![]() |
| Imagen tomada de perfil Instagram de Revista Activa |
Por: Paula B. Romero
En medio de la actual crisis del periodismo, ser mujer periodista añade un nivel de violencia que rara vez se nombra con la misma contundencia con que se analiza la estructura de poder de los medios.
El ejercicio del periodismo en Colombia es, hoy más que
nunca, sobre todo para las mujeres, un acto de resistencia que se parece
peligrosamente a caminar sobre un campo minado. No me refiero únicamente a los
riesgos físicos en regiones donde la violencia sigue dictando quién puede
hablar y quién debe callar. Hablo de esa otra violencia, más sutil pero igual
de asfixiante: la que viene desde las propias redacciones, desde los dueños que
las poseen, desde los intereses que las atraviesan. Hablo de la manera en que
los medios de comunicación han convertido en piezas de un tablero ajeno a los
periodistas (hombres y mujeres), donde su voz ya no les pertenece y donde, para
colmo, si se es mujer, se carga con la mochila extra del acoso, la
discriminación y la exigencia de “vender” también su imagen.
Quienes creen que la crisis del periodismo comenzó con las
redes sociales se equivocan. Esa crisis, que es mucho más antigua y estructural,
es la crisis de una profesión que fue secuestrada hace décadas por los mismos
conglomerados económicos a los que debería estar vigilando. En Colombia, como
en tantos otros lugares, los medios de comunicación dejaron de ser veedores
ciudadanos para convertirse en extensiones del poder empresarial. Y como lo
documentaron de manera impecable Omar Rincón y Estefanía Avella[1]
en su análisis sobre el poder mediático, aquí los medios invocan la libertad de
expresión para defender la libertad de empresa, no para informar libremente.
Son usados tácticamente por los conglomerados económicos nacionales y
transnacionales para incidir en las decisiones del poder: en los gobiernos, en
los legisladores, en los jueces.
No se trata de una teoría conspirativa. Es una realidad que
viven los comunicadores cada vez que un editor les sugiere (sin decirlo
explícitamente, porque ya se ha interiorizado la autocensura) cuáles temas se
deben evitar. Un periodista del conglomerado de El Tiempo confesó
en aquel mismo artículo lo que muchos periodistas callan: se autocensura en
relación con el dueño, Luis Carlos Sarmiento Angulo, el hombre más rico de
Colombia, porque “no se le da patadas a la lonchera”. Esa frase, brutal en su
honestidad, resume el estado de ánimo de una generación de periodistas que han
aprendido a “interiorizar inhibiciones”, como lo describen Rincón y Avella, y a
manifestarlas en la forma en que se aborda, o mejor, no se abordan las
noticias. No hace falta que el dueño llame. Se sabe lo qué le incomoda, como
también se sabe qué línea garantiza mantener el empleo. Y ahí está la trampa: las
y los periodistas se convirtieron en guardianes de los intereses de quienes les
contratan, traicionando sin quererlo, o queriéndolo a la fuerza, el mandato
ético que un día creyeron que sería el norte de sus vidas.
Pero esta situación no es nueva, el periodismo ya lo ha
venido padeciendo desde hace tiempo y con elementos, que complican el ejercicio
honesto de la profesión, como la manipulación de la información para crear
narrativas y/o vender noticias. El
periodismo amarillo de Hearst y Pulitzer no solo inventó un estilo narrativo
que privilegiaba la emoción sobre el rigor; también demostró, como lo consigna
la Oficina del Historiador de Estados Unidos[2],
que la prensa tenía el poder de captar la atención del público y de influir en
la reacción ante los acontecimientos internacionales. La famosa frase apócrifa
de Hearst: “tú proporcionas las fotos, yo proporcionaré la guerra” sigue
siendo el emblema de cómo los intereses económicos y geopolíticos se sirven de
las redacciones para fabricar climas de opinión que justifiquen guerras,
intervenciones y todo tipo de desmanes.
La prensa de Hearst y Pulitzer no creó el sentimiento
antiespañol de la nada, pero sí lo exacerbó, lo moldeó y lo usó para impulsar
la expansión imperial de Estados Unidos y de paso, vender más periódicos. ¿Acaso no hacemos lo mismo hoy? ¿Acaso
nuestros grandes medios no fabrican climas de opinión para justificar reformas
laborales que benefician a los dueños, para deslegitimar procesos de paz que
incomodan a los poderes económicos, para impulsar candidatos que seguirán
protegiendo el statu quo?
Hoy, esa lógica se ha visto amplificada por la llegada de
nuevos actores digitales que se presentan como la alternativa a los medios
tradicionales. En teoría, debería ser una oportunidad para democratizar la
palabra. En la práctica, hemos visto emerger un ecosistema fragmentado donde
las bodegas humanas y los bots manipulan las tendencias, donde
los youtubers y los influencers construyen relatos a la medida
de quienes los financian, donde la desinformación circula con la misma
velocidad que la verdad, y donde la línea entre el periodismo y la propaganda
se ha vuelto casi imperceptible. La pelea por el predominio en el mercado de
las noticias ya no es solo entre dos magnates de la prensa escrita; es una
guerra de alcance global donde el big data permite vigilar,
controlar y dominar a las audiencias como nunca antes.
En medio de este paisaje desolador, ser mujer periodista
añade un nivel de violencia que rara vez se nombra con la misma contundencia
con que se analiza la estructura de poder de los medios. El acoso sexual, como
lo documentan las investigadoras Larrea, Guarderas y sus colegas[3],
es un fenómeno complejo que hunde sus raíces en las desigualdades de género.
Desde que un grupo de feministas en la Universidad de Cornell acuñó el término
en 1974, hemos entendido que el acoso sexual es un ejercicio de poder que,
aunque tenga apariencia sexual, lo que busca es mantener a las mujeres en un
lugar de subordinación. En las redacciones colombianas y en las facultades de
comunicación, en donde forman a las periodistas, esa violencia es moneda
corriente. Desde los comentarios sobre el aspecto físico que condiciona las
oportunidades laborales, hasta los tocamientos no consentidos en las salas de
redacción, pasando por la exigencia implícita de “ser amables” con las fuentes
poderosas, el mensaje es claro: no importa cuánto sepas, no importa qué tan
buena periodista seas, tu cuerpo sigue siendo parte del negocio.
Esta triple opresión (la autocensura por los intereses de
los dueños, la precarización laboral que nos hace vulnerables, y la violencia
de género que nos atraviesa) está matando la profesión y sigue atacando a las
mujeres. Y, sin embargo, el periodismo sigue siendo, a pesar de todo, una
herramienta indispensable para la democracia. Porque sabemos que, sin medios
independientes, sin periodistas que se atrevan a incomodar a los poderosos, no
hay posibilidad de justicia ni de transformación social.
Pero es urgente que todas las mujeres nos miremos a nosotras
mismas y reconozcamos que la crisis del periodismo no es solo una crisis
económica o tecnológica, sino que es una crisis ética, política y profundamente
estructural. Mientras los medios sigan siendo botines de guerra de los
conglomerados económicos; mientras las periodistas tengan que elegir entre la
dignidad y el salario; mientras las mujeres sigamos siendo objeto de acoso y
discriminación en las redacciones; mientras la búsqueda de clics y
de likes nos haga cómplices del amarillismo que denunciamos en otros; no se
puede ejercer el oficio que alguna vez fue razón de ser.
Necesitamos una refundación del periodismo en este país. Una
que ponga en el centro no los intereses de los anunciantes ni los réditos
políticos de los dueños, sino el derecho de las ciudadanas y los ciudadanos a
estar informados con verdad y dignidad. Necesitamos que las redacciones dejen
de ser espacios de reproducción de las violencias patriarcales y se conviertan
en territorios seguros donde las mujeres podamos ejercer sin miedo.
Necesitamos, en fin, recuperar la palabra. Porque si no lo hacemos nosotras,
¿quién lo hará?
* La Conversa de Fin de
semana valora el sagrado derecho de opinión de nuestros (as) colaboradores (as)
por lo que invita a nuestra comunidad a opinar, criticar y/o sugerir con
respeto, indicando que las reflexiones aquí publicadas, son responsabilidad de
sus autores (as).


No hay comentarios:
Publicar un comentario
POR FAVOR OPINE SOBRE LOS ARTICULOS o envie su comentario a : ottroz69@gmail.com