LA VITRINA DE LA CONVERSA

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sábado, febrero 14, 2026

La decisión cautelar y el modelo de desarrollo en disputa *

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Como en todas las recientes ceremonias del Consejo de Estado, quien termina en el centro del sacrificio no es el decreto ni la sentencia: es el trabajador que vive al día y con escasez

En Colombia el salario mínimo dejó de ser una cifra técnica para convertirse en un espejo moral. Cada año se repite el ritual con puntualidad litúrgica: mesas de concertación, comunicados solemnes, advertencias catastrofistas, celebraciones moderadas. El salario mínimo es nuestro altar laico. No es de mármol ni de oro; está hecho de tablas estadísticas y artículos constitucionales. Allí se sacrifican porcentajes, se invocan principios y se quema incienso macroeconómico en nombre de la estabilidad. Pero, como en toda ceremonia donde abundan sacerdotes y escasean testigos del hambre, quien termina en el centro del sacrificio no es el decreto ni la sentencia: es el trabajador que vive al día y con escasez.

La suspensión provisional del Decreto 1469 de 2025 por parte del Consejo de Estado —que fijaba para 2026 un salario de $1.750.905 más $249.095 de auxilio de transporte, con un incremento del 23,7%— reactivó la homilía nacional en tono de catecismo macroeconómico. La decisión no anuló el aumento ni lo declaró inconstitucional; lo dejó en pausa mientras se expide un nuevo decreto transitorio, esta vez revestido de “fundamentación técnica exhaustiva”, fórmula que en Colombia suele operar como agua bendita institucional.

Inflación, productividad, crecimiento del PIB, participación salarial en el ingreso nacional, función social de la empresa, protección especial al trabajo: todo debe ponderarse con rigor milimétrico, como si el salario fuera una pieza delicada del equilibrio cósmico. La aritmética —se nos dice— no admite improvisación. Y es verdad. Lo sugestivo es que esa severidad casi quirúrgica se invoca con fervor particular cuando se trata de mejorar el ingreso de quienes menos ganan. Para otras decisiones que favorecen a los sectores más acomodados, la técnica rara vez adquiere dramatismo pedagógico.

Así el país aprende una lección curiosa: el salario del trabajador es asunto de alta sensibilidad científica, mientras otros privilegios transitan con serenidad estadística. La técnica importa, sin duda. La fijación del salario no puede depender del entusiasmo político ni del pánico empresarial. Requiere sustento verificable. Pero tampoco flota en el vacío. Opera dentro de una estructura social atravesada por desigualdades persistentes. Pretender que el debate es un ejercicio neutral de matemáticas es olvidar que detrás de cada cifra hay cuerpos concretos, familias reales y biografías que no caben en una hoja de cálculo.

Colombia no discute su salario mínimo en un laboratorio escandinavo. Lo hace tras más de tres décadas de apertura y reformas laborales que prometieron eficiencia, competitividad y empleo. En el gobierno de César Gaviria se abrazó la flexibilización como dogma modernizador: abaratar costos laborales, promover la tercerización, reducir “rigideces”. La promesa era seductora: menos obstáculos para el capital significarían más oportunidades para el trabajo.

El balance, sin embargo, es menos luminoso. La informalidad continúa siendo estructural. La estabilidad laboral es privilegio. Las jornadas se extienden sin que el ingreso garantice plenamente salud, pensión o vivienda digna. La desigualdad permanece como cicatriz abierta. El progreso ha sido selectivo; la precariedad, masiva.

Aun así, el relato dominante logró una proeza retórica: convencer a buena parte del país de que el problema del empleo no radica en la concentración del ingreso ni en la baja productividad estructural, sino en el salario de quienes menos ganan. Se instaló un colonialismo psicológico de la dignidad: si no hay empleo suficiente, la culpa es del salario mínimo; si la empresa no compite, el obstáculo es el costo laboral; si la economía se desacelera, el trabajador “gana demasiado”. El ingreso básico se convirtió en chivo expiatorio macroeconómico.

El contraste es didáctico. Mientras el país debate con gravedad teológica si el trabajador puede ganar unos pesos adicionales sin que colapse la civilización occidental, altos dignatarios del Estado —magistrados de las altas cortes y congresistas siempre atentos a sus prerrogativas— devengan más de cincuenta millones de pesos mensuales con impecable naturalidad republicana. No hay mesas de concertación para examinar la “productividad marginal” de sus decisiones, ni urgencias metodológicas para ponderar el impacto inflacionario de sus emolumentos. La austeridad se predica hacia abajo y se relativiza hacia arriba. Esa direccionalidad no es técnica: es moral.

Desde una perspectiva progresista, el problema no es un porcentaje aislado sino el modelo que naturalizó que millones trabajen y sigan siendo pobres. El salario se presenta como costo a contener antes que como derecho a garantizar. Se olvida que no es solo gasto empresarial: es demanda efectiva, cohesión social y estabilidad democrática.

Las cifras oficiales estimaron que el incremento beneficiaría directamente a cerca de seis millones de trabajadores formales y, incluyendo sus hogares, a casi diez millones de personas. Se proyectó una inyección considerable a la demanda agregada y la inflación registrada no produjo el cataclismo anunciado. El keynesianismo clásico recordaría que elevar el ingreso de quienes tienen mayor propensión al consumo dinamiza la economía. Redistribuir no es sentimentalismo; es racionalidad macroeconómica.

El debate reciente incorporó además la noción de salario mínimo vital y móvil, en sintonía con estándares de la Organización Internacional del Trabajo. No es consigna coyuntural, sino referencia vinculada a derechos humanos: alimentación adecuada, vivienda digna, servicios básicos, educación y salud. Si un hogar promedio requiere cerca de tres millones de pesos para cubrir necesidades esenciales y el salario legal se ubica por debajo de ese umbral, la discusión deja de ser contable y se vuelve ética.

El salario mínimo tradicional ha funcionado con frecuencia como techo en lugar de piso. Lo que debía garantizar lo indispensable termina delimitando lo máximo pagable en sectores con débil negociación colectiva. El mensaje implícito es inquietante: esto es lo menos que podemos pagar y, en la práctica, lo más que estamos dispuestos a reconocer.

Aquí emerge la tensión constitucional: el principio de no regresividad en derechos sociales. Si una medida mejora el acceso a condiciones básicas de vida, cualquier retroceso exige justificación estricta. La suspensión cautelar abre interrogantes legítimos. ¿Es mera exigencia metodológica o riesgo de regresión material? La respuesta no cabe solo en un expediente; es política y cultural.

Reducir el conflicto a un pulso entre el Consejo de Estado y el Gobierno sería miope. Lo que está en juego es la concepción de desarrollo. Competir por salarios bajos perpetúa dependencia. Competir por productividad e innovación exige inversión pública, política industrial y redistribución inteligente. La desigualdad extrema no es solo problema moral; es obstáculo económico. Sociedades con brechas profundas registran mayor conflictividad y menor movilidad social.

Mientras tanto, el Estado declama orden con voz marcial, endurece penas y amplía catálogos delictivos como si el Código Penal fuera su política social más consistente. Resulta más sencillo inaugurar cupos carcelarios que reformar estructuras económicas. Se administra el síntoma con firmeza y se aplaza el diagnóstico con elegancia técnica. Una sociedad que distribuye con mezquindad y castiga con severidad termina perfeccionando su sistema penitenciario mientras posterga la construcción de ciudadanía.

El salario mínimo es apenas la punta visible de un iceberg mayor: tercerización que diluye responsabilidades, debilitamiento sindical, brecha de género persistente, concentración de riqueza celebrada como mérito. Se pide sacrificio a quienes menos tienen y se llama dinamismo a la acumulación en la cúspide.

Colombia vuelve a situarse en la encrucijada donde se cruzan justicia social, ética pública y dignidad humana —esa palabra abundante en campaña y escasa en la práctica. Es año electoral: se eligen Congreso y Presidente, esa arquitectura solemne que promete leyes para el bien común y rumbos históricos. En teoría, el Congreso traduce el clamor ciudadano en normas; en la práctica, a veces traduce el lobby en artículos y la conveniencia electoral en silencios. El Ejecutivo ofrece dirección; ojalá no la reduzca a eslogan. Lo esencial —aunque con frecuencia se diluya— es que cualquier proyecto político serio debe poner en el centro a las mayorías que sostienen el país sin aparecer en las fotografías del poder. Mejorar la vida de quienes menos tienen no es caridad: es estabilidad democrática. Cuando la base social se fortalece, el país avanza; cuando se la precariza, el desarrollo se convierte en estadística elegante y barrios fatigados.

En ese contexto, el ciudadano entra al cubículo de votación y se enfrenta a un espejo. En el tarjetón no hay ideas abstractas, sino logos, nombres, trayectorias y decisiones pasadas. La democracia no suele fallar por falta de discursos, sino por exceso de olvido. Si el votante ignora quién votó contra sus derechos, quién archivó reformas sociales o quién blindó privilegios, la papeleta se vuelve trámite y no elección. Votar no es liturgia: es responsabilidad. El sufragio no es un acto de fe, sino de memoria. Y la dignidad —tan proclamada en los mítines— comienza por no delegar el propio criterio.

Porque el altar del salario seguirá convocando técnicos, jueces y políticos con sus fórmulas y proyecciones. Se discutirán elasticidades con solemnidad contable. Pero detrás de cada ecuación hay una nevera que se abre, un arriendo que vence, un pasaje que sube. Ningún modelo económico puede llamarse exitoso si necesita llamar “mínimo” a lo que debería ser simplemente humano.

Y aquí el detalle semántico revela su carga política. “Salario mínimo” es una expresión que contiene una pedagogía silenciosa: sugiere que quien lo recibe merece lo mínimo, que su esfuerzo alcanza apenas para el umbral de la tolerancia social. Normaliza la escasez como destino y convierte la supervivencia en horizonte legítimo.

Hablar de salario mínimo vital desplaza el sentido. Vital no es lo soportable, sino lo necesario para vivir con dignidad. No es concesión reducida, sino reconocimiento de humanidad. No es un cambio cosmético de etiqueta: es una diferencia ética profunda. Las palabras no solo describen la realidad; la configuran.

Una república que aspira a ser democrática no puede conformarse con garantizar lo mínimo. Debe proponerse asegurar lo vital. Decir “mínimo” es admitir resignación. Decir “vital” es afirmar dignidad.

* La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


miércoles, enero 31, 2024

La gaseosa da fresco mientras el fiscal sigue de ‘refresco’

                                

Por: Germán Navas Talero y Pablo Ceballos Navas*

Editor: Francisco Cristancho R.

Llegará el fin del castigo injusto y el perdón impune.

El legado de Barbosa se resume, en una palabra: Puestos. En lugar de investigar, de inspirar o al menos de exigir buenos resultados a sus subordinados, el fiscal general se ocupó de avanzar una candidatura presidencial que desde su llegada y hasta la fecha se advierte imposible de ganar por su evidente incapacidad

Hay palabras que tienen muchos significados, piénsese por ejemplo en el término fresco: así se le dice al pescado que ha caído en la red y que emprende rumbo a la cacerola; también al sol que no maltrata y que, por el contrario, invita a su disfrute; pero también se emplea para reprochar al individuo que entra a un lugar sin intenciones de abandonarlo, haciéndolo suyo sin serlo. Existe otra palabra fonéticamente semejante: refresco, que describe aquella bebida que con su ingesta provee la hidratación necesaria para sentirse a gusto; aunque también se admite su uso como superlativo del individuo fresco, quien por su conducta también pasa por rudo, atrevido y conchudo.

Fresco, rudo, atrevido y conchudo es el señor fiscal general, Francisco Barbosa, un refresco impotable en Bogotá y en Washington, a juzgar por los acontecimientos recientes. Barbosita se llevó a su compinche –la vicefiscal cuestionada por vínculos con el narcotráfico, Martha Mancera– de viaje por los corredores del gobierno federal de EE. UU. pues, como lo reportó el veterano periodista Gonzalo Guillén, fueron pocos quienes quisieron abrir sus puertas al avistarlos. Anticipando su fracaso y haciendo gala de su insuperable capacidad para mentir, Barbosa afirmó ante la prensa que el gobierno de Estados Unidos veía con buenos ojos a la vicefiscal Mancera y expresaba su ‘respaldo total’ a quien presentó como “fiscal general encargada”, sin percatarse –claro está– de que con ese artificioso título él se quedaba sin cargo y sin corte que le llevara el equipaje.

El legado de Barbosa se resume, en una palabra: Puestos. En lugar de investigar, de inspirar o al menos de exigir buenos resultados a sus subordinados, el fiscal general se ocupó de avanzar una candidatura presidencial que desde su llegada y hasta la fecha se advierte imposible de ganar por su evidente incapacidad, dejando una estela de compromisos que no podrá satisfacer. En lo único en lo que Barbosa pudo haber acertado es en asegurar que la Corte Suprema de Justicia se vea obligada a elegir su reemplazo entre la terna enviada por el presidente Petro, pues con el paso de las horas se develan los favores recibidos por algunos magistrados, ensombreciendo la pretendida independencia que invocaron como defensa tras imponerse el voto en blanco en la primera ronda, opción de voto que no debe consentirse ni debería permitirse, pues la obligación constitucional del alto tribunal es de escoger entre las opciones puestas a su consideración por el nominador, sin lugar a dejar el cargo vacante o a sonsacarse un candidato del organigrama de la entidad excediendo sus competencias legales.

Quienes conocen los intríngulis de ese aparato llamado Fiscalía sostienen que la danza de la nómina sigue imperando, aun cuando el dueño de la chequera ya está haciendo maletas. Lo cierto es que corre el reloj para que Barbosa abandone el búnker y con ello libere finalmente la sala de evidencias que su señora esposa ocupó con prendas de vestir y demás pertenencias. A la celebración que por su salida unirá al país decente se harán partícipes los perros de la familia Barbosa, quienes se alegrarán al tener a ambos amos en casa y con el clóset de zapatos completo para desgastarlos en las caminatas que sus antiguos paseadores –pagados por los contribuyentes– ya no podrán darles.

Adenda: hay quienes llegan al mundo a pelechar, a encontrar toda ventaja posible y a hacer cuanto daño les es consentido. Estos individuos, perniciosos en su propia existencia, se tornan en un peligro inminente cuando son investidos con funciones públicas. Nos corresponde a los ciudadanos detenerlos, bien con el voto; con la voz o con la movilización pública y pacífica.

Sugerencia de viaje: sea usted amigo del juego o no, nos permitimos recomendar a nuestros lectores la ciudad de Las Vegas, en la que los autores de esta columna disfrutamos un par de días sin ser muy duchos en las cartas. A apenas dos horas por carretera puede conocer el borde occidental del Gran Cañón y en el recorrido maravillarse por el ingenio humano que permitió construir –en plena crisis económica y con un décimo de la tecnología disponible hoy– la imponente presa Hoover.

Hasta la próxima

*Texto originalmente publicado en el portal SONOTICIAS y compartido a la comunidad de La Conversa de Fin de Semana gracias a la generosidad de nuestro aliado, el periodista Hernán Riaño.

Las opiniones de los columnistas son de su exclusiva responsabilidad.  Les invitamos a leer, comentar, compartir y a debatir con respeto.