Por: DRA **
Para medio país el joven sin futuro o el campesino ya no es un hermano, es el enemigo. Y en la mente militarizada, al enemigo no se le comprende ni se le ayuda: se le da de baja o se lo borra en una mega cárcel.
Felicitaciones a la ultraderecha. Lo lograron. Hoy
celebramos el triunfo inobjetable del miedo, de la indolencia y de la amnesia
histórica.
Es verdaderamente fascinante observar cómo el Síndrome de
Estocolmo se ha convertido en un mandato popular. Una nación entera aplaudiendo a quienes
históricamente han perpetuado su tragedia, entregándoles las llaves del futuro
con la ilusión perversa de que el verdugo, esta vez, será compasivo.
Y antes de que los coristas del fanatismo vengan con su
predecible y mediocre cantaleta de "llórelo", sépanlo de una vez: me
importa un culo.
Me importa un culo que me manden a llorar. Porque,
escúchenme muy bien: yo no derramo una sola lágrima por la posible derrota de
mi candidato. Los políticos van y vienen; mi llanto no es por el poder perdido.
Lloro por esta tierra. Lloro por mis compatriotas.
Lloro porque, en un acto de ceguera colectiva que me hiela
el alma, a esta sociedad le pareció muy poca la sangre que ya ha absorbido
nuestra tierra y decidieron que quieren más.
Quieren que la fotosíntesis de nuestros campos ya no se haga
con clorofila, sino con sangre. Con la sangre de sus propios hermanos. Les
parecieron pocos los muertos, los desplazados, las madres buscando a sus hijos
en fosas. Votaron por la garantía de que este país siga bebiendo sangre,
disfrazada ahora de orden y seguridad.
Y fíjense en la miseria moral en la que hemos caído, fíjense
en esta fractura grotesca.
Quedamos divididos exactamente por la mitad. Por un lado, un
50% al que sí le duele su gente. Colombianos a los que nos va bien
económicamente, que jamás nos enriquecimos ni usufructuamos un solo peso del
gobierno de Petro, pero que tenemos la decencia y la humanidad de alegrarnos al
ver que, por fin, por primera vez, el Estado miraba a los más pobres para
tirarles un salvavidas. Eso nos hace hermanos, eso es entender que somos hijos
de la misma tierra.
Pero por el otro lado, de manera francamente repugnante,
tenemos a ese otro 50% al que el dolor del compatriota le importa una reverenda
mierda. Esa mitad que se regodea en el esnobismo del egoísmo, que mira con asco
al que no tuvo suerte, que aplaude que al pobre lo devuelvan al socavón del
olvido simplemente porque les estorba en su paisaje. Qué nivel de indolencia
tan bárbaro.
Y si me preguntan, como psicóloga**, cómo es humanamente
posible este nivel de desprecio, la respuesta no es un simple berrinche
emocional. La respuesta nos la dio hace décadas el gran Ignacio Martín-Baró
desde la psicología social de la liberación, antes de que el fascismo lo
asesinara precisamente por decir la verdad y desnudar estas miserias.
Lo que estamos viendo en esa mitad del país no es una simple
diferencia de opiniones; es el triunfo macabro de lo que Martín-Baró llamó la
"militarización de la mente". Décadas de guerra y de discursos de
odio han logrado que esta sociedad internalice la lógica del combate en su
cotidianidad.
Para esa mitad de colombianos, el pobre, el joven que no
tiene futuro, el campesino desplazado o el que sale a protestar ya no es un
compatriota, ya no es un hermano: es el enemigo. Y en la mente militarizada, al
enemigo no se le comprende, no se le ayuda, ni se le tiene empatía; al enemigo
se le aniquila, se le da "de baja" y se le borra del mapa para que no
incomode.
Ese 50% vive inmerso en una mentira institucionalizada.
Martín-Baró explicaba perfectamente cómo el sistema logra que la opresión y la
miseria extrema se vean como algo natural, como un castigo merecido para el que
"no se esforzó".
Para que no te duela la tragedia ajena, primero tienes que
haber deshumanizado por completo al otro. Tienes que haberte convencido de que
su vida vale menos que la tuya. Ese 50% no es que esté ciego; es que su psique
está estructurada sobre el egoísmo, sobre un clasismo tan arraigado que el
sufrimiento del excluido les parece parte del paisaje. Nos enseñaron a odiar al
oprimido y a idolatrar al opresor, y lo hicieron tan bien, que hoy la mitad de
Colombia lo celebra en las urnas.
Y para rematar, sumándole a esta desgracia lo que escupió
ese señor, ese asqueroso falso mesías, diciendo que al que salga a oponerse o
haga un bloqueo "le va a dar de baja". ¿Dar de baja por protestar?
Entonces coman mierda. Sí, hoy se los digo de frente: ¡coman mierda! Qué nivel
de cinismo y de violencia tan asquerosa.
Y que quede claro que hoy hablo desde la emoción. Que yo sea
psicóloga no significa que esté forrada en papel contact y carezca de
sentimientos. Soy una colombiana a la que le duele su pueblo.
Hoy, subiendo a la finca de mi mamá, veía a todos esos
soldados en la vía. Muchachos de 19, 20 o 21 años... Yo tengo 43, y para mí,
ellos son niños. Niños a los que sus madres van a tener que entregar a la
guerra porque no tuvieron la capacidad económica ni las oportunidades para
estudiar una carrera, y no les quedó más remedio que meterse al ejército. Ver
que a esos niños son a los que van a mandar a matar y a morir, me destroza.
Siéntanse muy orgullosos de eso, ultraderechistas. Y ya me
empezaron a escribir en las redes, con su tonito de burla, a decirme que
"Abelardo es mi presidente". No se equivoquen. Será el presidente de
ustedes, el domador de su circo, pero mío no es.
Pero que quede algo absolutamente claro, sin medias tintas:
háganse cargo. A ustedes, los paladines de la ultraderecha, a los defensores de
la mano dura que hoy celebran: asuman la paternidad de su asquerosa criatura.
Cuando la violencia se recrudezca, cuando el discurso de
odio se convierta en política de Estado, cuando la desigualdad los asfixie y el
plomo sea la única respuesta a la crisis, les exijo la madurez de no mirar para
otro lado.
Ustedes eligieron este abismo. Ustedes firmaron el cheque en
blanco. Tengan la decencia de asumir las consecuencias sin hacerse las
víctimas.
Me duele Colombia. Me duele en las entrañas ver cómo nos
negamos a sanar, prefiriendo siempre reabrir la herida. Qué tragedia tan
infinita ser el país que, teniendo todo para florecer, elige siempre abonar sus
campos con su propia desgracia.
**
Este texto fue tomado del perfil FB de Jairo Osorio, su autoría se le asigna
(sin confirmación) a Lina M. Ramírez; sin embargo, La Conversa de Fin de Semana
suscribe cada una de las afirmaciones aquí suscritas.


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