LA VITRINA DE LA CONVERSA

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lunes, junio 29, 2026

NO ES HORA DE BUSCAR CULPABLES, ES HORA DE LA UNIDAD Y LA LUCHA INTELIGENTE *

 

En la imagen: Carlos Gallego / Historiador - Analista político

Por: CARLOS MEDINA GALLEGO 

El futuro no se construye alimentando resentimientos ni buscando culpables. Se construye preservando la dignidad, fortaleciendo la unidad y manteniendo la coherencia ética incluso en los momentos más difíciles

Las derrotas electorales suelen revelar tanto el carácter de los adversarios como el de los propios. Mientras unos celebran con euforia, otros caen en la tentación de buscar culpables internos, señalar responsables individuales y convertir la frustración en una disputa fratricida.

Esa reacción, comprensible desde la emoción, resulta profundamente equivocada cuando sustituye el análisis político por la descalificación personal. Hoy, más que nunca, el progresismo colombiano necesita inteligencia estratégica antes que impulsos vengativos.

En los días posteriores a la segunda vuelta presidencial han aparecido voces empeñadas en responsabilizar al candidato Iván Cepeda Castro por el resultado electoral. Como ocurre casi siempre después de una contienda difícil, algunos consideran más sencillo construir un chivo expiatorio que realizar una evaluación seria de las condiciones objetivas y subjetivas en las que se desarrolló la campaña. Se trata de una respuesta que, lejos de fortalecer al movimiento, amenaza con fragmentarlo precisamente cuando más necesita cohesión.

Quienes hoy buscan responsables parecen olvidar la magnitud del desafío que enfrentó la candidatura progresista. No se trató de una competencia desarrollada en condiciones de equilibrio político, económico y mediático. Fue una campaña atravesada por enormes asimetrías de recursos, por una intensa polarización ideológica, por poderosos intereses económicos comprometidos con el resultado y por un ambiente de confrontación que redujo los espacios para un debate sereno sobre los programas de gobierno.

En ese contexto, reducir el resultado electoral a las supuestas limitaciones de un candidato constituye una simplificación que desconoce la complejidad propia de toda competencia democrática. Ninguna elección presidencial depende exclusivamente de una persona. Intervienen factores estructurales, dinámicas territoriales, comportamientos históricos del electorado, campañas de comunicación, recursos financieros, alianzas políticas, agendas mediáticas y múltiples circunstancias imposibles de condensar en una sola explicación.

Los números, además, ofrecen una lectura muy distinta de la que proponen quienes hablan de un supuesto fracaso. Entre la primera y la segunda vuelta, el proyecto progresista logró incorporar cerca de tres millones de nuevos votos. Se trata de un crecimiento extraordinario en apenas unas semanas, alcanzado sin renunciar a los principios fundamentales que han caracterizado a este proyecto político: la defensa de la vida, la justicia social, la paz, la inclusión, la protección de los derechos fundamentales y la consolidación de un Estado comprometido con el interés general.

¿Puede calificarse como un fracaso un movimiento político capaz de convocar a millones de ciudadanos adicionales en tan corto tiempo? Difícilmente. Las derrotas existen, por supuesto, pero una derrota electoral no equivale necesariamente a un fracaso político. Hay campañas que pierden elecciones mientras consolidan proyectos históricos, amplían su base social y construyen las condiciones para futuras victorias. También existen triunfos electorales que terminan siendo derrotas políticas cuando quienes llegan al poder carecen de un horizonte ético o de una propuesta capaz de transformar la sociedad.

La historia política demuestra que las grandes transformaciones raramente avanzan en línea recta. Son procesos acumulativos, llenos de avances, retrocesos, aprendizajes y reorganizaciones. Quienes pretenden convertir cada elección en un juicio definitivo desconocen la naturaleza misma de la construcción democrática.

Resulta igualmente preocupante el tono de algunas críticas internas. En lugar de preguntarse qué enseñanzas deja el proceso electoral, ciertos sectores parecen más interesados en identificar responsables, ajustar cuentas personales o disputar espacios de liderazgo. Esa lógica del canibalismo político ha debilitado históricamente a numerosas fuerzas progresistas en América Latina. Muchas veces el adversario externo no consigue destruir aquello que finalmente termina erosionándose desde dentro.

La política democrática exige debate, autocrítica y evaluación permanente. Pero existe una diferencia sustancial entre la autocrítica y la búsqueda obsesiva de culpables. La primera fortalece porque identifica errores para corregirlos. La segunda destruye porque transforma las diferencias en enemistades y reemplaza la reflexión por la condena.

Responsabilizar exclusivamente a Iván Cepeda Castro desconoce, además, la forma como asumió la campaña. Su discurso nunca apeló al odio, la estigmatización ni la eliminación simbólica del adversario. Defendió una visión del país basada en la convivencia democrática, la ampliación de derechos, la reconciliación nacional y el respeto por la diversidad política. En una época marcada por la radicalización del lenguaje público, esa actitud constituye un activo democrático y no una debilidad.

Es posible discutir decisiones tácticas, mensajes específicos o estrategias de campaña. Toda campaña es perfectible. Pero convertir esas discusiones legítimas en un juicio político contra quien encabezó el proyecto solo beneficia a quienes desean un progresismo dividido, enfrentado y debilitado.

El verdadero desafío consiste en comprender qué expresó la ciudadanía mediante su voto. Colombia continúa siendo un país profundamente polarizado, atravesado por visiones distintas sobre el papel del Estado, la economía, la seguridad, la justicia social y los derechos ciudadanos. Ningún sector puede pretender representar por sí solo la totalidad del país. Precisamente por eso resulta indispensable construir mayorías sociales más amplias, capaces de dialogar con sectores que todavía observan con desconfianza al progresismo.

Esa tarea exige generosidad política. Exige abandonar los círculos cerrados, escuchar con atención a quienes piensan distinto y ampliar las capacidades de interlocución con nuevos actores sociales, empresariales, académicos, culturales y territoriales. No se construyen mayorías mediante la exclusión de quienes ya hacen parte del proyecto, ni mucho menos mediante la descalificación pública de sus dirigentes.

La unidad nunca ha significado uniformidad. Todo proyecto democrático saludable convive con diferencias internas. Sin embargo, esas diferencias deben tramitarse mediante mecanismos de deliberación respetuosa, no mediante campañas de desprestigio o acusaciones simplistas que terminan debilitando la confianza colectiva.

Más que preguntarse quién perdió la elección, el progresismo debería preguntarse qué país logró construir durante estos años y cuáles son las bases sociales que hoy sostienen su proyecto histórico. Millones de colombianos continúan identificándose con una agenda que prioriza la defensa de la vida, la protección del medio ambiente, la inclusión social, la igualdad de oportunidades, la educación pública, la salud como derecho y la construcción de paz. Ese capital político no desaparece por un resultado electoral. Al contrario, constituye el punto de partida para una nueva etapa de acumulación democrática.

Las sociedades cambian lentamente. Las culturas políticas se transforman mediante procesos prolongados de organización, pedagogía y participación ciudadana. La impaciencia nunca ha sido una buena consejera en política.
Por eso resulta indispensable rechazar los falsos triunfalismos, pero también las narrativas derrotistas que presentan el resultado electoral como una catástrofe irreversible.

Ni unos ni otros ayudan a comprender el momento histórico. Lo que corresponde ahora es fortalecer la organización, ampliar las alianzas, renovar los liderazgos sin destruir los existentes y consolidar una propuesta nacional todavía más incluyente.

El progresismo colombiano no necesita tribunales internos para condenar a quienes dieron la batalla democrática. Necesita inteligencia colectiva para interpretar las lecciones de esta elección y convertirlas en oportunidades de crecimiento.

El futuro no se construye alimentando resentimientos ni buscando culpables. Se construye preservando la dignidad, fortaleciendo la unidad y manteniendo la coherencia ética incluso en los momentos más difíciles. Porque, al final, las victorias más profundas no siempre coinciden con los resultados inmediatos de las urnas. Algunas comienzan precisamente cuando una fuerza política es capaz de aprender sin destruirse, de corregir sin dividirse y de seguir caminando con la convicción de que la defensa de la vida, la esperanza, la inclusión y la reconciliación continúa siendo una causa que vale la pena sostener.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

miércoles, junio 24, 2026

La revolución ética desde lo local

 

Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-

De lo que se trata es de la construcción, desde los municipios, de una revolución ética que no necesita pedir permiso porque ya está ocurriendo en los territorios donde la comunidad decide su destino con honestidad

Las pasadas elecciones presidenciales de Colombia, en las que se enfrentaron los candidatos Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, además del pulso entre dos candidaturas diametralmente diferentes, fue la manifestación más evidente de la fractura que divide la sociedad colombiana.

Los resultados numéricos de cada una de las propuestas políticas enfrentadas sirven para evidenciar la existencia de dos grandes visiones de la realidad. Por un lado, una que entiende el bienestar social, la colaboración comunitaria y la justicia como ejes irrenunciables del desarrollo; por el otro, una cosmovisión que exalta el individualismo, la acumulación sin límites y se acomoda sin rubor en todos los gobiernos que han concentrado la riqueza en una minoría mientras siembran dificultades para las mayorías.

Al hacer un primer examen de los resultados finales alcanzados por las candidaturas en competencia es posible afirmar que, el estrecho margen que dio la victoria a la ultraderecha no puede leerse como una derrota definitiva;  debe interpretarse como la confirmación de que en Colombia coexisten dos países, en apariencia irreconciliables, que poderosas fuerzas (ahora ya no tan ocultas) se empeñan en preservar en estado de enfrentamiento, para mantener el estado de cosas anterior al arribo de la izquierda al poder. De igual manera, la cantidad de votos alcanzada por la candidatura de Cepeda y Quilcué, se presenta como la prueba de que el país de la solidaridad crece y está lejos de ser residual.

En este particular momento de la historia, en el que los poderosos han demostrado cómo, la manipulación mediática y la profunda infiltración de sus agentes políticos y judiciales en las instancias clave de decisión administrativa, judicial y electoral pueden lograr que grandes sectores de estratos medios y bajos de la sociedad se crean el relato de que ellos y ellas también hacen parte de una élite que impuso el “Todo Vale” y del “enemigo interno”, Colombia necesita más que nunca, una revolución ética, que tenga como  punto de partida a los municipios, en un escenario político que esté lejos de las peligrosas alianzas que desdibujan el alma del cambio y la justicia social.

Aung San Suu Kyi ya había señalado la anterior idea con una lucidez que sirve para describir el momento que vive Colombia, al afirmar que: “La auténtica revolución es la del espíritu, nacida del convencimiento de que es necesario cambiar las actitudes mentales y los valores que dan forma al progreso del desarrollo de una nación. [...] Se necesita la decisión unánime de perseverar en la lucha, de sacrificarse en nombre de las virtudes permanentes, de resistir las influencias corruptoras del deseo, la mala fe, la ignorancia y el miedo”.

Esta cita, que el filósofo Francesc Torralba usó para presentar su texto: La Revolución Ética, resulta precisa para señalar que, en las actuales sociedades, la única forma de evitar el abismo es plantear la ética como una brújula necesaria, demostrando, de paso, que el modelo que defiende De la Espriella no necesita cambiar actitudes mentales; se alimenta de las influencias corruptoras del deseo, la mala fe y el miedo. Sin embargo, frente a un gobierno de ultraderecha, absolutamente amoral, no basta la indignación, ya que, como Torralba lo advierte: la indignación, como respuesta natural a la injusticia, es estéril si no deviene compromiso. Y es precisamente ese salto (de la rabia a la construcción) lo que está en juego hoy en Colombia.

Frente a esta alternativa política – filosófica – vivencial, Iván Cepeda, en su lúcido planteamiento sobre la revolución ética en Colombia ha señalado que nuestra Constitución y los tratados internacionales consagran principios que son, al mismo tiempo, un logro de la resistencia colectiva y una deuda humillante. En tal sentido, Cepeda advierte que la vida debe defenderse ante toda violencia y que la equidad social es un derecho fundamental, toda vez que la desigualdad se ensaña con los mismos de siempre. De igual manera, Cepeda continúa indicando que una propuesta de gobierno ético debe tener como principios fundamentales: el hecho de que las mujeres deben ocupar espacios decisorios y que la naturaleza es nuestra casa común.

Resulta claro que estos principios han sido verdaderamente transformadores solo cuando activaron el poder constituyente de la sociedad, cuando miles de organizaciones, lideresas, defensores del ambiente y del trabajo digno los movilizaron con desobediencia civil y compromiso democrático. Esa movilización ha sido la semilla de la revolución ética que se necesita en Colombia: un cambio que no solo repudie la deshumanización, sino que reencuentre el sentido profundo de nuestra humanidad compartida.

La Colombia que votó por Cepeda representa un acumulado histórico de estos avances en la revolución ética que ya había hecho posible la gesta del gobierno de Gustavo Petro, a pesar de los hierros y desaciertos cometidos en este primer intento de Cambio. Para avanzar sobre lo avanzado se requiere una estrategia distinta: dejar de mirar exclusivamente el escenario nacional como campo de batalla inmediato y sembrar la revolución ética en el territorio más concreto, el municipio, de modo que, las elecciones locales sean la oportunidad de pasar de la resistencia a la construcción de pequeñas comunidades morales que, como señala Torralba, actúan como “reducto y salvaguarda de la ética en medio de los tiempos más convulsos”.

Desde esta perspectiva, la mejor manera de generalizar la ética en la sociedad colombiana es multiplicar los ejemplos locales de gobierno eficiente, pero, sobre todo decente, de administración comunitaria de lo público, de ciudadanía activa que haga retroceder la corrupción.

Esta revolución ética que se propone para los municipios debe partir de una premisa que es también una renuncia: la izquierda debe abandonar la lógica de las alianzas con los sectores tradicionales, puesto que estas alianzas no solo han sido electoralmente calculadas, sino que han resultado éticamente suicidas. Las ciudadanías decentes han aprendido a distinguir entre la ética discursiva de cara a las elecciones y la ética coherente con todos los detalles, la que habla de derechos y deberes. Así, Una izquierda que pacta con maquinarias corruptas para ganar alcaldías o gobernaciones está cavando su propia tumba moral.

Lo que se necesita no es un simple recambio de caras en el poder local, sino una transformación de la cultura política que, como dice Torralba, requiere un cambio de paradigma. Eso implica que los movimientos alternativos presenten candidaturas propias, orgánicamente vinculadas a las luchas del territorio, con programas de gobierno que hagan de la transparencia, la participación y la rendición de cuentas el centro de la vida ciudadana.

Esa autonomía no es fundamentalismo, es fidelidad al principio más elemental de la revolución ética: el poder solo se transforma si se ejerce con virtudes permanentes, como un primer paso para construir una red de municipios en donde el poder del ciudadano, además de exigir transparencia, sea capaz de castigar la corrupción con su decisión diaria. Esos municipios no esperarían el permiso de Bogotá para construir paz territorial: serían comunidades morales que demuestran, en la práctica, que otra Colombia es posible.

Pero para que esto suceda, debemos superar el derrotismo que ve en el ascenso de la ultraderecha una fatalidad. Los avances alcanzados bajo el gobierno del Pacto Histórico han hecho emerger valores que estaban ocultos como la solidaridad intrafamiliar, comunitaria, gremial, de género. Esa solidaridad, que no es mera resistencia, es el material del que está hecha la revolución ética. En este orden de ideas, no se parte de cero, se continúa con el acumulado histórico del movimiento social que hizo posible el actual gobierno progresista. No se trata de inventar la rueda, sino de articular lo disperso, de dotarlo de un relato común y de una voluntad inclaudicable de no repetir los errores del pasado.

La auténtica revolución, recordaba Suu Kyi, requiere una decisión unánime de perseverar. La decisión está tomada, pero debe ser comunicada con claridad: no se va a construir una Colombia gobernada por la ultraderecha del individualismo depredador, pero tampoco se va a entregar la dignidad de las fuerzas realmente progresista a las alianzas que negocian principios por migajas de poder. De lo que se trata es de la construcción, desde los municipios, de una revolución ética que no necesita pedir permiso porque ya está ocurriendo en los territorios donde la comunidad decide su destino con honestidad, donde la juventud rechaza la corrupción como forma de vida y donde las víctimas son restituidas en su verdad.

miércoles, junio 03, 2026

La aritmética de la esperanza *

 

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Por qué Iván Cepeda tiene las mejores posibilidades de ganar la segunda vuelta

Colombia votó el 31 de mayo. Y los números que dejó esa jornada no son simple estadística electoral. Son el retrato más preciso y descarnado de un país dividido, de dos proyectos de nación que se miran a los ojos y que el 21 de junio deberán dirimir, en las urnas, cuál de los dos tendrá el derecho de gobernar durante los próximos cuatro años.

Veamos primero la fotografía completa. De los más de 41 millones de colombianos habilitados para votar, 23.976.235 acudieron a las urnas, una participación del 57,88%: la más alta desde que existe la figura de la primera vuelta presidencial. Ese dato, por sí solo, merece una pausa. Colombia, históricamente resignada y apática, acudió a votar de manera masiva. Algo estaba en juego y millones de ciudadanos lo percibieron.

La aritmética como punto de partida

Abelardo de la Espriella obtuvo 10.361.413 votos (43,74%). Iván Cepeda alcanzó 9.688.245 (40,90%). La diferencia entre ambos fue de 673.168 votos, una cifra que parece amplia hasta que se pone en perspectiva frente al caudal electoral que permanece disponible para la segunda vuelta.

Paloma Valencia obtuvo 1.639.668 votos. Sergio Fajardo, 1.009.045. Los votos en blanco sumaron 406.830 y los no marcados, 47.586. El resto de candidatos —Claudia López, Raúl Botero, Óscar Lizcano y otros— acumuló aproximadamente 800.000 sufragios adicionales.

La suma de ese universo disponible supera los 3,9 millones de votos. Es decir, hay casi seis veces la diferencia registrada en la primera vuelta flotando en el espacio político y esperando definir su destino el próximo 21 de junio.

La pregunta decisiva no es cuántos votos hay disponibles. La pregunta es hacia dónde fluirán. Y para responderla hay que abandonar la aritmética y entrar en la sociología, la psicología política y la lógica más profunda del momento histórico que vive Colombia.

El techo de la ultraderecha y el piso del centro

Comencemos por lo que los datos permiten inferir con mayor claridad. Paloma Valencia, una de las candidaturas del uribismo, obtuvo el 6,92 % de la votación. Para el partido fundado por Uribe, se trata de un resultado claramente decepcionante.

La conclusión que surge es políticamente reveladora: el electorado tradicional del Centro Democrático no respaldó a Paloma Valencia y terminó apoyando a De la Espriella, la otra candidatura del uribismo. Lo que evidencia que la mayoría uribista se concentró desde la primera vuelta en la opción que percibía como más competitiva dentro de ese sector.

Esto significa que De la Espriella ya habría capturado, en primera vuelta, el electorado uribista, además de sectores del tradicionalismo político de las regiones y sus maquinarias corruptas. Su votación de 10,3 millones podría representar una base cercana a su potencial máximo de crecimiento. Para ampliarla necesitaría atraer votantes del centro. Y es precisamente allí donde aparecen sus mayores dificultades.

En este punto entra en juego lo que la ciencia política denomina identidad negativa: la capacidad de un candidato para cohesionar a sus adversarios no por sus propias virtudes, sino por el rechazo que genera. De la Espriella ha construido su campaña sobre la estridencia, el lenguaje soez de su retórica que moviliza a su base, pero que también genera resistencia irreconciliable en sectores moderados.

El centro se mueve hacia Cepeda

Las señales provenientes del centro político son significativas. Claudia López ha declarado que no apoyará a De la Espriella. Sergio Fajardo ha manifestado su disposición a participar activamente en la definición de la segunda vuelta, lo que, en el lenguaje político colombiano, indica que buscará influir en la orientación de sus votantes. Roy Barreras y Daniel Oviedo han emitido mensajes que apuntan en una dirección similar.

Oviedo, aunque proviene de sectores vinculados al Centro Democrático, ha sostenido posiciones de centro y libertades individuales que lo acercan más a posturas moderadas que a los sectores más conservadores representados por De la Espriella.

El millón de votos obtenido por Fajardo corresponde, en gran medida, a un electorado urbano, educado, que valora la institucionalidad, rechaza la corrupción y suele desconfiar tanto de los autoritarismos de derecha como de los populismos de cualquier signo. Ese segmento electoral es proclive a encontrar razones éticas y pragmáticas para inclinarse hacia la candidatura del Pacto Histórico.

Por su parte, los 406.830 votos en blanco no representan una simple indiferencia. Constituyen una expresión política de inconformidad frente a las opciones disponibles. Sin embargo, en una segunda vuelta la pregunta cambia: ya no es "¿cuál me convence?", sino "¿cuál me genera menos rechazo?" o, más profundamente, "¿cuál representa un menor riesgo para el país que considero deseable?". Desde esa lógica, una parte de ese electorado podría reconsiderar su posición.

De la Espriella promete: un programa de demolición

La mejor campaña que podría hacer Iván Cepeda en estas próximas tres semanas es, paradójicamente, permitir que De la Espriella exponga con claridad sus propuestas. Porque lo que el candidato de “Defensores de la Patria” ha anunciado como programa de gobierno constituye, en términos de impacto social, una de las plataformas más regresivas presentadas en la historia reciente del país.

Anuncia “setenta” decretos para el primer día de gobierno. El número ya constituye una demostración de concentración del poder. Su contenido resulta aún más polémico.

Entre las propuestas anunciadas figuran la eliminación de los procesos de paz y de la JEP; la derogatoria de medidas asociadas al salario vital; la reversión de incrementos salariales otorgados durante el actual gobierno; la revisión de los avances alcanzados en materia de reforma agraria; y la eliminación de programas de apoyo pensional para adultos mayores…

Cada una de esas iniciativas tendría efectos concretos sobre millones de ciudadanos. Sus defensores las consideran correcciones necesarias; sus detractores las interpretan como retrocesos en materia de derechos sociales. En cualquier caso, se trata de medidas que tendrían profundas consecuencias económicas, jurídicas y sociales.

La psicología del votante y la lógica del cambio de conciencia

Marx formuló una tesis que buena parte de la sociología contemporánea ha estudiado extensamente: no es la conciencia la que determina el ser social, sino el ser social el que condiciona la conciencia.

Traducido al lenguaje electoral, esto significa que cuando las condiciones materiales de vida cambian, también cambian las percepciones políticas de las personas.

Durante cuatro años de gobierno progresista, millones de colombianos experimentaron transformaciones concretas. Campesinos que recibieron títulos de propiedad. Adultos mayores que comenzaron a recibir apoyos económicos. Jóvenes que accedieron a la educación superior pública. Familias rurales que vieron llegar servicios que antes no existían. Comunidades que percibieron reducciones en los niveles de violencia.

Esas experiencias no son simples discursos. Son hechos que se incorporan a la memoria de las personas. Y la posibilidad de perderlas activa un fenómeno ampliamente estudiado por la psicología social: la aversión a la pérdida. Los seres humanos suelen reaccionar con mayor intensidad ante la posibilidad de perder un beneficio existente que ante la expectativa de obtener uno nuevo.

Lo que Cepeda debe hacer en estas tres semanas

La ventaja estructural que algunos analistas identifican en el universo de votos disponibles no se convierte automáticamente en victoria. La política no funciona como la física. Los votos no se desplazan por gravedad hacia donde indican los cálculos. Deben ser convocados, persuadidos y movilizados.

La campaña del Pacto Histórico enfrenta tres tareas fundamentales. La primera: comunicar con claridad los resultados concretos obtenidos durante el gobierno del Cambio, traducidos en experiencias reales y comprensibles para la ciudadanía. La segunda: explicar con precisión cuáles serían las consecuencias de las propuestas planteadas por su adversario. Y la tercera: tender puentes hacia los votantes de Fajardo, Claudia, el voto en blanco y el abstencionista, reconociendo sus preocupaciones legítimas sin renunciar a la narrativa del cambio.

Claudia López ha pedido correcciones a la campaña de Cepeda. Interpretado desde una perspectiva estratégica, ese mensaje puede verse más como una oportunidad de diálogo que como una amenaza política. La inteligencia política consiste en escuchar esas señales y responder con hechos.

El espejo de la historia y la razón del bien colectivo

Colombia tiene una larga tradición de frustraciones históricas. Gaitán fue asesinado antes de llegar al poder. La Unión Patriótica fue exterminada. El proceso de paz del Caguán terminó fracasando. En 2016, el plebiscito sobre los acuerdos de paz fue derrotado en medio de una intensa controversia pública sobre la información difundida durante la campaña.

Pero la historia también muestra otro patrón: cuando amplios sectores de la ciudadanía han logrado mirar críticamente su realidad y actuar desde la reflexión más que desde el miedo, el país ha abierto nuevos caminos políticos.

En 2022 ocurrió uno de esos momentos. El 21 de junio será una nueva prueba sobre la dirección que los ciudadanos desean para el país.

La candidatura de Iván Cepeda, como cualquier otra, no está exenta de críticas, limitaciones o contradicciones. Sin embargo, para sus partidarios representa la continuidad de un proyecto que comenzó a intervenir algunas de las causas estructurales de la desigualdad colombiana. Representa la posibilidad de consolidar reformas ya iniciadas y de profundizar transformaciones sociales que consideran necesarias.

La aritmética, la sociología y la psicología política ofrecen argumentos que sus simpatizantes consideran favorables para sus posibilidades electorales. Lo que resta por determinar es si esas condiciones potenciales se traducirán efectivamente en votos el próximo 21 de junio.

Porque, al final, ningún análisis sustituye la decisión ciudadana. Serán millones de colombianos quienes determinen, una vez más, cuál consideran que debe ser el rumbo del país y qué futuro desean construir para las próximas generaciones.

 

* La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

miércoles, mayo 27, 2026

La conciencia llega a las urnas *

 

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

La conciencia, cuando despierta, no pide permiso. Solo necesita una oportunidad. Y las oportunidades históricas, como los pueblos que se atreven a cambiar, no aparecen dos veces con facilidad.

Colombia llega a la elección presidencial como llegan los pueblos cuando sospechan que la historia puede cambiar: cansada, polarizada, confundida, pero peligrosamente despierta.

Durante generaciones le enseñaron al país que la pobreza era una falla moral, que la desigualdad era consecuencia natural del talento y que los privilegios heredados eran poco menos que una prueba visible de bendición divina. Enseñaron que protestar era vergonzoso o peligroso, que pensar demasiado podía resultar subversivo y que cualquier intento serio de redistribuir dignidad debía ser tratado como una amenaza comunista capaz de destruir la civilización occidental, la familia tradicional y, probablemente, hasta las arepas del desayuno.

Y lo impresionante es que funcionó.

Pocas máquinas ideológicas han sido tan eficaces como la colombiana. Durante décadas convirtió la resignación en virtud, la obediencia en prudencia y el miedo en identidad nacional. El país aprendió a desconfiar del vecino pobre que protesta, pero jamás del político que lleva décadas robándose el presupuesto. Aprendió a temerle más al estudiante que marcha que al empresario que financia el crimen.

Y en medio de ese proceso surgió una de las construcciones más sofisticadas del capitalismo moderno: el pobre de derecha.

Parece una contradicción absurda, casi una ironía sociológica. Pero en realidad es una de las victorias ideológicas más profundas y duraderas del capitalismo contemporáneo. El sociólogo brasileño Jessé Souza explica por qué amplios sectores populares terminan defendiendo precisamente el sistema que los mantiene atrapados en la precariedad. Y la respuesta resulta inquietante por su sencillez: la explicación no está solamente en la economía. Está, sobre todo, en la conciencia.

Al pobre de derecha no solo le arrebataron recursos materiales. Le despojaron algo mucho más importante: la conciencia de clase. Le enseñaron a no verse como trabajador, aunque a diario venda su fuerza de trabajo. A no asumirse como asalariado, aunque dependa de un sueldo para sobrevivir. A no reconocerse como explotado, aunque viva endeudado, precarizado y permanentemente al borde del colapso económico. Él se auto percibe como un millonario temporalmente atrapado en la pobreza. Como buen siervo con ambiciones, le prometieron que algún día llegará a la cima, siempre y cuando jamás cuestione la existencia de esa cima.

Ahí reside el núcleo del problema. Los dueños del sistema no necesitan que el oprimido defienda activamente su opresión: basta con convencerlo de que su enemigo no es quien concentra el poder y la riqueza, sino otro pobre igual que él. El que protesta. El que reclama derechos. El sindicalista. El estudiante. El campesino organizado. El que piensa distinto.

Entonces repite frases prefabricadas como si fueran verdades reveladas: "el pobre es pobre porque quiere", "todo es cuestión de esfuerzo", "reclamar dignidad es resentimiento social". Guiones diseñados con esmero por quienes sí poseen capital, poder mediático y capacidad de heredar privilegios.

Pierre Bourdieu sostenía que el poder más eficaz no es el que se impone por la fuerza, sino aquel que consigue que los dominados perciban su propia dominación como algo natural. Colombia perfeccionó esa pedagogía del sometimiento con una disciplina histórica. Aquí, el campesino desplazado aprendió a agradecer las migajas del mismo sistema que le arrebató la tierra; el trabajador precarizado, a repetir discursos sobre meritocracia mientras sobrevive con salarios incapaces de garantizar dignidad.

Entretanto, ciertos conglomerados empresariales descubrieron una forma singularmente patriótica de amar al país: evadir impuestos mientras pronuncian conferencias sobre responsabilidad social en auditorios climatizados.

El modelo económico del miedo.

Y mientras tanto, Colombia sangraba. Sangraba en las montañas, en las comunas y en las periferias donde la guerra dejó de ser noticia porque se convirtió en paisaje cotidiano. Guerrillas, paramilitares, narcotraficantes y sectores corruptos del Estado construyeron una economía del miedo extraordinariamente rentable. La guerra desplazó campesinos para expandir latifundios. Justificó presupuestos infinitos. Enriqueció contratistas, políticos regionales y empresarios que aprendieron a convertir el caos en oportunidad financiera.

Naomi Klein llamó a eso "capitalismo del desastre": sociedades traumatizadas que terminan aceptando estructuras profundamente injustas porque sobreviven demasiado cansadas para rebelarse. Colombia se cansó de los muertos. Se cansó de las masacres convertidas en estadísticas. Se cansó de escuchar que el futuro siempre llegaría después, en otro gobierno, en otra generación.

Entonces empezó a ocurrir algo inesperado: millones de ciudadanos comenzaron a sospechar que el problema no era únicamente quién administraba el país, sino el país mismo que había sido administrado durante doscientos años bajo los mismos parámetros, con los mismos beneficiarios y las mismas víctimas.

Y ahí apareció la fractura histórica que hoy divide a Colombia. Dos países distintos respirando dentro del mismo territorio.

El primero ya lo conocemos demasiado bien. Es el país donde el apellido pesa más que el talento. Donde la tierra sigue concentrada como en tiempos coloniales. Donde las élites hablan de libertad mientras financian ejércitos privados para proteger privilegios heredados. Ese país todavía existe: se sienta en ciertos directorios empresariales y en clubes sociales donde la palabra "pueblo" se pronuncia con el mismo tono con que se menciona una plaga agrícola. Sobrevive en políticos que llaman "resentimiento social" al simple hecho de que millones de personas quieran vivir con dignidad. Es un país viejo. No por la edad de sus instituciones, sino por el agotamiento moral de sus ideas.

Pero existe otro país. Uno todavía incompleto, contradictorio y frágil. El país de los jóvenes que entienden que el progreso no consiste en producir más millonarios sino en producir más ciudadanos con derechos. El de las mujeres que ya no están dispuestas a pedir permiso para existir políticamente. El de los campesinos que reclaman la tierra sin pagar con su sangre el derecho a cultivarla. El de las comunidades indígenas y afrodescendientes que, desde hace siglos, sostienen con su cultura, su memoria y su trabajo buena parte de la nación, mientras luchan todavía contra el racismo estructural y el olvido impuesto desde el poder.

Ese otro país que inició en 2022 no representó solamente una alternancia electoral. Fue, sobre todo, una fractura simbólica. Por primera vez en la historia contemporánea de Colombia, un proyecto político progresista llegó al gobierno nacional cuestionando abiertamente las bases del modelo neoliberal que había administrado el país durante décadas.

Pese al déficit fiscal, al cerco institucional, a la oposición mediática permanente y a los bloqueos legislativos, ese gobierno empezó a tocar intereses estructurales: distribuir tierra entre campesinos históricamente despojados, disputar el modelo mercantil de la salud, garantizar ingresos mínimos para adultos mayores excluidos del sistema y reabrir conversaciones de paz en una sociedad que aprendió a convivir con la guerra hasta volverla rutina.

Karl Marx escribió una frase que sigue incomodando a quienes prefieren creer que la desigualdad es fenómeno natural: "No es la conciencia del hombre lo que determina su ser social. Es su ser social lo que determina su conciencia." No basta pedirle a la gente que piense distinto mientras continúe viviendo bajo las mismas condiciones materiales de exclusión y precariedad. No es cambiar primero la mentalidad para transformar el mundo. Es transformar el mundo para que cambie la mentalidad.

Cuando el campesino recibe tierra, su relación con el Estado cambia. Cuando el joven accede a la universidad pública, su percepción sobre lo posible cambia. Cuando el adulto mayor recibe una ayuda económica que antes no existía, su confianza en que el país también es suyo cambia. Ocurre algo más poderoso que una reforma administrativa. Ocurre una transformación cultural. La conciencia social empieza a moverse.

Y eso, exactamente eso, produce terror en las viejas estructuras de poder.

Porque cada vez que Colombia se aproxima a la posibilidad de transformarse, los guardianes del orden tradicional desempolvan su repertorio favorito: el miedo al caos, el fantasma del comunismo, el colapso económico inminente y esa curiosa teoría según la cual los pobres deben seguir siendo pobres para garantizar la estabilidad democrática. Y reclutan, con eficacia probada, al pobre de derecha para que defienda en las calles y en las urnas el sistema que lo mantiene donde está.

Resulta conmovedor observar a ciertos multimillonarios defender la libertad con lágrimas en los ojos justo cuando alguien propone cobrarles impuestos. La sátira en Colombia tiene una dificultad enorme: competir con la realidad.

El 31 de mayo no será solamente una elección. Dado el escenario político actual y las mediciones que apuntan a una definición en primera vuelta, será algo más urgente y más profundo: una radiografía moral del país. Será la medida de hasta dónde ha llegado ese proceso lento, imperfecto e irreversible de recuperación de la conciencia de clase. Será la respuesta a una pregunta que lleva décadas flotando sobre Colombia: ¿Cuántos colombianos han logrado distinguir entre sus enemigos reales y los enemigos que les fabricaron para que no miraran hacia arriba?

Colombia tendrá que decidir entre dos maneras radicalmente distintas de entender la vida colectiva: entre el país que convirtió la desigualdad en costumbre y el país que empieza a creer que la dignidad no debería ser un privilegio. Entre la paz y la guerra. Entre el argumento y el insulto. Entre el miedo administrado y la esperanza razonada.

*La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


martes, mayo 26, 2026

“Hay que volver a ser liberales”, dice Samper *

En la imagen: Germán Navas Talero / Jurisconsulto - Excongresista

Por: Germán Navas Talero

Editor: Francisco Cristancho R.

Cepeda tiene buenas intenciones, es un hombre sensato, es un hombre que no lo hemos visto nunca fallarle a la opinión pública.

Gran manifestación se vio el pasado viernes en Bogotá con motivo del cierre de campaña de Iván Cepeda. Impresionante cómo la Plaza de Bolívar estaba llena de tope a tope. Era casi imposible acceder a la tribuna. Allí había gente de todos los estratos y se podía percibir gran fervor por nuestro candidato, a quien felicito y le reitero mi respaldo.

Entre esa inmensa cantidad de personas me encontré al expresidente Ernesto Samper Pizano, quien aprovechó para mofarse de este columnista. Como siempre, él, una persona muy lúcida, hizo una intervención no muy larga, pero sí muy precisa. En ella, lanzó una crítica de lo que están haciendo los directivos de la colectividad con el partido Liberal. Una radiografía de lo que allí está ocurriendo.

Sostuvo allí el expresidente Samper que “hay que volver a ser liberales, pero liberales de verdad”. Eso fue, ni más ni menos, un vainazo para los gaviristas, porque ahí él dio a entender que hay personas que han desvirtuado la razón de ser del partido Liberal. Por lo menos así lo entendí yo; y aun cuando no soy liberal, sí tengo que decir que lo que César Gaviria ha hecho es tirarse ese partido. En eso coincido plenamente con el doctor Samper. Y si Samper no lo dijo así, así lo entendí yo.

En ese cierre había toda clase de gente, y obviamente no faltaron los lagartos de siempre: esos que van a pelechar, esos que solo van a ver qué encuentran y qué lagartean; porque esos no son políticos practicantes, son solo oportunistas.

Ahí también vi a una delegación del partido Verde, -aun cuando sabemos que los menos izquierdistas de este país son ellos-, puesto que vimos lo que hicieron en este gobierno y en todos los demás. Donde usted vea a un verde es porque está buscando chamba. Eso es lo que nos vienen demostrando gobierno tras gobierno. De hecho, ahí hablaron como tres verdes de esos.

Me pregunté entonces… ¿Será que estos se van a quedar verdes toda la vida, o algún día van a madurar políticamente? Porque, si ustedes se fijan, los verdes brincan. Ellos parecen unas ranitas –verdes, además- que se la pasan brincando de un partido a otro. Ejemplo de ello una reconocida señora de esas, que, por brincar tanto, miren hoy dónde está. Y así son la mayoría.

Ahí en la plaza estaban los amayas, los dos verdes: uno, que es gobernador, y el otro senador, o algo así. Ojalá esos verdes no se le metan al gobierno de Iván Cepeda, porque Cepeda tiene buenas intenciones, es un hombre sensato, es un hombre que no lo hemos visto nunca fallarle a la opinión pública. Los que hemos trabajado con Iván sabemos qué valores tiene este futuro presidente de la República.

Pero cuando uno ve tanto verde metido ahí, se sorprende. Los verdes son buenos cuando están escondidos entre el pasto, como las ranas verdes, las que el pasto no las deja ver. Espero que nuestro partido, que es el de nuestro candidato Iván Cepeda, no se nos vaya a verdear, sino que sigamos en la izquierda, donde hemos estado siempre, y donde vamos a seguir. Porque, en el caso de quien esto escribe, ha sido siempre de izquierda, y no se va a cambiar ni por un puesto ni por lo que sea.

De cualquier forma, fue muy buena la concentración del viernes. Mis reconocimientos y mi apoyo sin condiciones ni ambición alguna.

-Cambiando de tema, como dicen los chismosos- Los gringos siguen tratando de meterse en todas partes. Por ahí escuché recientemente a un pizco de esos diciendo que si gana la izquierda en Colombia ellos no van a reconocer ese triunfo. ¿Cuándo estos gringos dejarán de hacer daño? Esos gringos no hacen sino armar problema en todas partes. Ya estarán viendo a quién le mandan una nueva bomba atómica, porque eso es lo que ellos saben hacer: ocasionar tragedias como la que ocasionaron en Hiroshima y Nagasaki, y toda clase de genocidios en el mundo.

En estos días tuve la oportunidad de salir de Colombia, y fui a un proyecto de país -negado quizás en primer debate-. Estuve en su capital, Paramaribo, y tuve oportunidad de ver lo que es la China, lo que es el Japón, y lo que es aquel pronorteamericano y, definitivamente, me sorprendieron los chinos. Ellos son realmente admirables. Póngalos a hacer lo que ustedes quieran y lo hacen. El japonés, póngalo a organizar cosas, y lo organiza. Por el contrario, hay otras culturas, como la gringa, que lo único que parecen pensar es cómo quebrar bancos y hacer el mal a alguien. La peor desgracia de Colombia es estar cerca de los Estados Unidos. Entre más lejos estamos de ellos, mejor vamos a estar en un futuro. Por lo menos así pensamos los que queremos que Colombia sea un país libre. Que no sea un títere más del imperialismo norteamericano.

Muy triste, por ejemplo, lo que ha pasado con Venezuela. Ese país se volvió un botín de los gringos. Ya uno no sabe quién gobierna allá, si gobierna el señor Trampas o si gobierna la tal Delcy Rodríguez, porque a ese país lo desbarataron. Los gringos acabaron con ese país; acabaron con su economía. Pobre Venezuela, se le están robando su petróleo, sus riquezas y todo. ¿Qué otros males querrán hacer los gringos ahora? ¿A qué país pensarán invadir? ¿A quién pensarán bombardear? ¿A qué región mandarán ahora sus bombitas, esas que tienen por ahí guardadas?

Es curioso escuchar las declaraciones de Trampas y las del presidente de Irán. ¡Son tan distintas! Trump dice una cosa hoy, mañana otra y pasado mañana termina haciendo otra muy distinta. Amenaza todos los días y, en realidad, no hace un carajo. Ya ni siquiera se puede mantener de pie. Son tantas las estupideces que dice y que no le caben en la cabeza que quizás su cuerpo ya no la soporta. En cambio, mira uno al gobernante de Irán, y qué precisión cuando habla. Qué concreción cuando va a hacer cargos, y la manera como tiene a su país. Es que lo ha sacado adelante. Lo ha repuesto de todas las vagabunderías que los gringos han querido hacerle, porque a ese país los gringos sí que le han hecho toda clase de males: Le han impuesto sanciones absurdas y todo lo que ustedes quieran imaginar. Todo se lo han hecho a ese país, y ahí está. Es un país firme. Y después de que el Trampas dijo que los había acabado, resulta que en tres meses se repusieron de todos los daños que dijo Donald Trump que les había hecho. Repusieron sus misiles, repusieron todo, y hoy están a la vanguardia en esa parte del mundo.

Esos son países que hay que admirar. A los gringos sí que nos los envuelvan, los empaquen, y se queden todos por allá arriba. Y por favor, señores, cuando se refieran a los gringos no digan que son americanos, porque ustedes aquí en Colombia también son americanos; ellos serán norteamericanos, más no son los dueños de América. Porque da risa cuando escucha que le dicen a uno de esos “un americano”. Resulta que yo soy americano y seguramente quien me está leyendo en estos momentos también es americano. Ellos son norteamericanos, precisémoslo siempre, porque no vamos a permitir regalarles nuestra cuota de América a esos gringos.

Olvidaba decirles que, de mi encuentro con el expresidente Samper Pizano quedó una fotografía, la cual quise incluir. Fotografía que nos tomamos con él y con Deisdre Constanza, nuestra coletillera. El expresidente Ernesto Samper ha tenido la gentileza de ser colaborador ocasional de esta columna y asiduo lector. Este viernes nos acogió con la simpatía de siempre, pues nos tomó el pelo un rato, y de ese encuentro quedó esta fotografía, la cual da cuenta de las buenas relaciones que hay entre el doctor Samper y este servidor.


Coletilla por Deisdre Constanza. Acompañamos el cierre de campaña de Iván Cepeda junto al expresidente Ernesto Samper, un encuentro cargado de reflexión, memoria política y compromiso con el futuro de Colombia. Fue un espacio para hablar de justicia social, democracia, paz y de la necesidad de seguir construyendo un país más digno para todos. Además, fue muy valioso ver reunidas diferentes corrientes políticas y ciudadanos con distintas visiones, unidos por el deseo de sacar adelante al país y defender la esperanza colectiva. Escuchar distintas voces reafirma que Colombia necesita líderes con trayectoria, sensibilidad social y valentía para defender a la gente. Hoy más que nunca creemos que Iván Cepeda representa esperanza del cambio y transformación. Invitamos a todos los ciudadanos a salir a votar, participar y respaldar con fuerza al mejor candidato para Colombia. “Iván Cepeda Presidente”. Porque este proyecto no excluye a nadie, aquí cabemos todos los que soñamos con una Colombia más humana, justa, unida, solidaria y llena de oportunidades. Y como dice Edson Velandia en su canción El Amanecer.  “A quienes han sentido el dolor de la guerra y la desigualdad, y a quienes luchan porque Colombia tenga un nuevo amanecer.”

¡Hasta la próxima!

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

viernes, mayo 22, 2026

Nos han declarado la guerra, están atacando con todo… ¿ganarán? *

Imagen de Hernán Riaño / Periodista - Dir. SoNoticias

Por: Hernán Riaño 

¿Los dejaremos ganar o por el contrario seguiremos en la senda de recuperar los derechos arrebatados a sangre y fuego por Uribe y su corte? El 31 de mayo sabremos la respuesta.

En Colombia ha habido muchas guerras no declaradas en las que la oligarquía ha puesto a pelear al pueblo contra el pueblo para que nadie le pudiera disputar el poder y seguir con el desfalco del erario. Durante todo el siglo XX, la estrategia fue acabar con todo tipo de protesta social: recordemos la huelga de las bananeras en 1.928 y especialmente el intento de aniquilamiento de los liberales liderados por el partido conservador, primero con el ejército colombiano y luego con paramilitares llamados chulavitas y pájaros que impusieron el poder de Laureano Gómez a sangre y fuego y con un “novedoso” sistema de asesinato con humillación incluida: el corte de franela, que consistió en que después de asesinado, le abrían la garganta y le sacaban la lengua poniéndosela de corbata. Suena muy escabroso, pero eso pasó, demostrando hasta dónde estaban dispuestos de llegar y la capacidad de manipulación de la ultraderecha para que los estúpidos que los siguen lleguen a las bajas y sórdidas formas de tratar a sus semejantes. Desde esa época, su táctica ha sido imponerse a los ciudadanos a sangre y fuego y además con humillación y alevosía

Después se crearon las guerrillas, que dizque querían cambiar el Estado y reivindicar al pueblo; pero no lograron ni lo uno ni lo otro y sí se convirtieron en un arma para que los colombianos pobres se siguieran matando entre sí, los campesinos contra los soldados, ambos pertenecientes al pueblo y solo salieron beneficiadas las ultraderechas, ya que con esa excusa crearon sus ejércitos privados: los paramilitares, conocidos como las AUC y otras distinciones, para seguir en esa eterna guerra en la que los únicos muertos fueron los pobres. Además, con la excusa de las insurgencias, Uribe logró el poder, acabando de paso con nuestro Estado de derecho, robándose la riqueza de Colombia y junto con sus socios nos convirtieron en un narco país, empobreciendo hasta el límite a los colombianos y de paso imponiendo la guerra como si fuera una política de estado.  

Es tan cierto el fervor que le tienen a la guerra que convencieron a los colombianos de votar en contra de un referendo por la paz, volvieron trizas el acuerdo con las FARC, llevan casi cuatro años atacando por todos los flancos al señor presidente Gustavo Petro por su política de “paz total”, y esa bandera de seguir en una confrontación eterna que solo los beneficia a ellos se ha convertido en parte esencial de la presente campaña electoral. En compañía de sus socios, unos grupos armados que no son insurgentes, a pesar de que ellos lo pregonen, sino narco-paramilitares que obedecen a sus amos ultraderechistas empezaron una violencia inusitada contra civiles de algunas regiones para demostrar que la paz no es lo que debe imperar en el país. ¡Insólito!, pero hay colombianos que les creen, les acolitan y hacen parte efectiva de ese absurdo postulado.

Hoy hay una declaración de guerra abierta en contra de los colombianos reflejada en Gustavo Petro e Iván Cepeda. Contra el primero porque quieren quitarle la favorabilidad y popularidad que se ha ganado entre los ciudadanos más pobres y contra el segundo para evitar que el proyecto progresista tenga un segundo periodo presidencial.

Para ello han desplegado toda su creatividad con el fin de lograr sus objetivos, desde los ataques por parte de líderes y candidatos de la extrema derecha, pasando por las mentiras, injurias, calumnias y falsedades que se inventan a diario los medios de comunicación corporativos con unos periodistas que debieran ser más bien voceros de los partidos de esas ideologías; complots con intentos de atentados tanto contra Petro como a Cepeda; atentados y asesinatos de falsa bandera, o sea, los cometen ellos para culpar al progresismo; fraudes electorales (muy “normales” en nuestra democracia); compra de votos, clientelismo político y otras formas muy autóctonas de imponerse por la fuerza o con mañas para seguir oprimiendo a la sociedad colombiana.

Lo que se ha conocido en las últimas semanas de inducir al pueblo a salir a votar “emberracados”, con miedo, odio o desconfianza es una técnica usada en el pasado con el referendo por la paz, con lo que se manipuló a unos colombianos para que votaran “no” al referendo. Hoy, ese método llega renovado de la mano de Jaime Bermúdez, uribista pura sangre. Programaron y han realizado unas capacitaciones, que han llegado a 7 millones quinientos mil colombianos, según Bermúdez, para influenciarlos para que salgan a votar en contra del progresismo, por supuestamente representar unos riesgos para el país y con el lema de no votar ni por Abelardo ni por Cepeda en una clara intención de manipulación electoral en favor de la candidata de Uribe (1).  La Silla vacía ha negado su participación, a pesar de las denuncias de señal investigativa de haber sido parte activa como contratista (2). Además forzando a trabajadores de empresas pertenecientes a empresarios de las derechas y afiliados a los gremios opositores, para que sean jurados de votación en una clara intención de influir electoralmente.

También se conoció la injerencia de Daniel Noboa, presidente de Ecuador, en tratar de influir en las elecciones con varias acciones: subiendo aranceles a Colombia (3) después de una visita de la extrema derecha colombiana a ese país (4), calumniando a Gustavo Petro y después rebajar aranceles por “pedido” de la candidata ultraderechista Paloma valencia (5).

Con el avance de la tecnología aparecieron nuevas formas de ataques de la derecha al gobierno y candidato del cambio. Se conocieron unos audios revelados por Canal Red+ del español Pablo Iglesias en el que se revela un plan de Trump, aliado con su indultado, el narcotraficante condenado expresidente Juan Orlando Hernández, para “armar” noticias y expedientes falsos en contra de Colombia y México desde una oficina en Estados Unidos (6). Honduras fue víctima de un fraude electoral patrocinado por la ultraderecha y el narcotráfico de ese país en diciembre con la participación de una empresa de manejo de elecciones colombiana del grupo Thomas Greg & Sons, la misma que tiene a su cargo la misma misión en las próximas elecciones de Colombia el 31 de mayo (7). 

El ataque directo al candidato Iván Cepeda, por parte de los medios de comunicación corporativos, está a la orden del día. Cada mañana salen con mentiras, calumnias, exageraciones de todo tipo, lo más reciente, muy grave, es la difusión de un audio de un comandante guerrillero en el que obligaba a votar por Cepeda. De este bulo hicieron eco todos los medios corporativos, candidatos y líderes de la extrema derecha. Pues resultó falso, el mismo día lo desmintieron las autoridades militares, revelando que quien hizo esas llamadas fue un interno de la cárcel Picaleña en el Tolima, que extorsionaba a incautos usando esas mentiras (8). También lo han acusado de que como ha tenido una enfermedad grave, entonces puede fallecer en el ejercicio de sus funciones y por ello no debería ser candidato (9). Los medios corporativos no han rectificado y mucho menos presentado disculpas al candidato.

Todo esto y mucho más, que no reseño por falta de espacio, han tenido que soportar tanto Petro como Cepeda. Esta campaña nace de la popularidad que tiene el candidato del progresismo y su favoritismo para ganar en la primera vuelta. Atacan con toda suerte de falsedades al gobierno del cambio tratando de demeritar sus realizaciones, y más grave aún, apoderándose de esos logros para endilgárselas a las derechas. No atacan las propuestas de Cepeda porque son muy consistentes y son la profundización de lo realizado hasta ahora, solo se remiten a inventar infundios y a hacer entrampamientos contra la vida y honra del candidato.

Lo único claro es que ya Colombia entendió quién está a favor de los intereses del pueblo y quién con los de la oligarquía narco-paramilitar que solo pretende volver al gobierno para apoderarse del erario y regresar al pasado en el que la miseria, la ignorancia y el hambre eran la cotidianidad de sus gentes. En eventual regreso de esas fuerzas oscuras, predicen un baño de sangre y hambre en nuestra patria, como se conoció en el pasado reciente, pero con el ingrediente de una venganza anunciada por los candidatos y voceros de esas campañas. No en vano hemos visto en los últimos días ataques a ciudadanos que hacen campaña por Cepeda, apedrean vehículos, amenazan con matar, matar y matar.

¿Los dejaremos ganar o por el contrario seguiremos en la senda de recuperar los derechos arrebatados a sangre y fuego por Uribe y su corte? El 31 de mayo sabremos la respuesta.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

  1. https://www.rtvcnoticias.com/justicia/investigacion/revelan-plan-jupiter-estrategia-para-influir-en-elecciones-presidenciales-en https://www.youtube.com/watch?v=UhXP7TJtyak https://revistaraya.com/elmer-montana/1595-el-proyecto-jupiter-un-concierto-para-delinquir.html https://www.youtube.com/watch?v=UhXP7TJtyak&t=62s https://www.lasillavacia.com/silla-nacional/es-falso-que-la-silla-vacia-haga-parte-del-proyecto-jupiter/
  2. https://www.youtube.com/watch?v=uXrrqSj81A8&t=63s
  3. https://elpais.com/america-colombia/2026-04-09/ecuador-sube-al-100-los-aranceles-a-colombia-y-profundiza-la-guerra-comercial.htmlhttps://www.instagram.com/reel/DX-PbxvOoWK/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=NTc4MTIwNjQ2YQ==
  4. https://x.com/Mamertos0/status/2044773699291615376?s=20 https://www.infobae.com/colombia/2026/04/14/gustavo-bolivar-senala-coincidencias-entre-visitas-de-uribe-a-ecuador-y-decisiones-sobre-aranceles-a-colombia/
  5. https://www.facebook.com/reel/933116023047531
  6. https://www.diario-red.com/articulo/editorial/hondurasgate-publica-banco-completo-audios-filtrados-analisis-forense/20260504060000068823.html
  7. https://revistaraya.com/las-cuatro-empresas-privadas-que-controlaran-las-elecciones-presidenciales-del-31-de-mayo.html
  8. https://x.com/RTVCnoticias/status/2055804581162995874?s=20
  9. https://x.com/i/status/2056385537146064985

viernes, abril 03, 2026

Un maquiavelismo forzado en el Pacto Histórico

 

Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-

Al usar su versión de la Realpolitik como excusa para aliarse con quienes han comerciado con la democracia —todo con tal de asegurar el triunfo electoral—, el dirigente del Pacto no hace más que revelarse como un mentiroso oportunista, idéntico a la derecha que decía combatir.

En ciertos territorios de Colombia hay un peligro latente para el futuro inmediato del Pacto histórico.  Es una amenaza que está íntimamente ligada a las formas de hacer política de algunos dirigentes que, en su afán de ganar, le han empezado a ofrecer su alma al diablo. A pesar de que estos nuevos proceres del progresismo local tratan de vender su particular estrategia electoral como  un ajuste táctico o una necesaria concesión estratégica para ampliar bases, lo preocupante es que se trata de algo más profundo: La muy peligrosa reinterpretación de la Realpolitik de Von Rochau, que están haciendo  algunos dirigentes del Pacto Histórico (sobre todo a nivel regional), en la que están aplicando, con entusiasmo sospechoso, exactamente las mismas reglas del juego que durante décadas se han denunciado de la derecha tradicional.

Es preciso aclarar que el concepto original de Realpolitik no es, en sí mismo, detestable; lo que resulta realmente fastidioso es el resultado de la adaptación criolla que los nuevos prohombres del progresismo regional han hecho de los postulados de Von Rochau, pensador alemán del siglo XIX, según el cual, la opinión pública, con sus pasiones, sus miedos y sus prejuicios es más determinante que la propia idea de nación o de pueblo (Medina, 2019)[1], implantando como dogma político la creencia de que la única forma de ganar electores es replicar los mismos ejercicios proselitistas de la derecha, porque “a la gente le gusta”.

El problema ocurre cuando estos nuevos (viejos) líderes del llamado progresismo toman esa descripción del mundo (la de Von Rochau), que es un diagnóstico, como justificación para abandonar cualquier brújula ética. A partir de esta cuestionable perspectiva, empezamos a observar en varias regiones del país un fenómeno, que, aunque ya visto, no deja de ser alarmante: la conformación de alianzas locales con operadores políticos tradicionales de derecha, exactamente esos que durante años perfeccionaron el arte de la manipulación del electorado a través de sus “líderes comunitarios” de bolsillo y que han construido microempresas electorales basadas en un eficiente esquema de clientelismo y corrupción. Esos mismos operadores que ayer entregaban votos al uribismo, hoy se sientan en mesas con lideres progresistas (electos y por elegir) para repartirse cuotas burocráticas, avales y prebendas. El ciudadano desprevenido se pregunta: ¿Acaso la izquierda necesita aprender de ellos cómo se hace política? ¿O es que ya no hay diferencia?

Lo más grave no es la alianza en sí misma (de por sí, ya bastante peligrosa), sino la coartada con la que se justifica: una lectura utilitarista y forzada de Maquiavelo. Como señala Londoño (2015)[2], el realismo de Maquiavelo propugna “un amoralismo práctico” que pone al desnudo las formas habituales del poder, eliminando la dependencia del derecho respecto de la moral. Aquí es necesario caminar despacio: Maquiavelo describía cómo actuaban los príncipes de su tiempo; no estaba escribiendo un manual de ética para esta pobrísima versión regional de la izquierda del siglo XXI[3].

Cuando un dirigente del Pacto Histórico se apropia de esta “sinceridad feroz e irónica” de Nicolás Maquiavelo para justificar alianzas con quienes ayer comerciaban votos y hoy ofrecen sus estructuras proselitistas a cambio de migajas de poder, lo que está haciendo es confesar, sin quererlo, que es un mentiroso oportunista que no difiere en nada del operador político de derecha al que decía enfrentar y con quien hoy comparte viandas, bebidas, votos y promesas de puestos y contratos.

Y este maquiavelismo de pacotilla tiene consecuencias muy concretas. La primera es la erosión de la confianza. Cuando los votantes indecisos, justo aquellos sectores que el progresismo necesita convencer para crecer de verdad ven que los mismos que prometían “otra forma de hacer política” terminan aliándose con los mismos caciques locales de siempre, lo que perciben no es una astuta jugada realista, sino una traición a la palabra empeñada. Esa desconfianza no se recupera con discursos bonitos en X, Instagram, Facebook, Tik Tok o YouTube; se pierde en las urnas, justo donde más duele: en las alcaldías, gobernaciones, concejos y asambleas que la propuesta de izquierda necesita ganar para consolidar un proyecto de poder territorial.

Pero hay una segunda consecuencia, quizá más profunda. Al asumir el “todo vale” para conseguir votos, incluyendo replicar el clientelismo, el intercambio de favores y la manipulación de líderes comunitarios, estos dirigentes del Pacto Histórico están poniendo en riesgo no solo su reputación personal, sino la credibilidad ética de toda una plataforma política alternativa a la derecha tradicional. Porque si la izquierda termina siendo funcionalmente indistinguible de la derecha en los territorios, ¿con qué argumento reclama el voto de quienes buscan un cambio real?

Este es un llamado de atención que no puede ser ignorado por el conjunto del Pacto Histórico. Las próximas elecciones serán un termómetro implacable. Si el llamado progresismo sigue empeñado en aplicar una Realpolitik mal entendida (que no es otra cosa que maquiavelismo barato para justificar su incoherencia), terminará reencauchando a la derecha justo allí donde más necesita avanzar. Y entonces, cuando los indecisos se alejen decepcionados y los votantes tradicionales retornen a sus candidatos de siempre, no habrá comunicado de prensa ni declaración altisonante que explique por qué el “cambio” resultó ser, al final, el mismo perro con diferente collar.