Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-
Resulta patético y peligroso que sectores desinformados celebren una agresión que, aunque hoy afecte a Caracas, amenaza la soberanía de toda Latinoamérica. El peligro es regional.
La madrugada del 3 de enero de 2026 quedará marcada en la historia de América Latina como el día en que la doctrina imperialista de los Estados Unidos se despojó de su máscara de legalidad y civilidad para ejecutar su operación más descarada y criminal en el hemisferio: la intrusión ilegal de tropas especiales en territorio venezolano y el secuestro, ya que no hay otro término jurídico que lo defina, del Presidente constitucional, Nicolás Maduro, y la Primera Dama, Cilia Flórez.
Más allá de cualquier afinidad o rechazo legítimo hacia el
gobierno del chavismo, este acto ordenado por Donald Trump constituye un crimen
de proporciones históricas. Es una violación múltiple y flagrante de todo el
ordenamiento jurídico que el propio occidente dice defender. Es ilegal bajo
la Carta de la ONU, que prohíbe el uso de la fuerza y la violación de la
soberanía e integridad territorial de los Estados (Art. 2.4). Es ilegal bajo
el Derecho Internacional Humanitario, que califica el secuestro de
autoridades civiles como un crimen de guerra. Es ilegal bajo la Carta de
la OEA, y resulta una burla grotesca a la propia legislación
estadounidense, como la Ley de Poderes de Guerra (War Powers Resolution),
que restringe el despliegue militar sin autorización del Congreso. Este no es el
“restablecimiento de la democracia”; es una agresión que el derecho
internacional condenó después de 1945.
La narrativa con la que Trump y sus halcones intentan cubrir
este atropello es tan cínica como transparentemente desprestigiada: la lucha
antidrogas. Esta coartada, ya desmontada por académicos de seguridad y salud
pública global por ser un instrumento de control geopolítico y represión
racial, se desploma ante la evidencia de los motivos reales. Se trata, simple y
llanamente, del robo a mano armada de los recursos naturales
venezolanos, principalmente sus vastas reservas de petróleo, gas, oro y
coltán. Es el paso final de una guerra híbrida de años, donde el cerco
económico, el financiamiento de la violencia y la manipulación mediática no
lograron su objetivo total. Cuando la presión indirecta falla, el imperio
recurre a la fuerza directa y descarada, pasándose por alto todos los canales
diplomáticos y multilaterales.
Esta operación violenta es, además, la cortina de humo
definitiva para un Trump acorralado. En el plano doméstico, busca opacar
los escándalos de corrupción, sus vínculos con organizaciones delictivas y los
procesos judiciales que lo persiguen. En el internacional, es un acto de fuerza
desesperado para compensar su pérdida de influencia ante el ascenso de China,
la autonomía relativa de Europa y el fracaso de otras aventuras militares.
Venezuela es el blanco elegido para mandar un mensaje de terror a todo el Sur
Global: “la soberanía es un privilegio que nosotros concedemos, y podemos
revocarla con un comando en la noche”.
Y aquí entra el otro pilar fundamental de esta
agresión: la manipulación y el silencio de la prensa hegemónica
internacional. Mientras el hecho ocurre, los grandes conglomerados mediáticos,
aliados estructurales del poder imperial, no informan; fabrican un relato
único. Reducen un secuestro a una “detención”, una invasión a una
“intervención”, y un crimen de lesa humanidad a una “acción decisiva contra una
dictadura”. Omiten el contexto del derecho internacional, invisibilizan las
voces del pueblo venezolano y de la institucionalidad legítima que resiste, y
presentan la versión de Trump como la única realidad posible. Este apagón y
distorsión informativa no es un error; es un acto de guerra cognitiva que
busca anestesiar la conciencia global, suprimir la indignación y dejar al mundo
supeditado a la narrativa del agresor. Esta es la “libertad de prensa” al
servicio de la dominación: un mundo que no sabe a ciencia cierta lo que sucede,
solo puede reaccionar con confusión o pasividad.
Las reacciones internacionales y la resistencia del pueblo
venezolano están por definirse. Pero este acto sienta un precedente monstruoso
que amenaza a toda América Latina digna y soberana. Si hoy es Venezuela, ¿quién
será mañana? Brasil, por sus recursos amazónicos? México, por su energía? ¿Cuba,
por su desafío histórico? La alegría miope y las celebraciones de ciertos
sectores desinformados, manipulados o con profundas deficiencias de análisis
crítico, que festejan la violación de su propia soberanía potencial son tan
patéticas como peligrosas. No ven que el cuchillo que hoy se clava en Caracas
está afilado para toda la región. Latinoamérica está en la mira.
Por eso, hoy más que nunca, la solidaridad con Venezuela
trasciende la ideología. Es una cuestión de principios básicos de convivencia
internacional, de defensa de la soberanía como valor universal y de rechazo a
la ley de la jungla que Trump pretende reinstaurar. Avergoncémonos de la
complicidad mediática y de la ignorancia celebrante. Y alcemos la voz, con la
certeza de que, en la defensa de la soberanía venezolana, se defiende el
derecho de todos los pueblos a existir, a decidir y a vivir en paz, libres de
los comandos de secuestro de las potencias decadentes, pero aún mortíferas.
La dignidad de Nuestra América está, una vez más, en la
mira. Y solo la unidad y la claridad jurídica y moral podrán defenderla. ¡Larga
vida al Bravo Pueblo venezolano!

