LA VITRINA DE LA CONVERSA

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sábado, agosto 22, 2026

Cali: el terremoto que disputa el relato del orden y revela la autonomía popular (Parte final)

 

Quizquiz

Agosto/ 2026, Puerto Resistencia, Cali.

La solidaridad popular es el antídoto contra la distribución desigual de la muerte. Cuando una comunidad se organiza para rescatar a todos, sin preguntar, está diciendo: la vida no se negocia.

III. Lo que enseñan los terremotos: cuando cae el concreto y permanecen las relaciones.

Los grandes terremotos latinoamericanos muestran una constante: cuando el Estado se muestra insuficiente, lento o desbordado, las comunidades activan formas propias de organización.

México enseñó que una ciudadanía organizada puede convertirse en fuerza de rescate, coordinación y reconstrucción. El Eje Cafetero colombiano mostró que la reconstrucción requiere mucho más que recursos materiales: necesita tejido social sostenido en el tiempo. Venezuela recordó el costo humano que produce la erosión de las capacidades institucionales cuando la población debe asumir por sí misma tareas de supervivencia.

La enseñanza común es más profunda que cada caso particular. Los terremotos funcionan como experimentos extremos sobre la estructura real de una sociedad. Cuando los edificios caen, permanecen las relaciones. Cuando las oficinas colapsan, aparecen las redes. Cuando falla la administración, sobreviven los vínculos.

Lo que enseñan los terremotos es que la vulnerabilidad no se distribuye igual. Los edificios caen, pero no todos. Los cuerpos mueren, pero no todos. La clase, la raza, el barrio y el acceso a recursos determinan quién vive, quién muere y quién es rescatado primero.

Pero también enseña que existe una respuesta que no está determinada por esas jerarquías. La solidaridad popular es el antídoto contra la distribución desigual de la muerte. Cuando una comunidad se organiza para rescatar a todos, sin preguntar, está diciendo: la vida no se negocia.

Las ciudades suelen medir su fortaleza por sus puentes, hospitales, vías y edificios. El terremoto obliga a medir otra cosa: la infraestructura social del cuidado. Esa infraestructura está hecha de confianza, cooperación, memoria organizativa, reciprocidad y capacidad de acción colectiva. Es menos visible que el cemento, pero mucho más resistente cuando el cemento se rompe.

Cali llega a este terremoto con una ventaja histórica singular: ya había entrenado colectivamente esas capacidades durante el estallido social. La emergencia no comenzó desde cero; comenzó desde una experiencia acumulada.

Esa ventaja no es fortuna. Es el resultado de una historia reciente de organización territorial que no fue destruida por la represión ni desactivada por el tiempo. Permaneció latente, como un músculo entrenado que espera la siguiente contracción. El estallido social no fue un momento aislado. Fue un laboratorio de autonomía. Y los laboratorios dejan equipamiento. No equipamiento material, sino equipamiento subjetivo: capacidad de decisión colectiva, hábito de asamblea, destreza logística, confianza horizontal. Ese equipamiento no aparece en los inventarios del Estado porque no pertenece al Estado. Pertenece al pueblo que aprendió a sobrevivir organizándose.

La diferencia entre una comunidad que reacciona y una comunidad que responde es la memoria organizativa.

IV. El símbolo final: el cuartel y la Madre Tierra

El nuevo gobierno de ultraderecha intenta imponer un relato fundado en el orden, la disciplina, la autoridad vertical y la militarización del territorio. El símbolo es el cuartel. El poder aparece como mando, control y obediencia.

El terremoto introduce otro símbolo completamente distinto: la Madre Tierra.

La Tierra recuerda algo que ningún decreto puede controlar. Nos recuerda que somos vulnerables, interdependientes y habitantes del mismo cuerpo común. Frente al cuartel, que organiza mediante jerarquía, la Tierra organiza mediante relación. Frente a la guerra, el cuidado. Frente al enemigo interno, el vecino que busca al otro entre los escombros.

La Madre Tierra no es un símbolo decorativo. Es una interpelación. Nos dice que nuestra relación con el mundo no es de dominio sino de pertenencia. Que la tierra no es un recurso para explotar sino un cuerpo del que formamos parte. Y que cuando ese cuerpo se sacude, lo que nos sacude a nosotros no es un fenómeno físico, sino una verdad política: no hay soberanía sin cuidado. No hay control que valga cuando la tierra habla. El cuartel puede organizar la represión, pero no puede organizar la vida. Solo el tejido social puede hacer eso.

Desde una mirada profundamente latinoamericana e indígena, la Madre Tierra no es una metáfora romántica. Es una pedagogía política. Nos enseña que la supervivencia depende del tejido, no de la dominación; de los lazos, no de la separación; de la comunidad, no del aislamiento.

El terremoto no solo derrumba edificios; despierta un organismo social. Activa una inteligencia colectiva, una vigilancia mutua, una disposición a cuidar y ser cuidado. Ese organismo permanece después de la emergencia. Queda atento, disponible, organizado. Y esa permanencia es la forma más profunda de la autonomía popular.

V. La ciudad que se salvó antes que el Estado

Lo que ocurrió en Cali no puede reducirse a una reacción solidaria frente a una catástrofe. Fue la manifestación visible de una capacidad histórica construida durante años de organización territorial, protesta, resistencia y cuidado mutuo.

El terremoto derrumbó edificios, pero también derrumbó el relato según el cual la salvación siempre viene desde arriba. Cali no esperó permiso para organizarse. No esperó autorización para cocinar, rescatar, distribuir, cuidar.

Ese es el verdadero terremoto cultural.

La solidaridad ampliada no es caridad. Es una forma de autonomía. Es la afirmación de que un pueblo que ha aprendido a organizarse posee una infraestructura política y moral capaz de sostener la vida incluso cuando las instituciones vacilan.

La Madre Tierra nos recordó que ninguna sociedad se salva únicamente por sus ejércitos, sus decretos o sus edificios. Se salva por la calidad de sus relaciones. Por la fuerza de sus tejidos sociales. Por la profundidad de sus lazos.

Y quizá esa sea la lección más importante que deja Cali para Colombia: un país comienza a transformarse cuando entiende que cuidar al otro no es un acto de compasión, sino la forma más profunda de construir poder colectivo. Cuando toda vida importa, no solo durante el terremoto ni durante la reconstrucción, sino en la lucha cotidiana por un país para todos.

Eso es lo que el terremoto deja en claro: que ningún gobierno, por más militarizado que esté, puede reemplazar el vínculo. Que ninguna ultraderecha, por más símbolos de orden que despliegue, puede clausurar la memoria organizativa de un pueblo. La Madre Tierra no pide permiso para recordarnos que somos cuerpos compartidos, destinos entrelazados, fragilidades comunes. Y los pueblos que han aprendido a cuidarse no olvidan esa lección. La convierten en músculo. La convierten en territorio. La convierten en vida.

La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

miércoles, agosto 19, 2026

Cali: el terremoto que disputa el relato del orden y revela la autonomía popular (1 parte)

 

Quizquiz

Agosto/ 2026, Puerto Resistencia, Cali.

El cuerpo enterrado no pregunta qué tarjeta de crédito tiene su dueño. La mano que rescata no distingue entre vecino y desconocido. Lo que emerge es una igualdad práctica, no declarada, que se experimenta en el gesto concreto de sostener a otro


Cuando la tierra revela lo que ya existía.

Los terremotos no solo derrumban edificios; también ponen a prueba los relatos, las instituciones y las certezas sobre las que se sostiene una sociedad. Cuando la tierra se mueve, se revela quién organiza, quién cuida, quién llega primero y quién llega tarde. La catástrofe rompe la normalidad y deja al descubierto la verdadera infraestructura de un pueblo.

Esa infraestructura no está hecha de cemento ni de protocolos institucionales. Está hecha de relaciones. De confianzas acumuladas. De saberes que no aparecen en los manuales de emergencia pero que se activan con una velocidad que ninguna burocracia puede igualar. La pregunta que un terremoto deja no es cuántos edificios resistieron, sino qué tipo de tejido social estaba allí antes del derrumbe. Lo que ocurre después de la catástrofe no es improvisación: es la aparición visible de una trama que ya existía.

El 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió el occidente de Colombia. En cuestión de segundos, Cali se convirtió en el epicentro del dolor: muertos, heridos, desaparecidos, edificios colapsados. Pero también en algo que ningún sismógrafo puede medir: la velocidad con la que un pueblo que ya sabía organizarse se puso en pie. Mientras las instituciones activaban protocolos, decretos y dispositivos de control, miles de personas ya estaban cocinando, rescatando, clasificando donaciones y organizando redes de ayuda. La ciudad reaccionó con una velocidad que no puede explicarse solo por la solidaridad espontánea.

Cali respondió así porque ya había aprendido a organizarse. El estallido social de 2021 no dejó únicamente memoria política; dejó una memoria organizativa. Dejó capacidades colectivas, redes de confianza, infraestructuras populares y formas de coordinación territorial que permanecieron latentes y que el terremoto volvió a activar. Lo que vimos no fue el nacimiento de la solidaridad, sino la aparición visible de una autonomía que ya existía.

I. La memoria organizativa: el estallido que quedó bajo los escombros

La primera imagen que deja el terremoto no es la del derrumbe, sino la de la organización. En cuestión de horas comenzaron a funcionar ollas comunitarias, comedores barriales, brigadas de rescate, puntos de acopio, puestos de salud improvisados, cadenas de distribución de alimentos, herramientas, combustible, plantas eléctricas y medicamentos.

Toda sociedad posee dos infraestructuras: la visible, hecha de cemento, presupuesto y jerarquías; y la invisible, hecha de confianza, memoria y cooperación. Los terremotos destruyen la primera y revelan la segunda.

Lo extraordinario no fue solo la ayuda, sino la coordinación. Los antiguos puntos de resistencia se transformaron en puntos críticos de atención. Las cocinas colectivas que alimentaron la protesta alimentaron ahora a los damnificados y voluntarios. Los barrios que durante el estallido aprendieron a abastecerse, comunicarse y protegerse mutuamente reprodujeron esas mismas lógicas en medio de la emergencia.

Aquí aparece una idea decisiva: las comunidades no improvisan desde cero. Recuerdan corporalmente cómo organizar una olla, cómo clasificar una donación, cómo distribuir recursos escasos, cómo confiar en el vecino, cómo actuar sin esperar autorización. Esa memoria práctica constituye una infraestructura invisible que solo se hace evidente cuando todo lo demás colapsa.

Esa infraestructura no se parece a las infraestructuras del Estado. No tiene planos, no tiene presupuesto, no tiene jerarquías definidas. Pero tiene algo que el Estado no tiene: capilaridad. Está pegada al territorio, anclada en los barrios, encarnada en personas que se conocen entre sí. Cuando la emergencia llega, esa capilaridad se convierte en velocidad. Mientras las instituciones deliberan, las redes ya están operando. Mientras los protocolos se activan, las ollas ya están hirviendo. Lo que desde fuera parece caos, desde dentro es la lógica de una organización que no necesita permiso para funcionar.

El estallido social produjo instituciones populares informales. Produjo competencias colectivas. Produjo una tecnología del cuidado. El terremoto simplemente retiró el velo y mostró que esa infraestructura seguía allí, disponible, lista para activarse.

Más aún: esa forma de organización comenzó a irradiarse hacia otras ciudades y otros sectores sociales. Lo que nació como experiencia localizada de resistencia empezó a convertirse en un lenguaje nacional de solidaridad. No se contagió únicamente una emoción; se contagió una manera de organizar la vida.

La solidaridad no se explica por la conmoción emocional. Se explica porque existe un saber previo. Un saber que no es teórico sino práctico: saber distribuir recursos escasos, saber coordinar sin jefe, saber decidir colectivamente en medio de la urgencia. Ese saber no nació del terremoto. El terremoto solo lo hizo visible. Y al hacerlo visible, lo convirtió en un modelo que otros territorios pueden replicar. No porque lo imiten emocionalmente, sino porque reconocen que allí hay una tecnología social que funciona.

La racionalidad del orden no es ilegítima en sí misma; toda sociedad necesita coordinación, normas y capacidad institucional. Lo que el terremoto pone en cuestión es su pretensión de suficiencia. El orden descubre que no puede sostener la vida por sí solo. Necesita aquello que no produce: la confianza, la vecindad, la reciprocidad y el cuidado.

II. La disputa por el sentido: el relato de las élites y el relato del pueblo

Toda catástrofe es también una batalla narrativa. Mientras unos describen un desastre natural, otros reconocen un acontecimiento político. Mientras unos hablan de orden público, otros hablan de cuidado colectivo.

Las élites suelen presentar la solidaridad como un impulso moral, una virtud privada, un gesto humanitario. En ese relato, las ollas comunitarias son caridad, los centros de acopio son filantropía y el voluntariado es simple buena voluntad.

Pero la experiencia popular dice otra cosa. Allí donde una comunidad organiza alimentación, salud, logística, distribución y protección, aparece una forma de poder social. No se trata únicamente de ayudar; se trata de demostrar que existen capacidades colectivas capaces de sostener la vida sin esperar permanentemente la autorización del Estado.

Por eso la disputa no es solo administrativa; es simbólica. De un lado aparece el uniforme, el decreto, el toque de queda, el control territorial, la jerarquía. Del otro aparecen el delantal de cocina, la pala, el abrazo, la brigada barrial, la cooperación y la confianza.

El conflicto no enfrenta simplemente a un alcalde con unos ciudadanos. Enfrenta dos racionalidades distintas: la racionalidad del orden y la racionalidad del cuidado.

La racionalidad del orden cree que el control es la condición de la seguridad. La racionalidad del cuidado cree que la relación es la condición de la vida. La primera funciona mediante la jerarquía y la coerción. La segunda funciona mediante la confianza y la reciprocidad. El terremoto no inventó esta oposición; la hizo explícita. Por eso la respuesta del Estado fue el toque de queda y el despliegue militar. Por eso la respuesta del pueblo fue la olla comunitaria y el abrazo. No son estrategias diferentes para el mismo fin. Son concepciones diferentes de lo que significa proteger la vida.

El alcalde Alejandro Eder no falla por sus decisiones particulares. Falla porque encarna una racionalidad que la ciudad ya ha dejado atrás. Su gobierno opera con la brújula del administrador: concibe el territorio como un problema a optimizar, la ciudadanía como un conjunto de conductas a regular y la autoridad como una distancia técnica. Pero la ciudad ya se mueve con otra sensibilidad: la del cuidado, forjada en el dolor compartido del estallido social y en la memoria de una autonomía que aprendió a organizarse sin pedir permiso.

Eder ha intentado mostrarse cercano, ensayar gestos de sensibilidad y ocupar el lugar del cuidador. Sin embargo, la apuesta está tan mediatizada, tan calculada, que se siente actuada. Y esa es su verdadera derrota: no un error de gestión, sino una pérdida de sintonía histórica. Su gramática política ya no coincide con el clima cultural de la ciudad que gobierna. Cali ya no espera gerentes que administren el orden; espera gobernantes capaces de acompañar la vida. Cali, después de 2021 y después del terremoto, ya no responde a esa frecuencia. Aprendió otra cosa: que la legitimidad nace del vínculo, no del protocolo; de la presencia, no del dispositivo; de la capacidad de cuidar, no solo de la capacidad de controlar.

El terremoto también transformó la sensibilidad colectiva. En medio de los escombros emergió una convicción profunda: toda vida importa. El anciano, el niño, el migrante, el vecino desconocido, el rescatista voluntario, la mujer que cocina, el joven que carga agua. También la mascota que quedó atrapada entre los escombros y cuya búsqueda, para muchas familias, fue tan urgente como la de un familiar. El terremoto no distinguió entre especies; la solidaridad tampoco.

La solidaridad amplía el círculo de quienes merecen cuidado. Esa ampliación es un cambio cultural de enorme profundidad, porque rompe la vieja costumbre de aceptar que algunas vidas son sacrificables y otras no.

La catástrofe tiene esa virtud: desordena las jerarquías de valor. En la normalidad, las vidas se ordenan según criterios que damos por naturales: clase, origen, edad, estatus. En la emergencia, esa jerarquía se disuelve. El cuerpo enterrado no pregunta qué tarjeta de crédito tiene su dueño. La mano que rescata no distingue entre vecino y desconocido. Lo que emerge es una igualdad práctica, no declarada, que se experimenta en el gesto concreto de sostener a otro. Esa igualdad no dura más que la emergencia. Pero deja una huella. Y esa huella es política: una memoria del mundo que podría existir.

Espere la parte 2 ... 

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martes, junio 15, 2021

El espacio público como punto de encuentro de la protesta social y la política

El espacio público como punto de encuentro de la protesta social y la política

Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-

El desarrollo de las tecnologías de comunicaciones le ha aportado al ejercicio político masivo de las sociedades, un agregado importante: La omnipresencia del mensaje sobre el que las personas pretender crear cohesión social.

Si bien es cierto que la irrupción de las redes sociales de internet, le ha aportado unos elementos importantes a la movilización social, en lo atinente a la convocatoria o la propagación instantánea del discurso social sobre el que se quiere crear solidaridad, también lo es, el hecho verificado de que fenómenos como el de los Indignados en España, la primavera Árabe, o las protestas sociales de los pueblos ancestrales colombianos, siguen demostrando la importancia del encuentro o la toma de algún espacio público determinado, que ponga en el centro de la opinión pública; el o los asuntos sobre los que algún grupo determinado de la sociedad quiere ejercer su derecho a publicitar dicho interés político.

Convocatoria Paro en Colombia 2021, tomada de perfil facebook.

La sociedad se encuentra ahora en medio de dos “espacios públicos”; el históricamente buscado y aún hoy vigente, representado en las espacialidades físicas (plazas, parques, calles, carreteras) y el virtual ubicado en los medios masivos de comunicación y las redes sociales de internet. Ambas espacialidades han configurado otros tipos de movilización social, que no requieren de la convocatoria permanente a asambleas informativas y motivacionales de tal o cual grupo social, puesto que usa las herramientas comunicativas de las tecnologías de la comunicación para difundir el discurso central; que convoca a la acción política que se desea, tal como lo demostraron el M15 (indignados) en España, la Primavera Árabe o las protestas sociales en Latino América, que terminaron en la presencia de estos grupos sociales en los espacios públicos físicos de Madrid, El Cairo o en las carreteras del Sur-Occidente de Colombia.

Es claro apreciar que la movilización social es un fenómeno que, si bien tiene infinidad de motivaciones, en su conjunto; es la expresión política de cualquier sector de la llamada Sociedad Civil. El espacio público, como ya se anotó, deja de ser un elemento accesorio de dichos fenómenos, para convertirse en el elemento fundamental de estas expresiones sociales, ya que sigue siendo fundamental a la hora de visibilizar de manera presencial la adhesión que tiene cualquier discurso reivindicativo de la comunidad, no obstante, la irrupción de las redes sociales de internet a la hora de convocar y visibilizar estos fenómenos sociales.

La acción política siempre opera en la movilización social, cuando en determinado espacio público, este ente social movilizado desplaza su cuerpo, del lugar que se le ha asignado o cambiando el destino de dicho espacio, en la búsqueda de que ese  espacio físico de acción política, permita la posibilidad de que todos los sujetos de la movilización que se encuentren en calles, carreteras, plazas o incluso barricadas, sean considerados como sujetos de derechos que merecen la oportunidad de ser vistos y oídos.

Imagen de uno de los llamados Puntos de Resistencia (Calipso) en Cali-Valle-Colombia, Abril 2021- perfil de facebook

Movimientos como el 15M en España, la Primavera Árabe, las marchas de los indígenas en Colombia o los paros de Chile y Colombia, se han constituido en hitos sociales de búsqueda de apertura y decisión en lo político; en el seno de espacios públicos históricamente hegemonizados por la institucionalidad. De alguna manera la aparición y desarrollo de estos fenómenos sociales, intentó y logró cambiar la codificación estatal que ordena cómo y dónde podían expresarse las voces de la sociedad, qué es lo que se puede expresar y hasta cómo pueden los medios de comunicación mostrar lo que acontece en el espacio público.

En resumen, se puede afirmar, sin riesgo a equívoco, que la protesta social, la movilización o la convocatoria virtual en las redes sociales de internet buscan generar acciones que cambien en alguna forma el estado de las cosas, alterando momentánea o permanentemente, el orden urbano o rural normalizado institucionalmente, es decir; la protesta es una acción política premeditada.

 

 

viernes, octubre 21, 2016

CUMBRE AGRARIA SUSPENDE NEGOCIACIONES CON GOBIERNO NACIONAL

CUMBRE AGRARIA SUSPENDE NEGOCIACIONES CON GOBIERNO NACIONAL.

El pasado Jueves 20 de Octubre, luego de un extenso día de negociaciones, entre los integrantes de La Cumbre Agraria Nacional y delegados del actual gobierno colombiano, no se pudo alcanzar avance alguno sobre los temas puestos sobre la mesa, a pesar del compromiso hecho por el gobierno de Juan Manuel Santos, en Cabeza del Ministro Aurelio Iragorri Jr., tras las jornadas de protesta llevadas a cabo en el municipio norte caucano de Santander de Quilichao. 


A continuación compartimos el texto de la carta abierta dirigida al Presidente de Colombia, por parte de las organizaciones reunidas en La Cumbre Agraria.

Suspendida Mesa Única de negociación de Cumbre Agraria con Gobierno Nacional
Carta abierta al Presidente de la República de Colombia Juan Manuel Santos
A la opinión pública nacional e internacional
Bogotá, 20 de octubre de 2016
La Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular informa a la opinión pública local, nacional e internacional que ha sido suspendida la negociación del pliego único en el marco de la Mesa Única Nacional, esto por los continuos hechos de dilación, jurídica, económica y la falta de voluntad política para cumplir los acuerdos firmados desde el año 2014 en el marco del decreto 870 de 2014 y ratificado en las diferentes jornadas de movilización y la última Minga Nacional Agraria en Santander de Quilichao. De igual manera, nos preocupa y alerta que se hable de una "paz completa" cuando en los territorios se afianza el tratamiento de guerra a la protesta social, las amenazas, persecución y asesinatos a defensores de DDHH y líderes sociales que luchan incansablemente por la vida y la defensa del territorio, así como las reformas legislativas como la reforma tributaria en curso que van en contravía a la construcción de una paz estable y duradera con garantías de no repetición.
Es incomprensible que desde el año 2014 el Ministerio de Hacienda y el Ministerio de Agricultura en cabeza del Ministro Aurelio Irragorri, no hayan asignado los recursos comprometidos para la financiación de los proyectos productivos de 2014, por una suma de 250.000 millones anuales, los cuales pasados 2 años de trabajo no se han desembolsado la totalidad de los recursos correspondientes a la vigencia fiscal del 2014 y 2015, generando crisis financiera en los mismos y comprometiendo su viabilidad.
No entendemos el afán de gobierno para abrir negociación con los detractores de la paz mientras que al movimiento social, que ha manifestado en reiteradas oportunidades su voluntad de construir una paz estable y duradera, se nos sigue desconociendo como actor político que hemos presentado propuestas claras frente al actual modelo económico en temas de territorio, economías propias, cultivos de uso ilícito, minería, derechos sociales y políticos, relación campo ciudad, así como el tema de comunicaciones y participación para la paz.
Recordamos por este medio al Señor Presidente Santos, que en el más reciente encuentro que celebró con la Cumbre Agraria, se estableció un compromiso mutuo frente a la responsabilidad histórica de construir escenarios de confianza que abonen al tejido de un país en paz y en cumplir con los acuerdos firmados en diferentes momentos de la movilización.
Hacemos un llamado a la comunidad nacional e internacional, a los organismos defensores de Derechos Humanos, a la Corte Interamericana de Derechos Humanos CIDH, al Congreso de la República de Colombia, a la Corte Suprema de Justicia, Corte Constitucional, a la Mesa de Diálogos de La Habana, a los países y personas garantes y acompañantes, a la Defensoría del Pueblo y entes de control, al Sistema de Naciones Unidas, a los medios de comunicación e información, a los sectores y movimientos sociales, para que con carácter urgente soliciten al gobierno nacional el respeto y cumplimiento de los acuerdos como muestra real de su voluntad para lograr una solución política y de diálogo al actual conflicto social, político y armado garantizando la participación vinculante de la sociedad, especialmente a los pueblos y comunidades rurales colombianas.
Esperamos del Gobierno Nacional, en cabeza del Señor Presidente y el gabinete de gobierno, una demostración concreta de coherencia y voluntad de negociación con acciones reales de confianza y cumplimiento a los compromisos adquiridos.
#MingaNacionalContinúa
Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular
Organización Nacional Indígena de Colombia –ONIC; Congreso de los Pueblos; Coordinador Nacional Agrario–CNA; Proceso de Comunidades Negras –PCN; Autoridad Nacional Afrocolombiana –Anafro; Federación Nacional Sindical Unitaria Agropecuaria –Fensuagro; Movimiento Social y Político Colombiano Marcha Patriótica, Asociación Nacional de Zonas de Reserva Campesina -Anzorc; Asociación Campesina Popular –Asocampo; Coalición de Movimientos y Organizaciones Sociales de Colombia –Comosoc; Movimiento por la Constituyente Popular –MCP; Asociación Nacional Agraria y Campesina –Asonalcam.


martes, septiembre 06, 2016

LOS INDIOS DEL CAUCA Y LA PAZ EN COLOMBIA

LOS INDIOS DEL CAUCA Y LA PAZ

Aun retumban en los oídos de el pueblo colombiano en general y de los negros, los indios y los caucanos en particular, la disparatada y tristemente celebre propuesta de la senadora por el partido político Centro Democrático, PALOMA VALENCIA; de dividir racialmente al Cauca, propuesta esta que fuè acogida por el también tristemente celebre ex candidato a la gobernación del Cauca, el Ex- General Leonardo Barrero durante un debate con los otros ex aspirantes, en un debate público realizado en Cali durante las pasadas justas electorales.

Han sido siglos de olvido, de abandono, de exclusión, discriminación y violencia, los que han azotado al territorio caucano, a pesar de tener dentro de sus hijos a ex-presidentes y altísimos dignatarios en el gobierno nacional.  Allí entre dos cordilleras andinas y en la cuna del agua del País, han resistido los descendientes de los habitantes y dueños ancestrales del territorio del Cauca, los Misak, los Totoroes, los Nasa, entre otros pueblos indígenas, a quienes un tiempo después, se les unieron los negros esclavizados que llegaron a formar esa bella amalgama plurietnica de este apartado y olvidado rincón de Colombia, para seguir resistiendo a la indolencia y la segregación de esa dirigencia que todavía se cree de mejor estirpe y que aún reclama segregación para deshacerse de la jodedera de esos desafortunados votantes de cada cuatro años.

Este 7 de septiembre de 2016, los "otros" habitantes del Cauca, aspiran a realizar otra de sus famosas "mingas de Pensamiento", otra "Tonga" social, para enterarse de boca de la comisión negociadora del "acuerdo para lograr un paz estable y duradera" entre la guerrilla de las F.A.R.C. y el Gobierno Colombiano, en que quedò la petición de incluir a esas "otredades" dentro del famoso acuerdo del fin de este conflicto armado.

Se aspira que quienes no entiendan o no quieran un proceso de reconciliación, inclusión y tolerancia, no vayan a lanzarse en contra de esta justa iniciativa, tal como aconteció y acontece con  el joven Leonard Renteria (VER VIDEO), luego de su intervención en su natal Buenaventura, en un evento por el NO al plebiscito, Esperamos que estos "otros negros  e indios" del cauca le puedan pedir cuentas a los actores del conflicto, acerca del cacareado y ansiado pos conflicto.