Por: Omar
Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-
Trump, en su afán por avivar conflictos y sostener una hegemonía en decadencia, recurre una vez más al cinismo: promueve una "nueva primavera" con consignas de democracia y derechos humanos que su propia administración se encarga de violar, dentro y fuera de Estados Unidos.
No es coincidencia el recrudecimiento y la particular
orientación de las protestas en Irán, convenientemente iniciadas y amplificadas
por poderosos comerciantes y sectores mercantiles históricamente asociados con
la depuesta dinastía Pehlevi. Esta familia, que abiertamente tuvo simpatías y
relaciones con la Alemania nazi antes de aliarse con Occidente, fue derrocada
en 1979 por la Revolución Islámica que hoy se ve desafiada. El movimiento
actual no surge en el vacío; responde, como se ha documentado extensamente, al
renovado manual de operaciones de la CIA estadounidense y el Mossad israelí,
que buscan reeditar, bajo nuevas condiciones, el fenómeno de las
"Primaveras Árabes"[1];
ahora trasplantado al corazón geopolítico de Persia.
Este no es un estallido social espontáneo, sino un ensayo de
ingeniería política diseñado para lograr, mediante la desestabilización interna,
lo que el cerco económico y la amenaza militar directa no han podido conseguir:
un cambio de régimen que desmantele la República Islámica. Como se puede
colegir del documento de Hanieh (2022), las protestas en Irán “coinciden” en su
aparente motivación con los levantamientos en Medio Oriente y Norte de África que
se dieron tras la crisis económica de 2008, como respuesta a las medidas
económicas impuestas por occidente a los gobiernos contra los que iban las
protestas de ese entonces.
La paradoja central, soslayada en el texto de Hanieh (2022),
es también, muy reveladora: las Primaveras Árabes de inicios del siglo XXI
tuvieron como combustible principal el descontento masivo generado por las
brutales medidas de austeridad neoliberal, ordenadas en los Programas de Ajuste
Estructural impuestas por Estados Unidos y la banca internacional (FMI, Banco
Mundial) a gobiernos previamente aliados. Estas medidas, destinadas a
garantizar el pago de la deuda y la apertura económica, devastaron las
condiciones de vida de la población. Así, la intervención occidental explota el
malestar que su propio orden económico genera, canalizándolo hacia objetivos
geopolíticos y alejándolo de una crítica sistémica al capitalismo global.
Sin embargo, lejos de ser meras explosiones de descontento
popular, las Primaveras Árabes de comienzos del siglo XXI también contaron con
la mentoría, financiación y dirección estratégica de la inteligencia
norteamericana, aunque siempre negadas por el gobierno de Barack Obama [2],
formaron parte de una caja de herramientas de intervención suave y guerra
híbrida utilizada globalmente para incidir en la política interna de países
cuyos gobiernos se resisten a la hegemonía de la derecha internacional.
Las actuales protestas en Irán dan la impresión de seguir
meticulosamente el mismo libreto, un guion que no se puede leer sin considerar
hechos geopolíticos recientes de alto impacto. La visita no publicitada del
primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, a Washington, junto con las
explícitas declaraciones de Donald Trump y sus aliados sobre la necesidad de
apoderarse del control global del petróleo y de territorios estratégicos,
dibujan un escenario de máxima presión. La prensa corporativa occidental ha
pasado, sin disimulo, de reportar reclamos socioeconómicos iniciales y señalar
la represión del gobierno iraní a destacar y promover consignas que exigen
explícitamente el retorno del clan Pehlevi al poder, encarnado en su heredero,
Reza Pahlavi, quien, de manera nada casual, reside en los Estados Unidos [3]
y es promovido activamente desde círculos neoconservadores y Tanques de Pensamiento
belicistas en Washington. El objetivo último parece claro: precipitar la caída
del líder supremo, el Ayatolá Ali Jamenei para desarticular el complejo
entramado de poder revolucionario para instalar un régimen dócil.
Esta jugada es de una urgencia estratégica crucial para
Washington y Tel Aviv ya que busca impedir, de raíz, una contundente respuesta
iraní a futuras agresiones israelíes o estadounidenses en la región y
neutralizar la creciente capacidad de proyección de Teherán. La "Guerra de
los Doce Días" del año pasado fue un punto de inflexión: Irán demostró una
sorprendente y sofisticada capacidad ofensiva de última tecnología que puso en
entredicho la supuesta invulnerabilidad del "Domo de Hierro" y las
defensas estadounidenses en la región, alterando la ecuación disuasiva.
Donald Trump, en su esfuerzo por incendiar el mundo, intenta
reafirmar una hegemonía en declive, recurriendo, nuevamente, a la manipulación
de una "nueva primavera" que corea consignas de democracia y derechos
humanos (los mismos derechos que su administración pisotea sistemáticamente
dentro y fuera de Estados Unidos). Se trata de un cinismo que no esconde que,
para el imperio y sus socios; la soberanía de las naciones es un obstáculo
desechable en su camino por el control absoluto de los recursos y las rutas del
planeta.




