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domingo, enero 11, 2026

Primavera Árabe en Irán: El viejo libreto de la injerencia occidental


Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-

Trump, en su afán por avivar conflictos y sostener una hegemonía en decadencia, recurre una vez más al cinismo: promueve una "nueva primavera" con consignas de democracia y derechos humanos que su propia administración se encarga de violar, dentro y fuera de Estados Unidos.


No es coincidencia el recrudecimiento y la particular orientación de las protestas en Irán, convenientemente iniciadas y amplificadas por poderosos comerciantes y sectores mercantiles históricamente asociados con la depuesta dinastía Pehlevi. Esta familia, que abiertamente tuvo simpatías y relaciones con la Alemania nazi antes de aliarse con Occidente, fue derrocada en 1979 por la Revolución Islámica que hoy se ve desafiada. El movimiento actual no surge en el vacío; responde, como se ha documentado extensamente, al renovado manual de operaciones de la CIA estadounidense y el Mossad israelí, que buscan reeditar, bajo nuevas condiciones, el fenómeno de las "Primaveras Árabes"[1]; ahora trasplantado al corazón geopolítico de Persia.

Este no es un estallido social espontáneo, sino un ensayo de ingeniería política diseñado para lograr, mediante la desestabilización interna, lo que el cerco económico y la amenaza militar directa no han podido conseguir: un cambio de régimen que desmantele la República Islámica. Como se puede colegir del documento de Hanieh (2022), las protestas en Irán “coinciden” en su aparente motivación con los levantamientos en Medio Oriente y Norte de África que se dieron tras la crisis económica de 2008, como respuesta a las medidas económicas impuestas por occidente a los gobiernos contra los que iban las protestas de ese entonces.

La paradoja central, soslayada en el texto de Hanieh (2022), es también, muy reveladora: las Primaveras Árabes de inicios del siglo XXI tuvieron como combustible principal el descontento masivo generado por las brutales medidas de austeridad neoliberal, ordenadas en los Programas de Ajuste Estructural impuestas por Estados Unidos y la banca internacional (FMI, Banco Mundial) a gobiernos previamente aliados. Estas medidas, destinadas a garantizar el pago de la deuda y la apertura económica, devastaron las condiciones de vida de la población. Así, la intervención occidental explota el malestar que su propio orden económico genera, canalizándolo hacia objetivos geopolíticos y alejándolo de una crítica sistémica al capitalismo global.

Sin embargo, lejos de ser meras explosiones de descontento popular, las Primaveras Árabes de comienzos del siglo XXI también contaron con la mentoría, financiación y dirección estratégica de la inteligencia norteamericana, aunque siempre negadas por el gobierno de Barack Obama [2], formaron parte de una caja de herramientas de intervención suave y guerra híbrida utilizada globalmente para incidir en la política interna de países cuyos gobiernos se resisten a la hegemonía de la derecha internacional.

Las actuales protestas en Irán dan la impresión de seguir meticulosamente el mismo libreto, un guion que no se puede leer sin considerar hechos geopolíticos recientes de alto impacto. La visita no publicitada del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, a Washington, junto con las explícitas declaraciones de Donald Trump y sus aliados sobre la necesidad de apoderarse del control global del petróleo y de territorios estratégicos, dibujan un escenario de máxima presión. La prensa corporativa occidental ha pasado, sin disimulo, de reportar reclamos socioeconómicos iniciales y señalar la represión del gobierno iraní a destacar y promover consignas que exigen explícitamente el retorno del clan Pehlevi al poder, encarnado en su heredero, Reza Pahlavi, quien, de manera nada casual, reside en los Estados Unidos [3] y es promovido activamente desde círculos neoconservadores y Tanques de Pensamiento belicistas en Washington. El objetivo último parece claro: precipitar la caída del líder supremo, el Ayatolá Ali Jamenei para desarticular el complejo entramado de poder revolucionario para instalar un régimen dócil.

Esta jugada es de una urgencia estratégica crucial para Washington y Tel Aviv ya que busca impedir, de raíz, una contundente respuesta iraní a futuras agresiones israelíes o estadounidenses en la región y neutralizar la creciente capacidad de proyección de Teherán. La "Guerra de los Doce Días" del año pasado fue un punto de inflexión: Irán demostró una sorprendente y sofisticada capacidad ofensiva de última tecnología que puso en entredicho la supuesta invulnerabilidad del "Domo de Hierro" y las defensas estadounidenses en la región, alterando la ecuación disuasiva.

Donald Trump, en su esfuerzo por incendiar el mundo, intenta reafirmar una hegemonía en declive, recurriendo, nuevamente, a la manipulación de una "nueva primavera" que corea consignas de democracia y derechos humanos (los mismos derechos que su administración pisotea sistemáticamente dentro y fuera de Estados Unidos). Se trata de un cinismo que no esconde que, para el imperio y sus socios; la soberanía de las naciones es un obstáculo desechable en su camino por el control absoluto de los recursos y las rutas del planeta.