LA VITRINA DE LA CONVERSA

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martes, junio 23, 2026

La mente militarizada y el Síndrome de Estocolmo

 

Por: DRA **

Para medio país el joven sin futuro o el campesino ya no es un hermano, es el enemigo. Y en la mente militarizada, al enemigo no se le comprende ni se le ayuda: se le da de baja o se lo borra en una mega cárcel.

Felicitaciones a la ultraderecha. Lo lograron. Hoy celebramos el triunfo inobjetable del miedo, de la indolencia y de la amnesia histórica.

Es verdaderamente fascinante observar cómo el Síndrome de Estocolmo se ha convertido en un mandato popular.  Una nación entera aplaudiendo a quienes históricamente han perpetuado su tragedia, entregándoles las llaves del futuro con la ilusión perversa de que el verdugo, esta vez, será compasivo.

Y antes de que los coristas del fanatismo vengan con su predecible y mediocre cantaleta de "llórelo", sépanlo de una vez: me importa un culo.

Me importa un culo que me manden a llorar. Porque, escúchenme muy bien: yo no derramo una sola lágrima por la posible derrota de mi candidato. Los políticos van y vienen; mi llanto no es por el poder perdido. Lloro por esta tierra. Lloro por mis compatriotas.

Lloro porque, en un acto de ceguera colectiva que me hiela el alma, a esta sociedad le pareció muy poca la sangre que ya ha absorbido nuestra tierra y decidieron que quieren más.

Quieren que la fotosíntesis de nuestros campos ya no se haga con clorofila, sino con sangre. Con la sangre de sus propios hermanos. Les parecieron pocos los muertos, los desplazados, las madres buscando a sus hijos en fosas. Votaron por la garantía de que este país siga bebiendo sangre, disfrazada ahora de orden y seguridad.

Y fíjense en la miseria moral en la que hemos caído, fíjense en esta fractura grotesca.

Quedamos divididos exactamente por la mitad. Por un lado, un 50% al que sí le duele su gente. Colombianos a los que nos va bien económicamente, que jamás nos enriquecimos ni usufructuamos un solo peso del gobierno de Petro, pero que tenemos la decencia y la humanidad de alegrarnos al ver que, por fin, por primera vez, el Estado miraba a los más pobres para tirarles un salvavidas. Eso nos hace hermanos, eso es entender que somos hijos de la misma tierra.

Pero por el otro lado, de manera francamente repugnante, tenemos a ese otro 50% al que el dolor del compatriota le importa una reverenda mierda. Esa mitad que se regodea en el esnobismo del egoísmo, que mira con asco al que no tuvo suerte, que aplaude que al pobre lo devuelvan al socavón del olvido simplemente porque les estorba en su paisaje. Qué nivel de indolencia tan bárbaro.

Y si me preguntan, como psicóloga**, cómo es humanamente posible este nivel de desprecio, la respuesta no es un simple berrinche emocional. La respuesta nos la dio hace décadas el gran Ignacio Martín-Baró desde la psicología social de la liberación, antes de que el fascismo lo asesinara precisamente por decir la verdad y desnudar estas miserias.

Lo que estamos viendo en esa mitad del país no es una simple diferencia de opiniones; es el triunfo macabro de lo que Martín-Baró llamó la "militarización de la mente". Décadas de guerra y de discursos de odio han logrado que esta sociedad internalice la lógica del combate en su cotidianidad.

Para esa mitad de colombianos, el pobre, el joven que no tiene futuro, el campesino desplazado o el que sale a protestar ya no es un compatriota, ya no es un hermano: es el enemigo. Y en la mente militarizada, al enemigo no se le comprende, no se le ayuda, ni se le tiene empatía; al enemigo se le aniquila, se le da "de baja" y se le borra del mapa para que no incomode.

Ese 50% vive inmerso en una mentira institucionalizada. Martín-Baró explicaba perfectamente cómo el sistema logra que la opresión y la miseria extrema se vean como algo natural, como un castigo merecido para el que "no se esforzó".

Para que no te duela la tragedia ajena, primero tienes que haber deshumanizado por completo al otro. Tienes que haberte convencido de que su vida vale menos que la tuya. Ese 50% no es que esté ciego; es que su psique está estructurada sobre el egoísmo, sobre un clasismo tan arraigado que el sufrimiento del excluido les parece parte del paisaje. Nos enseñaron a odiar al oprimido y a idolatrar al opresor, y lo hicieron tan bien, que hoy la mitad de Colombia lo celebra en las urnas.

Y para rematar, sumándole a esta desgracia lo que escupió ese señor, ese asqueroso falso mesías, diciendo que al que salga a oponerse o haga un bloqueo "le va a dar de baja". ¿Dar de baja por protestar? Entonces coman mierda. Sí, hoy se los digo de frente: ¡coman mierda! Qué nivel de cinismo y de violencia tan asquerosa.

Y que quede claro que hoy hablo desde la emoción. Que yo sea psicóloga no significa que esté forrada en papel contact y carezca de sentimientos. Soy una colombiana a la que le duele su pueblo.

Hoy, subiendo a la finca de mi mamá, veía a todos esos soldados en la vía. Muchachos de 19, 20 o 21 años... Yo tengo 43, y para mí, ellos son niños. Niños a los que sus madres van a tener que entregar a la guerra porque no tuvieron la capacidad económica ni las oportunidades para estudiar una carrera, y no les quedó más remedio que meterse al ejército. Ver que a esos niños son a los que van a mandar a matar y a morir, me destroza.

Siéntanse muy orgullosos de eso, ultraderechistas. Y ya me empezaron a escribir en las redes, con su tonito de burla, a decirme que "Abelardo es mi presidente". No se equivoquen. Será el presidente de ustedes, el domador de su circo, pero mío no es.

Pero que quede algo absolutamente claro, sin medias tintas: háganse cargo. A ustedes, los paladines de la ultraderecha, a los defensores de la mano dura que hoy celebran: asuman la paternidad de su asquerosa criatura.

Cuando la violencia se recrudezca, cuando el discurso de odio se convierta en política de Estado, cuando la desigualdad los asfixie y el plomo sea la única respuesta a la crisis, les exijo la madurez de no mirar para otro lado.

Ustedes eligieron este abismo. Ustedes firmaron el cheque en blanco. Tengan la decencia de asumir las consecuencias sin hacerse las víctimas.

Me duele Colombia. Me duele en las entrañas ver cómo nos negamos a sanar, prefiriendo siempre reabrir la herida. Qué tragedia tan infinita ser el país que, teniendo todo para florecer, elige siempre abonar sus campos con su propia desgracia.

 

** Este texto fue tomado del perfil FB de Jairo Osorio, su autoría se le asigna (sin confirmación) a Lina M. Ramírez; sin embargo, La Conversa de Fin de Semana suscribe cada una de las afirmaciones aquí suscritas.

 

jueves, junio 11, 2026

¿Qué mundo queremos construir? Francisco, León XIV y la elección que enfrenta Colombia

 


Por: Jhon Jaiver Flórez G.

 La elección presidencial en Colombia enfrenta dos concepciones del ser humano y dos maneras distintas de comprender el futuro y la responsabilidad final no recaerá sobre los candidatos, sino sobre quienes tengan en sus manos la decisión de elegir entre ellos.

Hay preguntas que trascienden las instituciones desde las cuales son formuladas. Una de ellas es, quizás, la más decisiva para cualquier época: ¿Qué mundo estamos construyendo y para quién? La han planteado filósofos, poetas, teólogos y revolucionarios. También los papas. Francisco la formuló desde la crisis ecológica, la desigualdad social y la necesidad de una fraternidad universal capaz de superar la lógica de la exclusión. León XIV la ha reformulado en clave tecnológica: ¿Qué ocurre con la dignidad humana cuando el poder se concentra en algoritmos sin conciencia y en corporaciones capaces de influir sobre millones de vidas sin control democrático efectivo?

Son dos pontificados distintos, pero una misma preocupación atraviesa ambos: la defensa de la persona humana frente a estructuras de poder que tienden a subordinar la vida, la dignidad y el bien común a intereses económicos, políticos o tecnológicos. Desde esa perspectiva surge una pregunta inevitable para Colombia en vísperas de una elección presidencial decisiva: ¿Cuál de los dos proyectos políticos que disputan el poder, el de Iván Cepeda o el de Abelardo De la Espriella, guarda una mayor correspondencia con los principios expuestos por Francisco y León XIV?

La respuesta no exige complejas interpretaciones teológicas. Basta examinar los programas de gobierno y, sobre todo, las trayectorias de quienes los encarnan. En política, los programas expresan propósitos; las conductas revelan convicciones.

Durante su pontificado, Francisco construyó un cuerpo doctrinal de notable coherencia ética y social. Laudato si' (2015) introdujo el concepto de ecología integral, una visión según la cual la crisis ambiental y la crisis social son inseparables. La degradación de la naturaleza afecta primero a los más pobres, y por ello la defensa del medio ambiente constituye también una defensa de la justicia. La encíclica cuestiona abiertamente los modelos de desarrollo sustentados en la explotación ilimitada de los recursos naturales y en la subordinación de la vida a la rentabilidad económica.

Cinco años más tarde, Fratelli tutti amplió esa reflexión hacia el ámbito político. Francisco defendió la fraternidad universal y la amistad social como fundamentos de una convivencia verdaderamente humana. Criticó el nacionalismo excluyente, el individualismo extremo y la construcción sistemática de enemigos como estrategia política. Su referencia central, la parábola del buen samaritano, recuerda que la dignidad humana no depende de fronteras, ideologías o identidades colectivas, sino de la condición compartida de ser personas.

León XIV ha retomado esa tradición desde los desafíos del siglo XXI. En Magnifica Humanitas, publicada en 2026, advierte que la humanidad enfrenta una transformación comparable a la que provocó la Revolución Industrial. Sin rechazar la tecnología, sostiene que esta debe permanecer subordinada a criterios éticos claros. La inteligencia artificial, afirma, puede convertirse en una herramienta extraordinaria para el progreso humano o en un mecanismo de dominación capaz de concentrar poder, debilitar derechos y reducir a las personas a simples datos procesables.

La pregunta fundamental del nuevo pontífice es sencilla y profunda: ¿sirve el desarrollo tecnológico al florecimiento humano o contribuye a su degradación? En realidad, se trata de la misma pregunta que Francisco formuló respecto del medio ambiente, la economía y la política. En ambos casos, el criterio es idéntico: la persona debe estar por encima del poder.

Visto desde esta perspectiva, el programa de Iván Cepeda presenta múltiples puntos de convergencia con las preocupaciones centrales de ambos pontificados. Su propuesta política se estructura alrededor de la lucha contra la desigualdad, la ampliación de derechos sociales, la transición energética, la construcción de paz y el fortalecimiento de la participación ciudadana.

En materia ambiental, plantea la protección de los ecosistemas estratégicos, el fortalecimiento de la gestión pública del agua y una transición progresiva hacia fuentes energéticas sostenibles. Además, rechaza el fracking como mecanismo de explotación energética. Estas propuestas guardan una relación directa con los postulados de Laudato si', particularmente con la idea de que la naturaleza constituye una casa común cuya preservación es inseparable de la justicia social.

Su propuesta de paz también encuentra coincidencias evidentes con el pensamiento de Francisco. Cepeda defiende una concepción de seguridad humana orientada a intervenir las causas estructurales de la violencia: pobreza, exclusión, concentración de la tierra y ausencia de oportunidades. Se trata de una visión que privilegia la reconciliación y la transformación de los conflictos antes que su tratamiento exclusivamente militar. Fratelli tutti sostiene precisamente que la paz duradera no puede construirse mediante la acumulación de fuerza, sino mediante la creación de condiciones de justicia que hagan innecesaria la violencia.

A ello se suma una trayectoria pública vinculada a la defensa de los derechos humanos, la memoria histórica y el reconocimiento de las víctimas del conflicto armado. Más allá de las diferencias que puedan existir respecto de algunos aspectos de su propuesta, resulta difícil negar que existe una correspondencia significativa entre esos principios y la preocupación de ambos papas por la dignidad humana, la inclusión social y la protección de los sectores más vulnerables.

El contraste con el programa de Abelardo De la Espriella resulta igualmente revelador. Su propuesta política se construye alrededor de la seguridad, el fortalecimiento de la autoridad estatal, la reducción del Estado y la liberalización económica. Sin embargo, varias de sus principales iniciativas entran en tensión con los principios desarrollados por Francisco y León XIV.

La más evidente es la defensa del fracking como eje de la política energética. Mientras Laudato si' llama a replantear los modelos extractivos que comprometen el equilibrio ecológico, la propuesta de expandir este tipo de explotación supone profundizar una lógica basada en la extracción intensiva de recursos naturales. La diferencia no es menor: expresa dos formas radicalmente distintas de comprender la relación entre economía, territorio y vida.

En materia de seguridad, la propuesta denominada Pax Romana privilegia el control coercitivo, la expansión del aparato penitenciario y la eliminación de cualquier posibilidad de negociación con actores armados. Aunque toda sociedad tiene derecho a exigir seguridad y protección frente al crimen, el enfoque contrasta con la visión desarrollada por Francisco y reafirmada por León XIV, según la cual la paz auténtica requiere intervenir las causas profundas de la violencia y no únicamente sus manifestaciones.

La distancia también se observa en el ámbito económico. El programa propone una reducción sustancial del Estado, la eliminación de varios ministerios, entidades públicas y una amplia flexibilización regulatoria. El problema no reside únicamente en la discusión técnica sobre la eficiencia estatal, sino en una cuestión ética más profunda: ¿Qué ocurre con quienes dependen de la educación pública, de los sistemas de salud, de los programas de protección social y de las políticas redistributivas? Tanto Francisco como León XIV han insistido en que el mercado, por sí solo, no garantiza la protección de la dignidad humana ni la inclusión de quienes quedan al margen de los procesos económicos.

La diferencia fundamental entre ambos proyectos no radica únicamente en sus medidas concretas. Reside en la idea de ser humano que subyace a cada uno de ellos. Mientras uno enfatiza la solidaridad, la protección de los bienes comunes, la inclusión social y la construcción colectiva de soluciones, el otro privilegia el autoritarismo, la competencia económica y la confianza en mecanismos de mercado para resolver problemas complejos.

La elección, por tanto, trasciende las simpatías partidistas. Lo que está en juego es una determinada concepción del desarrollo, de la democracia y de la dignidad humana. Francisco y León XIV no escribieron sus encíclicas para intervenir en elecciones nacionales ni para respaldar candidatos específicos. Su preocupación es más profunda: advertir sobre los riesgos de una civilización que termina subordinando las personas al dinero, al poder o a la tecnología.

Al concluir Magnifica Humanitas, León XIV recurrió a una imagen que sintetiza el dilema de nuestro tiempo: la humanidad puede elegir entre construir una nueva Torre de Babel, fundada en la concentración del poder y la autosuficiencia tecnológica, o edificar una sociedad donde el progreso esté al servicio de las personas.

La pregunta es esencialmente la misma que Francisco formuló en Fratelli tutti: ¿Qué mundo queremos dejar a quienes vienen después?

El 21 de junio se responderá esa pregunta no mediante tratados filosóficos ni debates teológicos, sino con millones de votos. Cada ciudadano decidirá qué valores considera prioritarios, qué modelo de sociedad desea fortalecer y qué entiende por desarrollo, justicia y dignidad.

En ese sentido, la elección no enfrenta únicamente a dos candidatos. Enfrenta dos concepciones del ser humano y dos maneras distintas de comprender el futuro. Y, como suele ocurrir en los momentos decisivos de la historia, la responsabilidad final no recaerá sobre los candidatos, sino sobre quienes tengan en sus manos la decisión de elegir entre ellos.

La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

 

 

miércoles, mayo 27, 2026

La conciencia llega a las urnas *

 

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

La conciencia, cuando despierta, no pide permiso. Solo necesita una oportunidad. Y las oportunidades históricas, como los pueblos que se atreven a cambiar, no aparecen dos veces con facilidad.

Colombia llega a la elección presidencial como llegan los pueblos cuando sospechan que la historia puede cambiar: cansada, polarizada, confundida, pero peligrosamente despierta.

Durante generaciones le enseñaron al país que la pobreza era una falla moral, que la desigualdad era consecuencia natural del talento y que los privilegios heredados eran poco menos que una prueba visible de bendición divina. Enseñaron que protestar era vergonzoso o peligroso, que pensar demasiado podía resultar subversivo y que cualquier intento serio de redistribuir dignidad debía ser tratado como una amenaza comunista capaz de destruir la civilización occidental, la familia tradicional y, probablemente, hasta las arepas del desayuno.

Y lo impresionante es que funcionó.

Pocas máquinas ideológicas han sido tan eficaces como la colombiana. Durante décadas convirtió la resignación en virtud, la obediencia en prudencia y el miedo en identidad nacional. El país aprendió a desconfiar del vecino pobre que protesta, pero jamás del político que lleva décadas robándose el presupuesto. Aprendió a temerle más al estudiante que marcha que al empresario que financia el crimen.

Y en medio de ese proceso surgió una de las construcciones más sofisticadas del capitalismo moderno: el pobre de derecha.

Parece una contradicción absurda, casi una ironía sociológica. Pero en realidad es una de las victorias ideológicas más profundas y duraderas del capitalismo contemporáneo. El sociólogo brasileño Jessé Souza explica por qué amplios sectores populares terminan defendiendo precisamente el sistema que los mantiene atrapados en la precariedad. Y la respuesta resulta inquietante por su sencillez: la explicación no está solamente en la economía. Está, sobre todo, en la conciencia.

Al pobre de derecha no solo le arrebataron recursos materiales. Le despojaron algo mucho más importante: la conciencia de clase. Le enseñaron a no verse como trabajador, aunque a diario venda su fuerza de trabajo. A no asumirse como asalariado, aunque dependa de un sueldo para sobrevivir. A no reconocerse como explotado, aunque viva endeudado, precarizado y permanentemente al borde del colapso económico. Él se auto percibe como un millonario temporalmente atrapado en la pobreza. Como buen siervo con ambiciones, le prometieron que algún día llegará a la cima, siempre y cuando jamás cuestione la existencia de esa cima.

Ahí reside el núcleo del problema. Los dueños del sistema no necesitan que el oprimido defienda activamente su opresión: basta con convencerlo de que su enemigo no es quien concentra el poder y la riqueza, sino otro pobre igual que él. El que protesta. El que reclama derechos. El sindicalista. El estudiante. El campesino organizado. El que piensa distinto.

Entonces repite frases prefabricadas como si fueran verdades reveladas: "el pobre es pobre porque quiere", "todo es cuestión de esfuerzo", "reclamar dignidad es resentimiento social". Guiones diseñados con esmero por quienes sí poseen capital, poder mediático y capacidad de heredar privilegios.

Pierre Bourdieu sostenía que el poder más eficaz no es el que se impone por la fuerza, sino aquel que consigue que los dominados perciban su propia dominación como algo natural. Colombia perfeccionó esa pedagogía del sometimiento con una disciplina histórica. Aquí, el campesino desplazado aprendió a agradecer las migajas del mismo sistema que le arrebató la tierra; el trabajador precarizado, a repetir discursos sobre meritocracia mientras sobrevive con salarios incapaces de garantizar dignidad.

Entretanto, ciertos conglomerados empresariales descubrieron una forma singularmente patriótica de amar al país: evadir impuestos mientras pronuncian conferencias sobre responsabilidad social en auditorios climatizados.

El modelo económico del miedo.

Y mientras tanto, Colombia sangraba. Sangraba en las montañas, en las comunas y en las periferias donde la guerra dejó de ser noticia porque se convirtió en paisaje cotidiano. Guerrillas, paramilitares, narcotraficantes y sectores corruptos del Estado construyeron una economía del miedo extraordinariamente rentable. La guerra desplazó campesinos para expandir latifundios. Justificó presupuestos infinitos. Enriqueció contratistas, políticos regionales y empresarios que aprendieron a convertir el caos en oportunidad financiera.

Naomi Klein llamó a eso "capitalismo del desastre": sociedades traumatizadas que terminan aceptando estructuras profundamente injustas porque sobreviven demasiado cansadas para rebelarse. Colombia se cansó de los muertos. Se cansó de las masacres convertidas en estadísticas. Se cansó de escuchar que el futuro siempre llegaría después, en otro gobierno, en otra generación.

Entonces empezó a ocurrir algo inesperado: millones de ciudadanos comenzaron a sospechar que el problema no era únicamente quién administraba el país, sino el país mismo que había sido administrado durante doscientos años bajo los mismos parámetros, con los mismos beneficiarios y las mismas víctimas.

Y ahí apareció la fractura histórica que hoy divide a Colombia. Dos países distintos respirando dentro del mismo territorio.

El primero ya lo conocemos demasiado bien. Es el país donde el apellido pesa más que el talento. Donde la tierra sigue concentrada como en tiempos coloniales. Donde las élites hablan de libertad mientras financian ejércitos privados para proteger privilegios heredados. Ese país todavía existe: se sienta en ciertos directorios empresariales y en clubes sociales donde la palabra "pueblo" se pronuncia con el mismo tono con que se menciona una plaga agrícola. Sobrevive en políticos que llaman "resentimiento social" al simple hecho de que millones de personas quieran vivir con dignidad. Es un país viejo. No por la edad de sus instituciones, sino por el agotamiento moral de sus ideas.

Pero existe otro país. Uno todavía incompleto, contradictorio y frágil. El país de los jóvenes que entienden que el progreso no consiste en producir más millonarios sino en producir más ciudadanos con derechos. El de las mujeres que ya no están dispuestas a pedir permiso para existir políticamente. El de los campesinos que reclaman la tierra sin pagar con su sangre el derecho a cultivarla. El de las comunidades indígenas y afrodescendientes que, desde hace siglos, sostienen con su cultura, su memoria y su trabajo buena parte de la nación, mientras luchan todavía contra el racismo estructural y el olvido impuesto desde el poder.

Ese otro país que inició en 2022 no representó solamente una alternancia electoral. Fue, sobre todo, una fractura simbólica. Por primera vez en la historia contemporánea de Colombia, un proyecto político progresista llegó al gobierno nacional cuestionando abiertamente las bases del modelo neoliberal que había administrado el país durante décadas.

Pese al déficit fiscal, al cerco institucional, a la oposición mediática permanente y a los bloqueos legislativos, ese gobierno empezó a tocar intereses estructurales: distribuir tierra entre campesinos históricamente despojados, disputar el modelo mercantil de la salud, garantizar ingresos mínimos para adultos mayores excluidos del sistema y reabrir conversaciones de paz en una sociedad que aprendió a convivir con la guerra hasta volverla rutina.

Karl Marx escribió una frase que sigue incomodando a quienes prefieren creer que la desigualdad es fenómeno natural: "No es la conciencia del hombre lo que determina su ser social. Es su ser social lo que determina su conciencia." No basta pedirle a la gente que piense distinto mientras continúe viviendo bajo las mismas condiciones materiales de exclusión y precariedad. No es cambiar primero la mentalidad para transformar el mundo. Es transformar el mundo para que cambie la mentalidad.

Cuando el campesino recibe tierra, su relación con el Estado cambia. Cuando el joven accede a la universidad pública, su percepción sobre lo posible cambia. Cuando el adulto mayor recibe una ayuda económica que antes no existía, su confianza en que el país también es suyo cambia. Ocurre algo más poderoso que una reforma administrativa. Ocurre una transformación cultural. La conciencia social empieza a moverse.

Y eso, exactamente eso, produce terror en las viejas estructuras de poder.

Porque cada vez que Colombia se aproxima a la posibilidad de transformarse, los guardianes del orden tradicional desempolvan su repertorio favorito: el miedo al caos, el fantasma del comunismo, el colapso económico inminente y esa curiosa teoría según la cual los pobres deben seguir siendo pobres para garantizar la estabilidad democrática. Y reclutan, con eficacia probada, al pobre de derecha para que defienda en las calles y en las urnas el sistema que lo mantiene donde está.

Resulta conmovedor observar a ciertos multimillonarios defender la libertad con lágrimas en los ojos justo cuando alguien propone cobrarles impuestos. La sátira en Colombia tiene una dificultad enorme: competir con la realidad.

El 31 de mayo no será solamente una elección. Dado el escenario político actual y las mediciones que apuntan a una definición en primera vuelta, será algo más urgente y más profundo: una radiografía moral del país. Será la medida de hasta dónde ha llegado ese proceso lento, imperfecto e irreversible de recuperación de la conciencia de clase. Será la respuesta a una pregunta que lleva décadas flotando sobre Colombia: ¿Cuántos colombianos han logrado distinguir entre sus enemigos reales y los enemigos que les fabricaron para que no miraran hacia arriba?

Colombia tendrá que decidir entre dos maneras radicalmente distintas de entender la vida colectiva: entre el país que convirtió la desigualdad en costumbre y el país que empieza a creer que la dignidad no debería ser un privilegio. Entre la paz y la guerra. Entre el argumento y el insulto. Entre el miedo administrado y la esperanza razonada.

*La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).