LA VITRINA DE LA CONVERSA

sábado, junio 27, 2026

El artista y el verdugo: Cuando una parte de la cultura vota contra la cultura

 

En la imagen: Jhon Flórez / Economista - Analista político

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

La verdadera intelectualidad no se mide en títulos ni en palabras sofisticadas, sino en la coherencia entre lo que se proclama en público y lo que se decide en silencio. Vale más una convicción practicada a solas que mil discursos aplaudidos en el escenario.

Hay una incomodidad que este país necesita nombrar sin rodeos y sin el eufemismo que suele proteger reputaciones a costa de la verdad: algunos de quienes se presentan ante la sociedad como artistas, intelectuales, defensores de la vida, del agua, de los ecosistemas, de la fauna, de la flora y de la dignidad humana votaron el 21 de junio de 2026 por el candidato de la ultraderecha.

No todos. Es importante decirlo con la misma claridad. Hubo hombres y mujeres artistas, escritores, actores, músicos y promotores de cultura que leyeron con lucidez lo que estaba en juego y votaron en consecuencia. Este texto no habla de ellos. Habla de quienes no lo hicieron. De quienes, proclamando en sus obras y en sus declaraciones públicas el amor por la vida, la naturaleza y la dignidad humana, depositaron su tarjetón a favor de un proyecto que prometió, con todas sus letras y con una consistencia que al menos merece reconocerse como coherente, exactamente lo contrario.

Conviene recordar qué representa ese proyecto. No como ejercicio de memoria partidista, sino como deber elemental de honestidad intelectual.

Representa a quien describió el ajiaco —patrimonio gastronómico de generaciones, símbolo de la identidad bogotana— como "un potaje carcelario de papa con pollo que vuelve nada a las personas". Una declaración que, más allá de la anécdota culinaria, revela con inquietante precisión el desprecio que puede albergar un hombre hacia las expresiones más cotidianas de la cultura de un pueblo.

Representa a quien relató en público, con la despreocupación de quien narra una travesura simpática, que en su infancia amarraba pólvora a los gatos para hacerlos volar y explotar. Una confesión que pasó por humor y que revela, en cambio, algo bastante más sombrío sobre la relación de ese hombre con el dolor ajeno, con la vida que no le pertenece y que sin embargo siente que puede manipular a su antojo.

Representa a quien prometió "destripar a la izquierda", advirtió que caería "con mano de hierro" sobre quienes salieran a protestar, y precisó que, si las manifestaciones derivaban en desorden, daría la orden a la fuerza pública de "dar de baja" a los vándalos. El mismo que amenazó con que el tigre mordería "no como de indio, no como de negro, no como de blanco": una frase que, despojada de cualquier interpretación tibia, es sencillamente racista, y que fue pronunciada por quien se dispone a gobernar a todos esos indios, esos negros y esos blancos.

Representa a quien defiende el fracking "a lo que dé", llama "farsa" a las consultas previas de las comunidades indígenas y afrodescendientes, y ha prometido reanudar las aspersiones aéreas con glifosato sobre los mismos ecosistemas que sus propios votantes culturales dicen defender con fervor en sus obras, en sus entrevistas y en sus redes sociales.

Representa, además, a quien ostenta ciudadanía estadounidense y juró lealtad a ese país. No es un detalle menor en alguien que se apresta a gobernar a Colombia. La pregunta inevitable —y que requiere respuesta clara— es qué ocurrirá cuando los intereses nacionales colisionen con los del imperio del que también es ciudadano y al que le debe obediencia juramentada. Representa igualmente a quien ha expresado admiración abierta por el gobierno de Benjamin Netanyahu, incluso mientras el mundo observa un genocidio que ha dejado más de veinte mil muertos en Gaza, la mayoría civiles, entre ellos, más de veinte mil niños, según organismos internacionales. Esa adhesión no es un gesto diplomático ni una postura negociable: es una declaración de principios. Y como tal, plantea una pregunta que Colombia tiene derecho a hacerse: qué tipo de sensibilidad humana, qué referentes morales y qué visión del valor de la vida es el que llega a la Presidencia de la República.

Eso es lo que ese proyecto representa. No es ambiguo. No admite lecturas generosas. Es la degradación organizada de todo lo que el arte, la cultura y el humanismo afirman defender.

La pregunta que Colombia debería hacerse no es si esas personas tenían derecho a votar como quisieran. Lo tenían, no es discutible. La pregunta es qué nos dice ese voto sobre la naturaleza real de ciertos compromisos que se proclaman en público. Sobre la distancia que puede existir entre el discurso del escenario y la decisión en el cubículo electoral. Sobre qué significa, en términos concretos y no retóricos, llamarse defensor de la vida cuando se vota por quien prometió ordenar matar manifestantes.

Porque hay algo que conviene decir con franqueza, aunque incomode: no todo el que crea es un artista en el sentido pleno de la palabra. La técnica no agota el arte. El oficio no agota la cultura. Y la sensibilidad estética, por refinada que sea, no garantiza la presencia de una conciencia ética que funcione cuando las circunstancias la ponen verdaderamente a prueba.

Desde Aristóteles hasta Paulo Freire, el arte ha sido comprendido como algo radicalmente distinto a la destreza técnica. Es una forma privilegiada de conocimiento que no solo explica el mundo, sino que lo hace visible desde la sensibilidad y la experiencia humana. El artista auténtico no fabrica objetos bellos: produce significado. Su obra cuestiona, denuncia e invita a contemplar la realidad desde una mirada que amplía la conciencia colectiva.

Theodor Adorno advirtió que el arte pierde su esencia cuando se convierte en mercancía, cuando deja de interpelar para comenzar a entretener sin riesgo. Freire afirmó que toda creación posee una dimensión ética porque contribuye a formar conciencia o a perpetuar la alienación. No hay creación neutral, aunque muchos creadores prefieran creer que sí la hay porque esa creencia resulta más cómoda.

Se puede ser un virtuoso técnico y, al mismo tiempo, un ciudadano políticamente analfabeto. Se puede dominar con maestría la paleta de colores y ser incapaz de leer el color del tiempo histórico que se vive. Se puede cantar con afinación impecable y votar con una desafinación moral cuyos efectos resuenan durante años en la vida de millones de personas que no tienen escenario ni micrófono para protestar.

La intelectualidad genuina no se mide por el número de libros leídos ni por la sofisticación del vocabulario que se despliega en una entrevista. No se acredita con títulos universitarios ni con menciones en suplementos culturales. Se mide por la capacidad de sostener la coherencia entre lo que se proclama y lo que se hace: entre los valores que se defienden en el escenario y las decisiones que se toman en silencio, sin público, cuando nadie aplaude.

Votar por quien representa la misoginia, el racismo, la destrucción ambiental, la brutalidad contra la protesta social y la complicidad con masacres de niños no fue un error de información. Fue, en el mejor de los casos, una disociación profunda entre el discurso y la acción. Y en el peor, la demostración de que la sensibilidad estética y la conciencia ética son facultades completamente independientes que pueden coexistir —o no— en una misma persona sin que ninguna garantice la presencia de la otra.

El arte auténtico incomoda al poder. Lo interpela, lo cuestiona, lo denuncia. Cuando en cambio lo celebra, cuando le tiende la mano y le entrega el voto, deja de ser arte para convertirse en decoración. Y quien lo firma deja de ser artista para convertirse en algo bastante más modesto: alguien que sabe manejar un pincel o cantar.

Colombia tiene creadores extraordinarios, de una sensibilidad que genuinamente enorgullece. Pero el 21 de junio demostró que algunos de ellos confunden la posesión de un instrumento con la posesión de una conciencia, el dominio de una técnica con el ejercicio de un pensamiento, la producción de belleza con el compromiso real con la dignidad humana.

Esa es la diferencia entre un artista y alguien que pinta, canta, actúa... Entre un intelectual y alguien que sabe hablar. Entre defender la vida y simplemente pronunciar su nombre.

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