LA VITRINA DE LA CONVERSA

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martes, marzo 03, 2026

El HUMANISMO, DEMOCRÁTICO y POPULAR *

 

En la imagen: Carlos Medina / Historiador y analista político

Por: CARLOS MEDINA GALLEGO

La democracia real se vive en la participación cotidiana, en las decisiones colectivas, en el control social, en la capacidad del pueblo para incidir directamente en su destino. Una estrategia política para volver a mirarnos como pueblo.

Vivimos un tiempo extraño. Un tiempo en el que las identidades políticas se diluyen, las utopías se fragmentan y buena parte de la izquierda camina sin brújula, atrapada en un laberinto de dogmas heredados, prácticas burocráticas y una peligrosa incapacidad para leer el momento histórico. No es solo una crisis de proyectos: es una crisis de sentido.

Durante décadas, la izquierda habló en nombre del pueblo. Hoy, con frecuencia, habla desde periódicos que nadie lee, oficinas que nadie conoce, micrófonos o redes sociales que le hablan a nadie, hablan lejos del dolor real de las mayorías. Se volvió experta en diagnósticos abstractos, pero torpe para escuchar. Se acostumbró a administrar discursos mientras el hambre, la exclusión y la precariedad avanzaban. En muchos casos, sustituyó la ética por el cálculo, la organización popular por el clientelismo, y la estrategia por la improvisación.

No se trata de una acusación ligera. Una parte significativa de la izquierda tradicional terminó reproduciendo los mismos vicios que decía combatir: prácticas corruptas, lógicas de favores, disputas mezquinas por cuotas de poder, sectarismo ideológico y una arrogancia que la alejó de la gente común. Se volvió intolerante con la diferencia, incapaz de construir unidad amplia y profundamente desconectada de las necesidades concretas del presente.

Esta izquierda dogmática confunde radicalidad con rigidez, coherencia con pureza, y compromiso con obediencia ciega. Su lenguaje se volvió hermético. Sus debates, circulares. Sus liderazgos, personalistas. Perdió la capacidad de convocar porque dejó de conmover. Y cuando una fuerza política deja de tocar el corazón del pueblo, empieza lentamente a desaparecer de su horizonte.

Frente a ese agotamiento emerge una pregunta urgente: ¿cómo reconstruir una política que vuelva a poner la vida en el centro?

Aquí es donde el humanismo, democrático y popular, aparece no como una etiqueta, sino como una práctica. No nace para administrar ruinas ni para reciclar viejas jerarquías con nuevos nombres. Nace de una intuición sencilla y profunda: la política solo tiene sentido si sirve para dignificar la existencia humana.

Este humanismo no es neutral. Toma partido por quienes cargan sobre sus espaldas el peso del sistema: trabajadores precarizados, campesinos despojados, mujeres populares, juventudes sin futuro asegurado, comunidades excluidas. No se construye desde arriba ni desde la comodidad de los privilegios. Se construye desde el territorio, desde la escucha, desde la experiencia viva de las mayorías.

Su centro no es el poder como fin, sino la dignidad como horizonte.

Hablar de un humanismo democrático es afirmar que la democracia no puede reducirse al ritual electoral. La democracia real se vive en la participación cotidiana, en las decisiones colectivas, en el control social, en la capacidad del pueblo para incidir directamente en su destino. Es comunitaria, territorial, organizada. Es asamblea, es cabildo, es encuentro barrial. Es pedagogía política permanente. Y es popular porque no delega su esperanza en élites ilustradas ni en salvadores providenciales. Reconoce que los cambios profundos solo nacen de pueblos organizados.

Este enfoque humanista rompe tanto con la derecha tradicional como con una izquierda acomodada. Rompe con la tecnocracia sin alma, con la ética de salón y con la falsa moderación que solo sirve para conservar privilegios.

Rechaza la corrupción como práctica estructural del modelo económico que convierte derechos en mercancías y ciudadanos en consumidores. Entiende que la lucha ética es inseparable de la lucha política. Pero también rompe con el dogmatismo que convierte la teoría en catecismo y la militancia en obediencia.

Rechaza el sectarismo que fragmenta las fuerzas populares. Rechaza el patriarcado, el racismo estructural, el colonialismo mental y toda forma de dominación simbólica. No necesita jerarquías sagradas ni autoridades incuestionables. Convoca conciencias críticas.

Este humanismo es profundamente democrático porque cree en la diversidad, en el diálogo y en la construcción colectiva. No pretende uniformar al pueblo ni imponer verdades únicas. Busca unidad desde la diferencia, articulación desde el respeto, convergencia desde la escucha.

Es también un humanismo militante: no observa la historia desde la tribuna, camina junto a ella. Aprende de las luchas obreras, campesinas, estudiantiles, feministas populares, indígenas y barriales. Defiende la vida en todas sus formas y reconoce a la naturaleza como sujeto de derechos. Entiende que sin justicia social no hay dignidad posible.

Pero el humanismo democrático y popular no puede quedarse en declaración ética ni en horizonte simbólico. Su verdad se mide en la práctica. Si aspira a ser fuerza histórica, debe encarnarse en tareas concretas, en procesos organizativos reales y en una pedagogía política permanente.

Por eso, este camino exige compromisos claros:

1. La transformación comienza en el territorio. Es necesario promover asambleas barriales, encuentros comunitarios, cabildos abiertos y espacios populares de deliberación, no como eventos ocasionales, sino como ejercicio cotidiano de democracia directa. Allí donde la gente vive, trabaja y resiste debe nacer el poder popular.

2. Es urgente articular las luchas dispersas. Movimientos obreros, campesinos, estudiantiles, feministas populares, indígenas y comunitarios no pueden seguir caminando en paralelo. La fragmentación debilita. La tarea es construir plataformas unitarias, agendas comunes y vocerías colectivas, respetando la diversidad, pero avanzando hacia propósitos compartidos de justicia social.

3. Se requieren escuelas populares de pensamiento crítico, espacios de estudio colectivo y círculos pedagógicos donde el saber académico dialogue con el saber del pueblo. La formación debe emancipar, no disciplinar. El conocimiento tiene que volver a ser herramienta de organización y conciencia.

4. La ética pública radical es condición irrenunciable. Toda práctica clientelista, corrupta o nepotista debe ser combatida desde dentro. Transparencia, rendición de cuentas y control social permanente son pilares para recuperar la confianza popular. Sin coherencia, no hay proyecto transformador posible.

5. Participar en escenarios institucionales solo tiene sentido si fortalece la organización social y amplía derechos.

Ningún cargo puede estar por encima del proyecto colectivo. La representación debe entenderse como mandato popular revocable, no como privilegio personal.

6. Defender la vida debe ser el eje de toda política: paz con justicia social, redistribución real de la riqueza, protección de los territorios y reconocimiento efectivo de la naturaleza como sujeto de derechos. No hay democracia posible en medio del hambre ni libertad donde reina la exclusión.

7. La unidad amplia es indispensable. El adversario principal es el modelo que produce desigualdad y exclusión, no quienes luchan desde distintas orillas populares. La convergencia debe construirse desde el respeto por la diferencia y la conciencia estratégica del momento histórico.

8. Es necesario organizar la esperanza. La indignación aislada se agota; la esperanza organizada transforma. Convertir el malestar social en proyecto político requiere método, paciencia, escucha y trabajo sostenido. No basta con denunciar: hay que proponer, acompañar y permanecer.

El humanismo democrático y popular no promete comodidad. Promete coherencia. No ofrece cargos. Ofrece compromiso. No garantiza seguridad. Garantiza dignidad.

La democracia no se hereda: se construye. La justicia social no se promete: se conquista. La dignidad no se negocia: se ejerce.

Desde estos enunciados simples comienza la tarea de transformación, democracia real, justicia social y construcción de una paz duradera con el pueblo, desde el territorio, con una ética pública a toda prueba y con pensamiento crítico, hasta que la dignidad humana y social se haga costumbre.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


sábado, febrero 21, 2026

El país que sabe votar, pero no auditar *

 


Por: Jhon Jaiver Flórez G. 

Ninguna democracia sobrevive cuando sus accionistas renuncian a escrutar a quienes administran su destino.

Cada cuatro años, Colombia convoca a sus ciudadanos como si celebrara una asamblea general de accionistas. La puntualidad es impecable, la logística envidiable y la escenografía digna de auditoría internacional. Se instalan mesas que parecen estaciones contables, se acreditan jurados con aire de notarios y se activa la liturgia democrática: la tinta indeleble oficia como sacramento laico, los formularios se diligencian con devoción técnica y los boletines oficiales descienden entrada la noche con cifras precisas y tono aséptico. No hay tanques en las plazas ni interrupciones abruptas del orden constitucional. Hay filas disciplinadas, selfies patrióticas, cámaras vigilantes, declaraciones prudentes y una consigna que repetimos con orgullo casi ceremonial: Colombia vota. Colombia, invariablemente, vota. Y todo indica —al menos en la superficie— que el procedimiento funciona.

Y es verdad. Vota desde el siglo XIX, aunque no siempre hayan votado todos ni en igualdad de condiciones. Primero fueron los propietarios ilustrados; luego los partidos excluyentes; después la arquitectura jerárquica de 1886 consolidó un sistema que confundía estabilidad con concentración. El Frente Nacional perfeccionó la aritmética: alternancia pactada para conjurar la violencia, competencia dosificada para evitar sobresaltos. La guerra disminuyó en intensidad institucional, pero el pluralismo quedó cuidadosamente administrado. Más tarde, la Constitución de 1991 prometió una refundación ética y jurídica: derechos fundamentales robustos, tutela expedita, participación ciudadana, pluralismo político. El texto fue ambicioso; la estructura del poder, paciente. Se modernizó la fachada sin desmontar del todo la maquinaria clientelar que aprendió a sobrevivir a cada reforma como si fuera parte del mobiliario institucional.

Si adoptamos la definición mínima de democracia —elecciones periódicas, competencia formal y resultados reconocidos— el país aprueba. Ha habido alternancia; incluso rupturas simbólicas que décadas atrás parecían improbables. Las actas cuadran, las instituciones no colapsan y la transición se realiza con una serenidad que tranquiliza a observadores extranjeros. Pero la democracia no es solo un método para contar votos; es un sistema para producir consecuencias justas. Y ahí comienza la incomodidad.

Porque esta empresa colectiva llamada Estado colombiano encierra una paradoja persistente: sus accionistas —los ciudadanos— acuden disciplinadamente a la asamblea electoral, pero rara vez revisan con rigor los balances antes de elegir a quienes administrarán el patrimonio común. Se dejan seducir por el carisma del aspirante, por la retórica muchas veces lenguaraz, por el eslogan que promete dividendos morales inmediatos o por el jingle que reduce problemas estructurales a consignas fáciles de corear. Desde lejos, el engranaje luce ordenado; de cerca, la contabilidad revela pasivos heredados, intereses cruzados y utilidades distribuidas con criterios selectivos.

Si el Estado fuera una gran sociedad anónima, cada voto sería una acción depositada para decidir quién gestionará activos gigantescos: presupuesto público, recursos naturales, infraestructura, políticas sociales, justicia. Cada cuatro años se convoca esa asamblea, se instalan mesas, se activan sistemas de conteo y el acta siempre coincide. La Empresa exhibe estabilidad formal. Lo que no siempre exhibe es la misma transparencia en la gestión que presume en su ritual democrático.

La libertad del voto no florece en el vacío; se forja en un ecosistema de presiones visibles e invisibles. Generalmente en los territorios, sufragar no es solo un acto de conciencia sino un cálculo de supervivencia. La coacción rara vez aparece con uniforme o fusil; suele adoptar la forma de un contrato precario, de un subsidio condicionado, de una recomendación que recuerda favores pendientes o, más crudamente, de la necesidad elemental de comer envuelta en promesas que casi siempre caducan al día siguiente. La compra de votos no es una anécdota pintoresca; es una microeconomía electoral que funciona con la lógica del mercado: hay oferta, hay demanda y un precio ajustado a la urgencia. En contextos de precariedad, la dignidad compite con la necesidad. Y la necesidad, con demasiada frecuencia, gana.

A este escenario se suma la desinformación estratégica: relatos fabricados, cifras descontextualizadas, temores amplificados y adversarios convertidos en caricaturas útiles. Los medios y, con mayor intensidad, las redes sociales no solo informan; segmentan emociones, administran indignaciones a la medida y convierten la política en espectáculo permanente. Cada ciudadano termina habitando una versión distinta del país, diseñada por algoritmos que confirman prejuicios y refuerzan lealtades. Mientras discutimos en burbujas digitales, las decisiones estructurales se negocian en mesas discretas. El ruido ocupa el espacio público; la estrategia se cocina en silencio.

Decimos que elegimos con libertad; con demasiada frecuencia, sin embargo, nos limitamos a refrendar acuerdos tejidos de antemano.

Lo más delicado no ocurre el día de la votación, sino después. Las tres ramas del poder han sido, en distintos momentos, permeadas por grupos políticos y económicos que entienden la institucionalidad como activo estratégico. No se trata solo de sobornos individuales o escándalos episódicos; se trata de captura estructural. El Legislativo responde a compromisos adquiridos en campaña; el Ejecutivo negocia gobernabilidad mediante cuotas burocráticas; el Judicial, llamado a ser contrapeso, no siempre escapa a influencias que erosionan su independencia. La ley no se deroga frontalmente: se interpreta con creatividad interesada. La Constitución no se suspende: se administra.

No hay dictadura con uniforme ni clausura de elecciones. Hay algo más sofisticado: una legalidad moldeada con filigrana precisa. Reglamentos técnicos que parecen neutros, pero inclinan la balanza; decisiones administrativas que consolidan redes; nombramientos que aseguran lealtades y blindajes. Es un autoritarismo elegante, una dictadura institucional que conserva la forma democrática mientras desgasta su sustancia.

En muchas regiones, además, el apellido pesa más que el programa. Los clanes políticos han convertido la permanencia en arte. No siempre hay delito comprobable; hay estructuras maliciosas eficientes. Redes de favores, contratos que lubrican fidelidades, empleo público distribuido con precisión quirúrgica. La democracia compite en el papel; el clan administra en la práctica. La alternancia se transforma en rotación dentro del mismo círculo ampliado. Cambian los rostros; se heredan las maquinarias.

Entretanto, el debate nacional se concentra casi obsesivamente en la figura presidencial, examinando al jefe del Estado como si fuera el único responsable —o culpable— del rumbo institucional. Se dramatiza la elección del presidente, mientras se relega a un segundo plano la incidencia cotidiana del Congreso y de las autoridades territoriales, donde realmente se diseña la arquitectura normativa, se modulan las normas, se archivan reformas incómodas y se distribuyen los recursos públicos. Así, la discusión pública magnifica el símbolo del liderazgo y minimiza los engranajes que determinan, en los hechos, la orientación del Estado. Es como si los accionistas disputaran con vehemencia quién pronunciará el discurso anual, pero desatendieran quién redacta las cláusulas y administra los contratos que rigen la organización.

Sería cómodo atribuir toda la responsabilidad a la dirigencia. Y es cierto que durante décadas muchos políticos han tratado al ciudadano como insumo electoral: imprescindible en campaña, ornamental en la posesión y prescindible en el ejercicio del poder. Pero la renuncia ciudadana tampoco es inocente. Si el Estado es una empresa que nos pertenece a todos, ¿qué clase de socio vota sin revisar antecedentes, sin examinar votaciones previas, sin exigir rendición de cuentas? ¿Qué accionista delega la administración de su patrimonio colectivo a gestores con historial dudoso y luego se sorprende ante los resultados?

En el ámbito empresarial eso se llama negligencia. En política, solemos llamarlo tradición, lealtad o resignación.

La abstención, persistente y estructural, no es simple apatía; es el sedimento de un escepticismo prolongado. Muchos ciudadanos están convencidos de que, gane quien gane, su cotidianidad poco variará. Sin embargo, cuando quienes podrían ejercer un voto crítico se ausentan, la decisión se adopta sin contrapeso. No votar puede parecer un gesto de protesta; también puede convertirse en el mecanismo que consolida aquello que se cuestiona. Se olvida que decisiones trascendentales como: las tarifas, las garantías laborales, el acceso a salud, vivienda digna, educación o servicios básicos dependen, en última instancia, de quienes ocupan el poder.

Colombia no es una dictadura abierta ni una democracia idílica. Es un sistema que ha perfeccionado el ritual electoral, pero que aún lucha por traducir esa competencia en justicia tangible. El procedimiento es sólido; la distribución del poder, menos equitativa. La alternancia existe; la transformación estructural se posterga. La democracia funciona como ceremonia impecable mientras la administración pública exhibe síntomas crónicos de captura y desigualdad.

La pregunta de fondo no es si el país vota. Vota. La pregunta es si ese voto se ejerce como acto de soberanía consciente o como trámite periódico. Si se asume como delegación responsable de poder o como descarga momentánea de frustración. Porque votar no es un favor concedido al candidato; es una decisión sobre presupuestos multimillonarios y políticas que determinarán acceso a salud, educación, empleo, vivienda y justicia. Es un acto de corresponsabilidad histórica.

Ningún Estado puede ser mejor que la exigencia de sus ciudadanos. Ninguna democracia sobrevive cuando sus accionistas renuncian a escrutar a quienes administran su destino. La corrupción persistente, la desigualdad obstinada y la captura institucional no son fatalidades metafísicas; son consecuencias de decisiones políticas y de omisiones ciudadanas.

Tal vez el desafío no sea perfeccionar el ritual —que ya funciona con precisión admirable— sino dotarlo de contenido real. Convertir la jornada electoral en algo más que una ceremonia ordenada. Entender que cada sufragio es una auditoría moral y un compromiso con el futuro común. Asumir que el Estado no es una abstracción manejada por otros, sino la empresa colectiva cuya gestión determina nuestra dignidad cotidiana.

Colombia sabe ir a las urnas. Lo ha demostrado durante décadas. Lo que está en disputa es si aprenderá, finalmente, a gobernarse con la misma seriedad con la que organiza su jornada electoral. El día en que el ciudadano actúe como propietario vigilante y no como espectador ocasional, la elección dejará de ser un ritual impecable y se convertirá en el ejercicio pleno de una soberanía que no solo cuenta votos, sino que exige cuentas.

*La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


martes, febrero 17, 2026

Colombia, país de enfermos mentales *

 

En la imagen: Germán Navas Talero, jurisconsulto y excongresista

Por: Germán Navas Talero

Editor: Francisco Cristancho R.

Colombia es un país que tiene un gran problema de salud mental, porque si en este país se contempla votar por Uribe Vélez otra vez, es un país que tiene que estar enfermo


Algo divertido, y que parece una página cómica, es mirar los procesos que se adelantan en Estados Unidos contra servidores del dictador Donald Trump. Cuando uno oye a la fiscal general de Estados Unidos, Pam Bondi -ficha de bolsillo del presidente- responder que no tiene ni idea de dónde se encuentra la alcahueta de Epstein, es incomprensible, más cuando se supone que ella maneja toda la administración de justicia en ese país. Pero resulta que allá la justicia no es independiente, así nos digan mentiras. En un país donde el presidente de la República puede hacer cambiar un fiscal, puede hacer cambiar un juez, y cambia la ley como se le antoja, no es un país democrático. Lo más mentiroso en el mundo -después de Pinocho- es afirmar que los Estados Unidos es una democracia. Ellos fueron democracia hace mucho tiempo, pero ya no lo son.

Sobre este tema, me puse a escuchar algunas declaraciones por parte de unos funcionarios a raíz de la muerte de una ciudadana a manos de uno de los grupos paramilitares de Trump: los del ICE. Los cuales afirmaron que la mataron porque se presumía que podía agredirlos; porque no les gustó cómo los miraba. Esos del ICE son unos ‘genios’. Y la mataron, y nadie está en la cárcel. Y el payaso ese, el mal-pintado vicepresidente de la República, JD Vance, sostuvo que eso había sido “legítima defensa”. Eso afirmó ese individuo, ese analfabeto. Que era que los muchachos del ICE se estaban defendiendo, ¡Ah!

Y uno se pone a ver y resulta que el tal Vance es un analfabeto que llegó a donde llegó por pura chepa, por pura lagartería con Trump. Cuando uno mira a Vance y luego mira al Guasón -el enemigo de Batman-, ve que son igualitos: payasos mal-pintados. Fíjense ustedes, siempre se coloca en forma tal que gane en cámara y salga detrás de Trump, y siempre con la misma cara de Guasón. Siempre tratando de reírse, pero eso es una risa artificial, mentirosa.

Si hay un tipo en el cual no se puede confiar es en el tal Vance; pónganle cuidado a las barbaridades que dice, a los análisis que hace, y díganme si estoy equivocado. En lo que a mí respecta, a ese señor no le serviría ni de fiador de la tienda de la esquina. No me genera ni la menor confianza. Ese tipo lo único que espera es que se Trump se inhabilite, o a ver cómo lo saca del cargo para encaramarse ahí.

Hace unos días, conversando con algunos gringos sobre la carrera política del vicepresidente Vence, me decían que es un hombre que se ha hecho al lado de Trump con el fin de acolitarle todas las cosas oscuras que hace el presidente de la República; y con esa cara de idiota mal-pintada, con esa movedera de cabeza diciendo “sí” siempre a todo aquello que se le ocurre al señor Trump.

Pónganles cuidado a las declaraciones de ese pisco. Y lo grave del caso es que, si Trump es peligroso, este Vance lo es mucho más. Pobre de Estados Unidos si este tipo llegara a la presidencia de los Estados Unidos. ¡Pobres gringos! Pobres, porque ya tendrían el segundo peor presidente en la historia de ese país. Porque, sin duda, el primero es el señor Tramp-as, y si digo ‘trampas’, es porque cuando Trump se pronuncia en inglés, suena Tramp, o sea… ¡Trampas!

Ahora, que no me vayan a salir con que estoy calumniándolo u ofendiéndolo, ustedes son testigos de que ese señor fue condenado por 34 delitos, pero como es el presidente, no han hecho efectivas las sanciones. Y fuera de eso, cuando se posesionó como presidente, tenía varias investigaciones. Pero el colmo de la vagabundería es lo que acaban de descubrir: que el tal presidente de los Estados Unidos, aquel hombre honrado, tenía un negocio para contarle a un país de medio oriente algunos datos que necesitan sobre satélites, pero no lo hacía gratis; él le contaba todo eso a cambio de que le autorizaran una urbanización hotelera allá en ese país, que me parece que es Catar.

Entonces, yo les ofrezco información privilegiada que ustedes quieren, y ustedes me dan esa aprobación. ¿Que cómo se descubrió eso? Porque Ivanka, la hija de ese tipo, cuando hicieron un allanamiento en una de sus propiedades, soltó la lengua, y entregó los casetes que contenían las pruebas de que su padre, el señor presidente de la República, había negociado con un extranjero que les daba la información sobre secretos de estado a cambio de que ellos le permitirán montar otro negocio, de los que le gustan a él: urbanizaciones piratas, canchas de golf, etcétera, etcétera.

Miren con cuidado esto, para que, si ustedes piensan que la justicia en Colombia está mal, la de los gringos está peor. Y son tan cínicos estos gringos que ahora el señor Trump vendrá a Venezuela, a visitar a la señora Delcy Rodríguez, y seguramente a dar órdenes de cómo tiene que manejar ese pedazo de tierra que se llamaba Venezuela, y que ahora más parece Yanquilandia II; porque los gringos hacen lo que se les dé la gana con ese país. Ya secuestraron a Maduro y pusieron a esa señora.

Pero aquí los colombianos despotricaron de Maduro todo lo que quisieron. Pero resulta que, mirando y estudiando con cuidado las manifestaciones de apoyo a Maduro, han sido impresionantes, verdaderamente impresionantes. Pero ‘la gran prensa’ de acá, esos periodistas nuestros, como estaban en campaña contra Venezuela por supuestamente ser de izquierda. Esos ya no son periódicos, son cámaras de chismes. A mi casa llegaban suscripciones de revistas y periódicos hasta hace un tiempo, pero ya las suspendimos. Preferible que cada cual coja el celular y que mire a ver qué consulta, porque las investigaciones que hacen estos señores de los ‘grandes medios’ son la cosa más mentirosa del mundo.

Pero, eso sí, ellos se facultan para ser sensores de los medios de comunicación digitales, ellos afirman que esos medios son falsos y que todo lo que salga en internet es fake-news; y lo que ellos dicen sí es verdad. Ellos tienen la verdad revelada. ¡Dejen de leer esos pasquines! Tomen la información que quieran, y saquen sus propias conclusiones. Se supone que ustedes saben leer y escribir, ¿no?

Por nuestra parte, creo que Colombia es un país que tiene un gran problema de salud mental, porque si en este país se contempla votar por Uribe Vélez otra vez, es un país que tiene que estar enfermo. Mentalmente enfermo. Y si siguen votando por los políticos de la costa, tienen que estar enfermos. Los políticos de la costa son siempre los mismos; y en la costa, si usted no da propina, no le dan nada. En la costa no venden votos, los ferian. Por eso digo que estamos muy mal de la cabecita.

Coletilla por Deisdre Constanza. Resulta casi paradójico que el Consejo de Estado invite a reconsiderar el incremento del salario mínimo, como si el verdadero riesgo económico del país estuviera en los bolsillos de miles de trabajadores que a duras penas pueden cubrir un arriendo y un poco de mercado; donde comer carne, pollo o pescado se volvió un verdadero privilegio, escasamente toca comer pollo en su mínima expresión, o sea, ‘un huevito’. Tal vez el mensaje del Gobierno sea que el problema no es la desigualdad, sino que los de abajo aspiren a estar un poco mejor. Porque en este país, ajustar el salario mínimo se convierte en un debate técnico. Curiosamente cuando se trata de proteger utilidades del empresariado. Se nos dice que subir el salario genera desempleo, pero no se habla con la misma contundencia de los márgenes de ganancia, de los beneficios tributarios o de la concentración de la riqueza. El debate no debería centrarse únicamente en cifras macroeconómicas, sino también en la coherencia institucional y el principio de equidad. La legitimidad de las decisiones públicas no solo depende de su legalidad, sino de la percepción de justicia que se genera. si de verdad se quiere hablar de “reconsideración” que se empiece por quienes tienen margen para ceder, no para quienes apenas tienen margen para vivir.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


martes, febrero 10, 2026

EL AMOR EFICAZ EN CAMILO TORRES RESTREPO COMO HORIZONTE ÉTICO-POLITICO *


Carlos Medina Gallego - Historiador - Analista político

Por: CARLOS MEDINA GALLEGO

Recuperar el AMOR EFICAZ es, hoy más que nunca, una tarea ética y política para quienes se niegan a aceptar la injusticia como destino

El próximo 15 de febrero del 2026 se conmemoran los 60 años de la muerte en combate del sacerdote revolucionario Camilo Torres Restrepo. En esta ocasión y en el marco de esa conmemoración quisiera arriesgar una reflexión al respecto del sentido ético y político del concepto de AMOR EFICAZ desarrollado por Camilo. 

El concepto de AMOR EFICAZ constituye una de las propuestas ético-políticas más profundas y radicales del pensamiento latinoamericano del siglo XX. Lejos de entender el amor como una experiencia puramente religiosa, sentimental, individual o abstracta, el padre Camilo Torres Restrepo lo concibió como una práctica concreta, histórica y transformadora, orientada a la superación de la injusticia social y de las estructuras que producen miseria, exclusión y violencia.

En el mundo contemporáneo atravesado por crecientes procesos de deshumanización, el AMOR EFICAZ emerge como una categoría indispensable para pensar la dignidad, los derechos y la justicia social desde una perspectiva profundamente humana y fundamento de lo que se puede denominar el humanismo Camilista.

Para el padre Camilo Torres Restrepo, el amor cristiano no podía reducirse a la caridad asistencial ni a la compasión pasiva frente al sufrimiento ajeno. Amar eficazmente significa comprometerse de manera activa y organizada con la transformación de las condiciones materiales que niegan la vida digna a las mayorías. En sus palabras y acciones, el amor verdadero debía producir efectos reales sobre la vida de los pobres, de los excluidos y de las víctimas de la desigualdad estructural. De lo contrario, se convertía en un discurso vacío, moralista y funcional al mantenimiento del orden injusto.

Esta concepción del amor se nutre de una lectura crítica del cristianismo, de la sociología y de la realidad latinoamericana. Camilo comprendió que la pobreza no era un accidente ni una fatalidad, sino el resultado de un sistema económico, político y social profundamente desigual. En ese sentido, el AMOR EFICAZ exigía tomar partido, asumir una opción clara por los oprimidos y disputar el poder que reproduce la injusticia. No se trataba de un amor neutral, sino de un amor situado, conflictivo y transformador.

La vigencia del AMOR EFICAZ resulta particularmente evidente en el contexto actual, caracterizado por múltiples formas de deshumanización. La mercantilización de la vida, la precarización del trabajo, el racismo estructural, la destrucción ambiental, las guerras, los desplazamientos forzados y la normalización del sufrimiento ajeno configuran un escenario en el que la dignidad humana es sistemáticamente erosionada. A ello se suma una cultura del individualismo extremo, que rompe los lazos sociales, debilita la solidaridad y convierte al otro en un competidor, un enemigo o un objeto descartable.

Frente a esta realidad, el AMOR EFICAZ propone una ética radicalmente distinta. Invita a reconstruir el sentido de lo común, a reconocer al otro como sujeto de derechos y a comprender que la realización personal solo es posible en una sociedad justa. El amor, entendido de este modo, deja de ser una emoción privada para convertirse en un principio organizador de la vida social y política. Amar eficazmente implica luchar por sistemas de salud, educación, vivienda y trabajo que garanticen condiciones reales de dignidad para todos y todas.

Además, el AMOR EFICAZ interpela de manera directa a las, democracias contemporáneas, muchas veces vaciadas de contenido social. Camilo entendió que no puede haber democracia real en sociedades profundamente desiguales. Por ello, su propuesta articula amor, justicia social y participación política. La defensa de los derechos humanos no es, desde esta perspectiva, un ejercicio retórico, sino una práctica cotidiana que exige confrontar privilegios, redistribuir el poder y democratizar la riqueza.

Otro aspecto central del AMOR EFICAZ es su dimensión colectiva. Camilo Torres rechazó las soluciones individualistas a problemas estructurales. Para él, la transformación social requería organización popular, conciencia política y acción colectiva. En un mundo donde se promueve la polarización, la apatía, el miedo y la fragmentación social, esta dimensión resulta especialmente relevante.

Recuperar el AMOR EFICAZ supone reactivar la capacidad de los pueblos para organizarse, resistir y construir alternativas basadas en la solidaridad y el cuidado mutuo.

El AMOR EFICAZ plantea una concepción profundamente humana de la esperanza. No una esperanza ingenua o pasiva, sino una esperanza que se construye en la acción, en la lucha y en la coherencia entre pensamiento y práctica. En tiempos de crisis civilizatoria, donde el futuro aparece marcado por la incertidumbre y la exclusión, el legado de Camilo Torres Restrepo ofrece una brújula ética y política para rehumanizar el mundo.

El AMOR EFICAZ no es una idea del pasado ni un gesto romántico de rebeldía, sino una propuesta vigente y urgente. Frente a la deshumanización creciente, propone colocar la vida digna en el centro, asumir la justicia social como condición del amor y comprender que no hay verdadero humanismo sin transformación estructural.

Recuperar el AMOR EFICAZ es, hoy más que nunca, una tarea ética y política para quienes se niegan a aceptar la injusticia como destino y siguen creyendo que otro mundo, más humano y más justo, es posible.

A partir de los fundamentos señalados —y del núcleo ético-político del pensamiento de Camilo Torres Restrepo—, estos 10 enunciados buscan expresar qué significa, en la práctica histórica y política, hacer efectivo el AMOR EFICAZ:

1. El AMOR EFICAZ se expresa en la acción transformadora, no en la simple intención moral ni en el discurso bien intencionado; amar es intervenir sobre las causas estructurales de la injusticia.

2. El AMOR EFICAZ exige organización colectiva, porque el sufrimiento social no se supera con gestos individuales, sino mediante procesos políticos, sociales y comunitarios capaces de disputar el poder que produce exclusión.

3. El AMOR EFICAZ toma partido por los pobres, por las mayorías empobrecidas y por las víctimas de la desigualdad, rompiendo con toda neutralidad frente a la opresión.

4. El AMOR EFICAZ convierte la indignación ética en compromiso político, entendiendo que la injusticia no es un accidente moral sino un resultado de estructuras históricas concretas.

5. El AMOR EFICAZ rechaza la caridad asistencial como solución, cuando esta no transforma las condiciones que reproducen la miseria y termina legitimando el orden injusto.

6. El AMOR EFICAZ defiende la dignidad humana como principio irrenunciable, entendiendo los derechos no como concesiones, sino como conquistas sociales y políticas.

7. El AMOR EFICAZ implica asumir riesgos, porque enfrentar estructuras de poder injustas conlleva conflicto, persecución y, en muchos casos, sacrificio personal.

8. El AMOR EFICAZ articula fe, ética y política, superando la separación entre espiritualidad y vida material, entre creencias y responsabilidad histórica.

9. El AMOR EFICAZ se mide por sus efectos reales, por su capacidad de mejorar la vida concreta de los pueblos y no por la pureza de las intenciones de quienes lo proclaman.

10. El AMOR EFICAZ es una apuesta radical por la humanización, una praxis que busca rehacer lo humano allí donde el sistema produce deshumanización, exclusión y muerte.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

martes, diciembre 28, 2021

Se puede... ¡Claro que se puede!

Imagen tomada de perfil FB

Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com

Lo primero que hay que hacer es convencernos de la justeza y la necesidad de cambiar los modelos, mitos y mentiras con las que hemos convivido y hemos sido gobernados, por más de doscientos años. Convencernos de que este cambio es posible, sin tener que acudir a milagros, mesías, caudillos o a copiar estándares externos, impuestos por el mercado o las gigantescas empresas trans nacionales, que en últimas; terminan siendo lo mismo.

Millones de personas desplazadas, cientos de miles muertas y/o desaparecidas, miles y miles amenazadas, cientos de niños muertos de hambre, a causa de enfermedades prevenibles y curables, o por acción de la guerra; así como los millones y millones de desempleados e informales, que conforman las cientos de miles de familias sumidas en la pobreza, cuando no, en la más aterradora miseria; conforman el recuento básico de pruebas que confirman la ineficacia, lo perjudicial y lo inhumano del sistema político y económico, con el que los verdaderos privilegiados, herederos de los primeros saqueadores y sus aliados, los prósperos comerciantes de lo ilícito; han gobernado y piensan seguir haciéndolo por otros cuatro años más.

Seguir creyendo en las maravillas y los beneficios de una educación con calidad, solo para un sector de la población, que ha generado, como mínimo, dos generaciones de colombianos adiestrados en la prospección, la proactividad, el mindfulness y demás delicias del entrenamiento tipo emprendimiento multinivel, al mejor estilo de Yanbal, Herba life, etc.; es un acto de absoluta irresponsabilidad, con las actuales, pero sobre todo, con las futuras generaciones de colombianos, que en serio, merecen el buen vivir, que un país tan rico, como Colombia; les puede ofrecer.

Seguir repitiendo a diestra y siniestra; que intentar un nuevo estilo de gobierno que erradique las viejas clientelas y los viejos vicios de la clase política tradicional, es algo así como un suicidio; no es nada más, ni nada menos, que seguirle apostando a la corrupción, la guerra y la muerte. Falacias como la pérdida de la confianza inversionista o la llegada del coco comunista al palacio de Nariño, no es nada más que la respuesta desesperada, de una clase dirigente, acorralada, desnudada en su talante racista, homofóbico, patriarcal y déspota, que no tiene, ni desea; salidas para la violencia, la pobreza y la muerte que padecen millones de colombianos, diferentes al glifosato y el incremento en pie de fuerza en el campo. El miedo, hecho política de estado y campaña masiva de comunicación social, no puede seguir siendo la hoja de ruta de Colombia.

Si bien es cierto que las particularidades, propias, de un país sin un mito fundacional de su nacionalidad, como Colombia, que posee pequeñas naciones, ubicadas en diferentes zonas geográficas, separadas por las deslumbrantes cordilleras andinas; hace que sea casi imposible, tramitar una salida unificada a los cientos de miles de problemas, que los representantes del actual modelo han ocasionado o no han querido resolver, con tal de mantener el statu quo que los sigue beneficiando. Sin embargo, esta aparente dificultad, también brinda la posibilidad de explorar diferentes formas de ver, entender y proponer salidas a la endémica crisis social y económica, que viven los colombianos, sin que esta exploración signifique unanimismo u homogenización del pensamiento.

Una vez transitados los arduos caminos de la búsqueda de sintonía política entre las mil y una visiones que la izquierda colombiana tiene sobre la realidad del país; es necesario hacer propósito común en el verdadero objetivo a alcanzar en las próximas jornadas de electores del 2022; en las que la sociedad colombiana va a elegir a los miembros del congreso y a los nuevos huéspedes del palacio de Nariño.

Aunque una cosa es el burdo utilitarismo político, que se ha impuesto y que todavía regula el accionar electoral colombiano y otra muy distinta, la defensa y promoción de una ética política que impida que la delincuencia, siga siendo la rectora de la democracia; se hace urgente, reforzar aquellas propuestas y aquellas candidaturas que planteen el cambio de modelo económico y social,  la lucha radical en contra de la corrupción, el saqueo de lo público, el clientelismo y las alianzas con los prósperos comerciantes de lo ilícito; aun cuando no se encuentren arropadas en las banderas del partido o la coalición que se considere más de izquierda, más anti corrupción, más democrática, más progresista o más humana; lo realmente importante es que el viejo establecimiento, aún con nuevas y jóvenes caras y nombres, le de paso a un nuevo modelo socio económico, acorde a las verdaderas características y necesidades de Colombia.

Se puede... ¡claro que se puede! Colombia requiere empezar a construir ese nuevo país, en el que la irracionalidad, lo inhumano, o la ganancia económica, no sigan siendo las directrices éticas de la sociedad. Se puede … ¡claro que se puede! Pasar de la indignación en las calles; a la acción contundente en las urnas.

 

miércoles, octubre 12, 2016

PAZ YA

¡PAZ YA!


Bogotá, octubre 12 - Una nueva marcha en reclamo de la implementación del acuerdo

Por: Omar Orlando Tovar Troches –ottroz69@gmail.com-

Luego de la lamentable resaca producto del pírrico triunfo del NO, en la pasada jornada plebiscitaria que buscaba la aprobación de los acuerdos negociados en la Habana entre la guerrilla de las F.A.R.C. y el actual gobierno Colombiano; la Nación colombiana ha entrado en un marasmo lleno de incertidumbre, esperanzas y desafíos en torno al futuro de un, ahora no tan claro, escenario de pos-conflicto.
La renuncia del gerente de la campaña del NO AL PLEBISCITO, del Centro Democrático, no ha podido contener la sensación de engaño, manipulación e irrespeto que quedó entre muchísimos desinformados votantes, que le apostaron a la postergación de la esperanza de Paz en nuestro territorio. Los manipuladores líderes y lideresas del NO AL PLEBISCITO, tampoco han podido cumplir la, también falaz, promesa de re-negociación de lo acordado en la Habana, que le hicieron a sus casi estafados seguidores, ni han insinuado un acto de contrición ante la feligresía que cayó en el señuelo de la inexistente “Ideología de Género” agazapada en el citado acuerdo de Fin del Conflicto, que restaure mínimamente su fe engañada.
Al brumoso y empantanado escenario de la Paz en Colombia, ahora se le quieren agregar  las enredaderas del prematuro proselitismo político de quienes tienen alguna aspiración presidencial en el 2018 o al menos un mínimo rencauche ante la opinión pública. Enredada en las terribles buenas maneras políticas, que los “arrepentidos” y embolatados dirigentes del NO, tratan de imponer al desprevenido transeúnte,  se encuentra escondida, la tenebrosa intención de no cambiar el statu quo socio-económico que nos tiene como nos tiene, desde hace ya muchas décadas y que podría desembocar en una especie de restauración del Frente Nacional.
Miles de Estudiantes, comunidades campesinas, afro-descendientes e indígenas, trabajadores, luchadoras de la equidad de género y cientos de miles de Colombianas y Colombianos, que aunque fueron sujetos de la mezquina desinformación por parte de los manipuladores del NO,  ahora rodean al propósito de no dejar apagar la llama de la esperanza de un cercano escenario de reconciliación y paz en Colombia. Estas multitudes  se contraponen a la egolatría, al egoísmo y los deseos de venganza de una minoría que aún usa, de manera artificiosa, la trinchera ideológica, para tratar de imponer sus muy oscuros deseos de seguir alimentando la inequidad, la exclusión, el odio y la violencia, a fin de defender sus muy particulares intereses.
En este segundo tiempo del proceso de Paz en Colombia, necesitamos como nunca antes, tratar al menos, de sincronizar nuestras intenciones, nuestros motivos de lucha o de exigencia, para avanzar en la consecución del pleno ejercicio de nuestro humano y constitucional Derecho a la Paz. No podemos permitir que los des-informadores, los ambiciosos y viudos del poder político-económico, los guerreristas y los mezquinos, se tomen la vocería de millones y millones de colombianos, que solo pretendemos una Paz duradera y estable para nuestros descendientes.

Es el momento de abrazar la causa nacional de la PAZ YA y no permitir dilaciones sofistas por parte de quienes, hasta ahora, no le han podido decir a ciencia cierta a sus seguidores, las razones por la cuáles tenían que marcar la casilla del NO al anhelo de una Colombia en Paz, en la que podemos caber todas y todos.

sábado, febrero 28, 2009

EL DEBATE



TOMAS MORO versus NICOLAS MAQUIAVELO

Por: OMAR TOVAR

Desde que el “homo sapiens-sapiens” tomo conciencia de sí, ha vivido la permanente contradicción entre lo que “se desea” y lo “que se puede”. De hecho la búsqueda de la solución a esta importante contradicción, dio origen a diferentes escuelas de pensamiento (corrientes filosóficas), a diferentes posiciones éticas, religiosas y/o económicas.
El tránsito entre las aspiraciones o sueños de la humanidad y su total realización ha estado sembrado de infinidad de obstáculos, desde los meramente teóricos, esto es, los rudimentos científicos o tecnológicos para transformar la naturaleza en el o los objetos deseados, pasando por un cúmulo de supersticiones inherentes al desconocimiento mismo de los fenómenos naturales hasta llegar a la conveniencia o no de este camino para las castas en el poder.
Es en la obtención y ejercicio del poder en todas sus manifestaciones en donde curiosamente ha residido el núcleo de esta búsqueda. Los detentores del poder, de una forma u otra han recurrido a todos los métodos posibles para conciliar lo deseado con lo obtenido, desafortunadamente para las personas lejanas a estas élites, lo deseado y lo obtenido solo competen a los poderosos, los demás sólo cumplen el papel de herramientas.
A pesar de que todos los estudios antropológicos, arqueológicos y sociológicos siempre lo han demostrado, sólo hasta ahora se reconoce como evidente la conexión entre la economía (modos de producción, consumo, intercambios) con los valore morales de cada sociedad, es precisamente en este terreno en donde se han librado y se libran las batallas entre los valores y los Intereses, siendo los primeros, si se me permite la simplificación excesiva, relativos a las convenciones que representan “lo que debería ser” y los segundos; próximos a “ lo que se puede ser”. Aunque la línea que los separa es en extremo muy tenue, nos sirve para graficar de alguna forma la idea central.
Si es bien cierto que los llamados valores en muchas ocasiones han servido y sirven a los poderosos como camisa de fuerza para manipular al resto de la población, en muchas ocasiones las muy mal llamadas “minorías” de los que no detentan el poder, han logrado por otras vías establecer otros “valores” mucho más acordes con sus reales aspiraciones de realización individual y colectiva. De igual forma los llamados intereses han sufrido transformaciones a lo largo de la historia y de la dialéctica social.

Desde el Punto de vista filosófico se pueden distinguir dos orillas que representan cada una de ellas; los contendores propuestos: El Idealismo y el Realismo (presento excusas por seguir simplificando). La imposición del modelo capitalista desde ya hace varios siglos, su desarrollo, sus crisis y su reacomodos, nos muestran en forma contundente la manera en que el realismo o el pragmatismo en extremo moldean imperceptiblemente nuestra sociedad incluyendo sus valores. A primera vista podría parecer que la contradicción entre los sueños y la realidad se ha resuelto en forma de paraíso consumista, en donde todos tenemos la libertad y el derecho a consumir de todo y a cualquier precio sin tener en cuenta ni para qué, ni cómo. La visión antropocéntrica del renacimiento se ha transformado en un exacerbante individualismo competitivo que ha degenerado en un egocentrismo mundial que viene aislando paulatinamente a la humanidad a pesar de estar globalmente conectada.

Sin embargo, la lucha continúa, el aparente éxito de quienes tienen en EL PRINCIPE de Nicolás Maquiavelo, su manual de cabecera y el pragmatismo, este según mi punto de vista, mal entendido por ellos, como su principal dogma; no ha sido tal. El invento se ha vuelto en su contra, aunque desafortunadamente, también en contra de la humanidad entera. Los valores impuestos por el capitalismo no satisfacen los viejos intereses de la raza humana y debido a la voracidad predatoria del sistema, éste también está empezando a ser autodestruido debido a su total eficiencia.

Tendremos que replantearnos nuevos valores, o mejor dicho, retomar viejos valores inherentes a la humanidad para construir ahora si una UTOPIA mundial, que tenga en cuenta los nuevos actores de la sociedad y no porque no hayan existido antes sino que hasta ahora se nos han hecho visibles, que tenga en cuenta el “si-lugar” en donde realizar el sueño ya que desafortunadamente la búsqueda del paraíso capitalista está acabando con nuestra madre – hogar (la tierra). De otro lado tenemos que buscar otra forma diferente de ponernos de acuerdo para detentar el poder, para que la verdadera democracia de utopía sea posible.

El reto es bien grande y aparece nuevamente la contradicción mencionada; ¿cómo conciliar los “verdaderos valores” de la humanidad con sus Intereses?, expresado de forma diferente:¿ cómo lograr el equilibrio entre “lo urgente” y “lo importante”?.

Para nadie es un secreto que las consecuencias del actual modelo socio económico, han puesto a la humanidad entera al borde de su propio colapso, deambulamos en medio de una realidad virtual creada por los poderosos en donde no “pasa nada” y lo que pasa les acontece a “otros” y la realidad verdadera de estómagos vacíos y continuos desplazamientos. La “urgencia” de sobrevivir es perversamente aprovechada y manipulada por la casta sacerdotal del “pensamiento único” para aplicar la mal llamada “REALPOLITIK”, que no es otra cosa que: hacer lo que sea necesario para acceder al poder, con el aparente noble objetivo de ayudar a la gente. Obviamente se crea un circulo vicioso en el que la gente “elige” a uno de estos sacerdotes en busca de un nuevo Mesías que les ayude a sobrellevar la terrible carga de ser miserables, olvidando o haciendo caso omiso de la verdadera naturaleza de estos representantes del poder, que a su vez necesitan de la inmensa mayoría de necesitados para acceder a “este democrático poder”. La ecuación seria perfecta si se cumpliera tal como aparentemente está planteada, la “realidad verdadera” es otra, a estos “nuevos sacerdotes” se les “olvida” decirle a la gente que ellos efectivamente van a ayudar, sólo que a un reducido número de personas, generalmente a su circulo más cercano.
Entonces la rueda vuelve y gira y los intereses de la humanidad se ven truncados por la aplicación estricta de los nuevos valores que la misma humanidad, llevada por su desespero, ayuda a implantar.

Entonces, ¿cómo plantear la construcción de una nueva democracia, o mejor dicho de una verdadera democracia? sin caer en la tentación de los llamados “estados de transición” que para mi gusto, no son otra cosa que; intentos de reacomodo del capitalismo y sus castas reinantes. ¿Cómo acceder al poder defendiendo enfáticamente, los verdaderos valores e intereses de la humanidad transitando por los laberintos de la democracia liberal de occidente; sin hacer concesiones importantes con los poderosos del actual establecimiento? En últimas ¿como no dejarse arrastrar por Maquiavelo en aras de un noble fin? Y ¿ cómo seguir a Moro sin caer en un eterno estado de ensoñación?

La batalla final se acerca, ahora somos más los que reclamamos; no sólo el derecho a soñar sino el legitimo derecho a hacerlo realidad. Pongámonos de acuerdo, elijamos lo mejor para la humanidad, tengamos en cuenta que estamos adelantando los cronómetros de la auto destrucción. Pero sin importar el las respuestas; me atrevo a decir que: es mucho más enaltecedor leer a Benedetti que a Sun Tsu