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Agosto/ 2026, Puerto Resistencia, Cali.
La solidaridad popular es el antídoto contra la distribución desigual de la muerte. Cuando una comunidad se organiza para rescatar a todos, sin preguntar, está diciendo: la vida no se negocia.
Los
grandes terremotos latinoamericanos muestran una constante: cuando el Estado se
muestra insuficiente, lento o desbordado, las comunidades activan formas
propias de organización.
México
enseñó que una ciudadanía organizada puede convertirse en fuerza de rescate,
coordinación y reconstrucción. El Eje Cafetero colombiano mostró que la
reconstrucción requiere mucho más que recursos materiales: necesita tejido
social sostenido en el tiempo. Venezuela recordó el costo humano que produce la
erosión de las capacidades institucionales cuando la población debe asumir por
sí misma tareas de supervivencia.
La
enseñanza común es más profunda que cada caso particular. Los terremotos
funcionan como experimentos extremos sobre la estructura real de una sociedad.
Cuando los edificios caen, permanecen las relaciones. Cuando las oficinas
colapsan, aparecen las redes. Cuando falla la administración, sobreviven los
vínculos.
Lo
que enseñan los terremotos es que la vulnerabilidad no se distribuye igual. Los
edificios caen, pero no todos. Los cuerpos mueren, pero no todos. La clase, la
raza, el barrio y el acceso a recursos determinan quién vive, quién muere y
quién es rescatado primero.
Pero
también enseña que existe una respuesta que no está determinada por esas
jerarquías. La solidaridad popular es el antídoto contra la distribución
desigual de la muerte. Cuando una comunidad se organiza para rescatar a todos,
sin preguntar, está diciendo: la vida no se negocia.
Las
ciudades suelen medir su fortaleza por sus puentes, hospitales, vías y
edificios. El terremoto obliga a medir otra cosa: la infraestructura social del
cuidado. Esa infraestructura está hecha de confianza, cooperación, memoria
organizativa, reciprocidad y capacidad de acción colectiva. Es menos visible
que el cemento, pero mucho más resistente cuando el cemento se rompe.
Cali
llega a este terremoto con una ventaja histórica singular: ya había entrenado
colectivamente esas capacidades durante el estallido social. La emergencia no
comenzó desde cero; comenzó desde una experiencia acumulada.
Esa
ventaja no es fortuna. Es el resultado de una historia reciente de organización
territorial que no fue destruida por la represión ni desactivada por el tiempo.
Permaneció latente, como un músculo entrenado que espera la siguiente contracción.
El estallido social no fue un momento aislado. Fue un laboratorio de autonomía.
Y los laboratorios dejan equipamiento. No equipamiento material, sino
equipamiento subjetivo: capacidad de decisión colectiva, hábito de asamblea,
destreza logística, confianza horizontal. Ese equipamiento no aparece en los
inventarios del Estado porque no pertenece al Estado. Pertenece al pueblo que
aprendió a sobrevivir organizándose.
La
diferencia entre una comunidad que reacciona y una comunidad que responde es la
memoria organizativa.
IV.
El símbolo final: el cuartel y la Madre Tierra
El
nuevo gobierno de ultraderecha intenta imponer un relato fundado en el orden,
la disciplina, la autoridad vertical y la militarización del territorio. El
símbolo es el cuartel. El poder aparece como mando, control y obediencia.
El
terremoto introduce otro símbolo completamente distinto: la Madre Tierra.
La
Tierra recuerda algo que ningún decreto puede controlar. Nos recuerda que somos
vulnerables, interdependientes y habitantes del mismo cuerpo común. Frente al
cuartel, que organiza mediante jerarquía, la Tierra organiza mediante relación.
Frente a la guerra, el cuidado. Frente al enemigo interno, el vecino que busca
al otro entre los escombros.
La
Madre Tierra no es un símbolo decorativo. Es una interpelación. Nos dice que
nuestra relación con el mundo no es de dominio sino de pertenencia. Que la
tierra no es un recurso para explotar sino un cuerpo del que formamos parte. Y
que cuando ese cuerpo se sacude, lo que nos sacude a nosotros no es un fenómeno
físico, sino una verdad política: no hay soberanía sin cuidado. No hay control
que valga cuando la tierra habla. El cuartel puede organizar la represión, pero
no puede organizar la vida. Solo el tejido social puede hacer eso.
Desde
una mirada profundamente latinoamericana e indígena, la Madre Tierra no es una
metáfora romántica. Es una pedagogía política. Nos enseña que la supervivencia
depende del tejido, no de la dominación; de los lazos, no de la separación; de
la comunidad, no del aislamiento.
El
terremoto no solo derrumba edificios; despierta un organismo social. Activa una
inteligencia colectiva, una vigilancia mutua, una disposición a cuidar y ser
cuidado. Ese organismo permanece después de la emergencia. Queda atento,
disponible, organizado. Y esa permanencia es la forma más profunda de la
autonomía popular.
V.
La ciudad que se salvó antes que el Estado
Lo
que ocurrió en Cali no puede reducirse a una reacción solidaria frente a una
catástrofe. Fue la manifestación visible de una capacidad histórica construida
durante años de organización territorial, protesta, resistencia y cuidado
mutuo.
El
terremoto derrumbó edificios, pero también derrumbó el relato según el cual la
salvación siempre viene desde arriba. Cali no esperó permiso para organizarse.
No esperó autorización para cocinar, rescatar, distribuir, cuidar.
Ese
es el verdadero terremoto cultural.
La
solidaridad ampliada no es caridad. Es una forma de autonomía. Es la afirmación
de que un pueblo que ha aprendido a organizarse posee una infraestructura
política y moral capaz de sostener la vida incluso cuando las instituciones
vacilan.
La
Madre Tierra nos recordó que ninguna sociedad se salva únicamente por sus
ejércitos, sus decretos o sus edificios. Se salva por la calidad de sus
relaciones. Por la fuerza de sus tejidos sociales. Por la profundidad de sus
lazos.
Y
quizá esa sea la lección más importante que deja Cali para Colombia: un país
comienza a transformarse cuando entiende que cuidar al otro no es un acto de
compasión, sino la forma más profunda de construir poder colectivo. Cuando toda
vida importa, no solo durante el terremoto ni durante la reconstrucción, sino
en la lucha cotidiana por un país para todos.
Eso
es lo que el terremoto deja en claro: que ningún gobierno, por más militarizado
que esté, puede reemplazar el vínculo. Que ninguna ultraderecha, por más
símbolos de orden que despliegue, puede clausurar la memoria organizativa de un
pueblo. La Madre Tierra no pide permiso para recordarnos que somos cuerpos
compartidos, destinos entrelazados, fragilidades comunes. Y los pueblos que han
aprendido a cuidarse no olvidan esa lección. La convierten en músculo. La
convierten en territorio. La convierten en vida.
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