LA VITRINA DE LA CONVERSA

viernes, febrero 03, 2017

LA CONVERSA DEL FIN DE SEMANA

POESIA EN LA CONVERSA

Con el propósito de iniciar este nuevo calendario de una manera diferente, en La Conversa inauguramos este año 2017 poemando. En esta ocasión queremos compartir el poema del pintor Quilichagüeño CARLOS AGREDO, titulado BESOS CLANDESTINOS.

BESOS CLANDESTINOS


Por: Carlos Agredo – Chomelo –

I
Besos clandestinos
Los que me diste,
Los que te di y nos dimos
Detrás de un pretexto,
Quizás de una mentira.
Ahí los besos clandestinos
Fugaces, expectantes
Rojos como el vino
Son besos sin olvido.
Cuerpos enredados
Sexos aferrados
Como el hierro al imán,
Como el amor al olvido.
Grabados quedaron
Suspiros y gemidos
Caderas agitadas
Sus pechos casi ardían
Mis manos encrispadas
En sus glúteos se perdían.
El espejo fue testigo
Imágenes sucesivas
Apuntando al infinito.
Besos clandestinos
Los que mediste,
Te di y nos dimos,
Como niños jugando al escondite
Sin saber si ganamos o perdimos.
II
Como alma que se lleva el diablo
Divagando por  calles solitarias
De luces mortecinas
Y nubarrones que espantan.
Escuálida contemplo
A mi sombra proyectada
En el asfalto.
Absorto observo
Como se funde en la penumbra
Y no es nada,
Pues solo era una sombra proyectada.
La luna despidiéndose
Detrás de las montañas
Despidiendo duendes y hadas
A lo lejos escucho un coro
De cuervos que acompañan
El replicar de las campanas
Simulando un réquiem
Para

Las almas condenadas.

jueves, diciembre 22, 2016

2016 Año Bisiesto



Por: Omar Orlando Tovar Troches – ottroz69@gmail.com-
Creían las personas mayores, aferrándose a ese determinismo trágico impuesto por la invasión europea a lo que hoy se conoce como América (latina), que los años bisiestos guardan en sus entrañas, malos presagios y peores acontecimientos.

Parece ser que los desbarajustes en eso de contar nuestros días terrestres y mortales y que fueron observados por un monje con el nombre del dios de la borrachera (Dionisio, que no Juan Carlos Vélez, el del C.D.), dejaron en nuestro inocente colectivo la desazón por los años bisiestos, a los que les adjudicamos extraordinarios augurios, mucho más acá en el País del Sagrado Corazón en el que, siguiendo con lo de la beodez, la mayoría de nuestros males ocurre por excesos en la celebración, la improvisación o porque corre por nuestras venas un desbarajuste más grave  que ni Dionisio el pequeño ha podido enmendar.

Luego de más de doscientos años de vida republicana violenta, la nación colombiana está cerca de dar los primeros pasos en un nuevo intento de reconciliación, a pesar del terror que produce lo novedoso en una sociedad liderada por hombres y mujeres aferrados a un atavismo conservador que causa desconcierto, reproche e hilaridad en el exterior, en donde no se entiende por qué la gente en Colombia votó en contra de su anhelada paz y matan o dejan morir a sus niños y niñas.

Pasamos de las justas épicas de nuestros jóvenes deportistas, a lo cantinflesco de la cotidianidad de nuestra dirigencia política. De manera increíblemente reiterativa, la sociedad colombiana viaja de un extremo al otro del espectro de la sensibilidad, eso lo saben las élites de nuestro querido País del sagrado corazón, por eso  lo fomentan, lo amplifican y lo usan para que a pesar de todo lo que pase, no pase nada.

Uno que otro asalariado de las noticias, en su afán de entregar la materia prima de esa carroñera industria del sensacionalismo, del espectáculo, del morbo por la violencia o amarillismo que llaman algunos, nos sorprendieron durante este año, luchando desesperadamente por  ser los primeros en el sitio de los siniestros aéreos, en cubrir las muertes de los niños de la Guajira, el abuso diario de mujeres y niños, en conseguir los videos de vigilancia de los ya múltiples linchamientos de atracadores de casas, bolsos y celulares de alta gama, todo debidamente contrastado con el glamour del futbol internacional y los programas de “realities” que quedan en medio de las series televisivas dedicados a nuestra narco-cultura.


Tal como las pirañas o los tiburones, nos dejamos hipnotizar y  entramos sin reacción alguna en el frenesí que causa la sangre de la primicia, la exclusiva, la chiva. Conocedores de las mil y una argucias para provocar esa sensiblería que nos define a un buen número de colombianos y colombianas, los dueños y algunos directores de medios no escatimaron y, aún hoy, no escatiman artificios para seguir sacándole jugo a la tragedia. A fe que lo lograron durante este extraño año bisiesto de medallas olímpicas, de Nobel de Paz,  de los asesinatos de Yulianna, Dora Lilia y cientos y cientos de víctimas del miedo recurrente que le tenemos al cambio.