LA VITRINA DE LA CONVERSA

miércoles, junio 03, 2026

La aritmética de la esperanza *

 

Por: Jhon Jaiver Flórez G.

Por qué Iván Cepeda tiene las mejores posibilidades de ganar la segunda vuelta

Colombia votó el 31 de mayo. Y los números que dejó esa jornada no son simple estadística electoral. Son el retrato más preciso y descarnado de un país dividido, de dos proyectos de nación que se miran a los ojos y que el 21 de junio deberán dirimir, en las urnas, cuál de los dos tendrá el derecho de gobernar durante los próximos cuatro años.

Veamos primero la fotografía completa. De los más de 41 millones de colombianos habilitados para votar, 23.976.235 acudieron a las urnas, una participación del 57,88%: la más alta desde que existe la figura de la primera vuelta presidencial. Ese dato, por sí solo, merece una pausa. Colombia, históricamente resignada y apática, acudió a votar de manera masiva. Algo estaba en juego y millones de ciudadanos lo percibieron.

La aritmética como punto de partida

Abelardo de la Espriella obtuvo 10.361.413 votos (43,74%). Iván Cepeda alcanzó 9.688.245 (40,90%). La diferencia entre ambos fue de 673.168 votos, una cifra que parece amplia hasta que se pone en perspectiva frente al caudal electoral que permanece disponible para la segunda vuelta.

Paloma Valencia obtuvo 1.639.668 votos. Sergio Fajardo, 1.009.045. Los votos en blanco sumaron 406.830 y los no marcados, 47.586. El resto de candidatos —Claudia López, Raúl Botero, Óscar Lizcano y otros— acumuló aproximadamente 800.000 sufragios adicionales.

La suma de ese universo disponible supera los 3,9 millones de votos. Es decir, hay casi seis veces la diferencia registrada en la primera vuelta flotando en el espacio político y esperando definir su destino el próximo 21 de junio.

La pregunta decisiva no es cuántos votos hay disponibles. La pregunta es hacia dónde fluirán. Y para responderla hay que abandonar la aritmética y entrar en la sociología, la psicología política y la lógica más profunda del momento histórico que vive Colombia.

El techo de la ultraderecha y el piso del centro

Comencemos por lo que los datos permiten inferir con mayor claridad. Paloma Valencia, una de las candidaturas del uribismo, obtuvo el 6,92 % de la votación. Para el partido fundado por Uribe, se trata de un resultado claramente decepcionante.

La conclusión que surge es políticamente reveladora: el electorado tradicional del Centro Democrático no respaldó a Paloma Valencia y terminó apoyando a De la Espriella, la otra candidatura del uribismo. Lo que evidencia que la mayoría uribista se concentró desde la primera vuelta en la opción que percibía como más competitiva dentro de ese sector.

Esto significa que De la Espriella ya habría capturado, en primera vuelta, el electorado uribista, además de sectores del tradicionalismo político de las regiones y sus maquinarias corruptas. Su votación de 10,3 millones podría representar una base cercana a su potencial máximo de crecimiento. Para ampliarla necesitaría atraer votantes del centro. Y es precisamente allí donde aparecen sus mayores dificultades.

En este punto entra en juego lo que la ciencia política denomina identidad negativa: la capacidad de un candidato para cohesionar a sus adversarios no por sus propias virtudes, sino por el rechazo que genera. De la Espriella ha construido su campaña sobre la estridencia, el lenguaje soez de su retórica que moviliza a su base, pero que también genera resistencia irreconciliable en sectores moderados.

El centro se mueve hacia Cepeda

Las señales provenientes del centro político son significativas. Claudia López ha declarado que no apoyará a De la Espriella. Sergio Fajardo ha manifestado su disposición a participar activamente en la definición de la segunda vuelta, lo que, en el lenguaje político colombiano, indica que buscará influir en la orientación de sus votantes. Roy Barreras y Daniel Oviedo han emitido mensajes que apuntan en una dirección similar.

Oviedo, aunque proviene de sectores vinculados al Centro Democrático, ha sostenido posiciones de centro y libertades individuales que lo acercan más a posturas moderadas que a los sectores más conservadores representados por De la Espriella.

El millón de votos obtenido por Fajardo corresponde, en gran medida, a un electorado urbano, educado, que valora la institucionalidad, rechaza la corrupción y suele desconfiar tanto de los autoritarismos de derecha como de los populismos de cualquier signo. Ese segmento electoral es proclive a encontrar razones éticas y pragmáticas para inclinarse hacia la candidatura del Pacto Histórico.

Por su parte, los 406.830 votos en blanco no representan una simple indiferencia. Constituyen una expresión política de inconformidad frente a las opciones disponibles. Sin embargo, en una segunda vuelta la pregunta cambia: ya no es "¿cuál me convence?", sino "¿cuál me genera menos rechazo?" o, más profundamente, "¿cuál representa un menor riesgo para el país que considero deseable?". Desde esa lógica, una parte de ese electorado podría reconsiderar su posición.

De la Espriella promete: un programa de demolición

La mejor campaña que podría hacer Iván Cepeda en estas próximas tres semanas es, paradójicamente, permitir que De la Espriella exponga con claridad sus propuestas. Porque lo que el candidato de “Defensores de la Patria” ha anunciado como programa de gobierno constituye, en términos de impacto social, una de las plataformas más regresivas presentadas en la historia reciente del país.

Anuncia “setenta” decretos para el primer día de gobierno. El número ya constituye una demostración de concentración del poder. Su contenido resulta aún más polémico.

Entre las propuestas anunciadas figuran la eliminación de los procesos de paz y de la JEP; la derogatoria de medidas asociadas al salario vital; la reversión de incrementos salariales otorgados durante el actual gobierno; la revisión de los avances alcanzados en materia de reforma agraria; y la eliminación de programas de apoyo pensional para adultos mayores…

Cada una de esas iniciativas tendría efectos concretos sobre millones de ciudadanos. Sus defensores las consideran correcciones necesarias; sus detractores las interpretan como retrocesos en materia de derechos sociales. En cualquier caso, se trata de medidas que tendrían profundas consecuencias económicas, jurídicas y sociales.

La psicología del votante y la lógica del cambio de conciencia

Marx formuló una tesis que buena parte de la sociología contemporánea ha estudiado extensamente: no es la conciencia la que determina el ser social, sino el ser social el que condiciona la conciencia.

Traducido al lenguaje electoral, esto significa que cuando las condiciones materiales de vida cambian, también cambian las percepciones políticas de las personas.

Durante cuatro años de gobierno progresista, millones de colombianos experimentaron transformaciones concretas. Campesinos que recibieron títulos de propiedad. Adultos mayores que comenzaron a recibir apoyos económicos. Jóvenes que accedieron a la educación superior pública. Familias rurales que vieron llegar servicios que antes no existían. Comunidades que percibieron reducciones en los niveles de violencia.

Esas experiencias no son simples discursos. Son hechos que se incorporan a la memoria de las personas. Y la posibilidad de perderlas activa un fenómeno ampliamente estudiado por la psicología social: la aversión a la pérdida. Los seres humanos suelen reaccionar con mayor intensidad ante la posibilidad de perder un beneficio existente que ante la expectativa de obtener uno nuevo.

Lo que Cepeda debe hacer en estas tres semanas

La ventaja estructural que algunos analistas identifican en el universo de votos disponibles no se convierte automáticamente en victoria. La política no funciona como la física. Los votos no se desplazan por gravedad hacia donde indican los cálculos. Deben ser convocados, persuadidos y movilizados.

La campaña del Pacto Histórico enfrenta tres tareas fundamentales. La primera: comunicar con claridad los resultados concretos obtenidos durante el gobierno del Cambio, traducidos en experiencias reales y comprensibles para la ciudadanía. La segunda: explicar con precisión cuáles serían las consecuencias de las propuestas planteadas por su adversario. Y la tercera: tender puentes hacia los votantes de Fajardo, Claudia, el voto en blanco y el abstencionista, reconociendo sus preocupaciones legítimas sin renunciar a la narrativa del cambio.

Claudia López ha pedido correcciones a la campaña de Cepeda. Interpretado desde una perspectiva estratégica, ese mensaje puede verse más como una oportunidad de diálogo que como una amenaza política. La inteligencia política consiste en escuchar esas señales y responder con hechos.

El espejo de la historia y la razón del bien colectivo

Colombia tiene una larga tradición de frustraciones históricas. Gaitán fue asesinado antes de llegar al poder. La Unión Patriótica fue exterminada. El proceso de paz del Caguán terminó fracasando. En 2016, el plebiscito sobre los acuerdos de paz fue derrotado en medio de una intensa controversia pública sobre la información difundida durante la campaña.

Pero la historia también muestra otro patrón: cuando amplios sectores de la ciudadanía han logrado mirar críticamente su realidad y actuar desde la reflexión más que desde el miedo, el país ha abierto nuevos caminos políticos.

En 2022 ocurrió uno de esos momentos. El 21 de junio será una nueva prueba sobre la dirección que los ciudadanos desean para el país.

La candidatura de Iván Cepeda, como cualquier otra, no está exenta de críticas, limitaciones o contradicciones. Sin embargo, para sus partidarios representa la continuidad de un proyecto que comenzó a intervenir algunas de las causas estructurales de la desigualdad colombiana. Representa la posibilidad de consolidar reformas ya iniciadas y de profundizar transformaciones sociales que consideran necesarias.

La aritmética, la sociología y la psicología política ofrecen argumentos que sus simpatizantes consideran favorables para sus posibilidades electorales. Lo que resta por determinar es si esas condiciones potenciales se traducirán efectivamente en votos el próximo 21 de junio.

Porque, al final, ningún análisis sustituye la decisión ciudadana. Serán millones de colombianos quienes determinen, una vez más, cuál consideran que debe ser el rumbo del país y qué futuro desean construir para las próximas generaciones.

 

* La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

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