LA VITRINA DE LA CONVERSA

lunes, julio 06, 2026

El outsider y sus amigos de siempre *

 

John Flórez / Economista - Analista Político

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Colombia fue engañada con método, recursos, tecnología y la colaboración de un sistema político que lleva más de un siglo perfeccionando el arte de vender lo mismo bajo nombres distintos.

Cómo Colombia creyó elegir la renovación y terminó premiando la continuidad, pero peor

Hay un arte del engaño político tan refinado que merecería enseñarse en las academias del poder: convencer a una sociedad hastiada de las élites de que uno de sus herederos ha venido a destruirlas. La hazaña exige una ciudadanía agotada y una maquinaria propagandística capaz de convertir la memoria en un estorbo. Es el ilusionismo perfecto: con una mano se incendia el discurso contra el establecimiento; con la otra se estrechan las manos de quienes siempre lo han administrado. Cambian los eslóganes y la escenografía, pero el reparto permanece intacto. Mientras el público celebra la revolución, los dueños del teatro aplauden la continuidad.

Abelardo De la Espriella, presidente electo que asumirá el poder el 7 de agosto, dominó esa fórmula con la precisión de quien ha recorrido durante años los mismos pasillos que prometía clausurar. Se presentó como el outsider dispuesto a desmontar el viejo orden político. La promesa sedujo a un país fatigado de los mismos partidos, los mismos apellidos y las mismas prácticas. El problema es que la mesa que prometía sacudir era exactamente aquella en la que siempre se sentó, y los comensales llamados a integrar su gabinete son los mismos que durante décadas han servido el menú del establecimiento.

Las señales de alarma aparecieron incluso antes de que comenzara formalmente la campaña. La Registraduría anuló el 62 % de las firmas con las que inscribió su candidatura. La periodista Cecilia Orozco documentó en El Espectador que más de la mitad de los respaldos ciudadanos no superó el proceso de verificación. En una democracia que se tome en serio a sí misma, un episodio semejante habría provocado una crisis institucional y, probablemente, la inhabilitación de la candidatura. En Colombia fue noticia de un día. Las autoridades guardaron un silencio difícil de llamar neutral; buena parte de los medios prefirió mirar hacia otro lado. El candidato siguió adelante con la serenidad de quien sabe que en este país las reglas rara vez se aplican por igual.

Al mismo tiempo, David Murcia lo denunció públicamente como presunto estafador. Según su versión, en calidad de abogado defensor no le habría devuelto cinco mil millones de pesos correspondientes a honorarios por servicios jurídicos que nunca prestó. Es decir, el entonces candidato no solo cargaba con cuestionamientos públicos sobre su trayectoria profesional, sino que además acumulaba señalamientos que, en una democracia más exigente, habrían suscitado un escrutinio mucho más severo. En Colombia obtuvo un aval, hizo campaña y ganó.

La campaña tampoco desmintió esas inquietudes. Abundó la grosería convertida en estrategia, los insultos diseñados para alimentar las redes sociales y una llamativa escasez de conocimiento sobre la cosa pública. El candidato que prometía transformar el Estado demostró con frecuencia no comprender su funcionamiento. En cambio, dominó el espectáculo: la voz altanera, el enemigo permanente y las respuestas simples para problemas complejos. La confrontación sustituyó el debate; el insulto reemplazó al argumento. Es una fórmula eficaz para conquistar titulares y alimentar algoritmos, pero notoriamente insuficiente para gobernar una nación.

El mejor ejemplo fue la llamada "Patria Milagro", presentada bajo el lema "El Milagro de los Nunca": los que nunca se han robado un peso del erario, los que nunca han hecho politiquería, los que nunca han traicionado. El concepto posee todas las virtudes del mercadeo político: es breve, emotivo y fácil de recordar. Lo que todavía cuesta encontrar es su contenido.

La campaña prometió un crecimiento económico del 7 % anual —invocando como referencia a Corea del Sur y Singapur— en un país cuyo promedio histórico apenas supera el 3 %. Prometió tres millones de empleos, reducir la pobreza en un 20 %, disminuir la violencia a la mitad y convertir en propietarios de vivienda a un millón de familias, todo en apenas cuatro años. Lo que nunca explicó fue con qué recursos, mediante qué reformas institucionales ni bajo qué modelo económico se producirían semejantes prodigios. El nombre resumía el programa: una patria milagro, no una patria con plan. Y los milagros, como es sabido, no requieren sustento técnico; solo fe.

La ironía alcanzó su punto máximo cuando se examinó quiénes respaldaban al candidato de "los nunca". No eran precisamente quienes nunca habían practicado la politiquería, sino muchos de quienes la han perfeccionado durante décadas. Colombia es, en buena medida, un país donde los clanes políticos conservan un enorme poder territorial mediante redes clientelares construidas durante generaciones. Los Char en el Atlántico. Los Blel en Bolívar. Los Gnecco en el Cesar. Nueva Fuerza Guajira. Dilian Francisca Toro en el Valle del Cauca. El Quindío, atrapado entre Cambio Radical y coaliciones que cambian de nombre con la misma facilidad con la que conservan el poder. Todos acompañaron al candidato de "los nunca". Todos esperan ahora la recompensa de los siempre.

Esos partidos hace tiempo dejaron de ser fábricas de ideas para convertirse en fábricas de avales. Su verdadera función consiste en facilitar el acceso al poder a quienes difícilmente superarían un escrutinio ciudadano riguroso. Ese es el sistema que produjo al outsider. Y ese es el sistema al que el outsider le debe el cargo.

La maquinaria digital de la campaña tampoco vendió un proyecto de país. Vendió miedo, polarización y desinformación con herramientas de segmentación y propaganda que la institucionalidad colombiana fue incapaz de regular. Circularon deepfakes, cadenas falsas y campañas de desprestigio que encontraron en las redes sociales un terreno fértil para reemplazar el debate por la manipulación. La mentira volvió a viajar mucho más rápido que la verdad.

Ya como presidente electo, De la Espriella añadió otro episodio a esa narrativa. Anunció que el Banco Interamericano de Desarrollo destinaría 60 millones de dólares para el proceso de empalme con el gobierno saliente, presentándolo como una demostración de confianza internacional. El presidente Gustavo Petro respondió que esos recursos no correspondían al empalme, sino a programas previamente acordados con el organismo multilateral. Históricamente, las transiciones presidenciales en Colombia se han realizado mediante el intercambio de información administrativa y financiera, sin costos extraordinarios. La controversia terminó ilustrando un rasgo característico de la campaña: la tendencia a presentar como extraordinario aquello que, al examinarse con detenimiento, resulta bastante más prosaico.

El gabinete que comienza a conformarse tampoco fortalece el relato de la renovación. Allí reaparecen dirigentes, partidos y estructuras que han ocupado durante años el centro del poder. Más que un gobierno de ruptura, la fotografía empieza a parecer el álbum familiar de la política tradicional.

Gobernar Colombia exige bastante más que una voz gritona, poses de autoridad y una inagotable colección de provocaciones. Exige conocimiento del Estado, capacidad técnica, prudencia y la difícil tarea de convertir los eslóganes en políticas públicas. Un país no es una parrilla de televisión. Cuando termina la campaña y se encienden las luces del gobierno, el libreto desaparece, los efectos especiales dejan de funcionar y queda al descubierto si el protagonista sabe gobernar o si apenas supo interpretar el papel de gobernante.

Colombia no fue engañada por sorpresa. Fue engañada con método, recursos, tecnología y la colaboración de un sistema político que lleva más de un siglo perfeccionando el arte de vender lo mismo bajo nombres distintos.

Esta vez el nombre fue "milagro". Y, como todos los milagros políticos, no exige explicaciones. Solo fe. Y votos.

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