LA VITRINA DE LA CONVERSA

jueves, junio 11, 2026

¿Qué mundo queremos construir? Francisco, León XIV y la elección que enfrenta Colombia

 


Por: Jhon Jaiver Flórez G.

 La elección presidencial en Colombia enfrenta dos concepciones del ser humano y dos maneras distintas de comprender el futuro y la responsabilidad final no recaerá sobre los candidatos, sino sobre quienes tengan en sus manos la decisión de elegir entre ellos.

Hay preguntas que trascienden las instituciones desde las cuales son formuladas. Una de ellas es, quizás, la más decisiva para cualquier época: ¿Qué mundo estamos construyendo y para quién? La han planteado filósofos, poetas, teólogos y revolucionarios. También los papas. Francisco la formuló desde la crisis ecológica, la desigualdad social y la necesidad de una fraternidad universal capaz de superar la lógica de la exclusión. León XIV la ha reformulado en clave tecnológica: ¿Qué ocurre con la dignidad humana cuando el poder se concentra en algoritmos sin conciencia y en corporaciones capaces de influir sobre millones de vidas sin control democrático efectivo?

Son dos pontificados distintos, pero una misma preocupación atraviesa ambos: la defensa de la persona humana frente a estructuras de poder que tienden a subordinar la vida, la dignidad y el bien común a intereses económicos, políticos o tecnológicos. Desde esa perspectiva surge una pregunta inevitable para Colombia en vísperas de una elección presidencial decisiva: ¿Cuál de los dos proyectos políticos que disputan el poder, el de Iván Cepeda o el de Abelardo De la Espriella, guarda una mayor correspondencia con los principios expuestos por Francisco y León XIV?

La respuesta no exige complejas interpretaciones teológicas. Basta examinar los programas de gobierno y, sobre todo, las trayectorias de quienes los encarnan. En política, los programas expresan propósitos; las conductas revelan convicciones.

Durante su pontificado, Francisco construyó un cuerpo doctrinal de notable coherencia ética y social. Laudato si' (2015) introdujo el concepto de ecología integral, una visión según la cual la crisis ambiental y la crisis social son inseparables. La degradación de la naturaleza afecta primero a los más pobres, y por ello la defensa del medio ambiente constituye también una defensa de la justicia. La encíclica cuestiona abiertamente los modelos de desarrollo sustentados en la explotación ilimitada de los recursos naturales y en la subordinación de la vida a la rentabilidad económica.

Cinco años más tarde, Fratelli tutti amplió esa reflexión hacia el ámbito político. Francisco defendió la fraternidad universal y la amistad social como fundamentos de una convivencia verdaderamente humana. Criticó el nacionalismo excluyente, el individualismo extremo y la construcción sistemática de enemigos como estrategia política. Su referencia central, la parábola del buen samaritano, recuerda que la dignidad humana no depende de fronteras, ideologías o identidades colectivas, sino de la condición compartida de ser personas.

León XIV ha retomado esa tradición desde los desafíos del siglo XXI. En Magnifica Humanitas, publicada en 2026, advierte que la humanidad enfrenta una transformación comparable a la que provocó la Revolución Industrial. Sin rechazar la tecnología, sostiene que esta debe permanecer subordinada a criterios éticos claros. La inteligencia artificial, afirma, puede convertirse en una herramienta extraordinaria para el progreso humano o en un mecanismo de dominación capaz de concentrar poder, debilitar derechos y reducir a las personas a simples datos procesables.

La pregunta fundamental del nuevo pontífice es sencilla y profunda: ¿sirve el desarrollo tecnológico al florecimiento humano o contribuye a su degradación? En realidad, se trata de la misma pregunta que Francisco formuló respecto del medio ambiente, la economía y la política. En ambos casos, el criterio es idéntico: la persona debe estar por encima del poder.

Visto desde esta perspectiva, el programa de Iván Cepeda presenta múltiples puntos de convergencia con las preocupaciones centrales de ambos pontificados. Su propuesta política se estructura alrededor de la lucha contra la desigualdad, la ampliación de derechos sociales, la transición energética, la construcción de paz y el fortalecimiento de la participación ciudadana.

En materia ambiental, plantea la protección de los ecosistemas estratégicos, el fortalecimiento de la gestión pública del agua y una transición progresiva hacia fuentes energéticas sostenibles. Además, rechaza el fracking como mecanismo de explotación energética. Estas propuestas guardan una relación directa con los postulados de Laudato si', particularmente con la idea de que la naturaleza constituye una casa común cuya preservación es inseparable de la justicia social.

Su propuesta de paz también encuentra coincidencias evidentes con el pensamiento de Francisco. Cepeda defiende una concepción de seguridad humana orientada a intervenir las causas estructurales de la violencia: pobreza, exclusión, concentración de la tierra y ausencia de oportunidades. Se trata de una visión que privilegia la reconciliación y la transformación de los conflictos antes que su tratamiento exclusivamente militar. Fratelli tutti sostiene precisamente que la paz duradera no puede construirse mediante la acumulación de fuerza, sino mediante la creación de condiciones de justicia que hagan innecesaria la violencia.

A ello se suma una trayectoria pública vinculada a la defensa de los derechos humanos, la memoria histórica y el reconocimiento de las víctimas del conflicto armado. Más allá de las diferencias que puedan existir respecto de algunos aspectos de su propuesta, resulta difícil negar que existe una correspondencia significativa entre esos principios y la preocupación de ambos papas por la dignidad humana, la inclusión social y la protección de los sectores más vulnerables.

El contraste con el programa de Abelardo De la Espriella resulta igualmente revelador. Su propuesta política se construye alrededor de la seguridad, el fortalecimiento de la autoridad estatal, la reducción del Estado y la liberalización económica. Sin embargo, varias de sus principales iniciativas entran en tensión con los principios desarrollados por Francisco y León XIV.

La más evidente es la defensa del fracking como eje de la política energética. Mientras Laudato si' llama a replantear los modelos extractivos que comprometen el equilibrio ecológico, la propuesta de expandir este tipo de explotación supone profundizar una lógica basada en la extracción intensiva de recursos naturales. La diferencia no es menor: expresa dos formas radicalmente distintas de comprender la relación entre economía, territorio y vida.

En materia de seguridad, la propuesta denominada Pax Romana privilegia el control coercitivo, la expansión del aparato penitenciario y la eliminación de cualquier posibilidad de negociación con actores armados. Aunque toda sociedad tiene derecho a exigir seguridad y protección frente al crimen, el enfoque contrasta con la visión desarrollada por Francisco y reafirmada por León XIV, según la cual la paz auténtica requiere intervenir las causas profundas de la violencia y no únicamente sus manifestaciones.

La distancia también se observa en el ámbito económico. El programa propone una reducción sustancial del Estado, la eliminación de varios ministerios, entidades públicas y una amplia flexibilización regulatoria. El problema no reside únicamente en la discusión técnica sobre la eficiencia estatal, sino en una cuestión ética más profunda: ¿Qué ocurre con quienes dependen de la educación pública, de los sistemas de salud, de los programas de protección social y de las políticas redistributivas? Tanto Francisco como León XIV han insistido en que el mercado, por sí solo, no garantiza la protección de la dignidad humana ni la inclusión de quienes quedan al margen de los procesos económicos.

La diferencia fundamental entre ambos proyectos no radica únicamente en sus medidas concretas. Reside en la idea de ser humano que subyace a cada uno de ellos. Mientras uno enfatiza la solidaridad, la protección de los bienes comunes, la inclusión social y la construcción colectiva de soluciones, el otro privilegia el autoritarismo, la competencia económica y la confianza en mecanismos de mercado para resolver problemas complejos.

La elección, por tanto, trasciende las simpatías partidistas. Lo que está en juego es una determinada concepción del desarrollo, de la democracia y de la dignidad humana. Francisco y León XIV no escribieron sus encíclicas para intervenir en elecciones nacionales ni para respaldar candidatos específicos. Su preocupación es más profunda: advertir sobre los riesgos de una civilización que termina subordinando las personas al dinero, al poder o a la tecnología.

Al concluir Magnifica Humanitas, León XIV recurrió a una imagen que sintetiza el dilema de nuestro tiempo: la humanidad puede elegir entre construir una nueva Torre de Babel, fundada en la concentración del poder y la autosuficiencia tecnológica, o edificar una sociedad donde el progreso esté al servicio de las personas.

La pregunta es esencialmente la misma que Francisco formuló en Fratelli tutti: ¿Qué mundo queremos dejar a quienes vienen después?

El 21 de junio se responderá esa pregunta no mediante tratados filosóficos ni debates teológicos, sino con millones de votos. Cada ciudadano decidirá qué valores considera prioritarios, qué modelo de sociedad desea fortalecer y qué entiende por desarrollo, justicia y dignidad.

En ese sentido, la elección no enfrenta únicamente a dos candidatos. Enfrenta dos concepciones del ser humano y dos maneras distintas de comprender el futuro. Y, como suele ocurrir en los momentos decisivos de la historia, la responsabilidad final no recaerá sobre los candidatos, sino sobre quienes tengan en sus manos la decisión de elegir entre ellos.

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