LA VITRINA DE LA CONVERSA

miércoles, marzo 25, 2026

Periodistas colombianas: atrapadas entre el poder, el miedo y el silencio *

 

Imagen tomada de perfil Instagram de Revista Activa

Por: Paula B. Romero

En medio de la actual crisis del periodismo, ser mujer periodista añade un nivel de violencia que rara vez se nombra con la misma contundencia con que se analiza la estructura de poder de los medios.

El ejercicio del periodismo en Colombia es, hoy más que nunca, sobre todo para las mujeres, un acto de resistencia que se parece peligrosamente a caminar sobre un campo minado. No me refiero únicamente a los riesgos físicos en regiones donde la violencia sigue dictando quién puede hablar y quién debe callar. Hablo de esa otra violencia, más sutil pero igual de asfixiante: la que viene desde las propias redacciones, desde los dueños que las poseen, desde los intereses que las atraviesan. Hablo de la manera en que los medios de comunicación han convertido en piezas de un tablero ajeno a los periodistas (hombres y mujeres), donde su voz ya no les pertenece y donde, para colmo, si se es mujer, se carga con la mochila extra del acoso, la discriminación y la exigencia de “vender” también su imagen.

Quienes creen que la crisis del periodismo comenzó con las redes sociales se equivocan. Esa crisis, que es mucho más antigua y estructural, es la crisis de una profesión que fue secuestrada hace décadas por los mismos conglomerados económicos a los que debería estar vigilando. En Colombia, como en tantos otros lugares, los medios de comunicación dejaron de ser veedores ciudadanos para convertirse en extensiones del poder empresarial. Y como lo documentaron de manera impecable Omar Rincón y Estefanía Avella[1] en su análisis sobre el poder mediático, aquí los medios invocan la libertad de expresión para defender la libertad de empresa, no para informar libremente. Son usados tácticamente por los conglomerados económicos nacionales y transnacionales para incidir en las decisiones del poder: en los gobiernos, en los legisladores, en los jueces.

No se trata de una teoría conspirativa. Es una realidad que viven los comunicadores cada vez que un editor les sugiere (sin decirlo explícitamente, porque ya se ha interiorizado la autocensura) cuáles temas se deben evitar. Un periodista del conglomerado de El Tiempo confesó en aquel mismo artículo lo que muchos periodistas callan: se autocensura en relación con el dueño, Luis Carlos Sarmiento Angulo, el hombre más rico de Colombia, porque “no se le da patadas a la lonchera”. Esa frase, brutal en su honestidad, resume el estado de ánimo de una generación de periodistas que han aprendido a “interiorizar inhibiciones”, como lo describen Rincón y Avella, y a manifestarlas en la forma en que se aborda, o mejor, no se abordan las noticias. No hace falta que el dueño llame. Se sabe lo qué le incomoda, como también se sabe qué línea garantiza mantener el empleo. Y ahí está la trampa: las y los periodistas se convirtieron en guardianes de los intereses de quienes les contratan, traicionando sin quererlo, o queriéndolo a la fuerza, el mandato ético que un día creyeron que sería el norte de sus vidas.

Pero esta situación no es nueva, el periodismo ya lo ha venido padeciendo desde hace tiempo y con elementos, que complican el ejercicio honesto de la profesión, como la manipulación de la información para crear narrativas y/o vender noticias.  El periodismo amarillo de Hearst y Pulitzer no solo inventó un estilo narrativo que privilegiaba la emoción sobre el rigor; también demostró, como lo consigna la Oficina del Historiador de Estados Unidos[2], que la prensa tenía el poder de captar la atención del público y de influir en la reacción ante los acontecimientos internacionales. La famosa frase apócrifa de Hearst: “tú proporcionas las fotos, yo proporcionaré la guerra” sigue siendo el emblema de cómo los intereses económicos y geopolíticos se sirven de las redacciones para fabricar climas de opinión que justifiquen guerras, intervenciones y todo tipo de desmanes.

La prensa de Hearst y Pulitzer no creó el sentimiento antiespañol de la nada, pero sí lo exacerbó, lo moldeó y lo usó para impulsar la expansión imperial de Estados Unidos y de paso, vender más periódicos.  ¿Acaso no hacemos lo mismo hoy? ¿Acaso nuestros grandes medios no fabrican climas de opinión para justificar reformas laborales que benefician a los dueños, para deslegitimar procesos de paz que incomodan a los poderes económicos, para impulsar candidatos que seguirán protegiendo el statu quo?

Hoy, esa lógica se ha visto amplificada por la llegada de nuevos actores digitales que se presentan como la alternativa a los medios tradicionales. En teoría, debería ser una oportunidad para democratizar la palabra. En la práctica, hemos visto emerger un ecosistema fragmentado donde las bodegas humanas y los bots manipulan las tendencias, donde los youtubers y los influencers construyen relatos a la medida de quienes los financian, donde la desinformación circula con la misma velocidad que la verdad, y donde la línea entre el periodismo y la propaganda se ha vuelto casi imperceptible. La pelea por el predominio en el mercado de las noticias ya no es solo entre dos magnates de la prensa escrita; es una guerra de alcance global donde el big data permite vigilar, controlar y dominar a las audiencias como nunca antes.

En medio de este paisaje desolador, ser mujer periodista añade un nivel de violencia que rara vez se nombra con la misma contundencia con que se analiza la estructura de poder de los medios. El acoso sexual, como lo documentan las investigadoras Larrea, Guarderas y sus colegas[3], es un fenómeno complejo que hunde sus raíces en las desigualdades de género. Desde que un grupo de feministas en la Universidad de Cornell acuñó el término en 1974, hemos entendido que el acoso sexual es un ejercicio de poder que, aunque tenga apariencia sexual, lo que busca es mantener a las mujeres en un lugar de subordinación. En las redacciones colombianas y en las facultades de comunicación, en donde forman a las periodistas, esa violencia es moneda corriente. Desde los comentarios sobre el aspecto físico que condiciona las oportunidades laborales, hasta los tocamientos no consentidos en las salas de redacción, pasando por la exigencia implícita de “ser amables” con las fuentes poderosas, el mensaje es claro: no importa cuánto sepas, no importa qué tan buena periodista seas, tu cuerpo sigue siendo parte del negocio.

Esta triple opresión (la autocensura por los intereses de los dueños, la precarización laboral que nos hace vulnerables, y la violencia de género que nos atraviesa) está matando la profesión y sigue atacando a las mujeres. Y, sin embargo, el periodismo sigue siendo, a pesar de todo, una herramienta indispensable para la democracia. Porque sabemos que, sin medios independientes, sin periodistas que se atrevan a incomodar a los poderosos, no hay posibilidad de justicia ni de transformación social.

Pero es urgente que todas las mujeres nos miremos a nosotras mismas y reconozcamos que la crisis del periodismo no es solo una crisis económica o tecnológica, sino que es una crisis ética, política y profundamente estructural. Mientras los medios sigan siendo botines de guerra de los conglomerados económicos; mientras las periodistas tengan que elegir entre la dignidad y el salario; mientras las mujeres sigamos siendo objeto de acoso y discriminación en las redacciones; mientras la búsqueda de clics y de likes nos haga cómplices del amarillismo que denunciamos en otros; no se puede ejercer el oficio que alguna vez fue razón de ser.

Necesitamos una refundación del periodismo en este país. Una que ponga en el centro no los intereses de los anunciantes ni los réditos políticos de los dueños, sino el derecho de las ciudadanas y los ciudadanos a estar informados con verdad y dignidad. Necesitamos que las redacciones dejen de ser espacios de reproducción de las violencias patriarcales y se conviertan en territorios seguros donde las mujeres podamos ejercer sin miedo. Necesitamos, en fin, recuperar la palabra. Porque si no lo hacemos nosotras, ¿quién lo hará?

* La Conversa de Fin de semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as) por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de sus autores (as).

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