LA VITRINA DE LA CONVERSA

lunes, junio 01, 2026

Jesús contra los mercaderes de la fe política *

 

En la imagen: Jhon Jaiver Flórez / Economista - Analista político

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Jesús centró su mensaje en el amor al prójimo y en las obras concretas de justicia, dignidad y verdad, no en la admiración al poder, la riqueza o los discursos vacíos.

 Debe ser un imperativo inquebrantable respetar profundamente la espiritualidad cuando nace del amor, de la humildad y de la búsqueda genuina del bien. Precisamente por eso considero necesario hacer una reflexión más profunda sobre un asunto históricamente delicado: la utilización de Dios y de la religión dentro de proyectos políticos. Una práctica que considero equivocada y, muchas veces, deliberadamente manipuladora.

Jesús de Nazaret jamás construyó un discurso basado en el miedo, el señalamiento o la división entre “los buenos” y “los malos” para alcanzar poder terrenal. Por el contrario, su mensaje fue profundamente revolucionario porque puso en el centro a los pobres, a los excluidos, a los enfermos, a las mujeres marginadas, a los perseguidos y a quienes eran considerados indignos por las élites religiosas, políticas y económicas de su época.

Su mensaje no fue de dominación, sino de compasión; no de superioridad moral, sino de amor al prójimo.

Por eso preocupa cuando ciertos sectores políticos —especialmente aquellos de tendencia autoritaria o de extrema derecha— convierten la fe en una herramienta ideológica, utilizando el nombre de Dios para alimentar odios, fabricar enemigos internos o justificar desigualdades. La historia humana está llena de episodios en los que el miedo religioso fue utilizado para manipular pueblos enteros, promover guerras o sostener privilegios. Y eso dista profundamente del espíritu del evangelio.

También considero importante diferenciar entre fe y caudillismo cuidadosamente fabricado. Cuando algunos líderes políticos llegan a presentarse casi como “elegidos por Dios”, el riesgo es enorme: el pensamiento crítico comienza a desaparecer y cualquier conducta termina siendo justificada bajo la idea de que “Dios usa imperfectos”. Sí, todos somos imperfectos. Pero una cosa muy distinta es normalizar la falta de ética pública, la arrogancia, la agresión o la ausencia de compasión social en nombre de una supuesta misión divina.

Jesús nunca pidió admirar hombres poderosos ni ricos con fortunas mal habidas; pidió amar al prójimo. Nunca dijo “por sus discursos los conoceréis”, sino “por sus frutos”. Y los frutos no son simples palabras religiosas pronunciadas en público, sino la capacidad de construir justicia, dignidad humana, solidaridad y verdad.

Desde una perspectiva filosófica y sociológica, las sociedades se fracturan con mayor profundidad cuando la política se transforma en una guerra moral absoluta entre “hijos de la luz” y “enemigos del bien”. Esa lógica elimina los matices, destruye el diálogo democrático y convierte al contradictor en alguien indigno, casi en un enemigo espiritual. En ese momento, la política deja de ser un espacio de construcción colectiva y se convierte en fanatismo.

Creo en una espiritualidad que libere y no que someta; que invite a pensar y no a obedecer ciegamente; que acerque al ser humano al otro, especialmente al más vulnerable. Porque, si algo mostró Jesús de Nazaret, es que Dios no estaba del lado del poder, sino del lado de quienes sufrían bajo él.

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