LA VITRINA DE LA CONVERSA

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martes, agosto 04, 2026

Tufillo pueblerino *

 

En la imagen: Germán Navas T. / Jurisconsulto - ex congresista colombiano

Por: Germán Navas Talero

Editor: Francisco Cristancho R.

Resolvieron que el show del Usurpador se realizaría en Cali, y resulta que en Cali no lo quieren. La prueba es que en Cali él perdió. Entonces lo que va es a retar a los caleños.


Cuando uno ve el deseo de algunos colombianos de que el presidente de la República -ese que se coló ahí a la presidencia- se posesione en su municipio, y ve la felicidad que les causa eso, yo me pregunto: ¿de qué le sirve a un pueblo de esos, o de una ciudad de esas, que este badulaque se posesione allí? ¡No les sirve para nada!

Recuerdo, en mis épocas de fiscal instructor, cuando me tocaba andar de pueblo en pueblo por todo el país, que un día estaba en una población donde llegaría el obispo. Y eso fue la locura. Todo el mundo engalanando su casa, arreglándose, gastándose lo que no tenía en regalos, detalles y viandas para el señor obispo. Hacia las once de la mañana llegó el fulano obispo, dio una misa, les echó la bendición, y se largó. Y el pueblo siguió igual de vaciado. No ganaron absolutamente nada, no les dieron absolutamente nada… ¡Ah, pero había ido el obispo!, y ya con eso tuvieron.

Exactamente eso es lo que va a pasar ahora con la ‘brillante’ idea del presidente usurpador. Va a llegar a Cali, y una vez posesionado, se larga, y eso queda igual. No va a aumentar el presupuesto para esa ciudad, no va a disminuir impuestos, y ni siquiera va a rebajar el pasaje del bus. ¡Todo va a continuar igual! Pero… “¡Ve, el presidente se posesionó acá!”

Pero a nosotros, los contribuyentes, sí nos cuesta un jurgo de plata que este señor se vaya a posesionar allá, y por puro capricho. El presupuesto para ese lujito, según los medios de comunicación -o de incomunicación-, costará más o menos 14 mil millones de pesos. Claro, porque tienen que pagarle tiquetes al personal del Congreso, a los representantes y senadores; también a los invitados. ¡A todos! A los secretarios, y hasta a los escoltas. Pero como, según los entendidos, Petro entregó el país arruinado. Si lo entregó arruinado, pues no se gasten lo poco que queda. Inviértanlo, aunque sea en una escuelita, pero no.

Yo me pregunto, ¿qué va a ganar Cali con que ese pisco vaya allá? Lo único que va a ganar es un problema, porque ya los estudiantes de la universidad Santiago de Cali, con justa razón, dicen que no admiten que ese señor se vaya a posicionar en su universidad. Escuché a un estudiante que dijo: “nuestra universidad es para estudio, no para el maltrato.” Y otros reconocen que su universidad no va a ganar nada con que ese sujeto se posesione allá.

Obviamente hay algunos que creen que porque les llegó el obispo se les arregló la suerte. Me gustó la posición de los estudiantes de la Santiago de Cali. Desde esta columna les envío un fuerte aplauso; porque no se dejaron contaminar ‘de pueblecito’. Es que esa es una universidad con prestigio; una universidad donde los estudiantes han pagado sus estudios, porque allá no les están regalando nada, y consideran que su campus no debe ser profanado por un capricho de este pisco; porque no hay razón ni jurídica ni práctica para que se vaya a posesionar allá.

El presidente usurpador iba a ir en un principio al Cauca, y allí le ofrecieron balas. Entonces resolvieron que no; que eso era muy peligroso. Entonces resolvieron que su show se realizaría en Cali, y resulta que en Cali no lo quieren. La prueba es que en Cali él perdió. Entonces lo que va es a retar a los caleños.

Pero también la intentó hacer en un cuartel, pero por fortuna habemus presidente, y Petro ordenó: “mientras yo sea presidente de la República, no lo dejo posesionar en ningún cuartel ni puesto de policía.” ¡Hizo bien! Hasta que el payaso no se posesione no puede darle órdenes a la tropa. Las órdenes las da Petro, y los militares tienen que obedecer, porque hasta que este badulaque no jure que va a incumplir la Constitución, pues el que manda es Gustavo Petro.

¿O será que el usurpador va a hacer dos posesiones, una con civiles y otra con militares? ¿Qué gana este sujeto posesionándose en un cuartel? ¿Qué gana nuestra democracia? ¡No gana nada! Es pura fantochería de ese corroncho. Un costeño que hizo plata de un momento a otro y quiere hacer aspaviento en todas partes. Algo típico de ciertas clases en esa región del país.

Sería bueno que alguien le dijese al usurpador que con la modestia se gana más que con la imprudencia. ¿Pero quién convence a este fantoche de eso? Es que hay que verlo exhibiendo su reloj, y sus zapatos sin medias, y sus pantalones pegados. Todo un maniquí, pero de los más ordinarios. Hay quienes, por ofenderlo, le dicen dizque filipichín. Pero decirle filipichín a ese vagazo, es una flor. Filipichín es una persona que está siempre muy bien arreglada, alguien bien vestido; alguien que tienen cierta condición o clase social; pero el usurpador no es más que un badulaque del que ni siquiera sabemos cómo hizo su fortuna. Lo único que sabemos es lo que muchos aseguran: que tumbó a varios delincuentes. Tumbó hasta DMG. Es un estafador de estafadores. Embaucador de narcotraficantes; a todo el bajo mundo le sacó tajada y se llenó de plata.

Tan llenito está de plata el usurpador que, según las malas lenguas, la casita que tiene en Miami le costó en su época 3 millones y piquito, de dólares obviamente. ¿Y de dónde sacó esa plata? Pues de estafar a estafadores. Según quienes tienen el disgusto de conocerlo, el tipo se mofa de aquel adagio que dice que ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón. Lo que deduzco es que se tiene que ser más delincuente que el delincuente para poderle quitarle la plata al delincuente. Y ese será nuestro futuro presidente.

Es que esos millones de dólares que tiene no se hicieron a punta de recoger limosnas, no. Fueron negocios sucios. Si incluso terminó robando a quien robó a los venezolanos. Ahora, como a él le gusta tanto la posesión entre uniformados, lo mejor sería que se posesionara en una cárcel, y así va a estar rodeado de uniformados. De pronto, y si estamos de buenas, se amañan con él y lo dejan de una vez guardado.

Este país es muy de malas. Recuerdo que el 13 de junio de 1953 se dio el golpe de Estado al godo Laureano Gómez Castro, un tipo que odiaba a los liberales; ¡los odiaba!, y estaba a punto de exterminarlos. Él quería acabar con todo lo que fuera liberal. Ese sujeto fue el responsable de la violencia en Colombia después de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. Los curas lo adoraban porque era godo, como ellos; y este señor manejaba el país con sangre; se bañaba con sangre; teñía su ropa con sangre. Y el 13 de julio de 1953, el general Gustavo Rojas Pinillas, harto ya de la matanza de este pueblo, le da un golpe de Estado y lo saca. Lo sacó. Lo exportó. Y el godo terminó en Madrid, obviamente. Los que estábamos vivos en ese entonces recordamos cómo el país entero estaba de fiesta. La gente gritaba, aplaudía, pitaban, cantaban. Todos estábamos felices, porque nos habíamos quitado de encima a ese asesino.

Cualquiera que esté vivo hoy y que haya vivido en esa época podrá dar fe del júbilo del país cuando Rojas Pinilla sacó a Laureano Gómez. Y el tipo corrió para España, donde gobernaba otro godo del corte de él: Francisco Franco, dictador de España. Semejante asesino, que mató miles y miles de personas de izquierda; que permitió que se ensayaran armas en su país; ese era el presidente de España de aquella época, y obviamente se entendía a la perfección con Laureano Gómez, porque eran del mismo estilo: rezanderos hasta la médula. Porque el que reza mucho es porque debe mucho, y el que no reza es porque nada debe.

Laureano debía mucho y rezaba mucho. Y obviamente Francisco Franco también. Franco entregó España a los curas, y su dictadura fue como de 40 años, de puro oprobio. Se prohibió hasta el cine. Estableció la censura. Aquí, por fortuna para nosotros, vino Rojas Pinilla y nos quitó ese sambenito de encima. Yo recuerdo que nosotros estábamos niños, íbamos en el carro de mi papá, y por toda la calle veíamos a la gente pitar, y votar flores, y hasta se compartían el aguardiente de carro a carro.

Semejante felicidad porque nos habíamos quitado de encima a el monstruo. Y pasan los años, y pasa el tiempo; el país por primera vez tiene un gobierno decente, de izquierda, el de Gustavo Petro. Y al salir, Petro cumple su palabra de entrega del poder. Y ahora viene este payaso y nos ofrece los tres descendientes de Laureano Gómez. Uno, hijo de su hermano; otro, sobrino, y el otro bisnieto. Cambiamos después de 60 años a un godo por tres ultra godos. ¿Será de malas este país? Ahora, por falta de uno, tenemos que soportar a tres.

¿Será que no aparece otro Rojas Pinilla para que nos haga el favor de quitarnos de encima a este fantoche y a sus tres Gómez? Porque en aquella oportunidad, recuerdo, que cuando Rojas sube al poder la guerrilla en los llanos estaba bastante fuerte. Los llaneros estaban bravos, y fue general Duarte Blum quien se fue hasta los llanos, se entrevistó con los guerrilleros liberales y ellos se entregaron, y entregaron las armas. Una entrega pacífica. Recuerdo que publicaron fotografías de una fila larguísima de guerrilleros entregándoles las armas al general Duarte Blum. Ojalá volviera Gustavo Rojas Pinilla y nos quitara todos estos males, y de paso que nos quite a los elenos, y que haya un poquito de paz. Porque este sujeto que viene ahoritica, después del 7 agosto, ese sí que es un mal augurio. Ese sujeto ya nos está mostrando qué clase de individuo es. Cuando miramos los nombramientos que ha hecho, cuando vemos que la hija de uno de los asesores de Pablo Escobar Gaviria va a ser ministra, nos damos cuenta de la desgracia que se avecina. Porque el papá de la señora Paola Holguín fue testaferro de Escobar.

¿Nos les parece que este país es un chiste? Este país no alcanza a ser una ópera, es que no llega ni a opereta. Acá hay circo para todo: tiene animales y hartos. Si uno ve quiénes votaron por el usurpador, razón tienen de considerarse una manada. Son, efectivamente, unos seres irracionales.

Y miren con calma a los demás. Miren a quién puso como ministra de Salud, el de Hacienda, el de Defensa, y miren con calma, con cuidado. Creo que bueno no hay nada. Son los mismos con los peores. El cambio fue el gobierno de Gustavo Petro, que entregó la economía saneada, y que reconstruyó el país, algo que han querido negar. Qué tristeza tanto esfuerzo del país y destruir todo por la llegada de un animal a la presidencia. Gracias, Gustavo Petro.

Coletilla por Deisdre Constanza. De la Constitución al cuartel.Hace apenas unos días se hablaba de respetar la Constitución. Hoy, el discurso parece haber cambiado. Resulta paradójico que quien invoca la defensa del orden constitucional plantee ahora trasladar, en la práctica, el centro de poder político fuera de Bogotá, proponiendo que Barranquilla sea la capital y que la posesión presidencial se realice en una guarnición militar. La Constitución Política no deja esos asuntos en capricho de ningún gobernante. Bogotá es el Distrito Capital de la República y la transmisión de mando presidencial tiene un profundo significado institucional; el presidente hace su juramento ante el Congreso de la República, representante de la soberanía popular. No es un simple protocolo, es un símbolo de poder al orden constitucional y al principio de separación de poderes. Cuando se pretende reemplazar el recinto democrático por un escenario militar, el mensaje es más peligroso. Las Fuerzas Militares están llamadas a proteger la Constitución, no a convertirse en el escenario de legitimación del poder político. Y la pregunta inevitable ¿Cuánto le costará al país mover toda la logística, los esquemas de seguridad y la infraestructura? ¿Dónde quedó la austeridad que tanto pregonaba? como dice el refrán:  Abra bien los ojos, “por el desayuno se conoce el almuerzo.”

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

lunes, agosto 03, 2026

De la banalización a la negación, la estrategia exitosa de la extrema derecha *

 

En la imagen: Hernán Riaño / Periodista - Director SoNoticias

Por: Hernán Riaño

La responsabilidad inicial es crear una red de información popular para contrarrestar el aparato comunicativo de los medios corporativos de derecha

La ultraderecha colombiana, desde siempre, ha fabricado una realidad a su acomodo, y de paso la hace creer e imponerla a todos los colombianos; una “verdad”, en la que sus valores son los únicos que han importado, asegurándole a la sociedad colombiana que también deben ser los suyos, a pesar de la pobreza y miseria que puedan tener los hogares colombianos. Para imponer esos falsos dogmas ha utilizado la violencia, el asesinato, las desapariciones, la muerte, los mal llamados falsos positivos, los desplazamientos y todos los crímenes posibles apelando a una crueldad tal que haría sonrojar a cualquier líder nazi o fascista de la segunda guerra mundial.

Se ha caracterizado por usar todos los medios a su alcance, desde el uso de las agencias de seguridad para espiar y “fabricar” situaciones en contra de quienes reclaman derechos o mejores condiciones de vida hasta la creación y uso de medios de comunicación para imponer “realidades” a su acomodo. Cuando no existían los medios que hoy conocemos, y sobre todo en los municipios, el medio de comunicación por excelencia fueron los púlpitos de la iglesia católica, desde los que se “informaba”, se daban órdenes de los gobiernos nacional, departamental y local, de la jerarquía eclesiástica y se impartían tareas a cumplir, como el “sapeo de personas peligrosas” para el gobierno, la muerte de liberales o cualquiera que no pensara como los conservadores,  la contribución con dinero tanto para la iglesia como para los partidos o para el régimen imperante y en general los curas eran quienes daban forma a las verdades que querían impulsar desde Bogotá y su cumplimiento a rajatablas. 

Luego apareció la prensa escrita, los dos partidos políticos dominantes, ni cortos ni perezosos, fueron montando sendos periódicos, los liberales El Tiempo y El Espectador y los conservadores El Siglo y la República, obedeciendo a los intereses particulares de los llamados “lideres naturales” y sus colectividades. 

A medida que la tecnología de la información se fue desarrollando, fueron apareciendo la radio, la televisión hasta llegar a lo que hoy conocemos con las redes sociales, las plataformas, las páginas web, los portales y un sinnúmero de oportunidades que encontramos en la llamada virtualidad, para poder comunicarnos entre los seres humanos. Pero igualmente su dominio también ha sido abordado por la ultraderecha mundial y nacional.  

Así hayan sido los curas o las redes sociales, el resultado es el mismo, la desinformación, las calumnias, las mentiras, los entrampamientos y las falsedades con la que han oprimido a los ciudadanos, los han explotado y esclavizado para quitarles su vida y sus ingresos de todas las formas posibles. La estrategia siempre es la misma; primero el ocultamiento de los hechos, cuando ya no pueden hacerlo porque las evidencias son notables, pasan a los siguientes pasos: la banalización de lo sucedido, o sea quitarle la importancia que tiene hasta considerarlo algo sin transcendencia. Luego la normalización, como si lo ocurrido debiera considerarse común y corriente, hasta llegar a lo más grave, la negación, decir: “eso nunca sucedió”. El orden de esta estrategia puede variar de acuerdo a los protagonistas, las regiones, los intereses y las víctimas.

Para dar un ejemplo: La masacre de las bananeras a principios del siglo XX, cuando por protestar por unos abusos de la United Fruit Company, norteamericana, en contra de los trabajadores en la zona norte del país, en el departamento del Magdalena, el gobierno, defendiendo los intereses de la multinacional, arremetió y asesinó a los miembros del sindicato que habían declarado una huelga. El gobierno de turno ocultó los hechos hasta que Jorge Eliecer Gaitán lo denunció ante el Congreso de la República tiempo después (1). Luego, la prensa y los políticos volvieron a taparla hasta mediados de los 60, cuando Gabriel García Márquez lo plasmó en su galardonada novela “Cien años de soledad” y los movimientos de izquierda completaron la denuncia pública, masivamente. Hoy, los políticos de la extrema derecha minimizan la matanza diciendo que nunca ocurrió o que no fueron sino unos cuantos muertos y no se que más cuentos; una senadora uribista se atrevió a decir que era un mito de García Márquez y de la izquierda (2). A propósito de esta “metida de patas”, todos los medios se unieron para lavarle la cara a la senadora y tratar de minimizar lo expresado dando “explicaciones” y planteando teorías (3), aunque muchos historiadores la refutaron (4). Así opera la ultraderecha.

Lo mismo sucedió con las masacres de los paramilitares, los desplazamientos de campesinos colombianos, los hornos crematorios, el robo de tierras, los mal llamados falsos positivos, el exterminio de la UP, el asesinato de líderes sociales y candidatos presidenciales, siempre ocultando, minimizando, ignorando, negando y en últimas echándole la culpa a otros.

Con Gustavo Petro y su gobierno, el proceder de la ultraderecha y sus medios ha quedado en evidencia hasta la saciedad, y si no es por la franqueza y el actuar siempre frentero y sin dudas del señor presidente, muchas de esas intenciones de ocultar o cambiar los hechos habrían tenido éxito. A él lo han tratado de mentiroso, a pesar de que las afirmaciones que dice, tarde o temprano, se comprueban. Le han tergiversado declaraciones, lo han tratado de interpretar para desautorizarlo, han acudido a “técnicos”, “tecnócratas” y hasta funcionarios del mismo gobierno para cambiar la realidad.  

Pero lo más grave es lo sucedido con el fraude electoral. Este se empezó a conocer desde hacía varios meses, por lo sucedido en Chile, en Perú y en Bolivia con un modus operandi impuesto desde los Estados Unidos, queriendo reconfigurar sus relaciones con su patio trasero, como ellos mismos nos han llamado (muy despectivo y humillante término, por cierto) a los países situados al sur del Rio Bravo. Trump no ha ocultado sus intenciones encomendadas a Marco Rubio para concretarlas y de paso aliándose con un narcotraficante confeso como es Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras, indultado por Trump, previo pago de Netanyahu, para crear una empresa de tecnología con el fin de influir en los gobiernos de México y Colombia, específicamente, incidiendo en sus procesos electorales o con otras acciones ruines en contra de estos y los demás gobiernos progresistas de América latina (5).

Con Colombia ya se vio el éxito obtenido por la ultraderecha con el fraude, comprobado con las evidencias aportadas por el señor presidente, con el proyecto Júpiter destapado hace unos meses, en los que se propusieron, y lo lograron, que la gente saliera a votar con odio y desconfianza en contra de Iván Cepeda, con la masiva compra de votos por parte de la campaña “ganadora”, con el aporte muy significativo de los hermanos Bautista y sus empresas de manejo electoral y con el concurso del gobierno sionista israelí y sus compañías dedicadas a variar los resultados electorales en vatios países. 

Todo inicia con la presentación de más de tres millones de firmas falsas ante el CNE para inscribir la candidatura de Abelardo De la Espriella, ese mismo órgano, la registraduría, los políticos de derecha, los órganos de control no le “pararon bolas”, lo minimizaron, dijeron que era un error, a pesar de que el precandidato, en su momento, había dicho que él personalmente había verificado el total de esas firmas, aún así, lo dejaron como un simple hecho anecdótico.    

La táctica de la ultraderecha fue negarlo, ocultarlo, ridiculizarlo, normalizarlo, dependiendo de lo que se iba descubriendo, hasta tal punto que muchos líderes progresistas lo aceptaron, aprobando el preconteo inicial, y, aún ahora, muchos dicen que nunca ocurrió el fraude. Tratan a Petro de loco, enajenado, mentiroso y muchos otros calificativos, minimizan las pruebas, ocultan a los perpetradores y legalizan un timo tan grande como una catedral. Repito lo expresado en otra columna, lo quieren callar, que no diga nada más sobre el engaño electoral, que no aporte más pruebas y los abelardo-uribistas le dicen que no sea “llorón”, que acepte los resultados porque ya no hay nada que hacer.

La realidad es que las evidencias demuestran la injerencia de  los Estados Unidos, confesada por el mismo Trump, en por lo menos tres intervenciones, lo anunciado por Marco Rubio para América Latina, con las actuaciones de varios cónsules, con las acciones del registrador nacional, de los comisionados del Consejo Nacional Electoral, de los jurados de mesa en muchas regiones del país conocidas y a la vista del público.

Pero la ultraderecha y sus medios lo siguen ocultando, minimizando o ridiculizando. Esto se conocía desde el año pasado, el vicepresidente “electo” confesó que ellos estaban haciendo un empalme hacía 8 meses con 1.300 “técnicos” (6), ¿Por qué ocho meses antes de las votaciones? Pues porque ya tenían el plan para retomar el gobierno. Lo que sorprende es lo expresado por muchos líderes progresistas y colombianos del común: “ellos, la oligarquía, no son capaces de hacer eso”.  He oído tantas veces esa y otras frases similares que no puedo entender como hay pobres de barrio que aún creen en la “honestidad y buenas intenciones” de las derechas, pero lo más tiste es que muchos que se dicen progresistas, también les creen y con esa actitud terminan poniéndose del lado de ellos y en contra del pueblo colombiano.  

Lo que se viene es muy duro para los colombianos y solo el dejar de creerles a las derechas y organizarse como constituyentes primarios, participantes, deliberantes y capaces de decidir podrá parar la aplanadora ultraderechista en cabeza del ilegítimo. La responsabilidad inicial es crear una red de información popular para contrarrestar todo el aparato comunicativo de los medios corporativos y no sigan incidiendo en el pueblo, para que este siga apoyando a sus verdugos.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

  1. https://centrodememoriahistorica.gov.co/cuatro-dias-de-verdad-el-debate-historico-de-gaitan-sobre-la-masacre-de-las-bananeras-1929/ https://archivo-obrero.com/jorge-eliecer-gaitan-el-debate-sobre-las-bananeras/ https://elcolectivocomunicacion.com/2019/09/24/jorge-eliecer-gaitan-y-el-debate-de-bananeras-1929/
  2. https://www.semana.com/nacion/articulo/maria-fernanda-cabal-niega-masacre-de-las-bananeras/549271/
  3. https://www.pulzo.com/nacion/version-maria-fernanda-cabal-sobre-masacre-bananeras-PP397210https://www.elespectador.com/actualidad/maria-f-cabal-explica-su-tesis-la-masacre-de-las-bananeras-fue-un-mito-historico-article-725665/ https://www.elcolombiano.com/colombia/la-senadora-maria-fernanda-cabal-explica-por-que-dijo-lo-de-las-bananeras-KL7782815
  4. https://www.semana.com/nacion/articulo/masacre-de-las-bananeras-historiadora-le-contesta-a-maria-fernanda-cabal/548923/ https://www.eltiempo.com/politica/congreso/historiadores-responden-a-maria-fernanda-cabal-tras-decir-que-masacre-de-las-bananeras-es-un-mito-156666
  5. https://hondurasgate.ch/audios
  6. https://x.com/Horadelaverdad/status/2071986070929956965

jueves, julio 16, 2026

ANÉCDOTA DE PABLO NERUDA CON LAUREANO GOMEZ *


 En consonancia con el resurgimiento político de la Casa Gómez, la más clara evidencia de la llegada de los sectores de ultraderecha colombianos al poder nacional de mano del Abelardismo, La Conversa de Fin de Semana publica esta, muy apropiada anécdota que nos comparte nuestro colaborador, el economista y analista político, Jhon Flórez. ¡Provecho!

A propósito de este feliz cumpleaños de muerto, es famosa la respuesta de Neruda a los ataques que sufrió el poeta por parte de Laureano Gómez desde más de un año antes de su visita a Colombia, por invitación que le hiciera el presidente Alfonso López Pumarejo. Desde el 25 de junio de 1942 comenzó Laureano a atacar y descalificar repetida y periódicamente a Neruda, en forma rastrera, grosera y vulgar, desde las páginas de El Siglo. Por fin, en septiembre de 1943, el poeta visitó Bogotá, Medellín y Cali y ni por su presencia cesaron los ataques del Monstruo; por el contrario, arreciaron con ferocidad. Neruda entonces, en respuesta, dejó escritos para que fueran publicados en El Tiempo, después de su salida de Colombia con dirección a Perú y Chile, los siguientes Tres sonetos Punitivos de Pablo Neruda contra Laureano Gómez.  Sobra decir que los ataques contra el poeta fueron múltiples y permanentes después de su publicación, pero ahora también en El Colombiano. Helos aquí:

SONETOS PUNITIVOS

I

Adiós Laureano nunca laureado.

Sátrapa triste, rey advenedizo.

Adiós emperador de cuarto piso

antes de tiempo y sin cesar pagado.

 

Administras las tumbas del pasado

y, hechizado, aprovechas el hechizo

en el agusanado paraíso

donde llega el soberbio denotado.

 

Allí eres dios sin luz ni primavera.

Allí eres capitán de gusanera,

y en la terrible noche de arcano

 

el cetro de violencia que te espera

caerá podrido como polvo y cera

bajo la jerarquía del gusano

 

II

Caballero del látigo mezquino,

excomulgado por el ser humano,

iracunda piltrafa del camino,

¡oh! pequeño anticristo anticristiano.

 

Como tú, con el látigo en la mano,

tiembla en España Franco el asesino

y en Alemania tu sangriento hermano

lee sobre la nieve su destino.

 

Es tarde para ti, triste Laureano.

Quedarás como cola de tirano

en el museo de lo que no existe.

 

En tu pequeño parque de veneno,

con tu pistola que dispara cieno.

Te vas antes de ser. Tarde viniste.

 

III

Donde esté la canción y el pensamiento.

Donde bailen o canten los poetas.

Donde la lira diga su lamento.

No te metas Laureano, no te metas.

 

Las críticas que aúllas en el viento,

la escritura que llena tus maletas,

te las devolverán con escarmiento.

No te metas Laureano, no te metas.

 

No toques con tus pies la geografía

de la verdad o de la poesía,

no está en lo verdadero de tu terreno.

 

Vuelve al látigo, vuelve a la amargura,

vuelve a tu rencorosa sepultura.

Que no nos abandone tu veneno.


*La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

lunes, julio 13, 2026

La total estupidez e incoherencia de muchos colombianos *

En la imagen: Hernán Riaño / Periodista - Director de SoNoticias

 
Por: Hernán Riaño

«Hay que dejar constancia: estos necios incoherentes son y serán cómplices y ejecutores de los asesinatos, desapariciones y torturas que ya se ven y se verán en todo el país en la era de Abelardo De La Espriella.»

Nuestro país se ha caracterizado por una ignorancia política, casi que total, impulsada por la oligarquía durante años, agravada por una mezcla de fanatismo religioso de todos los pelambres con un seguidismo político casi que esclavista hacía unos líderes llamados gamonales, que mutaron a los paramilitares que hoy conocemos, apoyados por la misma clase de siempre.

Esta simbiosis de politiqueros, religiosos, gamonales y armas son las que no dejaron mediante intimidaciones, amenazas, engaños, delitos electorales y complicidad de 6 millones de colombianos uribistas, según mis cálculos, no permitieron el segundo periodo progresista, después del magnífico gobierno de Gustavo Petro. Pero en esta oportunidad no quiero referirme a las elecciones, solo a las consecuencias de haber elegido un advenedizo, gringo por voluntad de él, quien renunció a la Constitución colombiana y, por ende, es mi parecer, ya no es ciudadano colombiano.

Después de ver, oír, leer (si a eso se le puede llamar frases o textos coherentes) todo lo que han escrito esos conocidos muy acertadamente, como uribestias, queda uno, no se sabe que calificativo darle, si sorprendido, asustado, triste por la capacidad tan “profesional” de decir tantas incoherencias que rayan en la estupidez, imbecilidad, idiotez, cualquier adjetivo se queda corto ante tanta frase que emitieron en la campaña y ahora con el triunfo del presidente ilegítimo de Trump. Dan pena ajena “la elocuencia, sabiduría y profundidad” de sus afirmaciones.

Durante el gobierno del cambio se impuso, con mayor virulencia y agresividad en la campaña, el lenguaje conocido eufemísticamente como “de odio”, pero que en castellano son amenazas, mentiras, calumnias, entrampamientos e injurias contra el mejor presidente del pueblo en la historia del país, ampliado a Iván Cepeda, por ser el candidato. La ultraderecha en complicidad con los periodistas que trabajan en sus medios de comunicación, impuso una “verdad creada” para no dejar gobernar, desacreditar e impedir los cambios que Colombia requería. Pero para que este plan tuviera éxito usaron las redes sociales, muy sofisticadas en estos tiempos complementadas por la IA y con el concurso gratuito de centenares de uribestias estúpidos que siguen a ciegas y les hacen casos sin chistar.

Se escuchaban y leían frases como. “la culpa es de Petro”, todos los progresistas o zurdos “son guerrilleros”, “terroristas”, “corruptos, “todo lo quieren regalado”, muy pocas por cierto y sin ninguna prueba, pero que hicieron carrera durante 4 años hasta llegar a la campaña electoral. No salieron nunca de esa palabrería, que, sin ningún sustento creó un imaginario en un sector de la población cómplice y que repitió como loros creando el ambiente de hostilidad más grave de las últimas décadas en contra del pueblo colombiano, porque es contra todos los ciudadanos el odio generado por la ultraderecha y no solo contra el señor presidente y sus leales colaboradores. 

Con la llegada del nuevo gobierno, repito, ilegítimo, se han generado otro tipo de frases, que reflejan una estupidez de campeonato mundial. Una persona con tres dedos de frente no puede entender la alegría casi celestial de muchos abelardo_uribistas, al quererse burlar de los ciudadanos demócratas por la pérdida del gobierno. Los llaman “llorones”, “zurdos hp perdedores”, o les desean la muerte “ojalá los maten”, o el exilio “váyase pa’ Cuba”. Se alegran porque van a subir los impuestos, porque van a acabar la educación pública gratis, o porque van a reencauchar las EPS, porque van a despedir 700.000 funcionarios, que ellos odian porque son burócratas, porque van a importar alimentos agrícolas “más baratos” quebrando a los campesinos, porque van a hacer fraking, porque van a fortalecer la minería acabando el agua; en síntesis, porque van a eliminar la vida y llevar a los colombianos, nuevamente, a la miseria y al hambre. No hay calificativo en el diccionario de la RAE que describa esas mentes “prodigiosas” que se alegran por lo que nos va a pasar, como si a ellos no les fuera a tocar. ¿O es que el nuevo gobierno impondrá esas medidas para solo los 13 millones de “mamertos” y sus familias? Pues obviamente que no, ya lo advirtieron la reforma tributaria será para aumentarle los impuestos a los pobres, claramente lo dijeron: hay que rebajárselos a los ricos. Lo que implica que habrá IVA a toda la canasta familiar y más gente estratos 1, 2 y 3 tendrán que pagar renta, pero esos estúpidos creen que a ellos no los van a tocar.   

Muchos pobres, además, andan denigrando de Petro, como si este les hubiera hecho algo o les hubiera quitado algo. El presidente de la república nunca ha tomado alguna disposición que lo beneficie a él o a su entorno, todas las medidas que ha tomado han sido en favor del pueblo. Son tan estúpidos que a la persona que los ha ayudado, con salarios dignos, baja de precios de los productos básicos, rebajas en energía o en peajes, educación gratuita, es a la que odian, y otros mucho más imbéciles andan haciéndole coro a Abelardo De la Espriella y a Carlos Alonso Lucio, pidiendo su extradición. No saben nada, no entienden nada y son como el perro que muerde la mano del amo que lo alimenta, aunque estos animalitos son mucho más dignos y agradecidos que todos esos cipayos.

También estos personajes nefastos, de su propio pecunio y para congraciarse con el nuevo gobierno, lanzan amenazas contra todos a los que a ellos les parezca zurdo, comunista, progresista o demócrata y a todo el que se atreva a criticar al “enviado del cielo”, entiéndase Abelardo De la Espriella. Le añaden un saludo que no es militar ni es nada, dicen el famoso “firmes”, y “disparan” desde las redes una sarta de groserías, incongruencias, terminando con frases como “ojalá te desaparezcan”, “estas buscando que te destripen”, “te vamos a eliminar” o cualquier combinación de todas estas y otras de mayor calibre. Por este tipo de personas es que nació ese adagio que reza: “No hay nada más peligroso que un bruto con iniciativa”

Con todo esto, lo que quieren en el fondo es generar un ambiente en el que las muertes que ocasione este nuevo gobierno tengan una “justificación” que acepte la sociedad, como en el caso de los mal llamados falsos positivos y la frase lapidaria de Álvaro Uribe: «Esos muchachos no estarían recogiendo café», que según las últimas informaciones ya llegaron a los 8.737 asesinatos. Eso es lo que se vislumbra en el horizonte próximo de Colombia, ya se está viendo cómo será la represión y pérdida de derechos de todos, ratifico, todos los colombianos. Tal es la incoherencia, además, de la estupidez de estos “estimados compatriotas”.

Si no existiera este ejército de descerebrados, ni Uribe, ni Duque, ni los paramilitares, ni ahora, De la Espriella y sus socios tendrían el poder de hacer lo que pretenden, es gracias a ellos que el nuevo presidente ilegítimo se atreve a decir que odia a los progresistas, que los va a destripar y que los hubiera declarados enemigos irreconciliables, como si estos hubieran causado un daño al país irrecuperable como sí lo hicieron Turbay, Barco, Gaviria, Pastrana (padre e hijo), Uribe y Duque, Santos por lo menos firmó el acuerdo de paz con la guerrilla, lo que le generó el odio de Uribe para toda la vida. 

Como conclusión hay que hacer una pregunta que también es un reto: ¿Qué daño le ha causado al pueblo colombiano Gustavo Petro y el gobierno del cambio? Desde aquí desafío a cualquiera de estos abelardo_uribistas a que me diga una sola, solo una, medida que haya tomado en contra de los colombianos de a pie. 

Hay que dejar una constancia histórica o histérica, como dice un abogado amigo, que estos estúpidos incoherentes son y serán los cómplices, y en muchos casos los ejecutores, de todos los asesinatos, desapariciones, desplazamientos, masacres, pérdida de ojos y otros órganos, torturas y demás barbaridades, que desde ahora y sin que se haya posesionado el nuevo (o continuidad de todos los anteriores a Petro) gobierno, se están viendo en casi todo el país.  Todos saben y son conscientes de que nos van a destripar.   

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

miércoles, julio 08, 2026

Colombia: del escrutinio oficial a la resistencia popular pacifica *

En la imagen: Consuelo Ahumada / PhD en Ciencias Políticas - 
profesora investigadora Economía Política Internacional y Nacional


Por: Consuelo Ahumada

El triunfo de Abelardo de la Espriella en las elecciones presidenciales marca el inicio de un período muy difícil para el progresismo y la democracia en Colombia


El escrutinio oficial puso fin a la incertidumbre sobre las elecciones, confirmó el conteo preliminar y reconoció como presidente al candidato impuesto por la ultraderecha y el Departamento de Estado. 

En medio de fuertes presiones políticas y mediáticas, en una decisión contradictoria, Iván Cepeda reconoció de inmediato el resultado y el Pacto histórico retiró algunas reclamaciones pendientes.  

El presidente Petro tuvo que ceder y aceptar el resultado. “Me comprometí a no ser un generador de violencia, pero no a que seamos tontos”, escribió la semana pasada. Pero sus sustentadas denuncias de fraude siguen su curso. 

Recordemos algunos asuntos cruciales del proceso electoral. Tanto el Consejo Nacional Electoral como la Registraduría, además de su labor técnica, son instrumentos políticos en manos de la oligarquía tradicional. El control nunca lo cedieron durante este gobierno. 

El software electoral es controlado por una empresa privada, Greg and Sons. Una sentencia de 2018 del Consejo de Estado ordenó que estuviera bajo control público, pero no se cumplió. 

Dicha empresa colombiana, con trayectoria probada de fraude en países como Honduras, es la misma que tuvo a su cargo la elaboración de pasaportes en Colombia. Es decir, el acceso a datos cruciales. 

El gobierno del cambio le revocó el contrato, para que la tarea la asumiera el gobierno. Esto se dio en medio de la alharaca permanente del neoliberalismo trasnochado: “Lo privado por encima de lo público”, “lo técnico antes que lo político”. 

Pero en plena campaña presidencial se conoció un audio en el que Abelardo les ofrecía a sus dueños devolverles el negocio de los pasaportes si le ayudaban en las elecciones. Más claro imposible. 

No hubo pronunciamiento ni investigación alguna por parte de las entidades de control. Como siempre, se insistió en los supuestos delirios de persecución del presidente. Desde distintas orillas, se insinuó incluso que Cepeda debía distanciarse del presidente para no verse perjudicado. Así quedó todo.  

Pero Petro no se amilanó. Antes del resultado final hizo denuncias muy serias, en las que prácticamente se quedó solo. Una de ellas fue la inscripción de 800.000 nuevos votantes, cuando ya se habían cerrado los plazos legales para hacerlo. 

La semana pasada se produjo una denuncia todavía más grave. Una juiciosa investigación, realizada por Carlos Oñoro, demuestra que Cepeda ganó en los municipios más poblados de Colombia, que representan el 88% de la votación, con una ventaja de 500.000 votos. Hay una curva en la que se observa cómo los pueblos menos poblados, “marcan un cambio demasiado extraño”.

Petro le respondió al autor: “Lo que usted descubre es que efectivamente hubo fraude, que no era detectable por las comisiones escrutadoras, si no se hacía cotejo entre número de votos de los formularios y los votos de mesas y, además, y esto es lo importante, (si no se examina) si los votos de la mesa coinciden con electores válidos”. 

Señaló que hay un censo de ciudadanos que no votan, pero sus datos son usados en mesas de jurados homogéneos, como las del exterior y las de territorios específicos bajo el control de la ultraderecha. Y concluyó: “Todos los formularios E14 eran modificables hasta cuando el CNE proclamó presidente”. 

Pero por supuesto, el escrutinio oficial no examinó ninguno de estos indicios.

 A esto sumémosle las múltiples denuncias de compra y constreñimiento del voto, que se registraron, que ni siquiera atendieron las autoridades: la extraña suspensión del transporte público y los cortes de servicios públicos en municipios y regiones precisas. 

Pero claro, todo esto pasó como irrelevante, máxime en épocas de mundial de futbol. 

Más allá del fraude electoral, las elecciones tuvieron múltiples irregularidades, incluida la intervención abierta y permanente de Trump y sus funcionarios a favor de su candidato. 

Bernie Moreno, jefe de la misión de observación electoral de EEUU, advirtió desde un comienzo que su país solo aceptaría un resultado favorable. Vino a Colombia precisamente a conspirar con la ultraderecha para lograrlo. 

Pero hay asuntos todavía más graves. Abelardo es ciudadano estadounidense y juró lealtad absoluta a su Constitución y su gobierno. De hecho, ya ha formulado denuncias concretas contra Petro ante su Departamento de Justicia. Una carta de 30 exmagistrados refiriéndose a la incompatibilidad de dicha condición con el cargo de presidente fue desestimada por el Consejo de Estado. 

Frente al panorama de avance del fascismo en el mundo y la región, los antecedentes más recientes de Venezuela y del Escudo de las Américas, y las revelaciones del Hondurasgate, es claro que a las fuerzas progresistas no se les permitiría ganar de nuevo en Colombia.

El avance del progresismo fue notorio, pero se perdió la presidencia y eso es lo principal. 

Lo que viene en el “gobierno de los nunca”, con la llamada Patria milagro, tiene cara de revancha. Las amenazas son muy graves. En aras de su estrategia de seguridad, se habla de cero negociaciones con grupos armados y del fortalecimiento de la salida militar.

 Desde ya se conocen las amenazas de desalojo a campesinos y campesinas que recibieron tierras del gobierno. Un concejal uribista de Medellín llamó al futuro presidente a bombardear las zonas donde se impuso la votación progresista.

En este contexto nacional tan complicado y peligroso, el reciente llamado a la desobediencia civil pacífica por parte de Iván Cepeda es una excelente señal. Esta medida histórica tiene un reconocimiento constitucional, como forma de protesta ciudadana frente a normas, políticas o leyes que se consideren inmorales o violadoras de derechos fundamentales.  

El excandidato señaló que el llamado es a no reconocer la autoridad de alguien que desconoce la soberanía nacional. Por eso, exige que, antes de posesionarse, el futuro presidente renuncie a su nacionalidad estadounidense, aclare si es miembro de alguna de sus agencias de seguridad y cese la persecución contra el presidente Petro. 

Es una declaratoria que debe ligarse necesariamente con la resistencia popular pacífica, que debe venir. Ya lo dijo el actual presidente: “Hoy la consigna central para toda la sociedad colombiana es alistarse de manera organizada y pacífica a defender las reformas sociales”. 

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

lunes, julio 06, 2026

El outsider y sus amigos de siempre *

 

John Flórez / Economista - Analista Político

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Colombia fue engañada con método, recursos, tecnología y la colaboración de un sistema político que lleva más de un siglo perfeccionando el arte de vender lo mismo bajo nombres distintos.

Cómo Colombia creyó elegir la renovación y terminó premiando la continuidad, pero peor

Hay un arte del engaño político tan refinado que merecería enseñarse en las academias del poder: convencer a una sociedad hastiada de las élites de que uno de sus herederos ha venido a destruirlas. La hazaña exige una ciudadanía agotada y una maquinaria propagandística capaz de convertir la memoria en un estorbo. Es el ilusionismo perfecto: con una mano se incendia el discurso contra el establecimiento; con la otra se estrechan las manos de quienes siempre lo han administrado. Cambian los eslóganes y la escenografía, pero el reparto permanece intacto. Mientras el público celebra la revolución, los dueños del teatro aplauden la continuidad.

Abelardo De la Espriella, presidente electo que asumirá el poder el 7 de agosto, dominó esa fórmula con la precisión de quien ha recorrido durante años los mismos pasillos que prometía clausurar. Se presentó como el outsider dispuesto a desmontar el viejo orden político. La promesa sedujo a un país fatigado de los mismos partidos, los mismos apellidos y las mismas prácticas. El problema es que la mesa que prometía sacudir era exactamente aquella en la que siempre se sentó, y los comensales llamados a integrar su gabinete son los mismos que durante décadas han servido el menú del establecimiento.

Las señales de alarma aparecieron incluso antes de que comenzara formalmente la campaña. La Registraduría anuló el 62 % de las firmas con las que inscribió su candidatura. La periodista Cecilia Orozco documentó en El Espectador que más de la mitad de los respaldos ciudadanos no superó el proceso de verificación. En una democracia que se tome en serio a sí misma, un episodio semejante habría provocado una crisis institucional y, probablemente, la inhabilitación de la candidatura. En Colombia fue noticia de un día. Las autoridades guardaron un silencio difícil de llamar neutral; buena parte de los medios prefirió mirar hacia otro lado. El candidato siguió adelante con la serenidad de quien sabe que en este país las reglas rara vez se aplican por igual.

Al mismo tiempo, David Murcia lo denunció públicamente como presunto estafador. Según su versión, en calidad de abogado defensor no le habría devuelto cinco mil millones de pesos correspondientes a honorarios por servicios jurídicos que nunca prestó. Es decir, el entonces candidato no solo cargaba con cuestionamientos públicos sobre su trayectoria profesional, sino que además acumulaba señalamientos que, en una democracia más exigente, habrían suscitado un escrutinio mucho más severo. En Colombia obtuvo un aval, hizo campaña y ganó.

La campaña tampoco desmintió esas inquietudes. Abundó la grosería convertida en estrategia, los insultos diseñados para alimentar las redes sociales y una llamativa escasez de conocimiento sobre la cosa pública. El candidato que prometía transformar el Estado demostró con frecuencia no comprender su funcionamiento. En cambio, dominó el espectáculo: la voz altanera, el enemigo permanente y las respuestas simples para problemas complejos. La confrontación sustituyó el debate; el insulto reemplazó al argumento. Es una fórmula eficaz para conquistar titulares y alimentar algoritmos, pero notoriamente insuficiente para gobernar una nación.

El mejor ejemplo fue la llamada "Patria Milagro", presentada bajo el lema "El Milagro de los Nunca": los que nunca se han robado un peso del erario, los que nunca han hecho politiquería, los que nunca han traicionado. El concepto posee todas las virtudes del mercadeo político: es breve, emotivo y fácil de recordar. Lo que todavía cuesta encontrar es su contenido.

La campaña prometió un crecimiento económico del 7 % anual —invocando como referencia a Corea del Sur y Singapur— en un país cuyo promedio histórico apenas supera el 3 %. Prometió tres millones de empleos, reducir la pobreza en un 20 %, disminuir la violencia a la mitad y convertir en propietarios de vivienda a un millón de familias, todo en apenas cuatro años. Lo que nunca explicó fue con qué recursos, mediante qué reformas institucionales ni bajo qué modelo económico se producirían semejantes prodigios. El nombre resumía el programa: una patria milagro, no una patria con plan. Y los milagros, como es sabido, no requieren sustento técnico; solo fe.

La ironía alcanzó su punto máximo cuando se examinó quiénes respaldaban al candidato de "los nunca". No eran precisamente quienes nunca habían practicado la politiquería, sino muchos de quienes la han perfeccionado durante décadas. Colombia es, en buena medida, un país donde los clanes políticos conservan un enorme poder territorial mediante redes clientelares construidas durante generaciones. Los Char en el Atlántico. Los Blel en Bolívar. Los Gnecco en el Cesar. Nueva Fuerza Guajira. Dilian Francisca Toro en el Valle del Cauca. El Quindío, atrapado entre Cambio Radical y coaliciones que cambian de nombre con la misma facilidad con la que conservan el poder. Todos acompañaron al candidato de "los nunca". Todos esperan ahora la recompensa de los siempre.

Esos partidos hace tiempo dejaron de ser fábricas de ideas para convertirse en fábricas de avales. Su verdadera función consiste en facilitar el acceso al poder a quienes difícilmente superarían un escrutinio ciudadano riguroso. Ese es el sistema que produjo al outsider. Y ese es el sistema al que el outsider le debe el cargo.

La maquinaria digital de la campaña tampoco vendió un proyecto de país. Vendió miedo, polarización y desinformación con herramientas de segmentación y propaganda que la institucionalidad colombiana fue incapaz de regular. Circularon deepfakes, cadenas falsas y campañas de desprestigio que encontraron en las redes sociales un terreno fértil para reemplazar el debate por la manipulación. La mentira volvió a viajar mucho más rápido que la verdad.

Ya como presidente electo, De la Espriella añadió otro episodio a esa narrativa. Anunció que el Banco Interamericano de Desarrollo destinaría 60 millones de dólares para el proceso de empalme con el gobierno saliente, presentándolo como una demostración de confianza internacional. El presidente Gustavo Petro respondió que esos recursos no correspondían al empalme, sino a programas previamente acordados con el organismo multilateral. Históricamente, las transiciones presidenciales en Colombia se han realizado mediante el intercambio de información administrativa y financiera, sin costos extraordinarios. La controversia terminó ilustrando un rasgo característico de la campaña: la tendencia a presentar como extraordinario aquello que, al examinarse con detenimiento, resulta bastante más prosaico.

El gabinete que comienza a conformarse tampoco fortalece el relato de la renovación. Allí reaparecen dirigentes, partidos y estructuras que han ocupado durante años el centro del poder. Más que un gobierno de ruptura, la fotografía empieza a parecer el álbum familiar de la política tradicional.

Gobernar Colombia exige bastante más que una voz gritona, poses de autoridad y una inagotable colección de provocaciones. Exige conocimiento del Estado, capacidad técnica, prudencia y la difícil tarea de convertir los eslóganes en políticas públicas. Un país no es una parrilla de televisión. Cuando termina la campaña y se encienden las luces del gobierno, el libreto desaparece, los efectos especiales dejan de funcionar y queda al descubierto si el protagonista sabe gobernar o si apenas supo interpretar el papel de gobernante.

Colombia no fue engañada por sorpresa. Fue engañada con método, recursos, tecnología y la colaboración de un sistema político que lleva más de un siglo perfeccionando el arte de vender lo mismo bajo nombres distintos.

Esta vez el nombre fue "milagro". Y, como todos los milagros políticos, no exige explicaciones. Solo fe. Y votos.

 *La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

lunes, junio 01, 2026

Jesús contra los mercaderes de la fe política *

 

En la imagen: Jhon Jaiver Flórez / Economista - Analista político

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Jesús centró su mensaje en el amor al prójimo y en las obras concretas de justicia, dignidad y verdad, no en la admiración al poder, la riqueza o los discursos vacíos.

 Debe ser un imperativo inquebrantable respetar profundamente la espiritualidad cuando nace del amor, de la humildad y de la búsqueda genuina del bien. Precisamente por eso considero necesario hacer una reflexión más profunda sobre un asunto históricamente delicado: la utilización de Dios y de la religión dentro de proyectos políticos. Una práctica que considero equivocada y, muchas veces, deliberadamente manipuladora.

Jesús de Nazaret jamás construyó un discurso basado en el miedo, el señalamiento o la división entre “los buenos” y “los malos” para alcanzar poder terrenal. Por el contrario, su mensaje fue profundamente revolucionario porque puso en el centro a los pobres, a los excluidos, a los enfermos, a las mujeres marginadas, a los perseguidos y a quienes eran considerados indignos por las élites religiosas, políticas y económicas de su época.

Su mensaje no fue de dominación, sino de compasión; no de superioridad moral, sino de amor al prójimo.

Por eso preocupa cuando ciertos sectores políticos —especialmente aquellos de tendencia autoritaria o de extrema derecha— convierten la fe en una herramienta ideológica, utilizando el nombre de Dios para alimentar odios, fabricar enemigos internos o justificar desigualdades. La historia humana está llena de episodios en los que el miedo religioso fue utilizado para manipular pueblos enteros, promover guerras o sostener privilegios. Y eso dista profundamente del espíritu del evangelio.

También considero importante diferenciar entre fe y caudillismo cuidadosamente fabricado. Cuando algunos líderes políticos llegan a presentarse casi como “elegidos por Dios”, el riesgo es enorme: el pensamiento crítico comienza a desaparecer y cualquier conducta termina siendo justificada bajo la idea de que “Dios usa imperfectos”. Sí, todos somos imperfectos. Pero una cosa muy distinta es normalizar la falta de ética pública, la arrogancia, la agresión o la ausencia de compasión social en nombre de una supuesta misión divina.

Jesús nunca pidió admirar hombres poderosos ni ricos con fortunas mal habidas; pidió amar al prójimo. Nunca dijo “por sus discursos los conoceréis”, sino “por sus frutos”. Y los frutos no son simples palabras religiosas pronunciadas en público, sino la capacidad de construir justicia, dignidad humana, solidaridad y verdad.

Desde una perspectiva filosófica y sociológica, las sociedades se fracturan con mayor profundidad cuando la política se transforma en una guerra moral absoluta entre “hijos de la luz” y “enemigos del bien”. Esa lógica elimina los matices, destruye el diálogo democrático y convierte al contradictor en alguien indigno, casi en un enemigo espiritual. En ese momento, la política deja de ser un espacio de construcción colectiva y se convierte en fanatismo.

Creo en una espiritualidad que libere y no que someta; que invite a pensar y no a obedecer ciegamente; que acerque al ser humano al otro, especialmente al más vulnerable. Porque, si algo mostró Jesús de Nazaret, es que Dios no estaba del lado del poder, sino del lado de quienes sufrían bajo él.

*  La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

sábado, mayo 23, 2026

El caudillo de la estridencia y el algoritmo*

 

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

¿hasta qué punto una democracia cansada puede sobrevivir cuando empieza a confundir a los payasos autoritarios con salvadores nacionales?

América Latina tiene una vieja y costosa costumbre: enamorarse de personajes estridentes que gritan fuerte y piensan poco. Javier Milei llegó a la presidencia argentina empuñando una motosierra como programa de gobierno y hoy conduce a uno de los países históricamente más ricos del continente hacia una precariedad que ya ni siquiera necesita estadísticas para sentirse. Jair Bolsonaro gobernó Brasil desde la nostalgia tropical de la dictadura militar y dejó una nación más violenta, más fracturada y políticamente más embrutecida de lo que la encontró. El fenómeno no es nuevo ni exclusivamente latinoamericano, pero en esta región encuentra un terreno especialmente fértil: sociedades agotadas por la corrupción, economías incapaces de reducir desigualdades obscenas y democracias tan fatigadas que terminan confundiendo el rugido con el liderazgo.

Colombia, siempre tan aplicada para importar experimentos políticos ajenos cuando ya vienen fracasados de fábrica, tiene ahora su propia franquicia del espectáculo grotesco y autoritario: Abelardo de la Espriella, abogado célebre por moverse con sorprendente comodidad en los pantanos del subsuelo judicial y hoy reciclado como candidato presidencial. En apenas unos meses ha conseguido lo que viejos demagogos tardan años en fabricar: una marca política construida a punta de escándalo, testosterona teatralizada, patriotismo de micrófono y un desprecio burdo por cualquier forma de inteligencia deliberativa.

Al comienzo, su candidatura parecía un mal chiste. Y lo era. De la Espriella proyectaba una combinación difícil de tomar en serio: el abogado ampuloso convertido en sabueso para contratar defensas de delincuentes de cuello blanco y fortunas turbias, y, al mismo tiempo, el millonario exhibicionista que aparecía en redes sociales desafinando ópera como si la vulgaridad pudiera transformarse en prestigio por exceso de volumen, mientras exhibía relojes pomposos y bebía whisky con la solemnidad ridícula de quien necesita convertir cada sorbo en una demostración pública de estatus. Su figura parecía un extraño cruce entre influencer aspiracional, litigante del inframundo criminal y macho alfa de gimnasio financiero convencido de que la testosterona puede reemplazar la inteligencia: un experimento sociológico entre TikTok, un club de escoltas y una convención de nuevos ricos desesperados por parecer aristocracia.

Lo inquietante fue descubrir que funcionaba.

Porque De la Espriella entendió antes que muchos políticos tradicionales una verdad brutal de esta época: en sociedades emocionalmente agotadas, la vulgaridad puede venderse como autenticidad y la agresividad como liderazgo. Su discurso de mano dura, destripar al adversario, reducir el Estado y odio simplificado encuentra eco en sectores resentidos, desinformados o simplemente exhaustos. Desplazó a figuras de la ultraderecha tradicional no por profundidad ideológica —de la que carece de manera evidente—, sino por capacidad escénica. Mientras otros discuten programas, él ofrece espectáculo; mientras otros argumentan, él ruge. Y Colombia, país que durante décadas ha confundido al patrón armado con una figura de autoridad, escucha ese rugido con inquietante familiaridad.

Para entender el fenómeno hay que entender primero al personaje. De la Espriella no proviene exactamente de la aristocracia tradicional, pero tampoco de la exclusión absoluta. Pertenece a esa zona intermedia donde ciertos sectores de clase media descubrieron que, en Colombia, el camino más corto hacia el poder no siempre pasa por la excelencia institucional, sino por aprender a navegar las cloacas precisas. Su padre, abogado ligado durante años a la política tradicional y posteriormente reciclado en la ultraderecha, encontró espacio en la repartición notarial del uribismo: ese viejo sistema feudal donde las notarías funcionan menos como instituciones republicanas que como recompensas burocráticas para la fidelidad política.

Ese origen importa porque explica parte de su psicología pública. La sociología de las sociedades fracturadas ha estudiado durante décadas un fenómeno recurrente: el nuevo poderoso que no busca legitimidad institucional, sino exhibición permanente de superioridad. La ostentación deja entonces de ser lujo para convertirse en lenguaje político. El reloj ostentoso, el avión privado, el helicóptero estridente, los escoltas, la arrogancia verbal y la teatralización constante de la riqueza cumplen una función emocional precisa: demostrar que quien antes ocupaba un lugar secundario ahora puede humillar simbólicamente al mismo mundo que antes lo ignoraba.

El poder deja de ejercerse: se dramatiza.

Por eso su personalidad pública parece construida alrededor de una inseguridad feroz disfrazada de soberbia. Todo en él transmite una necesidad obsesiva de reconocimiento. La fascinación por la autoridad vertical convive con un desprecio casi visceral hacia cualquier forma de pensamiento crítico o deliberativo. Cada entrevista incómoda la interpreta como un ataque personal. Cada periodista que pregunta se convierte automáticamente en enemigo. Cada cuestionamiento ético es vivido como una humillación intolerable.

Cuando María Lucía Fernández le preguntó por la relación entre derecho y ética en un eventual gobierno suyo, no respondió con ideas, sino llamándola “ignorante” y “venenosa”. Cuando en un programa radial insinuó que había ganado votos femeninos por el tamaño de su pene y pidió hacer zoom sobre una fotografía insinuante, no sufrió un desliz: simplemente dejó al descubierto la estructura real de su personaje político. Confunde acoso vulgar con autenticidad, matoneo con carisma y misoginia con fuerza viril.

Su relación con la prensa sigue exactamente el mismo patrón. La Fundación para la Libertad de Prensa ha advertido sobre sus campañas judiciales y digitales contra periodistas críticos. De la Espriella no debate: intimida. No responde: amenaza. No desmonta argumentos: intenta destruir al mensajero. Concibe la política como una pendencia permanente y el desacuerdo como una provocación personal que merece castigo.

Sus contradicciones son tantas que terminan pareciendo parte de una estrategia deliberada de saturación mediática. Fue ateo militante hasta descubrir que Dios ofrece mejor rentabilidad electoral que Nietzsche. Defendió el proceso de paz cuando resultaba políticamente conveniente y luego convirtió la palabra “paz” en sinónimo de claudicación nacional. Se presenta como outsider antisistema mientras su campaña recibe el respaldo de clanes y mafias politiqueras regionales que llevan décadas administrando departamentos enteros como haciendas privadas y saqueando sus finanzas con la naturalidad burocrática de quien confunde el Estado con propiedad familiar.

Todo en él parece intercambiable, excepto la ambición.

Su oratoria, además, es notablemente pobre en contenido conceptual. Funciona sobre emociones primarias: miedo, rabia, resentimiento y fantasías de autoridad. La frase que mejor resume su visión política es también una radiografía involuntaria de sus limitaciones intelectuales: “Las fórmulas ya se saben. Lo que ha faltado es alguien con cojones para aplicarlas”. Es decir: complejidades históricas reducidas a virilidad de macho, ignorancia presentada como pragmatismo y autoritarismo vendido como eficacia.

En cuanto a su trayectoria profesional, basta seguir el rastro sin necesidad de exageraciones: Santa Fe de Ralito y las negociaciones con las AUC; la fundación FIPAZ recibiendo recursos de las autodefensas; David Murcia y el colapso de DMG; Álex Saab defendido judicialmente mientras hoy posa de cruzado antichavista; y la cercanía con el “abogánster” Diego Cadena. Una carrera construida orbitando entre paramilitares, narcos, extraditables y operadores oscuros, en un ecosistema donde el escándalo nunca fue accidente, sino hábitat natural.

La república del subsuelo tiene sus propios abogados de cabecera. Y De la Espriella aprendió a moverse allí con notable habilidad.

Pero el verdadero problema no es biográfico. Es político y cultural.

Figuras como él no aparecen por generación espontánea. Son el producto de sociedades agotadas que empiezan a preferir vengadores mediáticos antes que dirigentes democráticos. Colombia lleva décadas incubando una cultura donde el hombre fuerte despierta más admiración que el hombre decente, donde la brutalidad suele confundirse con carácter y donde demasiados ciudadanos interpretan la agresividad como señal de autenticidad.

Por eso su ascenso resulta menos sorprendente de lo que debería.

El peligro no reside únicamente en lo que dice, sino en lo que normaliza. Su candidatura convierte el matoneo en método político, la humillación pública en entretenimiento electoral y la vulgaridad autoritaria en identidad ideológica. Representa la mutación definitiva del espectáculo digital en proyecto presidencial.

Y, sin embargo, detrás del rugido hay algo profundamente frágil. De la Espriella se parece demasiado a esas botargas inflables que parecen gigantes desde lejos y se desinflan apenas alguien las toca con una aguja de realidad. Su fortaleza depende del ruido constante, del escándalo permanente, del algoritmo enfurecido y de un país emocionalmente exhausto que necesita hombres furiosos para evitar pensar demasiado.

Es, en el fondo, un tigre de papel.

Ruge frente a las cámaras. Muestra los dientes. Promete selva. Pero América Latina ya vio esta película demasiadas veces, y casi siempre termina igual: en Argentina, el león prometió libertad y terminó administrando hambre; en Brasil, el capitán prometió orden y dejó un país más fracturado y embrutecido; y en Bolivia, sometida hoy a un laboratorio neoliberal agresivo, las calles vuelven a llenarse de protestas, gases y ciudadanos golpeados por un Estado que habla de libertad económica mientras reprime el descontento social con disciplina militar.

El tigre colombiano promete carácter, mano dura y patriotismo testosterónico. Lo más probable es que entregue exactamente lo mismo que ha ofrecido siempre en su vida pública: espectáculo para las cámaras, intimidación para los críticos y la factura —como siempre— para los demás.

La pregunta que Colombia deberá responder el 31 de mayo no es si Abelardo de la Espriella es auténtico o impostado, creyente o ateo, valiente o fanfarrón. La verdadera pregunta es mucho más simple y mucho más peligrosa: ¿hasta qué punto una democracia cansada puede sobrevivir cuando empieza a confundir a los payasos autoritarios con salvadores nacionales?


*La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).