Por: Omar O. Tovar T. -ottroz69@gmail.com-
La serpiente, en un último intento por congraciarse con el rey del norte, se despojó de su medalla, por la que sentía tanta adoración y herida en su orgullo, no tuvo más remedio que entregarla y retirarse
En Metróleo habitaban unos seres que solo veían su propia imagen. Vivían en altas torres de marfil y cristal, y su única ocupación era pulir sus riquezas y asegurar su comodidad. No había amistad, sino alianzas frías; no había confianza, sino vigilancia mutua. El aire en esa pequeña comunidad era denso y gris, cargado de susurros y recelos. Todos se inclinaban ante el más fuerte del momento, adulándolo con mentiras doradas, temiendo el día en que otro más poderoso los despojara de su sitio.
Así vivieron por años, hasta que un viento de cambio,
empujado por el cansancio de aquellos a los que siempre habían despreciado, que
se contaban por cientos de miles y hasta millones, derribó sus murallas de
desdén. Cayeron en desgracia. Sus tesoros, egoísta y hasta violentamente
conseguidos ya no eran suyos, sus cómodas almohadas lavadas con las lágrimas de
millones se llenaron de espinas, y vieron, con horror, cómo aquellos a quienes
llamaban "pordioseros" ahora disfrutaban de las plazas soleadas y los
frutos que antes eran solo suyos. Los más poderosos recogieron lo que pudieron
y huyeron, detrás de ellos, algunos despistados corrieron sin saber por qué ni
para dónde.
Desesperados, los antiguos poderosos de Metróleo decidieron
acudir al más poderoso de todos los poderosos, el que habitaba bien al norte,
en una fortaleza de hielo y acero. Creían que, con su gran poder, él
restauraría el orden natural: ellos arriba, los demás abajo. La delegación la
encabezaba una serpiente de mirada fría, sonrisa permanente y eterna pose para prensa
y redes; la más astuta de ellas.
Llegaron ante su trono y le suplicaron: "¡Oh, Gran
Poder! Destruye a esos pordioseros insolentes. Devuélvenos algo de nuestro
confort y nuestras riquezas, que por derecho nos pertenecen y quédate con todo
lo demás".
El Poderoso del Norte los observó en silencio. Su mirada se
detuvo en la serpiente, y en su pecho, donde brillaba una medalla de oro y
jade, un trofeo que ella había arrebatado en un pasado juego de traiciones, una
medalla que él siempre había codiciado para sí.
Una sonrisa helada se dibujó en sus labios. "¿Por qué
habría de ayudaros?", dijo. "Vosotros solo ofrecéis lisonjas y
baratijas, y hasta me habéis robado lo que ansiaba". Señaló con desdén la
medalla en el pecho de la serpiente. "Allá afuera, los que lideran a esos
'pordioseros' son legión y tienen la llave de los tesoros. Ellos sí saben dar
verdaderas riquezas: número y fuerza. A ellos ayudaré. A ti, serpiente, no te
debo nada".
La serpiente, en un último intento por congraciarse con el
rey del norte, se despojó de su medalla, por la que sentía tanta adoración y herida
en su orgullo, no tuvo más remedio que entregarla y retirarse. No por la gran
puerta principal, sino por una pequeña puerta trasera, baja y estrecha, por
donde entraban y salían las mascotas del poderoso. Humillada, cruzó ese umbral
como un animal doméstico más.
Al reunirse con los otros egoístas que aguardaban, frustrada
y llena de rabia, se ajustó bien su máscara más valiosa: la de la alegría.
Brilló una sonrisa falsa y declaró: "¡Todo está en marcha! El Poderoso
medita su apoyo". Los otros, detrás de cámaras y luces, también portando
sus propias máscaras de triunfo, asintieron, aunque en sus ojos grisáceos solo
había el mismo miedo y la misma desconfianza de siempre. Cada uno, en su
escondite, sabía la verdad: en la vieja y nostalgiada Metróleo, solo la farsa
podía sostenerse.
Moraleja: Quien construye su mundo sobre el
egoísmo, la desconfianza y la sumisión al poderoso, no solo labra su propia
desgracia, sino que, al caer, no encontrará manos que lo levanten, sino el
desprecio de aquellos a quienes imitó. Y aun en la derrota, preferirá la
máscara de la mentira al rostro de la ruin verdad.




