![]() |
| John Flórez / Economista - Analista Político |
Por:
Jhon Jaiver Flórez G.
Colombia fue engañada con método,
recursos, tecnología y la colaboración de un sistema político que lleva más de
un siglo perfeccionando el arte de vender lo mismo bajo nombres distintos.
Cómo Colombia creyó elegir la renovación y terminó premiando la continuidad, pero peor
Hay
un arte del engaño político tan refinado que merecería enseñarse en las
academias del poder: convencer a una sociedad hastiada de las élites de que uno
de sus herederos ha venido a destruirlas. La hazaña exige una ciudadanía
agotada y una maquinaria propagandística capaz de convertir la memoria en un
estorbo. Es el ilusionismo perfecto: con una mano se incendia el discurso
contra el establecimiento; con la otra se estrechan las manos de quienes
siempre lo han administrado. Cambian los eslóganes y la escenografía, pero el
reparto permanece intacto. Mientras el público celebra la revolución, los
dueños del teatro aplauden la continuidad.
Abelardo
De la Espriella, presidente electo que asumirá el poder el 7 de agosto, dominó
esa fórmula con la precisión de quien ha recorrido durante años los mismos
pasillos que prometía clausurar. Se presentó como el outsider dispuesto
a desmontar el viejo orden político. La promesa sedujo a un país fatigado de
los mismos partidos, los mismos apellidos y las mismas prácticas. El problema
es que la mesa que prometía sacudir era exactamente aquella en la que siempre
se sentó, y los comensales llamados a integrar su gabinete son los mismos que
durante décadas han servido el menú del establecimiento.
Las
señales de alarma aparecieron incluso antes de que comenzara formalmente la
campaña. La Registraduría anuló el 62 % de las firmas con las que inscribió su
candidatura. La periodista Cecilia Orozco documentó en El Espectador que
más de la mitad de los respaldos ciudadanos no superó el proceso de
verificación. En una democracia que se tome en serio a sí misma, un episodio
semejante habría provocado una crisis institucional y, probablemente, la
inhabilitación de la candidatura. En Colombia fue noticia de un día. Las
autoridades guardaron un silencio difícil de llamar neutral; buena parte de los
medios prefirió mirar hacia otro lado. El candidato siguió adelante con la
serenidad de quien sabe que en este país las reglas rara vez se aplican por
igual.
Al
mismo tiempo, David Murcia lo denunció públicamente como presunto estafador.
Según su versión, en calidad de abogado defensor no le habría devuelto cinco
mil millones de pesos correspondientes a honorarios por servicios jurídicos que
nunca prestó. Es decir, el entonces candidato no solo cargaba con
cuestionamientos públicos sobre su trayectoria profesional, sino que además
acumulaba señalamientos que, en una democracia más exigente, habrían suscitado
un escrutinio mucho más severo. En Colombia obtuvo un aval, hizo campaña y
ganó.
La
campaña tampoco desmintió esas inquietudes. Abundó la grosería convertida en
estrategia, los insultos diseñados para alimentar las redes sociales y una
llamativa escasez de conocimiento sobre la cosa pública. El candidato que
prometía transformar el Estado demostró con frecuencia no comprender su
funcionamiento. En cambio, dominó el espectáculo: la voz altanera, el enemigo
permanente y las respuestas simples para problemas complejos. La confrontación
sustituyó el debate; el insulto reemplazó al argumento. Es una fórmula eficaz
para conquistar titulares y alimentar algoritmos, pero notoriamente
insuficiente para gobernar una nación.
El
mejor ejemplo fue la llamada "Patria Milagro", presentada bajo
el lema "El Milagro de los Nunca": los que nunca se han robado
un peso del erario, los que nunca han hecho politiquería, los que nunca han
traicionado. El concepto posee todas las virtudes del mercadeo político: es
breve, emotivo y fácil de recordar. Lo que todavía cuesta encontrar es su
contenido.
La
campaña prometió un crecimiento económico del 7 % anual —invocando como
referencia a Corea del Sur y Singapur— en un país cuyo promedio histórico
apenas supera el 3 %. Prometió tres millones de empleos, reducir la pobreza en
un 20 %, disminuir la violencia a la mitad y convertir en propietarios de
vivienda a un millón de familias, todo en apenas cuatro años. Lo que nunca
explicó fue con qué recursos, mediante qué reformas institucionales ni bajo qué
modelo económico se producirían semejantes prodigios. El nombre resumía el
programa: una patria milagro, no una patria con plan. Y los milagros, como es
sabido, no requieren sustento técnico; solo fe.
La
ironía alcanzó su punto máximo cuando se examinó quiénes respaldaban al
candidato de "los nunca". No eran precisamente quienes nunca habían
practicado la politiquería, sino muchos de quienes la han perfeccionado durante
décadas. Colombia es, en buena medida, un país donde los clanes políticos
conservan un enorme poder territorial mediante redes clientelares construidas
durante generaciones. Los Char en el Atlántico. Los Blel en Bolívar. Los Gnecco
en el Cesar. Nueva Fuerza Guajira. Dilian Francisca Toro en el Valle del Cauca.
El Quindío, atrapado entre Cambio Radical y coaliciones que cambian de nombre
con la misma facilidad con la que conservan el poder. Todos acompañaron al
candidato de "los nunca". Todos esperan ahora la recompensa de los siempre.
Esos
partidos hace tiempo dejaron de ser fábricas de ideas para convertirse en
fábricas de avales. Su verdadera función consiste en facilitar el acceso al
poder a quienes difícilmente superarían un escrutinio ciudadano riguroso. Ese
es el sistema que produjo al outsider. Y ese es el sistema al que el outsider
le debe el cargo.
La
maquinaria digital de la campaña tampoco vendió un proyecto de país. Vendió
miedo, polarización y desinformación con herramientas de segmentación y
propaganda que la institucionalidad colombiana fue incapaz de regular.
Circularon deepfakes, cadenas falsas y campañas de desprestigio que
encontraron en las redes sociales un terreno fértil para reemplazar el debate
por la manipulación. La mentira volvió a viajar mucho más rápido que la verdad.
Ya
como presidente electo, De la Espriella añadió otro episodio a esa narrativa.
Anunció que el Banco Interamericano de Desarrollo destinaría 60 millones de
dólares para el proceso de empalme con el gobierno saliente, presentándolo como
una demostración de confianza internacional. El presidente Gustavo Petro
respondió que esos recursos no correspondían al empalme, sino a programas
previamente acordados con el organismo multilateral. Históricamente, las
transiciones presidenciales en Colombia se han realizado mediante el
intercambio de información administrativa y financiera, sin costos
extraordinarios. La controversia terminó ilustrando un rasgo característico de
la campaña: la tendencia a presentar como extraordinario aquello que, al
examinarse con detenimiento, resulta bastante más prosaico.
El
gabinete que comienza a conformarse tampoco fortalece el relato de la
renovación. Allí reaparecen dirigentes, partidos y estructuras que han ocupado
durante años el centro del poder. Más que un gobierno de ruptura, la fotografía
empieza a parecer el álbum familiar de la política tradicional.
Gobernar
Colombia exige bastante más que una voz gritona, poses de autoridad y una
inagotable colección de provocaciones. Exige conocimiento del Estado, capacidad
técnica, prudencia y la difícil tarea de convertir los eslóganes en políticas
públicas. Un país no es una parrilla de televisión. Cuando termina la campaña y
se encienden las luces del gobierno, el libreto desaparece, los efectos
especiales dejan de funcionar y queda al descubierto si el protagonista sabe
gobernar o si apenas supo interpretar el papel de gobernante.
Colombia
no fue engañada por sorpresa. Fue engañada con método, recursos, tecnología y
la colaboración de un sistema político que lleva más de un siglo perfeccionando
el arte de vender lo mismo bajo nombres distintos.
Esta
vez el nombre fue "milagro". Y, como todos los milagros políticos, no
exige explicaciones. Solo fe. Y votos.

