LA VITRINA DE LA CONVERSA

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miércoles, mayo 27, 2026

La conciencia llega a las urnas *

 

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

La conciencia, cuando despierta, no pide permiso. Solo necesita una oportunidad. Y las oportunidades históricas, como los pueblos que se atreven a cambiar, no aparecen dos veces con facilidad.

Colombia llega a la elección presidencial como llegan los pueblos cuando sospechan que la historia puede cambiar: cansada, polarizada, confundida, pero peligrosamente despierta.

Durante generaciones le enseñaron al país que la pobreza era una falla moral, que la desigualdad era consecuencia natural del talento y que los privilegios heredados eran poco menos que una prueba visible de bendición divina. Enseñaron que protestar era vergonzoso o peligroso, que pensar demasiado podía resultar subversivo y que cualquier intento serio de redistribuir dignidad debía ser tratado como una amenaza comunista capaz de destruir la civilización occidental, la familia tradicional y, probablemente, hasta las arepas del desayuno.

Y lo impresionante es que funcionó.

Pocas máquinas ideológicas han sido tan eficaces como la colombiana. Durante décadas convirtió la resignación en virtud, la obediencia en prudencia y el miedo en identidad nacional. El país aprendió a desconfiar del vecino pobre que protesta, pero jamás del político que lleva décadas robándose el presupuesto. Aprendió a temerle más al estudiante que marcha que al empresario que financia el crimen.

Y en medio de ese proceso surgió una de las construcciones más sofisticadas del capitalismo moderno: el pobre de derecha.

Parece una contradicción absurda, casi una ironía sociológica. Pero en realidad es una de las victorias ideológicas más profundas y duraderas del capitalismo contemporáneo. El sociólogo brasileño Jessé Souza explica por qué amplios sectores populares terminan defendiendo precisamente el sistema que los mantiene atrapados en la precariedad. Y la respuesta resulta inquietante por su sencillez: la explicación no está solamente en la economía. Está, sobre todo, en la conciencia.

Al pobre de derecha no solo le arrebataron recursos materiales. Le despojaron algo mucho más importante: la conciencia de clase. Le enseñaron a no verse como trabajador, aunque a diario venda su fuerza de trabajo. A no asumirse como asalariado, aunque dependa de un sueldo para sobrevivir. A no reconocerse como explotado, aunque viva endeudado, precarizado y permanentemente al borde del colapso económico. Él se auto percibe como un millonario temporalmente atrapado en la pobreza. Como buen siervo con ambiciones, le prometieron que algún día llegará a la cima, siempre y cuando jamás cuestione la existencia de esa cima.

Ahí reside el núcleo del problema. Los dueños del sistema no necesitan que el oprimido defienda activamente su opresión: basta con convencerlo de que su enemigo no es quien concentra el poder y la riqueza, sino otro pobre igual que él. El que protesta. El que reclama derechos. El sindicalista. El estudiante. El campesino organizado. El que piensa distinto.

Entonces repite frases prefabricadas como si fueran verdades reveladas: "el pobre es pobre porque quiere", "todo es cuestión de esfuerzo", "reclamar dignidad es resentimiento social". Guiones diseñados con esmero por quienes sí poseen capital, poder mediático y capacidad de heredar privilegios.

Pierre Bourdieu sostenía que el poder más eficaz no es el que se impone por la fuerza, sino aquel que consigue que los dominados perciban su propia dominación como algo natural. Colombia perfeccionó esa pedagogía del sometimiento con una disciplina histórica. Aquí, el campesino desplazado aprendió a agradecer las migajas del mismo sistema que le arrebató la tierra; el trabajador precarizado, a repetir discursos sobre meritocracia mientras sobrevive con salarios incapaces de garantizar dignidad.

Entretanto, ciertos conglomerados empresariales descubrieron una forma singularmente patriótica de amar al país: evadir impuestos mientras pronuncian conferencias sobre responsabilidad social en auditorios climatizados.

El modelo económico del miedo.

Y mientras tanto, Colombia sangraba. Sangraba en las montañas, en las comunas y en las periferias donde la guerra dejó de ser noticia porque se convirtió en paisaje cotidiano. Guerrillas, paramilitares, narcotraficantes y sectores corruptos del Estado construyeron una economía del miedo extraordinariamente rentable. La guerra desplazó campesinos para expandir latifundios. Justificó presupuestos infinitos. Enriqueció contratistas, políticos regionales y empresarios que aprendieron a convertir el caos en oportunidad financiera.

Naomi Klein llamó a eso "capitalismo del desastre": sociedades traumatizadas que terminan aceptando estructuras profundamente injustas porque sobreviven demasiado cansadas para rebelarse. Colombia se cansó de los muertos. Se cansó de las masacres convertidas en estadísticas. Se cansó de escuchar que el futuro siempre llegaría después, en otro gobierno, en otra generación.

Entonces empezó a ocurrir algo inesperado: millones de ciudadanos comenzaron a sospechar que el problema no era únicamente quién administraba el país, sino el país mismo que había sido administrado durante doscientos años bajo los mismos parámetros, con los mismos beneficiarios y las mismas víctimas.

Y ahí apareció la fractura histórica que hoy divide a Colombia. Dos países distintos respirando dentro del mismo territorio.

El primero ya lo conocemos demasiado bien. Es el país donde el apellido pesa más que el talento. Donde la tierra sigue concentrada como en tiempos coloniales. Donde las élites hablan de libertad mientras financian ejércitos privados para proteger privilegios heredados. Ese país todavía existe: se sienta en ciertos directorios empresariales y en clubes sociales donde la palabra "pueblo" se pronuncia con el mismo tono con que se menciona una plaga agrícola. Sobrevive en políticos que llaman "resentimiento social" al simple hecho de que millones de personas quieran vivir con dignidad. Es un país viejo. No por la edad de sus instituciones, sino por el agotamiento moral de sus ideas.

Pero existe otro país. Uno todavía incompleto, contradictorio y frágil. El país de los jóvenes que entienden que el progreso no consiste en producir más millonarios sino en producir más ciudadanos con derechos. El de las mujeres que ya no están dispuestas a pedir permiso para existir políticamente. El de los campesinos que reclaman la tierra sin pagar con su sangre el derecho a cultivarla. El de las comunidades indígenas y afrodescendientes que, desde hace siglos, sostienen con su cultura, su memoria y su trabajo buena parte de la nación, mientras luchan todavía contra el racismo estructural y el olvido impuesto desde el poder.

Ese otro país que inició en 2022 no representó solamente una alternancia electoral. Fue, sobre todo, una fractura simbólica. Por primera vez en la historia contemporánea de Colombia, un proyecto político progresista llegó al gobierno nacional cuestionando abiertamente las bases del modelo neoliberal que había administrado el país durante décadas.

Pese al déficit fiscal, al cerco institucional, a la oposición mediática permanente y a los bloqueos legislativos, ese gobierno empezó a tocar intereses estructurales: distribuir tierra entre campesinos históricamente despojados, disputar el modelo mercantil de la salud, garantizar ingresos mínimos para adultos mayores excluidos del sistema y reabrir conversaciones de paz en una sociedad que aprendió a convivir con la guerra hasta volverla rutina.

Karl Marx escribió una frase que sigue incomodando a quienes prefieren creer que la desigualdad es fenómeno natural: "No es la conciencia del hombre lo que determina su ser social. Es su ser social lo que determina su conciencia." No basta pedirle a la gente que piense distinto mientras continúe viviendo bajo las mismas condiciones materiales de exclusión y precariedad. No es cambiar primero la mentalidad para transformar el mundo. Es transformar el mundo para que cambie la mentalidad.

Cuando el campesino recibe tierra, su relación con el Estado cambia. Cuando el joven accede a la universidad pública, su percepción sobre lo posible cambia. Cuando el adulto mayor recibe una ayuda económica que antes no existía, su confianza en que el país también es suyo cambia. Ocurre algo más poderoso que una reforma administrativa. Ocurre una transformación cultural. La conciencia social empieza a moverse.

Y eso, exactamente eso, produce terror en las viejas estructuras de poder.

Porque cada vez que Colombia se aproxima a la posibilidad de transformarse, los guardianes del orden tradicional desempolvan su repertorio favorito: el miedo al caos, el fantasma del comunismo, el colapso económico inminente y esa curiosa teoría según la cual los pobres deben seguir siendo pobres para garantizar la estabilidad democrática. Y reclutan, con eficacia probada, al pobre de derecha para que defienda en las calles y en las urnas el sistema que lo mantiene donde está.

Resulta conmovedor observar a ciertos multimillonarios defender la libertad con lágrimas en los ojos justo cuando alguien propone cobrarles impuestos. La sátira en Colombia tiene una dificultad enorme: competir con la realidad.

El 31 de mayo no será solamente una elección. Dado el escenario político actual y las mediciones que apuntan a una definición en primera vuelta, será algo más urgente y más profundo: una radiografía moral del país. Será la medida de hasta dónde ha llegado ese proceso lento, imperfecto e irreversible de recuperación de la conciencia de clase. Será la respuesta a una pregunta que lleva décadas flotando sobre Colombia: ¿Cuántos colombianos han logrado distinguir entre sus enemigos reales y los enemigos que les fabricaron para que no miraran hacia arriba?

Colombia tendrá que decidir entre dos maneras radicalmente distintas de entender la vida colectiva: entre el país que convirtió la desigualdad en costumbre y el país que empieza a creer que la dignidad no debería ser un privilegio. Entre la paz y la guerra. Entre el argumento y el insulto. Entre el miedo administrado y la esperanza razonada.

*La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


sábado, mayo 16, 2026

El 31 de mayo y el reflejo de una nación*

 

En la imagen: Jhon Jaiver Flórez / Economista - Analista político
Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Cepeda es la continuidad del primer intento serio de transformación democrática en Colombia: memoria, negociación y un país posible sin odio como doctrina.

El 31 de mayo, Colombia no elegirá simplemente un presidente. Elegirá un espejo. Cada uno de los tres candidatos con mayores posibilidades de llegar a la Casa de Nariño refleja una versión distinta del país: lo que fue, lo que pudo ser y lo que todavía podría convertirse. Más que programas de gobierno, encarnan relatos históricos. Más que ideologías, condensan fracturas sociales acumuladas durante dos siglos. Y en esa escena —mitad tragedia republicana, mitad carnaval tropical de egos, privilegios y resentimientos— emergen tres figuras que resumen los conflictos más profundos de la nación. Mirarlos en conjunto resulta más revelador que analizarlos por separado, porque es en el contraste donde Colombia se contempla con mayor claridad y también con mayor vértigo.

Comencemos por el origen, que nunca es un simple dato biográfico, sino una declaración política involuntaria. Paloma Valencia nació en el linaje de los criollos que tomaron el poder tras la independencia de 1819 y jamás lo soltaron. Su apellido contiene un mapa de dos siglos de monopolio político: las guerras civiles del siglo XIX disputadas entre facciones de una misma élite; la Violencia de mediados del siglo XX, que dejó más de trescientas mil víctimas; el Frente Nacional, que clausuró el sistema político durante dieciséis años; y el paramilitarismo, que masacró comunidades enteras mientras esa clase administraba el Estado.

Valencia no inventó ese sistema. Lo heredó como se hereda una hacienda: con la serenidad de quien considera que el orden natural de las cosas no necesita explicación. No necesita levantar la voz porque pertenece a una tradición acostumbrada a hablar desde arriba. Su discurso se sostiene en la defensa de la institucionalidad, aunque esa institucionalidad haya sido diseñada históricamente para preservar los privilegios de su propia clase. Hay en ella una sofisticación intelectual preconcebida: justifica, grita, calcula. Pero ese engreimiento retórico encubre un vacío histórico persistente, porque la desigualdad colombiana no apareció por accidente: fue administrada durante generaciones por una élite que convirtió la concentración de la tierra y la exclusión social en principios de organización nacional. Valencia representa la continuidad refinada de quienes nunca tuvieron que conquistar el poder porque nacieron dentro de él.

Abelardo de la Espriella proviene de un lugar distinto: no del linaje aristocrático, sino del subsuelo oscuro y funcional que ese linaje necesita para operar. Ese territorio donde el derecho no limita al poder, sino que lo maquilla; donde la justicia administra el tiempo necesario para que todo prescriba, se negocie o se olvide. Su origen no está en la hacienda, sino en los rincones opacos de los pasillos judiciales, los clientes lóbregos, los contratos sospechosos…

Ochocientos mil dólares para un abogado joven e inexperto en la licitación del aeropuerto El Dorado: nadie pudo —ni puede hoy— justificar ese pago desde la lógica jurídica. Pero en la república del subsuelo los servicios se pagan no por lo que resuelven, sino por lo que conectan, desbloquean o silencian. De la Espriella simula el personaje del caudillo testosterónico: el fanfarrón mediático que comprende que, en una sociedad agotada por la inseguridad y el desencanto, la amenaza puede venderse como liderazgo.

No argumenta: vocifera. No persuade: amenaza. Su narrativa se apoya en la estética del fantoche —aviones privados, relojes lujosos, arrogancia convertida en espectáculo— elevada a doctrina de autoridad. Sus clientes lo describen con precisión devastadora. David Murcia aseguró haberle pagado cinco mil millones de pesos en honorarios que desaparecieron sin defenderlo, además de setecientos sesenta millones adicionales destinados, presuntamente, a corromper congresistas. Un investigador judicial rastreó esos movimientos hasta su oficina bajo juramento.

Mónica Mazzilli relató una historia similar: honorarios desproporcionados, promesas de defensa, garantías inexistentes y, finalmente, una captura inmediata apenas regresó al país. Cuando el abogado apareció en audiencia, lo hizo representando a la contraparte. Y mientras hoy grita contra la dictadura venezolana, los registros muestran que defendió a Álex Saab cuando ya era señalado públicamente como testaferro de Nicolás Maduro. Que Saab haya sido invitado de honor a su cumpleaños no constituye una anécdota social: funciona casi como una confesión involuntaria.

Iván Cepeda viene de un lugar radicalmente distinto. Su padre, Manuel Cepeda, senador de la Unión Patriótica, vivía en un apartamento de clase trabajadora, recibía un salario asignado por el partido. Lo asesinaron el 9 de agosto de 1994 cuando se dirigía al Congreso a debatir la adhesión de Colombia al Protocolo de Ginebra; es decir, cuando iba a hablar en nombre de quienes padecen la guerra.

El contraste con los otros dos candidatos resulta inevitable. Mientras Valencia hereda el poder y De la Espriella acumula fortuna sirviéndolo sin escrúpulos, Cepeda hereda una causa y una herida. Al día siguiente del magnicidio creó la Fundación Manuel Cepeda. Más tarde sufrió amenazas y debió exiliarse entre 1998 y 2004. No huyó para esconderse, sino para estudiar los instrumentos del derecho internacional que luego utilizaría contra el Estado colombiano ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. En 2010 obtuvo la sentencia que declaró responsable al Estado por el asesinato de su padre en complicidad con estructuras paramilitares.

Llegó al Congreso sin maquinarias clientelistas y se convirtió en facilitador de los diálogos de paz con las FARC, el ELN y el Clan del Golfo. Toda su trayectoria está atravesada por una idea que en Colombia suele despertar sospechas: la paz entendida no como rendición del adversario, sino como transformación estructural de las condiciones que producen la guerra.

Sociológicamente, los tres representan proyectos irreconciliables de país. Valencia encarna la continuidad elegante de un orden excluyente y violento: dos siglos de un sistema que produjo uno de los índices de desigualdad más altos del continente, ocho millones de desplazados y niveles de impunidad incompatibles con cualquier democracia sólida. Su candidatura no ofrece una transformación, sino la versión soterrada de la continuidad: el establecimiento colombiano, con buena dicción y modales republicanos, presentándose como solución a los problemas que ellos produjeron.

De la Espriella representa la mutación del subsuelo en burdo caudillismo mediático prefabricado: el operador funcional al poder reciclado en promesa de orden violento, convirtiendo la intimidación en espectáculo y la impunidad propia en certificado de eficacia. Que semejante figura pueda consolidarse como alternativa política viable dice más sobre el deterioro democrático colombiano que muchos tratados de ciencia política.

Cepeda, en cambio, representa la continuidad del primer intento serio de transformación democrática que Colombia ha vivido en su historia: una apuesta construida sobre la memoria de las víctimas, la negociación política del conflicto y la convicción de que un país distinto es posible sin necesidad de convertir el odio en doctrina. Su principal dificultad quizás sea también su mayor virtud: en una época dominada por el espectáculo y el grito, la serenidad argumentativa suele perder audiencia frente a la promesa zafia de autoritarismo y venganza.

Las elecciones del 31 de mayo plantean, en el fondo, una pregunta que Colombia lleva doscientos años evitando responder con honestidad: ¿a quién pertenece realmente este país? ¿A los linajes que lo administraron como hacienda privada? ¿A los operadores del subsuelo tenebroso que transformaron la impunidad en negocio? ¿O a los millones de colombianos que pagaron con desplazamiento, pobreza y sangre el costo de un orden que siempre prometió estabilidad y terminó produciendo desigualdad?

Votar por Valencia significa elegir la certeza del pasado: un orden conocido, injusto y perfectamente funcional para quienes ocupan la cima. Votar por De la Espriella implica apostar por el caos del subsuelo mafioso disfrazado de autoridad: la fantasía de la mano dura ejercida por quien jamás ha rendido cuentas sobre sus propias ejecutorias. Votar por Cepeda supone aceptar la incomodidad del cambio real: más lento, más difícil y permanentemente amenazado por los poderes establecidos, pero también el único proyecto que no carga con el peso completo de dos siglos de deuda histórica.

Los tres candidatos son, en el fondo, hijos legítimos de Colombia. Valencia expresa la persistencia de una aristocracia que sabe reciclarse sin desaparecer. De la Espriella encarna la fascinación nacional por el patrón, por el capataz fuerte, violento, ventajoso y sin escrúpulos. Cepeda representa la obstinación ética de quienes sobreviven a la violencia sin renunciar a la posibilidad de justicia. Ninguno existe fuera del sistema: todos son producto de sus fracturas.

Colombia no necesita más espejos que le devuelvan la misma imagen de siempre. Necesita, por fin, uno capaz de decir la verdad. Y el próximo 31 de mayo, cada colombiano —con un lapicero en la mano, la mirada fija en el tarjetón y el peso de su conciencia latiendo en silencio— decidirá si continúa refugiándose en el espejo cómodo del miedo y la costumbre, o si se atreve a mirar ese otro reflejo donde aparece el país que todavía podría llegar a ser cuando deje, de una vez por todas, de temerle a sí mismo.

17 de mayo de 2026

* La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


lunes, marzo 23, 2026

Encerrona de la derecha para retomar el gobierno *

 

En la imagen: Hernán Riaño / Periodista - Director de SoNoticias

Por: Hernán Riaño

El verdadero peligro para Colombia es esa unión de hecho —aunque no formalizada— entre la oligarquía y unos líderes políticos y sociales que, por réditos de poder, siempre se acomodan “al sol que más calienta"

Con los resultados electorales de unas consultas prefabricadas, solo para favorecer a la derecha, en las que, como lo había advertido un candidato, iban a inflar a Paloma Valencia, quedó demostrado, aparentemente, uno de los fraudes más descarados de los últimos años en tiempo real, pues la cantidad de votos que aparecieron, unos depositados por la extrema derecha uribista y la mayoría por arte de magia, no expresan la realidad electoral del país. 

La candidata, en las semanas anteriores había programado manifestaciones, todas acompañadas por su gran jefe Uribe, para garantizar plazas repletas de gente, lo que nunca ocurrió, pero si se destapó una realidad de a puño: que no llenan ni la sala de un apartamento de 36 metros cuadrados, de los que venden ahora. Sin embargo, en la consulta del 8 de marzo ¡“consiguieron” más de tres millones de votos! y nos quieren convencer de que ella tiene más favorabilidad que Cepeda. Esto destapa el engaño que tienen programado para un triunfo, pregonando una falsa preferencia electoral y así sustentar el próximo fraude.

Algo similar ocurrió con el otro candidato derechista, Oviedo, que quiso presentarse como un “hijo natural” del progresismo, para conseguir la votación con la que finalizó la consulta. En este caso tampoco sabemos de donde salieron los más de 600 mil votos que “consiguió”; muchos dicen que militantes o simpatizantes progresistas le votaron porque se presentó con un aire petrista, de ser cierto, demostraría una ignorancia política crasa de esos colombianos, muy peligrosa para la primera vuelta, ya que dejaría ver lo fácil que es engañar a esos ciudadanos, muy grave.

Todo esto hace parte de una encerrona tipo Chile a la que quieren someternos. En ese país, la derecha se preparó durante los 4 años de Boric, con ayuda de los gringos, para diseñar el plan perfecto para no permitir que el proyecto progresista tuviera un nuevo presidente. Claro que hay que decir que ese mandatario, más que progresista, era uno de los que aquí llamamos tibio y sus realizaciones nunca satisficieron al pueblo chileno. Lo que hizo, más bien, fue darle un impulso al pinochetismo ultraderechista, que no es nuestro caso, porque aquí lo realizado por Petro demuestra que él está jugado con el pueblo y sus reivindicaciones. Siguiendo con lo que pasó en el país austral, la candidata, esa sí de izquierda, sin el apoyo efectivo de los progresistas y sus copartidarios, ganó la primera vuelta, pero el resto de los candidatos de la derecha, sumados todos ellos, tenían lo suficiente para ganar en la segunda, lo que efectivamente sucedió. Leyendo las autocríticas y los análisis de quienes pretendían que la izquierda se impusiera, la conclusión casi que unánime, fue que se confiaron y no trabajaron para lograr el triunfo en segunda vuelta, contrario a las derechas que concentraron todo su esfuerzo y conquistaron el voto de los chilenos. Algo parecido sucedió en Bolivia, en países centroamericanos, del caribe y previamente en Argentina.

En Colombia, y analizando lo que ha sucedido en estos primeros meses del presente año, estamos ad-portas de que el progresismo repita los errores de nuestros vecinos. Salvo algunas excepciones entre las que se destacan favorablemente Carolina Corcho, senadora recién electa y algunos otros, los demás están como en un sopor, pareciera que no saben qué hacer, o, ¿no quieren?, ¿están confiados como en Chile?, ¿siguen embriagados con el triunfo? o ¿todas las anteriores?

Con lo que está pasando, se ratifica la realidad de que el pueblo es superior a sus dirigentes. El colombiano raso ha comprendido de qué se trata el proyecto, qué quiere hacer Petro en nuestra nación, ya es consciente que es un ser humano, tiene derechos, que no debe dejarse humillar ni explotar más por la ultraderecha y, en síntesis, que es un ser que tiene dignidad y que los demás lo deben respetar. Imagínense el trabajo tan eficiente y efectivo del señor presidente que en tres años pudo lograr que entendiéramos esos conceptos, los adoptáramos y los defendiéramos después de 200 años de esclavitud, vasallaje, humillación, irrespeto y explotación por aquellos que se creen elegidos por una divinidad para que eternamente nos gobiernen. Ese pueblo es el llamado a defender el gobierno en las urnas. Ese trabajo de hacer entender la dignidad es único del presidente porque muchos de sus colaboradores y amigos todavía creen y practican conceptos feudales de la colonia, que perviven en nuestros tiempos y los practican con lujo de detalles.

Ese es el real peligro, esa unión de hecho, y puede que no formalizada, de la oligarquía y los líderes que no saben su verdadero papel en ente momento de la historia colombiana, sino que, como siempre ha ocurrido, se acomodan “al sol que más calienta” para sacar unos réditos de poder, económicos o políticos. Claro que hay que decir que no son todos, afortunadamente, son algunos enquistados en los círculos más altos de la dirigencia progresista que se han atraviesan como “burros muertos” o “palos en la rueda” del verdadero desarrollo de la nación. Desde que incursioné en la política y en el periodismo he sabido de la existencia de estos personajes que son más dañinos que la misma derecha, ya que actúan amparándose en la oscuridad del engaño, de las apariencias, de la palabrería, del desvío de propósitos, terminan traicionando al pueblo y llevándolo al redil de las políticas de la ultraderecha tradicional. Estos casos son innumerables a través de nuestra historia, desde Santander que traicionó a Bolívar, para volver a instaurar el feudalismo en Colombia, hasta los denunciados por nuestro presidente, de personas que a voz en cuello pregonan su progresismo, gritan “Petro te amo”, pero que en realidad trabajan para los poderes de siempre, todos ellos denunciados por Petro en los consejos de ministros y las alocuciones presidenciales que todavía le permiten hacer. 

La conjunción de todas estas fuerzas oscuras y los planes que están llevando a cabo para impedir que Iván Cepeda llegue al gobierno están a la orden del día. Unos con planes de todo tipo para el fraude que, probablemente, quieren hacer en las presidenciales, usando todas las armas posibles, legales o no, pero además están haciendo todo lo imposible para enlodar a Petro con denuncias de países extranjeros afines a Trump, vinculándolo al narcotráfico o a las supuestas denuncias sobre el financiamiento de su campaña del 2.022 o a Iván Cepeda tachándolo de ser de las extintas FARC, incluyendo a su papá asesinado por la ultraderecha, el abogado Manuel Cepeda Vargas, con la mentira que era militante de esa guerrilla, entre otras calumnias y mentiras. Esto está sucediendo ante nuestros ojos, sin esconderse, lo que demuestra la intención real de querer lograr sus planes. El señor presidente ha denunciado posibles planes de asesinato contra Iván Cepeda o contra él, muy posible que lleguen hasta esas instancias con tal de evitar el triunfo progresista.  

Muchos líderes progresistas, están en otro mundo, en la nube del poder que obnubila, que no los deja ver más allá de sus narices, que no hacen caso a las bases y que se han granjeado la animadversión y la desconfianza de muchos militantes que en varios escenarios exigen cambios radicales en el accionar del Pacto Histórico. Lo grave no es que haya discrepancias, sino que ellos, los que se abrogaron esos puestos de dirigencia, no oigan a la militancia, no los reciben, no les contestan llamadas ni mensajes y mucho menos les hacen caso a sus inquietudes y peticiones, se están convirtiendo, sin proponérselo, en colaboradores silenciosos de los planes de la oligarquía para impedir que el proyecto tenga un segundo periodo.

Estamos en un momento muy peligroso, muy parecido al de Chile, unas derechas que vienen con todo para recuperar el gobierno y una inercia cómplice de muchos líderes del progresismo que no atinan tomar las decisiones que la historia y Colombia hoy les exigen. 

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).