LA VITRINA DE LA CONVERSA

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domingo, enero 18, 2026

Metróleo, la serpiente y la medalla

 

Por: Omar O. Tovar T.  -ottroz69@gmail.com-

La serpiente, en un último intento por congraciarse con el rey del norte, se despojó de su medalla, por la que sentía tanta adoración y herida en su orgullo, no tuvo más remedio que entregarla y retirarse

En Metróleo habitaban unos seres que solo veían su propia imagen. Vivían en altas torres de marfil y cristal, y su única ocupación era pulir sus riquezas y asegurar su comodidad. No había amistad, sino alianzas frías; no había confianza, sino vigilancia mutua. El aire en esa pequeña comunidad era denso y gris, cargado de susurros y recelos. Todos se inclinaban ante el más fuerte del momento, adulándolo con mentiras doradas, temiendo el día en que otro más poderoso los despojara de su sitio.

Así vivieron por años, hasta que un viento de cambio, empujado por el cansancio de aquellos a los que siempre habían despreciado, que se contaban por cientos de miles y hasta millones, derribó sus murallas de desdén. Cayeron en desgracia. Sus tesoros, egoísta y hasta violentamente conseguidos ya no eran suyos, sus cómodas almohadas lavadas con las lágrimas de millones se llenaron de espinas, y vieron, con horror, cómo aquellos a quienes llamaban "pordioseros" ahora disfrutaban de las plazas soleadas y los frutos que antes eran solo suyos. Los más poderosos recogieron lo que pudieron y huyeron, detrás de ellos, algunos despistados corrieron sin saber por qué ni para dónde.

Desesperados, los antiguos poderosos de Metróleo decidieron acudir al más poderoso de todos los poderosos, el que habitaba bien al norte, en una fortaleza de hielo y acero. Creían que, con su gran poder, él restauraría el orden natural: ellos arriba, los demás abajo. La delegación la encabezaba una serpiente de mirada fría, sonrisa permanente y eterna pose para prensa y redes; la más astuta de ellas.

Llegaron ante su trono y le suplicaron: "¡Oh, Gran Poder! Destruye a esos pordioseros insolentes. Devuélvenos algo de nuestro confort y nuestras riquezas, que por derecho nos pertenecen y quédate con todo lo demás".

El Poderoso del Norte los observó en silencio. Su mirada se detuvo en la serpiente, y en su pecho, donde brillaba una medalla de oro y jade, un trofeo que ella había arrebatado en un pasado juego de traiciones, una medalla que él siempre había codiciado para sí.

Una sonrisa helada se dibujó en sus labios. "¿Por qué habría de ayudaros?", dijo. "Vosotros solo ofrecéis lisonjas y baratijas, y hasta me habéis robado lo que ansiaba". Señaló con desdén la medalla en el pecho de la serpiente. "Allá afuera, los que lideran a esos 'pordioseros' son legión y tienen la llave de los tesoros. Ellos sí saben dar verdaderas riquezas: número y fuerza. A ellos ayudaré. A ti, serpiente, no te debo nada".

La serpiente, en un último intento por congraciarse con el rey del norte, se despojó de su medalla, por la que sentía tanta adoración y herida en su orgullo, no tuvo más remedio que entregarla y retirarse. No por la gran puerta principal, sino por una pequeña puerta trasera, baja y estrecha, por donde entraban y salían las mascotas del poderoso. Humillada, cruzó ese umbral como un animal doméstico más.

Al reunirse con los otros egoístas que aguardaban, frustrada y llena de rabia, se ajustó bien su máscara más valiosa: la de la alegría. Brilló una sonrisa falsa y declaró: "¡Todo está en marcha! El Poderoso medita su apoyo". Los otros, detrás de cámaras y luces, también portando sus propias máscaras de triunfo, asintieron, aunque en sus ojos grisáceos solo había el mismo miedo y la misma desconfianza de siempre. Cada uno, en su escondite, sabía la verdad: en la vieja y nostalgiada Metróleo, solo la farsa podía sostenerse.

Moraleja: Quien construye su mundo sobre el egoísmo, la desconfianza y la sumisión al poderoso, no solo labra su propia desgracia, sino que, al caer, no encontrará manos que lo levanten, sino el desprecio de aquellos a quienes imitó. Y aun en la derrota, preferirá la máscara de la mentira al rostro de la ruin verdad.