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| En la imagen: Jhon Jaiver Flórez / Economista - Analista político |
Por: Jhon Jaiver Flórez G.
Jesús centró su mensaje en el amor al prójimo y en las obras concretas de justicia, dignidad y verdad, no en la admiración al poder, la riqueza o los discursos vacíos.
Jesús de Nazaret jamás construyó un discurso basado en el
miedo, el señalamiento o la división entre “los buenos” y “los malos” para
alcanzar poder terrenal. Por el contrario, su mensaje fue profundamente
revolucionario porque puso en el centro a los pobres, a los excluidos, a los
enfermos, a las mujeres marginadas, a los perseguidos y a quienes eran
considerados indignos por las élites religiosas, políticas y económicas de su
época.
Su mensaje no fue de dominación, sino de compasión; no de
superioridad moral, sino de amor al prójimo.
Por eso preocupa cuando ciertos sectores políticos
—especialmente aquellos de tendencia autoritaria o de extrema derecha—
convierten la fe en una herramienta ideológica, utilizando el nombre de Dios
para alimentar odios, fabricar enemigos internos o justificar desigualdades. La
historia humana está llena de episodios en los que el miedo religioso fue
utilizado para manipular pueblos enteros, promover guerras o sostener
privilegios. Y eso dista profundamente del espíritu del evangelio.
También considero importante diferenciar entre fe y
caudillismo cuidadosamente fabricado. Cuando algunos líderes políticos llegan a
presentarse casi como “elegidos por Dios”, el riesgo es enorme: el pensamiento
crítico comienza a desaparecer y cualquier conducta termina siendo justificada
bajo la idea de que “Dios usa imperfectos”. Sí, todos somos imperfectos. Pero
una cosa muy distinta es normalizar la falta de ética pública, la arrogancia,
la agresión o la ausencia de compasión social en nombre de una supuesta misión
divina.
Jesús nunca pidió admirar hombres poderosos ni ricos
con fortunas mal habidas; pidió amar al prójimo. Nunca dijo “por sus
discursos los conoceréis”, sino “por sus frutos”. Y los frutos no son simples
palabras religiosas pronunciadas en público, sino la capacidad de construir
justicia, dignidad humana, solidaridad y verdad.
Desde una perspectiva filosófica y sociológica, las
sociedades se fracturan con mayor profundidad cuando la política se transforma
en una guerra moral absoluta entre “hijos de la luz” y “enemigos del bien”. Esa
lógica elimina los matices, destruye el diálogo democrático y convierte al
contradictor en alguien indigno, casi en un enemigo espiritual. En ese momento,
la política deja de ser un espacio de construcción colectiva y se convierte en
fanatismo.
Creo en una espiritualidad que libere y no que someta; que
invite a pensar y no a obedecer ciegamente; que acerque al ser humano al otro,
especialmente al más vulnerable. Porque, si algo mostró Jesús de Nazaret, es
que Dios no estaba del lado del poder, sino del lado de quienes sufrían bajo
él.
* La
Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as)
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