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Imagen tomada de: 'Couple Holding Hands' Photographic Print | AllPosters.com |
En ocasiones, por cierto, muy seguidas; nacen amores condenados al silencio. Van creciendo en la penumbra, respirando y arrullados por el aire especial del secreto. Cuando menos lo esperan, toman conciencia de la paradoja de incendiarse y resplandecer, mientras su nombre debe permanecer oculto, como una joya o una tara que no puede ser expuesta en público.
Su existencia, paulatinamente, se debe transformar en un perceptible
y necesario susurro en la tormenta, un latido ahogado por la fuerza de la
conveniencia o del miedo.
Y así transcurren sus días, en medio de la contradicción de
albergar una ternura con la intensidad de mil soles contenida en el frágil
cristal de una muy ocasional y furtiva mirada, en el oportunismo de un breve y
bien escondido roce de los dedos, o en palabras que se dicen sin ser dichas,
encriptadas en códigos privados o camufladas en mensajes cuidadosamente puestos
en el aire para que el viento se los lleve antes de que dejen rastro.
Estos amores callados, que quieren con la plenitud del
universo y la constancia de un río subterráneo; se nutren en la oscuridad con
la esperanza-maldición de que su santo y seña o su identidad más íntima, puede
ser la más grande traición si en algún descuidado momento se llegase a pronunciar.
En el jardín oculto de la complicidad tácita empieza a
florecer una lealtad pura y casi mítica, regada a cuentagotas, pero siempre a
la sombra; sin reconocimiento. Estos amores estoicos, los condenados al
anonimato, los forzados al disimulo desarrollan una particular fidelidad a
prueba de la ausencia y de la luz de otras soledades, porque saben que ese, su
amor de verdad, no se valora en sus gestos públicos sino en la constancia
silenciosa, en la intangible pero oportuna presencia o en la perpetua esperanza
de un fugaz encuentro.
En su autoimpuesta soledad construyen puentes para conjurar esa
ausencia que sí les importa, tejidos con los invencibles hilos de la comprensión
y la paciencia. A cambio reciben, con todo el cariño del universo, amor en
dosis precisas, en gotas de magia contra el olvido y el peligro. Saben que no
es posible, si quiera, la lejana y muy vaga promesa de un presencia permanente
a la vista de todos.
Lo que es incuestionable y cotidiano para los amores callados es su frágil
y muy poderosa certeza de ser, para un oculto alguien, un secreto y muy cálido refugio, un
escondido faro para la pasajera incertidumbre, la palabra o el gesto que no
necesitan sonido para resonar en el alma.
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