LA VITRINA DE LA CONVERSA

sábado, marzo 28, 2026

El arte de insinuar: ultraderecha, medios y la ingeniería del miedo *

 

Imagen tomada de: Pedimos al PE matices en la Moción de libertad de los medios

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

En las redes, la insinuación se vuelve avalancha: la información se fragmenta, se exagera y se distorsiona hasta volverse irreconocible. La velocidad sepulta la verificación y lo que emerge es desinformación y emocionalidad organizada.

Lo que ocurre hoy en Colombia no es desorden: es método, diseño y disciplina. Una arquitectura afinada donde la información dejó de ser un derecho para convertirse en herramienta de intervención política. Aquí no se debate: se administra la percepción. Y quien aún crea que asiste a un ejercicio democrático espontáneo probablemente también crea que los titulares nacen como flores silvestres. Pero no: hay jardineros, hay poda y, por supuesto, fertilizantes ideológicos.

La ultraderecha colombiana —fiel a su nostalgia de guerra fría y a su necesidad permanente de enemigos internos— ha perfeccionado un arte antiguo: no necesita demostrar, le basta con insinuar; no necesita mentir, le alcanza con editar. En articulación con sectores afines en Estados Unidos, ha consolidado una maquinaria narrativa donde la noticia no informa, sino que encuadra; donde el lenguaje no describe, sino que reorganiza la realidad para hacerla funcional. Todo bajo la elegante ficción de una prensa libre que, como advirtió Noam Chomsky, no censura: filtra.

Porque en las democracias contemporáneas el control rara vez se ejerce por la fuerza; se ejerce por la persuasión. La “manufactura del consentimiento” no es una anomalía: es rutina. No se prohíbe pensar; se delimita qué puede pensarse, cómo y hasta dónde. Se selecciona, se jerarquiza, se repite. Y en ese proceso, la verdad no desaparece: se vuelve prescindible.

Hay noticias que no informan: inauguran climas. No es una metáfora; es un manual de operaciones. Una investigación preliminar en Estados Unidos que apenas roza al presidente Gustavo Petro —sin cargos, sin pruebas concluyentes, sin centralidad— se transforma, al cruzar la frontera mediática, en una revelación casi apocalíptica. Lo que en Manhattan es duda, aquí se convierte en certeza; lo que allá es un proceso incipiente, aquí es veredicto. No hacen falta jueces: bastan micrófonos.

La sospecha, amplificada con disciplina, se convierte en identidad. Petro deja de ser presidente para transformarse en sospechoso en tiempo récord. No por lo probado, sino por lo repetido. El mecanismo es eficaz porque es sobrio: los medios alineados no necesitan mentir de forma burda; hacen algo más rentable, administran la visibilidad. Recortan, subrayan, repiten. Transforman la complejidad en eslogan. “Investigado por narcotráfico”: ningún contexto y máxima rentabilidad simbólica. Todo lo demás —la ausencia de cargos, el carácter preliminar, los matices incómodos— se evapora en la edición.

Pero la maquinaria no se sostiene solo con técnica mediática. Necesita una base moral que legitime el ruido. Y ahí entra un mecanismo más antiguo que cualquier algoritmo: la proyección. Como señaló Sigmund Freud —y mucho antes intuía Sócrates—, el ser humano tiende a expulsar hacia el otro aquello que no tolera en sí mismo. En política, esa inclinación se convierte en estrategia.

Se acusa al adversario no de cualquier cosa, sino precisamente de aquello que resulta insoportable reconocer en uno mismo. No es simple hipocresía: es ingeniería simbólica. La acusación no busca esclarecer, sino absolver. Se traslada la propia suciedad al cuerpo del otro para que la tribuna vea allí —y solo allí— lo que conviene ocultar. El grupo se redime señalando. Se limpia acusando. Y así, con una eficacia casi litúrgica, la política deja de ser deliberación y se convierte en ritual. Ya no se discuten hechos: se intercambian culpas.

En ese terreno, el asesinato de Miguel Uribe encaja con precisión inquietante. Un hecho grave, complejo, con avances judiciales reales, debería exigir rigor. Pero el rigor no produce titulares. Así que, en paralelo —siempre en paralelo—, emerge otra narrativa: la del ruido. Preguntas que no buscan respuestas, insinuaciones que no requieren pruebas, saltos lógicos que desafían incluso la cortesía intelectual.

Y entonces ocurre lo previsible: sin evidencia, sin proceso, sin incomodidad, aparecen Gustavo Petro e Iván Cepeda como responsables insinuados. No porque los hechos conduzcan allí, sino porque la narrativa los necesita. No es torpeza: es método.

El mismo método que convierte una indagación preliminar en escándalo internacional transforma un crimen en insumo electoral. No se trata de demostrar, sino de instalar. De repetir hasta que la sospecha se naturalice. En esa lógica, Iván Cepeda resulta funcional no por lo que hizo, sino por dónde está: en la política del contagio, la cercanía sustituye a la evidencia. Su apelación al debido proceso suena casi arqueológica, como citar a Sócrates en medio de una tormenta de tendencias.

Mientras tanto, el lenguaje hace su trabajo silencioso. No describe la realidad: la reorganiza. Lo incierto se vuelve afirmación, lo parcial se presenta como totalidad. Controlar las palabras no garantiza el dominio absoluto, pero sí asegura algo más práctico: inclinar la percepción.

El contexto geopolítico completa el cuadro. Las tensiones entre Bogotá y Washington —política antidrogas, autonomía regional, intereses estratégicos— no siempre aparecen en el titular, pero operan detrás de él. En ese escenario, cualquier insinuación adquiere valor. No solo circula: presiona.

Y entonces aparece el elemento decisivo: el clima.

Las redes sociales convierten la insinuación en avalancha. La información se fragmenta, se exagera, se distorsiona hasta volverse irreconocible. La verificación pierde frente a la velocidad. La sociología del rumor desplaza a la comprobación del dato. Y lo que emerge no es solo desinformación, sino emoción organizada.

El producto final es el miedo. Miedo al caos. Miedo al crimen. Miedo al cambio. Miedo al otro.

En ese ambiente, las encuestas cumplen su función con elegancia estadística. No reflejan una realidad previa: consolidan una percepción ya fabricada. Le dan apariencia de objetividad a lo que es, en esencia, una construcción cuidadosamente inducida.

Y cuando el circuito parece completo, irrumpe la tragedia.

La caída del avión Hércules en Puerto Leguízamo —decenas de militares muertos— debería imponer silencio. Pero aquí el silencio no es rentable. La aeronave, con más de cuatro décadas de servicio, incorporada durante el gobierno de Iván Duque bajo el programa de “equipos excedentes” de Estados Unidos —ese eufemismo diplomático para lo que ya cumplió su vida útil—, arrastraba una historia previsible: desgaste acumulado, uso intensivo y eficiencia discutible.

El presidente Gustavo Petro lo nombra sin rodeos: “chatarra”. Señala responsabilidades y abre un debate necesario sobre el valor que el Estado asigna a la vida de quienes lo defienden. Pero el sistema responde como siempre: desplazando la discusión. Del problema estructural al ruido inmediato. De las decisiones de fondo al espectáculo del señalamiento.

Incluso la muerte se adapta al libreto.

Se recicla. Se distribuye. Se convierte en argumento. Nada se desperdicia.

Así, todo encaja: una investigación ambigua, un asesinato, un accidente aéreo. Hechos distintos, una misma lógica. Todo puede traducirse al lenguaje del escándalo. Todo puede ser instrumentalizado.

Lo que emerge no es confusión: es orden.

Un orden donde la verdad no desaparece, pero pierde valor frente a su versión más útil. Donde la política deja de ser confrontación de ideas para convertirse en disputa por el relato dominante. Donde acusar es más rentable que demostrar y repetir más eficaz que comprender.

Y entonces queda la única pregunta que resiste el ruido: si la realidad puede moldearse con tal facilidad, si la sospecha puede sustituir a la evidencia,

si la indignación puede fabricarse en serie… ¿qué lugar le queda a una verdad que no sirve para ganar?

Quizás uno marginal, frágil y tardío.

Porque en este sistema —tan sofisticado como cínico— la verdad no desaparece. Simplemente llega tarde. Y cuando finalmente aparece, el veredicto ya ha sido pronunciado en otra parte.

*La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores.