sobre el rumbo económico ha estado marcado durante décadas por una tensión constante: ¿debe la economía orientarse prioritariamente al crecimiento de los mercados o al bienestar de las personas? La propuesta de una revolución socioeconómica plantea un giro fundamental en esta discusión, al afirmar que la economía no es un fin en sí misma, sino un medio para garantizar condiciones de vida dignas para toda la población. Este enfoque, presente en la visión programática de Iván Cepeda Castro, busca reordenar las prioridades del desarrollo nacional bajo un principio básico: primero la vida, luego el mercado.

Este artículo desarrolla, de manera didáctica, los principales componentes de esta propuesta, explicando su sentido, sus implicaciones y los desafíos que enfrenta.

1. LA ECONOMÍA AL SERVICIO DE LA GENTE.

Tradicionalmente, el éxito económico se ha medido por indicadores como el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), la inversión extranjera o la estabilidad macroeconómica. Sin embargo, estos indicadores no siempre reflejan la calidad de vida de las personas. Es posible que una economía crezca mientras amplios sectores de la población siguen en condiciones de pobreza o exclusión.

La revolución socioeconómica propone invertir esta lógica: el objetivo principal de la economía debe ser garantizar VIDA DIGNA, lo que implica acceso efectivo a alimentación, salud, educación, vivienda y trabajo. El crecimiento económico deja de ser el fin y se convierte en un instrumento subordinado al BIENESTAR SOCIAL.

2. REDUCIR LA DESIGUALDAD: el núcleo del cambio

Colombia es uno de los países más desiguales de América Latina. Esta desigualdad no solo se expresa en los ingresos, sino también en el acceso a oportunidades, servicios y derechos. La propuesta plantea que no basta con crecer; es necesario redistribuir.

Esto implica políticas públicas orientadas a:

1. Ampliar el acceso a la educación de calidad

2. Garantizar cobertura universal en salud

3. Reducir las brechas urbano-rurales

4. Fortalecer la movilidad social

La reducción de la desigualdad no es solo un imperativo ético, sino también una condición para la estabilidad social y el desarrollo sostenible.

3. HACIA UNA ECONOMÍA PRODUCTIVA y DIVERSIFICADA

Uno de los problemas estructurales de la economía colombiana es su alta dependencia de actividades extractivas, como el petróleo y la minería. Este modelo, aunque genera ingresos, tiene limitaciones importantes: volatilidad, bajo valor agregado y altos impactos ambientales.

La revolución socioeconómica propone una transición hacia una economía productiva, basada en:

1. El fortalecimiento de la industria nacional

2. El impulso al sector agropecuario

3. El apoyo a las economías locales y regionales

4. La promoción de la innovación y el conocimiento

Este enfoque busca generar empleo de calidad, aumentar la resiliencia económica y reducir la dependencia de los ciclos internacionales de precios.

4. SOBERANÍA ALIMENTARIA: garantizar el derecho a la comida

La soberanía alimentaria es un concepto clave en esta propuesta. No se trata solo de producir alimentos, sino de asegurar que todas las personas tengan acceso a una alimentación suficiente, saludable y culturalmente adecuada.

Para lograrlo, se plantea:

1. Fortalecer el campesinado como sujeto central del desarrollo rural

2. Promover la producción local de alimentos

3. Reducir la dependencia de importaciones

4. Proteger las semillas nativas y la biodiversidad

Esto no solo tiene implicaciones económicas, sino también sociales, culturales y ambientales. Un país que no garantiza la alimentación de su población es un país vulnerable.

5. TRABAJO DIGNO y ESTABILIDAD LABORAL

El trabajo es uno de los pilares fundamentales de la dignidad humana. Sin embargo, en Colombia una gran parte de la población se encuentra en condiciones de informalidad, precariedad o inestabilidad laboral.

La revolución socioeconómica propone avanzar hacia un modelo de trabajo digno, que incluya:

1. Formalización laboral

2. Salarios justos

3. Protección social (salud, pensión, riesgos laborales)

4. Condiciones laborales seguras

Esto no solo mejora la calidad de vida de las personas, sino que también fortalece el tejido social y dinamiza la economía interna.

6. LA INVERSIÓN SOCIAL COMO MOTOR DEL DESARROLLO

Durante mucho tiempo, el gasto social ha sido visto como un costo que debe ser limitado. La propuesta plantea una visión distinta: la inversión en educación, salud y vivienda no es un gasto, sino una inversión estratégica.

Una población educada, saludable y bien alojada tiene mayor capacidad productiva, mayor participación ciudadana y mayor estabilidad social. Por tanto, invertir en derechos sociales es invertir en el futuro del país.

7. REFORMA TRIBUTARIA PROGRESIVA

Uno de los mecanismos fundamentales para financiar esta transformación es una reforma tributaria progresiva.

Esto significa que quienes tienen mayores ingresos y riqueza deben contribuir en mayor proporción al financiamiento del Estado.

El objetivo es:

1. Reducir la carga sobre los sectores populares

2. Combatir la evasión y la elusión fiscal

3. Aumentar la capacidad del Estado para invertir en lo social

La justicia fiscal es una condición necesaria para la justicia social.

8. TRANSICIÓN ENERGÉTICA JUSTA

El cambio climático y la crisis ambiental obligan a replantear el modelo energético. La propuesta plantea una transición energética justa, que combine sostenibilidad ambiental con justicia social.

Esto implica:

1. Reducir la dependencia de combustibles fósiles

2. Impulsar energías renovables

3. Proteger los territorios afectados por actividades extractivas

4. Garantizar alternativas económicas para las comunidades dependientes de estos sectores

La transición no puede hacerse a costa de las poblaciones más vulnerables; debe ser inclusiva y equitativa.

9. LUCHA CONTRA LA CORRUPCIÓN

La corrupción es uno de los principales obstáculos para el desarrollo en Colombia. No solo implica la pérdida de recursos, sino también la erosión de la confianza institucional.

La revolución socioeconómica plantea una lucha frontal contra este fenómeno, entendiendo que cada peso recuperado puede destinarse a mejorar las condiciones de vida de la población.

Esto requiere:

1. Fortalecimiento de los mecanismos de control

2. Transparencia en la gestión pública

3. Participación ciudadana en la vigilancia

Sin combatir la corrupción, cualquier proyecto de transformación pierde legitimidad y eficacia.

10. UNA ECONOMÍA PARA LA PAZ

Finalmente, la propuesta reconoce que la economía y la paz están profundamente interrelacionadas. La desigualdad, la exclusión y la falta de oportunidades han sido factores que alimentan el conflicto armado.

Por ello, una economía orientada al desarrollo territorial, la inclusión y la justicia social es también una economía para la paz. Esto implica:

1. Inversión en regiones históricamente marginadas.

2. Generación de oportunidades económicas legales.

3. Fortalecimiento de la presencia del Estado.

La paz no es solo la ausencia de violencia; es la presencia de condiciones dignas de vida.

A MANERA DE SÍNTESIS

La revolución socioeconómica no es simplemente un conjunto de políticas aisladas, sino un cambio de paradigma. Propone pasar de una economía centrada en el mercado a una economía centrada en la vida; de un modelo excluyente a uno incluyente; de una lógica extractiva a una productiva y sostenible.

Este enfoque plantea desafíos importantes: requiere voluntad política, capacidad institucional y participación ciudadana. También implica enfrentar resistencias de sectores que se benefician del modelo actual.

Sin embargo, también abre la posibilidad de construir un país más justo, más equitativo y más humano. En última instancia, la pregunta que plantea esta propuesta es profundamente ética y política: ¿para quién y para qué existe la economía?

Responder a esta pregunta es, quizás, el primer paso hacia una transformación real.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


lunes, febrero 02, 2026

La Guerra mediática para sabotear el Cambio en Colombia

 

Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com- 

La reciente y agresiva elevación de las tasas de interés por parte del Emisor, ante una inflación en claro descenso, es un acto de sabotaje económico con fines políticos

En Colombia se libra una guerra silenciosa pero decisiva para mantener el relato económico de la derecha. Mientras el gobierno del presidente Gustavo Petro implementa una política fiscal y social que, según cifras del DANE y el análisis de economistas de talla global de la línea académica de los premios Nobel de Economía, Paul Krugman y David Card;  ha mostrado resultados mesurados y prometedores, sustentados en un eficiente control de inflación, un crecimiento estable y la reducción de la pobreza monetaria; una poderosa maquinaria narrativa, amplificada por la llamada Gran Prensa Colombiana y sus “bots” (humanos y digitales) en redes sociales, se esfuerza por pintar un panorama apocalíptico. 

La maquinaria de desinformación y manipulación de la opinión pública no es espontánea; es orquestada por los grandes grupos económicos colombianos y sus aliados internacionales, quienes utilizan su influencia mediática para sostener un modelo neoliberal agotado y desacreditar cualquier alternativa que favorezca los intereses de las mayorías aún empobrecidas de Colombia y el mundo.

El mecanismo de manipulación informativa es sofisticado y transnacional. Mientras que la prensa hegemónica local, cuyos dueños son los mismos conglomerados con intereses en sectores financieros, extractivos y de servicios, por un lado amplifica y falsea la realidad  del actual contexto colombiano, por el otro lado, reproducen y amplifican el ruido generado por los editoriales y análisis del Financial Times, The Washington Post o The Economist, unas publicaciones que  no son neutrales, toda vez que, por ejemplo,  The Economist es controlado mayoritariamente por las familias Rotschild (Sector financiero internacional) y  Agnelli a través de su holding Exor, con vastos intereses en el capitalismo global. 

No es de extrañar que la línea editorial de este afamado medio de comunicación privilegie la ortodoxia financiera y la desregulación, en concordancia con el proyecto geopolítico y económico que apoya y promueve, que ve con recelo cualquier experimento progresista en el Sur Global. Así, se crea un eco mediático global que presenta la disciplina fiscal ortodoxa y la primacía del mercado como únicas verdades científicas, ignorando deliberadamente los avances en la ciencia económica que cuestionan esos dogmas y validan políticas de estímulo e inversión social en contextos como el colombiano.

Este asedio narrativo sería menos efectivo sin la complicidad de actores institucionales clave dentro de Colombia, los cuales, no obstante, el triunfo electoral de la izquierda a la cabeza del Pacto Histórico, siguen controlados por la derecha tradicional en enclaves de poder como el Banco de la República, ciertas salas de las altas cortes y un bloque significativo en el Congreso. 

La reciente y agresiva elevación de las tasas de interés por parte del Emisor, más allá de cualquier justificación técnica ante una inflación en claro descenso, es el ejemplo claro de un acto de sabotaje económico con fines políticos, cuyos objetivos son: el estrangulamiento del crédito, enfriar la economía, generar descontento por un menor crecimiento y, sobre todo, desfinanciar los programas sociales que son el corazón del programa del Pacto Histórico y su principal gancho electoral. Esta decisión de las mayorías en la Junta Directiva del Banco de la República es una jugada maquiavélica que prioriza el interés de las élites económicas y políticas de centro y centro derecha sobre el bienestar del pueblo colombiano.

Ahora, en plena coyuntura electoral, esta alianza entre el poder económico, los medios hegemónicos e instituciones capturadas entra en su fase más agresiva. Los tanques de pensamiento financiados por los gremios y los especialistas pagados por la mal llamada Gran Prensa Colombiana lanzarán, día tras día, relatos catastróficos sobre el futuro del país, dentro de una campaña de terror financiero diseñada para asustar a la clase media, desmovilizar a los sectores populares y, en última instancia, inflar las pálidas cifras de intención de voto de una derecha sin proyecto ni legitimidad. 

Frente a este poderío, la ciudadanía, pero, sobre todo, los opinadores y comunicadores independientes, tenemos una tarea crucial: Cuestionar la fuente de cada pronóstico nefasto, recordándole, de manera insistente a la sociedad colombiana, que quienes hoy claman por el "riesgo país" son los mismos que se beneficiaron de décadas de un modelo que nos dejó desigualdad y violencia. De igual manera, debemos replicar y amplificar información sustentada en los datos duros y proveniente de los académicos independientes por encima de los editoriales interesados de la prensa nacional e internacional. 

La defensa de la transformación social en Colombia pasa no solo por las urnas, sino por ganar la batalla cultural contra el discurso único, ese que se viste de técnica económica pero que solo vela por la perpetuación de los privilegios de unos pocos. El futuro del país depende de nuestra capacidad de ver más allá del relato del poder.


martes, diciembre 30, 2025

El Salario Vital Familiar frente al dogma económico y la hipocresía de la derecha

Imagen tomada de: Crónica del Quindío

Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-

Por primera vez, en mucho tiempo, la discusión en Colombia se centra en cómo distribuir mejor la riqueza y apalancar el crecimiento desde la base y no en cómo sacrificar los derechos de los muchos en el altar de los privilegios de unos pocos.

El anuncio de entrada en vigor del decreto presidencial que materializa la figura del Salario Mínimo Vital Familiar, prescrita en la Constitución Política de Colombia, pero postergada durante décadas, ha desatado una tormenta predecible de críticas por parte de los representantes de los grandes gremios económicos, junto con sus voceros políticos y periodísticos. 

Haciendo de lado un verdadero y necesario debate técnico sustentado, la virulenta reacción de la derecha colombiana desnuda, tanto la histórica mezquindad de una élite acostumbrada a privatizar las ganancias y socializar las pérdidas y los costos entre los más vulnerables, como la obstinada adhesión de sus círculos académicos a un dogma económico fracasado, hoy repintado con nuevos nombres, pero con la misma esencia regresiva. En torno a las denuncias de un pretendido error técnico, amplificadas por la prensa orgánica de los gremios, se puede advertir la incomodidad que ocasiona la materialización de este derecho constitucional entre quienes se aferran a unos postulados teóricos ya desmentidos por la realidad y los indicadores socioeconómicos.

La crítica central de la derecha colombiana está sustentada en un mantra heredado directamente de la Escuela de Chicago de Milton Friedman, según el cual, cualquier aumento salarial, especialmente uno estructural como este, genera inflación incontrolable y destrucción de empleo, apelando al simplismo de la rígida "curva de Phillips"  y a la teoría del "derrame" o de los "vasos comunicantes", esa noción mágica en la que por obra y gracia del credo neoliberal, al enriquecer a los más ricos eventualmente se beneficiaría a los pobres. 

Sin embargo, no obstante los esfuerzos de los círculos académicos de derecha, pero sobre todo, de la prensa  a su servicio por mantener a flote los postulados de la Escuela de Chicago; la evidencia empírica acumulada en las últimas décadas ha demolido este credo, demostrando que el esperado "derrame" de las migas de riqueza de los vasos comunicantes de los ricos hacia los pobres no ha ocurrido y que, por el contrario, donde más se aplicaron estas recetas (con ajustes, privatizaciones y flexibilización laboral), las brechas de inequidad se ampliaron de manera escandalosa, como lo vienen demostrando los informes anuales de Oxfam y el Laboratorio sobre la Desigualdad Global, en los que Colombia misma es un caso de estudio: tras años de políticas inspiradas en ese consenso, se consolidó como uno de los países más desiguales del mundo.

Contra este dogma, se alzan voces de enorme peso académico. Varios premios Nobel de Economía de los últimos años han cuestionado la relación mecánica entre salarios e inflación. Joseph Stiglitz, por ejemplo, ha argumentado repetidamente que la inflación actual en contextos como el global es multifactorial (disrupciones en cadenas de suministro, crisis energéticas, especulación en mercados de commodities, ganancias corporativas extraordinarias) y que culpar a los salarios es un argumento forzado de conveniencia para proteger los altísimos márgenes de rentabilidad de un mínimo porcentaje de la población. 

El También premio Nobel de Economía, el estadounidense Paul Krugman ha señalado que, en economías con subutilización de capacidad, como muchas tras la pandemia, un aumento del poder adquisitivo de las familias puede estimular la demanda agregada, impulsando la producción y generando un círculo virtuoso de crecimiento. La teoría keynesiana, relegada por el fundamentalismo de mercado, resurge con fuerza ante la evidencia de los indicadores que demuestran que una masa salarial robusta no es un costo, sino que es la base de un mercado interno dinámico. El gobierno de Petro, al aumentar los ingresos de las familias está inyectando combustible directo a la demanda de bienes y servicios básicos y no básicos, lo que puede dinamizar a miles de pequeñas y medianas empresas que abastecen ese consumo.

Frente a la crítica hipócrita soportada en una supuesta preocupación por la supervivencia de las PyMEs, la historia reciente desnuda la doble moral de la oposición en Colombia. Durante décadas, los mecanismos de subsidio, apalancamiento y alivio fiscal establecidos en la ley colombiana fueron sistemáticamente desviados hacia los grandes emporios económicos, amigos y patrocinadores de los gobiernos de turno, durante la hegemonía de una derecha que se esforzó en construir y reforzar un sistema clientelista para proteger a los grandes capitales, no obstante que, de paso, se dejó desamparados a los verdaderos destinatarios de la protección estatal. 

El reto legítimo para el gobierno de Petro es, precisamente, romper ese histórico patrón de desvío y garantizar que los mecanismos de apoyo (subsidios a la nómina, líneas de crédito blandas, asistencia técnica) lleguen efectivamente a los pequeños y medianos productores, no para eliminarlos, sino para integrarlos a una economía de mayor demanda.

El crecimiento económico colombiano, pese a un panorama internacional adverso (estancamiento del precio del petróleo y la incertidumbre arancelaria generada por políticas de Donald Trump), ha mostrado una resiliencia notable, con un impulso creciente del consumo interno. Medios económicos especializados internacionales, como Bloomberg y Reuters, han reseñado en 2024 y 2025 la fortaleza de los indicadores laborales colombianos y su sorprendente recuperación macroeconómica. Por primera vez, en mucho tiempo, la discusión en Colombia se centra en cómo distribuir mejor la riqueza y apalancar el crecimiento desde la base y no en cómo sacrificar los derechos de los muchos en el altar de los privilegios de unos pocos.