LA VITRINA DE LA CONVERSA

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miércoles, agosto 26, 2026

LA USO PERDIÓ EL NORTE: DE SINDICATO DE CLASE A ADMINISTRADOR DE LA POLÍTICA ENERGÉTICA DEL CAPITAL *

En la imagen: Carlos Medina G. / Historiador - Analista político

Por: Carlos Medina Gallego.

Una organización sindical pierde su norte cuando comienza a confundir interlocución con subordinación, negociación con adaptación e institucionalidad con burocratización.

Durante más de un siglo, la Unión Sindical Obrera —USO— representó mucho más que una organización encargada de negociar salarios, prestaciones y condiciones laborales de los trabajadores petroleros. Fue una escuela de formación política, un escenario de resistencia obrera, un referente del sindicalismo colombiano y, sobre todo, una organización que comprendió tempranamente que la disputa alrededor del petróleo era también una disputa alrededor de la soberanía nacional.

Por eso resulta particularmente grave la crisis política e ideológica que hoy atraviesa. No estamos solamente ante desacuerdos circunstanciales entre dirigentes sindicales ni frente a diferencias tácticas acerca de cómo relacionarse con un gobierno determinado. Lo que parece estar ocurriendo es mucho más profundo: la USO corre el riesgo de dejar de concebirse como una organización de trabajadores que interviene críticamente en la política energética para convertirse en una organización burocratizada que termina administrando y legitimando decisiones concebidas desde las necesidades del mercado, las empresas y la acumulación de capital.

El comunicado de ANDEPETROL denominado La más alta traición en la historia de la USO expresa, en términos particularmente severos, esa ruptura. Según el documento, decisiones recientes de sectores mayoritarios de la Junta Directiva Nacional significarían abandonar compromisos históricos relacionados con la oposición a la privatización de Ecopetrol y con las posiciones críticas frente al fracking. El comunicado interpreta estas actuaciones como una ruptura con la tradición anti patronal y antiimperialista que caracterizó históricamente a la organización.

Más allá del lenguaje vehemente utilizado por ANDEPETROL y de las controversias que puedan suscitar algunas de sus afirmaciones, existe una pregunta que la USO debería responder ante sus afiliados y ante el conjunto del movimiento sindical colombiano: ¿para qué existe hoy la Unión Sindical Obrera?

CUANDO EL SINDICATO DEJA DE INTERPELAR AL PODER

Una organización sindical pierde su norte cuando comienza a confundir interlocución con subordinación, negociación con adaptación e institucionalidad con burocratización.

Los sindicatos necesariamente tienen que negociar. Deben conversar con gobiernos, empresas, instituciones públicas y privadas. Su función no consiste en permanecer en una oposición testimonial incapaz de producir resultados concretos para los trabajadores. Pero existe una frontera que no puede desaparecer: el sindicato representa los intereses de los trabajadores frente al poder empresarial y estatal; no representa los intereses empresariales y estatales frente a los trabajadores.

Cuando esa frontera comienza a desdibujarse aparece la burocratización sindical.

La burocratización no consiste simplemente en tener oficinas, funcionarios, asesores o dirigentes profesionales. Es un fenómeno político mucho más profundo. Ocurre cuando la conservación de la estructura organizativa termina siendo más importante que las razones históricas que justificaron su existencia; cuando los dirigentes se acostumbran a los escenarios institucionales hasta terminar compartiendo el lenguaje, las prioridades y las preocupaciones de quienes deberían interpelar; cuando la estabilidad de la organización sustituye la movilización de sus bases; y cuando los trabajadores dejan de ser sujetos de las decisiones para convertirse en espectadores de acuerdos realizados en su nombre.

Ese es precisamente el peligro que hoy enfrenta la USO.

DEL PETRÓLEO COMO SOBERANÍA AL PETRÓLEO COMO NEGOCIO

La historia de la USO está inseparablemente ligada a una idea fundamental: los hidrocarburos no son simplemente mercancías.

El petróleo constituye un recurso estratégico alrededor del cual se organizan relaciones económicas, laborales, territoriales, ambientales y geopolíticas. Por eso la lucha histórica de los trabajadores petroleros nunca pudo reducirse a una discusión salarial.

Defender Ecopetrol significó durante décadas defender la existencia de una empresa pública estratégica. Defender los recursos naturales significó discutir quién los explota, quién se apropia de la renta, quién asume los costos ambientales y sociales y para qué proyecto de nación se utilizan los excedentes producidos.

La USO fue grande precisamente porque comprendió esa dimensión. El problema aparece cuando el sindicalismo comienza a asumir como propias categorías procedentes de la racionalidad empresarial: competitividad, rentabilidad, productividad, seguridad inversionista, expansión de reservas o sostenibilidad financiera, sin preguntarse simultáneamente rentabilidad para quién, productividad para qué, energía para qué sociedad y explotación de los recursos bajo qué condiciones ambientales, laborales y territoriales.

Entonces ocurre una inversión peligrosa: en lugar de discutir la política energética desde los intereses de los trabajadores y de la nación, se comienza a discutir la situación de los trabajadores desde las necesidades de la política energética dominante. Y allí el sindicalismo pierde autonomía.

EL FALSO DILEMA: “PRIMERO ECOPETROL, DESPUÉS LA POLÍTICA”

Particularmente problemática resulta la idea, cuestionada por el comunicado de ANDEPETROL, según la cual primero estaría Ecopetrol y después las consideraciones políticas. El documento sostiene que esa separación termina justificando políticas que considera neoliberales y favorables a grandes intereses económicos.

Pero Ecopetrol nunca ha estado por fuera de la política.

Decidir qué hidrocarburos explorar, dónde hacerlo, mediante qué tecnologías, bajo qué régimen contractual, con qué socios internacionales, con qué participación estatal, con qué relación con las comunidades y con qué destino para las utilidades constituye una decisión profundamente política.

También lo es decidir si Colombia debe profundizar su dependencia de los combustibles fósiles o desarrollar una transición energética; y, en este último caso, determinar quién controlará esa transición.

Porque existe una transición energética del capital y puede existir una transición energética democrática y popular.

La primera simplemente sustituye unas fuentes de acumulación por otras. Cambia petróleo por litio, carbón por cobre, hidrocarburos por grandes parques solares o eólicos, pero conserva intactas las estructuras de propiedad, concentración económica y apropiación privada de los beneficios.

La segunda debería preguntarse por la propiedad pública, las comunidades, los trabajadores, la soberanía energética, la protección ambiental y la distribución social de los excedentes.

Una USO fiel a su historia tendría que estar encabezando esa discusión.

EL FRACKING NO ES SIMPLEMENTE UNA TÉCNICA

Lo mismo ocurre con el fracking.

Reducir el debate a determinar si técnicamente pueden extraerse determinados hidrocarburos significa desconocer la dimensión política del problema.

Las preguntas fundamentales son otras: ¿Qué modelo energético necesita Colombia?, ¿qué consecuencias ambientales puede generar la explotación?, ¿qué participación tendrán las comunidades?, ¿Quién asumirá los riesgos?, ¿Quién recibirá los beneficios?, ¿qué relación existe entre nuevas explotaciones fósiles y transición energética?

Una organización sindical puede adoptar una posición favorable, contraria o condicionada frente a determinadas tecnologías extractivas. Lo que no debería hacer es convertir automáticamente la continuidad empresarial en criterio superior a cualquier consideración social, ambiental o territorial.

El comunicado de ANDEPETROL acusa precisamente a sectores de la dirección sindical de haber dado vía libre al fracking y de comprometerse a no obstaculizar determinadas políticas que considera privatizadoras.

Si tales decisiones corresponden efectivamente a posiciones institucionales de la organización, deberían ser discutidas ampliamente por las bases. Una definición estratégica de semejante magnitud no debería resolverse exclusivamente entre dirigentes, gobiernos y administradores empresariales.

LA BUROCRATIZACIÓN COMO DERROTA CULTURAL

Existe, además, una dimensión todavía más preocupante.

Las grandes organizaciones sindicales no desaparecen necesariamente cuando son derrotadas. Algunas continúan existiendo durante décadas, conservan edificios, afiliados, recursos, convenciones colectivas y estructuras administrativas. Pero pueden haber perdido políticamente su razón de ser.

La derrota más profunda de un sindicato ocurre cuando adopta como propio el horizonte intelectual de aquello contra lo cual nació. Cuando comienza a pensar como empresa. Cuando mide sus posibilidades exclusivamente desde la rentabilidad. Cuando considera inevitable aquello que anteriormente cuestionaba. Cuando sustituye la movilización por la gestión. Cuando reemplaza la formación política por administración sindical. Cuando sus dirigentes permanecen durante largos periodos circulando entre cargos sindicales, institucionales y empresariales hasta constituir una burocracia especializada en representación.

Entonces puede permanecer intacta la sigla mientras cambia profundamente el contenido.

RECUPERAR LA DEMOCRACIA DE LOS TRABAJADORES

Por eso la discusión actual no debería resolverse mediante simples disputas entre fracciones sindicales ni mediante descalificaciones personales. Debe regresar a los trabajadores.

El propio comunicado recuerda que la plataforma histórica de la organización reivindica la independencia frente a patronos y sectores políticos dominantes, así como la solidaridad con los pueblos que enfrentan formas de intervención imperialista.

También sostiene que la traición a la plataforma de lucha está contemplada estatutariamente como una falta gravísima. Esto plantea un problema esencialmente democrático.

Las bases deberían conocer exactamente qué se discutió, qué compromisos fueron adquiridos, quiénes los aprobaron y mediante qué mandato estatutario. Y después deberían decidir.

Una organización obrera pertenece a sus trabajadores, no a sus dirigentes. La USO necesita recuperar asambleas, deliberación desde las regiones, formación política, control de las bases sobre sus representantes y una discusión nacional acerca de su proyecto energético.

No basta con cambiar dirigentes si permanece intacta la cultura burocrática que produjo el problema.

VOLVER A SER USO

La historia de la USO fue construida por generaciones de trabajadores que padecieron persecuciones, despidos, encarcelamientos, estigmatizaciones y violencias. El comunicado de ANDEPETROL recuerda esa tradición cuando afirma que la organización fue concebida como un “faro” de la lucha antipatronal y antiimperialista. Ese patrimonio no pertenece a ninguna junta directiva. Pertenece a generaciones de trabajadores petroleros y forma parte de la historia del movimiento obrero colombiano.

Por eso la crisis actual puede convertirse también en una oportunidad. La USO debe decidir si quiere ser una organización que acompaña la administración del modelo energético existente o una organización capaz de imaginar otro modelo energético. Debe decidir si quiere administrar las consecuencias laborales de las transformaciones empresariales o intervenir políticamente en la definición de esas transformaciones. Debe decidir si entiende Ecopetrol solamente como una empresa que debe producir utilidades o como instrumento estratégico de soberanía, industrialización, conocimiento científico, transición energética y desarrollo nacional.

Y, sobre todo, debe decidir si continuará construyendo sus decisiones desde arriba o volverá a colocar a los trabajadores en el centro de su vida sindical. La USO no necesita vivir de la nostalgia. Necesita recuperar su norte. Y ese norte no puede ser simplemente garantizar la supervivencia de Ecopetrol dentro de las reglas del capitalismo energético contemporáneo. Tiene que ser defender simultáneamente el trabajo digno, la propiedad pública, la soberanía energética, los territorios, las comunidades, la naturaleza y la capacidad de Colombia para decidir autónomamente sobre sus recursos estratégicos.

Si abandona esas banderas, podrá conservar su nombre, sus oficinas, sus cargos y sus estructuras. Pero habrá dejado de ser aquella USO que durante más de un siglo hizo temblar a gobiernos, multinacionales y patronos porque detrás de sus siglas existía algo mucho más poderoso que una burocracia sindical: existía una clase trabajadora organizada, consciente de que defender el petróleo colombiano era también defender la soberanía de la nación.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

viernes, mayo 01, 2026

PRIMERO DE MAYO: HISTORIA, NOMBRES Y LA DIGNIDAD QUE NO SE RINDE. *

 

En la imagen: Carlos Medina G. / Historiador y analista político

Por:  Carlos Medina Gallego

Cada primero de mayo no solo se conmemora una fecha: se convoca una memoria. Es el día en que los nombres vuelven a pronunciarse, las luchas recuperan su rostro y el trabajo deja de ser una abstracción para convertirse en derecho y en una historia viva de resistencia. 

I. CHICAGO, 1886: NOMBRES EN LA RAÍZ DE LA HISTORIA

El origen del Día Internacional del Trabajo está ligado a uno de los momentos más intensos del movimiento obrero mundial: las huelgas de mayo de 1886 en Estados Unidos, particularmente en la ciudad de Chicago. Allí, más de 300.000 trabajadores se movilizaron bajo una consigna que parecía radical para la época: “ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas para la vida”.

El 1 de mayo comenzó la huelga general. El 3 de mayo, en la fábrica McCormick, la policía disparó contra los trabajadores en protesta, dejando varios muertos. Al día siguiente, durante una concentración en la plaza Haymarket, una bomba explotó en medio de la multitud. La represión fue inmediata. Aunque nunca se probó quién lanzó el artefacto, el Estado decidió convertir el hecho en un escarmiento.

Allí aparecen los nombres que la historia no debe olvidar: August Spies, Albert Parsons, Adolph Fischer y George Engel fueron ejecutados en 1887 tras un juicio ampliamente cuestionado por su falta de garantías. Otros como Samuel Fielden y Michael Schwab fueron condenados a prisión. Todos ellos pasaron a la historia como los “Mártires de Chicago”, símbolo universal de la lucha obrera.

En 1889, durante el congreso de la Segunda Internacional en París, se decidió declarar el primero de mayo como día internacional de lucha obrera en homenaje a estos hechos. Desde entonces, la fecha se convirtió en una jornada global de reivindicación de la memoria y del derecho al trabajo.

Las conquistas que siguieron no fueron inmediatas, pero sí profundas. La jornada de ocho horas fue adoptada progresivamente en distintos países, y con ella surgieron otras garantías: derecho a la sindicalización, negociación colectiva, seguridad laboral. Cada derecho fue arrancado al poder económico y político mediante organización, huelga y sacrificio. Todos los derechos de que gozan hoy los trabajadores fueron conquistados por las luchas de los llamados trabajadores de pies descalzos y todos esos derechos hoy están en riesgo. 

II. COLOMBIA: ENTRE LA HUELGA, LA SANGRE Y LA PERSISTENCIA

En Colombia, la historia del movimiento obrero tiene sus propias fechas, sus propios mártires y sus propias victorias. A comienzos del siglo XX, en medio de un proceso incipiente de industrialización, surgieron las primeras organizaciones de trabajadores. Ya en 1919 se fundó la Confederación Obrera Nacional, una de las primeras expresiones de articulación sindical.

Sin embargo, el episodio más emblemático y doloroso es la Masacre de las Bananeras ocurrida en diciembre de 1928, en el departamento del Magdalena. Miles de trabajadores de la United Fruit Company se declararon en huelga exigiendo condiciones mínimas: pago en dinero y no en vales, reconocimiento de contratos laborales, descanso dominical y atención médica.

El gobierno de Miguel Abadía Méndez respondió con el uso de la fuerza militar. En la noche del 5 al 6 de diciembre, el Ejército abrió fuego contra los trabajadores reunidos en la plaza de Ciénaga. El número de víctimas sigue siendo motivo de debate histórico: las cifras oficiales hablaron de decenas, mientras que otras versiones, como la del líder político Jorge Eliécer Gaitán, señalaron que pudieron ser cientos o incluso miles.

Este hecho marcó profundamente la historia laboral y política del país. No solo evidenció la alianza entre poder económico y estatal, sino que fortaleció la conciencia obrera y la necesidad de organización. Allí aparecen los nombres de María Cano y Raúl Eduardo Mahecha como faros de la lucha por el derecho al trabajo y la dignidad humana. 

A lo largo del siglo XX, el movimiento sindical colombiano siguió creciendo, aunque enfrentó enormes dificultades. En 1945 se expidió el Código Sustantivo del Trabajo, que formalizó derechos laborales básicos. Surgieron centrales obreras como la Central Unitaria de Trabajadores y la Confederación General del Trabajo, que han jugado un papel clave en la defensa de los trabajadores.

Pero la historia también está marcada por la violencia. Colombia ha sido uno de los países más peligrosos para el sindicalismo. Desde finales del siglo XX, cientos de líderes sindicales han sido asesinados, en un contexto de conflicto armado, persecución política y disputas por el control económico. Esta realidad ha limitado la capacidad organizativa y ha dejado una deuda histórica con el movimiento obrero.

En el presente, las luchas laborales han adquirido nuevos matices. La informalidad, que afecta a una gran parte de la población trabajadora, la precarización del empleo y los retos de la economía digital han reconfigurado el escenario. Sin embargo, el núcleo de la reivindicación permanece: el derecho a un trabajo digno, estable, con garantías y reconocimiento.

A MANERA DE EPILOGO: LA HISTORIA QUE SIGUE EN MARCHA

El primero de mayo no es solo una fecha para recordar, sino una invitación a comprender el significado y la dimensión de la lucha por el Derecho al Trabajo. Detrás de cada jornada laboral regulada, de cada salario justo, de cada descanso conquistado, hay nombres, hay historias, hay vidas, hay lucha y resistencia.

Desde Chicago hasta Ciénaga, desde August Spies hasta los trabajadores anónimos de las bananeras, el hilo que une estas luchas es la dignidad. Una dignidad que no se negocia, que no se olvida y que sigue en disputa.

Porque el trabajo, cuando es justo, no solo produce riqueza: produce humanidad. Y mientras exista desigualdad, el primero de mayo seguirá siendo no solo memoria, sino también promesa de lucha y conquista de esperanza.

* Nota original publicada en: SoNoticias y compartida con la Comunidad de La Conversa, gracias a la generosidad del periodista Hernán Riaño. La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).