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Agosto/ 2026, Puerto Resistencia, Cali.
El cuerpo enterrado no pregunta qué tarjeta de crédito tiene su dueño. La mano que rescata no distingue entre vecino y desconocido. Lo que emerge es una igualdad práctica, no declarada, que se experimenta en el gesto concreto de sostener a otro
Cuando
la tierra revela lo que ya existía.
Los
terremotos no solo derrumban edificios; también ponen a prueba los relatos, las
instituciones y las certezas sobre las que se sostiene una sociedad. Cuando la
tierra se mueve, se revela quién organiza, quién cuida, quién llega primero y
quién llega tarde. La catástrofe rompe la normalidad y deja al descubierto la
verdadera infraestructura de un pueblo.
Esa
infraestructura no está hecha de cemento ni de protocolos institucionales. Está
hecha de relaciones. De confianzas acumuladas. De saberes que no aparecen en
los manuales de emergencia pero que se activan con una velocidad que ninguna
burocracia puede igualar. La pregunta que un terremoto deja no es cuántos
edificios resistieron, sino qué tipo de tejido social estaba allí antes del
derrumbe. Lo que ocurre después de la catástrofe no es improvisación: es la
aparición visible de una trama que ya existía.
El
10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, un terremoto de magnitud 7,4
sacudió el occidente de Colombia. En cuestión de segundos, Cali se convirtió en
el epicentro del dolor: muertos, heridos, desaparecidos, edificios colapsados.
Pero también en algo que ningún sismógrafo puede medir: la velocidad con la que
un pueblo que ya sabía organizarse se puso en pie. Mientras las instituciones
activaban protocolos, decretos y dispositivos de control, miles de personas ya
estaban cocinando, rescatando, clasificando donaciones y organizando redes de
ayuda. La ciudad reaccionó con una velocidad que no puede explicarse solo por
la solidaridad espontánea.
Cali
respondió así porque ya había aprendido a organizarse. El estallido social de
2021 no dejó únicamente memoria política; dejó una memoria organizativa. Dejó
capacidades colectivas, redes de confianza, infraestructuras populares y formas
de coordinación territorial que permanecieron latentes y que el terremoto
volvió a activar. Lo que vimos no fue el nacimiento de la solidaridad, sino la
aparición visible de una autonomía que ya existía.
I.
La memoria organizativa: el estallido que quedó bajo los escombros
La
primera imagen que deja el terremoto no es la del derrumbe, sino la de la
organización. En cuestión de horas comenzaron a funcionar ollas comunitarias,
comedores barriales, brigadas de rescate, puntos de acopio, puestos de salud
improvisados, cadenas de distribución de alimentos, herramientas, combustible,
plantas eléctricas y medicamentos.
Toda
sociedad posee dos infraestructuras: la visible, hecha de cemento, presupuesto
y jerarquías; y la invisible, hecha de confianza, memoria y cooperación. Los
terremotos destruyen la primera y revelan la segunda.
Lo
extraordinario no fue solo la ayuda, sino la coordinación. Los antiguos puntos
de resistencia se transformaron en puntos críticos de atención. Las cocinas
colectivas que alimentaron la protesta alimentaron ahora a los damnificados y
voluntarios. Los barrios que durante el estallido aprendieron a abastecerse,
comunicarse y protegerse mutuamente reprodujeron esas mismas lógicas en medio
de la emergencia.
Aquí
aparece una idea decisiva: las comunidades no improvisan desde cero. Recuerdan
corporalmente cómo organizar una olla, cómo clasificar una donación, cómo
distribuir recursos escasos, cómo confiar en el vecino, cómo actuar sin esperar
autorización. Esa memoria práctica constituye una infraestructura invisible que
solo se hace evidente cuando todo lo demás colapsa.
Esa
infraestructura no se parece a las infraestructuras del Estado. No tiene
planos, no tiene presupuesto, no tiene jerarquías definidas. Pero tiene algo
que el Estado no tiene: capilaridad. Está pegada al territorio, anclada en los
barrios, encarnada en personas que se conocen entre sí. Cuando la emergencia
llega, esa capilaridad se convierte en velocidad. Mientras las instituciones
deliberan, las redes ya están operando. Mientras los protocolos se activan, las
ollas ya están hirviendo. Lo que desde fuera parece caos, desde dentro es la
lógica de una organización que no necesita permiso para funcionar.
El
estallido social produjo instituciones populares informales. Produjo
competencias colectivas. Produjo una tecnología del cuidado. El terremoto
simplemente retiró el velo y mostró que esa infraestructura seguía allí,
disponible, lista para activarse.
Más
aún: esa forma de organización comenzó a irradiarse hacia otras ciudades y
otros sectores sociales. Lo que nació como experiencia localizada de
resistencia empezó a convertirse en un lenguaje nacional de solidaridad. No se
contagió únicamente una emoción; se contagió una manera de organizar la vida.
La
solidaridad no se explica por la conmoción emocional. Se explica porque existe
un saber previo. Un saber que no es teórico sino práctico: saber distribuir
recursos escasos, saber coordinar sin jefe, saber decidir colectivamente en
medio de la urgencia. Ese saber no nació del terremoto. El terremoto solo lo
hizo visible. Y al hacerlo visible, lo convirtió en un modelo que otros
territorios pueden replicar. No porque lo imiten emocionalmente, sino porque
reconocen que allí hay una tecnología social que funciona.
La
racionalidad del orden no es ilegítima en sí misma; toda sociedad necesita
coordinación, normas y capacidad institucional. Lo que el terremoto pone en
cuestión es su pretensión de suficiencia. El orden descubre que no puede
sostener la vida por sí solo. Necesita aquello que no produce: la confianza, la
vecindad, la reciprocidad y el cuidado.
II.
La disputa por el sentido: el relato de las élites y el relato del pueblo
Toda
catástrofe es también una batalla narrativa. Mientras unos describen un
desastre natural, otros reconocen un acontecimiento político. Mientras unos
hablan de orden público, otros hablan de cuidado colectivo.
Las
élites suelen presentar la solidaridad como un impulso moral, una virtud
privada, un gesto humanitario. En ese relato, las ollas comunitarias son
caridad, los centros de acopio son filantropía y el voluntariado es simple
buena voluntad.
Pero
la experiencia popular dice otra cosa. Allí donde una comunidad organiza
alimentación, salud, logística, distribución y protección, aparece una forma de
poder social. No se trata únicamente de ayudar; se trata de demostrar que
existen capacidades colectivas capaces de sostener la vida sin esperar
permanentemente la autorización del Estado.
Por
eso la disputa no es solo administrativa; es simbólica. De un lado aparece el
uniforme, el decreto, el toque de queda, el control territorial, la jerarquía.
Del otro aparecen el delantal de cocina, la pala, el abrazo, la brigada
barrial, la cooperación y la confianza.
El
conflicto no enfrenta simplemente a un alcalde con unos ciudadanos. Enfrenta
dos racionalidades distintas: la racionalidad del orden y la racionalidad del
cuidado.
La
racionalidad del orden cree que el control es la condición de la seguridad. La
racionalidad del cuidado cree que la relación es la condición de la vida. La
primera funciona mediante la jerarquía y la coerción. La segunda funciona
mediante la confianza y la reciprocidad. El terremoto no inventó esta
oposición; la hizo explícita. Por eso la respuesta del Estado fue el toque de
queda y el despliegue militar. Por eso la respuesta del pueblo fue la olla
comunitaria y el abrazo. No son estrategias diferentes para el mismo fin. Son
concepciones diferentes de lo que significa proteger la vida.
El
alcalde Alejandro Eder no falla por sus decisiones particulares. Falla porque
encarna una racionalidad que la ciudad ya ha dejado atrás. Su gobierno opera
con la brújula del administrador: concibe el territorio como un problema a
optimizar, la ciudadanía como un conjunto de conductas a regular y la autoridad
como una distancia técnica. Pero la ciudad ya se mueve con otra sensibilidad:
la del cuidado, forjada en el dolor compartido del estallido social y en la
memoria de una autonomía que aprendió a organizarse sin pedir permiso.
Eder
ha intentado mostrarse cercano, ensayar gestos de sensibilidad y ocupar el
lugar del cuidador. Sin embargo, la apuesta está tan mediatizada, tan
calculada, que se siente actuada. Y esa es su verdadera derrota: no un error de
gestión, sino una pérdida de sintonía histórica. Su gramática política ya no
coincide con el clima cultural de la ciudad que gobierna. Cali ya no espera
gerentes que administren el orden; espera gobernantes capaces de acompañar la
vida. Cali, después de 2021 y después del terremoto, ya no responde a esa
frecuencia. Aprendió otra cosa: que la legitimidad nace del vínculo, no del
protocolo; de la presencia, no del dispositivo; de la capacidad de cuidar, no
solo de la capacidad de controlar.
El
terremoto también transformó la sensibilidad colectiva. En medio de los
escombros emergió una convicción profunda: toda vida importa. El anciano, el
niño, el migrante, el vecino desconocido, el rescatista voluntario, la mujer
que cocina, el joven que carga agua. También la mascota que quedó atrapada
entre los escombros y cuya búsqueda, para muchas familias, fue tan urgente como
la de un familiar. El terremoto no distinguió entre especies; la solidaridad
tampoco.
La
solidaridad amplía el círculo de quienes merecen cuidado. Esa ampliación es un
cambio cultural de enorme profundidad, porque rompe la vieja costumbre de
aceptar que algunas vidas son sacrificables y otras no.
La
catástrofe tiene esa virtud: desordena las jerarquías de valor. En la
normalidad, las vidas se ordenan según criterios que damos por naturales:
clase, origen, edad, estatus. En la emergencia, esa jerarquía se disuelve. El
cuerpo enterrado no pregunta qué tarjeta de crédito tiene su dueño. La mano que
rescata no distingue entre vecino y desconocido. Lo que emerge es una igualdad
práctica, no declarada, que se experimenta en el gesto concreto de sostener a
otro. Esa igualdad no dura más que la emergencia. Pero deja una huella. Y esa
huella es política: una memoria del mundo que podría existir.
Espere la parte 2 ...
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