LA VITRINA DE LA CONVERSA

lunes, septiembre 28, 2026

LA OPOSICIÓN NO PUEDE CONVERTIRSE EN UN RITUAL *

En la imagen: Carlos Gallego / Historiador - analista político
 Por: CARLOS MEDINA GALLEGO

Cuando la movilización deja de ser un instrumento dentro de una estrategia y termina convertida en la estrategia misma, aparece el ritual


Hay un momento en la vida política en que la experiencia obliga a hacerse preguntas incómodas. Después de décadas de marchas, concentraciones, discursos, comunicados, asambleas y declaraciones solemnes, resulta legítimo preguntar no solamente cuántas veces hemos salido a la calle, sino qué capacidad real hemos construido para modificar las relaciones de poder.

No es una pregunta contra la movilización social. Sería absurdo desconocer su importancia histórica. Buena parte de los derechos laborales, sociales, sindicales, estudiantiles, campesinos, indígenas y populares existentes fueron conquistados mediante organización, movilización, negociación y conflicto social. La Constitución colombiana protege expresamente la reunión y manifestación pública y pacífica, y la jurisprudencia ha reconocido también la huelga como parte fundamental del derecho colectivo del trabajo.

El problema es otro: cuando la movilización deja de ser un instrumento dentro de una estrategia y termina convertida en la estrategia misma. Entonces aparece el ritual.

Nos encontramos en una plaza. Caminamos unas horas. Escuchamos desde una tarima los mismos discursos que llevamos escuchando durante años. Repetimos consignas conocidas. Nos declaramos en resistencia. Regresamos a casa satisfechos por haber demostrado que todavía existimos. Al día siguiente, sin embargo, la economía funciona exactamente igual, las grandes decisiones continúan tomándose en los mismos lugares y las estructuras de poder permanecen prácticamente intactas.

La pregunta que debe formularse una oposición democrática y socialmente organizada es mucho más exigente: ¿Dónde está realmente el poder que pretende controvertir?

EL PODER NO ESTÁ SOLAMENTE EN EL GOBIERNO

Uno de los mayores errores de cualquier oposición consiste en reducir la política al enfrentamiento con el presidente de turno. Los gobiernos administran una parte fundamental del poder, pero no lo agotan. En una sociedad capitalista, las decisiones públicas conviven con enormes concentraciones privadas de recursos: propiedad, inversión, crédito, tierra, grandes empresas, medios de comunicación y capacidad de interlocución privilegiada con el Estado.

Por eso una oposición efectiva debe colocar en el centro de su análisis los intereses de las élites económicas y de sus aliados, examinando concretamente quién se beneficia y quién asume los costos de cada decisión pública.

La pregunta política fundamental no puede limitarse a quién gobierna. Hay que preguntar también quién acumula, quién contrata, quién controla sectores estratégicos, quién determina las prioridades de inversión, quién captura rentas, quién influye sobre la legislación, quién financia proyectos políticos y quién tiene capacidad para trasladar sus intereses particulares al conjunto de la sociedad.

Una oposición que solamente disputa el discurso pero no estudia estas relaciones corre el riesgo de combatir las manifestaciones superficiales del poder mientras deja intacta su estructura.

DE LA INDIGNACIÓN A LA ORGANIZACIÓN

Aquí aparece la principal debilidad de buena parte de las oposiciones contemporáneas: tienen capacidad para producir indignación, pero mucha menor capacidad para convertirla en organización permanente.

Una multitud no es automáticamente una fuerza política. Puede convertirse en ella, naturalmente, pero necesita organización territorial, formación política, sindicatos sólidos, organizaciones campesinas y populares, movimientos estudiantiles democráticos, redes comunitarias, investigación rigurosa, medios alternativos, organizaciones de mujeres y jóvenes, programas concretos y mecanismos de coordinación.

La movilización debería ser la expresión visible de todo ese trabajo invisible. Cuando ocurre al contrario —cuando la marcha pretende reemplazar la organización— la política termina convertida en espectáculo. No necesitamos solamente llenar plazas. Necesitamos llenar de organización los territorios. No necesitamos exclusivamente discursos emocionantes. Necesitamos programas. No basta denunciar. Hay que investigar. No basta resistir. Hay que proponer. No basta convocar. Hay que permanecer organizados cuando termina la convocatoria.

DEFENDER REFORMAS NO ES SUFICIENTE

También sería insuficiente construir la oposición exclusivamente alrededor de la defensa del legado del gobierno anterior. Las reformas impulsadas durante la administración de Gustavo Petro pueden ser defendidas por quienes consideran que ampliaron derechos o modificaron relaciones sociales injustas. Pero una oposición política no puede reducir su horizonte a conservar lo heredado. Debe formular su propio proyecto.

La llegada del gobierno de Abelardo De La Espriella abrió una orientación política distinta. Su administración ha planteado explícitamente recuperar la inversión privada, reducir el peso del gasto público y desarrollar una reestructuración del Estado.

Frente a ello, la discusión democrática debería concentrarse en los efectos concretos de esas decisiones: empleo, salarios, derechos laborales, servicios públicos, recursos naturales, inversión social, desigualdad, propiedad y capacidad reguladora del Estado.

Una oposición seria necesita demostrar, con información verificable, quién gana y quién pierde con cada política. Ahí comienza la verdadera disputa.

SOBERANÍA Y RELACIONES CON ESTADOS UNIDOS

Algo semejante ocurre con la política exterior.

La visita del secretario de Estado estadounidense Marco Rubio a Barranquilla el 8 de septiembre de 2026 produjo una hoja de ruta que los gobiernos denominaron “Acuerdos de Barranquilla”, estructurada oficialmente alrededor de tres objetivos: reconstrucción, recuperación económica y seguridad hemisférica. El Gobierno colombiano anunció además su propósito de profundizar la cooperación con Estados Unidos en inversión, financiación, infraestructura, energía y seguridad.

En seguridad, el presidente De La Espriella manifestó su intención de convertir nuevamente a Colombia en un socio principal de Estados Unidos en Sudamérica y propuso un denominado “Plan Patriota Siglo XXI”, asociado con modernización de capacidades militares, inteligencia, drones, ciberdefensa y fuerzas especiales.

Estos hechos permiten una discusión legítima sobre la soberanía nacional. Pero esa discusión será más poderosa si abandona el insulto y entra en el terreno de las preguntas concretas: ¿Qué obligaciones adquirió Colombia?, ¿Qué compromisos existen en defensa y seguridad?, ¿Qué participación tendrán empresas estadounidenses?, ¿Qué recursos naturales o sectores estratégicos podrían verse involucrados?, ¿Qué mecanismos de control ejercerá el Congreso?, ¿Qué información será pública?, ¿Qué beneficios obtiene cada país?

La soberanía se defiende mejor con organización, información y control democrático que con adjetivos.

EL PODER ECONÓMICO ENTIENDE DE INTERESES

Las élites económicas pueden convivir con la protesta episódica mientras esta no modifique sustancialmente las relaciones económicas y políticas de las que depende su poder.

Por eso las organizaciones sociales históricamente han recurrido también —dentro de los marcos constitucionales y legales— a instrumentos laborales, sindicales, ciudadanos y económicos de presión.

La huelga precisamente posee una característica que la diferencia de otras modalidades de protesta: interviene sobre las relaciones de trabajo y producción. La jurisprudencia constitucional colombiana la reconoce como un derecho perteneciente a la colectividad trabajadora, sujeto a las condiciones y limitaciones establecidas por el ordenamiento jurídico.

Eso obliga a recuperar una vieja enseñanza del movimiento obrero: la capacidad de negociación depende también de la capacidad de organización.

Pero una estrategia democrática no puede confundirse con la búsqueda indiscriminada de paralización ni con afectaciones arbitrarias a terceros. Cualquier acción colectiva de esta naturaleza exige organización sindical y social, objetivos definidos, legitimidad democrática, protección de derechos y respeto del marco constitucional.

La cuestión fundamental es reconstruir poder social organizado.

UNA OPOSICIÓN QUE SEPA PARA QUÉ SE OPONE

La oposición tampoco puede consistir simplemente en esperar el fracaso del Gobierno. Necesita construir una alternativa. Eso significa elaborar propuestas sobre política económica, seguridad, paz, salud, pensiones, educación, transición energética, relaciones laborales, política agraria, soberanía nacional, relaciones internacionales y protección de los recursos naturales. Y significa algo todavía más difícil: regresar a los territorios.

Hay que organizar trabajadores formales e informales; hablar nuevamente con campesinos, grupos étnicos, mujeres, estudiantes, pequeños empresarios, jóvenes, comunidades populares y sectores medios; comprender sus miedos, necesidades y expectativas.

La oposición pierde capacidad cuando solamente habla consigo misma. Necesita volver a escuchar.

MENOS RETÓRICA, MÁS PODER SOCIAL

Después de cuarenta años de militancia social, política, sindical o académica, el cansancio frente a determinadas formas ritualizadas de movilización resulta comprensible. Pero la conclusión no debería ser abandonar la acción colectiva. Debería ser transformarla. Marchar cuando sea necesario. Negociar cuando sea posible. Organizar siempre. Investigar antes de denunciar. Construir alternativas antes de reclamar poder. Y, sobre todo, identificar con precisión los intereses económicos y políticos que están detrás de las grandes decisiones nacionales.

Porque una oposición efectiva no se mide únicamente por la cantidad de personas que consigue reunir durante una tarde. Se mide por su capacidad para organizar sociedad, disputar ideas, representar intereses colectivos, defender derechos, construir alternativas y modificar democráticamente las relaciones de poder.

La calle seguirá siendo indispensable. Pero la calle sin organización puede convertirse en ceremonia; la organización sin proyecto, en burocracia; y el proyecto sin fuerza social, en literatura política.

El desafío consiste en reunir las tres cosas: movilización, organización y proyecto. Tal vez haya llegado el momento de dejar de preguntarnos cuántas marchas podemos convocar y comenzar a preguntarnos algo mucho más incómodo: ¿Qué poder social, económico, político y cultural somos capaces de construir para que quienes toman las grandes decisiones tengan que escuchar, negociar y responder ante la sociedad?

Allí comienza una oposición capaz de trascender el ritual.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as)