LA VITRINA DE LA CONVERSA

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sábado, marzo 07, 2026

Poder, silencio e impunidad en el Quindío *

Paisaje del Quindío. Tomado del portal Gobierno del Quindío
Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Bajo distintas banderas de partidos tradicionales se articulan redes familiares que ejercen tutela sobre alcaldías, concejos, gobernación y asamblea, como si el voto fuera herencia y la administración pública, patrimonio privado.

 

Este 8 de marzo habrá elecciones para el Congreso. Otra vez. La democracia colombiana, incansable en su vocación ceremonial, nos convoca a una nueva fiesta cívica donde el menú ya está definido, los invitados principales repiten traje y el pueblo aporta la vajilla, el aplauso y —como siempre— la paciencia.

En el Quindío —ese corazón geográfico que late en la mitad del mapa y se promociona con aroma a café recién molido— la jornada adquiere algo de liturgia dominical y de comedia de enredos representada hasta el cansancio. Porque el Quindío es, ante todo, una paradoja con paisaje. Paso estratégico entre el sur —incluido Buenaventura, principal puerto del país sobre el Pacífico— y el centro de Colombia, dotado de tierras fértiles y diversidad climática, debería ser potencia agroalimentaria y laboratorio de desarrollo regional.

El verbo “debería” se volvió el himno extraoficial del departamento: se entona cada cuatro años, con la mano en el pecho y el presupuesto en trámite. Armenia, su capital, no es solo la postal del Paisaje Cultural Cafetero, sino la evidencia de un estancamiento que ya no puede llamarse “coyuntural”. Calles congestionadas y deterioradas, arreglos precarios y semáforos inservibles revelan una movilidad colapsada y un deterioro social visible: proliferación de personas en situación de calle, desempleo persistente y rebusque diario. Carretas, ventas ambulantes y mendicidad ocupan el espacio público con vocación de permanencia. La pobreza dejó de ser cifra, para volverse atmósfera: no solo se mide, se respira.

En ese vacío institucional prosperan el microtráfico, la drogadicción, la explotación sexual y diversas formas de delincuencia, engranajes de una economía paralela que florece donde el Estado —capturado por redes clientelares corruptas— no gobierna, sino que administra ausencias con sello y membrete.

Las vías terciarias del departamento —esas arterias prometidas para conectar al campesino con el mercado— lucen impecables en el papel, casi europeas: figuran como intervenidas, financiadas y ejecutadas en informes oficiales acompañados de actas, rendiciones de cuentas y soportes presupuestales. Sin embargo, en el terreno apenas subsisten arreglos fragmentarios, maquillajes por tramos suficientes para la fotografía inaugural, el corte de cinta y la legalización del gasto. Cuando alguna carretera se conserva en condiciones óptimas, suele coincidir —con llamativa precisión geográfica— con la ruta que conduce a la finca de algún dirigente político o aliado. El resto se diluye entre una trazabilidad impecable en hojas de cálculo y una precariedad evidente en el barro. El asfalto, como la esperanza, se distribuye por cuotas: un parche en temporada electoral, polvo en verano y lodazal con las lluvias. Más que descuido, parece un patrón deliberado de administración de la precariedad.

Cada ciclo electoral trae su procesión de contratistas —muchos atrapados en la urgencia de subsistir— convertidos en promotores circunstanciales de candidatos: chalecos estampados, altavoces que saturan el aire y volantes que terminan rodando por las calles como hojarasca cívica. La contaminación no es solo auditiva y visual; también es discursiva. Con solemnidad reciclada se promete, otra vez, que ahora sí. La liturgia se ejecuta con precisión mecánica —discurso difuso, aplauso estratégico, selfie obligada— como si el libreto estuviera blindado contra cualquier rendición de cuentas.

Pero el problema no es únicamente económico; es estructural. En el Quindío —como en el país— la corrupción dejó de escandalizar para integrarse al paisaje moral. Al corrupto no siempre se le condena: se le admira como “un duro” o “un avispado”. Se le absuelve con una ética transaccional: “si robó, pero hizo”; “si saqueó el erario, pero pavimentó la cuadra”; “si se enriqueció, pero da empleo temporal”. La pregunta dejó de ser cuánto se pierde colectivamente para convertirse en cuánto alcanza a tocarle a cada quien.

En este teatro nauseabundo, los clanes políticos —o mejor, politiqueros— son protagonistas. Simulan antagonismo, pero comparten métodos y lógicas. Se disputan espacios de poder, no precisamente por ideas programáticas. Bajo distintas banderas de partidos tradicionales se articulan redes familiares que ejercen tutela sobre alcaldías, concejos, gobernación y asamblea, como si el voto fuera herencia y la administración pública, patrimonio privado. La ideología funciona como utilería; lo sustantivo es la sucesión.

A ello se suman señalamientos de extrema gravedad que, aunque rara vez se formulan de manera abierta, proyectan una sombra persistente sobre la vida pública del departamento: durante más de una década se han registrado episodios violentos —asesinatos— que comparten coincidencias inquietantes y cuyo esclarecimiento integral aún está pendiente. Las investigaciones, cuando avanzan, lo hacen de forma parcial y fragmentada, sin disipar la percepción de que la verdad permanece oculta mientras la impunidad parece normalizarse.

En este contexto, el departamento continúa atrapado en estructuras clientelares que erosionan la confianza ciudadana, lo que hace indispensable la intervención decidida de las más altas instancias de la justicia nacional para garantizar la verdad y restablecer la autoridad moral del Estado.

La Alcaldía y la Gobernación terminan funcionando como engranajes de una misma maquinaria atravesada por la improvisación, la hipertrofia burocrática, el clientelismo y la corrupción. Más que instituciones orientadas por proyectos de largo plazo, operan como plataformas de lealtades cruzadas. Hay concejales que se declaran opositores en el ámbito municipal mientras sellan alianzas en la Gobernación; diputados que ejercen crítica severa en el departamento, pero mantienen cercanía estratégica con la Alcaldía: oposición aquí y cohonestación allá. No se trata de un debate ideológico, sino de una aritmética de conveniencias. En ese juego, el control político se desdibuja y la frontera entre fiscalización legítima y complicidad interesada se vuelve peligrosamente tenue. La alternancia, entonces, es apenas un cambio de apellido en la puerta.

Durante décadas, el departamento ha transitado un letargo que ya no puede atribuirse solo al centralismo bogotano, sino a la captura sistemática de lo público por intereses privados. La academia lo llama patrimonialismo; el ciudadano lo resume mejor: los mismos con las mismas. El campo quindiano, que podría ser despensa nacional, sobrevive entre infraestructura deficiente y crédito escaso. Se apuesta al turismo —porque el paisaje vende—, pero ningún territorio se sostiene únicamente de postales, cafés especiales y fines de semana largos. La economía del aplauso no reemplaza la producción diversificada y sostenible.

Armenia compite en rankings menos turísticos: indigencia persistente, informalidad como forma de supervivencia, juventudes atrapadas entre desempleo y dinero ilegal. Y, sin embargo, en cada campaña reaparece el render del megaproyecto y la promesa de despegue inminente. El progreso siempre parece estar a una elección de distancia.

Este 8 de marzo no es solo una fecha electoral; es un espejo. La pregunta no es únicamente quién ocupará una curul, sino qué ciudadanía seguirá legitimando —con su voto, su abstención o su indiferencia— un modelo eficaz para perpetuarse e insuficiente para transformar. Los clanes no se reproducen solos: necesitan una cultura política que confunda estabilidad con estancamiento y corrupción con fatalidad.

El Quindío, con su riqueza natural y su ubicación estratégica, podría ser ejemplo. Ha sido administrado, en cambio, como finca con escritura privada: un corazón geográfico con arritmia ética.

Este domingo se abrirán las urnas, se contarán los votos y se celebrará la democracia con cifras oficiales y declaraciones optimistas. Al día siguiente, el paisaje seguirá siendo hermoso, las montañas continuarán verdes y el letargo —disciplinado, resiliente, casi profesional— aguardará, paciente, su próxima reelección.

*La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


martes, marzo 03, 2026

El HUMANISMO, DEMOCRÁTICO y POPULAR *

 

En la imagen: Carlos Medina / Historiador y analista político

Por: CARLOS MEDINA GALLEGO

La democracia real se vive en la participación cotidiana, en las decisiones colectivas, en el control social, en la capacidad del pueblo para incidir directamente en su destino. Una estrategia política para volver a mirarnos como pueblo.

Vivimos un tiempo extraño. Un tiempo en el que las identidades políticas se diluyen, las utopías se fragmentan y buena parte de la izquierda camina sin brújula, atrapada en un laberinto de dogmas heredados, prácticas burocráticas y una peligrosa incapacidad para leer el momento histórico. No es solo una crisis de proyectos: es una crisis de sentido.

Durante décadas, la izquierda habló en nombre del pueblo. Hoy, con frecuencia, habla desde periódicos que nadie lee, oficinas que nadie conoce, micrófonos o redes sociales que le hablan a nadie, hablan lejos del dolor real de las mayorías. Se volvió experta en diagnósticos abstractos, pero torpe para escuchar. Se acostumbró a administrar discursos mientras el hambre, la exclusión y la precariedad avanzaban. En muchos casos, sustituyó la ética por el cálculo, la organización popular por el clientelismo, y la estrategia por la improvisación.

No se trata de una acusación ligera. Una parte significativa de la izquierda tradicional terminó reproduciendo los mismos vicios que decía combatir: prácticas corruptas, lógicas de favores, disputas mezquinas por cuotas de poder, sectarismo ideológico y una arrogancia que la alejó de la gente común. Se volvió intolerante con la diferencia, incapaz de construir unidad amplia y profundamente desconectada de las necesidades concretas del presente.

Esta izquierda dogmática confunde radicalidad con rigidez, coherencia con pureza, y compromiso con obediencia ciega. Su lenguaje se volvió hermético. Sus debates, circulares. Sus liderazgos, personalistas. Perdió la capacidad de convocar porque dejó de conmover. Y cuando una fuerza política deja de tocar el corazón del pueblo, empieza lentamente a desaparecer de su horizonte.

Frente a ese agotamiento emerge una pregunta urgente: ¿cómo reconstruir una política que vuelva a poner la vida en el centro?

Aquí es donde el humanismo, democrático y popular, aparece no como una etiqueta, sino como una práctica. No nace para administrar ruinas ni para reciclar viejas jerarquías con nuevos nombres. Nace de una intuición sencilla y profunda: la política solo tiene sentido si sirve para dignificar la existencia humana.

Este humanismo no es neutral. Toma partido por quienes cargan sobre sus espaldas el peso del sistema: trabajadores precarizados, campesinos despojados, mujeres populares, juventudes sin futuro asegurado, comunidades excluidas. No se construye desde arriba ni desde la comodidad de los privilegios. Se construye desde el territorio, desde la escucha, desde la experiencia viva de las mayorías.

Su centro no es el poder como fin, sino la dignidad como horizonte.

Hablar de un humanismo democrático es afirmar que la democracia no puede reducirse al ritual electoral. La democracia real se vive en la participación cotidiana, en las decisiones colectivas, en el control social, en la capacidad del pueblo para incidir directamente en su destino. Es comunitaria, territorial, organizada. Es asamblea, es cabildo, es encuentro barrial. Es pedagogía política permanente. Y es popular porque no delega su esperanza en élites ilustradas ni en salvadores providenciales. Reconoce que los cambios profundos solo nacen de pueblos organizados.

Este enfoque humanista rompe tanto con la derecha tradicional como con una izquierda acomodada. Rompe con la tecnocracia sin alma, con la ética de salón y con la falsa moderación que solo sirve para conservar privilegios.

Rechaza la corrupción como práctica estructural del modelo económico que convierte derechos en mercancías y ciudadanos en consumidores. Entiende que la lucha ética es inseparable de la lucha política. Pero también rompe con el dogmatismo que convierte la teoría en catecismo y la militancia en obediencia.

Rechaza el sectarismo que fragmenta las fuerzas populares. Rechaza el patriarcado, el racismo estructural, el colonialismo mental y toda forma de dominación simbólica. No necesita jerarquías sagradas ni autoridades incuestionables. Convoca conciencias críticas.

Este humanismo es profundamente democrático porque cree en la diversidad, en el diálogo y en la construcción colectiva. No pretende uniformar al pueblo ni imponer verdades únicas. Busca unidad desde la diferencia, articulación desde el respeto, convergencia desde la escucha.

Es también un humanismo militante: no observa la historia desde la tribuna, camina junto a ella. Aprende de las luchas obreras, campesinas, estudiantiles, feministas populares, indígenas y barriales. Defiende la vida en todas sus formas y reconoce a la naturaleza como sujeto de derechos. Entiende que sin justicia social no hay dignidad posible.

Pero el humanismo democrático y popular no puede quedarse en declaración ética ni en horizonte simbólico. Su verdad se mide en la práctica. Si aspira a ser fuerza histórica, debe encarnarse en tareas concretas, en procesos organizativos reales y en una pedagogía política permanente.

Por eso, este camino exige compromisos claros:

1. La transformación comienza en el territorio. Es necesario promover asambleas barriales, encuentros comunitarios, cabildos abiertos y espacios populares de deliberación, no como eventos ocasionales, sino como ejercicio cotidiano de democracia directa. Allí donde la gente vive, trabaja y resiste debe nacer el poder popular.

2. Es urgente articular las luchas dispersas. Movimientos obreros, campesinos, estudiantiles, feministas populares, indígenas y comunitarios no pueden seguir caminando en paralelo. La fragmentación debilita. La tarea es construir plataformas unitarias, agendas comunes y vocerías colectivas, respetando la diversidad, pero avanzando hacia propósitos compartidos de justicia social.

3. Se requieren escuelas populares de pensamiento crítico, espacios de estudio colectivo y círculos pedagógicos donde el saber académico dialogue con el saber del pueblo. La formación debe emancipar, no disciplinar. El conocimiento tiene que volver a ser herramienta de organización y conciencia.

4. La ética pública radical es condición irrenunciable. Toda práctica clientelista, corrupta o nepotista debe ser combatida desde dentro. Transparencia, rendición de cuentas y control social permanente son pilares para recuperar la confianza popular. Sin coherencia, no hay proyecto transformador posible.

5. Participar en escenarios institucionales solo tiene sentido si fortalece la organización social y amplía derechos.

Ningún cargo puede estar por encima del proyecto colectivo. La representación debe entenderse como mandato popular revocable, no como privilegio personal.

6. Defender la vida debe ser el eje de toda política: paz con justicia social, redistribución real de la riqueza, protección de los territorios y reconocimiento efectivo de la naturaleza como sujeto de derechos. No hay democracia posible en medio del hambre ni libertad donde reina la exclusión.

7. La unidad amplia es indispensable. El adversario principal es el modelo que produce desigualdad y exclusión, no quienes luchan desde distintas orillas populares. La convergencia debe construirse desde el respeto por la diferencia y la conciencia estratégica del momento histórico.

8. Es necesario organizar la esperanza. La indignación aislada se agota; la esperanza organizada transforma. Convertir el malestar social en proyecto político requiere método, paciencia, escucha y trabajo sostenido. No basta con denunciar: hay que proponer, acompañar y permanecer.

El humanismo democrático y popular no promete comodidad. Promete coherencia. No ofrece cargos. Ofrece compromiso. No garantiza seguridad. Garantiza dignidad.

La democracia no se hereda: se construye. La justicia social no se promete: se conquista. La dignidad no se negocia: se ejerce.

Desde estos enunciados simples comienza la tarea de transformación, democracia real, justicia social y construcción de una paz duradera con el pueblo, desde el territorio, con una ética pública a toda prueba y con pensamiento crítico, hasta que la dignidad humana y social se haga costumbre.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


sábado, febrero 07, 2026

Democracia o simulacro: la cita decisiva del 8 de marzo *

 

Por: Jhon Flórez

Intento de elites colombianas de sacar a Cepeda y al Pacto Histórico del camino fue un error de cálculo que terminará empujando a ciudadanía a respaldar campaña del Pacto y su candidato presidencial


En Colombia, desafiar al poder no es una extravagancia intelectual ni un exceso retórico: es, muchas veces, una condena anticipada. Gustavo Petro lo aprendió desde joven y lo ha pagado con una carrera marcada por amenazas, procesos políticos y una campaña sostenida para deslegitimarlo. Su supuesto “pecado” no es simplemente “gobernar mal” —esa acusación se fue construyendo después, alimentada por columnas, encuestas y operaciones mediáticas—: su verdadero agravio fue atreverse a levantar la alfombra. Y bajo ella no halló sólo polvo, sino un entramado histórico de prácticas que, naturalizadas, configuran el funcionamiento real del Estado: corrupción sistemática, nexos con el narcotráfico, parapolítica que permeó instituciones, élites económicas con ética instrumental y una clase política experta en administrar impunidad simbólica. Petro no creo ese inventario: lo leyó en voz alta. Y en Colombia, nombrar lo prohibido suele ser una transgresión que no se perdona.

De esa transgresión brota un odio que no se explica sólo por el disenso democrático. Es un rechazo visceral de quien se siente desnudo ante el espejo. La historia registra que Petro fue señalado como enemigo mucho antes de ocupar la Casa de Nariño. Hay testimonios y hechos que dan cuenta de amenazas que trascendieron el rumor, y la manera en que la violencia política se ha presentado como método en nuestro pasado reciente hace que determinadas confesiones políticas tengan consecuencias fatales. Cuando supo que su vida estaba en riesgo, Petro tomó una decisión inesperada dentro de la lógica del miedo: no se escondió. Fue al campamento paramilitar, no a negociar su silencio sino a encararlo, armado únicamente de argumentos políticos y de la convicción de que la palabra puede enfrentar al fusil. Ese gesto —en un país donde el terror ha sido instrumento de gobierno— quedó inscrito como una anomalía intolerable para quienes necesitan que el miedo funcione como disciplina social.

La experiencia de Petro como alcalde de Bogotá refinó otra lección: el adversario se incrusta en las mismas estructuras del Estado. Órganos de control convertidos en trincheras partidistas, medios de comunicación actuando como tribunales permanentes, y opositores que vieron en la administración pública un terreno para la obstrucción sistemática. Cuando no pudieron derrotarlo en las urnas, intentaron destituirlo; cuando eso fracasó, aprendieron la lección para una escala mayor. Ese patrón de reacción —bloqueo, litigio político, desacreditación pública— no es casualidad, sino una estrategia que ha probado su eficacia para desactivar agendas de cambio.

La Presidencia, lejos de apaciguar el conflicto, lo hizo visible y más agudo. Llegar al poder por mandato popular desactivó la narrativa del triunfo anecdótico y transformó a Petro en una amenaza tangible para los intereses enquistados. Desde el primer día se activaron mecanismos que, en conjunto, configuran lo que analistas llaman un “golpe blando”: señalamientos sin pruebas concretas (narcotraficante, terrorista, autócrata), bloqueo legislativo sistemático, persecución judicial selectiva, infiltración administrativa, suspensión arbitraria de funcionarios, manipulación informativa y pánico económico inducido. Gobernar dejó de ser gestión para convertirse en una resistencia cotidiana frente a una maquinaria con capacidad de desacreditar y paralizar.

Dos episodios retratan con nitidez ese pulso. La suspensión de la consulta popular y el trámite de las reformas sociales dejaron al descubierto cómo las reglas del juego pueden ser forzadas mediante maniobras reglamentarias y mayorías estratégicas. Impedir que la ciudadanía se pronuncie sobre asuntos de fondo no fue una disfunción del sistema, sino una maniobra calculada para restringir la participación. Tumbar la consulta no fue fortuito: fue el resultado de procedimientos orquestados por fuerzas políticas que optaron por la exclusión antes que por la deliberación pública. A su vez, la reaparición de la reforma laboral, luego de haber sido hundida y bajo un nuevo diseño, no buscó ampliar derechos sino neutralizar el impulso ciudadano, confirmando el cálculo de fondo: adaptar la ley no para democratizarla, sino para vaciarla de su potencial transformador.

El atentado contra un senador opositor fue otro hito que reveló cómo la política violenta y la instrumentalización del dolor pueden converger. El país rechazó el crimen; sin embargo, sectores de la oposición aprovecharon el hecho para convertir la tragedia en proyectil político contra el presidente, buscando asignar culpas morales antes que pedir rigor investigativo. En medio de la conmoción, emergieron maniobras de poder: el desconocimiento explícito de la autoridad presidencial por parte del presidente del senado Efraín Cepeda, negándose a participar en reuniones oficiales de seguridad, para erigirse como cabeza de un poder paralelo. No se trató de un gesto aislado, sino de una estrategia con efectos concretos: despojar al jefe de Estado de su condición de comandante en jefe, degradar su autoridad y normalizar la desobediencia institucional.

La reacción no quedó ahí. Marchas con destinatario único, llamados a militares retirados, solicitudes a organismos internacionales sin pruebas contundentes, y un coro mediático que entonó una misma letanía —Petro divide, Petro provoca, Petro debe dejar de ser Petro— configuraron una ofensiva que buscaba erosionar legitimidad. Cuando las altas Cortes invocan la autonomía en formas selectivas, o cuando decisiones judiciales parecen responder más a la geopolítica interna que a la letra del derecho, la sensación de captura institucional se intensifica. La autonomía judicial es un principio vital; su invocación parcializada y coincidente con intereses políticos es, por el contrario, una forma de usura democrática.

No es improvisación ni simple crisis episódica: tiene nombre y método. “Golpe blando en cámara lenta” describe un proceso de erosión constante diseñado para bloquear transformaciones y preparar el retorno del orden anterior. La violencia de antaño —balas y muertos— ha sido en buena medida complementada por procedimientos, titulares y conspiraciones maquilladas. El resultado es el mismo: cerrar el acceso ciudadano a reformas que cuestionan privilegios. La historia colombiana ofrece ejemplos de intentos de apertura neutralizados —antes por la represión directa, hoy por procedimientos administrativos y mediáticos—. No es azar, es estrategia.

El viaje de Petro a Washington condensó la expectativa opositora. Se apostó a la humillación internacional, a la mueca del anfitrión que confirmara la narrativa local de incompetencia o ilegitimidad. Hubo esfuerzos para denunciar y desacreditar al presidente en el exterior, pero la diplomacia, por su naturaleza pragmática, terminó por neutralizar el guion opositor. Lo que se esperaba que fuese espectáculo fue, en términos básicos, conversación: reconocimiento de canales, discusión de asuntos bilaterales y una agenda donde la soberanía y la interlocución jugaron un papel central. La estrategia de denunciar al propio presidente en foros ajenos quedó expuesta como capítulo de una campaña más amplia: llevar la controversia interna al plano internacional con la esperanza de clausurar espacios políticos locales.

En este escenario, uno de los actores más incómodos para el cambio es Álvaro Uribe. Más allá de animosidades personales, lo que inquieta a sectores vinculados al uribismo es la posibilidad de que investigaciones y testimonios acumulados sobre parapolítica, nexos con estructuras ilegales (narcotráfico) y violaciones al Estado de Derecho cobren relevancia en la arena internacional. Cuando el relato que construyó una hegemonía política se ve acosado por la evidencia, la reacción no es solo política, sino defensiva: emplear todas las herramientas disponibles para desacreditar adversarios y preservar la narrativa de legitimidad.

Ese patrón aparece también en episodios como la intervención del Consejo Nacional Electoral respecto a la participación de Iván Cepeda en la consulta interpartidista. La exclusión, disfrazada de tecnicismo jurídico, actúa como mecanismo político para limitar la competencia. Un órgano que debe garantizar derechos actúa en sintonía con la vieja política cuando decide quién puede competir según la conveniencia. El mensaje es dañino: cuando tribunales electorales se convierten en filtros de conveniencia, la democracia deja de ser un derecho y pasa a ser una concesión. La erosión institucional, entonces, no es sólo teórica: produce efectos concretos sobre representación y opciones políticas.

 Pero la dinámica tiene límites. Cada intento por cerrar el juego ha encontrado, una respuesta social: la ciudadanía. Cuando el sistema falla o se muestra servil a intereses particulares, la sociedad civil se mueve. Hoy, el respaldo popular a figuras que desafían el statu quo no es ingenuidad: es reacción. La política colombiana registra momentos en que, frente a un cerrojo institucional, el pueblo decide abrir el camino por su cuenta. Ese impulso es la razón por la que la élite, desesperada, recurre a atajos: deslegitimación, judicialización selectiva, manipulación mediática. El error clamoroso de quienes buscan excluir a Cepeda y a otros aspirantes no es sólo de táctica: es de cálculo político. Al intentar atajarlos, los impulsan.

Petro y Cepeda comparten, en esencia, un rasgo que incomoda a los poderosos: no doblegarse. Ambos apelan a la ciudadanía como juez último. En países donde la justicia y la institucionalidad han sido capturadas, la legitimidad se desplaza hacia la arena pública: urnas, movilización y conciencia colectiva. Cuando la Constitución se administra como privilegio y la ley se contorsiona según apellidos, el veredicto deja de escribirse en fallos y comienza a pronunciarse en la plaza pública y en las urnas.

 El 8 de marzo se presenta, así como una cita con la historia. No es una jornada puramente táctica ni un plebiscito sobre nombres: es la ocasión para decidir si se acepta que el futuro continúe siendo arrebatado mediante fraudes maquillados, maniobras reglamentarias y silencios cómplices, o si se pone fin al miedo y a la simulación democrática. Votar no es un acto ritual: es un ejercicio de juicio colectivo. Que nadie vote desde el odio hereditario ni desde consignas prestadas; que se vote con memoria, libertad y responsabilidad social. Porque votar sin pensar es obedecer, y la obediencia ha sido desde siempre el negocio del poder.

 Reconocer que la democracia está en riesgo no es proclamar el apocalipsis: es una llamada a la responsabilidad. Cuando las instituciones abdican, cuando la ley se convierte en instrumento de ventaja, la ciudadanía tiene el derecho y el deber de recuperar el juicio. Y si la historia enseña algo es que los intentos por clausurar la participación terminan, en última instancia, abriendo espacios. El desafío, ahora, es sostener esa apertura con propuestas claras, con pedagogía cívica y con la convicción de que la democracia no se mendiga: se ejerce. En marzo la gente tendrá la palabra; que la use para dictar un veredicto que no quede sólo en actas manipulables, sino en la historia viva de un país que decide no regresar a los caminos de la desgracia.

* La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

viernes, febrero 06, 2026

Se robaron un país, a sangre y fuego y a la vista de todos, nadie dijo nada… *


¿Cuál será el próximo, Groenlandia, Cuba, Venezuela, Argentina o Colombia? 

Por Hernán Riaño

Diálogo Petro-Trump confirma que el diálogo es el único antídoto real para los conflictos. Sin embargo, la volubilidad impredecible de Trump obliga a mantener una cautela extrema.

La franja de Gaza de Palestina ha sido robada abiertamente, sin tapujos, con manifestaciones oficiales de Israel y con el apoyo irrestricto de los Estados Unidos, y lo grave, con el asesinato de más de 70.000 palestinos, según cálculos conservadores, muchísimos de ellos(as) niño(as), que suman, según esos mismos cálculos, aproximadamente 10.000. En este robo a mano armada, desplazaron a casi toda la población de la franja de gaza para entregarle el terreno a Donald Trump, a su yerno Jared Kusner (un sionista declarado), al ex-primer ministro inglés Tony Blair y a otros socios, para poner allí, en la muy bella playa del mediterráneo oriental, un Resort y unos negocios inmobiliarios del dictador norteamericano, lo que han llamado la Nueva Gaza (1).

Esta es la conclusión de muchos meses de ataques con muertos, heridos y lisiados en esa región de la histórica Palestina. La confesaron sin ambages ambos líderes, el sionista Netanyahu y el megalómano Trump. Tanto es así que, en una declaración, el mandatario gringo dijo que él le había proporcionado las armas a Israel, que este país les había dado un gran uso (2). Adicionalmente han atacado a otras tantas naciones de oriente medio, entre las que se encuentran Siria, Cisjordania e Irán. Los sionistas han declarado que quieren hacer una gran nación judía en esa región (3).  

Igualmente, Trump decidió proclamar la nueva doctrina Monroe, conocida como Doctrina Donroe o Corolario Trump, en la que se declara, en la práctica, dueño del hemisferio occidental, que va desde el polo norte al polo sur,  incluyendo desde Groenlandia con todas sus islas que la rodean, Canadá, obviamente Estados Unidos, el que sería el explotador absoluto de las riquezas de todo el continente, pasando por México, Centroamérica, Suramérica, la Patagonia llegando a la Antártida en la que han venido incursionando desde hace tiempo. Esta proclama la hizo después de haber declarado su interés abierto en Groenlandia (4), a la que le ha exigido que se anexe sí o sí, sin importar el método que usen los gringos, lo mismo hizo con Canadá, al mostrar su interés en ese país (5). 

Pero eso no se ha quedado en solo declaraciones, las incursiones en el Mar Caribe, apoderándose como vil pirata de buques cisterna cargados con petróleo (6) y la invasión a Venezuela con el subsiguiente secuestro de su presidente (7) para forzar la entrega del crudo de ese país a empresas norteamericanas y al propio Trump, con condiciones favorables, exigiendo que fuera regalado por un supuesto robo que le hizo el país vecino en 1.976. Se debe recordar que fue Carlos Andrés Pérez, quien nacionalizó este recurso, exigiendo mejor negociación con las empresas que lo explotaban y que hoy Trump culpa a Chávez o a Maduro de esa acción legítima de un Estado de proteger sus riquezas naturales. También amenazó con acciones similares contra Colombia y su presidente legítimo elegido democráticamente, Gustavo Petro Urrego, acusándolo falsamente de jefe de narcotráfico (8) y que veía bien una acción similar a la de Venezuela (9), amenazando de paso a Cuba (10). A principios de enero, el presidente norteamericano amenazó con bombardear a México y a la isla más grande del Caribe (11) y en los últimos días dijo que iba a intensificar el bloqueo contra la isla al impedir la llegada de petróleo y alimentos y que caería muy pronto (12), aplicando algo similar a lo que hizo el gobierno sionista con Palestina en Gaza. Al inicio de su mandato se volvió a apoderar del canal de Panamá por medio de un acuerdo de entendimiento con ese país (13).

También está usando el viejo pero confiable método, diría Bart Simpson, de los gobiernos títeres que le dicen a todo que sí y que hacen lo que les ordena su amo del norte, como son los casos de Argentina con Milei, Ecuador con Novoa, Perú con Jeri, Uruguay con Peña, Bolivia con Pax y, lo más degradante, con el nuevo gobierno de Chile, que eligió al nazi pinochetista Kast. También ha influido en las elecciones de Honduras, en favor de la extrema derecha e indultando a Juan Orlando Hernández, expresidente condenado a 48 años de cárcel en Estados Unidos por narcotráfico en una clara injerencia en esas elecciones. Ese es el panorama que tenemos en el resto del continente americano en el que el dominio de Trump y la ultraderecha gringa se han tomado el poder en este continente para explotar a sus anchas y gratis, o casi gratis, todos los recursos naturales, pero principalmente el agua, la riqueza que tenemos con grandes ríos lagos, glaciares, lagunas y humedales, siendo la reserva más importante de este líquido en el mundo. 

Como podemos ver, ningún país está libre de ser víctima de la codicia del gobierno Republicano de Donald Trump por los recursos naturales de todos los países y en especial por el petróleo. Haciendo gala de su poderío militar, puede llegar a cualquier parte del mundo, como sucedió en costas de Irán (14), con cualquier excusa, válida para él, así no sea verdadera o real. El país persa le contestó, igualmente, de forma beligerante, y a Trump no le quedó más remedio que empezar conversaciones para llegar a acuerdos sobre la política nuclear iraní (15), diálogos que no llegaron a concretarse, según Marco Rubio... También está interviniendo en las elecciones de Irak, ya que hay un candidato “que no le gusta” (16). También dijo que había empezado a hablar con Cuba, tras impedir la llegada de petróleo y ayudas desde México (17). 

Pero en este escenario tan turbio y amenazante de guerras impulsadas por Trump y Netanyahu, han aparecido nuevos elementos para tratar de configurar un mapa de lo que pretenden ambos gobernantes. Primero hay que contar la denuncia que se hizo desde las redes sociales con un informe no clasificado (por confirmar), en el que dice que Trump fue cooptado por Israel (18) por su yerno sionista Jared Kusner esposo de Ivanka Trump desde 2009, quien dijo en 2024, durante la agresión en la Franja de Gaza, que Israel debería expulsar a los palestinos hacia Egipto o al desierto de Niger e igualmente se opuso a la creación del Estado Palestino (19).

Israel empezó una ofensiva en Argentina, con la complicidad y el impulso de Milei, para quedarse con el extremo sur del país austral y para ello, el presidente gaucho, intercambió el puerto de Ushuaia a cambio de membresía en la junta de paz de Gaza de Trump (20). También, Netanyahu, en el año 2.019, había demostrado su total interés en Groenlandia y hoy su hijo predilecto les quiere cumplir ese deseo expansionista (21). 

Todas las acciones en América Latina están encaminadas a impedir el libre comercio de nuestros países con otras potencias que no sea Norteamérica, como Rusia, China e Irán, especialmente con China a la que ha calificado como muy peligrosa para Estados Unidos, sin ninguna prueba, solo con el fin de que las compras y negocios que hagan estas naciones se enfoquen solo en la potencia del norte para que se reactive su maltrecha economía. Por eso amenaza con subirle los aranceles a cualquier país que quiera seguir comerciando con ellos. 

Pero lo que más aterra es el silencio de los gobernantes del mundo ante estas acciones. Nadie dice nada, casi todos los mandatarios de la UE y de la mayoría de los países brillan por su silencio. Pero en este maremágnum de cobardes y serviles al poder yanqui surgió la reunión Petro -Trump, algo no previsto. Diálogo sucedido el 3 de febrero con unos resultados que sorprendieron a todos por el lenguaje, la cordialidad y los posibles acuerdos a los que se llegó. Este encuentro demuestra, que el diálogo es la única forma de solucionar los conflictos, y abre una expectativa casi real de que los demás problemas en los que ha metido Trump al mundo puedan seguir este derrotero para bien de la humanidad.   Aunque con el gringo no se sabe, hoy dice una cosa y mañana otra… o lanza un misil.


* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


https://youtu.be/MPIUXHdgP64?si=0yNYHsyqf5X05KV- https://www.bbc.com/mundo/articles/c5y33yv2ldjohttps://www.swissinfo.ch/spa/qu%C3%A9-es-la-%22nueva-gaza%22-llena-de-rascacielos-dise%C3%B1ada-por-trump%3F/90822801https://www.swissinfo.ch/spa/qu%C3%A9-es-la-%22nueva-gaza%22-llena-de-rascacielos-dise%C3%B1ada-por-trump%3F/90822801

https://youtu.be/HOvDs7JSTfk?si=WVGMlpx-Ms0NYaNC https://www.facebook.com/almayadeenenespanol/posts/-israel-recibi%C3%B3-las-mejores-armas-del-mundo-afirm%C3%B3-donald-trump-este-lunes-ante-/1648862033012124/

https://www.fairobserver.com/politics/the-greater-israel-plan-has-a-colossal-reach/ https://www.descifrandolaguerra.es/mapa-del-gran-israel-las-aspiraciones-expansionistas-del-sionismo/

https://www.bbc.com/news/articles/c74x4m71pmjo https://cnnespanol.cnn.com/2026/01/22/eeuu/por-que-trump-groenlandia-seguridad-trax https://periodismodeizquierda.com/groenlandia-en-la-mira-de-trump/

https://www.bbc.com/mundo/articles/c3dkp75p9dxo https://www.youtube.com/watch?v=xlKpCf0yCdE

https://www.bbc.com/mundo/articles/czx18kv9pq5o https://www.facebook.com/revistaproceso/posts/el-pent%C3%A1gono-anunci%C3%B3-la-interceptaci%C3%B3n-y-apoderamiento-de-otro-buque-petrolero-e/1294208319419724/

https://www.aljazeera.com/news/liveblog/2026/1/6/live-un-security-council-members-slam-us-abduction-of-venezuelas-madurohttps://www.dw.com/es/juristas-la-intervenci%C3%B3n-de-ee-uu-en-venezuela-es-ilegal/a-75413629https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/01/03/mundo/estados-unidos-ocupara-el-lugar-que-deja-maduro-en-lo-que-se-da-una-transicion-trump

https://www.telemundo.com/noticias/noticias-telemundo/internacional/trump-llama-narcotraficante-al-presidente-de-colombia-y-dice-que-eeuu-rcna238436 https://elpais.com/internacional/2025-10-19/trump-acusa-a-petro-de-ser-un-lider-narcotraficante.html

https://www.rtvcnoticias.com/internacional/estados-unidos/trump-vuelve-amenazar-colombia-va-ser-el-siguiente

https://as.com/actualidad/politica/trump-amenaza-a-colombia-y-dice-que-cuba-esta-a-punto-de-caer-f202601-n/

https://estrategia.la/2026/01/09/trump-quiere-bombardear-mexico-y-tomar-cuba/  http://aljazeera.com/news/2026/1/5/trump-threatens-colombias-petro-says-cuba-looks-like-its-ready-to-fall https://www.instagram.com/reels/DTSubsbAOcI/

https://www.democracynow.org/es/2026/1/12/titulares/trump_threatens_cuba_to_make_a_deal_before_it_s_too_latehttps://www.lasexta.com/noticias/internacional/trump-intensifica-sus-amenazas-cuba-dice-que-habra-mas-petroleo-dinero-venezolano-llegan-acuerdo_202601116963d3f8ea66eb73532ce21c.html https://www.elnuevodia.com/noticias/estados-unidos/notas/donald-trump-asegura-que-cuba-esta-a-punto-de-caer-porque-ya-no-recibe-petroleo-de-venezuela/

https://www.facebook.com/watch/?v=1227348209400657

https://www.dw.com/es/trump-advierte-que-flota-que-se-dirige-a-ir%C3%A1n-es-incluso-m%C3%A1s-grande-que-la-de-venezuela/a-75736292

https://www.univision.com/noticias/estados-unidos/trump-confirma-conversaciones-con-iran-para-bajar-tensiones?utm_campaign=N%2B+UNIVISION&utm_content=sprout&utm_medium=social&utm_source=facebook

https://www.facebook.com/Xinhua9/posts/pfbid02Ls7T1xqadM87xdqwMjpRA7rNSriV5eru4HSQhZ9agWHVXBnxVfidLsKQC5LypACbl

https://www.telemundo.com/noticias/noticias-telemundo/internacional/estamos-empezando-a-hablar-con-cuba-dice-trump-sobre-la-isla-comunista-rcna256922?sss

https://www.instagram.com/p/DUNLoH3DKxC/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=MzRlODBiNWFlZA==

https://es.wikipedia.org/wiki/Jared_Kushner

https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/01/25/mundo/milei-ofrece-a-trump-el-puerto-de-ushuaia-a-cambio-de-membresia-en-junta-de-paz-de-gaza

https://www.instagram.com/reel/DT8ByuglL8f/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=MzRlODBiNWFlZA==


sábado, enero 31, 2026

Davos: el lugar donde el poder decide y el mundo obedece sin mirar *

 

Protestas en Davos - Suiza. Imagen tomada de Yahoo-Finanzas

Por: Jhon Flórez

El problema no es Davos. El problema es un mundo que aprendió a mirar hacia otro lado mientras le escriben el futuro… y que, en un gesto final de obediencia agradece no haber sido invitado a decidirlo.

Cada enero, mientras la mayor parte de la humanidad sobrevive atrapada en deudas que se reproducen con más eficacia que cualquier política pública, bajo salarios licuados, trabajos fragmentados y angustias cuidadosamente privatizadas, las pantallas cumplen su función histórica: seducen, distraen y anestesian. Fútbol, farándula, guerras convertidas en espectáculo y crisis reducidas a titulares fugaces componen la vieja estrategia del pan y circo, ahora relanzada en 4K, interactiva y con patrocinio financiero. En ese paisaje de distracción administrada, un pequeño pueblo alpino se consagra como el auténtico kilómetro cero del poder global. Davos no es una postal suiza ni un foro más: es el retiro invernal donde las élites, envueltas en lana cara, cafés orgánicos y jerga tecnocrática, ensayan el rediseño del mundo con la serenidad de quien jamás pagará el precio de sus decisiones.

Lo que allí se acuerda no desciende como política, sino como destino. No llega como debate, sino como “realidad”. Se filtra luego sobre sociedades que apenas perciben el evento como ruido blanco, sin tiempo ni margen para preguntarse qué se decide, quién decide y —detalle sistemáticamente omitido— quién cargará, una vez más, con las consecuencias. Davos no convoca pueblos: administra daños. No gobierna Estados: calibra el perímetro de lo posible. Su éxito no reside en la visibilidad, sino en la opacidad funcional con la que convierte decisiones políticas en fatalidades técnicas.

El Foro Económico Mundial nació en 1971 como un discreto encuentro de ejecutivos europeos interesados en aprender las “buenas prácticas” del management estadounidense. Con el tiempo, mutó en una liturgia anual del poder global: jefes de Estado, altos ejecutivos, banqueros, burócratas transnacionales, gurús tecnológicos y fabricantes de opinión reunidos bajo un mismo techo, hablando de diálogo, cooperación, sostenibilidad e innovación, mientras el mundo real se fragmenta, se empobrece, se endeuda y se militariza sin invitación. Davos no representa a la humanidad: la gestiona simbólicamente. No expresa intereses universales: los sustituye por narrativas de consenso.

Su verdadero poder no radica tanto en decidir (que también se hace), sino en hacerlo sin votar, sin actas, sin control democrático y sin responsabilidad política directa. Allí no se gobierna, pero se orienta; no se legisla, pero se condiciona; no se despliegan ejércitos, pero se diseña el terreno donde estos se vuelven necesarios. El poder contemporáneo ya no necesita imponerse por la fuerza: le basta con hacer pasar lo decidido como inevitable. La ideología triunfa cuando se disfraza de sentido común.

En 2026, Davos llega atravesado por una tensión internacional extrema. La llamada “era de la competencia” dejó de ser una categoría académica para convertirse en experiencia cotidiana: guerras abiertas, disputas territoriales, chantajes energéticos, colapso climático y un orden internacional que se deshilacha a plena vista. El retorno de Donald Trump ya no aparece como anomalía histórica, sino como síntoma estructural: la amenaza sobre Groenlandia, el reciclaje explícito de la doctrina Monroe —ahora con branding renovado— y la confirmación tácita de que el derecho internacional es un adorno prescindible cuando incomoda a Washington. La legalidad global se tolera solo mientras no interfiera con la acumulación.

Gaza, Groenlandia, Ucrania, Taiwán, Venezuela y el Ártico no son episodios aislados, sino piezas de un mismo tablero. En Davos, incluso el despojo se formula con lenguaje técnico: la rapiña se presenta como “negociación racional”; la guerra se vuelve “ajuste geopolítico”; el saqueo, “optimización de recursos”. Tucídides sigue vigente: los fuertes hacen lo que pueden; los débiles sufren lo que deben. La diferencia es que ahora el cinismo se pronuncia en inglés corporativo y se aplaude en paneles patrocinados.

Klaus Schwab comprendió algo esencial: el capitalismo no sobrevive solo con ganancias; necesita relato. De ahí emergen fórmulas como “capitalismo participativo”, “economía social de mercado”, “desarrollo sostenible” o “Gran Reinicio”: oximorones cuidadosamente pulidos para maquillar una concentración de poder cada vez más obscena. La Cuarta Revolución Industrial avanza expulsando trabajadores, normalizando la vigilancia, privatizando datos y delegando decisiones humanas a algoritmos que nadie eligió y nadie controla. La promesa de eficiencia encubre una transferencia silenciosa —pero brutal— de poder.

El paso de Elon Musk por Davos fue una caricatura perfecta del momento histórico: bromas cínicas, confusión entre paz y pedazo, promesas de robots cuidadores y la fantasía de un mundo donde los vínculos humanos son un estorbo. La sátira se vuelve tragedia cuando se constata que el sistema ya ha producido sujetos suficientemente domesticados como para aceptar ese horizonte sin resistencia. El futuro ya no se discute: se consume como demo tecnológica.

Si Davos funciona como el laboratorio del nuevo orden global, América Latina comparece allí no como sujeto histórico, sino como objeto de administración. No delibera: es deliberada. No propone: es procesada. Su lugar no es el de la decisión, sino el de la ejecución. Y lo más grave es que esta condición no obedece únicamente a presiones externas, sino a una elección consciente de amplios sectores de las élites políticas y económicas regionales, que han convertido la subordinación en estrategia, la obediencia en virtud y la renuncia a la soberanía en proyecto político. La dependencia ya no se impone solo por la fuerza: se internaliza como racionalidad de gobierno.

En ese esquema, la regla es simple y brutal: los gobiernos dóciles son premiados; cualquier atisbo —incluso tímido— de autonomía es castigado. Argentina, Ecuador, El Salvador y el giro reciente de Chile encarnan la obediencia convertida en política de Estado. México, Cuba, Colombia y Brasil son periódicamente disciplinados cuando ensayan márgenes propios de decisión. La presión mediática, financiera, diplomática y jurídica opera como una pedagogía del sometimiento finamente calibrada. No persuade: adiestra.

Venezuela, sin embargo, no encaja del todo en ese libreto. No ha sido convertida en epicentro de disputa por la naturaleza de su régimen político, ni por la retórica selectiva de los derechos humanos, ni siquiera por el sufrimiento real de su población bajo un bloqueo económico prolongado. Su singularidad es más elemental y peligrosa: posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. En el orden global contemporáneo, esa riqueza no es un derecho soberano, sino una provocación geopolítica. Venezuela no es castigada por lo que hace, sino por lo que es. Su tragedia no es solo política ni moral: es material. Y revela una verdad incómoda del sistema internacional: la soberanía es tolerable hasta que se ejerce sobre recursos vitales; a partir de ahí, se convierte en amenaza.

Colombia, enclave histórico de Washington, enfrenta hoy con particular crudeza su dilema más persistente: profundizar su proyecto progresista que conciba la autonomía —política, económica y geopolítica— como condición material del desarrollo, o replegarse, una vez más, sobre la senda conocida de la dependencia administrada, presentada cínicamente como estabilidad. Cualquier intento de avanzar hacia la paz, la justicia social, la integración regional o una política exterior mínimamente no subordinada activa de inmediato los dispositivos del cerco político, mediático y financiero, verdaderos aparatos de corrección ideológica del orden hemisférico. No se trata de una anomalía coyuntural, sino de la reiteración mecánica de un libreto disciplinario largamente ensayado. En Colombia, como en buena parte del sur global, la autonomía nunca ha sido un problema técnico: es una falta moral imperdonable.

Si Davos es el laboratorio del orden global, sus réplicas regionales funcionan como salas de ensayo. No deciden el guion, pero aprenden a recitarlo. Bajo esa lógica debe leerse el Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe, organizado por la CAF en Ciudad de Panamá: una versión tropicalizada del ritual, con más calor humano, menos nieve y el mismo léxico cuidadosamente higienizado. Se habla de inclusión sin tocar acumulación; de crisis climática sin incomodar al capital fósil; de soberanía sin rozar el control real de los recursos. El foro no engaña: administra expectativas.

En ese escenario, la intervención de Gustavo Petro introduce una fisura incómoda. No rompe el dispositivo, pero lo tensiona. Petro no habla el idioma de la resignación tecnocrática: nombra la desigualdad como producto histórico, la crisis climática como consecuencia directa del capitalismo fósil y la deuda como mecanismo estructural de dominación. No ofrece recetas de manual ni promesas de “estabilidad macroeconómica” vaciadas de contenido social. Recuerda —con una obviedad casi subversiva— que la riqueza no nace del mercado, sino de la tierra y del trabajo vivo; que no hay transición energética sin justicia social; que no existe democracia viable bajo desigualdad extrema.

Por eso incomoda. Porque introduce política donde se esperaba gestión, conflicto donde se buscaba consenso, historia donde se exigía olvido. La reacción del foro es elocuente: escucha atenta, aplauso medido, archivo inmediato. La crítica es absorbida, neutralizada, convertida en “voz interesante”. Así opera el poder contemporáneo: no censura, encuadra; no reprime, diluye; no silencia, administra. Davos no es un lugar. Es un método. Un dispositivo que produce realidad mientras simula discutirla. Y su mayor triunfo no es concentrar poder, sino lograr que la mayoría no entienda cómo opera, ni dónde, ni para quién.

América Latina sigue entrando allí como proveedor, experimento o súbdita. El verdadero riesgo no es quedar fuera de Davos ni de sus sucursales tropicales. El verdadero riesgo es seguir entrando de rodillas, aceptar el guion como destino y llamar a esa renuncia “pragmatismo”.

Porque cuando la dominación ya no necesita esconderse, cuando el poder se presenta como consenso y la desigualdad como orden natural, el problema no es Davos. El problema es un mundo que aprendió a mirar hacia otro lado mientras le escriben el futuro… y que, en un gesto final de obediencia perfecta, incluso agradece no haber sido invitado a decidirlo.

* La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

miércoles, enero 21, 2026

Tres Curules para dos millones de indígenas: Una deuda democrática

 

Imagen tomada del portal de DeJusticia
Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-

Un millón de voces, si se articulan, no pueden seguir contentándose con solo tres escaños. La deuda no es solo con los pueblos indígenas, sino con la calidad misma de nuestra democracia

La Constitución de 1991 reconoció el carácter pluriétnico y multicultural de la Nación colombiana. En tal sentido, un pilar fundamental de ese reconocimiento fue la creación de circunscripciones electorales especiales, un mecanismo de acción afirmativa que permitió, por primera vez, que voces indígenas llegaran al Congreso de la República con sus propias banderas. Sin embargo, más de treinta años después, es imperativo señalar que este instrumento de inclusión étnica ha quedado estructuralmente obsoleto y es insuficiente para representar la realidad demográfica y política de los pueblos originarios colombianos.

El núcleo del problema es aritmético y demográfico, puesto que, mientras la población indígena en Colombia supera, según estimaciones conservadoras, los dos millones de personas (con un crecimiento más dinámico que el promedio nacional), su representación en el Capitolio Nacional se ha mantenido estática y minúscula: solamente Tres Curules (dos en el Senado, una en la Cámara). Esto significa que, demográficamente, cerca del 4% de la población nacional lucha por una representación que no llega ni al 1% de las sillas del legislativo.

Sumada a esta realidad demográfica-electoral, se tiene que la proyección del DANE y el subregistro reconocido por las organizaciones indígenas pintan una realidad en la que el potencial electoral indígena ronda el millón de votantes, un contingente que, de estar unificado, sería decisivo en cualquier contienda. No obstante, el actual sistema electoral colombiano los confina a disputarse migajas de representación.

Esta distorsión se traduce en vulnerabilidad política y manipulación ya que, por ejemplo, la misma arquitectura del sistema incentiva la fragmentación, tal y como puede advertirse para las elecciones de 2026, donde 14 organizaciones diferentes avalan listas para apenas tres curules, la dispersión es enorme: 24 candidatos para 2 senadores, 22 para un solo representante a la Cámara. En este orden de ideas, esta multiplicación de esfuerzos, lejos de reflejar una riqueza plural, diluye la fuerza electoral, debilita los programas unitarios y expone a las comunidades a las maquinarias políticas tradicionales. La pugna electoral entre AICO, MAIS, el CRIC, el Pueblo Zenú y otros, aunque legítima, termina jugando en favor de quienes ven en la división indígena una oportunidad para el clientelismo, el "trasteo" de votos y la cooptación de líderes. [1]

A esta fragilidad política se suma una desidia administrativa crónica, en la que la Registraduría Nacional, responsable de garantizar el derecho al voto, ha esgrimido históricamente el orden público como justificación para una presencia débil y una logística precaria en los territorios indígenas. Esta excusa se desmorona ante el hecho irrefutable de que son las guardias y autoridades indígenas quienes, con mayor frecuencia y eficacia, garantizan la seguridad y transparencia en sus propios territorios durante los comicios. La cifra oficial de la misma Registraduría de 974,563 votantes habilitados en circunscripciones especiales no es solo un número; es un síntoma de un Estado que no ha hecho lo suficiente para documentar, incluir y facilitar el ejercicio político de una parte vital de su ciudadanía. [2]

Esta falla del Estado y la sociedad colombiana ha sido advertida por la Corte Constitucional, al señalar, reiteradamente, el "Estado de Cosas Inconstitucional" que afecta a los pueblos indígenas. Parte de esa inconstitucionalidad radica, precisamente, en una participación política limitada, desproporcionada y llena de obstáculos. Los gobiernos posteriores a la entrada en vigor de la Constitución del año 1991 han sido miopes ante el dinamismo poblacional indígena y han carecido de la voluntad política para actualizar la representación.

Se requiere, por tanto, un gran acuerdo nacional, que tenga claro que no se trata de un regalo, sino de un ajuste democrático pendiente que posibilite el tránsito urgente y eficiente de dos caminos no excluyentes: primero, una reforma política que revise y amplíe el número de curules especiales con base en criterios demográficos reales y no en una fotografía de 1991. Segundo, un esfuerzo mayúsculo y autónomo al interior del pueblo indígena colombiano para construir una plataforma política unificada y estratégica.

Un millón de voces, si se articulan, no pueden seguir contentándose con solo tres escaños. La deuda no es solo con los pueblos indígenas, sino con la calidad misma de nuestra democracia, que no podrá llamarse plena mientras su representación en el Congreso siga siendo simbólica y no sustantiva. El avance normativo fue solo el primer paso; ahora toca la justicia electoral, pero, sobre todo; la unidad política del pueblo indígena colombiano.

 

martes, enero 20, 2026

Cretinos gobernando *

Por: Germán Navas Talero

Editora: Deisdre Constanza Vargas Sanabria


EE.UU. actúa como matón de barrio con los países pequeños, pero cuando Rusia y China exigen sus derechos sobre el petróleo venezolano que financiaron, retrocede. El "trampas" imperial no se atreve a desafiar a quienes pueden responder con igual fuerza. 

Hay gente que cree que los cretinos son los oriundos de Creta. Hay que explicarles que no. Que los oriundos de Creta son los cretenses. Cretinos son ciertos individuos que gobiernan el mundo. Un ejemplo, así para no molestar, un cretino, entendido en el sentido del mal uso de una inteligencia negativa, es el presidente de los Estados Unidos. Es el cretino más grande que usted pueda imaginarse.

Pero es el que manda en Gringolandia. Obviamente, la mentalidad del gringo es bastante deslucida. La cultura del gringo no es como la cultura de un francés o un alemán. El gringo sabe manejar un carro, sabe cambiar dólares y meter coca entre las narices. Eso es lo que saben los gringos. Pero cuando uno tiene la oportunidad de estar allá y se da cuenta de lo poco, de lo poco, de lo poco intelectuales que son.

Es cierto que han tenido unos dos, tres o cuatro que vale la pena destacar. Pero los demás, olvídese señor. Por eso les insisto, si quieren educarse, vuelvan a Europa. Allá está la cuna de la educación. Si quieren maleducarse, vayan y vivan como bien todos arrimados allá en los Estados Unidos. Un poco de colombianos desarrapados que se van a los Estados Unidos a que los maltraten y los escupan.

Todos los días critican la violencia en los Banana Banana República, como dicen los gringos para referirse a nosotros. ¿Qué dicen ustedes de esa democrática colonia? Porque eso fue una colonia de los ingleses. Que hoy en día mata sin contemplaciones a la gente de la calle.

Raptan a esa ciudadana que iba en su carro y se dirige en buen tono, a un enarme de esos, un asesino (ICE) uniformado gringo, y la mataron. La mataron de dos balazos y listo. Pero lo más infame es que las protestas fueron del común de la gente, pero el resto de la gente le dio lo mismo, un muerto más. Y antier mataron a otro mexicano en igualdad de condiciones. Le pusieron la rodilla en el cuello y lo estrangularon. Y a otra señora la arrasaron, y eso se lo vimos en televisión, por el piso uno de esos guardias. Esa es la cultura gringa. Ellos enseñan a matar, enseñan a estafar, pero nunca enseñan a respetar.

Los derechos humanos se desconocen en los Estados Unidos. Allá eso no se usa. Allá es la ley del más fuerte. Pónganse a revisar la prensa. ¿A cuánta gente han matado en lo que va corrido de este año esa policía de inmigración (ICE)?  Miren a ver a cuántos han matado. Si hubiera sido un muertico nuestro, uy, el escándalo.

Que Petro es un asesino. Pero como los muertos dos de ellos por gente de allá, nadie dice nada. Les parece tremendo lo que pasa en Irán, donde se agarran la policía y los manifestantes, pero las manifestaciones en los Estados Unidos, donde maltratan al ciudadano. Ahí vimos una toma que hace de una señora que se le atraviesa a un asesino de esos, disfrazado de policía allá. Y por ese hecho la botan al suelo y la cogen a patadas. Eso es, eso es. Si usted quiere que lo cojan a patadas, que le ofendan su dignidad, que le quiten sus cosas, vaya a los Estados Unidos.

Pero otra cosa, para quienes ejercen el periodismo. En los Estados Unidos, libertad de prensa no hay. Se ha llegado en los últimos días al extremo de que han llegado a las oficinas de los periodistas, les han robado los computadores para extraer la información que ellos tienen.

Y el argumento es que hay muchos periodistas que en esa información tienen secretos que afectan a la seguridad nacional. Eso que llaman ellos seguridad nacional. Nunca pude saber qué era la seguridad nacional. Porque la seguridad nacional es soportar a un presidente como ese que tienen. Y entonces van a las oficinas de los periodistas les quitan los computadores, les quitan las USB, todo para averiguar qué grabó, a quién le grabó y esa información de ese tipo. Porque según ellos, según el país de la libertad de prensa, no se pueden publicar informaciones que puedan afectar la seguridad nacional.

De manera, que, si usted como periodista se entera que el presidente de la República tiene una mosaica en otro país, eso no lo puede contar, porque eso afecta a la seguridad nacional. Porque eso indica que si tiene su mosaica en otra parte tendrá que ir a verla y cuando tenga que ir a verla tendrá que desplazarse en el avión 001. Eso no lo puede saber nadie porque es seguridad nacional.

Son unos ridículos. Cuando yo vi esa información quedé aterrado. ¿Hasta dónde ese país llegó? ¿Hasta dónde lo que llamaban democracia se acabó? Si usted quiere conocer la democracia vaya a un país comunista.

En serio, no es mentira. Yo he estado en los dos regímenes, y les quiero contar la atención que he recibido cuando he ido a los regímenes comunistas, han sido muy amables, muy atentos con uno, nadie me ha maltratado ni me han requisado en la calle, nada, nada, nada. Usted presenta su visa, entra y listo.

Mientras no cometa ninguna contravención nadie lo molesta, nadie le está averiguando a usted si va a comer o no. En cambio, en los Estados Unidos desde que usted llega ya le están averiguando donde va a vivir, qué va a hacer, cuanta plata trae, a mí nunca me preguntaron.  En países que en la época del comunismo duro nunca me lo preguntaron. Pasé con mi progenitor al antiguo Berlín comunista, a la Alemania oriental, pasamos, fuimos, hicimos compras, nadie nos molestó.

Había que hacer un chequeo en la frontera, nos dieron un permiso, ¿cuántos días van a estar? Dijimos tres días, no más preguntas, no más. Señores, feliz día. Cuando regresamos, ¿cuál fue su visita? Señores, no nos molestaron para nada, mi papá aterrado, se ha visto el trato que le dieron y esto dice que es un régimen comunista porque él había tenido aquí a los Estados Unidos y ha tenido que sacar visa.

Nosotros nada, llegamos allá al check point ¿qué van a hacer? No, queremos conocer aquí, ¿cuántos días están listos? Pasaportes y entramos y salimos, pero nadie nos maltrató, ni nos ofendió, ni nos dijo capitalistas, nada de eso, nada de lo que a usted le dicen cuando intenta cruzar la frontera de la antidemocrática de Estados Unidos. Señor, si usted tiene respeto por su patriotismo, por su patria, por su familia, no vaya a esa tortura que llaman Estados Unidos.

Yo admiro mucho al presidente Petro, lo aprecio, lo admiro fui su elector, fui su compañero de banca en el Congreso, pero sí lo creo muy ingenuo cuando se atreve a ir a encontrarse con el tramposo, perdón, el Trump allá en Estados Unidos. Ese inescrupuloso no tiene ningún empacho de si está Gustavo Petro en los Estados Unidos hacerlo capturar. Él no tiene respeto por los derechos humanos, ni el derecho internacional, ese sujeto no sabe qué es el derecho internacional. Lo demostró cuando hizo lo que hizo en Venezuela.

Me pareció fabulosa la jugada que hace ahoritica Rusia y China cuando le dicen, señores, ese petróleo que ustedes tienen ahí es nuestro, nosotros compramos esos derechos de explotación. China y Rusia habían hecho un acuerdo con el gobierno venezolano para la explotación de unos pozos con plata que había invertido Rusia y que había invertido la China y como los gringos quieren coger todo le dijeron un momentico. Eso sí no lo cogen porque eso no es de ustedes, eso es de nosotros, los chinos, y eso es de nosotros, los rusos.

Nosotros pagamos derechos por eso. Aquí están los contratos, quiten las manos de ahí que ese petróleo es nuestro. Y así se la hicieron y le tocó al señor Trump que es alzado con todo el mundo achicarse junto a los grandes y los barcos rusos llegaron hasta puerto y los chinos y sacaron el petróleo y se fueron, en las narices de los gringos, porque ellos son valientes con el pequeño al grande le tienen miedo, le tienen pánico.

Ellos no se atreven a hacerle una pilatuna a Rusia porque Rusia el día que coja un cohetico que se inventaron. Oiga hablando de inventos raros, impresionante, ese cañón de láser que acaban de fabricar los chinos, es un cañón que no dispara balas, dispara un rayo láser, un rayo láser que lógicamente va a la velocidad de la luz, o sea que si están chequeando para un avión extraño, basta simplemente oprimir el botón y el rayo láser llegará en lo que gasta un rayo de luz y llegará de un sitio a otro, es decir será indefectible para tumbarles todos los aviones que los gringuitos quieran si intentan asomarse por el lado de la China.

A la vuelta de 15 años el mundo estará manejado por los chinos y los prefiero a los gringos.

Bueno hasta la próxima.

Coletilla por Deisdre Constanza. La entrega de la medalla de paz a Donald Trump por parte de María Corina Machado constituye una ofensa abierta al sentido mismo de los galardones de paz. La señora Machado, que se presenta como defensora de la democracia y la ética pública, incurre así en una contradicción profunda, al entregar la medalla del nobel al presidente norteamericano. Este hecho no eleva el debate sobre la paz, ni cuestiona el uso político de los reconocimientos; por el contrario, lo constituye como una banalización. La paz no se decreta, ni se regala, se constituye con coherencia, responsabilidad y respeto por las instituciones que la representa. Este acto no dignifica a Trump ni fortalece ninguna causa democrática. Lo que deja es una herida simbólica en los galardones de paz y un precedente peligroso. Cuando el reconocimiento se entrega por conveniencia, la paz pierde su valor moral y se convierte en un simple trofeo político. La paz no se improvisa ni se regala por complacencia, es degradarla. Las reacciones oficiales y de opinión en Noruega han sido de crítica, incredulidad y rechazo. Recordando que el galardón no puede ser transferido ni compartido una vez otorgado por el Comité Nobel de Oslo. María Corina no defendió la paz, la convirtió en un obsequio para el ego de Trump.


* Esta columna fue publicada originalmente en SoNoticias y es compartida con la comunidad de La Conversa de Fin de Semana, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño.

Las opiniones de los columnistas son de su exclusiva responsabilidad.  Les invitamos a leer, comentar, compartir y a debatir con respeto.