Por: Jhon Jaiver Flórez G.
Por qué Iván Cepeda tiene las mejores posibilidades de ganar la segunda vuelta
Colombia
votó el 31 de mayo. Y los números que dejó esa jornada no son simple
estadística electoral. Son el retrato más preciso y descarnado de un país
dividido, de dos proyectos de nación que se miran a los ojos y que el 21 de
junio deberán dirimir, en las urnas, cuál de los dos tendrá el derecho de
gobernar durante los próximos cuatro años.
Veamos
primero la fotografía completa. De los más de 41 millones de colombianos
habilitados para votar, 23.976.235 acudieron a las urnas, una participación del
57,88%: la más alta desde que existe la figura de la primera vuelta
presidencial. Ese dato, por sí solo, merece una pausa. Colombia, históricamente
resignada y apática, acudió a votar de manera masiva. Algo estaba en juego y
millones de ciudadanos lo percibieron.
La
aritmética como punto de partida
Abelardo
de la Espriella obtuvo 10.361.413 votos (43,74%). Iván Cepeda alcanzó 9.688.245
(40,90%). La diferencia entre ambos fue de 673.168 votos, una cifra que parece
amplia hasta que se pone en perspectiva frente al caudal electoral que
permanece disponible para la segunda vuelta.
Paloma
Valencia obtuvo 1.639.668 votos. Sergio Fajardo, 1.009.045. Los votos en blanco
sumaron 406.830 y los no marcados, 47.586. El resto de candidatos —Claudia
López, Raúl Botero, Óscar Lizcano y otros— acumuló aproximadamente 800.000
sufragios adicionales.
La
suma de ese universo disponible supera los 3,9 millones de votos. Es decir, hay
casi seis veces la diferencia registrada en la primera vuelta flotando en el
espacio político y esperando definir su destino el próximo 21 de junio.
La
pregunta decisiva no es cuántos votos hay disponibles. La pregunta es hacia
dónde fluirán. Y para responderla hay que abandonar la aritmética y entrar en
la sociología, la psicología política y la lógica más profunda del momento
histórico que vive Colombia.
El
techo de la ultraderecha y el piso del centro
Comencemos
por lo que los datos permiten inferir con mayor claridad. Paloma Valencia, una
de las candidaturas del uribismo, obtuvo el 6,92 % de la votación. Para el
partido fundado por Uribe, se trata de un resultado claramente decepcionante.
La
conclusión que surge es políticamente reveladora: el electorado tradicional del
Centro Democrático no respaldó a Paloma Valencia y terminó apoyando a De la
Espriella, la otra candidatura del uribismo. Lo que evidencia que la mayoría uribista
se concentró desde la primera vuelta en la opción que percibía como más
competitiva dentro de ese sector.
Esto
significa que De la Espriella ya habría capturado, en primera vuelta, el electorado
uribista, además de sectores del tradicionalismo político de las regiones y sus
maquinarias corruptas. Su votación de 10,3 millones podría representar una base
cercana a su potencial máximo de crecimiento. Para ampliarla necesitaría atraer
votantes del centro. Y es precisamente allí donde aparecen sus mayores
dificultades.
En
este punto entra en juego lo que la ciencia política denomina identidad
negativa: la capacidad de un candidato para cohesionar a sus adversarios no por
sus propias virtudes, sino por el rechazo que genera. De la Espriella ha
construido su campaña sobre la estridencia, el lenguaje soez de su retórica que
moviliza a su base, pero que también genera resistencia irreconciliable en
sectores moderados.
El
centro se mueve hacia Cepeda
Las
señales provenientes del centro político son significativas. Claudia López ha
declarado que no apoyará a De la Espriella. Sergio Fajardo ha manifestado su
disposición a participar activamente en la definición de la segunda vuelta, lo
que, en el lenguaje político colombiano, indica que buscará influir en la
orientación de sus votantes. Roy Barreras y Daniel Oviedo han emitido mensajes
que apuntan en una dirección similar.
Oviedo,
aunque proviene de sectores vinculados al Centro Democrático, ha sostenido
posiciones de centro y libertades individuales que lo acercan más a posturas
moderadas que a los sectores más conservadores representados por De la
Espriella.
El
millón de votos obtenido por Fajardo corresponde, en gran medida, a un
electorado urbano, educado, que valora la institucionalidad, rechaza la
corrupción y suele desconfiar tanto de los autoritarismos de derecha como de
los populismos de cualquier signo. Ese segmento electoral es proclive a encontrar
razones éticas y pragmáticas para inclinarse hacia la candidatura del Pacto
Histórico.
Por
su parte, los 406.830 votos en blanco no representan una simple indiferencia.
Constituyen una expresión política de inconformidad frente a las opciones
disponibles. Sin embargo, en una segunda vuelta la pregunta cambia: ya no es
"¿cuál me convence?", sino "¿cuál me genera menos rechazo?"
o, más profundamente, "¿cuál representa un menor riesgo para el país que
considero deseable?". Desde esa lógica, una parte de ese electorado podría
reconsiderar su posición.
De
la Espriella promete: un programa de demolición
La
mejor campaña que podría hacer Iván Cepeda en estas próximas tres semanas es,
paradójicamente, permitir que De la Espriella exponga con claridad sus
propuestas. Porque lo que el candidato de “Defensores de la Patria” ha
anunciado como programa de gobierno constituye, en términos de impacto social,
una de las plataformas más regresivas presentadas en la historia reciente del
país.
Anuncia
“setenta” decretos para el primer día de gobierno. El número ya
constituye una demostración de concentración del poder. Su contenido resulta
aún más polémico.
Entre
las propuestas anunciadas figuran la eliminación de los procesos de paz y de la
JEP; la derogatoria de medidas asociadas al salario vital; la reversión de
incrementos salariales otorgados durante el actual gobierno; la revisión de los
avances alcanzados en materia de reforma agraria; y la eliminación de programas
de apoyo pensional para adultos mayores…
Cada
una de esas iniciativas tendría efectos concretos sobre millones de ciudadanos.
Sus defensores las consideran correcciones necesarias; sus detractores las
interpretan como retrocesos en materia de derechos sociales. En cualquier caso,
se trata de medidas que tendrían profundas consecuencias económicas, jurídicas
y sociales.
La
psicología del votante y la lógica del cambio de conciencia
Marx
formuló una tesis que buena parte de la sociología contemporánea ha estudiado
extensamente: no es la conciencia la que determina el ser social, sino el ser
social el que condiciona la conciencia.
Traducido
al lenguaje electoral, esto significa que cuando las condiciones materiales de
vida cambian, también cambian las percepciones políticas de las personas.
Durante
cuatro años de gobierno progresista, millones de colombianos experimentaron
transformaciones concretas. Campesinos que recibieron títulos de propiedad.
Adultos mayores que comenzaron a recibir apoyos económicos. Jóvenes que
accedieron a la educación superior pública. Familias rurales que vieron llegar servicios
que antes no existían. Comunidades que percibieron reducciones en los niveles
de violencia.
Esas
experiencias no son simples discursos. Son hechos que se incorporan a la
memoria de las personas. Y la posibilidad de perderlas activa un fenómeno
ampliamente estudiado por la psicología social: la aversión a la pérdida. Los
seres humanos suelen reaccionar con mayor intensidad ante la posibilidad de
perder un beneficio existente que ante la expectativa de obtener uno nuevo.
Lo
que Cepeda debe hacer en estas tres semanas
La
ventaja estructural que algunos analistas identifican en el universo de votos disponibles
no se convierte automáticamente en victoria. La política no funciona como la
física. Los votos no se desplazan por gravedad hacia donde indican los
cálculos. Deben ser convocados, persuadidos y movilizados.
La
campaña del Pacto Histórico enfrenta tres tareas fundamentales. La primera:
comunicar con claridad los resultados concretos obtenidos durante el gobierno
del Cambio, traducidos en experiencias reales y comprensibles para la
ciudadanía. La segunda: explicar con precisión cuáles serían las consecuencias
de las propuestas planteadas por su adversario. Y la tercera: tender puentes
hacia los votantes de Fajardo, Claudia, el voto en blanco y el abstencionista,
reconociendo sus preocupaciones legítimas sin renunciar a la narrativa del
cambio.
Claudia
López ha pedido correcciones a la campaña de Cepeda. Interpretado desde una
perspectiva estratégica, ese mensaje puede verse más como una oportunidad de
diálogo que como una amenaza política. La inteligencia política consiste en
escuchar esas señales y responder con hechos.
El
espejo de la historia y la razón del bien colectivo
Colombia
tiene una larga tradición de frustraciones históricas. Gaitán fue asesinado
antes de llegar al poder. La Unión Patriótica fue exterminada. El proceso de
paz del Caguán terminó fracasando. En 2016, el plebiscito sobre los acuerdos de
paz fue derrotado en medio de una intensa controversia pública sobre la
información difundida durante la campaña.
Pero
la historia también muestra otro patrón: cuando amplios sectores de la
ciudadanía han logrado mirar críticamente su realidad y actuar desde la
reflexión más que desde el miedo, el país ha abierto nuevos caminos políticos.
En
2022 ocurrió uno de esos momentos. El 21 de junio será una nueva prueba sobre
la dirección que los ciudadanos desean para el país.
La
candidatura de Iván Cepeda, como cualquier otra, no está exenta de críticas,
limitaciones o contradicciones. Sin embargo, para sus partidarios representa la
continuidad de un proyecto que comenzó a intervenir algunas de las causas
estructurales de la desigualdad colombiana. Representa la posibilidad de
consolidar reformas ya iniciadas y de profundizar transformaciones sociales que
consideran necesarias.
La
aritmética, la sociología y la psicología política ofrecen argumentos que sus
simpatizantes consideran favorables para sus posibilidades electorales. Lo que
resta por determinar es si esas condiciones potenciales se traducirán
efectivamente en votos el próximo 21 de junio.
Porque,
al final, ningún análisis sustituye la decisión ciudadana. Serán millones de
colombianos quienes determinen, una vez más, cuál consideran que debe ser el
rumbo del país y qué futuro desean construir para las próximas generaciones.
* La Conversa de Fin de semana valora
el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que
invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto,
indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus
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