LA VITRINA DE LA CONVERSA

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miércoles, junio 24, 2026

La revolución ética desde lo local

 

Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-

De lo que se trata es de la construcción, desde los municipios, de una revolución ética que no necesita pedir permiso porque ya está ocurriendo en los territorios donde la comunidad decide su destino con honestidad

Las pasadas elecciones presidenciales de Colombia, en las que se enfrentaron los candidatos Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, además del pulso entre dos candidaturas diametralmente diferentes, fue la manifestación más evidente de la fractura que divide la sociedad colombiana.

Los resultados numéricos de cada una de las propuestas políticas enfrentadas sirven para evidenciar la existencia de dos grandes visiones de la realidad. Por un lado, una que entiende el bienestar social, la colaboración comunitaria y la justicia como ejes irrenunciables del desarrollo; por el otro, una cosmovisión que exalta el individualismo, la acumulación sin límites y se acomoda sin rubor en todos los gobiernos que han concentrado la riqueza en una minoría mientras siembran dificultades para las mayorías.

Al hacer un primer examen de los resultados finales alcanzados por las candidaturas en competencia es posible afirmar que, el estrecho margen que dio la victoria a la ultraderecha no puede leerse como una derrota definitiva;  debe interpretarse como la confirmación de que en Colombia coexisten dos países, en apariencia irreconciliables, que poderosas fuerzas (ahora ya no tan ocultas) se empeñan en preservar en estado de enfrentamiento, para mantener el estado de cosas anterior al arribo de la izquierda al poder. De igual manera, la cantidad de votos alcanzada por la candidatura de Cepeda y Quilcué, se presenta como la prueba de que el país de la solidaridad crece y está lejos de ser residual.

En este particular momento de la historia, en el que los poderosos han demostrado cómo, la manipulación mediática y la profunda infiltración de sus agentes políticos y judiciales en las instancias clave de decisión administrativa, judicial y electoral pueden lograr que grandes sectores de estratos medios y bajos de la sociedad se crean el relato de que ellos y ellas también hacen parte de una élite que impuso el “Todo Vale” y del “enemigo interno”, Colombia necesita más que nunca, una revolución ética, que tenga como  punto de partida a los municipios, en un escenario político que esté lejos de las peligrosas alianzas que desdibujan el alma del cambio y la justicia social.

Aung San Suu Kyi ya había señalado la anterior idea con una lucidez que sirve para describir el momento que vive Colombia, al afirmar que: “La auténtica revolución es la del espíritu, nacida del convencimiento de que es necesario cambiar las actitudes mentales y los valores que dan forma al progreso del desarrollo de una nación. [...] Se necesita la decisión unánime de perseverar en la lucha, de sacrificarse en nombre de las virtudes permanentes, de resistir las influencias corruptoras del deseo, la mala fe, la ignorancia y el miedo”.

Esta cita, que el filósofo Francesc Torralba usó para presentar su texto: La Revolución Ética, resulta precisa para señalar que, en las actuales sociedades, la única forma de evitar el abismo es plantear la ética como una brújula necesaria, demostrando, de paso, que el modelo que defiende De la Espriella no necesita cambiar actitudes mentales; se alimenta de las influencias corruptoras del deseo, la mala fe y el miedo. Sin embargo, frente a un gobierno de ultraderecha, absolutamente amoral, no basta la indignación, ya que, como Torralba lo advierte: la indignación, como respuesta natural a la injusticia, es estéril si no deviene compromiso. Y es precisamente ese salto (de la rabia a la construcción) lo que está en juego hoy en Colombia.

Frente a esta alternativa política – filosófica – vivencial, Iván Cepeda, en su lúcido planteamiento sobre la revolución ética en Colombia ha señalado que nuestra Constitución y los tratados internacionales consagran principios que son, al mismo tiempo, un logro de la resistencia colectiva y una deuda humillante. En tal sentido, Cepeda advierte que la vida debe defenderse ante toda violencia y que la equidad social es un derecho fundamental, toda vez que la desigualdad se ensaña con los mismos de siempre. De igual manera, Cepeda continúa indicando que una propuesta de gobierno ético debe tener como principios fundamentales: el hecho de que las mujeres deben ocupar espacios decisorios y que la naturaleza es nuestra casa común.

Resulta claro que estos principios han sido verdaderamente transformadores solo cuando activaron el poder constituyente de la sociedad, cuando miles de organizaciones, lideresas, defensores del ambiente y del trabajo digno los movilizaron con desobediencia civil y compromiso democrático. Esa movilización ha sido la semilla de la revolución ética que se necesita en Colombia: un cambio que no solo repudie la deshumanización, sino que reencuentre el sentido profundo de nuestra humanidad compartida.

La Colombia que votó por Cepeda representa un acumulado histórico de estos avances en la revolución ética que ya había hecho posible la gesta del gobierno de Gustavo Petro, a pesar de los hierros y desaciertos cometidos en este primer intento de Cambio. Para avanzar sobre lo avanzado se requiere una estrategia distinta: dejar de mirar exclusivamente el escenario nacional como campo de batalla inmediato y sembrar la revolución ética en el territorio más concreto, el municipio, de modo que, las elecciones locales sean la oportunidad de pasar de la resistencia a la construcción de pequeñas comunidades morales que, como señala Torralba, actúan como “reducto y salvaguarda de la ética en medio de los tiempos más convulsos”.

Desde esta perspectiva, la mejor manera de generalizar la ética en la sociedad colombiana es multiplicar los ejemplos locales de gobierno eficiente, pero, sobre todo decente, de administración comunitaria de lo público, de ciudadanía activa que haga retroceder la corrupción.

Esta revolución ética que se propone para los municipios debe partir de una premisa que es también una renuncia: la izquierda debe abandonar la lógica de las alianzas con los sectores tradicionales, puesto que estas alianzas no solo han sido electoralmente calculadas, sino que han resultado éticamente suicidas. Las ciudadanías decentes han aprendido a distinguir entre la ética discursiva de cara a las elecciones y la ética coherente con todos los detalles, la que habla de derechos y deberes. Así, Una izquierda que pacta con maquinarias corruptas para ganar alcaldías o gobernaciones está cavando su propia tumba moral.

Lo que se necesita no es un simple recambio de caras en el poder local, sino una transformación de la cultura política que, como dice Torralba, requiere un cambio de paradigma. Eso implica que los movimientos alternativos presenten candidaturas propias, orgánicamente vinculadas a las luchas del territorio, con programas de gobierno que hagan de la transparencia, la participación y la rendición de cuentas el centro de la vida ciudadana.

Esa autonomía no es fundamentalismo, es fidelidad al principio más elemental de la revolución ética: el poder solo se transforma si se ejerce con virtudes permanentes, como un primer paso para construir una red de municipios en donde el poder del ciudadano, además de exigir transparencia, sea capaz de castigar la corrupción con su decisión diaria. Esos municipios no esperarían el permiso de Bogotá para construir paz territorial: serían comunidades morales que demuestran, en la práctica, que otra Colombia es posible.

Pero para que esto suceda, debemos superar el derrotismo que ve en el ascenso de la ultraderecha una fatalidad. Los avances alcanzados bajo el gobierno del Pacto Histórico han hecho emerger valores que estaban ocultos como la solidaridad intrafamiliar, comunitaria, gremial, de género. Esa solidaridad, que no es mera resistencia, es el material del que está hecha la revolución ética. En este orden de ideas, no se parte de cero, se continúa con el acumulado histórico del movimiento social que hizo posible el actual gobierno progresista. No se trata de inventar la rueda, sino de articular lo disperso, de dotarlo de un relato común y de una voluntad inclaudicable de no repetir los errores del pasado.

La auténtica revolución, recordaba Suu Kyi, requiere una decisión unánime de perseverar. La decisión está tomada, pero debe ser comunicada con claridad: no se va a construir una Colombia gobernada por la ultraderecha del individualismo depredador, pero tampoco se va a entregar la dignidad de las fuerzas realmente progresista a las alianzas que negocian principios por migajas de poder. De lo que se trata es de la construcción, desde los municipios, de una revolución ética que no necesita pedir permiso porque ya está ocurriendo en los territorios donde la comunidad decide su destino con honestidad, donde la juventud rechaza la corrupción como forma de vida y donde las víctimas son restituidas en su verdad.

martes, junio 23, 2026

La mente militarizada y el Síndrome de Estocolmo

 

Por: DRA **

Para medio país el joven sin futuro o el campesino ya no es un hermano, es el enemigo. Y en la mente militarizada, al enemigo no se le comprende ni se le ayuda: se le da de baja o se lo borra en una mega cárcel.

Felicitaciones a la ultraderecha. Lo lograron. Hoy celebramos el triunfo inobjetable del miedo, de la indolencia y de la amnesia histórica.

Es verdaderamente fascinante observar cómo el Síndrome de Estocolmo se ha convertido en un mandato popular.  Una nación entera aplaudiendo a quienes históricamente han perpetuado su tragedia, entregándoles las llaves del futuro con la ilusión perversa de que el verdugo, esta vez, será compasivo.

Y antes de que los coristas del fanatismo vengan con su predecible y mediocre cantaleta de "llórelo", sépanlo de una vez: me importa un culo.

Me importa un culo que me manden a llorar. Porque, escúchenme muy bien: yo no derramo una sola lágrima por la posible derrota de mi candidato. Los políticos van y vienen; mi llanto no es por el poder perdido. Lloro por esta tierra. Lloro por mis compatriotas.

Lloro porque, en un acto de ceguera colectiva que me hiela el alma, a esta sociedad le pareció muy poca la sangre que ya ha absorbido nuestra tierra y decidieron que quieren más.

Quieren que la fotosíntesis de nuestros campos ya no se haga con clorofila, sino con sangre. Con la sangre de sus propios hermanos. Les parecieron pocos los muertos, los desplazados, las madres buscando a sus hijos en fosas. Votaron por la garantía de que este país siga bebiendo sangre, disfrazada ahora de orden y seguridad.

Y fíjense en la miseria moral en la que hemos caído, fíjense en esta fractura grotesca.

Quedamos divididos exactamente por la mitad. Por un lado, un 50% al que sí le duele su gente. Colombianos a los que nos va bien económicamente, que jamás nos enriquecimos ni usufructuamos un solo peso del gobierno de Petro, pero que tenemos la decencia y la humanidad de alegrarnos al ver que, por fin, por primera vez, el Estado miraba a los más pobres para tirarles un salvavidas. Eso nos hace hermanos, eso es entender que somos hijos de la misma tierra.

Pero por el otro lado, de manera francamente repugnante, tenemos a ese otro 50% al que el dolor del compatriota le importa una reverenda mierda. Esa mitad que se regodea en el esnobismo del egoísmo, que mira con asco al que no tuvo suerte, que aplaude que al pobre lo devuelvan al socavón del olvido simplemente porque les estorba en su paisaje. Qué nivel de indolencia tan bárbaro.

Y si me preguntan, como psicóloga**, cómo es humanamente posible este nivel de desprecio, la respuesta no es un simple berrinche emocional. La respuesta nos la dio hace décadas el gran Ignacio Martín-Baró desde la psicología social de la liberación, antes de que el fascismo lo asesinara precisamente por decir la verdad y desnudar estas miserias.

Lo que estamos viendo en esa mitad del país no es una simple diferencia de opiniones; es el triunfo macabro de lo que Martín-Baró llamó la "militarización de la mente". Décadas de guerra y de discursos de odio han logrado que esta sociedad internalice la lógica del combate en su cotidianidad.

Para esa mitad de colombianos, el pobre, el joven que no tiene futuro, el campesino desplazado o el que sale a protestar ya no es un compatriota, ya no es un hermano: es el enemigo. Y en la mente militarizada, al enemigo no se le comprende, no se le ayuda, ni se le tiene empatía; al enemigo se le aniquila, se le da "de baja" y se le borra del mapa para que no incomode.

Ese 50% vive inmerso en una mentira institucionalizada. Martín-Baró explicaba perfectamente cómo el sistema logra que la opresión y la miseria extrema se vean como algo natural, como un castigo merecido para el que "no se esforzó".

Para que no te duela la tragedia ajena, primero tienes que haber deshumanizado por completo al otro. Tienes que haberte convencido de que su vida vale menos que la tuya. Ese 50% no es que esté ciego; es que su psique está estructurada sobre el egoísmo, sobre un clasismo tan arraigado que el sufrimiento del excluido les parece parte del paisaje. Nos enseñaron a odiar al oprimido y a idolatrar al opresor, y lo hicieron tan bien, que hoy la mitad de Colombia lo celebra en las urnas.

Y para rematar, sumándole a esta desgracia lo que escupió ese señor, ese asqueroso falso mesías, diciendo que al que salga a oponerse o haga un bloqueo "le va a dar de baja". ¿Dar de baja por protestar? Entonces coman mierda. Sí, hoy se los digo de frente: ¡coman mierda! Qué nivel de cinismo y de violencia tan asquerosa.

Y que quede claro que hoy hablo desde la emoción. Que yo sea psicóloga no significa que esté forrada en papel contact y carezca de sentimientos. Soy una colombiana a la que le duele su pueblo.

Hoy, subiendo a la finca de mi mamá, veía a todos esos soldados en la vía. Muchachos de 19, 20 o 21 años... Yo tengo 43, y para mí, ellos son niños. Niños a los que sus madres van a tener que entregar a la guerra porque no tuvieron la capacidad económica ni las oportunidades para estudiar una carrera, y no les quedó más remedio que meterse al ejército. Ver que a esos niños son a los que van a mandar a matar y a morir, me destroza.

Siéntanse muy orgullosos de eso, ultraderechistas. Y ya me empezaron a escribir en las redes, con su tonito de burla, a decirme que "Abelardo es mi presidente". No se equivoquen. Será el presidente de ustedes, el domador de su circo, pero mío no es.

Pero que quede algo absolutamente claro, sin medias tintas: háganse cargo. A ustedes, los paladines de la ultraderecha, a los defensores de la mano dura que hoy celebran: asuman la paternidad de su asquerosa criatura.

Cuando la violencia se recrudezca, cuando el discurso de odio se convierta en política de Estado, cuando la desigualdad los asfixie y el plomo sea la única respuesta a la crisis, les exijo la madurez de no mirar para otro lado.

Ustedes eligieron este abismo. Ustedes firmaron el cheque en blanco. Tengan la decencia de asumir las consecuencias sin hacerse las víctimas.

Me duele Colombia. Me duele en las entrañas ver cómo nos negamos a sanar, prefiriendo siempre reabrir la herida. Qué tragedia tan infinita ser el país que, teniendo todo para florecer, elige siempre abonar sus campos con su propia desgracia.

 

** Este texto fue tomado del perfil FB de Jairo Osorio, su autoría se le asigna (sin confirmación) a Lina M. Ramírez; sin embargo, La Conversa de Fin de Semana suscribe cada una de las afirmaciones aquí suscritas.

 

martes, junio 09, 2026

La república del subsuelo: una sociedad que elige admirar lo que debería rechazar *

 

En la imagen: Jhon Flórez / Economista - Analista político

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Una sociedad que deja de pensar se vuelve vulnerable a quienes ofrecen respuestas simples para problemas complejos

Toda sociedad termina pareciéndose a aquello que decide admirar. No es una sentencia abstracta: es una advertencia histórica que los pueblos con memoria reconocen y los pueblos sin ella descubren demasiado tarde, cuando el daño ya está consumado.

La pregunta que Colombia debe hacerse antes del 21 de junio no es si Abelardo de la Espriella tiene condiciones para gobernar. Esa discusión tiene una respuesta que cualquier observador que no haya renunciado a la razón puede formular sin titubeos. La pregunta verdadera, la que quema cuando se sostiene demasiado tiempo, es otra: ¿qué dice de una sociedad que más de diez millones de sus ciudadanos vean en un personaje de esa estirpe la mejor opción para diseñar su futuro? Esa es la crónica que Colombia necesita leer. No la del personaje. La del espejo.

Comprender lo que representa De la Espriella es condición previa para entender la magnitud de lo que su ascenso revela. No es ningún outsider irrumpido desde la sociedad civil con las manos limpias. Es el destilado más puro de la alquimia criolla del poder: esa que transmuta expedientes en credenciales y prontuarios en plataformas electorales. En su universo, el derecho maquilla al poder; la ley administra la impunidad; y la justicia gestiona el tiempo necesario para que todo prescriba o se olvide.

Defendió a David Murcia, cerebro de DMG que arruinó a miles de ahorradores humildes. Defendió a Álex Saab, operador de una megaestructura que convirtió el hambre venezolana en negocio para una cleptocracia. Asesoró a cabecillas paramilitares en Santa Fe de Ralito, ese territorio mítico donde narcotraficantes, comandantes armados y dirigentes políticos confluían para "refundar la patria." Qué patria, nunca quedó claro. Sí quedó claro sobre qué cadáveres pretendían edificarla. Mancuso afirmó que De la Espriella era "muy amigo" suyo y que participó en Ralito a través de la Fundación FIPAZ, financiada con recursos de las AUC. Su otra fundación, FINPAZ, recaudaba dinero de los propios paramilitares prometiéndoles gestionar su no extradición. Cobrarle a un criminal por protegerlo sin entregar el servicio es, sin eufemismos, una estafa. Que las víctimas fueran criminales no atenúa el dato: lo amplifica.

Daniel Coronell lo investigó y él intentó perseguirlo judicialmente en Estados Unidos, el proceso terminó exactamente al solicitársele explicar el origen de su fortuna. Se retiró en silencio. La justicia, cuando deja de ser intimidación, resulta incómoda.

Su lenguaje es el segundo prontuario. Ha calificado de "delincuentes" al presidente y a su rival sin sentencia judicial que lo respalde. Ha prometido disparar contra manifestantes, extraditar a Gustavo Petro el primer día, desmantelar la JEP y eliminar los procesos de paz. Ha posado con la Biblia tras declarar en 2020: "Soy ateo. No creo en nada que la razón no pueda explicar." La coherencia nunca fue parte del método. El método es saturar, provocar, confundir, y mientras el país discute el insulto del día, avanzar en silencio con su realidad peligrosa.

De la Espriella no inventó este método: lo reconoció y lo perfeccionó. El odio y la estupidez dejaron de ser vicios marginales para convertirse en tecnologías deliberadamente diseñadas. Trump fabricó enemigos con nombre y apellido. Bolsonaro articuló su base en torno al comunismo imaginario y la "ideología de género". Netanyahu usa el miedo securitario como cohesión permanente. Milei convierte el odio en doctrina económica: el enemigo es "la casta", el Estado, cualquier forma de acción colectiva. Cambian los países y los nombres. El mecanismo permanece intacto: el odio divide y simplifica; la estupidez anestesia y neutraliza.

La estupidez aquí no designa ausencia de inteligencia: designa una estrategia. Saturar el espacio público con provocaciones y contradicciones hasta que pensar duela, hasta que el ciudadano agotado delegue su criterio. Hannah Arendt lo advirtió con precisión que el tiempo no ha desmentido: el mayor peligro para las democracias no era la aparición de líderes autoritarios, sino la renuncia progresiva de los ciudadanos al pensamiento crítico. Esa renuncia no es una limitación intelectual: es una renuncia moral. Y cuando una sociedad deja de pensar, se vuelve extraordinariamente vulnerable a quienes ofrecen respuestas simples para problemas que no las tienen.

Robert Paxton lo completa: estos liderazgos no llegan al poder a pesar de ser groseros. Llegan porque la grosería es el mensaje. Romper las normas del debate liberal funciona como prueba de que van a romper las normas del sistema. Para un sector harto o muy cómodo con la política tradicional, esa ruptura se lee como autenticidad.

De la Espriella no emergió del vacío. Es el producto de décadas de fracturas históricas que Colombia ha preferido administrar antes que sanar. El país acumula más de medio siglo de guerra, una desigualdad que la CEPAL ubica entre las más altas del continente e instituciones que han fallado sistemáticamente a las mayorías. En ese suelo, el resentimiento no es irracional: tiene una genealogía y una justicia elemental que ningún análisis honesto puede ignorar.

Erich Fromm lo explicó en El miedo a la libertad: cuando las condiciones históricas generan angustia colectiva, amplios sectores buscan refugio en líderes que prometan certeza y orden, aunque ese orden sea autoritario y criminal. La libertad puede volverse insoportable para quien nunca ha tenido las condiciones para ejercerla con dignidad. Gramsci lo llamó hegemonía cultural: el proceso por el cual los dominados interiorizan los valores de quienes los dominan hasta defenderlos como propios. Así se explica el fenómeno que más debería perturbarnos: trabajadores del salario mínimo que apoyan a un candidato que promete suspender sus aumentos desde el primer día; jóvenes que lo siguen mientras él propone desmantelar la universidad pública que es su único ascensor social; creyentes que lo ven empuñar la Biblia sin saber qué hace cinco años declaraba ser ateo. No es ignorancia simple: es una colonización profunda del imaginario colectivo, esa en que el oprimido vota contra sus propios intereses con la convicción absoluta de estar defendiéndolos.

Bourdieu añade el concepto que cierra el cuadro: la violencia simbólica, mecanismo por el cual el orden social se reproduce porque los dominados lo aceptan como natural. Cuando una sociedad lleva décadas siendo bombardeada con la idea de que el Estado es ineficiente, que los pobres son pobres por vagos y que el hombre duro y violento es el único capaz de imponer orden, no elige a De la Espriella por error: lo elige porque ha sido preparada durante décadas para elegirlo.

El diagnóstico sociológico, sin embargo, no puede convertirse en coartada. Comprender las condiciones que hacen posible un fenómeno no equivale a absolverlo ni a exonerar a quienes lo protagonizan. Las sociedades no son víctimas pasivas de sus dirigentes: son corresponsables de ellos. Cada voto es una decisión política, pero también una decisión moral.

Aristóteles advirtió que la democracia degenera cuando los ciudadanos renuncian a la deliberación y se entregan a los demagogos que halagan sus pasiones. Kant formuló el imperativo categórico: actúa de tal manera que puedas querer que tu acción se convierta en ley universal. La pregunta que cada colombiano debe responderse el 21 de junio es concreta: ¿querría que el criterio con el que está votando sea el criterio universal con que todos decidan el futuro del país? ¿Quiere que Colombia sea gobernada por el insulto, la amenaza y la violencia como doctrina? ¿Quiere que sus hijos hereden un país donde el subsuelo criminal gobierna a plena luz del día?

Los países que eligieron el camino del tirano demagógico —Italia con Mussolini, Alemania con Hitler, Brasil con Bolsonaro— tardan décadas en sanar las heridas que ellos mismos se infligieron. En ninguno de esos casos el demagogo llegó al poder a pesar de la voluntad popular: llegó gracias a ella. Y en ninguno los ciudadanos creyeron estar eligiendo el desastre: creyeron estar eligiendo la salvación. Esa es la trampa más antigua de la política: que el camino hacia el autoritarismo siempre está pavimentado con las mejores intenciones de quienes abren la puerta.

El 21 de junio, Colombia tiene una cita que trasciende dos candidatos y una raya sobre un tarjetón. El verdadero espejo no es Abelardo de la Espriella: el verdadero espejo es Colombia. Y lo que ese espejo refleje dirá más sobre el país que cualquier crónica o debate mediático.

Los liderazgos autoritarios y violentos no se instalan solos. Los instalan las sociedades que, en un momento de dolor, prefieren la certeza falsa del tirano a la incertidumbre exigente de la democracia. Cuando el daño está hecho, la historia no pregunta quién fue el líder. Pregunta qué hicieron los ciudadanos cuando todavía podían elegir.

Colombia puede responder esa pregunta el 21 de junio. O puede delegar la respuesta en el olvido, y dejar que la historia se la formule después, cuando ya no haya vuelta atrás.

La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as)


jueves, junio 04, 2026

¡La ignorancia vota!

En la imagen: Germán Navas Talero / Jurisconsulto - excongresista colombiano
Por: Germán Navas Talero

Editor: Francisco Cristancho R.

 Da tristeza que este país haya votado en la forma en que lo hizo 

Cuando uno mira los resultados electorales de este domingo y ve que el pueblo colombiano vota porque sí, porque le ofrecen algo, porque le dan plata, o porque le dan tejas, y nadie vota por ideales, se llena de tristeza.

Y vimos por noticieros la cantidad de gente a la que han capturado entregando plata; gente que llevaba tranquilamente100, 200, y hasta 300 millones en el bolsillo, ¿qué piensa uno? Cuando uno mira que hay un candidato que representa a los ricos y otro candidato que representa al pueblo, y la gente -ese pueblo- vota por el que representa a los ricos, piensa muchas cosas sobre el origen y el destino de esos dineros.

Es triste, muy triste, de verdad. Colombia da tristeza. Cuando uno ve que, existiendo gente de las calidades del doctor Iván Cepeda, y la gente prefiere votar por ese pelagatos o matagatos, lo único que queda es una profunda vergüenza. ¡Es que tenían más opciones! Pero votar por la persona de quien se ha dicho todo lo que se ha dicho -sin que sean calumnias-, demostrando lo que ha hecho, a la gente a quien defendió, a la gente a quien le tumbó sus dólares, a la gente a quien engañó so pretexto de ser abogado, eso no tienen justificación alguna.

En un país medio decente no ocurre esto. Claro que nosotros hoy nos estamos pareciendo mucho a los Estados Unidos. Donald Trump tiene 34 condenas encima por picardías y delitos, y por él votaron muchos gringos. Aquí les muestran todo lo que ha hecho el tal De La Espriella, como precisamente lo ha denunciado el periodista Gonzalo Guillén, a propósito de los negocios que ha llevado a este individuo, pero eso parece que los tiene sin cuidado. Para esa gente vale más el concepto de cualquier chiflamicas que el de una persona íntegra y seria, como Guillén, o como el del mismo Daniel Coronell, quien ha probado y publicado los oscuros nexos del matagatos con el también delincuente Alex Saab.

Entonces, cuando uno mira el resultado electoral y luego los informes de las capturas de la gente que lleva millones y millones en efectivo, se pregunta: ¿será que los van a llevar como propinas por comprar paletas? ¿serán que son para entrar al cine? Es que ve uno, por noticias, a un tipo en una moto con 300 millones en un maletín, ¿será que los lleva para comprar pan de yucas? No nos crean pendejos, ¡todo eso es para comprar votos!

Y ahí en televisión nos mostraron a muchas personas que estaban recibiendo dinerito. Ahí las mostraron. Pero este es el país que nos tocó. ¿Hasta cuándo tendremos que soportar un país sin principios? Un país donde la gente no le gusta nada más que el dinero, porque no le gusta nada más. Y, a parte de eso, el dinero fácil, que es peor. Eso es el colmo. En cualquier país decente no se vota por un sujeto con todos los antecedentes que la gente conoce del señor De La Espriella. Habría que ver cuántos miles de millones se repartieron este domingo entre los electores para obtener esos millones de votos que tuvo el pelagatos.

Colombianos, a uno comienza a darle tristeza este país. Este país no quiere mejorar. Este país quiere de lo mismo que le han dado durante 200 años, los mismos que han manejado el país a base de trapisondas, lo seguirán manejando, mientras los colombianos sigan votando por gentes como ese pelagatos.

Ahora, esperemos a ver qué más dice la gente esta semana. Qué opinarán de esto. Qué propuestas habrá. Lo que sí es cierto es que habrá una segunda vuelta y, lógicamente, personas como yo, votaremos por Iván Cepeda. Porque creemos en Iván Cepeda. Porque sabemos qué clase de persona es él. Sabemos que es un hombre honrado, que ha sido víctima de la violencia. A su padre lo asesinaron las extremas derechas, muy seguramente algunos de esas mismas derechas que el domingo pasado votaron por el tal De La Espriella; porque a Manuel Cepeda lo asesinaron simplemente por pensar, por pensar diferente a los mafiosos que han manejado por décadas este platanal.

Pero eso es lo que parece que le gusta a este país. Les gusta la gente de gatillo fácil; gente de chanchullos, de peculados. ¡Eso es lo que les gusta! No entiendo cómo una persona de antecedentes limpios, como el doctor Iván Cepeda, deba disputarse algo con un tipejo tan bajo como el tal Abelardo. Conozco al doctor Iván Cepeda, conocí a su señor padre y a su señora madre. Sé de la clase de familia decente de la cual proviene. Sé cómo fue víctima de la violencia, cómo ha sido perseguido y cómo ha sido maltratado.

Este es el momento para darle la posibilidad a Iván de que nos demuestre qué es lo que sabe hacer. Él sabe de economía, sabe filosofía. ¡Es un hombre de paz! Pero parece que a los colombianos no les gustan la paz. Eso lo vivimos hace un tiempo, cuando pusieron a este país a votar o por la paz o por más guerra, e inexplicablemente y contra todos los pronósticos, ganó la guerra.

Los que están votando por el señor De La Espriella están votando por la guerra, por la trampa, por los chanchullos, por la mafia, por la corrupción, y por todo lo negativo que hoy nos ofrece este caballerito, este matagatos, este dandi de pueblo venido a más.

Un tipo que se jacta de haber hecho ‘despegar’ gaticos con voladores atados a sus patitas no es nada más que un criminal; un sádico; un matón. Y 10 millones de colombianos votaron por eso. Votaron por alguien que se entretiene maltratando, matando, violando derechos. Eso es por lo que votaron.

Coletilla por Deisdre Constanza. Resulta difícil comprender la contradicción de un país como Colombia, donde millones de personas que viven las consecuencias de la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades terminan respaldando un proyecto político favoreciendo a las élites económicas. Llama la atención que quienes más necesitan educación, empleo digno, salud y protección social voten por propuestas que poco responden a esas necesidades. Y si ese el proyecto de La Espriella llega al poder, también está en juego la riqueza natural de Colombia. Nuestra biodiversidad, una de las más grandes del planeta, podría quedar sometida a intereses económicos que privilegian la explotación sobre la conservación. Los pobres perderían oportunidades, y el país arriesgaría un patrimonio natural que pertenece a las generaciones presentes y futuras. La coherencia también es una forma de votar. Porque cuando se vota contra los propios intereses, no solo se compromete el bienestar de quienes menos tienen. Se compromete también el futuro de una nación. Que cada uno vote en libertad, pero también con memoria y conciencia.

Adenda del editor: Mucha gente ha criticado la posición de Gustavo Petro por atreverse a denunciar las oscuridades y vacíos del mecanismo electoral del país. En las anteriores elecciones al Congreso, se advirtió que el preconteo no era del todo confiable, y fue hasta la conclusión del proceso que se logró develar un sinnúmero de irregularidades que, al ser descubiertas, otorgaron más curules a quienes misteriosamente se las habían ‘bajado’. El domingo, una vez más, Petro cuestionó el sistema, y advirtió irregularidades con más de 800.000 registros. Amanecerá y veremos. La verdad, es que no es mucha la confianza que se le puede brindar al elector cuando los vigilantes del proceso electoral son la Procuraduría y la Registraduría. Eso lo único que produce son carcajadas.




lunes, junio 01, 2026

Jesús contra los mercaderes de la fe política *

 

En la imagen: Jhon Jaiver Flórez / Economista - Analista político

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Jesús centró su mensaje en el amor al prójimo y en las obras concretas de justicia, dignidad y verdad, no en la admiración al poder, la riqueza o los discursos vacíos.

 Debe ser un imperativo inquebrantable respetar profundamente la espiritualidad cuando nace del amor, de la humildad y de la búsqueda genuina del bien. Precisamente por eso considero necesario hacer una reflexión más profunda sobre un asunto históricamente delicado: la utilización de Dios y de la religión dentro de proyectos políticos. Una práctica que considero equivocada y, muchas veces, deliberadamente manipuladora.

Jesús de Nazaret jamás construyó un discurso basado en el miedo, el señalamiento o la división entre “los buenos” y “los malos” para alcanzar poder terrenal. Por el contrario, su mensaje fue profundamente revolucionario porque puso en el centro a los pobres, a los excluidos, a los enfermos, a las mujeres marginadas, a los perseguidos y a quienes eran considerados indignos por las élites religiosas, políticas y económicas de su época.

Su mensaje no fue de dominación, sino de compasión; no de superioridad moral, sino de amor al prójimo.

Por eso preocupa cuando ciertos sectores políticos —especialmente aquellos de tendencia autoritaria o de extrema derecha— convierten la fe en una herramienta ideológica, utilizando el nombre de Dios para alimentar odios, fabricar enemigos internos o justificar desigualdades. La historia humana está llena de episodios en los que el miedo religioso fue utilizado para manipular pueblos enteros, promover guerras o sostener privilegios. Y eso dista profundamente del espíritu del evangelio.

También considero importante diferenciar entre fe y caudillismo cuidadosamente fabricado. Cuando algunos líderes políticos llegan a presentarse casi como “elegidos por Dios”, el riesgo es enorme: el pensamiento crítico comienza a desaparecer y cualquier conducta termina siendo justificada bajo la idea de que “Dios usa imperfectos”. Sí, todos somos imperfectos. Pero una cosa muy distinta es normalizar la falta de ética pública, la arrogancia, la agresión o la ausencia de compasión social en nombre de una supuesta misión divina.

Jesús nunca pidió admirar hombres poderosos ni ricos con fortunas mal habidas; pidió amar al prójimo. Nunca dijo “por sus discursos los conoceréis”, sino “por sus frutos”. Y los frutos no son simples palabras religiosas pronunciadas en público, sino la capacidad de construir justicia, dignidad humana, solidaridad y verdad.

Desde una perspectiva filosófica y sociológica, las sociedades se fracturan con mayor profundidad cuando la política se transforma en una guerra moral absoluta entre “hijos de la luz” y “enemigos del bien”. Esa lógica elimina los matices, destruye el diálogo democrático y convierte al contradictor en alguien indigno, casi en un enemigo espiritual. En ese momento, la política deja de ser un espacio de construcción colectiva y se convierte en fanatismo.

Creo en una espiritualidad que libere y no que someta; que invite a pensar y no a obedecer ciegamente; que acerque al ser humano al otro, especialmente al más vulnerable. Porque, si algo mostró Jesús de Nazaret, es que Dios no estaba del lado del poder, sino del lado de quienes sufrían bajo él.

*  La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

sábado, mayo 23, 2026

El caudillo de la estridencia y el algoritmo*

 

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

¿hasta qué punto una democracia cansada puede sobrevivir cuando empieza a confundir a los payasos autoritarios con salvadores nacionales?

América Latina tiene una vieja y costosa costumbre: enamorarse de personajes estridentes que gritan fuerte y piensan poco. Javier Milei llegó a la presidencia argentina empuñando una motosierra como programa de gobierno y hoy conduce a uno de los países históricamente más ricos del continente hacia una precariedad que ya ni siquiera necesita estadísticas para sentirse. Jair Bolsonaro gobernó Brasil desde la nostalgia tropical de la dictadura militar y dejó una nación más violenta, más fracturada y políticamente más embrutecida de lo que la encontró. El fenómeno no es nuevo ni exclusivamente latinoamericano, pero en esta región encuentra un terreno especialmente fértil: sociedades agotadas por la corrupción, economías incapaces de reducir desigualdades obscenas y democracias tan fatigadas que terminan confundiendo el rugido con el liderazgo.

Colombia, siempre tan aplicada para importar experimentos políticos ajenos cuando ya vienen fracasados de fábrica, tiene ahora su propia franquicia del espectáculo grotesco y autoritario: Abelardo de la Espriella, abogado célebre por moverse con sorprendente comodidad en los pantanos del subsuelo judicial y hoy reciclado como candidato presidencial. En apenas unos meses ha conseguido lo que viejos demagogos tardan años en fabricar: una marca política construida a punta de escándalo, testosterona teatralizada, patriotismo de micrófono y un desprecio burdo por cualquier forma de inteligencia deliberativa.

Al comienzo, su candidatura parecía un mal chiste. Y lo era. De la Espriella proyectaba una combinación difícil de tomar en serio: el abogado ampuloso convertido en sabueso para contratar defensas de delincuentes de cuello blanco y fortunas turbias, y, al mismo tiempo, el millonario exhibicionista que aparecía en redes sociales desafinando ópera como si la vulgaridad pudiera transformarse en prestigio por exceso de volumen, mientras exhibía relojes pomposos y bebía whisky con la solemnidad ridícula de quien necesita convertir cada sorbo en una demostración pública de estatus. Su figura parecía un extraño cruce entre influencer aspiracional, litigante del inframundo criminal y macho alfa de gimnasio financiero convencido de que la testosterona puede reemplazar la inteligencia: un experimento sociológico entre TikTok, un club de escoltas y una convención de nuevos ricos desesperados por parecer aristocracia.

Lo inquietante fue descubrir que funcionaba.

Porque De la Espriella entendió antes que muchos políticos tradicionales una verdad brutal de esta época: en sociedades emocionalmente agotadas, la vulgaridad puede venderse como autenticidad y la agresividad como liderazgo. Su discurso de mano dura, destripar al adversario, reducir el Estado y odio simplificado encuentra eco en sectores resentidos, desinformados o simplemente exhaustos. Desplazó a figuras de la ultraderecha tradicional no por profundidad ideológica —de la que carece de manera evidente—, sino por capacidad escénica. Mientras otros discuten programas, él ofrece espectáculo; mientras otros argumentan, él ruge. Y Colombia, país que durante décadas ha confundido al patrón armado con una figura de autoridad, escucha ese rugido con inquietante familiaridad.

Para entender el fenómeno hay que entender primero al personaje. De la Espriella no proviene exactamente de la aristocracia tradicional, pero tampoco de la exclusión absoluta. Pertenece a esa zona intermedia donde ciertos sectores de clase media descubrieron que, en Colombia, el camino más corto hacia el poder no siempre pasa por la excelencia institucional, sino por aprender a navegar las cloacas precisas. Su padre, abogado ligado durante años a la política tradicional y posteriormente reciclado en la ultraderecha, encontró espacio en la repartición notarial del uribismo: ese viejo sistema feudal donde las notarías funcionan menos como instituciones republicanas que como recompensas burocráticas para la fidelidad política.

Ese origen importa porque explica parte de su psicología pública. La sociología de las sociedades fracturadas ha estudiado durante décadas un fenómeno recurrente: el nuevo poderoso que no busca legitimidad institucional, sino exhibición permanente de superioridad. La ostentación deja entonces de ser lujo para convertirse en lenguaje político. El reloj ostentoso, el avión privado, el helicóptero estridente, los escoltas, la arrogancia verbal y la teatralización constante de la riqueza cumplen una función emocional precisa: demostrar que quien antes ocupaba un lugar secundario ahora puede humillar simbólicamente al mismo mundo que antes lo ignoraba.

El poder deja de ejercerse: se dramatiza.

Por eso su personalidad pública parece construida alrededor de una inseguridad feroz disfrazada de soberbia. Todo en él transmite una necesidad obsesiva de reconocimiento. La fascinación por la autoridad vertical convive con un desprecio casi visceral hacia cualquier forma de pensamiento crítico o deliberativo. Cada entrevista incómoda la interpreta como un ataque personal. Cada periodista que pregunta se convierte automáticamente en enemigo. Cada cuestionamiento ético es vivido como una humillación intolerable.

Cuando María Lucía Fernández le preguntó por la relación entre derecho y ética en un eventual gobierno suyo, no respondió con ideas, sino llamándola “ignorante” y “venenosa”. Cuando en un programa radial insinuó que había ganado votos femeninos por el tamaño de su pene y pidió hacer zoom sobre una fotografía insinuante, no sufrió un desliz: simplemente dejó al descubierto la estructura real de su personaje político. Confunde acoso vulgar con autenticidad, matoneo con carisma y misoginia con fuerza viril.

Su relación con la prensa sigue exactamente el mismo patrón. La Fundación para la Libertad de Prensa ha advertido sobre sus campañas judiciales y digitales contra periodistas críticos. De la Espriella no debate: intimida. No responde: amenaza. No desmonta argumentos: intenta destruir al mensajero. Concibe la política como una pendencia permanente y el desacuerdo como una provocación personal que merece castigo.

Sus contradicciones son tantas que terminan pareciendo parte de una estrategia deliberada de saturación mediática. Fue ateo militante hasta descubrir que Dios ofrece mejor rentabilidad electoral que Nietzsche. Defendió el proceso de paz cuando resultaba políticamente conveniente y luego convirtió la palabra “paz” en sinónimo de claudicación nacional. Se presenta como outsider antisistema mientras su campaña recibe el respaldo de clanes y mafias politiqueras regionales que llevan décadas administrando departamentos enteros como haciendas privadas y saqueando sus finanzas con la naturalidad burocrática de quien confunde el Estado con propiedad familiar.

Todo en él parece intercambiable, excepto la ambición.

Su oratoria, además, es notablemente pobre en contenido conceptual. Funciona sobre emociones primarias: miedo, rabia, resentimiento y fantasías de autoridad. La frase que mejor resume su visión política es también una radiografía involuntaria de sus limitaciones intelectuales: “Las fórmulas ya se saben. Lo que ha faltado es alguien con cojones para aplicarlas”. Es decir: complejidades históricas reducidas a virilidad de macho, ignorancia presentada como pragmatismo y autoritarismo vendido como eficacia.

En cuanto a su trayectoria profesional, basta seguir el rastro sin necesidad de exageraciones: Santa Fe de Ralito y las negociaciones con las AUC; la fundación FIPAZ recibiendo recursos de las autodefensas; David Murcia y el colapso de DMG; Álex Saab defendido judicialmente mientras hoy posa de cruzado antichavista; y la cercanía con el “abogánster” Diego Cadena. Una carrera construida orbitando entre paramilitares, narcos, extraditables y operadores oscuros, en un ecosistema donde el escándalo nunca fue accidente, sino hábitat natural.

La república del subsuelo tiene sus propios abogados de cabecera. Y De la Espriella aprendió a moverse allí con notable habilidad.

Pero el verdadero problema no es biográfico. Es político y cultural.

Figuras como él no aparecen por generación espontánea. Son el producto de sociedades agotadas que empiezan a preferir vengadores mediáticos antes que dirigentes democráticos. Colombia lleva décadas incubando una cultura donde el hombre fuerte despierta más admiración que el hombre decente, donde la brutalidad suele confundirse con carácter y donde demasiados ciudadanos interpretan la agresividad como señal de autenticidad.

Por eso su ascenso resulta menos sorprendente de lo que debería.

El peligro no reside únicamente en lo que dice, sino en lo que normaliza. Su candidatura convierte el matoneo en método político, la humillación pública en entretenimiento electoral y la vulgaridad autoritaria en identidad ideológica. Representa la mutación definitiva del espectáculo digital en proyecto presidencial.

Y, sin embargo, detrás del rugido hay algo profundamente frágil. De la Espriella se parece demasiado a esas botargas inflables que parecen gigantes desde lejos y se desinflan apenas alguien las toca con una aguja de realidad. Su fortaleza depende del ruido constante, del escándalo permanente, del algoritmo enfurecido y de un país emocionalmente exhausto que necesita hombres furiosos para evitar pensar demasiado.

Es, en el fondo, un tigre de papel.

Ruge frente a las cámaras. Muestra los dientes. Promete selva. Pero América Latina ya vio esta película demasiadas veces, y casi siempre termina igual: en Argentina, el león prometió libertad y terminó administrando hambre; en Brasil, el capitán prometió orden y dejó un país más fracturado y embrutecido; y en Bolivia, sometida hoy a un laboratorio neoliberal agresivo, las calles vuelven a llenarse de protestas, gases y ciudadanos golpeados por un Estado que habla de libertad económica mientras reprime el descontento social con disciplina militar.

El tigre colombiano promete carácter, mano dura y patriotismo testosterónico. Lo más probable es que entregue exactamente lo mismo que ha ofrecido siempre en su vida pública: espectáculo para las cámaras, intimidación para los críticos y la factura —como siempre— para los demás.

La pregunta que Colombia deberá responder el 31 de mayo no es si Abelardo de la Espriella es auténtico o impostado, creyente o ateo, valiente o fanfarrón. La verdadera pregunta es mucho más simple y mucho más peligrosa: ¿hasta qué punto una democracia cansada puede sobrevivir cuando empieza a confundir a los payasos autoritarios con salvadores nacionales?


*La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


viernes, mayo 22, 2026

Nos han declarado la guerra, están atacando con todo… ¿ganarán? *

Imagen de Hernán Riaño / Periodista - Dir. SoNoticias

Por: Hernán Riaño 

¿Los dejaremos ganar o por el contrario seguiremos en la senda de recuperar los derechos arrebatados a sangre y fuego por Uribe y su corte? El 31 de mayo sabremos la respuesta.

En Colombia ha habido muchas guerras no declaradas en las que la oligarquía ha puesto a pelear al pueblo contra el pueblo para que nadie le pudiera disputar el poder y seguir con el desfalco del erario. Durante todo el siglo XX, la estrategia fue acabar con todo tipo de protesta social: recordemos la huelga de las bananeras en 1.928 y especialmente el intento de aniquilamiento de los liberales liderados por el partido conservador, primero con el ejército colombiano y luego con paramilitares llamados chulavitas y pájaros que impusieron el poder de Laureano Gómez a sangre y fuego y con un “novedoso” sistema de asesinato con humillación incluida: el corte de franela, que consistió en que después de asesinado, le abrían la garganta y le sacaban la lengua poniéndosela de corbata. Suena muy escabroso, pero eso pasó, demostrando hasta dónde estaban dispuestos de llegar y la capacidad de manipulación de la ultraderecha para que los estúpidos que los siguen lleguen a las bajas y sórdidas formas de tratar a sus semejantes. Desde esa época, su táctica ha sido imponerse a los ciudadanos a sangre y fuego y además con humillación y alevosía

Después se crearon las guerrillas, que dizque querían cambiar el Estado y reivindicar al pueblo; pero no lograron ni lo uno ni lo otro y sí se convirtieron en un arma para que los colombianos pobres se siguieran matando entre sí, los campesinos contra los soldados, ambos pertenecientes al pueblo y solo salieron beneficiadas las ultraderechas, ya que con esa excusa crearon sus ejércitos privados: los paramilitares, conocidos como las AUC y otras distinciones, para seguir en esa eterna guerra en la que los únicos muertos fueron los pobres. Además, con la excusa de las insurgencias, Uribe logró el poder, acabando de paso con nuestro Estado de derecho, robándose la riqueza de Colombia y junto con sus socios nos convirtieron en un narco país, empobreciendo hasta el límite a los colombianos y de paso imponiendo la guerra como si fuera una política de estado.  

Es tan cierto el fervor que le tienen a la guerra que convencieron a los colombianos de votar en contra de un referendo por la paz, volvieron trizas el acuerdo con las FARC, llevan casi cuatro años atacando por todos los flancos al señor presidente Gustavo Petro por su política de “paz total”, y esa bandera de seguir en una confrontación eterna que solo los beneficia a ellos se ha convertido en parte esencial de la presente campaña electoral. En compañía de sus socios, unos grupos armados que no son insurgentes, a pesar de que ellos lo pregonen, sino narco-paramilitares que obedecen a sus amos ultraderechistas empezaron una violencia inusitada contra civiles de algunas regiones para demostrar que la paz no es lo que debe imperar en el país. ¡Insólito!, pero hay colombianos que les creen, les acolitan y hacen parte efectiva de ese absurdo postulado.

Hoy hay una declaración de guerra abierta en contra de los colombianos reflejada en Gustavo Petro e Iván Cepeda. Contra el primero porque quieren quitarle la favorabilidad y popularidad que se ha ganado entre los ciudadanos más pobres y contra el segundo para evitar que el proyecto progresista tenga un segundo periodo presidencial.

Para ello han desplegado toda su creatividad con el fin de lograr sus objetivos, desde los ataques por parte de líderes y candidatos de la extrema derecha, pasando por las mentiras, injurias, calumnias y falsedades que se inventan a diario los medios de comunicación corporativos con unos periodistas que debieran ser más bien voceros de los partidos de esas ideologías; complots con intentos de atentados tanto contra Petro como a Cepeda; atentados y asesinatos de falsa bandera, o sea, los cometen ellos para culpar al progresismo; fraudes electorales (muy “normales” en nuestra democracia); compra de votos, clientelismo político y otras formas muy autóctonas de imponerse por la fuerza o con mañas para seguir oprimiendo a la sociedad colombiana.

Lo que se ha conocido en las últimas semanas de inducir al pueblo a salir a votar “emberracados”, con miedo, odio o desconfianza es una técnica usada en el pasado con el referendo por la paz, con lo que se manipuló a unos colombianos para que votaran “no” al referendo. Hoy, ese método llega renovado de la mano de Jaime Bermúdez, uribista pura sangre. Programaron y han realizado unas capacitaciones, que han llegado a 7 millones quinientos mil colombianos, según Bermúdez, para influenciarlos para que salgan a votar en contra del progresismo, por supuestamente representar unos riesgos para el país y con el lema de no votar ni por Abelardo ni por Cepeda en una clara intención de manipulación electoral en favor de la candidata de Uribe (1).  La Silla vacía ha negado su participación, a pesar de las denuncias de señal investigativa de haber sido parte activa como contratista (2). Además forzando a trabajadores de empresas pertenecientes a empresarios de las derechas y afiliados a los gremios opositores, para que sean jurados de votación en una clara intención de influir electoralmente.

También se conoció la injerencia de Daniel Noboa, presidente de Ecuador, en tratar de influir en las elecciones con varias acciones: subiendo aranceles a Colombia (3) después de una visita de la extrema derecha colombiana a ese país (4), calumniando a Gustavo Petro y después rebajar aranceles por “pedido” de la candidata ultraderechista Paloma valencia (5).

Con el avance de la tecnología aparecieron nuevas formas de ataques de la derecha al gobierno y candidato del cambio. Se conocieron unos audios revelados por Canal Red+ del español Pablo Iglesias en el que se revela un plan de Trump, aliado con su indultado, el narcotraficante condenado expresidente Juan Orlando Hernández, para “armar” noticias y expedientes falsos en contra de Colombia y México desde una oficina en Estados Unidos (6). Honduras fue víctima de un fraude electoral patrocinado por la ultraderecha y el narcotráfico de ese país en diciembre con la participación de una empresa de manejo de elecciones colombiana del grupo Thomas Greg & Sons, la misma que tiene a su cargo la misma misión en las próximas elecciones de Colombia el 31 de mayo (7). 

El ataque directo al candidato Iván Cepeda, por parte de los medios de comunicación corporativos, está a la orden del día. Cada mañana salen con mentiras, calumnias, exageraciones de todo tipo, lo más reciente, muy grave, es la difusión de un audio de un comandante guerrillero en el que obligaba a votar por Cepeda. De este bulo hicieron eco todos los medios corporativos, candidatos y líderes de la extrema derecha. Pues resultó falso, el mismo día lo desmintieron las autoridades militares, revelando que quien hizo esas llamadas fue un interno de la cárcel Picaleña en el Tolima, que extorsionaba a incautos usando esas mentiras (8). También lo han acusado de que como ha tenido una enfermedad grave, entonces puede fallecer en el ejercicio de sus funciones y por ello no debería ser candidato (9). Los medios corporativos no han rectificado y mucho menos presentado disculpas al candidato.

Todo esto y mucho más, que no reseño por falta de espacio, han tenido que soportar tanto Petro como Cepeda. Esta campaña nace de la popularidad que tiene el candidato del progresismo y su favoritismo para ganar en la primera vuelta. Atacan con toda suerte de falsedades al gobierno del cambio tratando de demeritar sus realizaciones, y más grave aún, apoderándose de esos logros para endilgárselas a las derechas. No atacan las propuestas de Cepeda porque son muy consistentes y son la profundización de lo realizado hasta ahora, solo se remiten a inventar infundios y a hacer entrampamientos contra la vida y honra del candidato.

Lo único claro es que ya Colombia entendió quién está a favor de los intereses del pueblo y quién con los de la oligarquía narco-paramilitar que solo pretende volver al gobierno para apoderarse del erario y regresar al pasado en el que la miseria, la ignorancia y el hambre eran la cotidianidad de sus gentes. En eventual regreso de esas fuerzas oscuras, predicen un baño de sangre y hambre en nuestra patria, como se conoció en el pasado reciente, pero con el ingrediente de una venganza anunciada por los candidatos y voceros de esas campañas. No en vano hemos visto en los últimos días ataques a ciudadanos que hacen campaña por Cepeda, apedrean vehículos, amenazan con matar, matar y matar.

¿Los dejaremos ganar o por el contrario seguiremos en la senda de recuperar los derechos arrebatados a sangre y fuego por Uribe y su corte? El 31 de mayo sabremos la respuesta.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

  1. https://www.rtvcnoticias.com/justicia/investigacion/revelan-plan-jupiter-estrategia-para-influir-en-elecciones-presidenciales-en https://www.youtube.com/watch?v=UhXP7TJtyak https://revistaraya.com/elmer-montana/1595-el-proyecto-jupiter-un-concierto-para-delinquir.html https://www.youtube.com/watch?v=UhXP7TJtyak&t=62s https://www.lasillavacia.com/silla-nacional/es-falso-que-la-silla-vacia-haga-parte-del-proyecto-jupiter/
  2. https://www.youtube.com/watch?v=uXrrqSj81A8&t=63s
  3. https://elpais.com/america-colombia/2026-04-09/ecuador-sube-al-100-los-aranceles-a-colombia-y-profundiza-la-guerra-comercial.htmlhttps://www.instagram.com/reel/DX-PbxvOoWK/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=NTc4MTIwNjQ2YQ==
  4. https://x.com/Mamertos0/status/2044773699291615376?s=20 https://www.infobae.com/colombia/2026/04/14/gustavo-bolivar-senala-coincidencias-entre-visitas-de-uribe-a-ecuador-y-decisiones-sobre-aranceles-a-colombia/
  5. https://www.facebook.com/reel/933116023047531
  6. https://www.diario-red.com/articulo/editorial/hondurasgate-publica-banco-completo-audios-filtrados-analisis-forense/20260504060000068823.html
  7. https://revistaraya.com/las-cuatro-empresas-privadas-que-controlaran-las-elecciones-presidenciales-del-31-de-mayo.html
  8. https://x.com/RTVCnoticias/status/2055804581162995874?s=20
  9. https://x.com/i/status/2056385537146064985

sábado, mayo 16, 2026

El 31 de mayo y el reflejo de una nación*

 

En la imagen: Jhon Jaiver Flórez / Economista - Analista político
Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Cepeda es la continuidad del primer intento serio de transformación democrática en Colombia: memoria, negociación y un país posible sin odio como doctrina.

El 31 de mayo, Colombia no elegirá simplemente un presidente. Elegirá un espejo. Cada uno de los tres candidatos con mayores posibilidades de llegar a la Casa de Nariño refleja una versión distinta del país: lo que fue, lo que pudo ser y lo que todavía podría convertirse. Más que programas de gobierno, encarnan relatos históricos. Más que ideologías, condensan fracturas sociales acumuladas durante dos siglos. Y en esa escena —mitad tragedia republicana, mitad carnaval tropical de egos, privilegios y resentimientos— emergen tres figuras que resumen los conflictos más profundos de la nación. Mirarlos en conjunto resulta más revelador que analizarlos por separado, porque es en el contraste donde Colombia se contempla con mayor claridad y también con mayor vértigo.

Comencemos por el origen, que nunca es un simple dato biográfico, sino una declaración política involuntaria. Paloma Valencia nació en el linaje de los criollos que tomaron el poder tras la independencia de 1819 y jamás lo soltaron. Su apellido contiene un mapa de dos siglos de monopolio político: las guerras civiles del siglo XIX disputadas entre facciones de una misma élite; la Violencia de mediados del siglo XX, que dejó más de trescientas mil víctimas; el Frente Nacional, que clausuró el sistema político durante dieciséis años; y el paramilitarismo, que masacró comunidades enteras mientras esa clase administraba el Estado.

Valencia no inventó ese sistema. Lo heredó como se hereda una hacienda: con la serenidad de quien considera que el orden natural de las cosas no necesita explicación. No necesita levantar la voz porque pertenece a una tradición acostumbrada a hablar desde arriba. Su discurso se sostiene en la defensa de la institucionalidad, aunque esa institucionalidad haya sido diseñada históricamente para preservar los privilegios de su propia clase. Hay en ella una sofisticación intelectual preconcebida: justifica, grita, calcula. Pero ese engreimiento retórico encubre un vacío histórico persistente, porque la desigualdad colombiana no apareció por accidente: fue administrada durante generaciones por una élite que convirtió la concentración de la tierra y la exclusión social en principios de organización nacional. Valencia representa la continuidad refinada de quienes nunca tuvieron que conquistar el poder porque nacieron dentro de él.

Abelardo de la Espriella proviene de un lugar distinto: no del linaje aristocrático, sino del subsuelo oscuro y funcional que ese linaje necesita para operar. Ese territorio donde el derecho no limita al poder, sino que lo maquilla; donde la justicia administra el tiempo necesario para que todo prescriba, se negocie o se olvide. Su origen no está en la hacienda, sino en los rincones opacos de los pasillos judiciales, los clientes lóbregos, los contratos sospechosos…

Ochocientos mil dólares para un abogado joven e inexperto en la licitación del aeropuerto El Dorado: nadie pudo —ni puede hoy— justificar ese pago desde la lógica jurídica. Pero en la república del subsuelo los servicios se pagan no por lo que resuelven, sino por lo que conectan, desbloquean o silencian. De la Espriella simula el personaje del caudillo testosterónico: el fanfarrón mediático que comprende que, en una sociedad agotada por la inseguridad y el desencanto, la amenaza puede venderse como liderazgo.

No argumenta: vocifera. No persuade: amenaza. Su narrativa se apoya en la estética del fantoche —aviones privados, relojes lujosos, arrogancia convertida en espectáculo— elevada a doctrina de autoridad. Sus clientes lo describen con precisión devastadora. David Murcia aseguró haberle pagado cinco mil millones de pesos en honorarios que desaparecieron sin defenderlo, además de setecientos sesenta millones adicionales destinados, presuntamente, a corromper congresistas. Un investigador judicial rastreó esos movimientos hasta su oficina bajo juramento.

Mónica Mazzilli relató una historia similar: honorarios desproporcionados, promesas de defensa, garantías inexistentes y, finalmente, una captura inmediata apenas regresó al país. Cuando el abogado apareció en audiencia, lo hizo representando a la contraparte. Y mientras hoy grita contra la dictadura venezolana, los registros muestran que defendió a Álex Saab cuando ya era señalado públicamente como testaferro de Nicolás Maduro. Que Saab haya sido invitado de honor a su cumpleaños no constituye una anécdota social: funciona casi como una confesión involuntaria.

Iván Cepeda viene de un lugar radicalmente distinto. Su padre, Manuel Cepeda, senador de la Unión Patriótica, vivía en un apartamento de clase trabajadora, recibía un salario asignado por el partido. Lo asesinaron el 9 de agosto de 1994 cuando se dirigía al Congreso a debatir la adhesión de Colombia al Protocolo de Ginebra; es decir, cuando iba a hablar en nombre de quienes padecen la guerra.

El contraste con los otros dos candidatos resulta inevitable. Mientras Valencia hereda el poder y De la Espriella acumula fortuna sirviéndolo sin escrúpulos, Cepeda hereda una causa y una herida. Al día siguiente del magnicidio creó la Fundación Manuel Cepeda. Más tarde sufrió amenazas y debió exiliarse entre 1998 y 2004. No huyó para esconderse, sino para estudiar los instrumentos del derecho internacional que luego utilizaría contra el Estado colombiano ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. En 2010 obtuvo la sentencia que declaró responsable al Estado por el asesinato de su padre en complicidad con estructuras paramilitares.

Llegó al Congreso sin maquinarias clientelistas y se convirtió en facilitador de los diálogos de paz con las FARC, el ELN y el Clan del Golfo. Toda su trayectoria está atravesada por una idea que en Colombia suele despertar sospechas: la paz entendida no como rendición del adversario, sino como transformación estructural de las condiciones que producen la guerra.

Sociológicamente, los tres representan proyectos irreconciliables de país. Valencia encarna la continuidad elegante de un orden excluyente y violento: dos siglos de un sistema que produjo uno de los índices de desigualdad más altos del continente, ocho millones de desplazados y niveles de impunidad incompatibles con cualquier democracia sólida. Su candidatura no ofrece una transformación, sino la versión soterrada de la continuidad: el establecimiento colombiano, con buena dicción y modales republicanos, presentándose como solución a los problemas que ellos produjeron.

De la Espriella representa la mutación del subsuelo en burdo caudillismo mediático prefabricado: el operador funcional al poder reciclado en promesa de orden violento, convirtiendo la intimidación en espectáculo y la impunidad propia en certificado de eficacia. Que semejante figura pueda consolidarse como alternativa política viable dice más sobre el deterioro democrático colombiano que muchos tratados de ciencia política.

Cepeda, en cambio, representa la continuidad del primer intento serio de transformación democrática que Colombia ha vivido en su historia: una apuesta construida sobre la memoria de las víctimas, la negociación política del conflicto y la convicción de que un país distinto es posible sin necesidad de convertir el odio en doctrina. Su principal dificultad quizás sea también su mayor virtud: en una época dominada por el espectáculo y el grito, la serenidad argumentativa suele perder audiencia frente a la promesa zafia de autoritarismo y venganza.

Las elecciones del 31 de mayo plantean, en el fondo, una pregunta que Colombia lleva doscientos años evitando responder con honestidad: ¿a quién pertenece realmente este país? ¿A los linajes que lo administraron como hacienda privada? ¿A los operadores del subsuelo tenebroso que transformaron la impunidad en negocio? ¿O a los millones de colombianos que pagaron con desplazamiento, pobreza y sangre el costo de un orden que siempre prometió estabilidad y terminó produciendo desigualdad?

Votar por Valencia significa elegir la certeza del pasado: un orden conocido, injusto y perfectamente funcional para quienes ocupan la cima. Votar por De la Espriella implica apostar por el caos del subsuelo mafioso disfrazado de autoridad: la fantasía de la mano dura ejercida por quien jamás ha rendido cuentas sobre sus propias ejecutorias. Votar por Cepeda supone aceptar la incomodidad del cambio real: más lento, más difícil y permanentemente amenazado por los poderes establecidos, pero también el único proyecto que no carga con el peso completo de dos siglos de deuda histórica.

Los tres candidatos son, en el fondo, hijos legítimos de Colombia. Valencia expresa la persistencia de una aristocracia que sabe reciclarse sin desaparecer. De la Espriella encarna la fascinación nacional por el patrón, por el capataz fuerte, violento, ventajoso y sin escrúpulos. Cepeda representa la obstinación ética de quienes sobreviven a la violencia sin renunciar a la posibilidad de justicia. Ninguno existe fuera del sistema: todos son producto de sus fracturas.

Colombia no necesita más espejos que le devuelvan la misma imagen de siempre. Necesita, por fin, uno capaz de decir la verdad. Y el próximo 31 de mayo, cada colombiano —con un lapicero en la mano, la mirada fija en el tarjetón y el peso de su conciencia latiendo en silencio— decidirá si continúa refugiándose en el espejo cómodo del miedo y la costumbre, o si se atreve a mirar ese otro reflejo donde aparece el país que todavía podría llegar a ser cuando deje, de una vez por todas, de temerle a sí mismo.

17 de mayo de 2026

* La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


martes, mayo 05, 2026

De candidatos… y otros chiflamicas *


En la imagen: Germán Navas T. / excongresista - jurisconsulto
Por: Germán Navas Talero

Editor: Francisco Cristancho R.

El nombre de Iván Cepeda Castro entra en la conversación, no por el escándalo fácil y populista, sino por la consistencia y la discusión de ideas. 

Que este país está al revés: ¡Pues sí! Como el cuento de la vieja Inés, con las enaguas al revés. El país está al revés porque el mundo está al revés. Parece que alguien quiso lavar al mundo y, como para lavarlo hay que desocuparlo, le sacó todo; pero terminó lavando lo de afuera y lo de adentro le quedó sucio. Así está el mundo y así está este país.

Aquí estamos esperando las elecciones, pero se muere uno de la risa cuando escucha las declaraciones de payasos como el tal ‘tigre’, o el pelagatos ese, el tal De La Espriella, a quien oírlo causa vergüenza. Uno lo escucha de forma casual, y porque le toca, pero yo no perdería un minuto de mi vida escuchando alguna intervención de ese señor. Es que es lo más ordinario, inepto e incapaz que he visto; y ahora está convencido de que él puede ser presidente de Colombia, claro que, si Duque logró serlo, también podría serlo este pisco. Después de Iván Duque, lo peor que puede pasarle al país es tener a un De La Espriella como presidente.

Y hablando de candidatos… ¡qué tal doña Claudia López de candidata! Podrá ser candidata, pero es candidote el que vote por esa inepta; y, sin embargo, ahí se ve por las calles, hablando de la lucha contra la corrupción; el mismo cuento con el que ella y su amiga, o su esposa, tramaron cuando estaban proponiendo un frente anticorrupción, y recogieron firmas y lograron llegar a la alcaldía… y ya estando allá no hicieron un carajo; fuera de hacer el oso, consintiéndose en público y diciéndose la una a la otra mi muñeca, no hicieron más. Ese fue todo el gobierno de doña Claudia López y su pareja.

Esas dos son un par de payasas que, en el circo, lo hubiesen hecho mucho mejor, porque en Bogotá no hicieron ni un pepino, sino acabársela de tirar; porque el que me diga que esa señora alcaldesa hizo algo positivo para el país o para Bogotá, que lo demuestre. No le he visto absolutamente nada. Lo único fue continuar con el mandato de Enrique Peñalosa, porque él la montó ahí porque ella iba a hacer lo que él quería, como construir ese metro elevado, no sabemos por qué elevado. ¡Elevados los pendejos que votaron tanto por él y como por ella!

Los bogotanos, definitivamente, son de malas. Yo no, porque yo no voté por ninguno de esos. Me refiero a los que votan por el que no es. Los que votaron por Antanas Mockus, por ejemplo. Semejante pelele que no hizo un carajo por Bogotá. Pintó cuatro rayitas en una esquina y ya eso fue culturizar a Bogotá. Quien esto escribe jamás votaría por Mockus, ni en un estado de desesperación en el desierto del Sahara, donde no hubiese sido un candidato, votaría por él. Si allá hubiese un camello y un candidato como Antanas Mockus, yo voto por el camello. Creo que el camello lo haría mejor que Antanas. Es que él no hizo nada, y no hay que olvidar que ese señor es aliado, socio, o compañero de Claudia López y de Enrique Peñalosa.

¡Qué vergüenza! Esta ciudad sí que ha sido de malas. Esperamos que, en la próxima elección, cuando ya no tengamos a esos payasos compitiendo, se elija en Bogotá a un alcalde que valga la pena. Un alcalde que de verdad quiera a esta ciudad; que quiera hacer de Bogotá algo grande, no el pueblo al que aspira convertirla Peñalosa, Claudia y su esposa, Angélica Lozano, quienes creen que esto todavía es parte de Fusagasugá.

Yo quiero una ciudad grande, importante. Una ciudad moderna. Una ciudad que, si llegara a ser lo que es París, por lo menos se le parezca en algo. ¿Pero en qué se parece Bogotá a las grandes ciudades?: En nada. Bogotá lleva 20 años o más de atraso. Desde que llegó Peñalosa a la alcaldía, por ahí en el 99, no ha habido nadie que haga absolutamente nada por Bogotá. Todos pasan, se llevaron el título de ex, y creen que por haber sido alcaldes de Bogotá ya tienen méritos para ser presidentes de la República.

Pregúntele al chiflamicas del Peñalosa. Él aspiraba a ser presidente de la República porque fue alcalde de Bogotá; Claudia López hace lo mismo. Se hacen elegir alcaldes de Bogotá porque creen que al tener el título de exalcaldes ya eso los habilita a ser presidentes de la República. ¡No sean tan tontos! Ustedes lo hicieron mal como alcaldes y lo harían peor como presidentes de la República.

Colombianos, tienen que mirar qué hicieron estos personajillos por la capital para ver si vuelven a cometer el error de votar por ellos. Ustedes, que están leyendo esta columna, y que por ende tienen sentido común, al saber leer, y porque algo entienden de política… ¿alguno de ustedes votaría por el pelagatos ese? Ese señor es un mercachifle, pero aspira a ser presidente. Y hay que escuchar las barbaridades que dice… ¡Da vergüenza ese señor!

En fin… para algunos es un pelagatos, para otros, un chilamicas, y para otros es un simple tunante que aspira a llegar a la presidencia a ver qué otro daño le puede causar a este país.

Coletilla por Deisdre Constanza. Los noticieros principales que se emiten en este horario estelar de siete a ocho se convirtieron más en una telenovela o show dramático. Noticias presentadas con énfasis en el escándalo, el conflicto o la emoción, más que en el análisis profundo. Esa crítica en que no se construye el relato informativo, sugiriendo que se privilegia el entretenimiento sobre el contexto y la objetividad. En pocas palabras, no se habla de un programa específico, sino de un estilo de informar. Convertir la política y la realidad en algo parecido a un “capitulo diario” cargado de drama, que engancha a la audiencia, pero no la informa mejor. Mientras muchos repiten el libreto del escándalo diario, otros están ocupados proponiendo, debatiendo y trabajando sin tanta vitrina. Pero claro, eso rara vez abre titulares y en medio de tanta bulla, hay quienes siguen apostándole a una política con argumentos, con trayectoria y con debates de fondo. Ahí es donde el nombre de Iván Cepeda Castro entra en la conversación, no por el escándalo fácil y populista, sino por la consistencia y la discusión de ideas. Por eso, si de verdad interesa el país y no el show, vale la pena escuchar más, revisar datos y formar un criterio propio. No todo cabe en un titular ni todo lo importante hace ruido.

Adenda del editor. “Es imposible ser buen periodista sin ser buena persona”, le repetían a uno en la Facultad, de acuerdo con lo expresado en algún momento por Kapuscinski. Hoy, luego de ver otra de las ‘salidas’ de Victoria Eugenia, me convenzo de que en esos momentos la Vicky debió estar capando clases. Resulta que la Dávila no sirvió ni como política ni como periodista. Ayer, en su cuenta de X, Vicky le escribió un mensaje a Claudia López, donde parece suplicar que no la llame “fracasada”, según ella, porque tiene hijos, esposo, madre y hermanos que la aman y están orgullosos de ella. Ojalá que Victoria Eugenia se quedara con esos ‘aplausos’, y se enclaustrara con su familia, dado que, parecen ser ellos los únicos que la soportan y la consideran alguien de bien.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).