![]() |
| En la imagen: Jhon Flórez / Economista - Analista político |
Por: Jhon Jaiver Flórez G.
La verdadera intelectualidad no se mide en títulos ni en palabras sofisticadas, sino en la coherencia entre lo que se proclama en público y lo que se decide en silencio. Vale más una convicción practicada a solas que mil discursos aplaudidos en el escenario.
Hay una incomodidad que este país necesita
nombrar sin rodeos y sin el eufemismo que suele proteger reputaciones a costa
de la verdad: algunos de quienes se presentan ante la sociedad como artistas,
intelectuales, defensores de la vida, del agua, de los ecosistemas, de la
fauna, de la flora y de la dignidad humana votaron el 21 de junio de 2026 por
el candidato de la ultraderecha.
No todos. Es importante decirlo con la misma
claridad. Hubo hombres y mujeres artistas, escritores, actores, músicos y
promotores de cultura que leyeron con lucidez lo que estaba en juego y votaron
en consecuencia. Este texto no habla de ellos. Habla de quienes no lo hicieron.
De quienes, proclamando en sus obras y en sus declaraciones públicas el amor
por la vida, la naturaleza y la dignidad humana, depositaron su tarjetón a
favor de un proyecto que prometió, con todas sus letras y con una consistencia
que al menos merece reconocerse como coherente, exactamente lo contrario.
Conviene recordar qué representa ese proyecto.
No como ejercicio de memoria partidista, sino como deber elemental de
honestidad intelectual.
Representa a quien describió el ajiaco
—patrimonio gastronómico de generaciones, símbolo de la identidad bogotana—
como "un potaje carcelario de papa con pollo que vuelve nada a las
personas". Una declaración que, más allá de la anécdota culinaria, revela
con inquietante precisión el desprecio que puede albergar un hombre hacia las
expresiones más cotidianas de la cultura de un pueblo.
Representa a quien relató en público, con la
despreocupación de quien narra una travesura simpática, que en su infancia
amarraba pólvora a los gatos para hacerlos volar y explotar. Una confesión que
pasó por humor y que revela, en cambio, algo bastante más sombrío sobre la
relación de ese hombre con el dolor ajeno, con la vida que no le pertenece y
que sin embargo siente que puede manipular a su antojo.
Representa a quien prometió "destripar a
la izquierda", advirtió que caería "con mano de hierro" sobre
quienes salieran a protestar, y precisó que, si las manifestaciones derivaban
en desorden, daría la orden a la fuerza pública de "dar de baja" a
los vándalos. El mismo que amenazó con que el tigre mordería "no como de
indio, no como de negro, no como de blanco": una frase que, despojada de
cualquier interpretación tibia, es sencillamente racista, y que fue pronunciada
por quien se dispone a gobernar a todos esos indios, esos negros y esos blancos.
Representa a quien defiende el fracking
"a lo que dé", llama "farsa" a las consultas previas de las
comunidades indígenas y afrodescendientes, y ha prometido reanudar las
aspersiones aéreas con glifosato sobre los mismos ecosistemas que sus propios
votantes culturales dicen defender con fervor en sus obras, en sus entrevistas
y en sus redes sociales.
Representa, además, a quien ostenta ciudadanía
estadounidense y juró lealtad a ese país. No es un detalle menor en alguien que
se apresta a gobernar a Colombia. La pregunta inevitable —y que requiere
respuesta clara— es qué ocurrirá cuando los intereses nacionales colisionen con
los del imperio del que también es ciudadano y al que le debe obediencia
juramentada. Representa igualmente a quien ha expresado admiración abierta por
el gobierno de Benjamin Netanyahu, incluso mientras el mundo observa un
genocidio que ha dejado más de veinte mil muertos en Gaza, la mayoría civiles, entre
ellos, más de veinte mil niños, según organismos internacionales. Esa adhesión
no es un gesto diplomático ni una postura negociable: es una declaración de
principios. Y como tal, plantea una pregunta que Colombia tiene derecho a
hacerse: qué tipo de sensibilidad humana, qué referentes morales y qué visión
del valor de la vida es el que llega a la Presidencia de la República.
Eso es lo que ese proyecto representa. No es
ambiguo. No admite lecturas generosas. Es la degradación organizada de todo lo
que el arte, la cultura y el humanismo afirman defender.
La pregunta que Colombia debería hacerse no es
si esas personas tenían derecho a votar como quisieran. Lo tenían, no es discutible.
La pregunta es qué nos dice ese voto sobre la naturaleza real de ciertos
compromisos que se proclaman en público. Sobre la distancia que puede existir
entre el discurso del escenario y la decisión en el cubículo electoral. Sobre
qué significa, en términos concretos y no retóricos, llamarse defensor de la
vida cuando se vota por quien prometió ordenar matar manifestantes.
Porque hay algo que conviene decir con
franqueza, aunque incomode: no todo el que crea es un artista en el sentido
pleno de la palabra. La técnica no agota el arte. El oficio no agota la
cultura. Y la sensibilidad estética, por refinada que sea, no garantiza la
presencia de una conciencia ética que funcione cuando las circunstancias la
ponen verdaderamente a prueba.
Desde Aristóteles hasta Paulo Freire, el arte
ha sido comprendido como algo radicalmente distinto a la destreza técnica. Es
una forma privilegiada de conocimiento que no solo explica el mundo, sino que
lo hace visible desde la sensibilidad y la experiencia humana. El artista
auténtico no fabrica objetos bellos: produce significado. Su obra cuestiona,
denuncia e invita a contemplar la realidad desde una mirada que amplía la
conciencia colectiva.
Theodor Adorno advirtió que el arte pierde su
esencia cuando se convierte en mercancía, cuando deja de interpelar para
comenzar a entretener sin riesgo. Freire afirmó que toda creación posee una
dimensión ética porque contribuye a formar conciencia o a perpetuar la
alienación. No hay creación neutral, aunque muchos creadores prefieran creer
que sí la hay porque esa creencia resulta más cómoda.
Se puede ser un virtuoso técnico y, al mismo
tiempo, un ciudadano políticamente analfabeto. Se puede dominar con maestría la
paleta de colores y ser incapaz de leer el color del tiempo histórico que se
vive. Se puede cantar con afinación impecable y votar con una desafinación
moral cuyos efectos resuenan durante años en la vida de millones de personas
que no tienen escenario ni micrófono para protestar.
La intelectualidad genuina no se mide por el
número de libros leídos ni por la sofisticación del vocabulario que se
despliega en una entrevista. No se acredita con títulos universitarios ni con
menciones en suplementos culturales. Se mide por la capacidad de sostener la
coherencia entre lo que se proclama y lo que se hace: entre los valores que se
defienden en el escenario y las decisiones que se toman en silencio, sin
público, cuando nadie aplaude.
Votar por quien representa la misoginia, el
racismo, la destrucción ambiental, la brutalidad contra la protesta social y la
complicidad con masacres de niños no fue un error de información. Fue, en el
mejor de los casos, una disociación profunda entre el discurso y la acción. Y
en el peor, la demostración de que la sensibilidad estética y la conciencia
ética son facultades completamente independientes que pueden coexistir —o no—
en una misma persona sin que ninguna garantice la presencia de la otra.
El arte auténtico incomoda al poder. Lo
interpela, lo cuestiona, lo denuncia. Cuando en cambio lo celebra, cuando le
tiende la mano y le entrega el voto, deja de ser arte para convertirse en
decoración. Y quien lo firma deja de ser artista para convertirse en algo
bastante más modesto: alguien que sabe manejar un pincel o cantar.
Colombia tiene creadores extraordinarios, de
una sensibilidad que genuinamente enorgullece. Pero el 21 de junio demostró que
algunos de ellos confunden la posesión de un instrumento con la posesión de una
conciencia, el dominio de una técnica con el ejercicio de un pensamiento, la
producción de belleza con el compromiso real con la dignidad humana.
Esa es la diferencia entre un artista y
alguien que pinta, canta, actúa... Entre un intelectual y alguien que sabe
hablar. Entre defender la vida y simplemente pronunciar su nombre.
La
Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as)
colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o
sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son
responsabilidad de sus autores (as).

