LA VITRINA DE LA CONVERSA

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martes, junio 16, 2026

La democracia frente al espejo *

 

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Este 21 de junio, cuando el ruido se apague, aparecerá Colombia. No la del carnaval, de los transformistas Therian; sino la real: la del agua, la tierra, los jóvenes sin oportunidad y las víctimas sin justicia. Esa Colombia silenciosa y decente será la que decida 

Las dos vueltas de la elección presidencial en Colombia se disputan en universos distintos. Son, en esencia, dos países que votan movidos por emociones diferentes, motivaciones opuestas y concepciones morales que apenas llegan a encontrarse. Comprender esta diferencia no es un detalle técnico ni una curiosidad electoral: es la clave para entender lo que verdaderamente está en juego el 21 de junio. Porque hay momentos en la vida democrática de una nación en los que la segunda vuelta deja de ser una simple etapa del calendario electoral y se convierte en el escenario donde se define el rumbo histórico del país.

La primera vuelta es un carnaval a la colombiana: exuberante, caótico y profundamente revelador. Desfilan candidatos de todos los colores, carrozas cargadas de promesas y comparsas repletas de consignas. En medio del ruido suelen emerger propuestas serias, ideas capaces de dialogar con los problemas reales del país. En esta ocasión, las más elaboradas provinieron de la izquierda y del centro: programas con diagnóstico, con vocación de futuro. Del otro lado —donde la extrema derecha insiste en conversar con los fantasmas del pasado— el desgaste pareció haber agotado incluso la capacidad de imaginar algo nuevo. No llegaron con ideas; llegaron con reflejos. Y con los reflejos, como advertía Erich Fromm, rara vez se construye algo distinto al miedo.

Paloma Valencia gritaba con fervor casi religioso: «¡Uribe es mi papá!», como si la filiación política hubiera ascendido a la categoría de sacramento y el uribismo fuera una iglesia secular cuyo dogma consiste en añorar un pasado donde el orden justifica abastardar la democracia. En otro extremo surgió el candidato del «balín», que condensó en una sola palabra toda su concepción del Estado. Incluso él experimentó un destello de lucidez cuando afirmó que «Abelardo es una persona demasiado oculta y oscura». Pocas veces una crítica resulta tan demoledora precisamente porque proviene de quienes mejor conocen los corredores y los silencios de la misma casa.

Lejos de los límites del decoro —allá donde la prudencia fue despedida y la vergüenza abandonó su puesto sin dejar reemplazo— se levantaba el gran pabellón ambulante, el circo de Abelardo De la Espriella. Ni siquiera pareció una candidatura: fue una atracción de feria. Un maniquí de político ensamblado con piezas incompatibles: un extremista que promete destripar la oposición, un predicador apocalíptico, un gladiador de utilería y un vendedor de soluciones instantáneas. Como si la política hubiera sido absorbida por un programa de entretenimiento producido por los algoritmos de la indignación.

Cada aparición pública pareció diseñada por un comité integrado por la ira y las métricas de interacción en redes. Nada se orientó a convencer; todo apuntó a impactar. No ofreció argumentos: disparó proyectiles verbales. No construyó propuestas: fabricó enemigos. Simplificó la realidad hasta convertirla en una historieta donde todos los problemas nacionales se resuelven mediante castigos ejemplares y demostraciones de fuerza reaccionaria. Sus discursos fueron subastas de estridencias donde siempre ganó la exageración. La política dejó de ser deliberación para convertirse en una disciplina de alto riesgo emocional.

Pero el verdadero problema nunca ha sido el personaje. La historia está llena de fanfarrones, caudillos de opereta y profetas del resentimiento. Lo verdaderamente inquietante es la multitud que los sigue. Ningún charlatán de feria se fabrica solo: necesita una sociedad seducida por respuestas simples, dispuesta a confundir la grosería con autenticidad y el grito con la verdad. Por eso la pregunta decisiva no es quién es Abelardo De la Espriella. Es qué devela sobre nosotros el hecho de que un vulgar mata gatos haya llegado tan lejos.

Pero detrás del espectáculo, el carnaval ocultaba algo más grave. Algo que Colombia ya ha visto antes, y que pagó con sangre y con décadas de violencia.

A pocos días de la segunda vuelta, Iván Cepeda anunció que presentó ante la Fiscalía General de la Nación y la Corte Penal Internacional una denuncia penal contra De la Espriella por tres delitos asociados con crímenes de lesa humanidad: concierto para delinquir, financiación del terrorismo y enriquecimiento ilícito, en el marco de presuntos vínculos con las Autodefensas Unidas de Colombia. La denuncia señala que la Fundación Iniciativas para la Paz —FIPAS—, dirigida por De la Espriella, habría sido simultáneamente financiada por las AUC y financiadora de las mismas. Salvatore Mancuso declaró ante la Jurisdicción Especial para la Paz sobre esa relación. El propio De la Espriella, lejos de desmentir el vínculo, ha expresado públicamente su admiración por Mancuso, afirmando que el jefe paramilitar emprendió "una lucha que muchos cordobeses tenían que haber hecho." La denuncia vincula además a De la Espriella con los alias Ernesto Báez, Juancho Dique, Comandante Barbie y El Tuso Sierra.

El patrón no es nuevo. En los años ochenta, los narcotraficantes autodenominados Los Extraditables creyeron que la política podía ser un escudo. Pablo Escobar llegó al Congreso; Carlos Lehder fundó un movimiento político. Calcularon que la legitimidad institucional los blindaría de la justicia. Se equivocaron: al buscar tribunas, se expusieron al escrutinio que sus crímenes no resistían, polarizaron a la sociedad y aceleraron su propia destrucción. La lección es precisa: el crimen organizado que aspira al poder político no fortalece su posición, la fragiliza. Porque el poder democrático requiere transparencia, rendición de cuentas y soportar el escrutinio de la prensa y la ciudadanía. La política, cuando funciona, es el peor refugio para quienes tienen un inframundo que ocultar. La campaña de Abelardo no ha podido refutar los señalamientos con evidencia, solo con la fórmula habitual: el grito, la descalificación y la invocación de persecución política. El mismo argumento que utilizaron Los Extraditables cuando la justicia comenzó a cercarlos.

El 31 de mayo, Cepeda y De la Espriella pasaron a segunda vuelta. Colombia se encontró, una vez más, ante una encrucijada que no admite indiferencia. El triunfo de Abelardo demostró que su estrategia fue eficaz: el outsider furioso, el hombre que promete romperlo todo. Pero aquella misma noche el éxito comenzó a convertirse en su propio verdugo. La embriaguez del triunfo emergió sin filtros en la diatriba pronunciada sobre el río Magdalena: una sucesión de insultos y amenazas que no fue un discurso sino una radiografía de su carácter violento. Incluso muchos de sus simpatizantes sintieron vergüenza ajena. Porque De la Espriella encarna un fenómeno bien conocido en la sociología electoral: el candidato del voto vergonzante, aquel que se apoya en privado, pero pocos exhiben con orgullo en público.

Aquí aparece la lección más importante de toda elección de dos vueltas. En la primera, los ciudadanos votan por: por una esperanza, una propuesta, una visión de futuro. En la segunda, votan contra. Contra aquello que consideran una amenaza. Contra aquello que juzgan incompatible con el país que desean construir. Es una transformación política, filosófica y emocional: el elector deja de preguntarse quién lo representa mejor y comienza a preguntarse qué escenario considera más peligroso para la sociedad. Por eso las segundas vueltas suelen ser menos románticas y más racionales. Hannah Arendt advirtió que las amenazas para las democracias no siempre llegan con apariencia monstruosa; a veces se presentan como fenómenos perfectamente ordinarios. Su peligro radica precisamente en la normalización.

En estos días previos al 21 de junio continuarán las investigaciones, las denuncias, los prontuarios y los debates. El carnaval intentará prolongarse. Pero llegará el momento en que el ruido se apague. Y entonces aparecerá Colombia.

La Colombia real: la de los páramos que abastecen de agua a millones, la de las selvas que regulan el clima, la de los campesinos que producen alimentos, la de los jóvenes que buscan oportunidades, la de las víctimas que aún esperan justicia, la de las generaciones futuras que heredarán las consecuencias de lo que se decida ahora.

El problema de fondo nunca ha sido una candidatura: es una cultura política. Vivimos una época en que demasiadas sociedades confunden el espectáculo con el liderazgo, la provocación con el carácter y la capacidad de viralizar emociones con la capacidad de gobernar. Colombia no es ajena a esa enfermedad global. Por eso el 21 de junio trasciende a dos candidatos: ese día cada ciudadano responderá una pregunta más profunda que cualquier consigna de campaña. Las naciones no se definen solo por quienes las gobiernan, sino también por aquello que sus ciudadanos están dispuestos a admitir, tolerar o rechazar.

El carnaval termina. Las carrozas desaparecen. Las comparsas se silencian. Los vendedores de milagros desmontan sus tarimas. Los prestidigitadores del miedo recogen sus artefactos. Y entonces queda lo único que importa: Colombia. Frente a ella no estará Abelardo, ni Cepeda, ni los partidos, ni los estrategas. Estará cada ciudadano frente a su conciencia.

Porque las democracias no mueren cuando aparecen los demagogos —los demagogos han existido siempre—. Las democracias comienzan a morir cuando una sociedad deja de identificarlos. Y esta es mucho más que una elección presidencial: es la verdadera prueba que Colombia deberá superar.

* La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).