LA VITRINA DE LA CONVERSA

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martes, septiembre 01, 2026

¿Qué es un cretino? *

 

En la imagen: Germán Navas T. / Jurisconsulto - excongresista colombiano

Por: Germán Navas Talero

Editor: Francisco Cristancho R.

Al usurpador parece que los trabajadores le huelen a pecueca. Él prefiere el olor perfumado del patrono, el del gerente

Volvemos a un tema que hace muy poco tocamos: los cretinos; con la precisión, una vez más, de que cretino no es el que nace en Creta, cuyo gentilicio sería cretense. Me referiré aquí al verdadero cretino, a aquel que está muy cerca del idiota -pero no de El idiota, de Dostoyevski-, sino a ese idiota que han clasificado como “débil mental” quienes estudian la psiquiatría.

Tanto el diccionario como Google contienen varias definiciones sobre cretino, incluso desde el punto de vista glandular, al advertir que sufren de cretinismo aquellos que su glándula tiroides no funciona como debería; sin embargo, para mí, el verdadero cretinismo -o el verdadero cretino- es aquel que hace honor a la estupidez o la estulticia. Ejemplo claro de ello es aquel que se dejó convencer y terminó votando por el payaso que hoy funge como presidente de Colombia.

¡Es que estaban advertidos! Desde diferentes escenarios se les advirtió la clase de individuo que era este peligroso payaso; cómo era su verdadera forma de pensar, quiénes eran sus amistades, quiénes lo rodeaban y apoyaban. Todo el mundo sabía de dónde venía; cómo, a través de estafar a estafadores y beneficiar a mafiosos, logró amasar su fortuna. ¿Y entonces por qué votaron por él?: ¡Por cretinos!

Una persona que sepa leer y escribir no votaría nunca por un sujeto de las características de aquel mata-gatos. De un ignorante podemos esperar cualquier cosa, incluso que vote por él; precisamente por eso, porque es ignorante, porque desconoce algo, porque no tuvo acceso a la educación. Entonces al ignorante se le perdona, porque su ignorancia le impide ir más allá de la punta de su nariz, pero aquel que sabe leer y escribir, aquel que ya ha trabajado, que ha desempeñado un cargo público, a él no se le puede perdonar su cretinismo.

Quien votó por el usurpador fue porque le gustó lo que él ha hecho en su vida; los amigos que él tiene; los negocios sucios que hacía; sus estrafalarias pintas, su grotesco vocabulario, y su muy cuestionable comportamiento. Le gustó incluso su maquillaje, sus implantes, y el convencimiento que tiene de que eso es lo que le gusta a la gente, y parece que sí, porque por ese payaso fue por el que votaron. Y si votaron por él… ¡Que se lo aguanten!

Pero hay muchos, muchos, que en su trampa cayeron, estos sí por ignorantes. Por ejemplo, los vigilantes; esas personas que se dedican a la celaduría o al cuidado de diferentes propiedades. He tenido oportunidad de hablar con algunos de ellos y debo decir que están energúmenos con su presidente. Yo les advierto que su furia debería ser contra ellos mismos, porque fueron finalmente los que lo ayudaron a elegir; incluso, hubo una asociación de vigilantes que le dio todo el apoyo. Pues resulta que una de las primeras medidas que hace este usurpador es la de quietarles el reconocimiento de horas extras que el presidente Gustavo Petro había conseguido a través de la reforma laboral. Todas las cosas buenas que el anterior gobierno consiguió se les olvidaron.

¡Pues ahora, sóbense! Todo lo que se logró en el anterior gobierno no les gustó porque era algo bueno para el trabajador, pero resulta que lo que les gusta es apoyar lo que sea bueno para el poderoso, lo que beneficia a oligarca; eso es lo que le gusta al usurpador. A él no le gusta el pueblo, a él el pueblo le gusta para exprimirlo, para espicharlo, para “destriparlo”, como él dice, con la sabiduría que tiene el patán, cuando afirmaba que iba a “destripar a todos los de la izquierda”. Entonces, lamentablemente, si votaron por él y son víctimas de eso -como en el caso de los vigilantes-, allá ustedes.

Vi una entrevista que le hicieron en estos días al doctor Antonio Sanguino, ex ministro de Trabajo, en la que mostraba, entre otras, todas las garantías que se le habían dado al trabajador a través de ese ministerio, y cómo todas se las venía a quitar el usurpador. Citó como cuatro casos, entre esos, lo correspondiente a las horas extras. Cuando a usted, elector de animal -por lo de tigre-, le vengan a quitar sus horas extras, no se queje. Esas se las van a quitar por pendejo. Porque usted estaba advertido y se le dijo, y se le repitió. El corroncho, siendo candidato, anunció que no quería horas extras, que no reconocería dominicales… todo eso lo dijo, y muy claro. Y en eso sí que está cumpliendo.

¿Y quién se beneficia con este tipo de medidas?, obviamente no es el trabajador. Al usurpador parece que los trabajadores le huelen a pecueca. Él prefiere el olor perfumado del patrono, el del gerente; entonces, trabajadores, entiendan de una vez por todas que cretino no es el que nació en Creta, sino cretino son ustedes, quienes terminaron clavándose el cuchillo.

Decían aquí en alguna época… “a quejarse al mono de la pila”, que era un muñequito que botaba agua y que estaba ubicado en ese tiempo en la carrera de primera con calle 11. ¡Vayan y quéjense allá! Porque había una opción decente. Había la opción de un hombre que es un caballero; que en su lenguaje no estaba la agresión, y esa opción era el doctor Iván Cepeda. Pero el doctor Cepeda no podía competir con ese patán. Iván Cepeda es un filósofo, un hombre de ideas. Es una persona seria que maneja bien la conversación de alto turmequé, jamás la vulgaridad ni la chabacanería del patán.

Dicen que el mejor retrato de una persona está en su léxico. Si usted se pone a escuchar a alguien su lenguaje indica muchas cosas. De la conversación usted puede deducir qué profesión tiene; qué tan respetuoso es con los demás; qué tan efectivo es con los animales, todo esto, simplemente hablando y observando con cuidado las expresiones faciales cuando se refiere a determinadas cosas. No se necesita de un psiquiatra, usted ya sabe quién es quién en medio de una charla o conversación.

En el caso de este patán que tenemos hoy como presidente, basta ponerlo a hablar y escuchar lo que dice y cómo lo dice. Durante esa campaña salí a las calles a entregar volantes y la gente me decía: “es que él dice que nos va a destripar a la izquierda”. Yo les decía: “mire, yo no creo que lo haga; pero de los derechistas podemos esperar cualquier cosa”. La gente quería respuestas, y lo único que yo podía decirles es que ese tipo es un patán, y de semejante personaje se puede esperar lo que se sea.

Una de las cosas que más lamento de esta elección es lo que tiene que ver con los animalitos, y especialmente con los gaticos, porque una persona que llega a jactarse de haberle amarrado voladores a un gato y haberlo hecho ‘volar’ por su simple entretenimiento no puede ser alguien bueno. Yo sería incapaz de maltratar a estos animalitos que tengo aquí en la casa. No acepto que un ser humano maltrate a un animalito porque él es un ser indefenso.

La maldad no existe en los animales, la maldad solo se da en los hombres. Si un perro le muerde a usted no es porque el perro sea malo, sino porque algo hizo usted que le molestó. A él su simple olor puede que lo fastidie y por eso los puede agredir. Hay personas a las cuales los animales no les hacen nada porque les son agradables. A mí nunca me ha mordido un perro. Los perritos me quieren. Y tengo una hija que ha tenido muchos perritos y nunca la han mordido, porque ella les inspira confianza. Pero alguien que agrede a un animalito de la forma como este loco agredió a esos gaticos ¿qué clase de alma tiene? ¿qué puede tener ese individuo adentro? ¿qué lo puede conmover? Basta mirar el ridículo que hizo este payaso con lo que acaba de ocurrir en el país, porque mientras todos nos preocupábamos porque a estas regiones llegara leche, pan, harina, agua… él prefirió mandar balones. Balones con el logotipo de su campaña. ¡Eso sí es de un verdadero salvaje!

Este individuo se ha comportado como lo que es… ¡Un vulgar mata-gatos!

Adenda: El 13 de junio de 1953 Colombia entera se vistió de fiesta, pues el teniente general Gustavo Rojas Pinilla dio golpe de Estado y sacó corriendo a Laureano Gómez Castro –El monstruo-, quien estaba exterminando a los liberales y propició una de las oleadas de violencia más crueles que ha padecido nuestro país, dejando más de 300 mil muertos. La fiesta fue monumental y todos los colombianos estuvimos felices; sin embargo, hoy, muchos años después, llega este ilegítimo y nos trae a tres de los herederos de este bárbaro: uno quedó en el Senado; otro, como ministro de Hacienda; y el otro en presidencia. ¡Qué país tan desgraciado este!

Coletilla por Deisdre Constanza. Dicen que estamos en la patria milagro y viendo la repentina devoción de Abelardo De La Espriella en la Plaza de Bolívar de Bogotá, encabezando un acto en memoria de las víctimas del terremoto del pasado 10 de agosto, rodeado de símbolos religiosos, oraciones y una puesta en escena cuidadosamente diseñada, es inevitable preguntarse ¿Cuándo ocurrió el milagro? Porque antes de ser presidente, él mismo afirmó en una entrevista que era “ateo”, y hoy posa como uno de los hombres más religiosos y marianos del país. Nadie cuestiona que una persona puede cambiar sus creencias, lo cuestionable es convertir esa nueva fe en espectáculo político y utilizar el dolor de una tragedia para fortalecer un personaje público. Y más preocupante aún es ver a quienes se tragan el cuento completo, sin una sola pregunta, convencidos de que están presenciando una milagrosa conversión. Las víctimas merecen respeto. Y Colombia merece ciudadanos que piensen antes de arrodillarse ante cualquier personaje que descubra a Dios justo cuando descubre que la fe da votos.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


martes, febrero 24, 2026

La mentira, patrimonio nacional de los periodistas *

En la imagen; Germán Navas Talero - Jurisconsulto y excongresista colombiano

Por: Germán Navas Talero

Editor: Francisco Cristancho R.

El periodista promedio en Colombia se sujeta a la línea editorial del medio en que trabaja, lo que le impide publicar libremente la información, debiendo adaptar o silenciar su contenido según las órdenes de sus patronos

Queda uno aterrado de todo lo que es capaz de inventar un periodista sin escrúpulos, especialmente en los grandes medios de comunicación colombianos. Estuve mirando los resultados de la investigación contra Nicolás Maduro, a quien los periodistas colombianos aún denominan dictador -cuando dictador sería el señor Donald Trump-, y resulta que encuentro que no hay una sola prueba en los Estados Unidos de que Maduro haya sido dictador o narco.

Todo eso fue un invento de la prensa gringa, acolitada por la de acá. Y cuando los colombianos se refieren al señor Maduro le dicen dizque dictador, ¿pero, cuál dictador? Me puse a mirar el récord y no tiene ningún proceso en contra. Estados Unidos no tiene nada contra él, y su abogado hace poco tuvo que salir a decir que realmente no existe nada, y que todo fue montado por los medios de comunicación al servicio del trumpismo.

Aquí en Colombia, cualquier currinche -como llamaban anteriormente a los periodistas malos o principiantes- dice cualquier cosa e inmediatamente la gente lo cree. Aquí los colombianos se tragaron el cuento -y se lo tragaron completito- de que Maduro es un dictador. Si hacen un análisis completo tendrían que reconocer que más dictadura fue la que tuvimos acá con el gran colombiano. Eso sí fue una dictadura que produjo más de 6.400 falsos positivos. Aquí mataron a un jurgo de gente durante ese gobierno, allá no.

A Nicolás Maduro se lo tiraron porque los gringos se lo querían tirar; porque Maduro no se les arrodilló, y como no se les arrodilló, se lo tiraron. Ya, en este momento, salieron a decir que no hay ninguna prueba de que Maduro haya sido un narcotraficante. No hay ninguna prueba de que haya cometido genocidio; no hay ninguna prueba de nada. Todo eso se lo inventaron los de allá, y los de aquí simplemente copiaron, porque el periodista colombiano es feliz copiando lo que el gringo diga. Si el gringo se inventa una palabreja, ahí tiene que haber algún colombiano listo a copiarla.

Yo recuerdo que antes se hablaba de versión: La versión que dio fulano de tal fue esta y esta, y así se empleaba; ahora, como los gringos improvisaron el término narrativa entonces ya no hablan de versión sino de narrativa. ¿Han visto cómo la usan hoy para todo? Porque el periodista colombiano tiene que copiar lo que el gringo haga, si no, no está bien dicho.

Algo similar les pasa con las personas de Rusia. ¿Se han fijado? Para los periodistas colombianos todos los rusos son malos. Y uno se pone a mirar a través de la historia y mucho más malos han sido los gringos. Y cuidado uno va a Rusia, porque si usted va a Rusia, peca; porque según estos bárbaros todos los rusos son ateos, y resulta que ellos son bien rezanderos. La mayoría son cristianos ortodoxos, respetan sus creencias, pero no son ateos, como dice acá nuestra ‘gran prensa’. Es cierto que el comunismo raizal es ateo, pero esa no es una imposición del Estado. Con razón prefieren a los gringos, esos sí que son rezanderos, ellos todo lo consultan con el párroco, con el cura, con su pastor, absolutamente todo, y es en la iglesia donde se maquinan toda clase de cosas. Los golpes de Estado se maquinan justo allí: en las iglesias de los Estados Unidos.

Antes de escribir, señores periodistas, documéntense, lean, no copien. La copialina se permitía en los colegios y en las universidades, pero la mayoría de ustedes ya está muy grandecito para que siga copiando todo. Y díganle a su editor en jefe que ustedes escriben lo que vieron, no lo que él quiere que ustedes vean. Porque eso es muchas veces lo que pasa: currinche o cuasi-periodista colombiano ve una información, pero no puede publicar lo que ha visto. Esa es la realidad. Si el jefe quiere que diga tal cosa, el periodista lo dice, o le da un ángulo distinto para que lo que se debía decir finalmente no se diga.

Así está el periodismo en este país. Quisieron desacreditar como fuese a Nicolás Maduro, y así lo hicieron. No lo bajaban de dictador, y ahora, cuando comienza a verse qué había en esa mazorca, resulta que no tenía granos, que era solo una tusa.

Yo les doy un consejo: no crean absolutamente nada de lo que publica nuestra ‘gran prensa’. Por principio, no crea nada de lo que dicen nuestros medios grandes. Todo es mentira. Todo es un cumplimiento de órdenes, o de los Estados Unidos o de la derecha. La realidad colombiana nunca se la mostrarán los medios porque son medios financiados por los dueños del capital.

Y para finalizar…

Todo indica que ahora la política la quieren hacer las bestias, porque antes uno entraba a la plenaria del congreso -ya fuese de Cámara o de Senado- y se preguntaba: “¿esto es un zoológico o una corporación de seres humanos?”; pero ahora sí que es peor, porque uno escucha en las calles: ¡Yo soy el tigre!, dice uno; ¡Yo sí soy el león!, dice el otro. ¡Y yo soy el perro!, dice uno más. Y el tal tigre creo que es uno que aspira a la presidencia…

Colombia debería entonces cambiarse el nombre por Animalandia, porque sus políticos son exactamente eso… ¡unos animales! 

Coletilla por Deisdre Constanza. Resulta preocupante que muchos periodistas y comunicadores, que por ignorancia sigan llamando “americanos” únicamente a los ciudadanos de Estado Unidos. No es un simple error de diccionario, es la evidencia de una formación deficiente y de una repetición de versiones impuestas. América no es un país, es un continente diverso y plural que va desde el sur de la Patagonia hasta el norte de Canadá. Sin embargo, se insiste en reducir su nombre a una sola nación, como si el resto fuéramos invisibles. El lenguaje no es inocente, este construye imaginarios, consolida poderes y normaliza jerarquías. Cuando un comunicador desconoce algo tan básico como la geografía política del continente, no solo desinforma, legitima una apropiación simbólica que invisibiliza a millones de latinoamericanos, centroamericanos y caribeños que también somos americanos. Llamar americanos exclusivamente a los ciudadanos de Estado Unidos no es precisión periodística, es concesión repetida que se convirtió en costumbre, a su vez en subordinación y sometimiento. Nombrar correctamente no es un capricho ideológico, es un acto mínimo de rigor y de dignidad continental. Y no podemos seguir sometidos a una potencia ni siquiera desde las palabras. La soberanía también empieza como nos identificamos y nombramos geopolíticamente.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).


sábado, mayo 01, 2021

VANDALISMO COMO NUEVO CLICHE DEL PODER

 

VANDALISMO COMO NUEVO CLICHE DEL PODER

Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-


Imagen tomada de: El Español Digital
Declarar que el lenguaje, también es un instrumento de guerra, es lo mismo que descubrir que el agua moja o que el fuego quema. De hecho, lingüistas, filósofos, sociólogos y profesionales de la comunicación social, han desarrollado un amplio compendio de esta, no tan noble característica del lenguaje, a través del estudio de la pragmática.

Ya desde mediados del siglo XX, estudiosos del lenguaje como Austin, Wittgenstein, Kraus, entre otros más, ya venían analizando el uso del lenguaje como mecanismo social de manipulación del inconsciente colectivo, para alcanzar fines políticos de exaltación de supuestos valores patrióticos como la supremacía de una raza o clase, la defensa de la nación o la patria, e incluso de una idea o ideas de conveniencia para sostener el Statu Quo de quienes detentan, momentáneamente el poder, en una determinada sociedad.

A propósito de las recientes jornadas de protestas en Colombia, con motivo del rechazo generalizado al proyecto de ley de reforma tributaria, presentado a destiempo y mantenido a fuego y sangre por Duque en el Congreso colombiano, vale la pena hacer notar cómo, efectivamente, desde hace unos veinte años para acá, el uso del lenguaje como herramienta de guerra, ha sido uno de los elementos principales de la estrategia para mantenerse en el poder, utilizados por la derecha colombiana.

Foto Facebook
Rafael Núñez Florencio[1], en su reseña del ensayo Lenguaje y Guerra de Kovacsics, plantea que: “…el medio de propaganda más eficaz del hitlerismo no eran los discursos ni los símbolos, ni nada que se registrase a nivel consciente, sino las palabras aisladas y expresiones que se repetían y se terminaban por adoptar de forma mecánica e inconsciente.”, en ese mismo sentido, tal como lo plantea Núñez, el uso de algunos términos, o mejor, adjetivos, para señalar, etiquetar, descalificar, denostar o insultar a los adversarios políticos, también ha sido una práctica acostumbrada por los poderosos en Colombia.

Al empleo denostativo de palabras como: “indio”, “negro”, “marica”, “puta”, para referirse de manera ofensiva a una persona o para indicar que su comportamiento no concuerda con el que se supone deben tener las llamadas “Gentes de bien”, también se sumo la adjudicación de palabras, ya no tan “vulgares” y más correctas, políticamente hablando, para señalar el supuesto mal comportamiento de aquellas personas, salidas del esquema oficial de conducta, impuesto por quienes han detentado y ejercido el poder durante años recientes, tales como “Chusmero”, “pájaro”, “Guerrillo”, “comunista”, “cachiporro”, “terrorista”, “traqueto”, “narco” o “narco-terrorista”.

En este mismo orden de ideas, el uso repetitivo de unos nuevos términos, con una fuerte intención política de descalificación social; ha permitido que esta acción ilocutiva de la derecha, haya posicionado en el inconsciente colectivo de la sociedad colombiana, expresiones como, “castro-chavista”, “mamerto” y “vándalo”, como sinónimos o equivalentes de “terrorista”, “guerrillero”, “comunista”, “satánico”, cuando son utilizadas para describir a esos “indios”, “negros” o “guaches”, o cualquier otra persona, que se empecine en demostrar su inconformidad de manera pública, bien sea, a través de las redes sociales, prensa tradicional o, lo que es peor, protestando en la calle.

Vándalo se ha convertido en el más reciente calificativo, utilizado por la derecha, en su estrategia comunicacional, para señalar a todas aquellas personas que públicamente se rehúsen a ceñirse a los mandatos de un nuevo marco de convivencia, convenientemente diseñado, no para la defensa de bienes, honra y vida de TODOS los colombianos, sino para la defensa de los bienes, la honra y la vida de unos POCOS colombianos, cercanos al poder. Se usa Vándalo y vandalismo, para no usar Terrorista y terrorismo, debido a las fuertes implicaciones jurídicas que usar tales calificativos, podría acarrear a quien lo haga, sobre todo, en las cortes internacionales.

Imagen tomada de: El Periódico
El hecho es que, así como el aparato propagandístico de la derecha colombiana, puso de moda, eso si con intención de manipulación, términos como “mermelada”, “pos verdad” y “polarización”, para señalar en la oposición “mamerta” y “castro chavista”, todos los malos comportamientos, nacidos y practicados en el seno de la cofradía del epítome de la ultra derecha colombiana; el Centro Democrático y sus apéndices, los partidos de la coalición duqista; así mismo, ha venido tratando de imponer, a punta de descarada repetición, en los medios de comunicación propios y aliados, al término Vándalo, para tratar, por un lado, de estigmatizar y hasta judicializar a la oposición y a quienes ejercen el derecho a la protesta, y por el otro, justificar, la decisión de imponer una especie de dictadura, para reprimir, los actos vandálicos de la “mamertería” nacional.

En todo caso, y para concluir, es preciso retomar a Núñez, cuando, citando a Kafka, afirma del uso del lenguaje como instrumento de guerra: “Cuando la palabra se convierte en vasalla de la voluntad política, supeditada a unas decisiones establecidas de antemano, su rol deviene “absolutamente accesorio y servil””. Amén.

 



[1] RAFAEL NUÑEZ FLORENCIO, Guerra y lenguaje- Adan Kovacsics, 28 febrero, 2008, tomado de: Guerra y lenguaje | El Cualltur